Capítulo 2 · 19 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Cristo, nuestro Santificador
“Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.” Jn. 17:19.
La lectura marginal de la última cláusula es: “para que también ellos sean verdaderamente santificados.” Esto parece dar a entender que hay algo que en el mundo pasa por santidad, pero que no es verdadera santificación. Hay formas falsificadas de la vida cristiana, y también formas defectuosas, que no representan todo lo que la plenitud de Cristo puede hacer por nosotros. La santificación es el segundo paso del Evangelio Cuádruple.
1. LO QUE NO ES.
Miremos primero lo que no es. Hay elementos buenos, y aun elementos santos, en el carácter cristiano, que no son santificación.
- No es la regeneración. La santificación no es la conversión. Llegar a ser cristiano es algo grande y bendito. Nunca es asunto de poca monta. Ser salvo eternamente es motivo de gozo eterno; pero el alma debe entrar también en la santificación. No son lo mismo. La regeneración es el comienzo. Es el germen de la semilla, pero no es la plenitud veraniega de la planta. El corazón aún no ha ganado la victoria completa sobre los viejos elementos del pecado. A veces es vencido por ellos. La regeneración es como edificar una casa y hacer bien la obra. La santificación es que el dueño venga y more en ella y la llene de alegría, y vida, y hermosura. Muchos cristianos se convierten y se detienen ahí. No avanzan a la plenitud de su vida en Cristo, y así corren peligro de perder lo que ya poseen. Alemania trajo la gran verdad de la justificación por la fe mediante las enseñanzas de Martín Lutero, pero él no logró avanzar a las enseñanzas más profundas de la vida cristiana. ¿Cuál fue el resultado? Alemania es hoy fría y sin vida, y el mismo semillero del racionalismo con todos sus males consiguientes. ¡Cuán distinto ha sido en Inglaterra! Las labores de hombres como Wesley, y Baxter, y Whitfield, que comprendieron la misión del Espíritu Santo, han conducido la vida cristiana de Inglaterra, y de América, su hija, por cauces más profundos y permanentes. Verás que los hombres y mujeres que no siguen adelante en su experiencia cristiana para ganar la plenitud de su herencia en Él, a menudo se vuelven fríos y formales. El mal de su propio corazón volverá a manifestarse y muy probablemente los vencerá, y su obra traerá confusión y desastre a la causa de Cristo. Si escapan de ese resultado, será como por fuego. Sin duda has notado a jóvenes cristianos que parecían haberse convertido de manera maravillosa y estar llenos del amor de Dios, pero que no entraron en la vida más profunda de Cristo, y en una hora aciaga cayeron. Habían obtenido un corazón nuevo, pero habían descuidado obtener la enseñanza y la vida más profundas que Cristo tiene para todos sus hijos.
- La santificación no es la moralidad, ni ningún logro del carácter. Hay mucho de hermoso en la vida humana que no es santificación. Un hombre no puede edificar por sí mismo un buen carácter humano y luego llamarlo la obra de Dios. No resistirá la tensión que con seguridad vendrá sobre él. Solo la casa que está fundada sobre la Roca de los siglos permanecerá segura en la furia de los elementos.
- La santificación no es obra tuya; no es un logro gradual al que puedas llegar por tus propios esfuerzos. Si pudieras edificar tú mismo semejante estructura, y añadirle año tras año hasta completarla, ¿no te apartarías entonces, con un orgullo comprensible, a contemplarla como obra tuya? No, queridos amigos, no podéis crecer hasta llegar a la santificación. Creceréis, una vez dentro de ella, hacia un desarrollo más pleno, más maduro y más completo de la vida en Cristo, pero debéis tomarla en su comienzo como un don, no como un crecimiento. Es algo que se obtiene, no algo que se alcanza por mérito. No podéis santificaros a vosotros mismos. Lo único que hay que hacer es entregaros enteramente a Dios, como sacrificio voluntario. Esto es sumamente importante. Es cosa pequeña la que hacéis por Él. Pero Él ha de hacer la obra de limpiar y de llenar.
- La santificación no es obra de la muerte. Es extraño que alguien piense que pudiera haber una influencia santificadora en la agonía de morir. Y, sin embargo, muchos han vivido en esa ilusión por años. Esperan que el sudor frío de aquella última hora y los convulsivos latidos del corazón que se apaga de algún modo los pongan en los brazos de su Santificador. Esto proviene en cierta medida de la vieja idea de que su pecado reside en el cuerpo: la vieja enseñanza maniquea de que la carne es impura, y de que si una vez nos libráramos del cuerpo, el morador sin carne quedaría libre de pecado y saltaría al instante a una pureza sin límites. No hay pecado en estos huesos y en esta carne y en estos ligamentos. Si te cortas la mano no has perdido pecado alguno. Si te faltan ambas manos eres tan pecador como antes. Si te cortas la cabeza y entregas la vida, el pecado permanecería aún en el alma. El pecado no está en el cuerpo, está en el corazón, y en el alma, y en la voluntad. Despójate de este cuerpo de barro, y el espíritu quedará todavía, cosa dura, rebelde y pecadora. La muerte no lo santificará. Es un mal tiempo para convertirse. Será un tiempo aún peor para ser santificado. Yo no aconsejaría a nadie que aplazara su salvación hasta la hora de morir, cuando el corazón está oprimido y el cerebro anublado, y la mente necesita confianza y reposo y un sentido de victoria que la capacite para entrar en su presencia con plenitud de gozo. Tampoco es mejor tiempo para la obra más profunda del Espíritu Santo. La santificación debe emprenderse inteligentemente, cuando la mente está clara. Es un acto deliberado que reclama el sereno ejercicio de todas las facultades obrando bajo la influencia rectora del Espíritu Divino.
- La santificación no es la perfección propia. Nunca llegaremos a ser tan buenos en nosotros mismos que no haya posibilidad ni tentación de pecar. Nunca alcanzaremos un lugar en el que no necesitemos, a cada momento, permanecer en Él. En el instante en que nos sintamos capaces de vivir sin Él, surge dentro de nosotros una vida separada que no es una vida santificada. La razón por la que los espíritus exaltados del cielo cayeron de su alto estado fue, quizá, que llegaron a tener conciencia de su propia hermosura, y el orgullo se levantó en sus corazones. Se miraron a sí mismos, y se hicieron como dioses para sí mismos. En el momento en que tú o yo lleguemos a tener conciencia de que somos fuertes o puros, en ese instante comienza la obra de desintegración. Nos ha hecho independientes de Él, y nos hemos separado de la vida de Cristo. Debemos ser vasos sencillos y vacíos, canales abiertos por los cuales fluya su vida. Entonces la perfección de Cristo nos será traspasada. Y menguaremos cada vez más en nosotros mismos, a medida que Él crezca más y más dentro de nosotros.
- La santificación no es un estado de emoción. No es un éxtasis ni una sensación. Reside en la voluntad y en el propósito de la vida. Es una conformidad práctica de la vida y de la conducta con la voluntad y el carácter de Dios. La voluntad debe escoger a Dios. El propósito del corazón debe ser rendirse a Él, agradarle y obedecerle. Eso es lo importante: amar, escoger y hacer su santa voluntad. No puedes tener ese espíritu en ti y dejar de ser feliz. El espíritu que anhela un gozo meramente sensacional tiene todavía una vida propia impía. Debe salir de esa forma del yo y entrar en Dios antes de poder recibir mucho de Él.
II. LO QUE ES LA SANTIFICACIÓN.
Miremos el lado positivo.
- Es separación del pecado. Esa es la idea raíz de la palabra. El cristiano santificado está separado del pecado, de un mundo malo, aun de su propio yo, y de cualquier cosa que pudiera ser causa de separación entre él y Cristo en la nueva vida. No significa que el pecado y Satanás hayan de ser destruidos. Dios no trae todavía el milenio, pero pone una línea de demarcación entre el alma santificada y todo lo que es impuro. El gran problema de los cristianos es que tratan de destruir el mal. Piensan que si el pecado pudiera ser realmente decapitado y Satanás muerto, serían sumamente felices. A muchos de ellos les sorprende, después de la conversión, que Dios todavía deje vivir al diablo. En ninguna parte ha prometido que matará a Satanás, pero sí ha prometido poner un Jordán ancho y profundo entre el cristiano y el pecado. Lo único que hay que hacer con él es repudiarlo y dejarlo. Hay pecado suficiente en el mundo para destruirnos a todos, si lo dejamos entrar. El aire está lleno de él, como el aire de algunos de nuestros Estados del Oeste está lleno del hollín del carbón blando que allí se quema. Así será hasta el fin del tiempo, pero Dios quiere que tú y yo, amados, estemos separados de él en nuestro espíritu.
- La santificación significa también dedicación a Dios. Esa es igualmente la idea raíz de la palabra. Es separación del pecado y dedicación a Dios. Un cristiano santificado está enteramente entregado a Dios para agradarle en todo; su primer pensamiento es siempre: “Hágase tu voluntad”; su único deseo, agradar a Dios y hacer su santa voluntad. Este es el pensamiento que expresa la palabra consagración. En el Antiguo Testamento todas las cosas que eran apartadas para Dios se llamaban santificadas, aunque no hubiera habido pecado en ellas antes. El Tabernáculo era santificado; nunca había pecado, pero estaba dedicado a Dios. En el mismo sentido todos los utensilios del Tabernáculo eran santificados. Estaban apartados para un uso santo. Queridos amigos, Dios espera de nosotros algo más que simplemente estar separados del pecado. Eso es solo bondad negativa. Espera que estemos enteramente dedicados a Él, teniendo como deseo supremo de nuestro corazón amarle, honrarle y agradarle. ¿Estamos cumpliendo con lo que Él espera en esto?
- La santificación incluye la conformidad a la semejanza de Dios. Hemos de ser a su imagen, y llevar impreso el sello de Jesucristo.
- La santificación significa conformidad también a la voluntad, tanto como a la semejanza de Dios. Un cristiano santificado es sumiso y obediente. Desea la voluntad Divina por encima de todo lo demás en la vida, como más bondadosa y más sabia para él que ninguna otra cosa. Tiene conciencia de que pierde algo si la pierde. Sabe que ella promoverá su bien supremo mucho más que su propia voluntad, clamando instintivamente: “Hágase tu voluntad.”
“Oh dulce y amada voluntad de Dios,
en ti me recuesto y hallo reposo,
como un niño en el pecho de su madre.”
- La santificación significa amor, amor supremo a Dios y a toda la humanidad. Este es el cumplimiento de la ley. Es el manantial de toda obediencia, la fuente de la que fluye todo lo recto. No podemos ser conformados a la imagen de Dios sin amor, porque Dios es amor. Este es, quizá, el rasgo más fuerte de una vida verdaderamente santificada. Reviste todas las demás virtudes de suavidad y calor. Toma los helados picos de una consagración fría y desnuda y los cubre de musgos y verdor. Envía luminosa luz de sol al corazón, haciéndolo todo cálido y lleno de vida, lo que de otro modo sería frío y desolado. El salvaje era capaz de mantenerse ante sus enemigos y de ser despedazado con una firmeza estoica que desdeñaba gritar, pero su indiferencia era como algún risco de piedra. No era el cálido y tierno amor del corazón de Jesús, que le hizo inclinarse mansamente ante su dolorosa muerte porque era la voluntad de su Padre. Era el espontáneo y gozoso desbordamiento de su amante corazón. Queridos amigos, si estamos así llenos de amor a Dios, este fluirá hacia los demás, y amaremos a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
III. LA FUENTE DE LA SANTIFICACIÓN.
El corazón y el alma de todo el asunto es ver que Jesús mismo es nuestra santificación. No debemos mirarla meramente como algún gran pico de montaña donde Él está de pie y que nosotros tenemos que escalar, con riscos casi inaccesibles que subir entre él y nosotros antes de poder estar a su lado. Antes bien, Jesús mismo llega a ser nuestra santificación. “Por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean verdaderamente santificados.” Parece como si Él temiera un poco que sus seguidores se pusieran a buscar la santificación aparte de Él mismo y, sabiendo que jamás podría llegarles sino por medio de Él, dijo: “Yo me santifico a mí mismo.”
- Él la ha comprado para nosotros. Es parte del fruto del Calvario. Con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. “En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.”
- No nos llega por nuestros esfuerzos, sino que nos es traspasada como lo que Él compró con su muerte en la cruz. Es nuestra por la compra de Jesús tanto como lo es el perdón. Tienes tanto derecho a ser santo y santificado como a ser salvo. Puedes acudir a Dios y reclamarla como tu herencia tanto como tu perdón por el pecado. Si no la tienes, estás quedándote corto en tus privilegios de redención.
- La santificación ha de recibirse como uno de los dones gratuitos que Dios desea otorgarnos. Si no es un don, entonces no es parte de la redención. Si es parte de la redención, entonces es tan gratuita como la sangre de Jesús.
- Nos llega por la morada personal de Jesús. Él no pone simplemente justicia en el corazón, sino que viene allí personalmente a vivir. Las palabras son débiles; en verdad, son del todo inadecuadas para expresar este pensamiento. Cuando llegamos a la completa desesperanza de todos los demás caminos, aprendemos esta verdad. Y Jesucristo mismo entra en el corazón y vive allí su propia vida, y así llega a ser la santificación del alma. Este es el sentido del texto. Es a su pueblo a quien Jesús se santifica a sí mismo, y todos los que tratan de vivir una vida santificada aparte de Él no están verdaderamente santificados. Deben recibir a Jesús como su vida para ser verdaderamente santificados. Ese es el sentido personal de la santidad divina. “Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, y justificación, y santificación, y redención.” Jesús nos ha sido hecho sabiduría de Dios. Él es la verdadera filosofía, la eterna Sophia, muy por encima de la más profunda filosofía; justificación, santificación y redención. Así Jesús en nuestro corazón llega a ser nuestra sabiduría. No nos mejora ni nos convierte en algo que despierte admiración. Sino que simplemente entra en nosotros y vive como vivió de antaño en su ministerio galileo.
Cuando el tabernáculo fue acabado, el Espíritu Santo descendió y lo tomó por suyo, y moró en un fuego ardiente sobre el arca del pacto, entre los querubines. Dios vivió allí después de que le fue dedicado. Así, cuando somos dedicados a Dios, Él viene a vivir en nosotros y transfunde su vida por todo nuestro ser. Aquel que vino al seno de María, aquel que descendió con poder sobre los discípulos en Pentecostés, viene a ti y a mí cuando estamos plenamente dedicados a Él, tan realmente como si lo viéramos descender revoloteando en forma visible allá sobre nuestro hombro. Viene de aquel mundo a vivir dentro de nosotros tan verdaderamente como si morásemos visiblemente bajo su sombra. Dios en verdad viene a morar en el corazón y a vivir en nosotros su santa vida. En el capítulo 36 de Ezequiel tenemos esta promesa: “Esparciré sobre vosotros agua limpia.” Eso es el perdón; los viejos pecados quedan todos borrados. “Os daré corazón nuevo”; eso es la regeneración. “Pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra”; ¡ah!, eso es algo más que regeneración y perdón. Es el Dios vivo venido a vivir en el corazón nuevo. Es el Espíritu Santo morando en el corazón de carne que Dios ha dado, de suerte que todo movimiento, todo pensamiento, toda intención, todo deseo de nuestro ser entero sea impulsado por la vida que brota de Dios dentro de nosotros. Es Dios manifestado otra vez en carne. Esta es la única verdadera consumación de la santificación. Solo así puede el hombre entrar completamente en la vida de santidad. Al ser así poseídos por el Espíritu Santo somos hechos partícipes de la naturaleza Divina. Es cosa sagrada que un hombre o una mujer entre en esta relación con Dios. Coloca a la criatura más humilde y menos atractiva en el trono con Él. Si sabemos que Dios mora así dentro de nosotros, nos postraremos ante la majestad de esa sagrada presencia. No nos atreveremos a profanarla con el pecado. Habrá un silencio reverente sobre nuestros corazones, y andaremos con la cabeza inclinada y conscientes de la joya que llevamos dentro del corazón. ¿Sabes lo que es tener a Cristo así santificado para ti, amado? ¿Sabes personalmente lo que es estar enteramente dedicado a Él, y oírle decirte: “Por amor a ti me santifico a mí mismo, para que tú seas verdaderamente santificado”?
IV. CÓMO SE RECIBE.
- Debemos tener una revelación Divina de nuestra propia necesidad de santificación antes de que busquemos obtenerla. Debemos ver por nosotros mismos que no estamos santificados, y que debemos ser santificados si queremos ser felices. Lo primero que Dios hace a menudo para llevarnos a ver esto es avergonzarnos a fondo de nosotros mismos, permitiendo que caigamos en errores y trayendo nuestras flaquezas a nuestra atención. En estas humillantes revelaciones de nosotros mismos podemos ver dónde no somos justos, y se nos hace aprender que no podemos guardar las resoluciones de enmienda que hacemos con nuestras propias fuerzas. Dios ha dejado que sus queridos hijos aprendan esta lección a lo largo de todas las edades, y la aprendan por repetidos fracasos, y cada uno de nosotros ha de aprenderla siempre por sí mismo.
- Debemos llegar a ver a Jesús como nuestro Santificador. Si con un aliento clamamos: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”, con el siguiente debemos añadir: “Doy gracias a Dios por Jesucristo mi Señor.” Debemos ver en Él a aquel gran Libertador, y saber que Él puede satisfacer y suplir toda nuestra necesidad.
- Debemos hacerle una entrega total en todo. Debemos entregarnos a Él completa, definitiva e incondicionalmente, y tenerlo grabado en el corazón, como si estuviera escrito en las rocas, o pintado en el cielo. Grábalo hondo en los anales de tu memoria. Recuerda siempre que en tal día y en tal hora me entregué plenamente a Cristo y Él llegó a ser enteramente mío.
- Debemos creer que Él recibe la consagración que hacemos. Él está tan lleno de fervor, tan dispuesto y es tan real acerca de ello como tú. En medio del silencio del cielo se inclina para oír tus votos, y susurra cuando has terminado: “Hecho está. Yo le daré de la fuente del agua de la vida gratuitamente. El que venciere heredará todas las cosas.”
Muchas personas se equivocan en algunos de estos pasos. Algunas se aferran a un poco de su vieja bondad y por eso tropiezan con fracasos. Otras tropiezan en el segundo paso. No ven que Jesús es su completo Santificador. Y muchas no pueden dar el tercer paso y hacer una entrega completa de todo a Él. Multitudes fracasan aun cuando han dado estos pasos, por no poder creer que Jesús las recibe. Ten claros estos cuatro pasos. “Estoy muerto, mi propia vida está entregada y sepultada fuera de la vista. Jesús es mi Santificador y mi todo en todo. Entrego todo en su mano para que haga con ello como mejor le parezca. Creo que Él recibe la dedicación que le hago. Creo que Él será en mí todo lo que necesito en esta vida o en el mundo venidero.” Estoy seguro, queridos amigos, de que cuando hayáis dado estos cuatro pasos jamás podréis ser como erais antes. Algo se ha hecho que nunca podrá deshacerse. Habéis llegado a ser del Señor. Su presencia ha entrado en vuestro corazón; puede ser como un pequeño manantial que gotea en la ladera de la montaña, pero llegará a ser grandes ríos de profundidad y poder.
V. PASOS PRÁCTICOS
por los cuales esta vida de santificación se vive día tras día.
- Hemos de vivir una vida de obediencia implícita a Dios, haciendo siempre lo que Él manda y estando en adelante enteramente bajo su dirección.
- Hemos de estar siempre atendiendo diligentemente a su voz. Necesitaremos escuchar con atención, porque Jesús habla en voz suave.
- En todo tiempo de conflicto o tentación o prueba, hemos de acercarnos a Dios y entregarle el asunto a Él. En lugar de las dulces y felices experiencias que naturalmente esperarías tras semejante consagración, el diablo viene y trata de sacudir tu confianza con alguna prueba o tentación. Mantente firme en Él y regocíjate de que Él te cuente digno de recibir tales pruebas. Si fracasas, no digas que es inútil seguir intentando. El principio es recto. Quizá trataste de hacer la obra tú mismo y por eso fracasaste. Detente y ponlo todo a sus pies y comienza de nuevo, y aprende a permanecer en Él a partir de tu mismo fracaso. Israel, después de su derrota en Hai, quedó más fuerte para el siguiente combate. Procura vivir el secreto que has aprendido. En el arte humano siempre hay tropiezos al principio. Puedes aprender los principios de la taquigrafía en muy poco tiempo, quizá en unas pocas horas, pero se necesitan meses de paciente práctica para llegar a ser experto en ella. En una de nuestras reuniones del Oeste, recientemente, una dama tomaba versiones taquigráficas de los discursos. Estaba sentada ante una pequeña mesa con un instrumento que llaman estenógrafo. Al pulsar las teclas de este instrumento, una pequeña aguja grababa impresiones en una cinta de papel, representando con perfecta exactitud las palabras que se pronunciaban. Pudo aprender el principio en unas pocas horas, pero le costó muchas más horas de tranquila práctica antes de estar tan acostumbrada a él que pudiera hacerlo con facilidad. En el momento en que somos consagrados a Jesucristo aprendemos el secreto de que Él ha de ser nuestro todo en todo. Pero cuando tratamos de practicar esta verdad, hallamos que hace falta tiempo y paciencia para aprenderla a fondo. Debemos aprender a apoyarnos en Él. Debemos aprender poco a poco cómo tomarlo a Él para cada necesidad. El principio es perfecto. Llegará a ser absolutamente infalible en la práctica. Recuerda que el secreto es: “Sin mí nada podéis hacer.” “Todo lo puedo en Cristo, que me fortalece.”