Capítulo 1 · 20 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Cristo, nuestro Salvador
“Salvación a nuestro Dios que está sentado sobre el trono, y al Cordero.” Ap. 7:10.
Este es el clamor de los redimidos alrededor del trono cuando el universo se deshace en ruinas, y el terror llena el corazón de los hombres. Es el primer clamor de los redimidos después de llegar a su hogar y de haber visto todo lo que significa estar perdido y estar salvo, mientras la tierra se tambalea, y los elementos se derriten, y todas las cosas se estremecen y tiemblan ante las primeras señales de la gran catástrofe. Ven detrás de ellos todo el camino por el cual el Señor los ha guiado; a lo largo de aquella extensa perspectiva contemplan las fatigas por las que han pasado y los peligros de que han escapado, y reconocen con cuánta ternura la gracia de Dios los ha conducido y guardado a salvo. Ven las vestiduras y las coronas que les están preparadas, y todo el gozo del futuro eterno que se abre ante ellos. Ven todo esto, y entonces contemplan a Aquel cuya mano lo ha guardado todo con seguridad para ellos, y cuyo corazón lo ha escogido para ellos. Miran atrás a todo lo pasado; miran adelante a todo el porvenir; miran arriba al rostro de Aquel a quien todo se debía, y entonces alzan su voz en un solo clamor gozoso y triunfante: “Salvación a nuestro Dios que está sentado sobre el trono, y al Cordero.” Esto es lo que significa la salvación; esto es lo que han creído; esto es lo que Él murió para darles. Lo tienen todo. Están salvos, y la plena comprensión de ello por fin ha llegado a su corazón.
Miremos un poco lo que significa ser salvo. No es en absoluto cosa pequeña. A veces oímos que ciertos cristianos están solamente justificados. Ser justificado es algo grandioso. Nacer de nuevo es algo glorioso. Cristo dijo que era mayor tener el nombre escrito en el cielo que poder echar fuera demonios. ¿Qué significa la salvación?
I. DE QUÉ NOS SALVA.
- Quita la culpa del pecado. Nos libra de toda responsabilidad y castigo por las ofensas pasadas. El pecado merece castigo. La salvación lo quita todo. ¿No es glorioso ser salvo?
- La salvación nos salva de la ira de Dios. Dios aborrece el mal y de algún modo ha de castigarlo. La ira de Dios se manifiesta desde el cielo contra toda injusticia de los hombres. Pero de esto nos libra la salvación.
- La salvación nos libra de la maldición de la ley. Podemos recordar los terrores de su promulgación, los relámpagos y truenos que rodeaban el monte, y el espanto de Israel aun antes de que fuese dada. No podían soportar que Dios les hablase así, y rogaron a Moisés: “Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; mas no hable Dios con nosotros, para que no muramos.” Pero si la entrega de la ley fue terrible, más terrible fue quebrantarla. Es peligroso quebrantar la ley de un país. La más tierna apelación del afecto no bastó para salvar a aquellos anarquistas condenados recientemente en Chicago. La mano de la ley los tenía asidos por la garganta, y a la horca hubieron de ir. Recuerdo los días en que el asesino del presidente Lincoln andaba errante por el país. La ley habría registrado el mundo entero para hallarlo. ¡Cuán terrible debió de ser para él sentir que el ojo de la justicia lo buscaba, y que tarde o temprano de seguro lo encontraría! El cerco se estrechaba más y más en torno a él, hasta que al fin quedó apresado en la red. Así se estrecha el cerco de la ley alrededor del pecador que está bajo su poder. La salvación nos libra de esta maldición por medio de Aquel que fue hecho maldición por nosotros.
- Nos libra también de nuestra mala conciencia. Siempre queda una sombra sobre nuestro corazón a causa del pecado, y un sentimiento de remordimiento. Es el ala negra del cuervo, y su ronca voz susurra sin cesar la desesperación. El recuerdo de la culpa pasada persigue a las personas, de modo que después de muchos años cuentan crímenes cometidos cuyo castigo eludieron, pero cuya carga nunca abandonó su conciencia. A veces parecía dormir por un tiempo, y al fin saltaba sobre ellos como un león. La salvación libra de nuestra mala conciencia. Quita la sombra del corazón y la punzante memoria del pecado del alma.
- Nos libra de un corazón malo, que es la fuente de todo el pecado en la vida. Es natural que los hombres pequen aun cuando lo aborrecen. La inclinación al mal está en toda naturaleza, encadenada a ella como un cuerpo de muerte, de suerte que cuando queremos hacer el bien, el mal está presente en nosotros. Se apodera de la voluntad y del corazón como una muerte viviente. Es repugnante, huele al sepulcro, está lleno del veneno de áspides, corrompe todo el ser moral y lo arrastra también hasta la muerte. La salvación nos libra de su poder y nos da una nueva naturaleza.
- Nos libra del temor de la muerte. Quita el aguijón de aquel postrer enemigo, por cuyo temor de otro modo estaríamos toda la vida sujetos a servidumbre. Recuerdo el sobresalto que, siendo niño, me causaba el doblar de una campana de funeral. No podía soportar oír que alguien había muerto. El amor de Cristo ha quitado todo esto. El lecho de muerte de los hijos de Dios es para ellos el pórtico del cielo.
- La salvación nos libra del poder y del reino de Satanás. Dios nos ha “librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo.” Somos salvos de los males y de la serpiente y de las ligaduras del pecado, y el diablo es para nosotros un enemigo vencido. La salvación nos libra de mucha tristeza y angustia en la vida. Trae a la vida una luz gloriosa y disipa aquellas nubes de abatimiento y tinieblas que nos abruman.
- Por encima de todo, la salvación nos libra de la muerte eterna. No descenderemos a las tinieblas de afuera ni a los abismos de la aflicción. Cristo ha abierto los grillos del abismo y nos ha salvado de la muerte sin fin. Somos librados de aquella terrible agonía que los labios más bondadosos que jamás hablaron llamaron “el gusano que no muere y el fuego que nunca se apaga.”
Estas son algunas de las cosas de que la salvación nos ha librado. ¿No son en verdad buenas nuevas?
II. LO QUE LA SALVACIÓN NOS TRAE.
Trae el perdón de todos nuestros pecados y los quita por completo. Son borrados tan enteramente como si hubiéramos pagado todo lo que por ellos se debía, y nunca podrán volver a levantarse contra nosotros.
- Nos trae la justificación a la vista de Dios, de modo que estamos delante de Él como seres justos. Somos aceptados como si hubiéramos hecho todo lo que Él había mandado y hubiéramos guardado perfectamente la ley en cada punto. Con un trazo de la pluma borra la cuenta que estaba contra nosotros; con otro trazo pone allí toda la justicia de Cristo. Debemos tomar ambos lados de esto. La pureza inmaculada de Jesús es puesta a tu cuenta como si fuera tuya. Toda su obediencia al Padre es tuya. Toda su paciencia y su mansedumbre son tuyas. Todo servicio que Él ha prestado para bendecir a otros es puesto a tu cuenta como si tú lo hubieras hecho todo. Todo lo bueno que puedas descubrir en Él es tuyo, y todo lo malo que hay en ti es suyo. Eso es la salvación. ¿No es maravilloso?
- Nos introduce en el favor y el amor de Dios, y nos asegura la plena aceptación en la persona de Jesús. Él nos ama como ama a su Hijo unigénito. En el instante en que somos presentados en los brazos de Cristo, somos aceptados en Él. El Dr. Currie, un brillante escritor vinculado a la Iglesia Metodista Episcopal, dejó un hermoso episodio de su propia vida. Era director de una de las mejores revistas de su iglesia, y de muchas maneras estaba estrechamente ligado a su obra. Soñó una noche, poco antes de su reciente muerte, que había muerto y subía a la puerta del cielo. Allí se encontró con un ángel y pidió que se le dejara entrar. El ángel le preguntó quién era. Respondió: “Soy el Dr. Currie, director de la Quarterly Review de la Iglesia Metodista Episcopal.” El ángel respondió: “No te conozco, nunca antes he oído de ti.” Pronto se encontró con otro ángel y le contó la misma historia, y recibió la misma respuesta: “No te conozco.” Al fin uno de los ángeles dijo: “Vayamos al Juez y veamos si Él te conoce.” Fue ante el trono y contó al Juez acerca de su vida y de la obra que había hecho por la iglesia, pero recibió del Juez esta respuesta: “No te conozco en absoluto.” Su corazón comenzaba a llenarse de la negrura de la desesperación, cuando de repente hubo Uno a su lado con una corona de espinas sobre la cabeza, que dijo: “Padre, yo lo conozco. Yo responderé por él.” Y al instante todas las arpas del cielo comenzaron a cantar: “Digno es el Cordero que fue inmolado,” y él fue introducido en toda la gloria del mundo celestial. Ni toda la predicación que hayamos hecho, ni todo el servicio que hayamos prestado servirán de nada allí. Debemos ser identificados con el Hombre que llevó las espinas; debemos ser aceptados en el Amado, y entonces el Padre nos amará como ama a su Hijo. Estaremos con Él así como está Cristo.
- La salvación nos da un corazón nuevo. Nos trae la regeneración del alma. Toda chispa de vida de la vieja naturaleza contaminada es inútil, y la naturaleza divina nace en nosotros como parte de nuestro mismo ser.
- La salvación nos da gracia para vivir día tras día. Un hombre puede ser indultado y así salir de la prisión, y sin embargo no tener dinero para suplir sus necesidades. Está indultado, y con todo se muere de hambre. La salvación nos saca de la prisión, y además provee para todas nuestras necesidades. Nos capacita para regocijarnos en la gloria de Dios, que es “poderoso para guardarnos sin caída, y presentarnos sin mancha delante de su gloria con gran alegría.”
- Nos trae la ayuda del Espíritu Santo, que está siempre a nuestro lado como una madre amorosa, socorriendo nuestras flaquezas y trayendo gracia para todo tiempo de necesidad.
- Nos trae el cuidado de la providencia de Dios, haciendo que todas las cosas ayuden a bien para nuestro bien. Esto nunca es cierto hasta que somos salvos; pero cuando somos hijos de Dios, todas las cosas en la tierra y en el cielo están de nuestra parte.
- La salvación abre el camino para todas las bendiciones que la siguen. Es el peldaño hacia la santificación y la sanidad, y la paz que sobrepasa todo entendimiento. Desde esta primera puerta la perspectiva se abre sin límites hacia toda la buena tierra que podemos ir a poseer.
- La salvación nos trae la vida eterna. Es, por supuesto, solo el comienzo, pero la tierra celestial tiene sus pórticos abiertos aun aquí, y cuando al fin lleguemos al trono y miremos y veamos todas las posibilidades que aún nos aguardan, cantaremos con los redimidos: “Salvación a nuestro Dios que está sentado sobre el trono, y al Cordero.”
III. EL PROCESO POR EL CUAL VIENEN ESTAS BENDICIONES.
- Vienen por la misericordia y la gracia de Dios. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”
- La salvación viene a nosotros por la justicia de Jesucristo. Él cumplió perfectamente por nosotros toda exigencia de la ley. Si hubiera vacilado en una sola tentación, no podríamos haber sido salvos. Piensa en esto cuando te sientas tentado a decir una palabra apresurada, y estés a punto de ceder por un momento. Supón que Jesús lo hubiera hecho: estaríamos perdidos para siempre. En cada instante Él se mantuvo firme en la senda de la obediencia, y su gracia perfecta y su obediencia son el precio de tu salvación.
- La salvación viene a nosotros por la muerte de Cristo. Su obediencia no basta. Él ha de morir. Su crucifixión es la expiación de nuestros pecados.
- La salvación viene por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, que fue el sello de Dios sobre su obra consumada y la garantía de nuestro perdón.
- La salvación viene por la intercesión de Jesús a la diestra del Padre. Allí es nuestro gran Sumo Sacerdote, donde vive siempre para interceder por nosotros, y así nos mantiene en continua aceptación.
- La salvación viene por la gracia del Espíritu Santo. El Espíritu de Dios es enviado, por la intercesión de Cristo, para llevar a cabo en nuestros corazones y vidas su obra. Guarda nuestros pies en el camino, y nunca abandonará su obra hasta habernos puesto para siempre en el seno de Jesús.
- La salvación viene a nosotros por el evangelio. Se nos presenta por medio de este mensaje, y nuestra negativa a aceptarlo, o nuestro descuido en hacerlo, fija de manera irrevocable, por nuestro propio acto, nuestra condición eterna. Si somos salvos, lo somos por aceptar el evangelio, que por eso es llamado “el evangelio de vuestra salvación.”
IV. LOS PASOS POR LOS CUALES SE RECIBE.
- Convicción de pecado. Primero debemos ver nuestra necesidad y nuestro peligro antes de poder ser salvos. El Espíritu Santo lo trae a nuestro corazón y conciencia. Hasta que hay este conocimiento de la necesidad de Cristo, Él no puede, por supuesto, ser recibido; pero cuando el corazón queda profundamente impresionado bajo un sentido del pecado, Cristo es en verdad precioso.
- Después debe haber una comprensión de Jesús como nuestro Salvador. El alma ha de verlo como capaz y dispuesto a salvar. No basta con solo sentir y confesar tu culpa. Lo que se necesita es poner el ojo en Jesús. Por eso Cristo dice a toda alma que le busca: “¡Mira! ¡Mira! ¡Mira a mí, y sé salvo!” “Todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna.”
- La salvación viene por el arrepentimiento. Debe haber un apartarse del pecado. Esto no consiste necesariamente en un mero sentimiento emocional, sino que significa tener toda la voluntad y el propósito del corazón vueltos del pecado a Dios.
- La salvación viene por venir a Jesús. El alma no solo debe apartarse del pecado. Eso por sí solo no la salvará. La mujer de Lot se apartó de Sodoma, pero no estuvo en Zoar. Debe haber un volverse a Jesús tanto como un apartarse del pecado.
- La salvación viene por aceptar a Jesús como Salvador. Esto no significa meramente clamar a Él para que salve, sino reclamarlo como el Salvador, abrazar las promesas que Él ha dado, y así creer que es tu Redentor personal.
- La salvación viene por creer que Cristo nos ha aceptado, y por tener por fiel al que prometió. Esto traerá la dulzura de la seguridad y de la paz, y cuando creamos la promesa, el Espíritu la sellará en el corazón y dará testimonio de que somos hijos de Dios.
- La salvación viene por confesar a Cristo como el Salvador. Este es un paso necesario. Es como la ratificación de una escritura o la celebración de un matrimonio, y estampa y sella nuestro acto de entrega.
- La salvación implica nuestro permanecer en Jesús. Habiendo dado por sentado, de una vez por todas, que estás salvo, nunca vuelvas a hacer la obra de nuevo. “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él.”
V. LO QUE LA BIBLIA DICE ACERCA DE LA SALVACIÓN.
- Se le llama la salvación de Dios. No fue inventada por el hombre. Solo Dios es su autor, y Él es el único Salvador.
- También se le llama “vuestra propia salvación,” porque tú mismo debes apropiártela.
- Se le llama “la común salvación,” porque es gratuita para todos los que quieran aceptarla.
- Se le llama “tan grande salvación,” porque es plena e infinita en sus provisiones. Es bastante amplia para todas tus necesidades.
- A Cristo se le llama el “poderoso para salvar,” porque por débil o por perverso que sea el pecador, Él puede salvarlo perpetuamente.
- Se le llama una salvación cercana. “No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo de lo alto:) o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para volver a traer a Cristo de los muertos.) Pero ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, aun en tu boca y en tu corazón: esta es la palabra de fe que predicamos: Que si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.” No tenemos que elevarnos a algún estado exaltado para hallar a Cristo, ni descender a alguna experiencia profunda y terrible, sino que podemos hallarlo dondequiera que estemos. La salvación está a nuestra puerta. Podemos tomarla al hallarlo muy cerca de nosotros. No se permitían gradas para subir al antiguo altar de Dios, no fuera que algún pobre pecador no pudiese llegar hasta él. Jesús está en el mismo plano donde tú estás en este momento. Puedes tomar su salvación aquí y ahora. Tómalo tal como eres, y Él te conducirá a todas las experiencias que necesitas.
VI. POR QUÉ SE LE LLAMA EL EVANGELIO DE BUENAS NUEVAS.
- Por su valor. Viene cargado de bendiciones para quien lo recibe.
- Por su gratuidad. Puede tomarse sin dinero y sin precio.
- Por su accesibilidad. Es de fácil acceso, estando al nivel del peor pecador.
- Por su universalidad. Todo el que quiera puede tomarlo y vivir.
- Por la seguridad de sus bendiciones. Son dadas para siempre. “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna, y no perecerá.”
- Por la eternidad de sus bendiciones. El sol se habrá consumido en cenizas, la tierra habrá sido destruida por el fuego volcánico, los cielos habrán sido cambiados cuando la salvación apenas haya comenzado. Entonces pasarán diez mil veces diez mil años, y apenas habremos comenzado a entender un poco lo que significa la salvación. Bendito sea Dios por el evangelio de la salvación de Cristo.
VII. CONSIDERACIONES QUE DEBERÍAN MOVERNOS
A TOMAR Y A DAR ESTA SALVACIÓN.
- Porque la salvación de cada hombre depende de su propia elección y libre albedrío. Es cosa terrible tener el poder de tomar la salvación y arrojarla. Y, sin embargo, se deja a nuestra elección. No somos forzados a tomarla. Debemos escogerla o rechazarla voluntariamente.
- Por la tremenda responsabilidad de la cual se nos pide cuenta por la salvación de nuestra alma. Dios la ha puesto en nuestras manos como una joya de inestimable valor, y nos pedirá estricta cuenta de cómo tratamos esta cosa preciosa. Si la destruimos, ¡cuán espantosa será nuestra condenación cuando comparezcamos ante el Juez de toda la tierra, y oigamos de sus labios la severa pregunta: “¿Dónde está tu alma?”
- Por la culpa que recaerá sobre nosotros por descuidar y menospreciar la preciosa sangre de Cristo, que fue derramada para nuestra salvación. Descuidarla es arrojarla. Él ha provisto una gran salvación. Si vale tanto para el hombre, si a Dios le ha costado tanto proveerla, ¿qué se ha de pensar de quien la tiene en poco? Jesús sufrió intensamente para traérnosla, ¿y hemos de tropezar con ella descuidadamente? Oh, seamos más solícitos de lo que somos, tanto por la salvación de nuestras propias almas como por las de quienes nos rodean y no están salvos.
- Porque la pequeña palabra “ahora” siempre va unida a ella. Debe tomarse ahora o nunca. El ciclo de la vida es muy breve. No sabemos cuán pronto terminará. “He aquí ahora el día de salvación.”
- Porque sus consecuencias son para la eternidad. Las decisiones de allá no son reversibles. El alma no puede volver una vez que ha dejado el cuerpo, ni tener otra oportunidad de asegurar su salvación. Una vez que el Maestro se ha levantado y ha cerrado la puerta, el alma hallará que ha quedado fuera para siempre. Entonces el clamor será: “He perdido mi oportunidad; es demasiado tarde.” La Palabra de Dios no ofrece una segunda oportunidad a ninguna alma humana.
- Porque si se pierde la salvación no habrá excusa para ello. Nada se ha dejado sin hacer al presentarla a los hombres. El mejor pensamiento de Dios y el mejor amor de Cristo se le han dado. Se ha hecho todo cuanto podía hacerse. La salvación ha sido puesta al alcance del hombre. Ha sido colocada donde él puede alcanzarla. Dios ha provisto todos los recursos, aun la gracia, el arrepentimiento y la fe, si el hombre quiere tomarlos. Si algo te falta, Dios te rodeará con sus brazos y te levantará hacia sí, infundiendo en ti su fe, y llevándote Él mismo hasta que puedas andar. La salvación es traída a cada pecador. Si el alma se pierde es porque ha descuidado y desafiado el amor de Dios.
Me alegra traerte esta salvación, pero la eternidad será demasiado corta para contarla toda. Tómala, y luego sal y reúne a otros para que la compartan. Recibirás una corona gloriosa, pero lo mejor de todo será que los hombres serán salvos.
En esta ciudad hay un cuadro colgado en una sala y enmarcado con gran costo. Es un cuadro muy sencillo. Solo tiene una palabra. En un pedacito de papel —un formulario de telégrafo— está esa única palabra,
¡SALVADO!
Lo enmarcó la señora de aquella mansión, y le es más querido que todas sus obras de arte. Un día, cuando le llegó por los periódicos la terrible noticia de que el barco en que su esposo había zarpado había naufragado por completo, aquel pequeño telegrama llegó a su puerta y la salvó de la desesperación.
Vino de allende el mar. Era el mensaje de aquel hombre rescatado, enviado por el hilo eléctrico, y significaba para dos corazones todo lo que vale la vida.
Oh, que un mensaje así suba hoy a aquella ribera. El Espíritu Santo lo transmitirá desde aquí mientras yo tomo el siguiente aliento. Los ángeles lo harán resonar por todo el cielo, y hay allí seres queridos para quienes significará tanto como su propio cielo.
También he visto otra frase breve en un cuadro.
Provenía de alguien que había sido rescatado de un barco donde amigos y familia habían perecido todos. Aquellos amados pequeños yacían en las viscosas cavernas del mar cruel. Aquellos rostros amados se habían hundido para siempre, pero él fue salvado, y desde aquella ribera envió de vuelta este triste y cansado mensaje:
¡SALVADO SOLO!
Así puedo imaginar a un cristiano egoísta entrando por aquellos pórticos. Le salen al encuentro en las puertas: “¿Dónde están tus seres queridos?” “¿Dónde están tus amigos?” “¿Dónde está tu corona?” “Ay, estoy salvado solo.” Dios te ayude, lector, a recibir y a dar de tal manera que te salves a ti mismo y también a otros.
“¿He de ir acaso con las manos vacías,he de encontrar así a mi Salvador,
sin un alma con la cual saludarle,
sin poner un trofeo a sus pies?”