El secreto del cristiano para una vida feliz
Los carros de Dios

Capítulo 20 · 20 min de lectura · 26 min de escucha

Los carros de Dios

«Los carros de Dios son veinte mil, millares y millares; el Señor está entre ellos; como en Sinaí, así en el santuario. (Salmo 68:17.)

Los carros sirven para transportarse y avanzar. Los carros terrenales llevan a quienes van en ellos hasta su destino, venciendo todos los obstáculos. Los carros de Dios llevan a las almas. No hay palabras que puedan expresar los lugares gloriosos a los que llegará el alma que viaja en los carros de Dios. Y nuestro versículo nos dice que son «muchísimos». Por todas partes, a nuestro alrededor, nos están esperando; pero nosotros, por desgracia, no siempre los vemos. Los carros de la tierra se ven siempre, pero los carros de Dios son invisibles.

«Entonces envió allá gente de a caballo, y carros, y un gran ejército, los cuales vinieron de noche y cercaron la ciudad.

Y levantándose de mañana el que servía al varón de Dios, salió, y he aquí el ejército, con gente de a caballo y carros, que tenía cercada la ciudad. Entonces su criado le dijo: “¡Ah, señor mío! ¿Qué haremos?

Él le dijo: “No temas, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos. “Entonces oró Eliseo y dijo: “Te ruego, oh Señor, que abras sus ojos para que vea.” Y el Señor abrió los ojos del joven, y miró; y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo y de carros de fuego alrededor de Eliseo.» (2 Reyes 6:14-17) Esta es la oración que necesitamos hacer por nosotros mismos y los unos por los otros: «Señor, abre nuestros ojos para que veamos». Porque el mundo que nos rodea está lleno de los caballos y los carros de Dios, que esperan para llevarnos a lugares de gloriosa victoria. Pero no parecen carros. Parecen más bien enemigos, sufrimientos, pruebas, derrotas, malentendidos, desilusiones, desaires. Parecen enormes carros de miseria que esperan para aplastarnos. Pero son carros de triunfo. Pueden llevarnos a las alturas de victoria que nuestra alma anhela.

Si queremos «cabalgar sobre las alturas de la tierra», tenemos que subir a los carros que pueden llevarnos allá; y solo los «carros de Dios» están a la altura de un viaje tan elevado como este. (Deuteronomio 32:12-13) «El Señor solo lo guió, y no hubo con él dios ajeno. Lo hizo cabalgar sobre las alturas de la tierra, y comió los frutos del campo, e hizo que chupase miel de la peña, y aceite del duro pedernal.»

«Entonces te deleitarás en el Señor, y yo te haré cabalgar sobre las alturas de la tierra, y te daré a comer la heredad de Jacob tu padre; porque la boca del Señor lo ha hablado. (Isaías 58:14).

De cada suceso de nuestra vida podemos hacer o bien un carro de Juggernaut que nos aplaste, o bien un carro en el que subir a las alturas de la victoria. Todo depende de cómo lo tomemos: de si nos tendemos bajo nuestras pruebas y dejamos que nos pasen por encima y nos aplasten, o de si subimos a ellas como a un carro y hacemos que nos lleven triunfalmente hacia adelante y hacia arriba.

«Y aconteció que, yendo ellos y hablando, he aquí, carros de fuego y caballos de fuego apartaron a los dos; y Elías subió al cielo en un torbellino. Y viéndolo Eliseo, clamaba: “¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y su gente de a caballo! Y nunca más lo vio; y tomando sus vestidos, los rompió en dos partes.» (2 Reyes 2:11-12). Siempre que subimos a los carros de Dios, nos sucede espiritualmente lo mismo que le sucedió a Elías. Tendremos una traslación. No a los cielos que están por encima de nosotros, como Elías, sino al cielo que está dentro de nosotros, lo cual, después de todo, es una traslación casi más grandiosa que la suya. Seremos llevados hacia arriba, lejos del plano bajo y terrenal de la vida, que se arrastra por el polvo, donde todo duele y todo es desdicha, hasta los «lugares celestiales con Cristo Jesús», donde cabalgaremos triunfantes por encima de todo lo de abajo.

«y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús», (Efesios 2:6). Estos «lugares celestiales» son interiores, no exteriores, y el camino que lleva a ellos es también interior.

Pero el carro que lleva al alma por este camino suele ser alguna pérdida exterior, o alguna prueba, o alguna desilusión; alguna disciplina que ciertamente al presente no parece ser causa de gozo, sino de tristeza, pero que, con todo, después da fruto apacible de justicia a los que en ella son ejercitados.

«¿Y habéis olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige? Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él. Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Es para vuestra disciplina que lo soportáis. Dios os trata como a hijos. Porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido hechos participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquellos, a la verdad, por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero este para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Ahora bien, ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.» (Hebreos 12:5-11).

Mira estas reprensiones, por dolorosas que sean al presente, como carros de Dios enviados para llevar tu alma a los «lugares altos» del logro y la elevación espiritual, y descubrirás que, después de todo, están «enlosados de amor».

«El rey Salomón se hizo una carroza de madera del Líbano. Hizo sus columnas de plata, su respaldo de oro, su asiento de púrpura; su interior fue enlosado de amor por las doncellas de Jerusalén.» (Cantares 3:9-10). Puede que tu propio carro tenga un aspecto muy poco hermoso. Puede ser un pariente o un amigo de carácter difícil; puede ser fruto de la malicia humana, o de la crueldad, o del descuido; pero todo carro enviado por Dios tiene que estar necesariamente enlosado de amor, porque Dios es amor, y el amor de Dios es lo más dulce, lo más suave y lo más tierno sobre lo que alma alguna haya podido descansar jamás en ninguna parte. Es su amor, en verdad, el que envía el carro.

«¿Te airaste, oh Señor, contra los ríos? ¿Contra los ríos fue tu enojo, o tu ira contra el mar, cuando cabalgaste sobre tus caballos, sobre tus carros de salvación? Descubriste enteramente tu arco, pediste muchas saetas. Selah. Hendiste la tierra con ríos. Te vieron los montes y temblaron; pasó la inundación de las aguas; el abismo dio su voz; a lo alto alzó sus manos. El sol y la luna se pararon en su lugar a la luz de tus saetas que volaban, al resplandor de tu fulgente lanza. Con ira hollaste la tierra; con furor trillaste las naciones. Saliste para salvar a tu pueblo, para salvar a tu ungido. (Habacuc 3:8-13) Aquí el profeta nos dice que fue el enojo de Dios contra los obstáculos que cercaban el camino de su pueblo lo que le hizo acudir a rescatarlo, cabalgando en sus «carros de salvación». Todo se convierte en un «carro de salvación» cuando Dios cabalga en ello. Las «nubes» que oscurecen nuestro cielo y parecen ocultar el resplandor del sol de justicia son, después de todo, si tan solo lo supiéramos, sus carros, a los que podemos subir con él para «cabalgar» prosperados por encima de toda la oscuridad.

«Cíñete tu espada sobre el muslo, oh valiente, con tu gloria y con tu majestad. En tu gloria sé prosperado; cabalga por la causa de la verdad, de la humildad y de la justicia, y tu diestra te enseñará cosas terribles.» (Salmo 45:3-4). «Y cabalgó sobre un querubín, y voló: voló sobre las alas del viento.» ((Salmo 18:10). «No hay como Dios, oh Jesurún, que cabalga sobre los cielos para tu ayuda, y sobre las nubes con su grandeza.» (Deuteronomio 33:26). Un escritor reciente ha dicho que no podemos, ni con los esfuerzos más vigorosos y fatigosos, barrer las nubes, pero sí podemos subir tan alto por encima de ellas que alcancemos el aire limpio que está más arriba; y el que cabalga con Dios cabalga sobre los cielos, muy por encima de todas las nubes nacidas de la tierra.

«Reinos de la tierra, cantad a Dios; cantad al Señor, Selah, al que cabalga sobre los cielos de los cielos, que son desde la antigüedad; he aquí, él da su voz, su poderosa voz. Atribuid poder a Dios; sobre Israel es su magnificencia, y su poder está en los cielos.» (Salmo 68:32-34). Esto puede parecer fantasioso, pero en realidad es sumamente práctico cuando empezamos a ponerlo en obra en nuestra vida diaria.

Conocí a una señora que tenía una criada muy lenta. Era excelente en todo y muy útil. Pero su lentitud irritaba a su ama, que era de natural rápida.

La señora se enojaba con la muchacha veinte veces al día. Y veinte veces se arrepentía e intentaba dominar su enojo. Pero era en vano. El conflicto le amargaba la vida. Un día se le ocurrió que hacía mucho tiempo que venía orando para tener paciencia. Quizá aquella criada lenta era precisamente el carro que el Señor le había enviado para llevar su alma a la paciencia. Al instante lo aceptó como tal, y desde entonces usó la lentitud de su criada como un carro para su alma. Y el resultado fue una victoria de paciencia que ninguna lentitud de nadie fue jamás capaz de perturbar.

En una de nuestras convenciones conocí a una hermana que tuvo que dormir en una habitación con otras dos a causa de la multitud. Ella quería dormir, pero las otras querían conversar. La primera noche se sintió molesta. Se quedó allí acostada, frustrada y alterada, mucho después de que las otras se hubieran callado. Podría haber dormido. Pero al día siguiente oyó hablar de los carros de Dios. Aquella noche decidió ver a las hermanas conversadoras como sus carros.

Ellas la ayudarían a aprender dulzura y paciencia. Se quedó allí acostada, tranquila y en paz. Pero se hizo muy tarde, y ya todas deberían haber estado dormidas. Así que dijo en voz baja: «Hermanas, aquí estoy acostada, cabalgando en un carro». Esto trajo un silencio completo. Su carro la había llevado a la victoria, por dentro y por fuera.

Si escogiéramos cabalgar en los carros de Dios, y no en los nuestros, experimentaríamos lo mismo.

« ¡Ay de los que descienden a Egipto por ayuda, y confían en caballos; y su esperanza ponen en carros, porque son muchos, y en jinetes, porque son muy valientes; y no miran al Santo de Israel, ni buscan al Señor! Pero él también es sabio, y traerá el mal, y no retirará sus palabras; se levantará contra la casa de los malignos y contra el auxilio de los que hacen iniquidad. Y los egipcios hombres son, y no Dios; y sus caballos carne, y no espíritu; de manera que, al extender el Señor su mano, caerá el ayudador y caerá el ayudado, y todos ellos perecerán a una. (Isaías 31:1-3) «Estos confían en carros, y aquellos en caballos; mas nosotros confiamos en el nombre del Señor nuestro Dios. Ellos flaquean y caen, mas nosotros nos levantamos y nos mantenemos en pie. » (Salmo 20:7-8). Nuestra tentación constante es confiar en los «carros de Egipto». Podemos verlos. Son reales y parecen sólidos. Pero los carros de Dios son invisibles e intangibles. Cuesta creer que estén ahí. Nuestros ojos no han sido abiertos para verlos.

«Por medio de tus mensajeros has injuriado al Señor, y has dicho: “Con la multitud de mis carros he subido a las cumbres de los montes, a lo más remoto del Líbano; he cortado sus altos cedros, sus cipreses escogidos; he entrado en su morada más lejana, en su bosque más fértil.» Intentamos alcanzar los lugares altos con la «multitud de nuestros carros». Primero dependemos de una cosa, luego de otra. Lo hacemos para mejorar nuestro espíritu y obtener victorias espirituales. «Descendemos a Egipto por ayuda». (2 Reyes 19:23).

Y muchas veces Dios se ve obligado a destruir todos nuestros propios carros antes de poder llevarnos al punto de subir a los suyos.

«Y acontecerá en aquel día, dice el Señor, que haré matar tus caballos de en medio de ti, y haré destruir tus carros;» (Miqueas 5:10). «Y trastornaré el trono de los reinos, y destruiré la fuerza de los reinos de las naciones; y trastornaré los carros y a los que en ellos suben, y vendrán abajo los caballos y sus jinetes, cada cual por la espada de su hermano.» (Hageo 2:22). Confiamos demasiado en un amigo querido para que nos ayude a crecer espiritualmente. Así que el Señor tiene que separarnos de ese amigo. Creemos que nuestro crecimiento espiritual depende del ministerio de un predicador favorito. Y de pronto, misteriosamente, somos apartados de él. Vemos nuestra reunión de oración o nuestra clase bíblica como nuestra principal fuente de fuerza espiritual. Y ahora no podemos asistir a ella. Y el «carro de Dios», que es lo único que puede llevarnos a los lugares a los que esperábamos llegar por medio de los instrumentos de los que habíamos estado dependiendo, se encuentra precisamente en esas privaciones que tanto hemos lamentado. Dios tiene que quemar con el fuego de su amor todo carro nuestro que se interponga en el camino de nuestra subida al suyo.

«Porque he aquí que el Señor vendrá con fuego, y sus carros como torbellino, para descargar su ira con furor, y su reprensión con llama de fuego.» (Isaías 66:15). Estemos, pues, agradecidos por cada prueba que ayude a destruir nuestros carros y nos obligue a refugiarnos en el carro de Dios, que está listo y esperando a nuestro lado.

«Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza. Él solamente es mi roca y mi salvación; es mi refugio, no resbalaré. En Dios está mi salvación y mi gloria; en Dios está la roca de mi fortaleza, y mi refugio. Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos; derramad delante de él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio. Selah.» (Salmo 62:5-8). Tenemos que ser llevados al lugar donde todos los demás refugios nos fallan antes de poder decir: Él solamente. Nosotros decimos: Él y alguna otra cosa.

«Él, y mi experiencia», o «mis relaciones en la iglesia», o «mi obra cristiana»; y todo lo que viene después de la «y» tiene que sernos quitado, o tiene que demostrarse inútil, antes de que podamos llegar a «Él solamente».» Mientras haya carros visibles a mano, el alma no subirá a los invisibles.

«Cantad a Dios, cantad salmos a su nombre; exaltad al que cabalga sobre los cielos; el Señor es su nombre; ¡alegraos delante de él!» (Salmo 68:4). Si queremos cabalgar con Dios «sobre los cielos», tenemos que llegar al fin de todo cabalgar sobre la tierra.

«Vieron tus caminos, oh Dios; los caminos de mi Dios, de mi Rey, en el santuario.» (Salmo

68:24). Para ver los caminos de Dios, tenemos que entrar en el santuario de su presencia; y para tomar parte en sus caminos y andar con él, tenemos que abandonar todos los caminos terrenales.

«Del Señor son los pasos del hombre; ¿cómo, pues, entenderá el hombre su camino?» (Proverbios 20:24). «Mis pasos se han afirmado en tus caminos; mis pies no han resbalado.» (Salmo 17:5).

«Pacientemente esperé al Señor, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor.» (Salmo 40:1). Cuando subimos al carro de Dios, nuestros pasos quedan «afirmados», porque ningún obstáculo puede estorbar su marcha triunfal. Todas las pérdidas, por tanto, que nos traen a esto son ganancias.

«Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe.» (Filipenses 3:7-9). Pablo entendía esto, y se gloriaba en las pérdidas que le traían una ganancia tan indecible.

«Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera. Respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor que lo quite de mí. Y me ha dicho: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.” Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo, me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.» (2 Corintios 12:7-10) Incluso el «aguijón en la carne», el mensajero de Satanás enviado para atormentarlo, se convirtió sencillamente en un carro para su corazón bien dispuesto, que lo llevó a victorias que de otro modo no habría podido alcanzar. «Gozarse» en las propias luchas: ¿qué es eso sino convertirlas en el más grande de los carros?

José soñó con sus triunfos y su reinado futuros. Pero, a los ojos de los sentidos, los carros que lo llevaron allá fueron amargos fracasos. Era un camino extraño hacia un reino. Pasaba por la esclavitud y por una cárcel. Y, sin embargo, no había otro camino para que José llegara a su triunfo. Su sueño, Génesis 37:5-10 «Soñó José un sueño, y cuando lo contó a sus hermanos, ellos llegaron a aborrecerlo más todavía. Y él les dijo: “Oíd ahora este sueño que he soñado: He aquí que atábamos manojos en medio del campo, y he aquí que mi manojo se levantaba y estaba derecho, y que vuestros manojos estaban alrededor y se inclinaban ante el mío.” Sus hermanos le respondieron: ¿Has de reinar tú sobre nosotros, o te has de enseñorear sobre nosotros? Y lo aborrecieron aún más a causa de sus sueños y de sus palabras. Soñó aún otro sueño, y lo contó a sus hermanos, diciendo: He aquí que he soñado otro sueño, y he aquí que el sol y la luna y once estrellas se inclinaban ante mí. Y cuando lo contó a su padre y a sus hermanos, su padre le reprendió y le dijo: ¿Qué sueño es este que soñaste? ¿Hemos de venir yo y tu madre y tus hermanos a inclinarnos en tierra ante ti?»

Sus carros, Génesis 37:19-20 «Y dijeron el uno al otro: “He aquí viene el soñador. Ahora pues, venid, y matémoslo y echémoslo en una de las cisternas, y diremos: Alguna mala bestia lo devoró; y veremos qué será de sus sueños.” Génesis 27:28 «Dios, pues, te dé del rocío del cielo, y de las grosuras de la tierra, y abundancia de trigo y de mosto.» Génesis 39:19-20 «Y sucedió que, cuando oyó su señor las palabras que su mujer le habló, diciendo: “Así me ha tratado tu siervo”, se encendió su furor. Y tomó su señor a José y lo puso en la cárcel, donde estaban los presos del rey, y estuvo allí en la cárcel.» Y tomó su señor a José y lo puso en la cárcel, donde estaban los presos del rey, y estuvo allí en la cárcel; cómo cabalgó en sus carros, Génesis 39:1-6 «Llevado, pues, José a Egipto, lo compró Potifar, oficial de Faraón, capitán de la guardia, varón egipcio, de mano de los ismaelitas que lo habían llevado allá. Mas el Señor estaba con José, y fue varón próspero; y estaba en la casa de su amo el egipcio. Y vio su amo que el Señor estaba con él, y que todo lo que él hacía, el Señor lo hacía prosperar en su mano. Así halló José gracia en sus ojos, y le servía; y él lo hizo mayordomo de su casa y entregó en su poder todo lo que tenía. Y aconteció que, desde cuando le dio el encargo de su casa y de todo lo que tenía, el Señor bendijo la casa del egipcio a causa de José; y la bendición del Señor estaba sobre todo lo que tenía, así en casa como en el campo. Y dejó todo lo que tenía en mano de José, y con él no se preocupaba de cosa alguna sino del pan que comía.»

Génesis 39:21-23 « Pero el Señor estaba con José y le extendió su misericordia, y le dio gracia ante los ojos del jefe de la cárcel. Y el jefe de la cárcel entregó en mano de José todos los presos que había en aquella prisión; todo lo que se hacía allí, él lo hacía. No se ocupaba el jefe de la cárcel de cosa alguna que estuviera en mano de José, porque el Señor estaba con él.

Y lo que él hacía, el Señor lo prosperaba.» Su triunfo.

Y ahora, una palabra sobre cómo subir a estos carros. Mi respuesta sería sencillamente esta: descubre dónde está Dios en cada uno de ellos, y escóndete en él. O, en otras palabras, haz lo que hace el niño pequeño cuando le llega un problema: busca a su madre y se esconde en sus brazos. El verdadero carro, después de todo, el que nos hace atravesarlo todo triunfalmente, es ser llevados por Dios.

Isaías 46:4 «Y hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os llevaré yo; yo hice, yo llevaré, yo soportaré y guardaré.» El bebé llevado en el carro de los brazos de su madre pasa triunfalmente por los lugares más difíciles y ni siquiera sabe que son difíciles.

Isaías 63:9 « En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó; en su amor y en su clemencia los redimió, y los trajo, y los levantó todos los días de la antigüedad.». ¡Y cuánto más nosotros, que somos llevados en el carro de los «brazos de Dios»! Sube, pues, a tu carro. Toma cada cosa que anda mal en tu vida como el carro de Dios para ti. No importa quién haya causado el mal: ahora es el carro de Dios para ti. Tiene que llevarte a un lugar celestial de triunfo. Deja fuera todas las causas segundas, y halla al Señor en ello. Di: «Señor, abre mis ojos para que vea, no al enemigo visible, sino tus carros invisibles de liberación».

Acepta su voluntad en la prueba, sea cual sea, y escóndete en sus brazos de amor. Di: «¡Hágase tu voluntad, hágase tu voluntad!», una y otra vez.

Deja fuera todo otro pensamiento, excepto el único pensamiento de someterte a su voluntad y de confiar en su amor.

Haz de tu prueba tu carro. Entonces tu alma «cabalgará sobre los cielos» con Dios de una manera que nunca soñaste posible.

No tengo ninguna duda. Si nuestros ojos fueran abiertos, veríamos nuestros hogares, nuestros negocios y nuestras calles llenos de «carros de Dios». Ninguno de nosotros tiene por qué ir a pie por falta de carros.

Ese miembro malhumorado de tu casa, que ha hecho de la vida una carga, puede ser desde ahora un carro glorioso.

Te llevará a las alturas de la paciencia y la longanimidad celestiales. Tu malentendido, tu humillación, el desaire, la desilusión, la pérdida y la derrota son carros. Esperan para llevarte a las alturas de victoria que tanto has anhelado.

Entonces, con corazón agradecido, sube a ellos. Pierde de vista todas las causas segundas en el resplandor de su amor.

Él te llevará en sus brazos, asegurando que estés a salvo y celebrando la victoria sobre todo ello.

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