Capítulo 9 · 7 min de lectura · 10 min de escucha
Los que gobiernan deben ser tiernos con los débiles, y también los cristianos particulares
ASÍ también, en las censuras de la iglesia, es más conforme al espíritu de Cristo inclinarse a la parte más suave, y no matar una mosca en la frente con un mazo, ni cerrar a los hombres el cielo por una nimiedad. Aun las despabiladeras del tabernáculo se hicieron de oro puro, para mostrar la pureza de aquellas censuras por las cuales se mantiene brillante la luz de la iglesia. El poder que se da a la iglesia se da para edificación, y no para destrucción. ¡Cuán cuidadoso fue san Pablo de que el corintio incestuoso, ya arrepentido, no fuese consumido de demasiada tristeza (2 Corintios 2:7)! En cuanto a los magistrados civiles, por las exigencias civiles y las razones de Estado deben dejar que la ley siga su curso; pero al menos en esto deben imitar a este rey manso: en no mezclar amargura ni pasión con una autoridad que procede de Dios. La autoridad es un rayo de la majestad de Dios, y prevalece más donde hay menos mezcla de lo que es del hombre. Se requiere más que una sabiduría ordinaria para manejarla bien. Esta cuerda no debe tensarse demasiado, ni aflojarse demasiado. La justicia es cosa armoniosa. Las hierbas, calientes o frías más allá de cierto grado, matan. Vemos que aun elementos contrarios se conservan en un mismo cuerpo por una sabia templanza. La justicia llevada al rigor es muchas veces la mayor injusticia, cuando hay circunstancias de peso que debieran inclinar a la moderación; y la cuenta será más fácil de rendir por haberse inclinado a la moderación antes que al rigor.
Tratar con insolencia a las personas desdichadas, si están humilladas, es impropio de cualquiera que espere misericordia para sí. La miseria debiera ser un imán de la misericordia, no un estrado sobre el cual pisotee el orgullo.
A veces sucede que los que están bajo el gobierno de otros son los más injustos, por su terquedad y sus duras censuras, menospreciando y desalentando así los esfuerzos de sus superiores por el bien público. En tan grande flaqueza de la naturaleza humana, y especialmente en esta edad achacosa del mundo, debemos tomar a bien cualquier mediana felicidad de que gocemos por medio del gobierno, y no ser del todo como un clavo en la herida, exasperando las cosas con malas interpretaciones. Aquí el amor debiera tener un manto que echar sobre los errores menores de los que están por encima de nosotros. Muchas veces el pobre es el opresor con sus clamores injustos; debemos procurar dar a las acciones de los que gobiernan la mejor interpretación que la naturaleza de esas acciones pueda admitir.
En último lugar, hay algo que deben notar los cristianos particulares, y aun todos nosotros en nuestras relaciones comunes: somos deudores de los débiles en muchas cosas.
1, Seamos vigilantes en el uso de nuestra libertad, y procuremos no ser ocasión de tropiezo en nuestra conducta, para que nuestro ejemplo no los obligue. Hay en el ejemplo una fuerza que manda, como en el de Pedro (Gálatas 2). La vida relajada es crueldad para con nosotros mismos y para con las almas de otros; y aunque no podemos impedir que perezcan los que han de perecer, en cuanto al desenlace, si hacemos lo que de suyo tiende a destruir las almas de otros, su ruina se nos imputa a nosotros.
2. Guárdense los hombres de tomar el oficio de Satanás, torciendo las buenas acciones de otros, como hizo él con las de Job: ¿acaso sirve a Dios de balde?, o calumniando sus personas, juzgándolos conforme a la maldad que hay en su propio corazón. El diablo gana más con tales desalientos, y con estos oprobios que se echan sobre la religión, que con el fuego y la hoguera. Estos, como heladas fuera de tiempo, cortan en flor todo brote de gracia; y, en cuanto está de su parte, procuran, como Herodes, matar a Cristo en los que comienzan a profesarlo. El cristiano es cosa santa y consagrada, templo de Cristo; y al que destruya su templo, a ese destruirá Cristo (1 Corintios 3:17).
3. Entre las cosas de que hay que guardarse, hay entre los cristianos particulares una atrevida usurpación de la censura hacia otros, sin considerar sus tentaciones. Algunos, en un arrebato, echan a otros de la iglesia y les niegan el nombre de hermanos. Pero los desórdenes no alteran las relaciones verdaderas: aunque el hijo, en un acceso, renegara de su madre, la madre no renegará del hijo.
Hay, pues, en estos tiempos tan dados a juzgar, buen fundamento para la advertencia de Santiago, de que no haya muchos maestros (Santiago 3:1); de que no nos hiramos unos a otros con censuras precipitadas, especialmente en cosas de naturaleza indiferente. Algunas cosas valen según el ánimo del que las hace o no las hace; porque lo uno y lo otro puede hacerse para el Señor.
Una intención santa en las cosas de naturaleza intermedia hace que los juicios de los hombres, aunque en apariencia contrarios, no sean tan censurables. Cristo, por las buenas intenciones que ve en nosotros, pasa por alto lo malo que hay en ellas, hasta el punto de no imputárnoslo.
No deben los hombres ser demasiado curiosos en escudriñar las flaquezas de otros; antes debemos procurar ver lo que tienen que es para la eternidad, para inclinar nuestro corazón a amarlos, más que aquella flaqueza que el Espíritu de Dios consumirá a su tiempo, para alejarnos de ellos. Algunos piensan que es fortaleza de la gracia no soportar nada en los más débiles, cuando los más fuertes son los más dispuestos a sobrellevar las flaquezas de los débiles.
Donde hay más santidad, hay más moderación, siempre que pueda haberla sin perjuicio de la piedad para con Dios y del bien de otros: vemos en Cristo, en este texto, una admirable templanza de santidad absoluta junto con gran moderación. ¿Qué habría sido de nuestra salvación si él se hubiera mantenido firme en sus condiciones, y no se hubiera abajado así hasta nosotros? No hace falta que pretendamos ser más santos que Cristo; no es adulación hacer lo que él hace, con tal que sea para edificación.
El Espíritu Santo se contenta con morar en almas humeantes y molestas; ¡oh, que ese Espíritu soplara en nuestros espíritus una disposición igualmente misericordiosa! Soportamos la amargura del ajenjo y de otras plantas y hierbas desagradables solo porque tenemos experiencia de alguna cualidad saludable que hay en ellas; ¿y por qué habríamos de rechazar a hombres de dones y gracias útiles, solo por cierta aspereza de carácter que, así como nos ofende a nosotros, también los aflige a ellos mismos?
La gracia, mientras vivimos aquí, está en almas que, así como están imperfectamente renovadas, moran también en cuerpos sujetos a diversos humores, que inclinan al alma unas veces al exceso en una pasión, y otras veces al exceso en otra.
Bucero fue un teólogo profundo y moderado; tras larga experiencia resolvió no rechazar a nadie en quien viera (aliquid Christi) algo de Cristo.
Los mejores cristianos, en este estado de imperfección, son como oro que pesa un poco menos de lo debido, al cual le hacen falta algunos granos de tolerancia para que pase. Tienes que conceder a los mejores su tolerancia. Debemos suplir con nuestro amor y misericordia lo que vemos que les falta.
La iglesia de Cristo es un hospital común, en el que todos están en alguna medida enfermos de una u otra dolencia espiritual, para que todos tengamos ocasión de ejercitar mutuamente el espíritu de sabiduría y de mansedumbre.
Para que podamos hacerlo mejor, revistámonos del espíritu de Cristo. El Espíritu de Dios lleva consigo una majestad. La corrupción difícilmente cede ante la corrupción de otro. El orgullo es intolerable para el orgullo. Las armas de esta milicia no deben ser carnales (2 Corintios 10:4). Los grandes apóstoles no quisieron emprender la obra del ministerio hasta que fueron, por así decirlo, investidos de poder de lo alto (Lucas 24:49). El Espíritu solo obra con sus propias herramientas. Y debemos pensar qué afecto mostraría Cristo hacia esa persona en tal caso. Aquel gran médico, así como tenía un ojo penetrante y una lengua que sanaba, tenía también una mano suave y un corazón tierno.
Y en segundo lugar, pongámonos en la condición de aquel con quien tratamos: somos, o hemos sido, o podemos llegar a ser como él; hagamos nuestro su caso, y consideremos además en qué estrecha relación está con nosotros un cristiano: como hermano, como miembro del mismo cuerpo, heredero de la misma salvación. Por tanto, tomemos sobre nosotros un tierno cuidado de ellos en todo sentido, y especialmente en preservar la paz de su conciencia. La conciencia es cosa tierna y delicada, y así ha de tratarse. Es como una cerradura: si se le desarreglan las guardas, será difícil de abrir.
Capítulo 9 completado
Los que gobiernan deben ser tiernos con los débiles, y también los cristianos particulares