La caña cascada
El gobierno de Cristo es victorioso

Capítulo 22 · 15 min de lectura · 19 min de escucha

El gobierno de Cristo es victorioso

LA tercera conclusión es que este gobierno es victorioso. Las razones son:

1. Porque Cristo lo ha vencido todo primero en su propia persona, y él es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos; y por tanto lo es sobre el pecado, la muerte, el infierno, Satanás, el mundo, etc. Romanos 9:5. Y así como los ha vencido en sí mismo, así los vence en nuestros corazones y conciencias. Solíamos decir que la conciencia hace del hombre un rey o un miserable, porque ha sido plantada en nosotros para juzgar de parte de Dios, ya a nuestro favor, ya en contra nuestra; ahora bien, si la conciencia natural tiene tanta fuerza, ¿qué será cuando, además de su propia luz, se le infunde la luz de la verdad divina? Sin duda prevalecerá, ya sea para hacernos levantar la cabeza con confianza, ya para abatirnos por debajo de nosotros mismos. Si por la gracia se sujeta a la verdad de Cristo, entonces mira con denuedo por encima de la muerte, el infierno, el juicio y todos los enemigos espirituales, porque entonces Cristo establece su reino en la conciencia y hace de ella una especie de paraíso.

El conflicto más agudo que tiene el alma es el que se libra entre la conciencia y la justicia de Dios; ahora bien, si la conciencia rociada con la sangre de Cristo ha prevalecido sobre los asaltos que se toman de la justicia de Dios, ya satisfecha por Cristo, prevalecerá sobre cualquier otra oposición, sea cual sea.

2. Hemos de enfrentarnos con enemigos malditos y condenados; por tanto, si comienzan a caer delante del Espíritu que hay en nosotros, caerán; y si vuelven a levantarse, es para tener una caída mayor.

3. El Espíritu de verdad, a cuya tutela Cristo ha encomendado su Iglesia, y la verdad del Espíritu, que es el cetro de Cristo, permanecen para siempre; por tanto, el alma engendrada por la simiente inmortal del Espíritu, 1 Pedro 1:23, y esta verdad, no solo han de vivir para siempre, sino también prevalecer sobre todo lo que se les oponga; porque tanto la palabra como el Espíritu son poderosos en su obrar, Hebreos 4:12; y si el espíritu malo nunca está ocioso en aquellos a quienes Dios le entrega, no podemos pensar que el Espíritu Santo estará ocioso en aquellos cuya dirección y gobierno le han sido encomendados. No; así como mora en ellos, así expulsará todo lo que se levante contra él, hasta que él sea todo en todos.

Lo que es espiritual es eterno; la verdad es un rayo del Espíritu de Cristo, tanto en sí misma como en cuanto está injertada en el alma; por tanto, ella, y la gracia que obra, aunque pequeña, prevalecerán; una cosa pequeña en la mano de un gigante hará grandes cosas. Una fe pequeña fortalecida por Cristo obrará maravillas, 4. Al que tiene, le será dado, Mateo 25:29; la victoria sobre cualquier corrupción o tentación es prenda de la victoria final. Como dijo Josué cuando puso el pie sobre los cinco reyes que había vencido: Así hará Dios con todos nuestros enemigos, Josué 10:25; el cielo ya es nuestro; solo luchamos hasta tener su plena posesión.

5. Cristo, como rey, introduce en el alma una luz que manda, y doblega la cerviz, y ablanda el nervio de hierro del hombre interior; y donde comienza a reinar, reina para siempre: su reino no tiene fin, Lucas 1:33.

6. El fin de la venida de Cristo fue deshacer las obras del diablo, tanto por nosotros como en nosotros; y el fin de la resurrección fue, además de sellarnos la seguridad de su victoria, también: 1. Vivificar nuestras almas de la muerte en el pecado; 2. Librar nuestras almas de los lazos y dolores de la muerte espiritual que acompañan a la culpa del pecado; 3. Levantarlas más consoladas, como el sol irrumpe más glorioso de una nube espesa; 4. Levantarnos más fuertes de nuestros tropiezos y faltas particulares; 5. Levantarnos de todas las condiciones penosas y oscuras de esta vida; y 6. Finalmente, levantar nuestros cuerpos del polvo. Porque el mismo poder que el Espíritu mostró al levantar a Cristo, nuestra cabeza, de los dolores de la muerte y del grado más bajo de su humillación, ese mismo poder, obtenido de Dios por la muerte de Cristo, una vez aplacado Dios por aquel sacrificio, lo mostrará el Espíritu en la Iglesia, que es su cuerpo, y en cada miembro particular de ella. Y este poder se comunica por la fe, por la cual, tras la unión con Cristo en sus dos estados de humillación y exaltación, nos vemos no solo muertos con Cristo, sino resucitados y sentados juntamente con él en los lugares celestiales, Efesios 2:6. Ahora bien, al vernos muertos y resucitados, y por consiguiente victoriosos sobre todos nuestros enemigos en nuestra cabeza, y al comprender que su propósito en todo esto es conformarnos a sí mismo, somos por esta fe transformados a su semejanza, 2 Corintios 3:18, y así llegamos a ser vencedores de todos nuestros enemigos espirituales, como él lo es, por el poder que derivamos de él, que es el almacén de toda fuerza espiritual para todos los suyos. Cristo al fin alcanzará su propósito en nosotros, y la fe descansa segura de ello; y esta seguridad es muy eficaz, pues nos mueve a unirnos con Cristo en sus propósitos.

Y así también la Iglesia en general tendrá por Cristo su victoria. Cristo es aquella piedrecita cortada del monte, no con mano, que desmenuza aquella imagen vistosa, Daniel 2:35, es decir, todo gobierno contrario, hasta que se hace un gran monte y llena toda la tierra. De modo que la piedra que fue cortada del monte llega a ser al fin ella misma un monte. ¿Quién eres tú, pues, oh monte, que piensas levantarte contra este monte? Todo quedará llano y nivelado delante de él; él abatirá todos los pensamientos altivos, encumbrados y soberbios, y humillará el orgullo de toda carne. Cuando la paja lucha contra el viento, el rastrojo contra el fuego, cuando el talón da coces contra el aguijón, cuando el tiesto contiende con el alfarero, cuando el hombre lucha contra Dios, es fácil saber de qué lado irá la victoria. Los vientos pueden sacudir la nave en que está Cristo, pero no volcarla. Las olas pueden estrellarse contra la roca, pero no hacen más que romperse contra ella.

Si esto es así, ¿por qué le va de este modo a la Iglesia de Dios y a muchos cristianos llenos de gracia? Parece que la victoria se inclina del lado del enemigo.

Como respuesta, recuerda: 1. Que los hijos de Dios, en sus pruebas, suelen vencer padeciendo; aquí los corderos vencen a los leones, y las palomas a las águilas, padeciendo, para ser en esto conformes a Cristo, que más venció cuando más padeció; junto con el reino de paciencia de Cristo había un reino de poder.

2. Esta victoria es gradual, y por eso son de espíritu demasiado apresurado los que quisieran vencer en cuanto dan el primer golpe, y estar al final de su carrera apenas han partido. Los israelitas tenían segura la victoria en su viaje a Canaán, y sin embargo tuvieron que pelear hasta el fin. Dios no quiere que olvidemos pronto cuán crueles enemigos ha vencido Cristo por nosotros: No los destruyas, para que el pueblo no lo olvide, dice el salmista, Salmo 59:11. Para que así, por la experiencia de la molestia que nos causan, seamos guardados en el temor de caer bajo su poder.

3. Que Dios a menudo obra por medio de contrarios: cuando se propone dar la victoria, permite que primero seamos derrotados; cuando se propone consolar, primero aterra; cuando se propone justificar, primero nos condena; a quien se propone hacer glorioso, primero lo abate. El cristiano vence aun cuando es vencido; cuando es vencido por algunos pecados, obtiene la victoria sobre otros más peligrosos, como el orgullo espiritual, la seguridad carnal, etc.

4. Que la obra de Cristo, tanto en la Iglesia como en el corazón de los cristianos, a menudo retrocede para avanzar mejor; como la semilla se pudre en la tierra durante el invierno, pero después brota mejor, y cuanto más duro el invierno, más florida la primavera, así aprendemos a estar en pie por medio de las caídas, y a cobrar fuerza por la debilidad descubierta; echamos raíces más hondas al ser sacudidos; y como las antorchas arden con más brillo cuando se las mueve, así le agrada a Cristo, por su libre voluntad, mantener de esta manera su gobierno en nosotros. Esforcémonos en esto por ejercitar nuestra fe, de modo que responda a la manera en que Cristo se conduce con nosotros: cuando seamos derrotados, creamos que venceremos; cuando hayamos caído, creamos que nos levantaremos de nuevo. Jacob, después de recibir el golpe por el cual cojeaba, no quiso dejar de luchar, Génesis 32:24, hasta obtener la bendición; así nosotros nunca desistamos, sino unamos en nuestros pensamientos el principio, el progreso y el fin, y entonces nos veremos en el cielo, fuera del alcance de todos los enemigos. Tengamos por cierto que la gracia de Dios, aun en este estado imperfecto, es más fuerte que el libre albedrío del hombre en el estado de la primera perfección, pues ahora está fundada en Cristo, quien, como es el autor, así será el consumador de nuestra fe, Hebreos 12:2; estamos bajo un pacto más lleno de gracia.

Lo que algunos dicen de la fe arraigada, que permanece, mientras que la fe débil puede reducirse a nada, parece quedar contradicho por esta Escritura; porque así como la fe más fuerte puede ser sacudida, así la más débil, donde hay verdad, está tan arraigada que prevalecerá. La debilidad con vigilancia resistirá, cuando la fuerza con demasiada confianza falla. La debilidad reconocida es el asiento y el sujeto más idóneo en que Dios perfecciona su fuerza; porque la conciencia de nuestras flaquezas nos saca de nosotros mismos hacia aquel en quien está nuestra fuerza.

De aquí se sigue que la debilidad puede ir unida a la seguridad de la salvación. A los discípulos, a pesar de todas sus debilidades, se les manda gozarse, Lucas 10:20, de que sus nombres están escritos en los cielos. Las faltas acompañadas de lucha en la santificación no deben debilitar la paz de nuestra justificación ni la seguridad de la salvación. No importa tanto qué mal hay en nosotros como qué bien; no qué corrupciones, sino cómo estamos dispuestos hacia ellas; no tanto cuáles sean nuestras faltas particulares como cuál es el hilo y el tenor de nuestra vida; porque el desagrado de Cristo por lo que está mal en nosotros no redunda en odio a nuestras personas, sino en el sometimiento victorioso de todas nuestras flaquezas. Algunos, después del conflicto, se han maravillado de la bondad de Dios, de que una fe tan pequeña y vacilante los haya sostenido en combates tan grandes, cuando Satanás casi los había atrapado. Y en verdad es de maravillar cuánto prevalece un poco de gracia ante Dios para ser aceptados, y sobre nuestros enemigos para vencerlos, si el corazón es recto. Tal es la bondad de nuestro dulce Salvador, que se deleita siempre en mostrar su fuerza en nuestra debilidad.

Primero, pues, para gran consuelo de los cristianos pobres y débiles, sepan que una chispa del cielo, aunque encendida bajo leña verde que solloza y humea, al fin lo consumirá todo. El amor, una vez encendido, es fuerte como la muerte; las muchas aguas no pueden apagarlo; y por eso se le llama llama vehemente, o llama de Dios, Cantares 8:6, encendida en el corazón por el Espíritu Santo; lo poco que hay en nosotros se alimenta de un manantial eterno. Como el fuego que descendió del cielo en tiempos de Elías, 1 Reyes 18:38, lamió toda el agua, para mostrar que venía de Dios, así este fuego consumirá todas nuestras corrupciones; ninguna aflicción de fuera ni corrupción de dentro lo apagará. Por la mañana vemos a menudo nubes que se juntan alrededor del sol, como si quisieran ocultarlo, pero el sol las va disipando poco a poco, hasta alcanzar su plena fuerza. Al principio, los temores y las dudas impiden que este fuego se abra paso, hasta que al fin se eleva por encima de todos ellos y Cristo prevalece; y entonces él respalda sus propias gracias en nosotros. La gracia nos conquista primero a nosotros, y nosotros, por ella, conquistamos todo lo demás, ya sean las corrupciones dentro de nosotros o las tentaciones fuera de nosotros.

La Iglesia de Cristo, engendrada por la palabra de verdad, tiene por corona la doctrina de los apóstoles, y pisa la luna, es decir, el mundo y todas las cosas mundanas, bajo sus pies, Apocalipsis 12:1. Todo aquel que es nacido de Dios vence al mundo, 1 Juan 5:4. La fe, por la cual Cristo gobierna especialmente, eleva tanto al alma que esta mira todas las demás cosas como muy por debajo de ella, pues el Espíritu de Cristo le presenta riquezas, honra, hermosura y placeres de una naturaleza más alta.

Ahora bien, para que no nos quedemos cortos del consuelo que se pretende darnos, hay dos cosas que debemos notar especialmente: 1. Si hay en nosotros tal juicio o gobierno establecido, al cual se hace esta promesa de victoria. 2. Algunas reglas o indicaciones sobre cómo hemos de conducirnos, para que el juicio de Cristo en nosotros sea en verdad victorioso.

Las evidencias por las cuales podemos llegar a saber que el juicio de Cristo en nosotros es tal que será victorioso son: 1. Si por experiencia podemos justificar todos los caminos de Cristo, diga la carne y la sangre lo que quiera en contra, y podemos suscribir de buena gana el camino que Dios ha tomado en Cristo para llevarnos al cielo, y seguimos aprobando una medida de gracia mayor que la que hemos alcanzado, y hacemos planes y provisiones para obtenerla. Ningún otro hombre puede justificar su proceder cuando su conciencia despierta. 2. Cuando las razones de la religión son para nosotros las más fuertes, y prevalecen más que las razones sacadas de la política mundana. 3. Cuando somos tan fieles a nuestros fines y tan firmes en nuestra regla que ninguna esperanza ni temor puede inclinarnos hacia otro lado, sino que siempre estamos mirando qué concuerda con nuestra regla y qué se aparta de ella. 4. Cuando nada podemos contra la verdad, sino por la verdad, 2 Corintios 13:8, porque nos es más preciosa que la vida; la verdad no tiene esta soberanía en el corazón de ningún hombre carnal. 5. Cuando, si tuviéramos libertad para escoger bajo qué gobierno vivir, aun así, por el deleite que el hombre interior halla en el gobierno de Cristo, escogeríamos que solo él nos gobernara antes que cualquier otro; porque esto demuestra que tenemos el mismo sentir que Cristo, que somos un pueblo libre y voluntario, y no forzado al servicio de Cristo sino por el dulce constreñimiento del amor. Cuando nos agrada tanto el gobierno del Espíritu de Cristo que estamos dispuestos a rendirnos a él en todas las cosas; porque entonces su reino ha venido a nosotros, cuando nuestra voluntad se somete a la suya: es la inclinación de nuestra voluntad la que nos hace buenos o malos.

6. Una vida bien ordenada y uniforme, no a ratos ni a saltos, muestra un corazón bien ordenado; como en un reloj, cuando el martillo da bien las horas y la manecilla de la esfera señala bien, es señal de que las ruedas están bien ajustadas. 7. Cuando la voluntad de Cristo entra en competencia con alguna pérdida o ganancia terrenal, y aun así, en ese caso particular, el corazón se inclina ante Cristo, es una señal verdadera; porque la prueba más verdadera del poder de la gracia está en tales casos particulares que más de cerca nos tocan, pues allí es donde nuestra corrupción cobra mayor fuerza. Cuando Cristo apretó de cerca al joven del evangelio, Mateo 10:22, perdió en él a un discípulo. 8. Cuando podemos practicar deberes agradables a Cristo, aunque contrarios a la carne y al curso del mundo. Y cuando podemos vencernos a nosotros mismos en aquel mal al que nuestra naturaleza es propensa y hacia el que tanto se inclina, y que concuerda con la corriente de los tiempos, y bajo el cual otros yacen esclavizados, como el deseo de venganza, el odio a los enemigos, los fines particulares, etc., entonces se ve que la gracia está en nosotros por encima de la naturaleza, el cielo por encima de la tierra, y que tendrá la victoria.

Para aclarar más esto y ayudarnos en nuestro examen, debemos saber que hay tres grados de victoria. 1. Cuando resistimos, aunque seamos derrotados. 2. Cuando la gracia prevalece, aunque con conflicto. 3. Cuando toda corrupción queda perfectamente sometida. Ahora bien, cuando solo tenemos fuerza para resistir, aun así podemos saber que el gobierno de Cristo en nosotros será victorioso, porque lo que se dice del diablo se dice de todos nuestros enemigos espirituales: si resistimos, a su tiempo huirán de nosotros, Santiago 4:7; porque mayor es el que está en nosotros, que toma partido por su propia gracia, que el que está en el mundo, 1 Juan 4:4. Y si podemos esperar la victoria con la mera resistencia, ¿qué no podremos esperar cuando el Espíritu ha prevalecido?

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