La caña cascada
Cristo es tan manso que, aun así, gobernará a los que gozan del consuelo de su mansedumbre

Capítulo 19 · 4 min de lectura · 5 min de escucha

Cristo es tan manso que, aun así, gobernará a los que gozan del consuelo de su mansedumbre

La primera conclusión que se sigue de la conexión de esta parte del versículo con la anterior es que Cristo es manso con esta condición: que establecerá su gobierno en aquellos con quienes es tan apacible y tierno. Perdona de tal modo que quiere ser obedecido como rey; nos toma por esposa de tal modo que quiere ser obedecido como esposo. El mismo Espíritu que nos convence de la necesidad de su justicia para cubrirnos nos convence también de la necesidad de su gobierno para regirnos. Su amor hacia nosotros lo mueve a formarnos semejantes a él, y nuestro amor hacia él nos mueve a ser tales que él pueda deleitarse en nosotros; y no tenemos más fe ni más esperanza que el cuidado que tenemos de ser purificados, como él es puro. Nos hace gobernadores subordinados, sí, reyes bajo él, dándonos gracia no solo para oponernos a nuestros bajos afectos, sino para sojuzgarlos en alguna medida. Uno de los principales frutos de la exaltación de Cristo es que convierta a cada uno de nosotros de su maldad (Hechos 3:26). Para esto murió Cristo, y resucitó, y vive: para ser Señor así de los muertos como de los que viven (Romanos 14:9). Dios se ha obligado con juramento a concedernos esto: que le serviríamos sin temor, en santidad y en justicia delante de Él (Lucas 1:75), y no solo a la vista del mundo. 1. Esto puede servir de prueba para discernir quién puede reclamar con justo título la misericordia de Cristo: solo aquellos que toman su yugo y tienen por mayor dicha estar bajo su gobierno que gozar de cualquier libertad de la carne; que toman a Cristo entero, y no escogen de él solo lo que se aviene con su contentamiento presente; que no separan al Señor de Jesús, haciéndose así un Cristo a su medida. Nadie deseó jamás de veras la misericordia que perdona sin desear también la misericordia que sana. David pide un espíritu nuevo, tanto como el sentir de la misericordia que perdona (Salmo 51).

2. Esto muestra que están extraviados los que hacen de Cristo solo nuestra justicia, y no nuestra santificación, salvo por imputación; siendo así que es gran parte de nuestra dicha estar bajo un Señor tal, que no solo nació para nosotros y nos fue dado, sino que también tiene el principado sobre su hombro (Isaías 9:6, 7); que es nuestro santificador tanto como nuestro salvador; nuestro salvador, tanto del poder del pecado por el poder eficaz de su Espíritu, como de su culpa por el mérito de su muerte. De modo que se recuerde esto: 1. Que el primer y principal fundamento de nuestro consuelo es que Cristo, como sacerdote, se ofreció a sí mismo en sacrificio a su Padre por nosotros. El alma culpable acude primero a Cristo crucificado, hecho maldición por nosotros. De ahí viene que Cristo tenga derecho a gobernarnos; de ahí que nos dé su Espíritu como guía para conducirnos a casa.

2. En el curso de nuestra vida, después de estar en estado de gracia, si somos sorprendidos en algún pecado, debemos acordarnos de recurrir primero a la misericordia de Cristo para que nos perdone, y luego a la promesa de su Espíritu para que nos gobierne.

3. Y cuando nos sintamos fríos en el afecto y en el deber, el mejor camino es calentarnos en este fuego de su amor y misericordia al darse a sí mismo por nosotros.

4, Además, recuerda esto: que Cristo, cuando nos gobierna, lo hace por un espíritu de amor que nace del sentir de su amor, por el cual sus mandamientos nos son fáciles. Nos guía por su Espíritu libre, un espíritu de libertad: sus súbditos son voluntarios; la única fuerza que impone a sus súbditos es la del amor: nos atrae dulcemente con cuerdas de amor. Pero recuerda a la vez que nos atrae con fuerza por un espíritu de poder; porque no basta con que tengamos motivos y estímulos para amar y obedecer a Cristo a partir de aquel amor suyo por el cual se dio a sí mismo por nosotros para justificarnos, sino que el Espíritu de Cristo debe además sojuzgar nuestros corazones y santificarlos para que lo amen; sin lo cual todos los motivos serían ineficaces. Nuestra disposición tiene que ser cambiada; tenemos que ser nuevas criaturas. Buscan el cielo en el infierno los que buscan amor espiritual en un corazón no cambiado. Cuando un hijo obedece a su padre, lo hace tanto por las razones que lo persuaden como por una naturaleza filial que da fuerza a esas razones. Es natural para un hijo de Dios amar a Cristo en la medida en que está renovado, no solo por la persuasión de la razón, sino también por un principio interior y una obra de la gracia, de donde esas razones sacan su fuerza principal. Primero somos hechos participantes de la naturaleza divina, y luego somos fácilmente inducidos y guiados por el Espíritu de Cristo a los deberes espirituales.

Capítulo 19 completado

Cristo es tan manso que, aun así, gobernará a los que gozan del consuelo de su mansedumbre

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