La caña cascada
Del juicio de Cristo en nosotros y de su victoria: qué es

Capítulo 18 · 4 min de lectura · 5 min de escucha

Del juicio de Cristo en nosotros y de su victoria: qué es

Llegamos a la tercera parte: el progreso constante del poder lleno de gracia de Cristo, hasta que haya establecido en nosotros un gobierno tan absoluto que prevalezca sobre todas las corrupciones. Se dice aquí que él cuidará los comienzos de la gracia en nosotros hasta que saque a victoria el juicio. Por juicio se entiende aquí el reino de la gracia en nosotros, aquel gobierno por el cual Cristo establece un trono en nuestros corazones. Entre los judíos, los gobernantes se llamaron primero jueces, y luego reyes; de ahí que este gobierno interior se llame juicio; y también porque concuerda con el juicio de la palabra, a la cual el salmista llama a menudo juicio (Salmo 72:1, 2), pues concuerda con el juicio de Dios. Los hombres pueden leer su sentencia en la palabra de Dios: lo que ella juzga de ellos, eso juzga Dios de ellos. Por este juicio establecido en nosotros, el bien es discernido, aprobado y practicado; el pecado es juzgado, condenado y ejecutado. Estando nuestro espíritu bajo el Espíritu de Cristo, es gobernado por él; y en la medida en que es gobernado por Cristo, nos gobierna a nosotros con gracia.

Cristo y nosotros somos de un mismo juicio y de una misma voluntad; él tiene su voluntad en nosotros, y sus juicios están de tal modo implantados en nosotros que se convierten en nuestro propio juicio, pues llevamos su ley en nuestros corazones, escrita por su Espíritu (Jeremías 31:33): la ley en el hombre interior y la ley escrita se corresponden la una con la otra como las dos copias de un mismo documento.

El sentido, pues, es que la disposición de santidad, llena de gracia, establecida en nuestros corazones por el Espíritu de Cristo, seguirá adelante hasta que todo poder contrario sea sometido. El espíritu de juicio será un espíritu de ardimiento (Isaías 4:4), para consumir toda corrupción opuesta que, como el orín, carcome el alma. Si los edificadores de Dios caen en errores y edifican hojarasca sobre un buen fundamento, el Espíritu de Dios, como un fuego espiritual, lo pondrá de manifiesto a su tiempo (1 Corintios 3:13) y lo consumirá: por un espíritu de juicio condenarán sus propios errores y caminos. Toda la obra de la gracia en nosotros se presenta bajo el nombre de juicio, y a veces de sabiduría, porque el juicio es la parte principal y rectora de la gracia; por eso aquella obra de gracia que es el arrepentimiento se llama un cambio de mente y una sabiduría posterior. Y, por otra parte, en las lenguas sabias, las palabras que expresan la sabiduría implican también el gusto y el sabor general de toda el alma; y más bien el juicio del gusto que el de la vista o el de cualquier otro sentido, porque el gusto es el sentido más necesario y requiere, más que todos los demás sentidos, la aplicación más cercana de su objeto. Así, en la vida espiritual, es sumamente necesario que el Espíritu cambie el gusto del alma, de modo que saboree tan profundamente las cosas del Espíritu que todas las demás cosas pierdan su sabor. Y así como es verdad de cada cristiano en particular que el juicio de Cristo en él será victorioso, así lo es también de todo el cuerpo de los cristianos, la Iglesia. El gobierno de Cristo y su verdad, por la cual él gobierna como con un cetro, serán al fin victoriosos a pesar de Satanás, del Anticristo y de todos los enemigos. Cristo, cabalgando en su caballo blanco (Apocalipsis 6:2), tiene un arco y sale venciendo (Apocalipsis 19:11) en el ministerio, para vencer, ya sea para conversión, ya para confusión. Con todo, tomo el juicio principalmente por el reino y gobierno de Cristo dentro de nosotros. 1. Además, Dios requiere especialmente la sujeción del alma y de la conciencia como su propio trono. 2. Porque si el juicio prevaleciera en todo lo que nos rodea y no en nuestros propios corazones, no nos daría consuelo; por eso es lo primero que deseamos cuando oramos: Venga tu reino, que Cristo venga y reine en nuestros corazones. El reino de Cristo en sus ordenanzas no sirve sino para traer a Cristo a su propio lugar, que son nuestros corazones.

Explicadas así las palabras —que el juicio incluye aquí el gobierno de la mente, de la voluntad y de los afectos—, hay diversas conclusiones que brotan naturalmente de ellas.

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