La caña cascada
Reprensión de los que pecan contra esta disposición misericordiosa de Cristo. Del apagar el Espíritu

Capítulo 17 · 16 min de lectura · 21 min de escucha

Reprensión de los que pecan contra esta disposición misericordiosa de Cristo. Del apagar el Espíritu

Hemos de considerar ahora diversas clases de hombres que ofenden gravemente contra esta disposición misericordiosa de Cristo; como: 1. Los que prosiguen en toda clase de malos caminos con esta idea, como si fuera en vano acudir a Cristo, por haber sido tan malas sus vidas; siendo así que, tan pronto como miramos hacia el cielo, todos los estímulos están prontos a salirnos al encuentro y a atraernos hacia adelante. Entre otros, este es un atractivo: que Cristo está pronto a darnos la bienvenida y a conducirnos más adelante. Nadie se condena dentro de la iglesia — sino los que quieren. Los que se imponen a sí mismos ideas duras acerca de Cristo, para tener alguna apariencia de razón con que buscar su contentamiento en otras cosas, como aquel siervo inútil (Mateo 25:30), que se empeñó en figurarse que su señor era hombre duro, para lisonjearse así en su conducta infructuosa, no negociando con el talento que tenía. 2. Los que se forjan una esperanza propia de que Cristo les permitirá andar por los caminos del infierno y aun así los llevará al cielo; siendo así que todo consuelo debería acercarnos más a Cristo; de lo contrario, es un consuelo mentiroso, ya en sí mismo, ya en la aplicación que hacemos de él. Y 3. Los que por sí mismos echan agua sobre aquellas chispas que Cristo procura encender en ellos, porque no quieren ser molestados con la luz de... Los tales han de saber que el Cordero puede airarse, y que los que no quieran venir bajo su cetro de misericordia serán desmenuzados por su cetro de poder (Salmo 2:9). Aunque él cuidará y mantendrá con gracia la menor chispa de verdadera gracia, donde no halla una chispa de gracia, sino oposición a su Espíritu que contiende con ellos, su ira, una vez encendida, arderá hasta el infierno. No hay provocación más justa que cuando la bondad es rechazada con desdén. Cuando Dios quiso curar a Babilonia y ella no quiso ser curada, entonces fue entregada a la destrucción (Jeremías 51:9). Cuando Jerusalén no quiso ser juntada bajo las alas de Cristo, entonces su casa le es dejada desierta (Mateo 23:37, 38). Cuando la Sabiduría extiende su mano y los hombres la rehúsan, entonces la Sabiduría se reirá de la perdición de los hombres (Proverbios 1:26). La salvación misma no salvará a los que derraman la medicina y arrojan el emplasto. ¡Qué caso tan lastimoso, cuando este Salvador misericordioso se complazca en la destrucción, cuando el que hizo a los hombres no tenga de ellos misericordia (Isaías 27:11)! Oh, dicen los rebeldes de este tiempo, Dios no nos ha hecho para condenarnos. Sí, si no queréis salir al encuentro de Cristo en los caminos de su misericordia, justo es que comáis del fruto de vuestros propios caminos y os hartéis de vuestros propios consejos (Proverbios 1:31). Este será el infierno del infierno: cuando los hombres piensen que amaron sus pecados más que sus almas; cuando piensen cuánto amor y misericordia casi se les impuso por la fuerza, y aun así quisieron perecer. Cuanto más cómplices seamos en atraer un juicio sobre nosotros mismos, tanto más se confundirá la conciencia dentro de sí, cuando reconozcan que Cristo está libre de toda culpa y que ellos mismos no tienen excusa.

Si los hombres apelan a sus propias conciencias, estas les dirán que el Espíritu Santo ha llamado muchas veces a sus corazones, deseoso de encender en ellos algunos santos deseos. ¿De qué otro modo podría decirse que resisten al Espíritu Santo, sino porque el Espíritu estaba más pronto a atraerlos a un grado mayor de bondad de lo que se avenía con su propia voluntad? Por eso, los que en la Iglesia se condenan, ya antes se han condenado a sí mismos. De modo que aquí no necesitamos subir a causas más altas, cuando los hombres llevan en su propio pecho causa suficiente.

4. Y aun el mejor de nosotros puede ofender contra esta disposición misericordiosa si no vigilamos contra la licencia que nuestras disposiciones carnales estarán prontas a tomarse a partir de ella. Así razonamos: Cristo no apagará el pábilo que humea; ¿qué necesidad tenemos de temer que algún descuido de nuestra parte pueda llevarnos a una condición sin consuelo? Si Cristo no lo hará, ¿qué podrá hacerlo?

Resp. Ya conoces, no obstante, la prohibición del apóstol (1 Tesalonicenses 5:19): No apaguéis al Espíritu. Estas advertencias de no apagar son santificadas por el Espíritu como medios para no apagar. Cristo cumple su oficio de no apagar despertando en nosotros esfuerzos adecuados; y nadie es más solícito en el uso de los medios que aquellos que están más seguros del buen éxito. El fundamento es este: los medios que Dios ha señalado para efectuar cualquier cosa caen bajo el mismo propósito que él tiene de llevar a cabo esa cosa; y este es un principio que se da por sentado aun en los asuntos civiles: ¿quién, si supiera de antemano que el año va a ser fértil, colgaría por eso el arado y descuidaría la labranza? Por eso el apóstol nos estimula a partir de la expectativa cierta de una bendición (1 Corintios 15:57, 58); y este estímulo que aquí se da, por el buen desenlace de la victoria final, tiene por fin estimularnos y no apartarnos. Si somos negligentes en el ejercicio de la gracia recibida y en el uso de los medios prescritos, dejando que nuestro espíritu sea oprimido por la multitud y variedad de los afanes de esta vida, y no nos guardamos de las humedades del tiempo, por tal desvío Dios, en su sabio cuidado, nos permite a menudo caer en una condición peor, en cuanto al sentir, que la de quienes nunca fueron tan iluminados; pero en su misericordia no permitirá que seamos enemigos de nosotros mismos hasta el punto de descuidar por completo estas chispas una vez encendidas. Si fuera posible que fuéramos entregados a abandonar del todo todo esfuerzo, entonces no podríamos esperar otro desenlace que el apagarse; pero Cristo cuidará de esta chispa y nutrirá esta pequeña semilla, de tal manera que conservará siempre en el alma algún grado de cuidado. Si queremos hacer un uso consolador de esto, debemos considerar todos aquellos medios por los cuales Cristo conserva la gracia comenzada. Primero, la santa comunión, por la cual un cristiano calienta a otro: Mejores son dos que uno, etc. (Eclesiastés 4:9). ¿No ardía nuestro corazón en nosotros? (Lucas 24:32), dijeron los discípulos. En segundo lugar, mucha comunión con Dios en los santos deberes, como la meditación y la oración, que no solo enciende el alma, sino que le añade brillo. En tercer lugar, sentimos por experiencia que el soplo del Espíritu acompaña al soplo del ministerio; por lo cual el apóstol une estas dos cosas: No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías (1 Tesalonicenses 5:19, 20). Natán, con unas pocas palabras, avivó las chispas mortecinas en David. Antes que permitir que su fuego muera en nosotros, Dios enviará a algún Natán u otro; y siempre queda en nosotros algo que se une a la palabra como connatural a ella; así como un carbón que tiene fuego en sí prende pronto más fuego: el pábilo que humea prende fuego con facilidad. En cuarto lugar, la gracia se fortalece con su ejercicio: Levántate, pues, y a la obra; que el Señor será contigo, dijo David a su hijo Salomón; aviva la gracia que está en ti; porque así los santos impulsos se convierten en resoluciones, las resoluciones en práctica, y la práctica en una disposición pronta para toda buena obra (1 Crónicas 22:17). Sepamos, sin embargo, que la gracia aumenta con su ejercicio, no en virtud del ejercicio mismo, sino porque Cristo, por su Espíritu, fluye en el alma y nos acerca más a sí mismo, que es la fuente, e infunde en el acto tal consuelo que el corazón se ensancha aún más. El corazón de un cristiano es el huerto de Cristo, y sus gracias son como otras tantas especias y flores dulces, que, cuando su Espíritu sopla sobre ellas, despiden un olor suave; mantén, pues, el alma abierta para recibir al Espíritu Santo, porque él traerá continuamente fuerzas nuevas para sojuzgar la corrupción, y esto sobre todo en el día del Señor. Juan estuvo en el Espíritu en el día del Señor, aun en Patmos, lugar de su destierro (Apocalipsis 1:10); entonces las brisas del Espíritu soplan con más fuerza y dulzura. Así pues, ya que buscamos el consuelo de esta doctrina, no favorezcamos nuestra pereza natural, sino ejercitémonos para la piedad (1 Timoteo 4:7), y procuremos mantener este fuego siempre ardiendo sobre el altar de nuestro corazón; aderecemos nuestras lámparas cada día, pongámosles aceite nuevo y elevemos nuestras almas cada vez más alto. Quedarse quieto en un buen estado es contrario a la gracia, que no puede dejar de impulsarse a una medida mayor. Que nadie convierta esta gracia en disolución (Judas 4). Las flaquezas son motivo de humildad, no excusa para la negligencia ni estímulo para la presunción. Tan lejos deberíamos estar de ser malos porque Cristo es bueno, que esas brasas de amor deberían derretirnos; por eso bien pueden sospechar de sí mismos aquellos en quienes la consideración de esta mansedumbre de Cristo no obra de ese modo. Ciertamente, donde hay gracia, la corrupción es como humo a los ojos y vinagre a los dientes (Proverbios 10:26). Y por eso procurarán, tanto por su propio consuelo como por el crédito de la religión y la gloria de Dios, que su luz resplandezca. Si una chispa de fe o de amor es tan preciosa, ¡qué honra será ser rico en fe! ¿Quién no preferiría andar en la luz y en los consuelos del Espíritu Santo antes que vivir en un estado oscuro y perplejo? ¿Y no preferiría ser llevado a toda vela hacia el cielo antes que andar siempre zarandeado por temores y dudas? La turbación presente en la lucha contra un pecado no es tanta como la inquietud que después nos traerá cualquier corrupción consentida: la verdadera paz está en vencer, no en ceder. El consuelo que se propone en este texto es para aquellos que de buena gana harían mejor, pero hallan que sus corrupciones los entorpecen; que están en tal niebla que muchas veces no saben qué pensar de sí mismos; que de buena gana creerían, y sin embargo a menudo temen no creer, y piensan que no puede ser que Dios sea tan bueno con pecadores tan miserables como ellos; y, con todo, no se consienten a sí mismos en estos temores y dudas. Y, entre otros, ¡cómo se agravian a sí mismos y a él los que quieren tener ante Dios otros mediadores que no sean él! ¿Hay alguno más compasivo que él, que se hizo hombre con este fin, para ser compasivo con su propia carne? Acudan todos en todo tiempo a este manso Salvador, y presentemos todas nuestras peticiones en su nombre, que prevalece. ¿Qué necesidad tenemos de llamar a otra puerta? ¿Puede alguien ser más tierno con nosotros que Cristo? ¡Qué estímulo tenemos para encomendarle en nuestras oraciones el estado de la Iglesia en general, o el de cualquier cristiano de corazón quebrantado! De ellos podemos hablar a Cristo como hablaron de Lázaro: Señor, la Iglesia que tú amas, y por la cual te diste a ti mismo, está en angustia; Señor, este pobre cristiano, por quien tú fuiste molido (Isaías 53:5), está quebrantado y muy abatido. No puede menos que conmover sus entrañas el que se extienda ante él la miseria de sus propias y queridas entrañas.

Además, considerando esta naturaleza tan llena de gracia en Cristo, pensemos así dentro de nosotros: cuando él es tan bondadoso con nosotros, ¿seremos nosotros crueles contra él en su nombre, en su verdad, en sus hijos? ¿Cómo esperan mirar cara a cara a un Salvador tan lleno de gracia los que se deleitan en ser tan terribles para los humildes de la tierra (Sofonías 2:3)? Los que son tan violentos con su esposa sabrán un día que tenían que ver con él mismo en su Iglesia. Asimismo, no puede menos que traspasar el corazón de los que han sentido este amor de Cristo oír que es herido aquel que es la vida de sus vidas y el alma de sus almas; esto hace que los que han sentido la misericordia lloren por Cristo, a quien traspasaron con sus pecados; no puede menos que haber una simpatía mutua y viva entre la cabeza y los miembros. Cuando somos tentados a algún pecado, si no queremos compadecernos de nosotros mismos, deberíamos al menos perdonar a Cristo, no poniéndolo en nuevos tormentos. El apóstol no pudo hallar un argumento que más quebrante el corazón para movernos a ofrecernos en sacrificio a Dios que conjurarnos por las misericordias de Dios en Cristo.

Esta misericordia de Cristo debería movernos asimismo a compadecernos del estado de la pobre Iglesia, desgarrada por enemigos de fuera y despedazándose a sí misma con divisiones dentro de casa. No puede menos que obrar en cualquier alma que haya sentido alguna vez consuelo de Cristo considerar con qué afectuoso ruego exhorta el apóstol al mutuo acuerdo en el juicio y en el afecto: Si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable y misericordias, completad mi gozo, sintiendo lo mismo (Filipenses 2:1); como si dijera: a menos que queráis renunciar a toda consolación en Cristo, etc., procurad guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. ¡Qué espectáculo tan gozoso es para Satanás y su bando ver a los que están separados del mundo hacerse pedazos entre sí! Nuestra discordia es la melodía de nuestro enemigo.

Tanto más culpables son los que, por fines particulares, buscan diferenciarse de los demás y no permiten que las heridas de la Iglesia se cierren y se junten. Lo cual no ha de entenderse como si los hombres debieran disimular su juicio acerca de alguna verdad cuando hay justa causa para declararse; porque la menor verdad es de Cristo y no nuestra, y por eso no hemos de tomarnos la libertad de afirmar o negar a nuestro antojo: hay una deuda en un céntimo lo mismo que en una libra; por eso debemos ser fieles en la menor verdad. Cuando la ocasión lo pide, entonces nuestras palabras son como manzanas de oro con figuras de plata. Una palabra dicha a su tiempo hará más bien que mil fuera de tiempo. Pero en algunos casos la paz, guardando nuestra fe para nosotros mismos (Romanos 14:22), es de más importancia que la declaración pública de algunas cosas que tenemos por verdaderas; considerando que la flaqueza de la naturaleza humana es tal que difícilmente puede manifestarse una diferencia de opinión sin algún enfriamiento del afecto. En la medida en que los hombres no son de un mismo parecer, difícilmente serán de un mismo corazón, excepto donde la gracia y la paz de Dios (Colosenses 3:15) gobiernan con gran poder en el corazón; por eso la manifestación abierta de diferencias nunca es buena sino cuando es necesaria. Aunque algunos, por el deseo de ser alguien, se desvían por sendas extraviadas y ceden a un espíritu de contradicción que hay en ellos, con todo, si San Pablo ha de ser juez, ¿no son carnales? (1 Corintios 3:3). Si es sabiduría, es sabiduría de abajo; porque la sabiduría que es de lo alto, así como es pura, es también pacífica (Santiago 3:17). Nuestro bendito Salvador, cuando iba a dejar el mundo, ¿qué inculca a sus discípulos más que la paz y el amor? ¡Y en su última oración, con qué fervor pidió a su Padre que fueran uno, como él y el Padre eran uno! (Juan 17:21). Pero lo que él pidió en la tierra solo lo gozaremos perfectamente en el cielo. Que esto nos haga más dulce la meditación de aquel tiempo.

Y para descubrir más a los culpables de esta clase: ¿de qué espíritu pensaremos que son los que se aprovechan del quebrantamiento y de las flaquezas del espíritu de los hombres para aliviarlos con una falsa paz en provecho de sus propios fines mundanos? Un espíritu herido se desprende de cualquier cosa. La mayoría de los puntos lucrativos del papismo, como la confesión, la satisfacción, el mérito, el purgatorio, etc., brotan de aquí; pero son médicos de ningún valor, o más bien atormentadores que médicos. Es mayor bendición de lo que agradecemos el vernos librados del aguijón de estos escorpiones. La tiranía espiritual es la mayor de las tiranías, y sobre todo cuando se ejerce allí donde más misericordia debería mostrarse; y aun allí algunos, como cirujanos crueles, se deleitan en hacer largas las curas, para servirse de la miseria de los demás. Esto pone a los hombres bajo una terrible maldición, cuando no se acuerdan de hacer misericordia, sino que persiguen al hombre afligido y menesteroso, para dar muerte al quebrantado de corazón (Salmo 109:16).

Asimismo, a los que sacan ventaja temporal para sí de la miseria espiritual de otros: júntense a ellos los que levantan fortunas traicionando a la Iglesia y son infieles en el encargo que se les ha confiado, cuando los hijos claman por el pan de vida y no hay quien se lo dé, trayendo así sobre el pueblo de Dios aquel grave juicio del hambre espiritual y matando de hambre a Cristo en sus miembros. ¿Así pagaremos a un Salvador tan bueno, que cuenta el amor y la misericordia mostrados al apacentar sus corderos (Juan 21:15) como mostrados a él mismo?

Por último, se portan muy ingratamente con Cristo los que tropiezan en este su profundo abajarse hacia nosotros en su gobierno y en sus ordenanzas; los que se avergüenzan de la sencillez del evangelio; los que tienen por locura la predicación.

Estos, por la soberbia de su corazón, piensan que pueden pasarlo bastante bien sin la ayuda de la palabra y de los sacramentos; y piensan que Cristo no se revistió de suficiente majestad, y por eso quieren enmendar el asunto con sus propias invenciones, con las que puedan dar mejor contento a la carne y la sangre, como en el papismo. ¿Qué mayor ingratitud puede haber que despreciar cualquier ayuda que Cristo en su misericordia nos ha provisto? En los días de su carne, los soberbios fariseos se escandalizaban de su trato familiar con hombres pecadores, cuando él lo hacía solo como médico para sanar sus almas. ¡A qué defensas se vio obligado San Pablo por su llaneza al exponer el evangelio! Cuanto más descienda Cristo, en sí mismo y en sus siervos, para exaltarnos, tanto más deberíamos recibir ese amor con toda humildad y prontitud, y engrandecer la bondad de Dios, que ha puesto la gran obra de nuestra salvación, y ha cargado el gobierno, sobre un Salvador tan manso, que se conducirá con tanta dulzura en todas las cosas en que ha de mediar entre Dios y nosotros, y entre nosotros y Dios. Cuanto más abajo desciende Cristo hasta nosotros, tanto más alto levantémoslo en nuestros corazones; así lo harán todos los que alguna vez han hallado por experiencia la obra de Cristo en su corazón.

Capítulo 17 completado

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