La caña cascada
Reglas para probar si somos de aquellos a quienes Cristo no apagará

Capítulo 10 · 5 min de lectura · 6 min de escucha

Reglas para probar si somos de aquellos a quienes Cristo no apagará

PARA la prueba, a fin de que veamos si somos este pábilo que humea que Cristo no apagará. En esta prueba recuerda estas cosas:—1. Reglas. 2. Señales.

1. Debemos tener dos ojos: uno para ver las imperfecciones en nosotros mismos y en otros; el otro para ver lo que es bueno. Morena soy, dice la iglesia, pero codiciable. Siempre carecen de consuelo los que viven muy peleados consigo mismos y que, por sus flaquezas, son propensos a alimentarse de cosas amargas, de esas que más nutren los males de que están enfermos. Estos se complacen en mirar solo el lado oscuro de la nube.

2. No debemos juzgarnos siempre según lo que sentimos en el momento; porque en las tentaciones no veremos sino el humo de pensamientos desconfiados. El fuego puede estar cubierto bajo las cenizas, aunque no se vea; en el invierno la vida está escondida en la raíz.

3. Guárdate de razonar falsamente; como, por ejemplo, que porque nuestro fuego no levanta llama como el de otros, no tenemos fuego alguno; y así, por conclusiones falsas, venir a pecar contra el mandamiento, dando falso testimonio contra nosotros mismos. El pródigo no diría que no era hijo, sino que no era digno de ser llamado hijo (Lucas 15:19). No debemos ni confiar en evidencias falsas, ni negar las verdaderas; porque así deshonraríamos la obra del Espíritu de Dios en nosotros, y perderíamos la ayuda de aquella evidencia que alimentaría nuestro amor a Cristo y nos armaría contra los desalientos de Satanás. Algunos caen tanto en esta falta, que parece como si Satanás, el acusador de los hermanos (Apocalipsis 12:10), los hubiera contratado para abogar por él acusándose a sí mismos.

4, Sabe, como fundamento de esto, que en el pacto de gracia Dios requiere la verdad de la gracia, no una medida determinada; y una chispa de fuego es fuego tanto como el elemento entero. Por tanto, debemos mirar a la gracia en la chispa tanto como en la llama. No todos tienen una fe igualmente fuerte, pero sí una fe igualmente preciosa (2 Pedro 1:1), por la cual se asen de la perfecta justicia de Cristo y se revisten de ella. Una mano débil puede recibir una joya rica; unas pocas uvas mostrarán que la planta es una vid, y no un espino. Una cosa es que nos falte algo de gracia, y otra que nos falte la gracia del todo. Dios sabe que nada tenemos de nosotros mismos; por eso en el pacto de gracia no requiere más de lo que da, y da lo que requiere, y acepta lo que da. El que no tiene un cordero puede traer un par de tórtolas (Levítico 12:6). ¿Qué es el evangelio mismo sino una misericordiosa moderación, en la cual la obediencia de Cristo es tenida por nuestra y nuestros pecados son puestos sobre él, y en la cual Dios, de juez, se vuelve padre, perdonando nuestros pecados y aceptando nuestra obediencia, aunque débil y manchada? Ahora somos llevados al cielo, bajo el pacto de gracia, por un camino de amor y misericordia.

Será una ayuda especial conocer con claridad la diferencia entre el pacto de obras y el pacto de gracia, entre Moisés y Cristo. Moisés, sin misericordia alguna, quiebra todas las cañas cascadas y apaga todos los pábilos que humean. Porque la ley requiere una obediencia 1, personal, 2. perpetua, 3. perfecta, 4. y que proceda de un corazón perfecto; y eso bajo una maldición terribilísima, y no da fuerzas: un capataz severo, como los de Faraón, que exige la tarea entera de ladrillo y sin embargo no da paja. Cristo viene con bendición tras bendición, aun sobre aquellos a quienes Moisés había maldecido, y con bálsamo sanador para las heridas que Moisés había hecho.

Los mismos deberes se requieren en ambos pactos; como amar al Señor con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, etc. (Deuteronomio 6:5). En el pacto de obras esto ha de tomarse con todo rigor; pero bajo el pacto de gracia, como un esfuerzo sincero proporcionado a la gracia recibida; y así debe entenderse de Josías y de otros, cuando se dice que amaron a Dios con todo su corazón, etc. Ha de tener una mitigación evangélica.

La ley es endulzada por el evangelio, y se vuelve deleitosa para el hombre interior (Romanos 7:22). Bajo este pacto de gracia, la sinceridad es perfección. Esta es la muerte en la olla en la religión romana: que confunden los dos pactos; y lo que mata el consuelo de los abatidos es que no saben distinguirlos. Y así se dejan tener en servidumbre (Isaías 61:1, 2), cuando Cristo los ha hecho libres; y se quedan en la cárcel, cuando Cristo les ha abierto de par en par las puertas.

5. La gracia a veces es tan pequeña que nos resulta imperceptible; el Espíritu tiene a veces operaciones secretas en nosotros que de momento no conocemos; pero Cristo las conoce. A veces, en la amargura de la tentación, cuando el Espíritu lucha con el sentimiento de la ira de Dios, somos propensos a pensar que Dios es nuestro enemigo; y un alma turbada es como agua turbia: no podemos ver nada en ella; y en la medida en que no está limpia, arrojará cieno y lodo. Está llena de objeciones contra sí misma; y sin embargo, por lo general podemos discernir algo de esta vida escondida, y de estas chispas sofocadas.

En un día sombrío hay luz suficiente para que conozcamos que es de día y no de noche; así también hay algo en un cristiano que está bajo una nube, por lo cual puede discernirse que es un verdadero creyente, y no un hipócrita. No hay pura oscuridad en el estado de gracia, sino algún rayo de luz, por el cual el reino de las tinieblas no prevalece del todo.

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