La caña cascada
Señales del pábilo que humea que Cristo no apagará

Capítulo 11 · 11 min de lectura · 14 min de escucha

Señales del pábilo que humea que Cristo no apagará

SENTADAS estas cosas, sepamos, para la prueba: Primero, si hay en nosotros algún fuego santo, ha sido encendido desde el cielo por el Padre de las luces, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz (2 Corintios 4:6). Así como se enciende en el uso de los medios, así también se alimenta. La luz que hay en nosotros y la luz que hay en la palabra brotan la una de la otra, y ambas del Espíritu Santo; y por eso, si hay quienes no hacen caso de la palabra, es porque no hay luz en ellos (Isaías 8:20). Las verdades celestiales han de tener una luz celestial para discernirlas. Los hombres naturales ven las cosas celestiales, pero no en su propia luz, sino con una luz inferior; Dios, en todo hombre convertido, pone una luz en el ojo de su alma, proporcionada a la luz de las verdades que le son reveladas. Un ojo carnal nunca verá las cosas espirituales.

En segundo lugar, la menor luz divina trae consigo calor en alguna medida: la luz en el entendimiento engendra calor de amor en los afectos. En la medida en que el entendimiento santificado ve que una cosa es verdadera o buena, en esa medida la abraza la voluntad. Una luz débil engendra inclinaciones débiles; una luz fuerte, inclinaciones fuertes. Un poco de luz espiritual tiene fuerza suficiente para responder a las fuertes objeciones de la carne y la sangre, y para mirar a través de todos los halagos terrenales y de los estorbos que se le oponen, presentándolos como muy inferiores a los objetos celestiales que contempla.

Toda luz que no es espiritual, porque carece de la fuerza de la gracia santificadora, cede ante cualquier pequeña tentación, especialmente cuando está ajustada y acomodada a las inclinaciones personales. Esta es la razón por la cual cristianos que tienen una luz pequeña en cantidad, pero celestial en calidad, se mantienen firmes, cuando hombres de mayores alcances se hunden.

Este prevalecer de la luz en el alma se debe a que, en los piadosos, junto con el espíritu de iluminación va un espíritu de poder (2 Timoteo 1:7), para sujetar el corazón a la verdad revelada, y para poner en la voluntad un gusto y sabor conforme a la dulzura de las verdades; de lo contrario, una voluntad meramente natural se levantará contra las verdades sobrenaturales, como quien les tiene antipatía y enemistad. En los piadosos, las verdades santas se comunican a manera de gusto; los hombres de gracia tienen un paladar espiritual tanto como un ojo espiritual. La gracia cambia el gusto. En tercer lugar, donde se enciende esta luz celestial, ella dirige por el camino recto. Porque para eso se da: para mostrarnos el mejor camino y guiarnos en los pasos particulares de la vida; si no, no es más que una luz común, dada solo para bien de otros. Algunos tienen luz de conocimiento, y sin embargo no siguen esa luz, sino que se guían por la razón carnal y la astucia política; como aquellos de quienes habla el profeta: Todos vosotros que encendéis fuego, andad a la luz de vuestro fuego y a las centellas que encendisteis; mas esto os vendrá de mi mano: en dolor yaceréis (Isaías 50:11). Dios se deleita en confundir la sabiduría carnal, como enemiga suya y que le roba su prerrogativa a él, que es el único Dios sabio. Por tanto, debemos andar a su luz, y no al resplandor de nuestro propio fuego. Dios ha de encender nuestra lámpara (Salmo 18:28), o probablemente quedaremos en tinieblas. Las chispas que no se encienden desde el cielo no tienen fuerza bastante para librarnos de yacer en dolor, aunque hagan mayor resplandor y apariencia que la luz de lo alto; como los locos hacen cosas mayores que los cuerdos, pero con una fuerza falsa, así el exceso del gozo de estos hombres nace de una luz falsa: la lámpara de los impíos será apagada.

La luz que algunos tienen es como el relámpago, que tras un destello repentino los deja más en tinieblas. Pueden amar la luz cuando brilla, pero la aborrecen cuando descubre y dirige. Un poco de luz santa capacitará para guardar la palabra, y no traicionar la religión ni negar el nombre de Cristo, como dice Cristo de la iglesia de Filadelfia (Apocalipsis 3:2).

En cuarto lugar, donde está este fuego, separará las cosas de naturaleza diversa y mostrará la diferencia entre ellas, como entre el oro y la escoria. Separará entre la carne y el espíritu, y mostrará que esto es de la naturaleza y aquello de la gracia. No todo es malo en una mala acción, ni todo bueno en una buena acción. Hay oro en la mena, que Dios y su Espíritu en nosotros saben distinguir. El corazón del hombre carnal es como un calabozo, en el que no se ve nada sino horror y confusión; esta luz nos hace juiciosos y humildes, al ver con más claridad la pureza de Dios y nuestra propia inmundicia; y nos capacita para discernir la obra del Espíritu en otro.

En quinto lugar, en la medida en que un hombre es espiritual, en esa medida le es deleitosa la luz, pues está dispuesto a ver cualquier cosa que ande mal, para enmendarla, y cualquier servicio ulterior que se le descubra, para cumplirlo, porque verdaderamente aborrece el mal y ama el bien. Si va contra la luz que se le ha descubierto, pronto se le hará volver, porque la luz tiene dentro de él un partido amigo. Por eso, con ver un poco su error, pronto admite consejo, como David en su intento de matar a Nabal, que después bendijo a Dios por haber sido detenido en un mal camino (1 Samuel 25:32).

En el hombre carnal la luz irrumpe sobre él, pero él procura cerrarle los pasos; no tiene deleite en venir a la luz. Es imposible, antes de que el Espíritu de gracia haya sujetado el corazón, que este no peque contra la luz, ya resistiéndola, ya teniéndola prisionera bajo viles concupiscencias y enterrándola, por así decirlo, en la tierra; o pervirtiéndola, y haciéndola así agente y factor de la carne, buscando argumentos para abogar por ella; o abusando de aquella poca medida de luz que tienen para cerrar el paso a otra luz mayor, más alta y más celestial, y así, al fin, hacer de la luz que tienen un guía engañoso hacia las tinieblas completas. Y la razón es que no tiene ningún amigo dentro: el alma está en una disposición contraria; y la luz siempre estorba aquella paz pecaminosa que los hombres gustan de prometerse a sí mismos; de donde vemos que muchas veces los enfurece más, como el sol de la primavera engendra fiebres, porque remueve los humores y no los consume. No hay nada en el mundo más inquieto que el corazón de un hombre malvado que está sentado bajo los medios de conocimiento, hasta que, como un ladrón, apaga la vela para pecar con menos freno. La luz espiritual es distinta: ve el bien espiritual aplicándolo a nosotros mismos; pero la luz común es confusa, y deja quieto al pecado. Donde hay fuego en algún grado, combatirá contra la materia contraria: Dios puso al principio un odio irreconciliable entre la luz y las tinieblas, y así también entre el bien y el mal, entre la carne y el espíritu (Gálatas 5:17). La gracia nunca se unirá con el pecado, como tampoco el fuego con el agua. El fuego no se mezcla con nada contrario, sino que conserva su propia pureza, y nunca se corrompe como los otros elementos. Por eso, los que abogan y maquinan en favor de las libertades de la carne se muestran ajenos de la vida de Dios. A causa de esta lucha, los hombres de gracia se quejan a menudo de que no tienen gracia; pero se contradicen en sus quejas, como si un hombre que ve se quejara de que no puede ver, o se quejara de que está dormido, cuando la misma queja, que brota de un disgusto contra el pecado, muestra que hay algo en él opuesto al pecado. ¿Puede quejarse un muerto? Algunas cosas, aunque malas en sí mismas, descubren algo bueno, como el humo descubre algún fuego. Una erupción en el cuerpo muestra la fuerza de la naturaleza. Algunas flaquezas descubren más bien que ciertas acciones de hermosa apariencia; el exceso de pasión al oponerse al mal, aunque no haya de justificarse, muestra sin embargo un espíritu mejor que un temple sereno donde hay justa causa para conmoverse. Mejor es que el agua corra algo turbia, que no que deje de correr. Job tuvo más gracia en sus destemplanzas que sus amigos en su conducta en apariencia sabia. Las acciones manchadas con algunas flaquezas son más aceptas que los cumplimientos de mera cortesía.

El fuego, donde está en la menor medida, es activo en algún grado; así, la menor medida de gracia obra, como que brota del Espíritu de Dios, el cual, por su naturaleza activa, es comparado al fuego. Más aún, en los pecados, cuando parece que no hay nada activo sino la corrupción, hay sin embargo un principio contrario que quebranta la fuerza del pecado, de modo que no es sobremanera pecaminoso, como en los que son carnales (Romanos 7:13).

El fuego hace los metales flexibles y maleables; así lo hace la gracia donde ha comenzado: dispone el corazón para que sea flexible y esté pronto para toda buena impresión. Los espíritus intratables muestran que ni siquiera son pábilo que humea.

El fuego convierte todo, en cuanto puede, en fuego; así la gracia procura engendrar la misma impresión en otros, y hacer buenos a cuantos pueda. La gracia hace asimismo un uso lleno de gracia aun de las cosas naturales y civiles, y las espiritualiza: lo que otro hombre hace solo civilmente, el hombre de gracia lo hará santamente. Sea que coma, o beba, o haga otra cosa, todo lo hace para la gloria de Dios, haciendo que todo sirva al fin último.

Las chispas, por naturaleza, vuelan hacia arriba; así el Espíritu de gracia lleva al alma hacia el cielo, y pone delante de nosotros fines santos y celestiales: así como fue encendido desde el cielo, así nos lleva de vuelta al cielo. La parte sigue al todo: el fuego sube hacia arriba, y así cada chispa hacia su propio elemento. Donde el fin y la inclinación del alma van hacia Dios, allí hay gracia, aunque se le haga oposición. La menor medida de ella son los deseos santos que brotan de la fe y del amor; porque no podemos desear nada que antes no creamos que existe, y el deseo de ello procede del amor. De aquí que los deseos se cuenten en alguna medida como parte de la cosa deseada; pero entonces han de ser, primero, constantes, porque la constancia muestra que son sobrenaturalmente naturales, y no forzados; segundo, han de dirigirse a las cosas espirituales, como creer, amar a Dios, etc., no por alguna necesidad especial, porque piensan que, si ahora tuvieran gracia, podrían escapar de algún peligro, sino como un corazón amante se dirige a la cosa amada por alguna excelencia que hay en ella; y tercero, con el deseo hay dolor cuando se ve estorbado, lo cual mueve a la oración: ¡Ojalá fuesen ordenados mis caminos a guardar tus estatutos! (Salmo 119:5). ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará?, etc. (Romanos 7:24); cuarto, los deseos nos impulsan siempre adelante: ¡Oh, si pudiera servir a Dios con más libertad! ¡Oh, si estuviera más libre de estas concupiscencias ofensivas, desabridas y nocivas!

El fuego, si tiene materia de que alimentarse, se extiende a un ámbito mayor, y sube más y más alto, y cuanto más alto sube, más pura es la llama. Así, donde hay gracia verdadera, crece en medida y en pureza. El pábilo que humea llegará a ser llama; y (a medida que aumenta, va echando fuera lo contrario, y se refina más y más. Por tanto, es señal de un corazón falso ponernos una medida en la gracia y descansar en los comienzos, alegando que Cristo no apagará el pábilo que humea. Pero esta misericordiosa disposición de Cristo va unida a una santidad perfecta, que se muestra en un perfecto odio al pecado; porque, antes que el pecado quedara sin su merecido castigo, él mismo se hizo sacrificio por el pecado, en lo cual resplandecieron sobre todo la santidad de su Padre y la suya propia. Y además de esto, en la obra de la santificación, aunque favorece su obra en nosotros, no favorece el pecado en nosotros; porque nunca retirará su mano de su obra hasta que haya quitado el pecado, aun en su mismo ser, de nuestra naturaleza. El mismo Espíritu que purificó aquella bendita masa de la que él fue formado nos limpia gradualmente, para hacernos conformes a una Cabeza tan santa, y dispone el juicio y el afecto de todos aquellos a quienes muestra misericordia para que concurran con los suyos, trabajando por promover sus fines en la abolición del pecado de nuestra naturaleza.

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