Capítulo 23 · 16 min de lectura · 20 min de escucha
4.6 La oración
«Mas yo me doy a la oración». Salmo 109:4.
No me extenderé aquí sobre la oración, pues se considerará más ampliamente al tratar del Padrenuestro. Una cosa es orar, y otra es estar dado a la oración: del que ora con frecuencia se dice que está dado a la oración, como del que reparte limosnas a menudo se dice que está dado a la caridad. La oración es una ordenanza gloriosa; es el comercio del alma con el cielo. Dios desciende a nosotros por su Espíritu, y nosotros subimos a él por la oración.
¿Qué es la oración?
Es ofrecer nuestros deseos a Dios, por cosas conformes a su voluntad, en el nombre de Cristo.
«La oración es ofrecer nuestros deseos»; y por eso se la llama dar a conocer nuestras peticiones. Filipenses 4:6. En la oración venimos como humildes suplicantes, rogando que se nos conceda lo que pedimos. Es «ofrecer nuestros deseos a Dios». La oración no ha de hacerse a nadie sino a Dios. Los papistas oran a los santos y a los ángeles, que no conocen nuestras aflicciones. «Abraham nos ignora». Isaías 63:16. Todo culto a los ángeles está prohibido. Colosenses 2:18, 19. No debemos orar a nadie sino a aquel en quien podemos creer. «¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído?» Romanos 10:14. No podemos creer en un ángel; por tanto, no debemos orarle.
¿Por qué ha de hacerse la oración solo a Dios?
(1) Porque solo él oye la oración. «Oh tú, que oyes la oración». Salmo 65:2. En esto se conoce que Dios es el Dios verdadero: en que oye la oración. «Óyeme, oh Señor, óyeme, para que conozca este pueblo que tú, oh Señor, eres Dios». 1 Reyes 18:37.
(2) Porque solo Dios puede socorrer. Podemos mirar a las causas segundas y clamar, como lo hizo aquella mujer: «Socorro, oh rey, señor mío». Y él dijo: «Si el Señor no te socorre, ¿de dónde te socorreré yo?» 2 Reyes 6:26, 27. Si estamos en angustia exterior, Dios debe enviar desde el cielo y salvar; si estamos en agonías interiores, solo él puede derramar el aceite de gozo; por tanto, la oración ha de hacerse solo a él.
Hemos de orar «por cosas conformes a su voluntad». Cuando pedimos cosas exteriores, riquezas o hijos, quizá Dios ve que esas cosas no nos convienen; y nuestras oraciones deben ajustarse a su voluntad. Podemos pedir la gracia sin condiciones, «porque esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación». 1 Tesalonicenses 4:3. No ha de ofrecerse incienso extraño. Éxodo 30:9. Cuando pedimos cosas que no son conformes a la voluntad de Dios, ofrecemos incienso extraño.
Hemos de orar «en el nombre de Cristo». Orar en el nombre de Cristo no es solo mencionar el nombre de Cristo en la oración, sino orar con la esperanza y la confianza puestas en sus méritos. «Samuel tomó un cordero de leche y lo ofreció», etc. 1 Samuel 7:9. Debemos llevar al Cordero, Cristo, en los brazos de nuestra fe, y así prevaleceremos en la oración. Cuando Uzías quiso ofrecer incienso sin sacerdote, Dios se enojó y lo hirió de lepra. 2 Crónicas 26:16. Cuando no oramos en el nombre de Cristo, con la esperanza puesta en su mediación, ofrecemos incienso sin sacerdote; ¿y qué podemos esperar sino recibir reprensiones, y que Dios nos responda con cosas terribles?
¿Cuáles son las distintas partes de la oración?
(1) Está la parte confesoria, que es el reconocimiento del pecado. (2) La parte suplicatoria, cuando suplicamos que se aparte algún mal, o pedimos alcanzar algún bien. (3) La parte de acción de gracias, cuando damos gracias por las misericordias recibidas, que es la parte más excelente de la oración. Al pedir, obramos como hombres; al dar gracias, obramos como ángeles.
¿Cuáles son las distintas clases de oración?
(1) Está la oración mental, en la mente. 1 Samuel 1:13. (2) La vocal. Salmo 77:1. (3) La jaculatoria, que es una elevación repentina y breve del corazón a Dios. «Entonces oré al Dios de los cielos». Nehemías 2:4. (4) La oración inspirada, cuando pedimos aquellas cosas que Dios pone en nuestro corazón. El Espíritu nos ayuda con suspiros y gemidos. Romanos 8:26. Tanto las expresiones de la lengua como las impresiones del corazón, en cuanto son rectas, proceden del Espíritu. (5) La oración prescrita. Nuestro Salvador nos ha dado un modelo de oración. Dios prescribió a los sacerdotes una forma fija de bendición. Números 6:23. (6) La oración pública, cuando oramos en presencia de otros. La oración es más poderosa cuando muchos se juntan y unen sus fuerzas. Vis unita fortior [Una fuerza unida es más fuerte]. Mateo 18:19. (7) La oración privada, cuando oramos a solas. «Entra en tu aposento». Mateo 6:6.
La oración que tiene más probabilidad de prevalecer ante Dios es la que tiene las debidas cualidades. Buena es la medicina que lleva los ingredientes adecuados; y buena es la oración, y la que más probabilidad tiene de prevalecer ante Dios, la que lleva estos siete ingredientes:
[1] Debe ir mezclada con fe. «Pero pida con fe». Santiago 1:6. Cree que Dios oye, y que a su debido tiempo concederá; cree en su amor y en su verdad; cree que él es amor, y por tanto no te negará; cree que él es verdad, y por tanto no se negará a sí mismo. La fe pone a trabajar la oración. La fe es para la oración lo que la pluma para la flecha: empluma la flecha de la oración y la hace volar más veloz y traspasar el trono de la gracia. La oración sin fe es oración sin fruto.
[2] Debe ser una oración que se derrite. «Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado». Salmo 51:17. El incienso había de ser molido, para figurar el quebrantamiento del corazón en la oración. ¡Oh!, dice un cristiano, no puedo orar con tantos dones y tanta elocuencia como otros; como dijo Moisés: «Yo no soy hombre elocuente»; pero ¿puedes llorar? ¿Se derrite tu corazón en la oración? La oración con lágrimas prevalece. Las lágrimas caen de los ojos como perlas. Jacob lloró e hizo súplica, y «venció al ángel». Oseas 12:4.
[3] La oración debe estar encendida de celo y fervor. «La oración eficaz y ferviente puede mucho». Santiago 5:16. La oración fría, como los pretendientes fríos, nunca logra su propósito. La oración sin fervor es como un sacrificio sin fuego. La oración se llama «derramar el alma», para significar su vehemencia. 1 Samuel 1:15. La formalidad mata de hambre a la oración. La oración se compara al incienso. «Suba mi oración delante de ti como el incienso». Salmo 141:2. Había que poner brasas encendidas al incienso para hacerlo oloroso y fragante; así el fervor del afecto es como las brasas para el incienso: hace subir la oración como un perfume suave. Cristo oró con gran clamor. Hebreos 5:7. Clamor iste penetrat nubes [Tal clamor traspasa las nubes]. Lutero. La oración ferviente, como una máquina de pólvora puesta contra las puertas del cielo, las hace abrirse de golpe. Para despertar en la oración un santo fervor y ardor del alma, considera: (1) La oración sin fervor no es oración; es hablar, no orar. La oración sin vida no es más oración que el retrato de un hombre es un hombre. Uno podría decir como Faraón: «Yo he tenido un sueño». Génesis 41:15. Es soñar, no orar. La vida y el fervor bautizan un deber y le dan su nombre. (2) Considera cuánta necesidad tenemos de las cosas que pedimos en oración. Venimos a pedir el favor de Dios; y si no tenemos su amor, todo lo que disfrutamos nos es maldito. Pedimos que nuestra alma sea lavada en la sangre de Cristo; si él no nos lava, no tenemos parte con él. Juan 13:8. ¿Cuándo hablaremos en serio, si no es cuando oramos por la vida de nuestra alma? (3) Solo la oración ferviente tiene unida la promesa de misericordia. «Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón». Jeremías 29:13. Es una oración muerta la que no tiene promesa; y la promesa se hace solo al ardor. Los ediles, entre los romanos, tenían siempre sus puertas abiertas, para que todos los que tenían peticiones pudieran acceder libremente a ellos; así el corazón de Dios está siempre abierto a la oración ferviente.
[4] La oración debe ser sincera. La sinceridad es el hilo de plata que debe recorrer todos los deberes de la religión. La sinceridad en la oración consiste en tener fines santos y llenos de gracia; en que nuestra oración no sea tanto por misericordias temporales como por espirituales. Enviamos la oración como nuestro barco mercante, para recibir grandes cargamentos de bendiciones espirituales. Nuestro propósito en ella es que nuestro corazón sea más santo, que tengamos más comunión con Dios y que aumentemos nuestro caudal de gracia. La oración a la que le falta un buen propósito, le falta un buen resultado.
[5] La oración que ha de prevalecer ante Dios debe tener una mente firme. «Firme está mi corazón, oh Dios». Salmo 57:7. Desde la caída, la mente es como el azogue, que no se fija; tiene principium motus, but non quietus [un principio de inquietud, no de paz]. Los pensamientos andan vagando y danzando de un lado a otro en la oración, tal como si un hombre que viaja a cierto lugar se saliera del camino y vagara sin saber adónde. En la oración viajamos hacia el trono de la gracia, ¡pero cuántas veces, con pensamientos vanos, nos salimos del camino! Esto es más vagar que orar.
¿Cómo curaremos estos pensamientos vanos e impertinentes que nos distraen en la oración y que, tememos, estorban su aceptación?
(1) Ten muy presente en la oración la infinitud de la majestad y la pureza de Dios. Su ojo está sobre nosotros en la oración, y podemos decir como David: «Mis huidas tú has contado». Salmo 56:8. Pensar en esto nos haría hoc agere, atender al deber que tenemos entre manos. Si un hombre fuera a entregar una petición a un príncipe terrenal, ¿estaría al mismo tiempo jugando con una pluma? Ponte, cuando ores, como en la presencia de Dios. Si pudieras mirar por el ojo de la cerradura del cielo y ver cuán devotos y atentos están los ángeles al adorar a Dios, sin duda te sonrojarías de tus pensamientos vanos y de tus viles impertinencias en la oración.
(2) Si quieres mantener la mente fija en la oración, mantén fija la mirada. «A ti alcé mis ojos, a ti que habitas en los cielos». Salmo 123:1. Mucha vanidad entra por los ojos. Cuando el ojo vaga en la oración, el corazón vaga. Pensar mantener el corazón fijo en la oración y dejar que el ojo se distraiga mirando es como si uno pensara guardar segura su casa y dejara abiertas las ventanas.
(3) Si quieres tener los pensamientos fijos en la oración, procura más amor a Dios. El amor fija mucho los pensamientos. El que ama no puede apartar sus pensamientos del objeto amado. El que ama el mundo tiene sus pensamientos puestos en el mundo. Si amáramos más a Dios, nuestra mente estaría más atenta a él en la oración. Si hubiera más deleite en el deber, habría menos distracción.
(4) Implora la ayuda del Espíritu de Dios para que fije tu mente y la haga atenta y seria en la oración. El barco sin piloto más flota que navega. Para que nuestros pensamientos no floten de acá para allá en la oración, necesitamos que el bendito Espíritu sea nuestro piloto y nos gobierne. Solo el Espíritu de Dios puede poner límite a los pensamientos. Tan bien podría una mano temblorosa trazar una línea recta como nosotros mantener el corazón fijo en la oración sin el Espíritu de Dios.
(5) Hazte familiares los pensamientos santos en el curso ordinario de tu vida. David meditaba a menudo en Dios. «Despierto, y aún estoy contigo». Salmo 139:18. El que se da libertad para tener pensamientos vanos fuera de la oración, difícilmente tendrá otros pensamientos en la oración.
(6) Si quieres mantener tu mente fija en Dios, vigila tu corazón, no solo después de la oración, sino en la oración. El corazón tenderá a escabullirse y a tener mil extravíos en la oración. Leemos de ángeles que subían y descendían por la escalera de Jacob; así en la oración hallarás que tu corazón sube al cielo y en un momento desciende a los objetos terrenales. Oh cristiano, vigila tu corazón en la oración. ¡Qué vergüenza es pensar que, cuando hablamos con Dios, nuestro corazón esté en el campo, o en nuestras oficinas, o, de una manera u otra, corriendo a hacer los mandados del diablo!
(7) Esfuérzate por alcanzar mayores grados de gracia. Cuanto más lastre lleva el barco, mejor navega; así, cuanto más lastrado de gracia está el corazón, más firme navegará hacia el cielo en la oración.
[6] La oración que tiene probabilidad de prevalecer ante Dios debe ser argumentativa. A Dios le gusta que razonemos con él y que usemos argumentos en la oración. Mira cuántos argumentos usó Jacob en la oración. «Líbrame ahora de la mano de mi hermano». Génesis 32:11. Los argumentos que usó son, primero, el mandato de Dios: «Tú me dijiste: Vuélvete a tu tierra», versículo 9; como si dijera: No emprendí este viaje por mi propia cabeza, sino por tu dirección; por tanto, no puedes, por tu honor, dejar de protegerme. Y usa otro argumento: «Tú has dicho: Yo te haré bien», versículo 12. Señor, ¿te volverás atrás de tu propia promesa? Así fue argumentativo en la oración; y no solo obtuvo una nueva bendición, sino un nuevo nombre. «No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque como príncipe tienes poder con Dios, y has vencido», versículo 28. A Dios le gusta ser vencido por la fuerza de los argumentos. Así, cuando venimos a Dios en oración pidiendo gracia, seamos argumentativos. Señor, tú te llamas el Dios de toda gracia; ¿y adónde iríamos con nuestra vasija sino a la fuente? Señor, tu gracia puede ser impartida sin ser menoscabada. ¿No compró Cristo la gracia para pobres criaturas indigentes? Cada dracma de gracia cuesta una gota de sangre. ¿Morirá Cristo para comprarnos la gracia, y no tendremos nosotros el fruto de su compra? Señor, tu deleite es exprimir el pecho de la misericordia y de la gracia, ¿y te privarás de tu propio deleite? Has prometido dar tu Espíritu para implantar la gracia; ¿puede mentir la verdad? ¿puede engañar la fidelidad? Así le gusta a Dios ser vencido con argumentos en la oración.
[7] La oración que ha de prevalecer ante Dios debe ir unida a la enmienda. «Si extiendes a él tus manos; si alguna iniquidad hay en tu mano, apártala de ti». Job 11:13, 14. El pecado en que se vive endurece el corazón y hace sordo el oído de Dios. Es necio orar contra el pecado y luego pecar contra la oración. «Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado». Salmo 66:18. El imán pierde su virtud cuando se unta de ajo; así la oración, cuando se contamina con el pecado. El incienso de la oración debe ofrecerse sobre el altar de un corazón santo.
Así ves cuál es la oración que tiene más probabilidad de prevalecer ante Dios.
Aplicación primera. Reprende (1) a los que no oran en absoluto. Se pone como señal del réprobo que no invoca a Dios. Salmo 14:4. ¿Piensa recibir limosna el que nunca la pide? ¿Piensan recibir misericordia de Dios los que nunca la buscan? Entonces Dios los favorecería más que a su propio Hijo. Cristo ofreció oraciones con gran clamor. Hebreos 5:7. Ninguno de los hijos de Dios nace mudo. Gálatas 4:6.
(2) Reprende a los que han abandonado la oración, lo cual es señal de que nunca sintieron su fruto ni su consuelo. El que deja de orar deja de temer a Dios. «Tú disipas el temor, y menoscabas la oración delante de Dios». Job 15:4. El hombre que ha abandonado la oración está listo para cualquier maldad. Cuando Saúl dejó de consultar a Dios, fue a la adivina de Endor.
Aplicación segunda. Sé una persona dada a la oración. «Yo me doy», dice David, «a la oración». Pide perdón y pureza. La oración es la llave de oro que abre el cielo. El árbol de la promesa no dejará caer su fruto si no lo sacude la mano de la oración. Todos los beneficios de la redención de Cristo nos son entregados por medio de la oración.
He orado mucho tiempo pidiendo misericordia, y no tengo respuesta. «Cansado estoy de llamar». Salmo 69:3.
(1) Dios puede oírnos aunque nosotros no oigamos de él; tan pronto como se hace la oración, Dios la oye, aunque no responda en seguida. Un amigo puede recibir nuestra carta, aunque no nos envíe la respuesta en seguida. (2) Dios puede demorar la oración, pero no la negará.
¿Por qué demora Dios la respuesta a la oración?
(1) Porque le gusta oír la voz de la oración. «La oración de los rectos es su deleite». Proverbios 15:8. Dejas que el músico toque largo rato antes de echarle dinero, porque te gusta oír su música. Cantares 2:14.
(2) Dios puede demorar la oración, aunque no la niegue, para humillarnos. Él nos ha hablado largo tiempo en su palabra para que dejemos nuestros pecados, pero no quisimos oírle; por eso nos deja hablarle en oración y parece no oírnos.
(3) Puede demorar la respuesta a la oración, aunque no la niegue, porque ve que todavía no estamos preparados para la misericordia que pedimos. Quizá pedimos liberación cuando no estamos preparados para ella; nuestra escoria todavía no se ha consumido al hervir. Queremos que Dios sea pronto para librar, y nosotros somos lentos para arrepentirnos.
(4) Dios puede demorar la respuesta a la oración para que la misericordia que pedimos sea más apreciada y más dulce cuando llegue. Cuanto más tiempo permanecen fuera los barcos del mercader, más se alegra él cuando vuelven a casa cargados de especias y joyas; por tanto, no te desanimes, sino persiste ante Dios en oración. Aunque Dios se demore, no negará. La oración vincit invincibilem [vence al invencible]: vence al Omnipotente. Oseas 12:4. Los sirios ataron a su dios Hércules con una cadena de oro, para que no se marchara. El Señor quedó sujeto por la oración de Moisés como con una cadena de oro. «Déjame»; ¿y qué hacía Moisés? Solo oraba. Éxodo 32:10. La oración abre paso a la misericordia. Por triste que sea tu situación, si puedes orar, no tienes por qué temer. Salmo 10:17. Por tanto, date a la oración.
Capítulo 23 completado
4.6 La oración