Capítulo 3 · 24 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Escarcha y deshielo
«El da la nieve como lana, derrama la escarcha como ceniza. El echa su hielo como pedazos: delante de su frío ¿quién estará? Enviará su palabra, y los derretirá: soplará su viento, y fluirán las aguas.» — Salmos 147:16-18. Cierta mañana, al mirar por la ventana, vimos la tierra revestida de un manto blanco, pues en apenas unas pocas horas el suelo había quedado cubierto de nieve hasta una profundidad considerable. Volvimos a mirar unas horas después y vimos los campos tan verdes como siempre, y la tierra arada tan desnuda como si no hubiera caído ni un solo copo.
No es raro que a una fuerte nevada le siga un rápido deshielo. Estos cambios tan interesantes los produce Dios, no solo con un propósito hacia el mundo exterior, sino también con algún designio hacia el ámbito espiritual. Dios es siempre un maestro. En cada acción que realiza está instruyendo a sus propios hijos y abriéndoles el camino hacia misterios más profundos.
Dichosos aquellos que hallan alimento para sus espíritus nacidos del cielo, y también para sus mentes, en las obras de las manos del Señor.
Os pediré atención, primero, a las operaciones de la naturaleza de las que habla el texto; y, en segundo lugar, a aquellas operaciones de la gracia de las cuales son los símbolos más apropiados.
I. Consideremos, primero, las operaciones de la naturaleza. No creeremos perdidos unos pocos minutos si dirigimos vuestra atención a la mano de Dios en la escarcha y el deshielo, aun considerándolas en el plano natural.
1. Observad lo directo de la obra del Señor. Observad lo directo de la obra del Señor. Me regocijo, al leer estas palabras, de descubrir cuán presente está nuestro Dios en el mundo.
No está escrito: «las leyes de la naturaleza producen la nieve», sino: «El da la nieve», como si cada copo viniera directamente de la palma de su mano.
No se nos dice que ciertos procesos naturales conviertan la humedad en escarcha; no; sino que, así como Moisés tomó ceniza del horno y la esparció sobre Egipto, así se dice del Señor: «derrama la escarcha como ceniza». No se dice que el Eterno pusiera el mundo en movimiento y que el hielo se produzca meramente por el funcionamiento de una maquinaria. ¡Oh, no! Cada fragmento de hielo que desciende en el granizo procede de Dios: «El echa su hielo como pedazos». Así como el hondero lanza claramente una piedra desde su honda, así la trayectoria de cada granizo está marcada por el poder divino.
El hielo se llama, notadlo, su hielo; y en la frase siguiente leemos de su frío. Estas palabras revisten a la naturaleza de una majestad admirable. Cuando contemplamos cada granizo como el granizo de Dios, y cada fragmento de hielo como su hielo, ¡cuán preciosos se vuelven esos diamantes de agua! Cuando sentimos el frío que muerde nuestros miembros y penetra cada prenda, nos consuela recordar que es su frío.
Cuando llega el deshielo, ved cómo lo describe el texto: «Enviará su palabra». No lo deja a merced de ciertas fuerzas de la naturaleza, sino que, como un rey: «Enviará su palabra, y los derretirá: soplará su viento». Él tiene una propiedad especial sobre cada viento; ya venga del norte para helar, ya del sur para derretir, es su viento.
Contemplad cómo en el templo de Dios todo habla de su gloria. Aprended a ver al Señor en todas las escenas del universo visible, porque en verdad él obra todas las cosas. Este pensamiento de lo directo de las operaciones divinas debe trasladarse a la providencia. Os consolará grandemente poder ver la mano de Dios en vuestras pérdidas y penalidades; de seguro no os quejaréis contra la acción directa de vuestro Dios.
Esto dará una dulzura extraordinaria a las misericordias cotidianas y hará más placenteros aún los consuelos de la vida, porque provienen de la mano de un Padre. Si vuestra mesa está escasamente provista, bastará para vuestro corazón contento cuando sepáis que vuestro Padre la ha dispuesto para vosotros con sabiduría y amor.
Esto bendecirá vuestro pan y vuestra agua. Esto hará que las paredes desnudas de un cuarto sin muebles sean tan espléndidas como un palacio, y convertirá un lecho duro en un lecho de plumón: mi Padre lo hace todo. Vemos su sonrisa de amor aun cuando otros no ven sino la oscura mano de la muerte que hiere a quienes más amamos. Vemos la mano de un Padre cuando la enfermedad deja muerto nuestro ganado sobre el campo. Vemos a Dios obrando en misericordia cuando nosotros mismos estamos postrados en un lecho de enfermedad.
Siempre es el acto y la obra de nuestro Padre. No nos alejemos de esto. Más bien, ampliemos nuestra comprensión de esta verdad, y recordemos que es tan cierta en lo pequeño como en lo grande.
Que os impresionen los versos de un verdadero poeta: «Si la peste recorre la tierra, decís que el Señor lo ha hecho; ¿acaso no lo ha hecho también cuando un pulgón trepa por el capullo de la rosa? Si una avalancha se desploma de los Alpes, tembláis ante la voluntad de la Providencia; ¿acaso no está esa voluntad igualmente presente cuando las hojas secas caen del álamo?»
Que vuestros corazones canten sobre todas las cosas: Jehová-Shammah, el Señor está allí.
2. Notad la facilidad del obrar divino. A continuación, os ruego que notéis, con acción de gracias, la facilidad del obrar divino. Estos versículos se leen como si hacer la escarcha y la nieve fuera lo más sencillo del mundo entero. Un hombre mete la mano en un saco de lana y la arroja: Dios da la nieve con esa misma facilidad: «El da la nieve como lana». Un hombre toma un puñado de ceniza y la lanza al aire, de modo que cae alrededor: «derrama la escarcha como ceniza». La escarcha y la nieve son maravillas de la naturaleza. Quienes han observado la extraordinaria belleza de los cristales de hielo han quedado embelesados y, sin embargo, el Señor los forma con facilidad. «El echa su hielo como pedazos», con la misma facilidad con que nosotros arrojamos migas de pan fuera de la ventana para los petirrojos en los días de invierno.
Cuando los ríos están congelados por completo y la tierra sujeta con cadenas de hierro, ¿cómo se derrite entonces todo aquello? No encendiendo innumerables fuegos, ni enviando descargas eléctricas por el interior de la tierra. No: «Enviará su palabra, y los derretirá: soplará su viento, y fluirán las aguas».
Todo el asunto se realiza con una palabra y un soplo. Si vos y yo tuviéramos que hacer alguna cosa grande, ¡cuánto jadeo y esfuerzo habría! Aun los grandes ingenieros, que obran maravillas por medio de máquinas, hacen mucho ruido y alboroto al respecto. No sucede así con el Todopoderoso. Nuestro globo gira sobre sí mismo en veinticuatro horas y, sin embargo, no hace tanto ruido como el trompo de un niño.
Aquellos vastos mundos que ruedan en el espacio trazan sus órbitas en silencio. Si entro en una fábrica, oigo un estruendo ensordecedor. Si me sitúo junto al molino del pueblo movido por el agua, hay un traqueteo incesante. Pero las grandes ruedas de Dios giran sin ruido ni fricción. La maquinaria divina obra suavemente. Esta facilidad se ve tanto en la providencia como en la naturaleza. Vuestro Padre celestial es tan capaz de libraros como de derretir la nieve, y os librará de un modo igual de sencillo si descansáis en él. Abre su mano y suple las necesidades de todo ser viviente con la misma facilidad con que obra en la naturaleza. Notad la facilidad del obrar de Dios: simplemente abre su mano.
3. Notad la variedad de las operaciones divinas. Notad, en segundo lugar, la variedad de las operaciones divinas en la naturaleza. Cuando el Señor obra con la escarcha como herramienta, crea la nieve, una producción admirable, cada cristal un prodigio de diseño.
Pero no se contenta con la nieve. De la misma agua hace otra forma de belleza que llamamos escarcha, y aún una tercera sustancia reluciente —el hielo centelleante—, todo por el solo agente del frío. ¡Qué maravillosa variedad puede detectar el ojo entrenado en las diversas formas del agua congelada!
El mismo Dios que solidificó las aguas con el frío pronto las derrite con el calor. Pero aun en el deshielo no hay monotonía. Unas veces las corrientes brotan de su prisión con tal fuerza que los ríos se hinchan y las inundaciones cubren la llanura. Otras veces, por grados lentos y en pequeños hilillos, las gotas recobran su libertad. La misma variedad se ve en cada departamento de la naturaleza.
Así también en la providencia, el Señor tiene mil formas de prueba helada con que probar a su pueblo, y diez mil rayos de misericordia con que alegrarlo y consolarlo. Puede afligiros con la prueba de la nieve, o con la prueba de la escarcha, o con la prueba del hielo, si él quiere. Y luego, al instante, puede con su palabra soltar las ataduras de la adversidad, y eso de innumerables maneras. Mientras que los hombres están limitados a unos pocos métodos para cumplir sus propósitos, Dios es infinito en entendimiento y obra como quiere por caminos que sobrepasan la imaginación mortal.
4. Considerad la prontitud de la obra de Dios. Os pediré también que consideréis las obras de Dios en la naturaleza en cuanto a su prontitud. Se tenía por algo maravilloso, en los días de Asuero, que las cartas se enviaran por correo sobre animales veloces. En nuestra propia tierra creímos haber alcanzado la era de los prodigios cuando los ejes del ferrocarril ardían de velocidad, y ahora, con el telégrafo, parece que extendemos nuestras manos hacia el infinito. Pero ¿qué es nuestra velocidad comparada con la de las operaciones de Dios?
Bien dice la Escritura: «El envía su palabra á la tierra; muy presto corre su palabra.» — Salmos 147:15. Salió la palabra: «Abrid los depósitos de la nieve», y los copos descendieron en multitudes incontables. Luego se dijo: «Que se cierren», y no apareció ni un copo más. Después habló el Maestro: «Sople el viento del sur y derrítase la nieve», y desapareció a la voz de su palabra. Creyente, no puedes saber cuán pronto vendrá Dios en tu ayuda.
«Y cabalgó sobre un querubín, y voló: voló sobre las alas del viento.» — Salmos 18:10. Vendrá de lo alto para rescatar a su amado. Rasgará los cielos y descenderá. Con tal rapidez descenderá que no se detendrá a correr las cortinas del cielo, sino que las rasgará en su premura, y hará que los montes se derritan a sus pies, para librar a los que claman a él en la hora de la tribulación. Aquel Dios poderoso que puede derretir el hielo con tanta prontitud puede tomar para sí esas mismas alas de águila y apresurarse a tu liberación.
Levántate, oh Dios, y sean socorridos tus hijos, y eso muy de mañana. 5. Un pensamiento más: considerad la bondad de Dios. Un pensamiento más: considerad la bondad de Dios en todas las operaciones de la naturaleza y de la providencia.
Pensad en esa bondad de manera negativa. «delante de su frío ¿quién estará?» No podéis dejar de pensar en los pobres durante un invierno riguroso; solo un corazón duro podría olvidarlos cuando se ve la nieve caída en gran profundidad. Pero supongamos que la nieve siguiera cayendo. ¿Qué habría que lo impidiera? El mismo Dios que nos envía nieve por un día podría enviarla durante cincuenta días si le pluguiera. ¿Por qué no? Y cuando la escarcha nos aprieta con tanta severidad, ¿por qué no habría de continuar mes tras mes? Solo podemos dar gracias a esa bondad que no envía «su frío» hasta el punto de que nuestros ánimos desfallezcan. Los viajeros que se dirigen al Polo Norte tiemblan al considerar esa pregunta: «delante de su frío ¿quién estará?»
Pues el frío tiene una especie de poder avasallador cuando Dios se complace en soltarlo. Demos gracias a Dios por la misericordia refrenadora con que mantiene el frío bajo control.
No solo de manera negativa, sino también de manera positiva hay misericordia en la nieve. ¿No es esa una metáfora sugerente?
«El da la nieve como lana.» Se dice que la nieve abriga la tierra. Protege a las plantitas que apenas han comenzado a asomar sobre el suelo y que, de otro modo, se helarían. Como una vestidura de plumón, la nieve las resguarda del frío extremo. De ahí que Watts cante, en su versión del Salmo ciento cuarenta y siete: «Sus copos de nieve como lana envía, y así defiende el trigo que brota.»
Era una idea entre los antiguos que la nieve calentaba el corazón del suelo y le daba fertilidad, y por eso alababan a Dios por ella. Ciertamente hay mucha misericordia en la escarcha. La peste podría seguir un curso mucho más largo si la escarcha no le gritara: «Hasta aquí llegarás, y no más allá.» Los insectos dañinos se multiplicarían hasta devorar los preciosos frutos de la tierra si las noches gélidas no destruyeran millones de ellos, de modo que estas plagas son barridas. Aunque el hombre pueda creerse perjudicado por el frío, al final resulta muy beneficiado por el decreto de la Providencia que establece el invierno. El curioso dicho de uno de los antiguos escritores, que «la nieve es lana, y la escarcha es fuego, y el hielo es pan, y la lluvia es bebida», es verdadero, aunque suene a paradoja. No hay duda de que la escarcha, al desmenuzar el suelo, favorece la fecundidad, y así el hielo se convierte en pan.
De este modo, aquellos agentes que por el momento privan a los trabajadores de su medio de sustento son los mismos medios por los cuales Dios provee a todo ser viviente. Notad, pues, la bondad de Dios tan claramente en la nieve y la escarcha como en el deshielo que barre la obra del invierno. Cristiano, recuerda la bondad de Dios en la escarcha de la adversidad. Ten por seguro que, cuando Dios se complace en enviar los vientos cortantes de la aflicción, él está en ellos, y él es siempre amor, tanto amor en la tristeza como cuando sopla sobre ti el suave viento del sur del gozo.
Ved la misericordia de Dios en toda obra de su mano. Alabadle: él hace el verano y el invierno; que vuestro cántico recorra el año entero. Alabadle: él da el día y envía la noche; dadle gracias a toda hora. No desechéis vuestra confianza; tiene grande galardón.
Así como David entretejió la nieve, la lluvia y el viento tempestuoso en un cántico, entretejed también vuestras pruebas, vuestros afanes, vuestras dificultades y adversidades en un dulce salmo de alabanza, y decid sin cesar: «Alabemos, con ánimo gozoso, al Señor, porque es bondadoso.»
Baste esto acerca de las operaciones de la naturaleza. Es un tema muy atractivo, pero otros campos me reclaman. II. Las operaciones de la gracia. Ahora quiero dirigirme a vosotros con gran seriedad y solemnidad acerca de aquellas operaciones de la gracia de las cuales la escarcha y el deshielo son los símbolos externos. Hay una temporada para el propio pueblo de Dios en que él viene a tratar con ellos mediante la escarcha de la ley. La ley es para el alma como el cortante viento del norte. La fe puede ver amor en ella, pero el ojo natural no. Es una ráfaga fría, terrible, sin consuelo. Estar expuesto a toda la fuerza de la ley de Dios sería quedar helado con destrucción eterna. Aun sentirla por un tiempo helaría el ser entero y dejaría a la persona rígida de temor. «delante de su frío ¿quién estará?» Cuando la ley sale tronando desde sus tesoros, ¿quién podrá soportarla?
El efecto de la ley sobre el alma es congelar los ríos del deleite humano. Nadie puede regocijarse cuando los terrores de la conciencia caen sobre él. Cuando la ley de Dios recorre el alma, la música y la danza pierden su alegría, la copa pierde su poder de animar, y los encantos de la tierra se quiebran. Los ríos del placer se congelan en un helado abatimiento. Los capullos de la esperanza son cortados de repente, y el alma no halla consuelo. Antes hallaba satisfacción en hacerse rica, pero ahora el orín y la corrupción parecen cubrir todo el oro y la plata. Toda esperanza prometedora queda helada, y el espíritu queda atado en la desesperación del invierno. Este frío hace que el pecador sienta cuán andrajosas son sus vestiduras. En tiempo de verano podía pavonearse y creer que sus harapos eran vestiduras reales, pero ahora la escarcha halla cada rasgón de su ropa y, en manos de la terrible ley, tiembla como las hojas del álamo temblón.
El viento del norte del juicio escudriña al hombre de un extremo a otro. No sabía lo que había dentro de sí, pero ahora ve sus entrañas llenas de corrupción y podredumbre. Estos son algunos de los terrores del soplo invernal de la ley. Esta escarcha de la ley y del terror, por sí sola, solo tiende a endurecer.
Nada parte la roca ni hace caer el peñasco como la escarcha seguida del deshielo; pero la escarcha por sí sola vuelve la tierra como el hierro, quebrando la reja del arado que intenta atravesarla.
Un pecador bajo la influencia de la ley de Dios, apartado del evangelio, se endurece por la desesperación y dice: «No hay esperanza; por tanto, seguiré mis propios deseos. Puesto que no hay cielo para mí después de esta vida, haré un cielo de esta tierra; y ya que me aguarda el infierno, al menos disfrutaré aquí de cuanta dulzura pueda darme el pecado.»
Esto no es culpa de la ley. La culpa recae en el corazón corrompido que se endurece por ella. Con todo, tal es su efecto. Cuando el Señor ha obrado por la escarcha de la ley, envía el deshielo del evangelio. Cuando sopla el viento del sur desde la tierra de la promesa, trayendo preciosos recordatorios de la piedad paternal de Dios y de su tierna misericordia, entonces al instante el corazón comienza a ablandarse. Un sentido del perdón comprado con sangre pronto lo derrite. Los ojos se llenan de lágrimas, el corazón se enternece, los ríos del gozo fluyen libremente, y los capullos de la esperanza se abren en el aire alegre.
Una primavera celestial susurra a las flores que dormían en la tierra fría. Ellas oyen su voz y levantan la cabeza, porque: «he aquí ha pasado el invierno, hase mudado, la lluvia se fué; hanse mostrado las flores en la tierra, el tiempo de la canción es venido, y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola.» — Cantares 2:11-12. Dios envía su palabra, diciendo: «tu tiempo es ya cumplido, tu pecado es perdonado.» — Isaías 40:2. Cuando esa palabra bendita y alentadora llega con poder al alma, y el dulce soplo del Espíritu Santo actúa como el cálido viento del sur sobre el corazón, entonces fluyen las aguas, y la mente se llena de santo gozo, luz y libertad.
«Ya pasó el invernal estado de la ley, huyeron las escarchas, llega la primavera; oímos a la sagrada tórtola proclamar el nuevo y gozoso año.» Habiéndoos mostrado que hay un paralelo entre la escarcha y el deshielo en la naturaleza, y la ley y el evangelio en la gracia, quisiera ahora repetir acerca de la gracia los mismos pensamientos que os expuse acerca de la naturaleza.
1. Reparad en lo directo de la obra de Dios en la gracia. Comenzamos con lo directo de las obras de Dios en la naturaleza. Ahora, amados amigos, reparad en lo directo de las obras de Dios en la gracia. Cuando el corazón es verdaderamente conmovido por la ley de Dios, cuando el pecado llega a mostrarse sobremanera pecaminoso, cuando las esperanzas terrenales quedan heladas por la ley, cuando el alma siente su esterilidad y su ruina total, ese es el dedo de Dios.
No habléis meramente del predicador. Estuvo bien que predicara con fervor. Dios lo usó como instrumento, pero Dios obra todo. Cuando llega el deshielo de la gracia, os ruego que discernáis la mano inconfundible de Dios en cada rayo de consuelo que alegra la conciencia atribulada, porque es solo el Señor quien «sana á los quebrantados de corazón, y liga sus heridas.» — Salmos 147:3. Con demasiada facilidad nos detenemos en los instrumentos. La necedad lleva a los hombres a buscar en los sacramentos el quebranto o la sanidad del corazón, pero los sacramentos dicen: «No está en nosotros.» Algunos miran a la predicación de la Palabra y no miran más alto, pero los predicadores fieles os dirán: «No está en nosotros.» La elocuencia y el fervor, aun en su punto más alto, no pueden quebrantar ni sanar un corazón. Esta es obra de Dios, no una obra secundaria, como si Dios se limitara a estar detrás de la ley natural, sino su obra personal e inmediata. Él extiende su propia mano cuando la conciencia es humillada, y por su propia diestra la conciencia es aliviada y limpiada.
Deseo que este pensamiento permanezca con vosotros, pues de lo contrario no alabaréis a Dios como es debido, ni permaneceréis firmes en la sana doctrina. Todas las desviaciones de la sana enseñanza sobre la conversión nacen de olvidar que es una obra divina de principio a fin. El más débil anhelo por Cristo es tan obra de Dios como el don de su amado Hijo. Desde el Alfa hasta la Omega, el Espíritu Santo obra en nosotros así el querer como el hacer, por su buena voluntad. — Filipenses 2:13. Así como habéis visto claramente el dedo de Dios al arrojar su hielo y al enviar el deshielo, así os ruego que reconozcáis la obra de las manos de Dios al daros un sentido del pecado y al llevaros a los pies del Salvador. Uníos en alabanza sincera al Dios que obra maravillas, que hace todas las cosas conforme al consejo de su voluntad.
«Nuestro buscar tu rostro fue todo obra de tu gracia; tu misericordia lo reclama y ha de tener toda la alabanza.
Ningún pecador puede adelantarse a ti; tu gracia es preveniente, todopoderosa y libre.» 2. El segundo pensamiento acerca de la naturaleza es la facilidad con que el Señor obra. No hay lucha ni conmoción. Aplicad esto a la obra de la gracia. ¡Cuán fácil le es a Dios traer convicción al corazón de una persona! Tú, pecador obstinado, no puedes tocarlo, y ni siquiera las circunstancias de la vida han logrado despertarte. Estás muerto, completamente muerto en tus pecados. Pero si el glorioso Señor envía el viento de su Espíritu, te derretirá. La persona que maldice y vive en el pecado, cuyas palabras están llenas de blasfemia, si el Señor la mira y le revela su gracia irresistible, todavía alabará a Dios, bendecirá su nombre y vivirá para su gloria.
No pongáis límites a Dios. Saulo, el perseguidor, llegó a ser Pablo, el apóstol. ¿Por qué no habría de salvarse también alguien de quien casi desesperáis? Tu marido puede parecer inalcanzable, tu hijo puede haber ofendido tanto al cielo como a ti, pero nadie está fuera del alcance de Dios. Aun el pecado más duro y obstinado ha de ceder al calor de su gracia. Aun el mayor témpano de maldad puede derretirse en el océano del amor de Dios.
Querido pecador, quizá Dios ha enviado a tu alma un invierno largo y frío, y parece que nunca terminará. Permíteme animarte a esperar y a orar por su graciosa visitación. El poema de la señorita Steele capta este sentir a la perfección: «El severo invierno arroja sus cadenas de hielo, ciñendo en torno a la naturaleza; ¡cuán desoladas, cuán desconsoladas las llanuras, hace poco tan ricamente coronadas de verdor!
El sol retira sus rayos vitales, y la luz y el calor se marchan; y, mustia y sin vida, la naturaleza parece un emblema de mi corazón; mi corazón, donde reina un invierno del alma, envuelto en el oscuro manto de la noche, confinado en cadenas frías e inertes; ¡cuán desolado y triste!
Vuelve, oh sol dichoso, y trae tu rayo que reaviva el alma; este invierno del alma se hará primavera, esta oscuridad, día alegre.»
Le es fácil a Dios salvarte. Él dice: «Yo deshice como á nube tus rebeliones.» — Isaías 44:22. Recuerdo que una tarde miré una nube negra, seguro de que llovería; entré en casa, y cuando volví a salir, el cielo estaba despejado: el viento se había llevado la nube.
Así sucede con tu alma. Dios puede quitar todos tus pecados en un instante. Todos los obstáculos fueron removidos por Jesús en la cruz, y si crees en él, ha arrojado tus pecados a lo profundo del mar. «Si puedes creer, al que cree todo es posible.» — Marcos 9:23.
3. El siguiente pensamiento acerca de la obra de Dios en la naturaleza es su variedad. La escarcha produce una trinidad de efectos —nieve, escarcha blanca y hielo— y el deshielo llega de muchas formas. Así sucede con Dios en el corazón.
La convicción es distinta en cada persona. Algunos la experimentan con suavidad, como la nieve que cae; apenas la notan al principio. El verdadero arrepentimiento puede comenzar callada y suavemente. Otros la experimentan como el granizo, áspero y ruidoso, que golpea el corazón con un sentido de terror. Dios obra de maneras diferentes, pero cada método cumple su propósito. Sé agradecido por su visitación, pero no trates de dictar cómo ha de obrar.
En cuanto al deshielo del evangelio, no exijas una manera determinada para la gracia de Dios. El deshielo es gradual y universal. Primero se derrite el hielo de la superficie, y lentamente el calor penetra toda la masa hasta que cede cada roca congelada. De la misma manera, el Espíritu obra gradualmente en el corazón: ilumina la mente, libera la voluntad, quita el temor, infunde esperanza, despierta el espíritu y produce paz y gozo. No puedes verlo obrar, como tampoco puedes ver el viento, pero puedes sentir sus efectos. No te sorprendas si tu experiencia es distinta de la de otros. Hay un patrón en la obra de Dios, como la semejanza entre la nieve, la escarcha blanca y el hielo, pero los detalles varían.
4. Notad la prontitud de la obra de Dios: «muy presto corre su palabra.» — Salmos 147:15. No le llevó mucho tiempo a Dios quitar la última nieve. Un ser humano podría necesitar días para terminar tal obra, pero la Palabra de Dios actúa al instante. Así sucede con el alma. El Señor puede obrar con prontitud cuando bendice un corazón. Aunque hayas estado bajo el peso del pecado y de la ley por largo tiempo, Dios puede librarte en un instante. Puede llevarte de la muerte a la vida, de la condenación a la justificación. «De cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso.» — Lucas 23:43, dijo Jesús a un ladrón moribundo.
Solo cree en el sacrificio de Cristo, y serás salvo.
5. Finalmente, considerad la bondad de Dios. ¡Cuán misericordioso que no nos cargara con más ley de la que pudiéramos soportar! «delante de su frío ¿quién estará?» — Salmos 147:17. Cuando Dios revela su ira a un alma, es algo aterrador. El pecado puede abrumar a una persona como una carga aplastante, pero Jesús la ha llevado por nosotros. Aun sobre la Roca de los Siglos, no nos regocijamos porque la llevemos nosotros mismos, sino porque él la ha llevado. La escarcha de la convicción humilla el orgullo, destruye la propia justicia y nos guarda de la necedad. ¡Pero cuán maravilloso el deshielo de la misericordia de Dios! Tan pronto como su misericordia toca el alma, la dureza desaparece, el frío se disipa, el calor y el amor fluyen, y la vida vuelve.
Nos levantamos de la desesperación como las semillas se levantan de la tierra. La fe se abre como el azafrán para recibir el sol; la esperanza mira hacia arriba como la prímula, deleitándose en las promesas de Dios. Gracias a Dios que la primavera ha llegado a nuestros corazones, y el invierno se ha ido para siempre.
«Donde mora una primavera eterna, y flores que nunca se marchitan.
Solo un arroyo, delgado como un hilo, separa aquella tierra celestial de la nuestra.» Cree en el Señor, tú que tiritas en la escarcha de la ley, y su amor te traerá cálidos días de gozo y paz. Amén.