Susanna Wesley
El hogar reconstruido

Capítulo 9 · 18 min de lectura · 23 min de escucha

El hogar reconstruido

EL rector de Epworth no era hombre de hacer las cosas a medias y, aunque lo hubiera sido, la reparación o reconstrucción de una casa parroquial es asunto que cae bajo la vigilancia de los Comisionados Eclesiásticos, y debe hacerse en el estilo que ellos juzguen adecuado. El reinado de la reina Ana fue una época en que el ladrillo rojo se empleaba por lo general en todos los edificios nuevos de alguna pretensión, a juzgar por las casas pintorescas y sólidas que en muchas ciudades inglesas datan de su tiempo.

Se desenterraron los cimientos de la antigua morada, y para los muros se usó ladrillo en lugar del antiguo enlatado y yeso. Probablemente la casa no era más espaciosa que su predecesora, pues habría sido obra superflua hacerla así; pero la vieja casa parroquial, con sus cinco crujías, había ofrecido alojamiento amplio para una familia numerosa, y la nueva no le iba a la zaga. Tenía tres plantas; es decir, comedor, sala, estudio y dependencias domésticas en la planta baja, dormitorios encima, y sobre todo ello un gran desván o buhardilla. La casa todavía existe, y cuando hace unos meses se despojaron sus paredes para volver a empapelarlas, ¡he aquí que salieron a la luz, en una habitación, de puño y letra de la señora Wesley, los nombres, edades y estaturas de todos los hijos que vivían cuando la familia tomó posesión de la casa nueva! Sin duda los que habían estado fuera habían crecido mucho, y era cosa de natural interés paterno ver exactamente la estatura de cada uno. Muchos padres y madres han tomado medidas semejantes de sus hijos e hijas, y se han deleitado comparando su estatura a distintas edades.

Se plantaron árboles frutales para que cubrieran la fachada y la parte trasera de la nueva casa parroquial; moreras, cerezos y perales en el jardín, y nogales en el campo o cercado contiguo. ¡Esto sí que era plantar para la posteridad! La reconstrucción parece haberse terminado en el plazo de un año, y costó cuatrocientas libras, una suma terrible para un clérigo pobre que no tenía compañía de seguros contra incendios que lo ayudara. Entonces se reunió a los hijos, y la madre reanudó una vez más su tarea diaria de enseñarles. No todo fue tan fácil como antes de que se dispersaran; encontró muchos malos hábitos que corregir y, además, la disciplina del hogar se había quebrado, y hubo que apretar sus lazos y quizá tensarlos un poco. Fue entonces cuando comenzó la costumbre de cantar un himno o un salmo antes de empezar las lecciones por la mañana o después de terminarlas por la tarde; y entonces también parece haber usado, como libros de texto para la instrucción religiosa, las exposiciones de los principios de la religión revelada y del ser y las perfecciones de Dios que había escrito para su hijo mayor poco después de que él fuera a Westminster, y las del Credo de los Apóstoles y los Diez Mandamientos, que había preparado durante el año de relativo descanso que pasó en una casa de alquiler mientras se reconstruía la casa parroquial.

El rector estuvo ausente gran parte del primer año que su esposa y su familia pasaron en la casa nueva. Nunca se permitía que su activo cerebro se oxidara o vegetara y, como es natural, se alegraba de ganar con la pluma todo lo que podía.

Durante 1709 ocurrían en Londres acontecimientos de considerable importancia política y, por diversas causas, el duque de Marlborough iba perdiendo popularidad. La nación se estaba cansando de la guerra con Francia, que según el deán Swift había costado «seis millones en subsidios y casi cincuenta millones de deuda»; y Marlborough, que durante mucho tiempo había estado en la situación de un «tory que introduce medidas whig», como dice lord Beaconsfield, fue acusado de prolongar la lucha con Luis XIV para su propio enriquecimiento y engrandecimiento. Los tories lo consideraban un traidor a su partido, y exageraban cualquier pequeño incidente que pudiera fortalecer su propio poder. El doctor Henry Sacheverell, rector de St. Saviour, en Southwark, era un clérigo de la Alta Iglesia popular y destacado en su tiempo, estrecho de miras y violento, sobre todo contra los disidentes. En las sesiones judiciales de verano en Derby predicó ante los jueces un sermón muy exaltado, y el 5 de noviembre, en la catedral de San Pablo, declamó del modo más incendiario contra la tolerancia y los disidentes, que eran evidentemente su aversión favorita; declaró que la Iglesia estaba en peligro por enemigos declarados y falsos amigos; y en conjunto levantó tal revuelo que sus sermones, publicados bajo la protección del lord alcalde y ampliamente difundidos, fueron denunciados ante la Cámara de los Comunes por contener posiciones contrarias a los principios de la Revolución, al Gobierno y a la sucesión protestante. Los dos sermones, que contenían muchos insultos contra personajes destacados, fueron declarados libelos escandalosos y sediciosos; y el doctor Sacheverell, llevado ante la barra de la Cámara, reconoció ser su autor y fue puesto bajo custodia del ujier adjunto de la vara negra; al principio se le negó la fianza, pero después se le concedió. El juicio comenzó en Westminster Hall el 27 de febrero de 1710 y duró tres semanas; la reina Ana acudía cada día en silla de manos como espectadora, y el populacho llenaba la sala y sus accesos y se comportaba como si Sacheverell fuera un santo y un mártir. La agitación fue tan grande que culminó en un motín, durante el cual se hizo bastante daño, por lo que algunos cabecillas fueron arrestados y, más tarde, juzgados por alta traición. La reina, en su corazón, favorecía al doctor; sus capellanes lo ensalzaban como el campeón de la Iglesia; y cuando sus abogados terminaron la defensa, él mismo se levantó y pronunció un discurso en el que justificó solemnemente sus intenciones hacia Su Majestad y su Gobierno, y habló en los términos más respetuosos de la Revolución y de la sucesión protestante. Sostuvo la doctrina de la no resistencia en toda circunstancia como máxima de la Iglesia de Inglaterra, y con muchos toques patéticos procuró despertar la compasión del auditorio. Que este discurso era obra del rector de Epworth parece haber sido reconocido por todos en Lincolnshire, y, años después, John Wesley declaró rotundamente que su padre era su autor. Probablemente le pagaron, de una forma u otra, por prepararlo, aunque quizá, como un viejo caballo de guerra, olió la batalla desde lejos e hizo gratis su parte de la lucha.

Habiéndose mostrado tan buen portavoz de su partido, el clero de la diócesis lo eligió una vez más como su representante en la Convocación; así que viajó a Londres en noviembre de 1710, por poco que pudiera permitírselo, y lo hizo siete inviernos seguidos, mientras su familia en casa carecía de ropa, de comida y, en realidad, de todo lo necesario para la vida. La señora Wesley sufría mucho de debilidad, y posiblemente de la humedad inevitable en una casa habitada antes de estar debidamente asentada; y, según su hija Emilia, de falta de alimento y de abrigo. Sin duda el marido y padre esperaba que, estando en Londres, encontraría trabajo literario, y razonablemente podía haber esperado alguna ayuda económica del partido al que servía con tanto celo.

A pesar de la debilidad y el cansancio, la madre siguió luchando y, a medida que menguaban las pequeñas comodidades de su familia en este mundo, crecía y se afirmaba su ansiedad por la felicidad de sus hijos en el estado venidero. En ausencia del señor Wesley, Emilia, probablemente rebuscando en su estudio algún libro que leer, dio con el relato de una misión danesa en Tranquebar, escrito por los dos hombres consagrados y santos que habían trabajado en ella. Las misiones eran entonces poco comunes, y la historia trajo consigo el estremecimiento de un interés nuevo y apartó los pensamientos de la madre de su propio entorno. Emilia, que leía bien —su hermano John dijo que era la mejor lectora que había oído jamás, cuando el libro era los poemas de Milton—, lo leyó en voz alta, y la propia señora Wesley contó a su marido cuánto la había conmovido.

«Poco después de que te fueras a Londres», le escribió, «Emilia encontró en tu estudio el relato de los misioneros daneses, y como yo nunca lo había visto, le pedí que me lo leyera. Creo que nunca me ha conmovido tanto cosa alguna como la relación de sus viajes, y me agradó en extremo el noble designio en que estaban empeñados. Sus trabajos refrescaron mi alma sobremanera, y no pude dejar de pasar buena parte de aquella velada alabando y adorando la bondad divina por haber inspirado a aquellos buenos hombres un celo tan ardiente por su gloria. Durante algunos días apenas pude pensar ni hablar de otra cosa. Entonces me vino al pensamiento que, aunque no soy hombre ni ministro del Evangelio, si estuviera inspirada por un verdadero celo por su gloria y deseara de veras la salvación de las almas, podría hacer más de lo que hago. Pensé que podría vivir de un modo más ejemplar, orar más por la gente y hablar con más calor a aquellos con quienes tengo ocasión de conversar. Sin embargo, resolví empezar por mis propios hijos, y por consiguiente me propuse y observé el método siguiente: tomo cada noche la porción de tiempo que mejor puedo ahorrar para conversar con cada hijo a solas sobre algo que atañe a sus principales (¿personales?) intereses. El lunes hablo con Molly, el martes con Hetty, el miércoles con Nancy, el jueves con Jacky, el viernes con Patty, el sábado con Charles; y con Emily y Sukey juntas el domingo.» El fruto de sus conversaciones con «Jacky» quedó registrado en sus Meditaciones privadas bajo el encabezamiento «Hijo John», con fecha del 17 de mayo de 1711. Tan hondamente se obró en los sentimientos religiosos del niño que su padre le permitió hacerse comulgante con solo ocho años; pero puede ponerse en duda la sabiduría de excitar así a un muchacho a una devoción precoz en una edad en que la naturaleza quiere que sea sencillamente un animalito sano. En este caso la reacción llegó poco después de que saliera de casa para ir a la escuela, y desde los once años hasta los veintidós parece haber sido como los demás jóvenes, sin hacer ninguna profesión especial de religión ni pensar en entrar en la Iglesia.

No cabe duda de que, desde que se instalaron en la nueva rectoría y reunieron a su rebaño, la señora Wesley y su marido, cuando estaba en casa, concentraron su atención en la educación de John, para que empezara con buen pie y fuera motivo de honra para sí mismo y para ellos al entrar en una escuela pública. Era un chiquillo discutidor, dado a deliberar con mucha calma y a argumentar mucho. Uno de sus biógrafos cuenta que, si entre comidas le preguntaban si quería un trozo de pan o una fruta, respondía con fría indiferencia: «Gracias, lo pensaré»; pero esto no concuerda del todo con la regla reconocida de la madre de que a ningún niño se le permitía comer nada entre comidas. Su impetuoso padre se sintió una vez tan provocado por el muchacho que exclamó: «Hijo, piensas salirte con la tuya en todo a fuerza de argumentos; pero ya verás qué poco se consigue en el mundo con razonamientos rigurosos». Este amor característico por la discusión, que siempre hace difícil enseñar y manejar a un niño, se ilustra además con la observación jocosa y afectuosa del señor Wesley a su esposa: «Te aseguro, cariño, que creo que nuestro Jack no atendería a las necesidades más apremiantes de la naturaleza si no pudiera dar una razón para ello».

Pero, por mucho que la señora Wesley tuviera en qué ocuparse, seguía sacando tiempo para escribir a su hijo mayor, aunque la carta fuera breve; y hay una epístola, fechada poco después de que la familia volviera a reunirse, que muestra la única señal de enfado que se advierte en su correspondencia: —«Epworth, 7 de abril de 1710. «QUERIDO SAMMY, «Pensaba que ya habría tenido noticias tuyas, pero veo que tú no piensas en mí como yo en ti. En verdad, creo que te quedarías muy tranquilo si nunca más supieras de mí; pero yo no puedo quedarme satisfecha sin escribirte de vez en cuando, aunque no tan a menudo como quisiera.

«Te he enviado una carta que mandé a tu hermana Sukey a Gainsborough; quisiera que la leyeras y la copiaras, si tienes tiempo. [Probablemente se trataba de la exposición del Credo de los Apóstoles antes mencionada.] «Cuando tengo tiempo libre, creo que no puedo emplearme mejor que en escribir algo que pueda ser útil a mis hijos; y aunque sé que hay abundancia de buenos libros en que estos temas se tratan más completa y exactamente de lo que yo puedo pretender escribir, quiero pensar que mis hijos tendrán en alguna estima lo que hago por ellos, aunque la ejecución sea pobre, puesto que saben que viene de su madre, que quizá se preocupa por su felicidad eterna más que nadie en el mundo. Así como tú tuviste a tu servicio mi juventud y mi vigor, espero que no desprecies lo poco que puedo hacer en mis años de declive, sino que por amor a mí leas con cuidado estos papeles, aunque solo sea para moverte a una obra más digna de tu parte.

«SUSANNA WESLEY.»

Durante el verano siguiente, Samuel, que tenía entonces veinte años y era un alumno del que Westminster se sentía justamente orgulloso, atrajo la atención del doctor Sprat, obispo de Rochester y prebendado de Westminster, que en su juventud había sido también un distinguido alumno de Westminster. Era anciano y sentía afecto por el muchacho cuyo abuelo había sido su amigo de colegio y cuyo padre había recibido de sus manos la ordenación. Se lo llevó a su casa de campo como lector. Samuel no supo apreciar su nueva posición, y hasta se quejó de ella a su padre, llamando al obispo «un amigo poco amigo». Su primer protector murió pronto, y le sucedió en la sede de Rochester el doctor Atterbury, deán de Westminster, que se interesó por Samuel tanto como su predecesor y se ganó su afecto y su adhesión tan por completo que duraron toda la vida, sin menguar por las circunstancias que acabaron llevando al obispo al destierro. Este prelado, cuando estuvo en Oxford, había pertenecido a Christ Church; y fue por su consejo y persuasión por lo que Samuel Wesley se matriculó como estudiante en ese colegio en 1711. Su padre y su madre habrían tenido que ser más que mortales para no sentir cierto orgullo por el muchacho que así se había ganado la amistad de dos hombres que eran tan consumados eruditos como altos dignatarios de la Iglesia. Sin embargo, no hay rastro de euforia por ninguna de las dos partes, y a primeros de diciembre Samuel escribió a su madre una carta que empezaba «Querida madre», en lugar del formal «Señora» propio de la época. Esto parece haberla conmovido, y añadió calor a la epístola que provocó la seriedad de un cambio tan grande e inminente como dejar la escuela e ir a Oxford: —«Jueves, 28 de diciembre de 1710. QUERIDO SAMMY, «Me agrada mucho más el comienzo de tu carta que lo que solías enviarme, porque no me gustan la distancia ni la ceremonia; hay más amor y ternura en el nombre de madre que en todos los títulos de cortesía del mundo.

«Pienso escribir a tu padre acerca de tu venida, pero no estaría mal que tú también se lo mencionaras. Quizá nuestros deseos unidos lo persuadan antes a concedernos lo que pedimos, aunque no creo que se oponga en absoluto.»

Esta es la única vez que la señora Wesley, en su valiente aceptación de lo inevitable, alude a un deseo de ver al hijo amado del que llevaba tanto tiempo separada.

«Me alegro de corazón de que ya hayas recibido, y de que pienses volver a recibir, el Santo Sacramento; porque no hay nada más apropiado ni eficaz para fortalecer y refrescar el espíritu que participar con frecuencia de esa bendita ordenanza.

«Te quejas de que eres inestable e inconstante en los caminos de la virtud. ¡Ay! ¿Qué cristiano no lo es también? Estoy segura de que yo, más que nadie, soy la menos apta para aconsejar en un caso así; con todo, puesto que no puedo dejar de decir algo, ya que te amo como a mi propia alma, procuraré hacerlo lo mejor que pueda; y quizá mientras escribo aprenda, y al instruirte me enseñe a mí misma.

«Siento que te veas en la necesidad de tratar con personas que no son de las mejores; pero hemos de tomar el mundo como lo encontramos, ya que es una.

dicha concedida a muy pocos poder elegir su compañía. Pero, no sea que el compararte con otros peores que tú te lleve a caer en demasiada vanidad, harías bien en tener a veces pensamientos como estos: “Aunque conozco mi propio nacimiento y educación, y soy consciente de haber tenido grandes ventajas, ¡qué poco sé de las circunstancias de los demás! Quizá sus padres eran viciosos, o no cuidaron temprano de su mente para infundir los principios de la virtud en sus tiernos años, sino que los dejaron seguir sus propias inclinaciones hasta que fue demasiado tarde para corregirlos. ¿Estoy seguro de que han tenido tantos ofrecimientos de gracia, tantos y tan fuertes impulsos del Espíritu Santo como yo? ¿Pecan contra una convicción tan clara como la mía? ¿O están sobre ellos los votos de Dios como sobre mí? ¿Fueron consagrados a él tan solemnemente en su nacimiento como yo?” Has tenido el ejemplo de un padre que sirvió a Dios desde su juventud, y aunque no puedo recomendarte el mío, porque es demasiado malo para ser imitado, sin duda no te han faltado oraciones fervientes durante muchos años y algún pequeño buen consejo. «Pero si, después de todo, el amor propio te inclinara a la parcialidad en tu propio caso, considera seriamente tus muchos fallos, de los que el mundo no puede enterarse porque fueron tan secretos, y si aun así, al compararte, te parece que eres mejor que otros, pregúntate entonces quién es el que te distingue; y da a Dios toda la alabanza, puesto que por nosotros mismos nada podemos hacer. Él es el que en nosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad; y si alguna vez te has atribuido vanamente la gloria de alguna buena obra, humíllate por ello delante de Dios, y en adelante dale a él la gloria de su gracia.

«Ando escaso de papel y de tiempo, así que debo concluir. Dios todopoderoso te bendiga y te guarde de todo mal. Adiós.

«SUSANNA WESLEY.»

Gran parte de esta carta se ha omitido por ser exclusivamente una disertación teológica. En verdad, en ninguna de las epístolas de la señora Wesley se presenta la religión con un aspecto menos atractivo, pues en ella representa a Dios como un amo duro que reparte estricta retribución a todos los que se desvían de la senda recta y sumamente angosta de la justicia. Sin duda habría sido una mujer más feliz si su actitud mental hubiera sido la de aquel teólogo alemán cuya oración de la noche, tras muchas horas de trabajo al servicio de su Maestro, era: «Señor, entre tú y yo todo sigue como siempre», antes de acostarse a su sueño apacible y bien ganado.

Solo hay uno o dos indicios de lo que sucedió en Epworth durante los años 1711 y 1712. La señora Wesley debió de emplear gran parte de su tiempo libre en escribir un manuscrito de sesenta páginas en cuarto, titulado «Conferencia religiosa entre la madre y Emilia», en cuya cubierta figuraban los textos: «Os escribo a vosotros, hijitos, de quienes vuelvo otra vez a estar de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros», y «“Que lo que se siembra en flaqueza se levante con poder”. Escrito para uso de mis hijos, 1711-12».

En la primavera de 1712, en abril, mientras el señor Wesley estaba en Londres, cinco de los niños tuvieron viruela, que era entonces un azote mucho más terrible que en nuestros días. Las manos de la madre debieron de estar muy ocupadas; pero parece que ella nunca se contagió, aunque la enfermedad visitó a la familia al menos en otra ocasión. Escribió a su marido ausente: «Jack soportó su enfermedad con valentía, como un hombre, y en verdad como un cristiano, sin ninguna queja». Es probable que la padecieran en forma leve, o que se tomaran medios muy eficaces para impedir que quedaran huellas permanentes; porque toda la familia tenía fama de bien parecida, y nadie menciona, ni queda tradición alguna, de que tuvieran marcas. Quizá se diga que, a falta de inoculación o vacuna, esta desfiguración era demasiado común para llamar la atención; pero debe recordarse que la esposa de Charles Wesley tuvo viruela en 1753, cuando vivía en Bristol, y aunque cayó en cama siendo una joven realmente hermosa de veintiséis años, se levantó de aquel lecho de enfermedad tan desfigurada que llegó a ser casi proverbial por su fealdad durante el resto de su vida.

Capítulo 9 completado

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