Capítulo 6 · 21 min de lectura · 28 min de escucha
Pruebas y tribulaciones
EL rector de Epworth no era especialmente popular en su propia parroquia; quizá un clérigo muy pobre nunca lo es. Le costó mucho reparar y reconstruir la parte de su casa que había destruido el fuego; y cuando su hijo John tenía unos siete u ocho meses, el señor Wesley sufrió una nueva pérdida, pues su cosecha de lino fue incendiada y arrasada en circunstancias que se parecían mucho a un incendio provocado. Además se vio envuelto en una controversia que causó mucho resentimiento y mala sangre a raíz de una carta, o más bien folleto, que había escrito en su juventud, antes de trasladarse de Londres a South Ormsby, después de asistir a una reunión del Calves Head Club, una agrupación de disidentes políticos violentos. Muy indignado, Wesley volvió a casa y, mientras el corazón le ardía dentro, escribió de un tirón una larga carta y, después de escribirla, se acostó hacia las cinco de la mañana. Un amigo —probablemente su casero, Robert Clavel, librero y entonces maestre de la Compañía de Papeleros de Londres— entró mientras dormía, se apoderó del manuscrito y, después de leerlo, disuadió a Wesley de enviarlo a la persona a quien iba dirigido, pero se las arregló para quedárselo. Doce años más tarde, sin el consentimiento del autor, lo publicó con el título de «Carta de un clérigo rural a su amigo de Londres acerca de la educación de los disidentes en sus academias privadas en diversas partes de esta nación: humildemente ofrecida a la consideración del Gran Comité del Parlamento para la Religión, ahora reunido». El ánimo de la Cámara en aquel momento era de extrema hostilidad hacia los disidentes y de afán por suprimirlos.
La contienda se volvió furiosa a medida que un folleto sucedía a otro, y se encendieron pasiones airadas por todas partes. El adversario particular del señor Wesley era un tal reverendo Samuel Palmer, que, naturalmente, tenía sus partidarios, y hasta tal punto llegó esta guerra de palabras que Daniel De Foe, que tomó plena parte en ella, fue encarcelado en Newgate en julio de 1703. Quizá el señor Wesley habría corrido la misma suerte si hubiera vivido en Londres; pues tan general era la disputa que, según el deán Swift, hasta los gatos y los perros hablaban de ella, mientras que las damas elegantes se volvían partidarias tan apasionadas de la Iglesia baja y de la Iglesia alta «que no les quedaba tiempo para decir sus oraciones». El rector de Epworth, con su lengua afilada y su genio vivo, tenía muchas más probabilidades de ganarse enemigos que amigos en una época así, y sin duda en Lincolnshire se levantaron contra él muchos prejuicios y mucha animadversión, y tanto su esposa como él mismo tuvieron que soportar lo más recio del golpe.
Fue una gran prueba para ella separarse de su hijo primogénito, Samuel, que en 1704 ingresó en Westminster, aunque habría sido la última mujer en interponerse en el progreso de su hijo. El muchacho fue a Londres con su padre, probablemente montado delante de él en el mismo caballo, y pronto se ganó el favor de sus nuevos maestros y superiores. Tenía además varios parientes en Londres: su abuela paterna aún vivía, y su tío Matthew era cirujano y boticario de buena posición, mientras que otro tío, Timothy Wesley, y una tía, la señora Elizabeth Dyer, única hermana de su padre, también vivían en la ciudad. Todos parecen haber mostrado al muchacho la bondad que cabe esperar hacia un sobrino, y muy probablemente estaban orgullosos de su talento y de sus rápidos progresos. El afecto ansioso de su madre por él era tan grande que dedicó muchas horas, y también muchos pliegos de papel, a escribirle una serie de cartas que no eran ni más ni menos que tratados sobre la Revelación y la ley de la razón. La primera está fechada el 11 de marzo de 1704, y es muy larga y, a decir verdad, árida, sin el alivio de una sola noticia o chisme de casa. Sin duda, al escribirla, y al escribir las epístolas siguientes, cumplía lo que sentía como un deber de conciencia, pero sabía que estaban por encima de la comprensión del muchacho en aquella época, pues le dijo que las guardara hasta que fuera mayor y estuviera más capacitado para entenderlas. Una carta escrita hacia el final del verano parece más natural y mejor ajustada a la comprensión de un colegial: —«QUERIDO SAMMY: «Epworth, 4 de agosto de 1704.
«He estado enferma mucho tiempo, pero ahora, gracias a Dios, me he restablecido bien. Pensaba haber estado ya contigo, pero dudo que te vea este verano; por tanto, dime en particular qué es lo que necesitas.
«Ya habría terminado el discurso que comencé hace tanto tiempo, si hubiera gozado de más salud; pero espero poder terminarlo pronto, y que entonces copies todas tus cartas; porque podrán serte más útiles de lo que son ahora, ya que estarás más capacitado para entenderlas. Ocuparé mis pensamientos en asuntos provechosos para ti cuando tenga tiempo, pues nada deseo tanto en este mundo como que mis hijos sean bien instruidos en los principios de la religión, para que anden por el camino angosto, que es el único que lleva a la felicidad. Me preocupo en particular por ti, que fuiste dedicado, aun antes de tu nacimiento, al servicio del santuario, para que seas un ornamento de la Iglesia de la que eres miembro, y seas instrumento (si Dios te conserva la vida) para llevar muchas almas al cielo. Cuida, por tanto, en primer lugar, de la tuya, no sea que tú mismo vengas a ser reprobado.
«Has tenido grandes ventajas de educación; Dios te ha confiado muchos talentos, como salud, fuerza, un sustento holgado hasta ahora, buen entendimiento, memoria, etc.; y si alguno de ellos se emplea mal o no se hace fructificar, de seguro se levantarán un día en el juicio contra ti.
«Si pensara que no ibas a sacar buen provecho de la instrucción, ni a mejorar con la reprensión, nunca más te escribiría ni te diría una palabra mientras viva, porque sé que todo lo que yo pudiera hacer no serviría sino para tu mayor condenación. Pero ruego encarecidamente a Dios que te dé su gracia, y te encargo, como habrás de dar cuenta de ello en el gran día final, que con todo cuidado cumplas aquello de “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”, no sea que al final te pierdas.
«Dices que no sabes cómo guardar un secreto sin decir a veces una mentira. No sé qué secretos puedas tener: estoy segura, sin embargo, de que nadie allí tiene autoridad para interrogarte; pero si alguno fuera tan impertinentemente curioso como para hacerlo, despídelo con cortesía, si puedes; pero, si no puedes, dile con resolución que no satisfarás sus deseos irrazonables; y asegúrate de no arriesgarte jamás a perder el favor de Dios por ganar el favor de nadie, cosa que harás si hablas con falsedad. A la misericordiosa protección de Dios te encomiendo.
«SUSANNA WESLEY».
La carta siguiente no está fechada, pero fue escrita ese mismo año o el siguiente: —SAMMY: «“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras buenas, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”». Examina bien tu corazón y observa sus inclinaciones, en particular cuál es la disposición general de tu ánimo; porque, déjame decirte, no es un arrebato de devoción de vez en cuando lo que muestra que un hombre es cristiano, sino un ánimo dispuesto universal y habitualmente a todos los deberes del cristianismo en sus debidos tiempos, lugares, etc. Por ejemplo, por la mañana o por la tarde, o en cualquier otro momento en que se presente la ocasión, un buen cristiano estará gustosamente dispuesto a retirarse del mundo para ofrecer a su Creador su sacrificio de oración y alabanza, y tendrá por felicidad, además de por deber, el hacerlo. Cuando está en el mundo, si tiene negocios que atender, los atenderá con diligencia, sabiendo que por la noche ha de dar cuenta a Dios de lo que ha hecho durante el día, y que Dios espera que seamos fieles en nuestra vocación así como devotos en nuestro aposento. El cristiano debe tratar con el mundo, y por lo general lo hace, como un forastero en una posada: usará lo que le es necesario y disfrutará con alegría de lo que puede disfrutar inocentemente; pero al mismo tiempo sabe que no es más que una posada, y poco le importará lo que encuentre allí, porque no la tiene por su hogar. El ánimo del cristiano debe estar siempre sereno, templado, libre de todo extremo de alegría o de tristeza, y siempre dispuesto a oír el silbo apacible y delicado del Espíritu Santo de Dios, que le indicará qué hacer y cómo obrar en todas las circunstancias de la vida, si lo reconoce en todos sus caminos y depende de su ayuda. No puedo detenerme ahora a hablarte de tus deberes particulares; espero enviarte dentro de poco lo que me había propuesto.
«Entretanto, te ruego, como quien tiene por tu alma el mayor interés imaginable; te exhorto, como tu amiga fiel; y te mando, como tu madre, que pongas toda diligencia en hacer firme tu vocación y elección, en ser fiel a tu Dios; y, dicho esto, no necesito pedirte que seas laborioso en tu vocación.
«Sammy, piensa en lo que te digo, y que el bendito Dios te haga verdaderamente consciente de tu deber para con él, y también para conmigo. Renueva tus votos quebrantados; si has malgastado o empleado mal el tiempo, cuida más del que te queda. Si en algo necesitas consejo u orientación, háblame con libertad, y con gusto te ayudaré. Te encomiendo a la bendita protección de Dios.
«SUSANNA WESLEY».
Mientras la madre escribía a su hijo ausente y daba clase a sus otros hijos, su marido estaba en su estudio escribiendo versos tan deprisa como brotaban del cerebro y de la pluma. El duque de Marlborough era el héroe del momento: había ganado la batalla de Blenheim en agosto de 1704 y había sembrado tal terror en la nación francesa que durante mucho tiempo resonó en el estribillo Marlbrouck s’en va-t-en guerre. La nación se complacía en honrar al soldado y estadista cuya victoria justificaba la confianza que la reina Ana había puesto en él: ambas Cámaras del Parlamento le dieron públicamente las gracias, la City de Londres lo agasajó con un banquete cívico, la nación le dio el señorío de Woodstock a él y a sus herederos para siempre, y le construyó aquel palacio de Blenheim que acaba de ser despojado de los tesoros artísticos que él reunió durante sus victoriosas campañas contra el poder del Gran Monarca. La política y el patriotismo contribuían por igual a inspirar la musa del señor Wesley, y este llegó a componer un poema de quinientos noventa y cuatro versos titulado Marlborough, o el destino de Europa. El arzobispo Sharpe tomó poema y autor bajo su ala protectora y los puso en conocimiento del duque. Lo menos que el héroe podía hacer en correspondencia era dar al señor Wesley la capellanía del regimiento del coronel Lepelle; y otro par del reino quedó tan complacido con el poema que mandó llamar a su autor y procuró conseguirle una prebenda. Pero, ¡ay!
Los planes mejor trazados de ratones y hombres ¡a menudo se malogran!
y los mismos medios con que el poeta y párroco procuraba servir a sus protectores y afianzar su posición le hicieron perder todo lo que había ganado, así como todo lo que esperaba.
A principios de mayo de 1705, la señora Wesley dio a luz otro hijo, pero, entre la preocupación y la debilidad, no pudo criarlo, de modo que se lo confiaron a una mujer que vivía enfrente de la rectoría. Epworth estaba muy alborotado por una elección reñida, y una noche la calle estaba tan ruidosa que la nodriza no pudo dormirse hasta entre la una y las dos de la madrugada, y luego durmió tan profundamente que se echó encima del niño y lo asfixió.
No es de extrañar que la señora Wesley estuviera preocupada antes y después del parto; porque la reina Ana había disuelto el Parlamento el 5 de abril, y se sabía bien que la contienda entre whigs y tories sería encarnizada. No hay romanista tan celoso ni tan intolerante como un «converso», ni hay eclesiástico tan de Iglesia «alta» como el que nació y se crio en el seno de la disidencia. Así pues, era perfectamente natural que el rector de Epworth fuera un tory de primera agua, y que echara todo su peso e influencia personal en la balanza contra el coronel Whichcott y el señor Albert Bertie, los candidatos que favorecían el presbiterianismo y tenían de su parte a los disidentes, y que disputaban la representación de Lincolnshire a los anteriores diputados, sir John Harold y el «Champion» Dymoke. Sin duda el partido tory, ya favorable a él, habría recordado y de algún modo recompensado al celoso clérigo que había abrazado su causa con todas sus fuerzas, si hubiera triunfado; pero los whigs se llevaron la victoria, y en consecuencia él fue insultado por la turba y corrió cierto peligro de ser maltratado. Sus adversarios no tardaron en privarlo de su capellanía del regimiento del coronel Lepelle, de modo que sufrió tanto en el bolsillo como en su popularidad y reputación locales. Su propio relato de la situación se encuentra en una carta que escribió al arzobispo Sharpe en cuanto el alboroto se hubo calmado un poco.
Epworth, 7 de junio de 1705. «Fui a Lincoln el martes 29 de mayo por la noche, y la elección comenzó el miércoles 30. Gran parte de la noche, la gente de nuestra Isla estuvo tocando tambores, gritando y disparando pistolas y escopetas bajo la ventana del cuarto donde yacía mi esposa, que no hacía ni tres semanas que había dado a luz. Yo había dejado al niño con una nodriza enfrente de mi casa: el ruido mantuvo despierta a la nodriza hasta la una o las dos de la madrugada. Luego cesaron, y la nodriza, con el sueño pesado, se echó encima del niño. Se despertó y, al encontrarlo muerto, corrió con él a mi casa, casi fuera de sí, y llamando a mis criados, se lo arrojó en los brazos. Ellos, tan sensatos como ella, subieron corriendo con él adonde estaba mi esposa y, antes de que ella estuviera bien despierta, se lo echaron frío y muerto en los suyos. Ella se serenó lo mejor que pudo, y ese mismo día lo hizo enterrar.
«Un clérigo me salió al encuentro en el patio del castillo y me dijo que me retirara, porque los hombres de la Isla querían hacerme daño. Otro me dijo que había oído a cerca de veinte de ellos decir “que si me pillaban en el patio del castillo, me sacarían las tripas a apretones”. Mi criado recibió el mismo aviso. Me fui por Gainsbro’, y Dios me guardó.
«Cuando supieron que había llegado a casa, mandaron los tambores y las turbas, con escopetas, etc., como de costumbre, a obsequiarme hasta la medianoche. Uno de ellos, al pasar el viernes por la tarde y ver a mis hijos en el patio, gritó: “¡Oh, demonios! Pronto vendremos a echaros a todos de casa a mendigar”. ¡Dios los convierta y los perdone!
«Todo esto, gracias a Dios, no abate lo más mínimo el ánimo de mi esposa. En cuanto al mío, lo siento turbado y desconcertado; pero, con todo, sigo adelante con mi respuesta a Palmer, que, esté en la cárcel o fuera de ella, espero tener terminada para la próxima sesión del Parlamento, pues ya no me quedan regimientos que perder.
«S. WESLEY».
Pero sus peores pruebas aún estaban por venir, y la manera en que afectaron a su esposa y a su familia la cuenta mejor él mismo. Estaba endeudado con una de las personas a quienes había irritado con su celo en la reciente elección y, como no tenía con qué pagar, pronto fue arrestado y enviado a la cárcel de Lincoln. He aquí el relato que, de su propia mano, dio al arzobispo de York: —«MILORD: «Castillo de Lincoln, 25 de junio de 1705.
«Ahora estoy en reposo, porque he llegado al puerto donde tanto tiempo esperaba estar. El viernes pasado (23 de junio), después de bautizar a un niño en Epworth, fui arrestado en mi propio cementerio por uno que había sido criado mío y que recogió mis diezmos el año pasado, a instancias de uno de los parientes y celosos amigos del señor Whichcott (el señor Pinder), conforme a la promesa que hicieron cuando estuvieron en la Isla antes de la elección. La suma no llegaba a treinta libras, pero lo mismo habría dado que fueran quinientas. Bien sabían que el incendio de mi lino, mi viaje a Londres y el haberme echado de mi regimiento habían hundido mi crédito y agotado mi dinero. Mandaron a mi acreedor a donde yo estaba, en el camino, a mi encuentro, para que le hiciera alguna propuesta. Pero toda su respuesta (que guardo conmigo) fue que debía pagar de inmediato la suma entera o ir a la cárcel. Allá fui, sin gran preocupación por mí mismo, y encuentro aquí mucha más cortesía y satisfacción que in brevibus gyaris de mi propio Epworth.
Doy gracias a Dios de que mi esposa se había recuperado bastante bien, y había sido presentada en la iglesia para la acción de gracias unos días antes de que me apartaran de ella; y espero que pueda cuidar de mi familia, si no los echan de casa, como muchas veces han amenazado hacer. Una de mis mayores preocupaciones fue verme obligado a dejar a mis pobres corderos en medio de tantos lobos. Pero el gran Pastor puede proveer para ellos y guardarlos. Mi esposa lo lleva con el valor que le corresponde y que yo esperaba de ella.
«No desespero de hacer algún bien aquí (y mientras así sea no perderé del todo el fin de la vida), y quizá de hacer más en esta parroquia que en la antigua; pues tengo permiso para leer las oraciones cada mañana y cada tarde aquí en la prisión, y para predicar una vez el domingo, lo cual prefiero hacer por la tarde, cuando no hay sermón en la catedral. Y voy trabando amistad con mis camaradas de presidio tan deprisa como puedo; y escribiré a Londres, por el próximo correo, a la Sociedad para la Promoción del Conocimiento Cristiano, que espero me enviará algunos libros para repartir entre ellos. No escribiría estas cosas desde una cárcel si pensara que Vuestra Ilustrísima me creería menos por estar aquí; donde, si hubiera de dejar mis huesos, bendeciría a Dios y oraría por Vuestra Ilustrísima. De Vuestra Ilustrísima muy obligado y humildísimo servidor, «S. WESLEY».
El buen corazón del arzobispo Sharpe debió de conmoverse ante un hombre capaz de mostrarse tan animoso en semejante situación, de esforzarse por ayudar a sus «camaradas de presidio» sin repugnancia y de mirarlos como el rebaño confiado a su cuidado por aquel tiempo. Le escribió enseguida una respuesta compasiva, le contó los rumores que había oído y le pidió una relación de sus asuntos. El señor Wesley pudo explicarlo todo satisfactoriamente y, después de detallar las falsedades inventadas y propagadas por sus adversarios, añade: —«Mis deudas ascienden a unas 300 libras, que he contraído por una serie de desgracias no desconocidas para Vuestra Ilustrísima. El derrumbe del granero de la casa parroquial antes de haberme repuesto de los gastos de tomar posesión de mi beneficio; el incendio de gran parte de mi casa hace unos dos años, y de todo mi lino el invierno pasado; la caída de mis ingresos casi a la mitad por el bajo precio del grano; la pérdida casi total de mi lino este año, que solía ser la mejor mitad de mis rentas; junto con mi numerosa familia; y el habérseme quitado este regimiento, que había obtenido con tantos gastos y molestias: todo ello me ha aplastado al fin, aunque luché mientras pude. Con todo, espero levantarme de nuevo, como siempre lo he hecho cuando estaba más abajo; y creo que ahora no puedo estar mucho más bajo».
Cómo les iba a la señora Wesley y a la familia en casa lo cuenta él en una carta escrita el 12 de septiembre: —«En cuanto a que acuchillaron a mis vacas de noche, después de mi llegada aquí, hace apenas unas semanas, procurando con ello matar de hambre a mi desamparada familia en mi ausencia, pues por esa causa se secaron todas mis vacas, que eran su principal sustento; aunque, según espero, no lograron matar del todo a ninguna de ellas.
«Hallaron un buen recurso, una vez hecho, para desviar la culpa y apartar de sí el clamor del mundo; y fue esparcir el rumor de que mi propio cebón (un verraco) había causado el daño, aunque al principio dijeron que mis vacas se habían lanzado contra una guadaña y se habían herido ellas mismas.
«En cuanto al cebón, creo que cualquier jurado imparcial lo declararía inocente al oír las pruebas. Eran tres vacas, todas heridas al mismo tiempo, una de ellas en tres lugares; la herida mayor era en la carne, no sesgada sino recta hacia el corazón, al que solo no alcanzó porque se desvió hacia fuera sobre las costillas. Tenía nueve pulgadas de profundidad, mientras que los colmillos del cebón apenas medían dos pulgadas. Todos concluyen, por la anchura y la forma de la abertura, que aquello se hizo con una espada. Esa misma noche arrancaron el picaporte de hierro de mi puerta y astillaron la madera para descorrer el cerrojo, y nadie pensará que fuera con intención de robar a mi familia. Mi perro guardián, que armó un gran alboroto dentro de casa, fue castigado de sobra por su falta de política y de moderación, pues dos días después una mano desconocida casi le cortó la pata. No cualquiera podría soportar estas cosas; pero, bendigo a Dios, a mi esposa le afecta menos sufrirlas que a mí escribirlas, o que, según creo, a Vuestra Ilustrísima leerlas. Ella no es lo que de ella se dice, como tampoco lo soy yo. Creo que fue esta sucia bestia, peor que el jabalí de Erimanto, ya mencionada, la que incendió mi lino frotando sus colmillos contra la pared; pero eso no tuvo gran importancia, pues ahora se dice que solo perdí cinco libras».
No se sabe si el arzobispo de York fue a Epworth a ver por sí mismo el estado de las cosas, o si la señora Wesley se reunió con él en Lincoln o en otro lugar durante el encarcelamiento de su marido, pero lo cierto es que tuvieron una entrevista en la que, entre otras preguntas, él le hizo esta: «Dígame, señora Wesley, ¿le ha faltado alguna vez de verdad el pan?». «Milord», respondió ella, «confesaré con franqueza a Vuestra Ilustrísima que, en rigor, nunca me ha faltado el pan. Pero me ha costado tanto afán conseguirlo antes de comerlo, y pagarlo después, que muchas veces me lo ha hecho muy amargo. Y creo que tener pan en tales condiciones es el grado de miseria más próximo a no tenerlo en absoluto». «Tiene usted toda la razón», replicó el arzobispo, quien al día siguiente hizo a la tan probada esposa del rector un generoso obsequio en dinero.
Cuando el señor Wesley llevaba unos tres meses en prisión, algunos de sus vecinos clérigos y algunos de sus amigos políticos lo ayudaron pagando cerca de la mitad de sus deudas y disponiendo la liquidación de otras. La feliz noticia dio pronto lugar a una carta muy agradecida, en la que contaba al arzobispo lo sucedido y mencionaba otra conmovedora muestra de la abnegación de su esposa: —«MILORD: Castillo de Lincoln, 17 de sept. de 1705.
«Estoy tan lleno de las misericordias de Dios que ni mis ojos ni mi corazón pueden contenerlas. Cuando llegué aquí, mi caudal apenas pasaba de diez chelines, y el de mi esposa en casa apenas llegaba a tanto. Ella me envió enseguida sus anillos, porque no tenía otra cosa con que socorrerme; pero se los devolví, y Dios pronto proveyó para mí. La mayoría de los que han sido mis bienhechores se mantienen ocultos. Pero todos son conocidos de aquel que primero puso en su corazón mostrarme tanta bondad; y ruego a Vuestra Ilustrísima que me ayude a alabar a Dios por ello y a pedir su bendición sobre ellos.
«Hoy he recibido carta del señor Hoar, en la que dice que ha pagado noventa y cinco libras que ha recibido de mi parte. Añade que “un hombre muy importante acaba de enviarle treinta libras más”; no dice su nombre, aunque seguramente debe de ser mi protector.
Siento que camino mucho más ligero, y espero dormir mejor ahora que se han pagado estas sumas, que suponen casi la mitad de mis deudas. Soy mal pedigüeño, y peor aún para dar las gracias con formalidad, pero puedo orar de corazón por mis bienhechores; y espero hacerlo mientras viva, y mientras tanto ruego que se me tenga por el muy obligado, agradecido y humilde servidor de Vuestra Ilustrísima, «SAM. WESLEY».
Poco después, el señor Wesley fue puesto en libertad y volvió a casa, donde vivió con el corazón más ligero en el seno de su familia, y mantuvo una voluminosa correspondencia con su hijo mayor en la Escuela de Westminster.
Capítulo 6 completado
Pruebas y tribulaciones