Susanna Wesley
Enseñanza y formación

Capítulo 5 · 23 min de lectura · 30 min de escucha

Enseñanza y formación

JOHN WESLEY no pudo recordar, desde luego, el comienzo de la labor educativa de su madre, pues empezó antes de que él naciera; pero sin duda conoció sus frutos, ya que ella, con alguna ayuda de su marido en los rudimentos de los clásicos y de las matemáticas, lo preparó para ingresar en la Charterhouse a los once años, con no poco mérito para él y para sus maestros. Años después, él le insistió repetidas veces en que pusiera por escrito todos los detalles para su información, y ella se mostró, por lo visto, algo reacia a hacerlo, pues al final de una carta fechada el 21 de febrero de 1732 dice: «Me repugna mucho escribir cosa alguna sobre mi manera de educar. No creo que a nadie le sirva de nada saber cómo yo, que he llevado una vida tan retirada durante tantos años, solía emplear mi tiempo y mi cuidado en la crianza de mis hijos. Nadie puede observar mi método sin renunciar al mundo, en el sentido más literal; y pocos hay, si es que hay alguno, que quieran consagrar por entero más de veinte años de la flor de la vida con la esperanza de salvar las almas de sus hijos, almas que creen que pueden salvarse sin tanto afán; porque esa fue mi principal intención, por torpe y poco afortunada que haya sido mi manera de llevarla a cabo».

Felizmente, al fin se dejó persuadir, y escribió a su hijo John lo siguiente: «Querido hijo: «Epworth, 24 de julio de 1732.

«Conforme a tu deseo, he reunido las principales reglas que observé al educar a mi familia.

«Desde su nacimiento, los niños fueron sometidos a un régimen ordenado de vida en aquellas cosas de que eran capaces, como vestirse y desvestirse, mudarse la ropa blanca, etc. El primer trimestre suele pasarse durmiendo. Después de eso, si era posible, se los acostaba despiertos en la cuna y se los mecía hasta dormirlos, y se los seguía meciendo hasta la hora de despertar. Esto se hacía para acostumbrarlos a un horario regular de sueño, que al principio era de tres horas por la mañana y tres por la tarde; después, de dos horas, hasta que ya no necesitaban ninguna. Al cumplir un año (y algunos antes) se les enseñaba a temer la vara y a llorar bajito, con lo cual se libraron de muchísimas correcciones que de otro modo habrían recibido; y aquel ruido tan odioso del llanto de los niños rara vez se oía en la casa, sino que la familia vivía de ordinario con tanta quietud como si no hubiera un solo niño en ella.

«En cuanto estaban bastante crecidos, se les limitaba a tres comidas al día. A la hora de comer se ponían su mesita y sus sillitas junto a la nuestra, donde se los pudiera vigilar; y se les permitía comer y beber (cerveza floja) cuanto quisieran, pero no pedir nada. Si querían algo, se lo decían en voz baja a la criada que los atendía, la cual venía a decírmelo a mí; y en cuanto sabían manejar el cuchillo y el tenedor, se los sentaba a nuestra mesa. Nunca se les permitía escoger su comida, sino que siempre se les hacía comer lo que se había preparado para la familia. Por las mañanas tomaban siempre papillas; a veces también por las noches. Pero, fuera lo que fuera lo que tuvieran, nunca se les permitía en esas comidas comer de más de una cosa, y de esa con bastante moderación. Jamás se les consentía beber ni comer entre horas, salvo en caso de enfermedad, cosa que rara vez ocurría. Tampoco se les permitía entrar en la cocina a pedir nada a los criados mientras estos comían: si se sabía que lo habían hecho, de seguro recibían azotes, y los criados eran severamente reprendidos. A las seis, en cuanto terminaba la oración familiar, cenaban; a las siete la criada los lavaba y, empezando por el más pequeño, los desvestía y los tenía a todos acostados a las ocho, y entonces los dejaba despiertos en sus respectivas habitaciones, porque en nuestra casa no se consentía eso de quedarse sentado junto a un niño hasta que se durmiera.

«Estaban tan acostumbrados a comer y beber lo que se les daba, que cuando alguno caía enfermo no costaba nada hacerle tomar la medicina más desagradable; pues no se atrevían a rehusarla, aunque algunos la vomitaban enseguida. Menciono esto para mostrar que a una persona se le puede enseñar a tomar cualquier cosa, por mucho que le repugne al estómago.

«Para formar el ánimo de los niños, lo primero que hay que hacer es vencer su voluntad y llevarlos a un carácter obediente. Instruir el entendimiento es obra de tiempo, y con los niños debe avanzar poco a poco, según lo puedan soportar; pero someter la voluntad es cosa que debe hacerse de una vez, y cuanto antes mejor, porque si se descuida la corrección a tiempo, contraerán una terquedad y una obstinación que casi nunca se vencen después, y jamás sin emplear una severidad que me resultaría tan dolorosa a mí como al niño. En la estima del mundo pasan por bondadosos e indulgentes aquellos a quienes yo llamo padres crueles: los que permiten que sus hijos adquieran hábitos que saben que más tarde habrá que quebrar. Más aún, algunos son tan neciamente cariñosos que, por juego, enseñan a sus hijos a hacer cosas por las que poco después los azotan con severidad. Cuando se corrige a un niño, hay que vencerlo, y eso no será difícil si no se ha vuelto testarudo por exceso de indulgencia. Y cuando la voluntad de un niño está del todo sometida, y se le ha llevado a reverenciar y respetar a sus padres, entonces pueden pasarse por alto muchas tonterías y descuidos propios de la niñez. Unos deben dejarse pasar sin hacerles caso, y otros reprenderse con suavidad; pero ninguna transgresión deliberada debería perdonarse nunca a los niños sin castigo, mayor o menor, según lo requieran la naturaleza y las circunstancias del caso. Insisto en que se venza pronto la voluntad de los niños, porque este es el único fundamento firme y razonable de una educación religiosa, sin el cual tanto el precepto como el ejemplo serán ineficaces. Pero cuando esto se ha hecho a fondo, el niño es capaz de ser gobernado por la razón y la piedad de sus padres, hasta que su propio entendimiento llegue a la madurez y los principios de la religión hayan echado raíz en su mente.

«Aún no puedo dejar el asunto. Así como la voluntad propia es la raíz de todo pecado y de toda miseria, todo lo que la fomenta en los niños asegura su desdicha y su irreligión futuras; todo lo que la frena y la mortifica promueve su felicidad y su piedad venideras. Esto resulta aún más evidente si consideramos además que la religión no es otra cosa que hacer la voluntad de Dios y no la nuestra; y que, siendo esta voluntad propia el gran impedimento para nuestra felicidad temporal y eterna, ninguna concesión a ella puede ser trivial, ni ninguna negación inútil. De esto solo depende el cielo o el infierno; de modo que el padre que se esfuerza por someterla en su hijo colabora con Dios en la renovación y la salvación de un alma. El padre que la consiente hace la obra del diablo: hace impracticable la religión, inalcanzable la salvación, y hace todo cuanto está en su mano por condenar a su hijo, cuerpo y alma, para siempre.

«A nuestros hijos se les enseñaba, en cuanto sabían hablar, el padrenuestro, que se les hacía decir siempre al levantarse y al acostarse; y a esto, conforme iban creciendo, se añadían una breve oración por sus padres, algunas colectas, un catecismo breve y alguna porción de la Escritura, según lo que su memoria pudiera retener. Desde muy temprano se les hacía distinguir el día de reposo de los demás días, antes de que supieran hablar o andar bien. Igual de pronto se les enseñaba a estarse quietos durante la oración familiar y a pedir la bendición inmediatamente después, cosa que solían hacer por señas, antes de que supieran arrodillarse o hablar.

«Muy pronto se les hacía entender que no podían tener nada de lo que pidieran llorando, y se les enseñaba a pedir con buenos modales lo que deseaban. No se les permitía pedir nada ni aun al criado más humilde sin decir: “Por favor, dame tal cosa”; y se reprendía a la criada si alguna vez les dejaba omitir esas palabras.

«Tomar el nombre de Dios en vano, maldecir y jurar, la profanidad, la obscenidad y los apodos groseros y mal educados nunca se oyeron entre ellos; ni se les permitió jamás llamarse unos a otros por su nombre sin anteponer hermano o hermana.

«No se consentía jugar ni hablar en voz alta, sino que todos estaban aplicados a su tarea durante las seis horas de escuela. Y es casi increíble lo que puede enseñarse a un niño en un trimestre con una aplicación decidida, con tal que tenga una capacidad aceptable y buena salud. Exceptuando a Kezzy, todos sabían leer en ese tiempo mejor que la mayoría de las mujeres en toda su vida. No se permitía levantarse del sitio ni salir de la habitación salvo por un buen motivo; y salir corriendo al patio, al jardín o a la calle sin permiso se tuvo siempre por falta gravísima.

«Durante algunos años todo fue muy bien. Nunca hubo niños más ordenados. Nunca hubo niños mejor dispuestos a la piedad, ni más sujetos a sus padres, hasta aquella funesta dispersión de ellos, después del incendio, entre varias familias. Allí se les dejó en plena libertad para tratar con los criados, cosa que antes siempre se les había impedido, y para salir a jugar con cualquier niño, bueno o malo. Pronto aprendieron a descuidar la estricta observancia del día de reposo, y conocieron varias canciones y cosas malas de las que antes no tenían idea. Aquella conducta cortés que, cuando estaban en casa, les ganaba la admiración de cuantos los veían, se perdió en gran medida; y adquirieron un acento pueblerino y muchos modales groseros que no se corrigieron sin alguna dificultad.

«Cuando se reconstruyó la casa y todos los niños volvieron a ella, emprendimos una reforma estricta; y entonces comenzó la costumbre de cantar salmos al empezar y al terminar la escuela, por la mañana y por la tarde. También entonces se estableció un retiro general a las cinco de la tarde, en el que el mayor tomaba al más pequeño de los que sabían hablar, y el segundo al siguiente, y les leían los salmos del día y un capítulo del Nuevo Testamento; así como por la mañana se les mandaba leer los salmos y un capítulo del Antiguo Testamento, tras lo cual hacían sus oraciones privadas antes de desayunar o de reunirse con la familia.

«Entre nosotros se observaban varias normas internas. Las menciono aquí porque las tengo por útiles.

«Primera: se había observado que la cobardía y el miedo al castigo llevan a menudo a los niños a mentir, hasta que adquieren una costumbre que ya no pueden dejar. Para evitarlo, se estableció la ley de que quien fuera acusado de una falta de la que era culpable no recibiría azotes si la confesaba con franqueza y prometía enmendarse. Esta regla evitó muchísimas mentiras, y habría evitado más si uno de la familia la hubiera observado. Pero a él no hubo manera de convencerlo, y por eso se le engañaba a menudo con falsas apariencias y evasivas que nadie, salvo uno, habría empleado si se le hubiera tratado con bondad; y algunos, pese a todo, decían siempre la verdad llanamente.

«Segunda: que ninguna acción pecaminosa, como mentir, hurtar en la iglesia o en el día del Señor, desobedecer, reñir, etc., quedara nunca sin castigo».

(Uno tiene la impresión de que en esta última frase la señora Wesley debió de ser interrumpida, o de que quizá se haya perdido una línea o dos de su carta (que se ha impreso varias veces), porque de ordinario era muy lúcida y precisa en lo que escribía, y sin duda habría considerado pecaminoso hurtar en cualquier día y en cualquier lugar). «Tercera: que nunca se reprendiera ni se azotara a un niño dos veces por la misma falta, y que, si se enmendaba, nunca se le echara en cara después.

«Cuarta: que todo acto señalado de obediencia, sobre todo cuando contrariaba sus propias inclinaciones, se elogiara siempre, y con frecuencia se premiara según los méritos del caso.

«Quinta: que si algún niño realizaba un acto de obediencia, o hacía algo con intención de agradar, aunque no lo hiciera bien, se aceptaran con bondad la obediencia y la intención, y se le enseñara con dulzura a hacerlo mejor en adelante.

«Sexta: que la propiedad (los derechos de propiedad) se respetara invariablemente, y que no se permitiera a nadie invadir la propiedad de otro en lo más mínimo, aunque fuera del valor de un cuarto de penique o de un alfiler, que no podían tomar sin el consentimiento del dueño, y mucho menos contra él. Esta regla nunca se inculcará demasiado en el ánimo de los niños; y de que los padres y los tutores no lo hagan como deben procede ese vergonzoso desprecio de la justicia que podemos observar en el mundo.

«Séptima: que las promesas se cumplieran estrictamente; y que un regalo, una vez dado, y traspasado así el derecho del donante, no se recuperara, sino que se dejara a disposición de aquel a quien se dio, a menos que fuera condicional y no se hubiera cumplido la condición de la obligación.

«Octava: que a ninguna niña se le enseñara a coser hasta que supiera leer muy bien; y que se la mantuviera en su labor con la misma aplicación y durante el mismo tiempo que se le había exigido en la lectura. También esta regla merece mucho observarse, porque poner a los niños a aprender costura antes de que sepan leer perfectamente es la razón misma de que tan pocas mujeres sepan leer de modo que valga la pena oírlas, y nunca de modo que se las entienda bien.

«SUSANNA WESLEY».

En estas ocho reglas halló expresión una naturaleza sabia y generosa, y la última de ellas revela a una mujer que valoraba la mente por encima de la materia. Muy pocos de sus compatriotas, hombres y mujeres, llegan hoy a dominar el arte de leer en voz alta de modo audible e inteligible, como puede comprobarse asistiendo con asiduidad a la iglesia, donde el clérigo corriente farfulla y destroza tanto la liturgia como las lecturas.

Quizá los libros escolares corrientes escaseaban en Epworth —desde luego no sobraba dinero para comprarlos—, o quizá fue por principio por lo que a los hijos de la señora Wesley se les enseñaban hasta las letras y las palabras cortas con el primer capítulo del Génesis, y se les hacía leer perfectamente cada versículo antes de pasar al siguiente. En cuanto se cumplía el quinto cumpleaños, se ponía la casa en orden, y la madre dedicaba las seis horas de escuela de un día entero a enseñar las letras a su alumno más pequeño, con el éxito que ella misma nos ha contado. Debió de disponer de mucho tiempo sin interrupciones para su labor educativa, pues su marido pasaba la mayor parte de sus días en el estudio cuando estaba en casa, y sus hermanos del clero de Lincolnshire lo eligieron tres veces distintas para que los representara en la Convocación. Esto lo llevaba a Londres durante muchos meses seguidos; y aunque el viaje y el gasto de permanecer tanto tiempo en la capital mermaban gravemente su bolsa, la ocupación le era grata y lo mantenía a la vista del público, lo cual facilitaba la venta de sus producciones literarias y le daba ocasión de distinguirse y de tratar con los editores. Durante estas ausencias, la señora Wesley lo tenía todo en sus manos: las tierras de la rectoría, la parroquia y la familia; llevaba las cuentas, hacía lo que podía en lo tocante a las labores del campo —aunque, como su marido, había pasado la juventud en Londres y entre libros, difícilmente podía estar muy versada en nada de esa índole—, mantenía correspondencia con su señor y dueño, e instruía con diligencia a sus hijos.

En la primavera de 1702 parece haber despuntado para los Wesley un pequeño alivio de sus apuros económicos. La «Historia del Antiguo y del Nuevo Testamento, intentada en verso y adornada con trescientos treinta grabados» del rector había aparecido unos meses antes, y sin duda se esperaba que resultara una fuente de considerable provecho. Sin embargo, el dinero entraba muy despacio, y los acreedores apremiaban tanto por lo que se les debía que en marzo el señor Wesley montó una vez más a caballo y cabalgó hasta Londres en busca de ayuda. Su llamamiento halló respuesta en varios lugares, pues el deán de Exeter le dio diez libras, el arzobispo de Canterbury diez guineas, el marqués de Normanby veinte y la marquesa cinco. Unas pocas sumas pequeñas más elevaron el total a sesenta libras, y el buen hombre volvió a casa lleno de alegría con ellas, saldó por completo algunas deudas y parte de otras, y se guardó diez libras para los gastos de recoger la cosecha. No hay por qué suponer necesariamente que este dinero se le dio por pura y simple caridad, porque publicar era entonces, como ahora, un proceso costoso, y los autores sin capital lo lograban por suscripción. Es muy posible que el marqués, el arzobispo y otros hubieran prometido sus suscripciones sin haberlas pagado, de modo que el señor Wesley quizá solo cobró dinero que en justicia se le debía.

Pero la pérdida y la pobreza lo perseguían, porque el verano fue caluroso y el techo de paja de la rectoría se resecó mucho, y quizá la chimenea de la cocina necesitaba deshollinarse. Sea como fuere, cayeron sobre él unas chispas y, aunque la casa no ardió por completo, se hizo mucho daño. Debió de ocurrir o cuando Anne tenía muy pocas semanas o poco antes de que naciera. El señor Wesley dio cuenta de ello por escrito a su bondadoso y fiel amigo el arzobispo de York, a quien había empezado una carta el 25 de julio, escribiendo solo la fecha y las palabras «Milord». Esa misma hoja de papel quedó en parte quemada y mojada con el agua que apagó las llamas; pero como se salvó, junto con otros libros y papeles, la carta se terminó finalmente en ella y se envió al doctor Sharpe.

«El que nace para poeta tiene, me temo, que vivir y morir pobre, porque el último día de julio de 1702 se declaró un incendio en mi casa, por unas chispas que prendieron en la paja en este tiempo seco, y consumió como dos terceras partes de ella antes de que pudiera apagarse. Yo estaba en el extremo bajo del pueblo visitando a un enfermo, y de allí fui a casa de R. Cogan. Cuando volvía, me trajeron la noticia. Tomé uno de sus caballos, subí a galope y supe por el camino que mi mujer, mis hijos y mis libros se habían salvado, por lo cual sea Dios alabado, así como por lo que se ha llevado. Estaban todos juntos en mi estudio, y el fuego debajo de ellos. Cuando se declaró, ella tomó a dos de los niños en brazos y corrió a través del humo y del fuego; pero una de ellas quedó olvidada con las prisas, hasta que la otra lloró por ella, y los vecinos entraron corriendo y la sacaron a través del fuego, como hicieron con mis libros y la mayor parte de mis bienes; entre ellos este mismo papel, que encontré después al revisar lo que se había salvado.

«Veo que es cierta felicidad haber sido desgraciado, porque mi ánimo está tan embotado por las desgracias anteriores que esta apenas me ha hecho mella. Seguiré adelante, con la ayuda de Dios, a recoger mi título (¿diezmo?); y cuando lo tenga, a reconstruir mi casa, pues al fin he acomodado a mi familia, aunque apretada, en lo que queda, y no echo en falta muchos de mis bienes».

Hay una historia sobre este periodo de la vida de la señora Wesley que, aunque se apoya en la autoridad de su hijo John, tiene que ser un error o una exageración; y, como el hecho relatado ocurrió antes de que él naciera, él, naturalmente, solo lo repitió de oídas y no por conocimiento personal. Viene a decir que la señora Wesley, que nunca había considerado a Guillermo de Orange como el legítimo soberano de Inglaterra, no se unía a la oración por el rey cuando su marido la leía en el culto familiar. Él le preguntó el motivo, y recibió una exposición clara y completa de sus ideas políticas; a lo cual replicó acaloradamente: «Sukey, si es así, tú y yo tenemos que separarnos; porque si tenemos dos reyes, hemos de tener dos camas», y declaró que, a menos que ella renunciara a sus opiniones, no seguiría viviendo con ella. Tanto se tomó a pecho su obstinación, según la historia, que salió de la habitación sin decir palabra, se retiró a su estudio y en el curso del día partió a caballo hacia la Convocación sin despedirse ni tener más trato con ella. Permaneció en Londres un año sin escribirle, y solo volvió tras el ascenso al trono de la reina Ana. Entre los dos no podía haber disputa sobre el derecho de esta a reinar, de modo que se reanudaron los hábitos ordinarios de la vida, y John Wesley fue el primer hijo que nació después. Así cuenta la historia; pero es evidentemente errónea, pues, en primer lugar, ni las fechas dadas ni los hechos mencionados encajan; y, en segundo lugar, John Wesley nació el 17 de junio según el calendario antiguo, o el 28 según el nuevo, de 1703, cuando su hermana Anne tenía doce meses; de modo que el relato de la ausencia de su padre durante todo un año se viene abajo. La fuerza y la tenacidad de los sentimientos políticos de la señora Wesley se ven en algunos pasajes de sus «Escritos ocasionales», redactados dos o tres años más tarde. El país estaba en guerra, y el objeto de las campañas de Marlborough era quebrar el poder de Francia, aunque había algunos abogados de su causa que declaraban que su fin y propósito era la preservación del protestantismo. «En cuanto a la seguridad de nuestra religión», escribe, «la tengo por un pretexto para la guerra aún más injustificable que el otro. Porque, por mucho que se persuadan de lo contrario algunos hombres de un temperamento singular, soy de la opinión de que, así como el reino de nuestro Salvador no es de este mundo, nunca es lícito tomar las armas meramente en defensa de la religión. Es como la presunción de Uza, que con audacia extendió la mano para sostener el arca que se tambaleaba; lo cual me trae a la memoria aquellos versos de un poeta nada malo: — En tal causa es fatal embarcarse, como el osado judío que sostuvo el arca al caer; con mano no autorizada se atrevió a acercarse, y, aunque fuera para salvarla, tocarla fue la muerte.

Y en verdad el éxito de nuestras armas hasta ahora en modo alguno ha justificado nuestra empresa; pues aunque Dios no parece haber favorecido mucho a nuestros enemigos, tampoco ha bendecido del todo a nuestras fuerzas. Pero aunque a menudo se dan muchas razones para una acción, de ordinario hay una sola razón verdadera que determina nuestra conducta, y esa, en este caso, la tengo por el afán de proteger a quienes fueron los instrumentos de la Revolución del resentimiento de su señor airado, e impedir su regreso, asegurando la sucesión en un heredero. Si hicieron bien en arrojar a un príncipe de su trono hereditario, lo dejo al juicio de sus propias conciencias; aunque no sé cómo pensar que un rey de Inglaterra pueda tener jamás que rendir cuentas a sus súbditos por un mal gobierno o un abuso de poder. Antes bien, así como recibe su poder de Dios, solo a él ha de responder del uso que haga de él. Con todo, establezco una gran diferencia entre los que entraron en una confederación contra su príncipe y los que, sin saber nada de la maquinación, y por consiguiente sin consentir en ella, se limitaron a someterse al gobierno presente, lo cual me parece ser la ley de la nación inglesa, el deber de los cristianos particulares y el caso de la generalidad de este pueblo. Pero si orar por un usurpador, y justificar sus usurpaciones una vez que ocupa el trono, no es participar de sus pecados, es cosa fácil de determinar». Parece también que, cuando se proclamó y guardó un día nacional de ayuno, la señora Wesley se quedó en casa en vez de ir a la iglesia, y justifica así su proceder: «Puesto que no estoy convencida de la licitud de la guerra, no puedo implorar una bendición sobre nuestras armas hasta tener la opinión de alguien más sabio y juez más competente que yo en este punto, a saber: si una persona particular que no tuvo parte en el comienzo de la guerra, sino que siempre la desaprobó, puede, no obstante, implorar sobre ella la bendición de Dios y orar por el buen éxito de unas armas que fueron tomadas, a mi juicio, ilícitamente. Entretanto, considero mi deber, ya que no puedo unirme al culto público, emplear el tiempo que otros dedican a él en humillarme delante de Dios por mis pecados y los de la nación; y en suplicarle que perdone a esa tierra culpable, en la que hay muchos miles que son, no obstante, relativamente inocentes, y que no haga morir al justo con el impío, sino que ponga fin al derramamiento de sangre cristiana y, a su buen tiempo, nos devuelva la bendición de la paz pública. Así pues, puesto que no me ausento de la iglesia por desprecio alguno a la autoridad, ni por vana presunción de mi propia bondad, como si no necesitara una humillación solemne, y puesto que procuro, según mi pobre capacidad, humillarme delante de Dios, y deseo ardientemente que él dé a esta guerra un desenlace tal que contribuya lo más eficazmente posible a su propia gloria, espero que no se me impute como pecado, sino que plazca a Dios Todopoderoso, de un modo u otro, aquietar mis escrúpulos, aceptar mis honradas intenciones y perdonar mis muchas flaquezas».

Probablemente uno o dos meses antes del nacimiento de John, Samuel, el hijo mayor, fue puesto en la escuela del señor John Holland, en Epworth, para que no hubiera interrupción ni pérdida de tiempo en su preparación para la escuela de Westminster; y fue el único de los hermanos que, al ingresar en una escuela pública, recibió alguna ayuda aparte de la que podían darle sus padres. John era probablemente un niño delicado, pues su padre lo bautizó cuando tenía solo unas horas de vida. Recibió los nombres de John Benjamin, por dos niños (el décimo y el undécimo hijo) que lo habían precedido y habían muerto en la infancia. Fue el único de la familia que tuvo un segundo nombre, y nunca se usó, pues en casa lo llamaban simplemente Jack o Jacky, y jamás firmó de otro modo que con un sencillo John.

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