Capítulo 4 · 10 min de lectura · 13 min de escucha
Los últimos años de matrimonio
FUE a comienzos de 1697 cuando los Wesley se trasladaron a Epworth, en el extremo opuesto del condado de Lincoln, que, aunque solo era una pequeña villa con mercado y unos 2.000 habitantes, era la población principal de la isla de Axholme, una comarca de diez millas de largo por cuatro de ancho, cercada por los ríos Trent, Don e Idle. La iglesia es una construcción antigua, dedicada a San Andrés, y la rectoría era en aquel tiempo un palacio comparada con la «choza de barro» de South Ormsby. No era una casa de ladrillo ni de piedra, sino un edificio de madera y yeso de tres plantas y cinco hastiales, con techumbre de paja, que contenía «una cocina, un vestíbulo, una sala, una despensa y tres grandes aposentos en el piso alto y algunos otros para uso común; y, asimismo, un pequeño jardín», además de un gran granero, un palomar y un secadero de cáñamo. Los niños tenían ahora espacio de sobra para corretear, y también para estar a gusto y cómodos dentro de casa; pero había derechos que pagar al tomar posesión del beneficio, muebles que comprar para la casa más grande y, como el nuevo rector decidió cultivar él mismo las tierras de la parroquia, aperos y ganado para aquella labranza peor que de aficionado, para la que un hombre de libros criado en la ciudad era de todo punto inepto. El señor Wesley, que ya tenía deudas, pidió prestadas cien libras al obispo de Salisbury, y como no bastaron, antes de quedar bien instalado tuvo que pedir prestadas otras cincuenta. Los intereses y la devolución de estas sumas le pesaron como una piedra de molino atada al cuello durante el resto de su vida.
Apenas se había instalado la familia en Epworth cuando nació Mehetabel, la quinta hija, y casi al mismo tiempo la señora Wesley supo de la muerte de su dulce hermana mayor Elizabeth, la esposa de John Dunton. Los Dunton habían seguido siendo enamorados hasta el día de la muerte de ella, y el esposo afligido declaró que en los quince años de su unión no había mediado entre ellos ni una mirada de enojo. Ella le había llevado los libros y la caja, siempre tomó parte activa en su negocio y, a pesar de cuidados y preocupaciones, ni una sola vez llegó él a casa y la encontró de mal humor. Lo cuidó con abnegación en la enfermedad, y cuando pareció posible que emigraran a América para establecerse allí en el comercio, consintió en el viaje, asegurando alegremente a su «corazón más querido» que con gozo iría a reunirse con él, y añadiendo: «Te aseguro, querido mío, que tú solo eres toda la riqueza que deseo; y si alguna vez tengo la dicha de volver a gozar de tu compañía, viajaré hasta el último rincón del mundo antes que separarme otra vez de ti. . . . Prefiero tener tu compañía con pan y agua que disfrutar sin ti de las riquezas de ambas Indias». En otra carta dice: «Te lo ruego, querido mío, muéstrame tu amor cuidando de ti mismo. Procúrate ropa de abrigo, chalecos de lana, y cómprate una capa. Ten buen ánimo; que no te falte nada; no dudes de que Dios proveerá para nosotros». Parece haber sido proverbial en su propia generación por esa bondad y amabilidad naturales que, por desgracia, no siempre van de la mano con la piedad más sincera.
La señora Wesley había sido muy feliz con la amistad fraternal que existía entre su propio marido y su hermana y el señor Dunton, y sintió profundamente la pérdida. El señor Wesley escribió el epitafio que se grabó en la tumba de la señora Dunton en Bunhill Fields, y, aunque era costumbre de la época atribuir todas las virtudes habidas y por haber a aquellos para quienes se escribían epitafios, se reconoció de común acuerdo que cada palabra era verdad: «¡Urna sagrada! A ti confiamos este querido montón de polvo sepultado; conoce tu encargo y guárdalo bien hasta que se descorra la puerta de bronce de la muerte;
hasta que el ángel le mande levantarse y traslade al Paraíso a una esposa complaciente, tierna y sabia;
una amiga para consolar y aconsejar;
virtud apacible como el aliento del Céfiro;
piedad que sonrió en la muerte;
Tal esposa y tal amiga todos la lloran y todos la alaban.
Más que nadie, oprimido por cuidados que lo consumen, aquel que la conoció y la amó más;
quien compartió su leal corazón, el que allí reinó sin rival, y no dará tregua a los suspiros hasta morir, para vivir con ella.
O, si más quisiera abarcar, aquí yace sepultada Eliza.
Las dos hermanas se consideraban muy parecidas tanto en el físico como en el carácter, de modo que todo lo que se cuenta de la señora Dunton arroja una luz lateral sobre la personalidad de la propia señora Wesley.
El señor Wesley había asistido a la boda de los Dunton y les había regalado entonces un «Epitalamio» que era todo palomas y amores, Cupidos e Himeneos. Evidentemente tenía la astuta sospecha de que el librero viudo no estaba hecho para vivir solo, pues en la carta en que adjuntaba el epitafio comenta con malicia que espera que llegue antes de que haga falta otro Epitalamio. El señor Dunton volvió, en efecto, a casarse antes de seis meses, y el señor Wesley rompió su trato con él tan precipitadamente como lo habría hecho el doctor Primrose en las mismas circunstancias. Él mismo nunca fue probado de igual modo, pues la señora Wesley le sobrevivió; pero, a juzgar por lo que sabemos de su carácter, es más que probable que no hubiera vivido mucho tiempo sin esposa de haber tenido la desgracia de perder a su fiel compañera.
Lo más probable es que fuera al instalarse en Epworth cuando la señora Wesley se enfrentó al problema de la educación de sus hijos. De no haberlo hecho, sus hijas habrían crecido en la ignorancia, pues nunca habría habido fondos con que enviarlas a la escuela. Por los varones se habrían hecho naturalmente esfuerzos denodados, pues el padre consideraba la educación, y en una escuela pública, una condición sine qua non, y habría movido cielo y tierra para procurársela. La señora Wesley era una mujer serenamente práctica que, teniendo mucho que hacer, hallaba tiempo para todo a fuerza de una energía y una laboriosidad incansables y de un hábito mental metódico. Era imposible, desde luego, enseñar a su hijo mayor hasta que supo hablar, pero en cuanto empezó a hacerlo, ella comenzó a instruirlo.
Fue un proceso rápido y agradable, pues ella escribió que «tenía una memoria tan prodigiosa que no recuerdo haberle dicho dos veces la misma palabra. Y lo que era más extraño: cualquier palabra que hubiera aprendido en su lección la reconocía dondequiera que la viese, ya fuera en su Biblia o en cualquier otro libro, por cuyo medio aprendió muy pronto a leer bien a un autor inglés». Durante unos dos años Samuel fue su único alumno, y a raíz de su experiencia con él nunca intentó enseñar el alfabeto a ninguno de sus hijos hasta que cumplían los cinco años, aunque la menor de todos, Kezia, aprendió las letras antes de esa edad. Su madre lo lamentó y dijo que no había sido cosa suya, pero la lectura debía de estar en el ambiente. El noveno hijo de la señora Wesley nació en Epworth en 1698, pero, como los registros parroquiales fueron destruidos por un incendio, no se sabe si fue niño o niña. Este hijo murió muy pronto, y el siguiente que llegó a la familia fue un John, seguido al año siguiente por un Benjamin, y ambos murieron en la infancia.
Parece que durante la primera parte de su estancia en Epworth la anciana madre del señor Wesley vivió con él y fue, probablemente, una valiosa ayuda para la joven esposa, que siempre tenía un bebé en camino y con frecuencia estaba confinada en su cuarto y su lecho hasta seis meses seguidos; aunque, como rara vez tenía más de una criada para todo, debía de ocuparse de los niños aun en sus momentos de mayor debilidad, y fue esta tensión perpetua de mente y cuerpo la que tanto contribuyó a su flaqueza.
El 16 de mayo de 1701, marido y mujer celebraron consejo. El dinero escaseaba terriblemente y hacía falta carbón, pues, aunque era casi verano, no convenía quedarse sin fuego cuando de un momento a otro se esperaba otro hijo. Reunieron hasta el último penique, pero entre los dos no lograron juntar más que seis chelines. Mandaron por el carbón, pero los bolsillos quedaron vacíos. El jueves por la mañana hubo una feliz sorpresa. El bondadoso arzobispo Sharpe, que sabía cuánto apretaba la pobreza a la familia de Epworth y estaba al tanto de las deudas y de lo mucho que trabajaba el rector forjando a golpe de ingenio rimas y prosa para los editores de Londres, habló de él a varios miembros de la nobleza e incluso apeló en su favor a la Cámara de los Lores. La condesa de Northampton, conmovida por el relato de tantas privaciones, dio veinte libras para los protegidos del arzobispo, diez de las cuales, a petición del señor Wesley, quedaron en manos de su ilustrísima para la anciana señora Wesley, y las otras diez se enviaron en mano al rector, y llegaron la misma mañana en que se encontraba sin un penique. El dinero no llegó ni una hora antes de tiempo, pues esa misma noche nacieron mellizos, un niño y una niña. Al anunciar el acontecimiento al arzobispo, el señor Wesley escribió: «Anoche mi esposa me trajo unos cuantos hijos. Por ahora no son más que dos, un niño y una niña, y creo que de momento son todos; hemos tenido cuatro en dos años y un día, tres de los cuales viven».
Ni los mellizos ni el niño que los precedió sobrevivieron muchos meses, y en 1702 nació Anne; y como la madre tenía ahora, por milagro, un solo bebé entre manos, y la pequeña Mehetabel, o Hetty, como la llamaban, había alcanzado la digna edad de cinco años, la señora Wesley empezó a llevar una escuela regular con su familia durante seis horas al día, y la mantuvo durante veinte años, con solo las pocas interrupciones inevitables que causaban sus sucesivos partos y un incendio en la rectoría.
Lo paciente que era al enseñar quedó patente un día en que su marido tuvo la curiosidad de sentarse a su lado y contar mientras ella repetía lo mismo a uno de los niños más de veinte veces. «Me asombra tu paciencia —dijo él—; le has dicho a esa criatura lo mismo veinte veces». «Si me hubiera contentado con decírselo solo diecinueve veces —respondió ella—, habría perdido todo mi trabajo. Fue la vigésima vez la que lo coronó».
La señora Wesley no parece haber tenido en mucho su propio sistema de educación, pero no podía consentir que sus hijos crecieran asilvestrados, y no podía costear institutrices, preceptores ni escuelas. La única manera de instruirlos era hacerlo ella misma, y, mientras ellos estaban reunidos tranquilamente a su alrededor con sus tareas, ella manejaba la aguja, llevaba las cuentas de las tierras de la parroquia, escribía sus cartas y atendía a su bebé con mucha más calma y comodidad de lo que habría podido si la pequeña tropa hubiera andado corriendo por ahí y haciendo travesuras ruidosas. Fue a petición de su hijo John, ya hombre de treinta años, y quizá con sus propias aspiraciones a la vida de familia, cuando ella puso por escrito los detalles de cómo crio y enseñó a sus hijos, y ese testimonio se ofrece mejor con sus propias palabras.
Capítulo 4 completado
Los últimos años de matrimonio