Susanna Wesley
Juventud y matrimonio

Capítulo 2 · 8 min de lectura · 11 min de escucha

Juventud y matrimonio

Fueran cuales fueran las habilidades que pudieran faltarle a Susanna Annesley, dominaba a la perfección un inglés castizo, tenía facilidad de palabra, abundante sentido común y ese don para escribir cartas que, según se dice, desapareció del mundo con la introducción del correo de a penique. Probablemente conocía el francés lo bastante como para leer autores sencillos; pero a una edad en que una muchacha de sus años y su capacidad debería haber estado leyendo literatura, parece que se dedicaba a estudiar las cuestiones religiosas del momento. Es cierto que estas ocupaban todas las mentes, pero es igualmente cierto que su padre, el doctor Annesley, había dejado de lado la controversia y no añadió ni un solo panfleto al inmenso ejército de ellos que invadió el mundo en aquella época. Era un hombre liberal y de amplias miras, y no puede aducirse prueba más fuerte de ello que el hecho de que a su hija menor, antes de cumplir los trece años, se le concediera tanta libertad de conciencia que eligió deliberadamente unirse a la Iglesia de Inglaterra antes que permanecer entre los no conformistas, con quienes su padre había echado su suerte.

Quizá él simpatizaba con ella; en todo caso, ni se lo reprochó ni se lo impidió. Hasta el fin de su vida ella siguió siendo su hija predilecta, y fue a su cuidado a quien confió los papeles de la familia, que por desgracia fueron destruidos en el incendio que muchos años después arrasó la casa parroquial de Epworth. Entre los muchos visitantes de la hospitalaria casa de Spital Yard estaba Samuel Wesley, descendiente de un largo linaje de «caballeros y eruditos», como los llamó uno de sus nietos. Era alumno interno de la academia disidente del reverendo Edward Veal en Stepney, y un estudiante prometedor con una pluma ágil. La genealogía de su familia se remontaba a los días de Athelstan, cuando eran gente de cierto renombre, probablemente los restos de una buena y antigua estirpe venida a menos. Estaban ligados a los condados de Devon y Somerset y siempre emparentaban con las mejores familias; algunos de ellos combatieron en Irlanda y adquirieron allí propiedades. Basta añadir que lord Mornington, el duque de Wellington, sir Robert Ker Porter y sus hermanas, las famosas novelistas, figuraban entre sus parientes, para mostrar que muchos y raros talentos y una enorme energía eran dones hereditarios. Samuel Wesley era hijo del reverendo John Wesley, que había sido vicario de Winterborn Whitchurch, en Dorsetshire, uno de los clérigos expulsados, y nieto del reverendo Bartholomew Wesley, que se casó con Ann Colley, de Castle Carbery, en Irlanda, y era el tercer hijo de sir Herbert Wesley y de su esposa y prima Elizabeth Wesley, de Dangan Castle, en Irlanda. Estos pocos datos bastarán probablemente para dejar claros a la mayoría los puntos principales de las relaciones familiares y de sus inclinaciones.

Samuel Wesley había sido desde su juventud un gran trabajador, y como durante muchos años su educación no tomó el rumbo que él deseaba, se las arregló para ganarse por sí mismo la formación universitaria imprescindible para un erudito. Los cimientos de una educación liberal se pusieron en la Escuela Libre de Dorchester, donde permaneció hasta cerca de los dieciséis años, cuando murió su padre, dejando a la viuda y a la familia en circunstancias muy pobres. Los amigos disidentes de ambos padres se ofrecieron entonces a ayudar y consiguieron para el prometedor hijo mayor una beca de treinta libras al año, reunida entre ellos mismos, y lo enviaron a Londres, a la escuela del señor Veal en Stepney, donde estuvo un par de años.

Hay dos cosas casi inseparables de una gota de sangre irlandesa, al menos en las clases altas y cultivadas: una facilidad asombrosa para emborronar papel y una afición impetuosa a enzarzarse en pequeñas controversias. Ambas salieron pronto a la luz en Samuel Wesley, pues enseguida se aficionó a la rima y a la polémica de partido, y agradó tanto a sus protectores que estos imprimieron buen número de sus ocurrencias ingeniosas. El doctor Owen, que quizá temía que la embriaguez de verse impreso lo llevara a descuidar estudios más serios, le dio algunos consejos sensatos. Aconsejó al joven que se dedicara al saber crítico, y doró la píldora con una gratificación de diez libras al año como premio a su buena conducta y a sus progresos. A causa de los continuos procesos de los magistrados, el señor Veal se vio obligado a cerrar su establecimiento, y su listo y joven alumno pasó al del señor Charles Morton, maestro en Artes, de Newington Green, que entonces era el primero entre los centros de enseñanza disidentes. La madre de Samuel Wesley y una tía soltera parecen haberse trasladado a Londres, y con ellas estableció su hogar. Se le abrieron trabajo literario y remuneración, pues se le encargó traducir algunas obras de John Biddle, considerado el padre de los unitarios ingleses; pero se dice que, como en conciencia no podía aprobar su tendencia, abandonó el asunto.

La pasión por escribir sátiras, sin embargo, seguía siendo fuerte, y la avivó aún más su encuentro en casa del doctor Annesley con John Dunton, el librero, que por entonces cortejaba a Elizabeth Annesley. Los dos se hicieron firmes amigos, como no es raro cuando un editor rico conoce a un joven de talento literario cuya vena particular corre paralela al gusto de la época. Desde ese momento sus ganancias literarias contribuyeron en gran medida a su sustento, y las necesitaba, porque empezaba a estar descontento con los disidentes y a encontrar defectos en sus doctrinas. El doctor Owen deseaba que él y algunos otros se graduaran en una de las universidades inglesas, con la idea de que pronto podría cambiar la marea y permitirse a los disidentes obtener los grados ordinarios; pero la idea de que alguno de ellos pudiera renegar de los principios no conformistas no parece haber pasado por la cabeza del buen hombre. Parece también que un «reverendo y digno» miembro de la familia Wesley vino a Londres desde muy lejos y conversó seriamente con su joven pariente en contra del «cisma disidente»; así que es probable que varias influencias se combinaran para inducir a Samuel, a la edad de veintiún años, a dejar a sus amigos no conformistas y unirse a la Iglesia de Inglaterra. Además, había decidido ir a Oxford y, como joven de carácter, difícilmente podía desear verse estorbado y frustrado en su carrera universitaria por entrar en aquella morada del saber sin pertenecer a la Iglesia establecida. Era la reacción del estado de ánimo en que había escrito pullas y sátiras del lado contrario de la cuestión, y las cicatrices de la persecución y la controversia eran aún demasiado recientes para que los amigos que hasta entonces habían seguido su carrera pudieran reflexionar que «nuestros pequeños sistemas tienen su día» y al fin «dejan de ser».

Los corazones son los mismos en todos los siglos, y, considerando que Susanna Wesley era algunos años más joven que su futuro marido, uno no puede evitar pensar que Cupido tuvo algo que ver con el cambio de opiniones que ella declaró tan temprano en su adolescencia, y que su padre, bondadoso y de buen corazón, sospechaba algo de la verdad y no tenía nada que objetar.

Samuel Wesley no quiso afrontar la oposición de los suyos; así que se levantó antes del alba una mañana de agosto de 1683 y, con cuarenta y cinco chelines en el bolsillo, fue a pie hasta Oxford, donde se inscribió como servitor en el Exeter College. Allí se mantuvo dando clases, escribiendo ejercicios y cosas semejantes que los estudiantes ricos eran demasiado perezosos para hacer por sí mismos (una práctica que no debería haber consentido), con cualquier encargo literario que Dunton pudiera ponerle en las manos, y reuniendo y publicando en un volumen sus diversas rimas y poemas dispersos, que al parecer más que cubrió sus propios gastos. Aprobó sus diversos exámenes con honra, y en junio de 1688 obtuvo el grado de bachiller en Artes. El hecho de que fuera el único estudiante de Exeter que alcanzó esa distinción, bastante modesta, aquel año no dice mucho de la capacidad ni de la diligencia de sus compañeros en conjunto.

Samuel Wesley dejó Oxford justo cuando Jacobo II había publicado su nueva Declaración de Indulgencia, que el clero en su mayor parte se negó a leer en sus iglesias, mientras que el arzobispo Sancroft y seis de sus sufragáneos protestaron y por ello fueron encarcelados en la Torre. Así sucedió que, en la ausencia forzosa del obispo de Londres, Samuel Wesley recibió las órdenes de diácono de manos del doctor Sprat, obispo de Rochester. El curato que le sirvió de título valía solo veintiocho libras al año; pero no permaneció en él más de doce meses, al cabo de los cuales fue ordenado presbítero por el doctor Compton, obispo de Londres, en St. Andrew's, Holborn, el 24 de febrero de 1689, exactamente doce días después de que Guillermo y María hubieran sido proclamados soberanos de Gran Bretaña. Se dice que escribió e imprimió el primer panfleto que apareció en apoyo del nuevo gobierno. Es posible que esto le valiera el nombramiento de capellán a bordo de un buque de guerra, donde era relativamente rico con setenta libras al año y tenía tiempo libre para escribir bastante, tiempo que empleó sobre todo en componer un curioso poema sobre la vida de Cristo.

Lo más probable es que estuviera deseoso de estar en Londres, pues pronto renunció a la capellanía y volvió a ser coadjutor en la capital, con unos ingresos de treinta libras, que duplicaba con su pluma. El dinero valía entonces mucho más que ahora, pero aun así no era muy prudente casarse con una suma tan exigua; mas los enamorados tienen tanta fe el uno en el otro que él y Susanna Annesley no parecen haber tenido recelo alguno, sino que se dieron palabra de matrimonio en la primavera de 1689. No se sabe en qué iglesia se casaron ni quién los casó, pero se cree que el nuevo hogar de la novia estaba en unas habitaciones cerca de Holborn.

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