Capítulo 1 · 11 min de lectura · 14 min de escucha
Nacimiento y ascendencia
Los ejércitos de la Iglesia militante en todo el mundo nunca tuvieron mejor general que John Wesley. El instinto militar vibraba con fuerza en cada fibra de su mente aguda y de su cuerpo enjuto y resistente, y su genio para la organización probablemente ha tenido mucho más que ver que cualquiera de las doctrinas que inculcó con mantener a las huestes del metodismo en vigoroso orden de marcha durante los últimos ciento cincuenta años. Tenía además el don de una elocuencia magnética, que arrastraba a los hombres tras él como las multitudes siguieron a Pedro el Ermitaño, y que exigía la entrega de uno mismo como lo hizo la enseñanza de Ignacio de Loyola. Era un líder nato, que iba derecho a su objetivo y lo alcanzaba por la fuerza de su superioridad personal. Hizo de su hermano Charles un lugarteniente muy eficaz; de no haber sido por John, Charles probablemente habría llevado una vida tranquila y piadosa, y habría sido un párroco diligente y decoroso, con un toque de erudición, como su padre antes que él. Hombres como John no nacen en cada generación, y cuando surgen suelen ser el fruto de un linaje que ha mostrado talento en casos aislados, pero que nunca antes había concentrado toda su fuerza en un solo vástago.
En la historia de un linaje así siempre hay ciertos anuncios del profeta, sacerdote o vidente que ha de venir, y por eso las vidas de sus antepasados encierran el más profundo interés. Los muchachos suelen reproducir vivamente los rasgos de sus madres; así que es en la persona de Susanna Wesley donde debemos buscar las fuentes ocultas de la energía sin límites y de la amplitud de mente que hicieron que su hijo destacara tanto como hombre notable entre sus semejantes. De no haber sido por él, es probable que su memoria se hubiera perdido, pues, a ojos de los de fuera, no era más que la esforzada esposa de un pobre párroco rural, con la proverbial aljaba llena de hijos, unos ingresos escasos y un caudal indomable de lo que se llama justo orgullo. Era la vigésima quinta y la menor de las hijas de su padre, el doctor Samuel Annesley, y de su segunda esposa, y nació en Spital Yard el 20 de enero de 1669. Por ambas ramas de la familia era de cuna noble. El padre de su madre, John White, nacido en Higlan, en Pembrokeshire, se graduó, como tantos otros galeses, en el Jesus College de Oxford; después estudió en el Middle Temple y llegó a ser miembro de su junta de gobierno. Probablemente era un abogado sólido y un hombre próspero, pues sabemos que tenía buen número de clientes puritanos, y en 1640 fue elegido miembro del Parlamento por Southwark. En la Cámara se le conocía como un miembro activo y combativo del partido opuesto al rey Carlos I, y parece haber tenido una parte considerable en los procedimientos que condujeron a la muerte de aquel desdichado monarca. No fue en absoluto callado ni pasivo cuando se discutía el episcopado, y de buena gana habría visto abolidos los oficios de diácono, presbítero y obispo. Fue presidente del Comité de Religión, y en ese cargo tuvo que examinar los casos de cien clérigos que llevaban vidas escandalosas. Publicó esos casos en un volumen en cuarto de cincuenta y siete páginas, del que puede verse un ejemplar en el Museo Británico con el título de The First Century of Scandalous and Malignant Priests (La primera centuria de sacerdotes escandalosos y malignos). El señor White fue también miembro de la Asamblea de Teólogos de Westminster; y entre la agitación y la inquietud de aquellos tiempos, su celo natural y el ardor del espíritu de partido, se consumió a la edad, relativamente temprana, de cincuenta y cuatro años, y fue sepultado con no poca ceremonia en la iglesia del Temple el 29 de enero de 1644. Sobre su tumba se colocó una lápida de mármol con esta inscripción: «Aquí yace un John, antorcha que ardía y alumbraba, cuyo nombre, vida y obras, todo fue White (blanco)».
Sin duda era a este bisabuelo materno a quien aludía Charles Wesley muchos años después, cuando su hija Sally se negó a creer que los reyes reinaran por derecho divino; y, enojado por su rebeldía, exclamó: «¡Os aseguro que la sangre rebelde de alguno de sus antepasados corre por sus venas!».
El doctor Annesley era también de linaje aristocrático, y lo parecía de pies a cabeza. Su padre y el conde de Anglesey de aquel tiempo eran primos hermanos, pues sus padres eran hermanos. Samuel Annesley fue hijo único, y recibió el nombre de pila que se ha transmitido a tantos de sus descendientes a petición de una santa abuela que fue llamada a su descanso antes de que él naciera. Nació en 1620 en Haseley, en Warwickshire, y heredó una fortuna considerable. Tuvo la desgracia de perder a su padre cuando tenía solo cuatro años, y lo crió su madre, que parece haber sido una mujer sumamente piadosa. Hay que recordar que la religión era la cuestión candente del momento y que el puritanismo estaba en su apogeo, aunque había muchas personas piadosas y ejemplares en el bando contrario, el que hoy llamaríamos de la Alta Iglesia. El joven Annesley ingresó en el Queen's College de Oxford a los quince años, se desempeñó bien allí y a su debido tiempo obtuvo el grado de maestro en Artes. Cuando tenía veinticuatro años y había elegido deliberadamente la Iglesia como profesión, los asuntos de la nación habían llegado a una crisis. Carlos I había declarado la guerra al Parlamento, y su reina había zarpado de Dover con las joyas de la corona, con la esperanza de venderlas y procurar así municiones de guerra para el esposo a quien tan profundamente amaba. El partido realista abandonó sus escaños en la Cámara de los Comunes, ante lo cual los miembros que quedaban cerraron filas, alistaron la milicia y nombraron al conde de Warwick almirante de la flota. Fue él quien, por el afecto que tenía a su joven vecino de condado, y tras recibir un certificado de su ordenación firmado por siete clérigos, le procuró el diploma de doctor en Leyes y lo nombró capellán de un buque de guerra llamado el Globe. Sin embargo, aquel puesto no convenía a Samuel Annesley, y pronto lo vemos dejarlo y aceptar el beneficio de Cliffe, en Kent, que rendía unas cuatrocientas libras al año. Este curato había quedado vacante por la destitución del vicario anterior a causa de su inmoralidad, de modo que su nombramiento probablemente señala su trato con John White, con cuya hija se casó años después. Pero antes de establecerse en Cliffe había desposado a una joven, que le dio un hijo, llamado Samuel como su padre. Ella murió y fue sepultada en el presbiterio de la iglesia donde oficiaba su marido, y su niño le sobrevivió solo cuatro años, y fue sepultado allí en 1653. El doctor Annesley encontró mucha oposición cuando llegó a Cliffe, pues la gente estaba cortada por el mismo patrón que su vicario anterior, y recibió al nuevo con asadores, horcas y piedras. Sin dejarse amedrentar por ello, les aseguró que él era el último hombre a quien se podía hacer huir de su puesto, y que se quedaría en Cliffe hasta que, por su medio, estuvieran preparados para el ministerio de alguien mejor. Cumplió su palabra, y tuvo la alegría de ver una gran mejora entre ellos antes de ser llamado a otro lugar.
En 1648 se proclamó un solemne día de ayuno nacional, y se llamó al doctor Annesley para que predicara un sermón ante la Cámara de los Comunes. Su sermón le ganó mucho favor y se imprimió por orden de la Cámara: contenía un pasaje muy grato al Parlamento, dado su ánimo de entonces, pero que ofendió gravemente a los realistas, quienes con razón lo consideraron una crítica al rey, que en aquel momento estaba preso en el castillo de Carisbrooke. Según el propio relato del joven teólogo, que todavía se conserva en la Oficina de Documentos de Estado, cuando el rey fue ejecutado al año siguiente, declaró públicamente su convicción de que había sido un «horrendo asesinato», habló de Cromwell como «el hipócrita más redomado que jamás haya afligido a la Iglesia de Cristo» y dijo otras cosas irrespetuosas sobre los poderes gobernantes, las cuales, al repetirse, motivaron que dejara Cliffe, o quizá que lo echaran de allí, con gran pesar y tristeza de sus feligreses, que habían aprendido a amarlo y a confiar en él.
Los habitantes de la parroquia de San Juan Evangelista, en Friday Street, Cheapside, lo eligieron por unanimidad como su ministro en 1652; y aunque él habla de ella como la más pequeña de Londres, es evidente que permaneció allí seis o siete años. Debió de casarse con la señorita White al establecerse por primera vez en la capital. Que de buena gana se habría ido a otro lugar lo hace probable su declaración de que Cromwell se negó dos veces a presentarlo para un beneficio de cuatrocientas libras al año, aunque era el candidato del patrono. Sin embargo, en julio de 1657 el Protector concedió a Annesley la lectura vespertina del día del Señor en San Pablo, que le reportaba ciento veinte libras al año; y doce meses después, gracias al favor de Richard Cromwell, fue nombrado vicario de St. Giles, en Cripplegate, contra el deseo de algunos de los vecinos, que en la Restauración pidieron a Carlos II que lo destituyera. Aquel monarca, no obstante, lo confirmó en su beneficio, quizá porque no deseaba hacer cambios demasiado rápidos ni radicales.
El doctor Annesley había sido un hombre destacado entre los teólogos puritanos, aprobara o no la ejecución del «rey mártir», pues había sido uno de los comisionados nombrados por ley del Parlamento para la aprobación y admisión de los ministros del Evangelio a la manera presbiteriana. Sin duda le habría gustado conservar su beneficio y ganarse el favor del rey, pues sus instintos ancestrales lo inclinaban más a ser realista que «cabeza redonda». Pero cuando se trató de una cuestión de conciencia, se mantuvo firme en sus principios, y en 1662, cuando se aprobó el Acta de Uniformidad, se negó a suscribirla y, como Howe y Baxter y otros dos mil de los mejores y más destacados clérigos de la época, fue expulsado el día de San Bartolomé. El conde de Anglesey se esforzó mucho por persuadir a su pariente de que se conformara, y le prometió ascensos; pero fue imposible moverlo, y predicaba a menudo en privado, aunque pasaron diez años antes de que la Declaración de Indulgencia le permitiera sin peligro obtener licencia para la casa de reunión de Little St. Helen's, donde ofició ante una congregación numerosa y afectuosa hasta su muerte. Era un hombre notablemente apuesto, alto y digno, y de constitución muy robusta, y varios de sus hijos se le parecían en belleza física. La comparación de sus retratos con los de descendientes vivos muestra que su nariz aguileña, su labio superior corto, su cabello castaño ondulado y su vista singularmente fuerte y duradera se han transmitido en gran medida a su descendencia. Pocos de ellos, sin embargo, han sido altos, aunque la mayoría han sido fuertes y resistentes.
Amaba entrañablemente a su esposa, y la familia crecía cada año y aun con más frecuencia. Hubo dos varones, Samuel, que murió en la India, y Benjamin, que fue albacea del testamento de su padre, pero la mayoría de los hijos fueron mujeres. Judith era una mujer muy hermosa y de carácter firme, cuyo retrato pintó sir Peter Lely; Anne tenía ingenio además de belleza, y se casó con un hombre rico; Elizabeth, que se casó con Dunton, el excéntrico librero, era muy bonita, de natural dulce, y quizá tan cerca de la perfección como puede estarlo un mortal. Hubo también una Sarah y otras tres, de las que solo sabemos que llegaron a mujeres y se casaron. Susanna era esbelta y muy bonita, y conservó su buen aspecto y la armonía de su figura hasta la vejez, aunque fue madre de diecinueve hijos.
Hay una conocida anécdota del reverendo Thomas Manton, a quien, después de bautizar a Susanna, un amigo preguntó cuántos retoños de olivo tenía el doctor Annesley; respondió que eran o dos docenas o la cuarta parte de un centenar. Es probable, sin embargo, que de ese gran número varios murieran en la infancia. Aun así, la aljaba estaba verdaderamente llena, aunque, como los padres no eran pobres en absoluto, todos los que sobrevivieron estuvieron bien atendidos y recibieron una sólida educación.
Capítulo 1 completado
Nacimiento y ascendencia