Susanna Wesley
Los últimos años

Capítulo 15 · 18 min de lectura · 23 min de escucha

Los últimos años

LA NOTICIA de la muerte de Samuel Wesley llegó por medio de un amigo y vecino a Charles, que entonces estaba en Bristol, y probablemente también a John, en el Foundry. Sus parientes le habían reprochado a menudo a este último lo reservado que era en los asuntos de familia, y parece que de hecho salió a reunirse con Charles para ir con él a Tiverton a ver a su cuñada viuda sin comunicar la triste noticia a su madre, que estaba enferma en su habitación. Muy probablemente no tuvo valor para hacerlo, porque toda la familia sabía cuán entrañablemente amaba ella a su primogénito y qué hijo tan ejemplar había sido él para ella. Quizá encargó a una de sus hermanas que se lo dijera con delicadeza. Cómo lo sobrellevó, ella misma se lo contó a Charles: «QUERIDO CHARLES: «29 de noviembre de 1739.

«Al oír por primera vez la muerte de tu hermano, me sometí de inmediato a la voluntad de Dios, sin la menor resistencia. Solo me extrañó que Jacky no me lo dijera antes de marcharse, puesto que lo sabía; pero él desconocía el modo en que Dios obra conmigo en los casos extraordinarios, lo cual, en verdad, no es de extrañar; pues aunque tantas veces he experimentado su infinita misericordia y su poder para sostenerme, y una calma interior de espíritu cuando de otro modo la prueba habría sido demasiado fuerte para mí, sus maneras de obrar son para mí misma incomprensibles e inefables. Tu hermano me era sumamente querido en esta vida, y quizá he pecado amándolo demasiado. Hubo un tiempo en que creí imposible soportar su pérdida, pero nadie sabe lo que puede soportar hasta que es probado. Como solía decir tu buen abuelo: “Aflicción es aquella que Dios hace aflicción”. Ciertamente, la manifestación de su presencia y de su favor es un sostén más que suficiente bajo cualquier sufrimiento. Si él retiene sus consolaciones y nos esconde su rostro, el menor sufrimiento se hace intolerable. Pero, bendito y adorado sea su santo nombre, no ha sido así conmigo, aunque soy infinitamente indigna de la menor de todas sus misericordias. Me regocijo en tener una consoladora esperanza de la salvación de mi querido hijo. Ahora está en reposo, y no volvería a la tierra ni para ganar el mundo. ¿Por qué, pues, he de llorar? Él ha llegado al puerto antes que yo, pero yo lo seguiré pronto. Él no volverá a mí, pero yo iré a él, para no separarnos nunca más.

«Te agradezco el cuidado que tienes de mis asuntos temporales. Era natural pensar que la muerte de mi querido hijo me inquietaría también por ese motivo, puesto que con ella se me retiraba una parte tan considerable de mi sustento. Pero, a decir verdad, jamás he tenido un solo pensamiento de ansiedad por tales cosas; porque enseguida me vino a la mente que Dios, con la pérdida de mi hijo, me llamaba a depender más firmemente de él; que, aunque mi hijo era bueno, no era mi Dios; y que ahora nuestro Padre celestial parecía haber tomado mi causa más inmediatamente en su propia mano; y, por tanto, aun contra esperanza, creí en esperanza que nunca más pasaría necesidad.

«No puedo escribir mucho, pues estoy muy débil. Hace más de diez semanas que no bajo la escalera, aunque estoy mejor que hace poco. Te ruego que des mi cariño y mi bendición a mi hija y a Philly. Pido a Dios que la sostenga y provea para ella.

«SUSANNA WESLEY.»

Cerca de un mes después volvió a escribir, probablemente en respuesta a una carta de Charles, cuyo centro de operaciones estaba en Bristol: «Foundry, 27 de diciembre de 1739. «QUERIDO CHARLES: «No puedes desear verme más de lo que yo deseo verte a ti. Tu hermano, a quien de ahora en adelante llamaré el hijo Wesley, ya que mi querido Sam se ha ido a casa, acaba de estar conmigo y me ha reanimado mucho el ánimo. A decir verdad, he notado muchas veces que nunca habla en mi presencia sin que yo reciba algún beneficio espiritual. Pero sus visitas son escasas y breves, cosa que nunca le reprocho, porque sé que está bien ocupado y, bendito sea Dios, tiene gran éxito en su ministerio. Pero, mi querido Charles, aun así os echo de menos a él o a ti; porque, en verdad, en el sentido más literal, me he vuelto como una niña pequeña y necesito socorro continuo. “Hierro con hierro se aguza; y el hombre aguza el rostro de su amigo.” Hallo mucho consuelo y apoyo en la conversación religiosa cuando puedo tenerla. En otro tiempo me alegraba la ausencia de compañía, y hallaba que cuanto menos tenía de consuelos de las criaturas, más recibía de Dios. Pero, ¡ay!, he caído de aquel trato espiritual que en otro tiempo disfrutaba.

¿Y por qué es así? Porque me falta fe. Dios es un Dios omnipresente e inmutable, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación; la culpa está en mí, y atribuyo todas las equivocaciones de juicio y todos los errores en la práctica a la falta de fe en el bendito Jesús. ¡Oh, querido mío, cuando considero la dignidad de su persona, la perfección de su pureza, la grandeza de sus sufrimientos y, sobre todo, su amor sin límites, quedo asombrada y del todo confundida; me pierdo en el pensamiento. ¡Me deshago en nada delante de él! ¡Oh, cuán inexcusable es la persona que tiene conocimiento de estas cosas y, sin embargo, sigue siendo pobre y baja en fe y en amor! Hablo como culpable en este asunto. Me han impedido terminar la carta. Me quejaba de no tener a nadie que conversara conmigo sobre las cosas espirituales, pero en estos últimos días he gozado de la conversación de muchos buenos cristianos, que han refrescado en alguna medida mi espíritu desfallecido; y aunque me impidieron escribir, fue una interrupción grata y, espero, no sin provecho. Espero que pronto hablemos cara a cara; y entonces, si Dios lo permite, te comunicaré mis pensamientos más por extenso. Pero entonces, ¡ay!, cuando tú vengas, tu hermano me dejará. Sin embargo, esa es la voluntad de Dios, en cuyo bendito servicio estáis empeñados, que hasta ahora ha bendecido vuestras labores y guardado vuestras personas. Que él siga prosperando así vuestra obra, os proteja a ambos del mal y os dé fuerza y valor para predicar el verdadero evangelio frente a las oraciones unidas de hombres malvados y de ángeles malos, es la sincera oración de, querido Charles, «tu madre que te quiere, «SUSANNA WESLEY.»

Por este tiempo, Emilia Wesley, que llevaba unos pocos años casada con el que fuera boticario de Epworth, el señor Harper, terriblemente falto de recursos, quedó viuda y, dejando Gainsborough, vino con una criada fiel y muy querida a quedarse con su madre en el Foundry.

También debió de ser en este momento cuando la señora Wesley dio su testimonio, al menos en un caso, a favor de la predicación laica. La obra de John Wesley era la de un evangelista y organizador, cuya parroquia era el mundo; cabalgaba de un lugar a otro fortaleciendo las iglesias, y era necesario dejar a alguien a cargo del Foundry. La persona elegida fue el señor Thomas Maxfield, «un joven de buen juicio y piedad». Sus deberes eran reunirse con las clases y las bandas, y leer y explicar las Escrituras. De ahí a predicar un sermón no había más que un paso, y pronto lo dio, hablando con mucho fervor y elocuencia. John Wesley se inquietó mucho cuando lo supo, y volvió a casa a toda prisa. Su madre vio que algo andaba mal y le preguntó qué era. «Thomas Maxfield se ha hecho predicador, por lo que veo», fue la seca respuesta de aquel hombre cuyo deseo natural era ser cabeza y jefe en todo lo que emprendía. La señora Wesley no tardó en darle su opinión sobre el asunto: «John, tú sabes cuáles han sido mis sentimientos. No puedes sospechar que yo favorezca fácilmente nada de esta clase. Pero ten cuidado con lo que haces respecto a ese joven, porque está tan ciertamente llamado por Dios a predicar como lo estás tú. Examina cuáles han sido los frutos de su predicación y óyelo tú mismo.» Las palabras de la madre tuvieron peso, y Maxfield predicó delante de su maestro. «El Señor es», exclamó John Wesley; «haga lo que bien le pareciere. ¿Quién soy yo para estorbar a Dios?»

Y así, el sacerdote ordenado que tanto había defendido los privilegios sacerdotales, el erudito y «Fellow del Lincoln College», fue llevado a aprobar la predicación laica, que estaba destinada a ser un elemento importante del metodismo que él fundó. Se supone que la señora Wesley se interesaba vivamente por las mujeres que se unían a las clases del Foundry y acudían allí en busca de enseñanza y consejo. Era natural que lo hiciera cuando se encontraba bastante bien.

Era muy propio de un joven fervoroso como Charles Wesley imaginar que las ideas de su madre sobre el plan de salvación eran insuficientes y tratar de corregirlas en una larga carta. Ella no solo recibió con mucha mansedumbre lo que él tenía que decirle, sino que tomó a pecho sus palabras; y su respuesta, humilde y a la vez llena de dignidad, es la última carta que se sabe que escribió: «QUERIDO CHARLES: «Foundry, 2 de octubre de 1740.

«De todo corazón me uno a ti para dar gracias a Dios por tu restablecimiento. Él tiene muchas razones sabias para cada suceso de la Providencia, muy por encima de nuestro entendimiento, y no dudo de que el haberte devuelto en alguna medida la salud servirá a muchos fines que todavía ignoras.

«Te agradezco tu amable carta; la llamo así porque creo de veras que la dictó un sincero deseo de mi bien espiritual y eterno. Hay demasiada verdad en muchas de tus acusaciones; y no pienso decir una sola palabra en mi defensa, sino que prefiero remitirlo todo a aquel que conoce todas las cosas. Esto sí debo decirte: estás algo equivocado acerca de mi caso. ¡Ay!, ¡es mucho peor de lo que tú supones! No soy de aquellos que nunca fueron iluminados ni hechos partícipes del don celestial ni del Espíritu Santo, sino que hace muchos años fui plenamente despertada, y soy profundamente consciente del pecado, tanto original como actual. Mi caso se parece más bien al de la iglesia de Éfeso: no he sido fiel a los talentos confiados a mi cuidado, y he dejado mi primer amor. “¿Hay aún alguna esperanza para Israel sobre esto?” No desespero, ni, por la gracia de Dios, desesperaré; porque desde mi triste apostasía, cuando estaba casi sin esperanza, cuando me había olvidado de Dios, aun entonces hallé que él no se había olvidado de mí. Aun entonces aplicó por su Espíritu a mi alma los méritos de la gran expiación, diciéndome que Cristo murió por mí. ¿Me dirá el Dios de verdad, el Salvador todopoderoso, que tengo parte en su sangre y en su justicia, y no le creeré? ¡Dios me libre! Creo, y quiero creer; y aunque soy la mayor de los pecadores, eso no me desanima; porque todas mis transgresiones son pecados de una persona finita, ¡pero los méritos de los sufrimientos y de la justicia de nuestro Señor son infinitos! Si me falta algo sin lo cual no puedo ser salva (de lo cual por ahora no soy consciente), creo que no moriré antes de que esa falta sea suplida. Me haces muchas preguntas que no me interesa contestar; pero te remito a nuestro amado Señor, que te satisfará en todas las cosas que te sea necesario saber. No alcanzo a entender por qué afirmas que no eres cristiano, lo cual en efecto equivale a decirle a Cristo en su cara que no tienes nada que agradecerle, puesto que no eres mejor por nada de lo que él ha hecho o padecido por ti hasta ahora. ¡Oh, qué gran deshonra, qué asombrosa ingratitud es esta para con el siempre bendito Jesús! Me considero muy lejos de ser tan buena cristiana como tú o como debería serlo; pero Dios me libre de renunciar al poco cristianismo que tengo; antes bien, déjame crecer en la gracia y conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Amén. No sé qué otra opinión pueda tener la gente de la naturaleza humana, pero, por mi parte, pienso que sin la gracia de Dios somos del todo incapaces de pensar, hablar o hacer nada bueno; por tanto, si en alguna parte de nuestra vida se nos ha capacitado para hacer algo bueno, debemos dar a Dios la gloria. Si no hemos aprovechado los talentos que se nos dieron, la culpa es nuestra. Veo que este es un modo de hablar muy usado entre esta gente, el cual me ha ofendido mucho; y muchas veces he deseado que hablaran menos de sí mismos y más de Dios. A menudo oigo fuertes quejas por el pecado, etc., pero rara vez, muy rara vez, una palabra de alabanza y acción de gracias a nuestro amado Señor, o un reconocimiento de su infinita…»

Las frases restantes se han perdido y, como probablemente se referían a la clase de personas que frecuentaban el Foundry y sus cultos, es una lástima.

Unos seis meses después de la fecha de esta carta, a principios de marzo de 1741, murió Kezia Wesley en Bexley, a la edad de treinta y dos años. Se supone que nunca se repuso del todo del golpe de descubrir que Wesley Hall había jugado con sus afectos juveniles como mero pasatiempo mientras estaba comprometido con su hermana Martha. Era la menor, nacida poco después de que su madre pasara por la terrible prueba de espanto y peligro del incendio de Epworth. Ella misma había soportado muchas privaciones en su juventud, todo lo cual ayudaba a explicar su delicada salud; pero el corazón cuenta para algo en la vida de las mujeres, y un afecto desdichado produce a menudo una falta de fuerza física para recobrarse, sobre todo en quien no tiene lazos muy fuertes que la aten a la vida. Parece que Charles estuvo presente cuando murió su hermana, y que quedó satisfecho con su estado mental y espiritual.

La única enfermedad concreta que padecía la señora Wesley era la gota, que en su caso era hereditaria. Desde luego, no le había venido de una vida regalada y lujosa. Las fuerzas vitales fueron declinando poco a poco, y todas las hijas que le quedaban se reunieron en torno a su madre. Ella pidió especialmente a Anne que no volviera a dejarla si tenía fuerzas para quedarse. Charles tuvo que marcharse, pensando que quizá ella resistiría hasta su regreso; John estaba en Bristol y, al saber que se apagaba rápidamente, partió a caballo el domingo por la tarde, 18 de julio de 1742, después de predicar a una gran congregación. Llegó al Foundry el día 20 y, después de verla, escribió en su diario: «Encontré a mi madre en los umbrales de la eternidad; pero no tiene duda ni temor alguno, ni otro deseo que, tan pronto como Dios la llame, partir y estar con Cristo.»

El viernes siguiente por la tarde vio que el fin estaba muy cerca: no podía hablar, pero estaba consciente; así que leyó la oración de encomendación, como lo había hecho siete años antes por su padre. Eran las cuatro y, rendido por la vigilia y la emoción, se apartó un momento de su lado para «tomar una taza de té». Una de sus hermanas lo llamó de nuevo. «Abrió los ojos de par en par», cuenta él, «y los fijó en lo alto por un momento. Luego cayeron los párpados, y el alma quedó en libertad, sin una sola lucha, ni gemido, ni suspiro. Nos pusimos alrededor de la cama y cumplimos su último ruego, pronunciado poco antes de perder el habla: “Hijos, en cuanto yo sea libertada, cantad un salmo de alabanza a Dios”.»

Le tocó a la señora Lambert escribir a Charles los pormenores de los últimos días de su madre, y le dijo:

«Pasó por grandes pruebas, tanto del alma como del cuerpo, durante algunos días después de que la dejaste; pero Dios perfeccionó su obra en ella unas doce horas antes de llevársela consigo. Despertó de un sueño ligero y nosotros, al oírla regocijarse, prestamos atención a las palabras que decía, que fueron estas: “¡Mi amado Salvador! ¿Has venido por fin a ayudarme en mi extrema necesidad?” Desde aquel momento estuvo en verdad dulcemente resignada; el enemigo ya no tuvo poder para hacerle daño. El resto de su tiempo lo pasó en alabanza.»

La señora Wesley fue sepultada el domingo 1 de agosto en Bunhill Fields; John leyó el oficio fúnebre de la Iglesia de Inglaterra, mientras Emilia, Susanna, Hetty, Anne y Martha permanecían alrededor. Se reunió un gran número de amigos, así como otras personas atraídas por una curiosidad compasiva. Luego se cantó un himno, y John Wesley, que en la flor de su primera juventud había deseado tan fervientemente no sobrevivir a su madre, se puso junto a la tumba de esa madre y predicó a la multitud reunida uno de sus sermones más elocuentes y apasionados.

Pronto se colocó una sencilla lápida a la cabecera de aquel último lugar de descanso, con un epitafio en verso salido de la pluma de Charles Wesley: «Aquí yace el cuerpo de la SEÑORA SUSANNA WESLEY, hija menor y última superviviente del doctor Samuel Annesley.»

«En firme y segura esperanza de resucitar, y de reclamar su morada en los cielos, una cristiana dejó aquí su carne, cambiando la cruz por una corona.

Verdadera hija de la aflicción, hecha al dolor y a la miseria, lloró una larga noche de pena y temores, una noche legal de setenta años. El Padre le reveló entonces a su Hijo, dado a conocer en el pan partido; supo y sintió perdonados sus pecados, y halló las arras de su cielo. Apta ya para la comunión de lo alto, oyó el llamado: “Levántate, amiga mía”. Voy, respondió su mirada moribunda, y como un cordero, igual que su Señor, murió.»

Es curioso que John, de ordinario tan preciso, no mencionara a su padre en esta lápida ni pusiera la fecha del nacimiento ni de la muerte de su madre. Sin embargo, se ocupó de que se hiciera un grabado en cobre de un retrato muy fiel de ella, tomado en sus últimos años. Una copia de este sirve de frontispicio a «Mother of the Wesleys», de Kirk, y aparece en miniatura al comienzo de «Memorials of the Wesley Family», del señor Stevenson. Se conserva también una miniatura que muestra algo de cómo era en la plenitud de su vida. Entre sus lejanos descendientes hay una o dos mujeres que se le parecen mucho en el aspecto.

Como la lápida original se había deteriorado mucho por el tiempo y la intemperie, en 1828, cuando se colocaron en la capilla de City Road placas conmemorativas de varios metodistas distinguidos a expensas del Comité del Libro Wesleyano, se puso sobre la tumba de la señora Wesley una lápida nueva con una nueva inscripción. La reverencia por su dulce cantor no los movió a perpetuar todos sus versos, y el epitafio dice ahora: «Aquí yace el cuerpo de la SEÑORA SUSANNA WESLEY, viuda del REV. SAMUEL WESLEY, M.A.

(que fue rector de Epworth, en Lincolnshire), quien murió el 23 de julio de 1742, a la edad de 73 años.

Fue la hija menor del REV. SAMUEL ANNESLEY, D.D., expulsado por el Acta de Uniformidad de la rectoría de St. Giles, Cripplegate, el 24 de agosto de 1662.

Fue madre de diecinueve hijos, de los cuales los más eminentes fueron los REVS. JOHN y CHARLES WESLEY;

el primero de los cuales fue, bajo Dios, el fundador de las Sociedades del pueblo llamado metodista.» «En firme y cierta esperanza de resucitar, y de reclamar su morada en los cielos, una cristiana dejó aquí su carne, cambiando la cruz por una corona.»

En 1869, Bunhill Fields, aunque cerrado a los enterramientos desde mucho antes, quedó asegurado a perpetuidad como cementerio; se plantaron árboles y se trazaron senderos que llevan junto a las tumbas más notables. El lugar donde reposan los restos de la señora Wesley está donde se cruzan los números 17 y 42 del muro exterior, a pocos metros al oeste-suroeste de la tumba de John Bunyan, que vivía y predicaba en la ya lejana niñez de ella.

Desde diciembre de 1870, frente a la capilla de City Road y de cara a Bunhill Fields, se alza un obelisco de mármol siciliano erigido en su memoria, con una inscripción muy parecida a la última citada.

Difícilmente podría concluirse mejor esta breve vida de Susanna Wesley que con las palabras del difunto Isaac Taylor, hijo él mismo de una madre que, con la ayuda de su esposo, educó a toda su numerosísima familia y tuvo la satisfacción de verlos crecer hasta contarse entre las personas más cultas y piadosas de su propia generación, o de cualquier otra, de hombres y mujeres ingleses: «La madre de los Wesley fue la madre del metodismo en un sentido religioso y moral; porque su valor, su sumisión a la autoridad, la elevación de su espíritu, su independencia y su dominio propio, el fervor de sus sentimientos devocionales y la dirección práctica que les daba, reaparecieron y se repitieron visiblemente en el carácter y la conducta de sus hijos.»

Capítulo 15 completado

Los últimos años

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