Capítulo 16 · 47 min de lectura · 1 h de escucha
Supervivientes y descendientes
EL GRUPO familiar que rodeó el lecho de muerte de la señora Wesley lo formaban sus hijas Emilia, Susanna, Hetty, Anne y Martha, y su hijo John. Emilia, la señora Harper, tenía ya cincuenta años; era viuda y no tenía hijos, pues, aunque había dado a luz una criatura, esta murió enseguida. Había conocido muy poco consuelo tanto de soltera como de casada; su carácter era exigente y no muy dulce; era consciente de poseer talento y dolorosamente consciente de no haber tenido ocasión de brillar. En su juventud estuvo comprometida con un tal señor Leybourne, y aunque el compromiso se rompió porque la señora Wesley y Samuel lo desaprobaban, Emilia no era mujer que olvidara ni que volviera a amar con facilidad. Aquel desengaño amargó toda su vida. Quería mucho a su madre, y en su afecto por John, que era once años menor que ella, había bastante de maternal; pero cuando Hetty tropezó, fue dura con ella. La pobreza le quita a la naturaleza de una mujer buena parte de su dulzura, y después de casarse padeció por esta causa aún más que en su juventud, cuando en Epworth escaseaban el dinero y la ropa. El señor Harper apenas podía mantenerse a sí mismo, las ganancias de la escuela de ella no daban para mucho, cayó enferma, tuvo que vender su ropa para conseguir comida y llegó a esperar de un momento a otro que le embargaran hasta la cama por estar atrasada en el pago del alquiler. No se sabe con certeza si aquella desgracia llegó a ocurrir; pero, en todo caso, la muerte de su marido la dejó libre para liquidar sus asuntos en Gainsborough y venirse a Londres con una vieja criada. Desde entonces John la mantuvo, y ella pasaba mucho tiempo en el Foundry, aunque no parece que viviera allí del todo. El fantasma de Epworth no la abandonó por completo, como lo demuestra la siguiente carta a John: «QUERIDO HERMANO: «16 de febrero de 1750.
«Deseo muchísimo verte y hablar contigo unas horas, como en otros tiempos. Hay cosas que son demasiado difíciles para mí, y quiero que tú me las resuelvas. Una doctrina tuya, y de muchos otros, a saber, que no se puede hallar felicidad en ninguna cosa ni en todas las cosas de este mundo: como tengo dieciséis años de experiencia propia que la contradicen de plano, quiero hablar contigo de ella. Otra cosa es aquel ser asombroso al que llamamos “Jeffery”. No te reirás de mí ni me tendrás por supersticiosa si te digo con qué seguridad ese algo viene a visitarme ante cualquier nueva aflicción extraordinaria; pero se sabe tan poco del mundo invisible que yo, al menos, no soy capaz de juzgar si es un espíritu amigo o un espíritu maligno. Me alegrará saber por ti dónde vives y dónde se te puede encontrar. Si es en el Foundry, sin falta iré a pie o en coche a visitar a mi querido hermano y a gozar de la grandísima bendición de unas horas de conversación.
«Soy tu amiga verdaderamente agradecida y hermana afectuosa, «EMILIA HARPER».
Una nota al dorso de esta carta, de puño y letra de John Wesley, afirma que fue contestada el día 18, pero esa respuesta no se ha conservado. «Jeffery» era un agente que solía anunciarse con golpes y ruidos, y como el 8 de febrero, una semana antes de la fecha de la carta, Londres se había visto sumido en la confusión y la alarma por un fuerte temblor de tierra, puede perdonarse a quienes no tienen mucha fe en lo sobrenatural que imaginen que la señora Harper quizá confundió los ruidos producidos por aquella convulsión de la naturaleza con aquellos con que el duende de Epworth acostumbraba manifestar su presencia.
Cuando la sociedad wesleyana tomó la conocida capilla de West Street, la señora Harper y la vieja criada se trasladaron a la casa contigua y se instalaron en unas habitaciones que se comunicaban con la capilla mediante una galería situada detrás del púlpito y una ventana que, una vez abierta, permitía a sus ocupantes unirse a los cultos sin ser vistos. La señora Harper se convirtió en una anciana bondadosa y muy apacible cuando perdió la memoria, y murió de un decaimiento general de la naturaleza en 1771, cuando tenía casi ochenta años.
Se recordará que Susanna Wesley, la segunda hija de la familia de Epworth, se casó con Richard Ellison en 1721, y que este, aunque gozaba de una posición bastante holgada, siempre fue considerado un yerno desagradable. Cuando los cuatro hijos nacidos de esta unión eran ya mayores o estaban creciendo, hubo un incendio en la casa del señor Ellison, y desde entonces su esposa se negó a vivir con él y residió, primero con uno y después con otro, en casa de sus hijos e hijas en Londres. El marido abandonado intentó por todos los medios a su alcance que volviera, pero ella no quiso ni verlo ni contestar sus cartas. Por último, hizo circular la noticia de su propia muerte, y ella se fue en el acto a Lincolnshire para asistir al entierro. Al descubrir que no era más que una treta para hacerla volver, regresó inmediatamente a Londres, y nadie logró persuadirla de que se reconciliara con su marido. En sus últimos años la desgracia alcanzó al señor Ellison. A los comisionados de desagües de la región de los Fens les correspondía mantener abiertos los grandes canales de drenaje, y como esto se descuidó, el agua se desbordó por todas partes y anegó sus tierras durante un par de años. Se le murieron el ganado y los caballos, no podía sacar ninguna cosecha ni obtener compensación alguna, y quedó reducido a tal pobreza que fue al Foundry y se acogió a la caridad de su cuñado John Wesley, quien lo recomendó a un rico banquero que tenía a su cargo la distribución de ciertos fondos fiduciarios, diciéndole que «el más pequeño socorro nunca podría ser más oportuno». Aunque la esposa del infeliz se mantuvo apartada, John y Charles fueron muy bondadosos con él y lo consideraron un hombre completamente reformado. Murió en Londres a principios de abril de 1760, y Charles Wesley leyó el oficio de difuntos sobre sus restos.
Los hijos de esta pareja mal avenida fueron John, Ann, Deborah y Richard Annesley Ellison. El mayor vivió y murió en Bristol, y algunos de sus descendientes residen todavía en esa ciudad. Ann se casó con Pierre le Lievre, un refugiado francés, que murió dejándola con un hijo; después se casó con un tal señor Gaunt. Era una mujercita vivaz, inteligente y hermosa, y la señora Ellison residió principalmente con ella y murió en su casa, a los sesenta y nueve años, a principios de diciembre de 1764. John Wesley escribió a Charles el día 7, diciendo: «La hermana Sukey estuvo cinco días en grandes agonías, y luego murió en plena certidumbre de fe. Algunas de sus últimas palabras, después de haber estado un tiempo sin poder hablar, fueron: “¡Jesús está aquí, el cielo es amor!”».
El hijo que la señora Gaunt tuvo de su primer matrimonio se llamó Pierre, como su padre, y se educó en Kingswood, en la gran escuela fundada por los Wesley cerca de Bristol. Anglicizó su nombre de pila en Peter y suprimió la partícula que precedía a su apellido. Entró en la Iglesia y llegó a ser director de la escuela secundaria de Lutterworth, y coadjutor y ayudante del señor Johnson, que, en aquellos tiempos en que se acumulaban los beneficios, era rector de Lutterworth y vicario de Claybrook. En este último lugar el señor Johnson tenía una casa y unos jardines muy agradables, y recibía alumnos, entre los cuales estuvo el difunto lord Macaulay. El señor Lievre se casó con una tal señorita Sturges y crió seis hijos. William, el último de ellos, murió hace unos veinte años en Bruntingthorpe, en Leicestershire, donde probablemente era maestro de una de esas pequeñas escuelas dotadas que hoy han sido reorganizadas por los comisionados o absorbidas por otras instituciones educativas. Era un hombre retraído y estudioso, con el alma y buena parte de la feliz destreza en el lenguaje del verdadero poeta; y si su suerte lo hubiera puesto en los círculos literarios, sin duda se habría labrado un nombre y un lugar propio. Tal como fueron las cosas, su familia se burlaba de su afición a rimar, y cayó en esa falta de energía que a menudo se ve en quienes han errado su verdadera vocación. Los periódicos de Derbyshire y Leicestershire, sin embargo, aceptaban con gusto sus versos para sus rincones del poeta. Varios de ellos son muy bonitos y, si se reimprimieran, gustarían a muchos.
Deborah Ellison también se casó con un refugiado francés, un tejedor de seda llamado Pierre Collett; y una de sus hijas llegó a ser la esposa de un destacado wesleyano, el doctor Byam.
Richard Annesley Ellison murió con solo veintisiete años, dejando dos hijas. La mayor se casó con el señor Voysey, de la King’s House de Salisbury, y fue madre de dos hijos y dos hijas. El hijo mayor murió soltero; la hija mayor se casó con el conde de Fauconpret de Thulus, un erudito francés de gran reputación que, durante su exilio en este país, tradujo al francés todas las novelas de sir Walter Scott. Al subir al trono Luis Felipe en 1830, regresó con su esposa a Francia, donde ocupó un alto cargo en la Universidad de París. Su hogar estaba en Fontainebleau, donde reunieron a su alrededor a muchos de los espíritus selectos de la época, y allí murió el señor de Fauconpret en 1842. Su viuda murió en Hackney en el verano de 1868. Su hermana menor se casó dos veces, primero con el señor Edlin y después con el señor Bristow. Dos de sus hijos y sus tres hijas del primer marido viven todos, y ella misma ha muerto mientras esta obra estaba en la imprenta. El nieto menor de la señora Ellison, Annesley Voysey, se casó y fue padre de Henry Voysey, arquitecto de cierto renombre; de Richard Voysey, que recibió las órdenes en la Iglesia de Inglaterra; y del reverendo Charles Voysey, cuya trayectoria es bien conocida. En esta rama de la familia nadie ha carecido nunca de capacidad intelectual ni del valor de sostener sus propias opiniones.
Hetty Wesley, la señora Wright, estaba muy mal de salud cuando murió su madre; estaba agotada por lo que había sufrido a manos de su marido embrutecido por la bebida, quien, sin embargo, parece haber conservado alguna clase de afecto por ella. Tuvo varios hijos, que murieron de pequeños, con gran dolor de su parte; pero se supone que una hija llamada Amelia vivió algunos años, aunque no sobreviviera a su madre. Se dice que Hetty conservó las huellas de su belleza juvenil hasta muy entrada en años. Había sido la amiga de confianza y, en sus últimos días, la enfermera de su tío Matthew, que fue muy generoso con ella en lo económico. En 1743 vivía en Stanmore, en Middlesex; poco después se hizo metodista y trató mucho a sus hermanos. Ellos estaban convencidos de que las aguas termales de Clifton, bien usadas, curaban la mayoría de los males del cuerpo, y por eso la enviaron allí. Tenían muchos amigos en Bristol y sus alrededores, y su hermana fue recibida por una tal señora Vigor, con quien permaneció varios meses. En el otoño de 1745 estaba de nuevo en casa, y escribió a Charles una carta en la que hablaba con afecto de su marido: «Londres, Frith Street, «QUERIDÍSIMO HERMANO: «4 de octubre de 1745.
«Recibí tus dos amables cartas y te las agradezco, pero me sorprende que no hayas tenido noticia de mi mejoría, aunque yo no pudiera escribirte, puesto que me han visto muchos que sé que se cartean contigo, y algunos de ellos han ido hace poco a Bath o a Bristol, especialmente la hermana Naylor y la señora Wigginton. A decir verdad, sigo sumamente débil y guardo cama, salvo cuando me levanto para que la hagan, y es casi increíble lo esquelética que me he quedado, tanto que los huesos están a punto de salírseme por la piel. Pero, por misericordia, la fiebre que inmediatamente
me amenazaba (con una tos violenta y algunos síntomas mortales) ha desaparecido, y tengo más probabilidades de recuperarme que nunca; más aún, si pudiera recobrar las fuerzas una vez, no lo dudaría. Este alivio del cuerpo y esta gran calma del espíritu se deben, lo creo firmemente, a la oración de fe. Considero este sostén tanto más extraordinario cuanto que no he sentido la presencia de Dios desde que caí en cama; y tú sabes lo que somos cuando se nos deja a nosotros mismos bajo un gran dolor y el temor de la muerte. Y sin embargo, aunque todavía estoy en desamparo y el enemigo anda muy activo, gozo de una medida tan grande de sosiego y de gratitud que verdaderamente está por encima de la naturaleza. ¡Aleluya! Haya pasado o no la amargura de la muerte, estoy perfectamente tranquila y resignada, pues he entregado esto, junto con el bien espiritual de mi querido Will y todas las demás cosas, al soberano Médico de las almas y de los cuerpos.
«Queridísimo hermano, ninguna consideración egoísta podrá jamás hacerme desear que te quedes en este mundo tan peligroso y diabólico; pero siempre hemos de decir: “Sea hecha tu voluntad”; y me agrada pensar todavía que Dios permitirá que volvamos a vernos, aunque no puedo decir que desee la vida un minuto más, ni aun en esas condiciones. Willy te envía su cariño, y se alegraría sinceramente de verte. Te ruego que sigas uniéndote a mí en oración para que él persevere. También Matty te ofrece sus respetos y pide tus oraciones. El alma de ninguno de los dos prospera como yo quisiera. Es extraño que, aunque sabemos que la santificación es una obra gradual, queramos que nuestro prójimo vaya más deprisa que nosotros mismos; pero el pobre Willy solo espera el primer don. No tengo ningún temor por quienes de verdad van en serio.
«Si la nación se ha vuelto loca de remate con la política, sin ser por ello ni una pizca más sabia ni más santa, no es de extrañar que la persona que mencionabas en tu última carta esté rebosante de ella, aunque se mantiene dentro de los límites y no habla de traición, piense lo que piense. Me alegra que los creyentes que conozco no parezcan caer en ningún extremo en cuanto a los asuntos presentes, ni en el de perder la única cosa necesaria por hablar demasiado ni en el de orar demasiado poco. El Señor nos dé un recto juicio en todas las cosas.
«Mis oraciones, mi cariño y mis mejores deseos acompañan a todos los queridos amigos de Bristol, de quienes he recibido innumerables favores; pero, sobre todo, a la señora Vigor y a su familia, que me mostraron un amor incansable sirviéndome y complaciéndome. . . .
«Ha sido una de mis cruces más pesadas no haber podido escribirles a todos; pero, si alguna vez me recupero, no desespero de hacerlo todavía, si es que se acepta de una novicia. Quizá pienses que yo puedo escribirles tan bien como tú; pero, querido Charles, ahora escribo en la cama, y no puedes creer lo que me cuesta. Espero acordarme de ti y bendecirte muchas veces todavía antes de morir, deseando que tengamos antes otro feliz encuentro, si es lo mejor. Así pues, con oraciones por la Iglesia universal, los ministros, los ayudantes y todo el género humano, me despido y me suscribo tu muy agradecida y amante hermana, «MEHET. WRIGHT».
La señora Wright parece haberse recuperado en parte de esta enfermedad, aunque nunca volvió a ser fuerte; pero en enero y febrero de 1750 era evidente que su fin se acercaba. Compartía los sentimientos exagerados y casi histéricos tan comunes entre los primeros metodistas, y a una amiga que fue a verla le dijo: «He deseado ardientemente la muerte, porque ya sabes que los metodistas siempre morimos en un arrebato de gozo». Charles parece haber sido el único de los hermanos que estaba entonces en Londres, y el 14 y el 18 de marzo habla de ella como «muy cerca del puerto»; pero cuando fue a verla el día 21, su espíritu acababa de partir. El 26 añade: «La seguí hasta su tumba tranquila, y lloré con los que lloran». Tenía cincuenta y tres años.
El señor Wright quedó inconsolable y rogó a Charles Wesley que no lo abandonara, aunque su hermana hubiera muerto. Le sobrevivió varios años, volvió a casarse y no siempre vivió en paz con su segunda esposa. Durante algunos años no vio a los Wesley, pero cuando lo derribó una parálisis mandó llamar a Charles, y se alegró mucho de verlo. Aquel evangelista optimista vio motivos de esperanza en su final, y quizá, después de todo, sus faltas fueron más de la cabeza que del corazón.
El doctor Adam Clarke reunió y publicó diez de los poemas de la señora Wright; estaban de acuerdo con las ideas de la gente entre la que se movía y teñidos de la melancolía que entristeció su existencia; pero un hastío sin límites de este mundo y un anhelo extático de un futuro desconocido e incognoscible son siempre algo morboso y malsano. La única estrofa que vale la pena citar aquí pertenece a un breve poema dirigido a una madre con motivo de la muerte de sus hijos: «Aunque dolor más hondo que su nacimiento la muerte de tus hijos te ha causado,
no llores porque otras den hijos a la tierra, mientras tú has poblado el cielo». No volvemos a tener noticia alguna de Anne Wesley, la señora Lambert, ni de su marido, después de su asistencia al entierro de la madre en Bunhill Fields, ni se sabe nada de la trayectoria de su hijo.
Martha Wesley, la señora Hall, se parecía tanto en el aspecto físico a su hermano John que el doctor Adam Clarke afirmaba que nadie habría sabido distinguir al uno del otro si los hubieran vestido igual. También su letra se parecía mucho a la de él, y esto debió de deberse a que, cuando tenía unos diecinueve años, escribía «miserablemente», por citar su propia expresión, y se sentía muy inferior a Emilia y a Hetty. John, por tanto, le puso algunas muestras, que ella imitó con sumo cuidado, y así modeló su caligrafía sobre la de él.
Ya hemos visto que vivía con su marido en Salisbury, y que la señora Wesley pasó bastante tiempo con ellos antes de trasladarse al Foundry. Mientras residió en aquella ciudad, la señora Hall tuvo diez hijos, de los cuales solo uno pasó de la primera infancia. El señor Hall era un hombre extraño y, como se vio después, inmoral. Reunía todas las cualidades necesarias para ser un anciano mormón, y si hubiera vivido en nuestros días, muy probablemente se habría unido a esa secta. Buena parte de sus defectos fueron una reacción tras la tensión y el esfuerzo del fervor religioso de su juventud; empezó a pensar por su cuenta y a abrigar dudas que, aunque hoy son bastante comunes, entonces se miraban con horror. En una palabra, el señor Hall se volvió heterodoxo y se negó a creer muchas doctrinas que hoy se pasan en silencio, salvo entre los religiosos más fervorosos. Este era el verdadero meollo de su ofensa a juicio de muchos de los colaboradores de John y Charles Wesley, que lo condenaron en términos más duros que los propios hermanos. La naturaleza humana es propensa a estos extremos.
Hay cierta dureza en la siguiente carta de John, escrita a la señora Hall muy poco después del entierro de su madre. Es como si quisiera insinuar que el tiempo que una madre dedica a sus deberes naturales para con sus hijos tiene que restarse del que debería ocupar en procurar su propio progreso espiritual, lo cual, de ser así, forma parte de un credo muy egoísta. Felizmente, la mayoría de nosotros creemos que, al cumplir recta y concienzudamente nuestras obligaciones de padres y las demás, es como mejor realizamos los fines para los que fuimos creados. John Wesley, que nunca tuvo un hijo propio y cuyo matrimonio no fue precisamente una unión de almas, veía el asunto desde un punto de vista muy distinto: «Newcastle-on-Tyne, «QUERIDA HERMANA: «17 de noviembre de 1742.
«Creo que la muerte de tus hijos es una gran muestra de la bondad de Dios para contigo. Muchas veces me has dicho cuánto tiempo te ocupaban. Ahora ese tiempo te es devuelto, y no tienes otra cosa que hacer que servir a nuestro Señor sin congoja y sin distracción, hasta que seas santificada en cuerpo, alma y espíritu. En cuanto vi al señor Hall, lo invité a quedarse en el Foundry, pero me pidió que lo dispensara. Hay una extraña incoherencia en su carácter y en sus sentimientos respecto a mí. Los hermanos quietistas le han ido infundiendo poco a poco todo lo que han podido de su propio desprecio por mí y por mi hermano, y de su aversión a todo nuestro modo de proceder, que es tan diferente del suyo como la luz de las tinieblas. Más aún, torpemente le han enseñado a criticar incluso mi economía y mi gobierno exterior, tanto de mi casa como de la sociedad. Y, sin embargo, yo sé que este es el talento particular que Dios me ha dado, en el que (por su gracia) en nada soy inferior a los más grandes de ellos. A pesar de todo, queda en él algo de su antigua estima por mí, la que tenía en Oxford, y con el tiempo prevalecerá. Descubrirá cómo son esos hombres miserables, y las nubes se disiparán.
«Creo que el propósito actual de Dios es visitar a la pobre y desolada Iglesia de Inglaterra, y que, por tanto, ni el engañado señor Gambold ni nadie que la abandone prosperará. ¡Oh, ora por la paz de Jerusalén! “Sean prosperados los que te aman”. El señor Hall me ha pagado los libros. No quiero dinero tuyo; tu amor me basta. Pero escribe tan a menudo y tan extensamente como puedas a tu afectuoso amigo y hermano, «J. WESLEY».
Esta carta demuestra cuán lejos estaba de los pensamientos de John Wesley cualquier separación de la Iglesia de Inglaterra, y muestra también que era plenamente consciente de su propio don para la organización.
Es muy incierto si la señora Hall confió en sus parientes hasta el punto de contarles las infidelidades de su marido antes de haberlas sufrido durante muchos años. Era una mujer del tipo más elevado y más raro, y sofocó con tal resolución todo egoísmo natural que cuidaba a los hijos de otras con tanta devoción como si hubieran sido suyos, mientras que a las desdichadas Agares que los habían dado a luz les mostraba tanta ternura y compasión como si su marido no las hubiera preferido a ella. El señor Hall, en sus mejores momentos, sentía y manifestaba la mayor admiración por su conducta, pero era un mortal débil y no tenía dominio sobre sí mismo. Se cuenta que en una ocasión el padre se enojó con el Isaac de la familia mientras la madre atendía a un Ismael, y asustó terriblemente al niño encerrándolo en un armario oscuro por una falta muy insignificante. Aquello era casi más de lo que ella podía soportar, pero estaba decidida a que la autoridad de su marido sobre su hijo no sufriera menoscabo. El castigo no guardaba proporción alguna con la falta, pero no logró convencerlo de ello. Por último le recordó que, aunque él se mostraba irrazonablemente airado con el hijo de ella, ella no había echado de la cuna al hijo de él; pero declaró que lo haría si él no soltaba y perdonaba al aterrorizado pequeño. John y Charles acabaron sacando a su sobrino de la casa de su padre y lo educaron a sus expensas; pero, cuando tenía unos catorce años, contrajo la viruela en la escuela y murió antes de que su madre pudiera llegar a su lado. Fue un dolor que se temió que la mataría; pero ella se mostró paciente y resignada, y el Tiempo, el gran sanador, le trajo consuelo.
Charles Wesley preguntó una vez a su hermana cómo podía proporcionar comodidades, e incluso dinero, en la hora de necesidad a una mujer que le había usurpado su lugar. «Ah», dijo ella, «sabía que yo podía obtener de muchos lo que necesitara; pero ella, pobre criatura, no podía, porque muchos se harían un mérito de abandonarla a la angustia que se había acarreado. . . . No obré como mujer, sino como cristiana». Era un cristianismo sublime y digno de aquel Maestro que no rechazó a la Magdalena de sus pies. Pocos, en verdad, son los que profesan ser cristianos y alcanzan algo semejante.
Cuando la señora Hall cayó en la pobreza, seguía siendo tan generosa que su hermano Charles decía: «Es inútil darle algo a Patty para que tenga más comodidades, porque invariablemente se lo regala a alguna persona más pobre que ella».
En 1747 el señor Hall se enfureció tanto durante una de las visitas de John a Salisbury, probablemente a causa de sus reconvenciones, que lo echó de casa a él y a Martha. Poco después la señora Hall lo dejó, y le escribió para explicarle el motivo: «Convencida al fin de que ya no puedo complacerte de ningún modo con nada que diga o haga, hace algún tiempo que he resuelto librarte de una carga tan inútil en cuanto Dios tuviera a bien darme ocasión. Si te queda tanta humanidad para con una esposa que ha vivido tantos años contigo como para concederle algo para su sustento, te lo agradeceré». Se cree que después de esto lo perdonó y volvió con él, pero solo para dejarlo de nuevo y buscar la protección de John en el Foundry. Que no abrigaba sentimientos rencorosos contra su infiel marido, y que consideraba la separación solo temporal, lo muestra otra carta.
«Aunque me habría alegrado mucho tener noticias tuyas, no puedo extrañarme de que no contestes mi carta, ya que no solo te dejé por segunda vez, sino que pedí condiciones que, me temo, no te sientes en absoluto dispuesto a conceder. En verdad, me veo obligada a declararme culpable del cargo, y como te considero el único juez, no apelaré de esa sentencia; solo te pido permiso para decir unas palabras antes de que la pronuncies. Recordarás que, siempre que me enojaba lo bastante para hablar de dejarte, nunca lograste exaltarme hasta el punto de hacerme decir que no volvería jamás». A diferencia de la mayoría de las mujeres maltratadas, la señora
Hall nunca habló mal de su marido, y solía decir que era imposible que una esposa con verdadero amor en el corazón lo hiciera.
Vivía en el Foundry cuando Charles se casó con la señorita Sarah Gwynne en Garth, en el sur de Gales, y le escribió a ella su afectuosa enhorabuena. Como la pareja tardó algún tiempo en establecer un hogar propio, ella habría preparado con gusto su recibimiento en Londres, pero ellos prefirieron instalarse en Bristol. A esa misma ciudad se trasladó también el señor Hall, que mandó llamar a su esposa para que se reuniera con él; pero como sus sentimientos hacia la familia de ella eran todo lo contrario de amistosos, es evidente que ella no se comunicó con Charles ni con su joven esposa en Stoke’s Croft. Charles se la encontró por casualidad en la calle cuando iba camino del local donde predicaba, y la llevó consigo; pero en mitad del sermón entró el señor Hall y se la llevó. Al día siguiente volvió a entrar, llamando a Charles por su nombre. La huida pareció la política más prudente, y el señor Hall lo siguió, pero no logró descubrir el refugio de su cuñado. El asunto terminó con la marcha de la señora Hall a Londres y la de su culpable marido a Irlanda, desde donde finalmente se fue a las Indias Occidentales, pero no solo. A la muerte de su compañera volvió a Inglaterra lleno de arrepentimiento, y fue recibido con calor por su paciente esposa, que se quedó con él y lo cuidó hasta su muerte, ocurrida en Bristol en enero de 1776, cuarenta años después de su boda. En sus últimas horas exclamó: «He agraviado a un ángel, un ángel que nunca me hizo un reproche». Estas palabras compensaron a la señora Hall de todo el dolor que él le había causado.
En el largo intervalo entre la boda de Charles Wesley y la muerte del señor Hall, la señora Hall había llegado a conocer bastante a su cuñada galesa, y también a los amigos de esta, los Jones del castillo de Fonmon, con quienes intimó tanto que vivieron juntos algún tiempo en Salisbury. También se interesó de un modo casi maternal por los hijos del señor y la señora de Charles Wesley, que pusieron su nombre a una niña. Como muchos otros pequeños que les nacieron, murió; pero cuando llegaron, uno tras otro, Charles hijo, Sally y Samuel, ella se deleitó en ellos con el mayor cariño. Sally llegó a ser su amada compañera y amiga, y de no haber sido por la intimidad entre ambas, se habría perdido mucho de lo que hoy sabemos de la familia Wesley.
La señora Hall parece haber sido muy serenamente feliz durante la última parte de su vida, que pasó principalmente en Londres. Era una persona metódica y pausada, que miraba el lado bueno de todo y de todos, y rehuía los temas tristes. Pasaba mucho tiempo con el doctor Johnson, que disfrutaba de su animada conversación y confiaba en su memoria, firme y exacta. Él la habría persuadido con gusto de que se instalara en su casa, pero ya vivían con él dos ancianas, la señora Williams y la señora Du Moulin, y ella pensó que su presencia, salvo como visita ocasional, era innecesaria.
John Wesley tenía en altísima estima al viejo lexicógrafo, y le envió, por medio de la señora Hall, un ejemplar de sus «Notas» sobre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Ella tuvo además el gusto de presentarlos en persona, y al doctor Johnson le agradó muchísimo aquel hombre celoso y erudito, y con gusto lo habría tratado más. Llegó a enfadarse bastante porque John, que hacía mucho se había despedido del ocio, no tenía tiempo para cultivar su amistad ni la de su círculo, y un día le dijo a Boswell:
«Detesto encontrarme con John Wesley; el muy bribón te encanta con su conversación y luego se escapa para ir a visitar a alguna anciana». Y en otra ocasión:
«La conversación de John Wesley es buena, pero nunca está libre. Siempre tiene que marcharse a una hora fija. Esto es muy desagradable para un hombre que, como yo, gusta de cruzar las piernas y conversar hasta quedarse a gusto». Uno siente que el doctor Johnson ciertamente no estaba hecho para una época de ferrocarriles y barcos de vapor, pero que John Wesley se habría acomodado a ellos de muy buena gana.
Curiosamente, la señora Hall ni era ingeniosa ni admiraba el ingenio en los demás. Ya de niña era grave y formal; y cuando su madre encontró una vez a sus pequeños retozando y riendo, y exclamó: «¡Ah! Algún día todos ustedes serán serios», Martha la miró a la cara y preguntó: «¿Seré yo también más seria?», y la señora Wesley le respondió con un rotundo «No», como si eso fuera imposible. Charles decía: «La hermana Patty era demasiado sabia para ser ingeniosa»; y consta que una vez, cuando el doctor Johnson estaba de humor sombrío y disertaba en su presencia sobre la infelicidad de los mortales, ella le dijo: «Doctor, usted siempre ha vivido entre los ingeniosos, no entre los santos; y son la clase de gente menos inclinada a buscar la verdadera felicidad o a hallar la perla preciosa». Se negó a admirar las obras de Swift, que eran las favoritas de sus hermanos y hermanas, y le desagradaba especialmente «A Tale of a Tub», que consideraba irreverente en extremo.
Después de unos veinte años de vida matrimonial en Bristol, Charles Wesley y su esposa se trasladaron con sus hijos a Londres, donde la señora Hall tuvo el gusto de presentar a su sobrina Sally al corpulento doctor y de mostrarle los versos que la joven escribía de vez en cuando. El sabio solía darle palmaditas cariñosas en la cabeza y decirle a su tía: «Servirá, señora; servirá». James Boswell cuenta, en su vida de Johnson, cómo el domingo de Pascua de 1781 la señora Hall, un tal señor Allen y él mismo comieron con el doctor y con las dos ancianas que eran sus pensionistas. El día dio naturalmente su tono a la conversación, y Boswell «mencionó una especie de sociedad religiosa al estilo de Robin Hood, que se reunía todos los domingos por la tarde en Coachmakers’ Hall para debatir libremente, y que el tema de aquella noche era el texto que relata lo que sucedió a la muerte de nuestro Salvador: “Y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido se levantaron; y salidos de los sepulcros, después de su resurrección, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos”. La señora Hall dijo que era un tema muy curioso y que le gustaría mucho oírlo discutir. Johnson respondió, con cierto calor: “Uno no iría a un sitio así para oírlo”. Yo, sin embargo, resolví que iría. “Pero, señor”, le dijo ella a Johnson, “me gustaría oírselo discutir a usted”. Él pareció reacio a entrar en el asunto. Ella habló de la resurrección del género humano en general, y sostuvo que resucitaremos con los mismos cuerpos. Johnson: “No, señora; vemos que no ha de ser el mismo cuerpo, pues la Escritura usa la ilustración del grano que se siembra. No puede usted suponer que resucitaremos con un cuerpo enfermo; basta con que haya la semejanza suficiente para distinguir la identidad de la persona”. El doctor contó la historia de cuando oyó un día la voz de su madre que lo llamaba, estando él en Oxford. Ella pareció deseosa de saber más, pero él dejó la cuestión en la oscuridad». En esta ocasión, la señora Williams y la señora Hall le hablaron a su anfitrión con tanta insistencia que al fin él las hizo callar citando el conocido verso de «The Beggar’s Opera»: Pero dos a la vez, no hay mortal que lo aguante.
El doctor Johnson tenía cierta debilidad por ser el que más hablaba, y a ningún hombre le gusta que una mujer le «predique», como él decía. La predicación de la señora Hall, sin embargo, era probablemente de un tipo apacible, y trataba de teorías más que de personas. Tenía algo bueno que decir de todo el mundo; y si había que mencionar defectos, siempre recordaba las circunstancias atenuantes.
Se mantuvo sana y fuerte, y capaz de dar largos paseos, hasta el final; y cuando pasaba ya de los ochenta, Sally Wesley trató de obtener de ella la promesa de que podría estar a su lado en sus últimos momentos. «Sí», respondió su tía, «si eres capaz de soportarlo; pero te encargo que no llores por mí más de media hora».
John Wesley murió en marzo de 1791, dejando a la señora Hall como única superviviente de la casa de Epworth, y ella sintió profundamente su pérdida. Tenía entonces ochenta y cinco años, y solo le sobrevivió unos cuatro meses. A comienzos de julio era evidente que se iba apagando poco a poco, y Sally reclamó el privilegio de velarla; pero la enferma, desinteresada hasta el fin, insistió en que se fuera siempre a casa por la noche, «no sea que no duermas; entonces tu inquietud me causaría la mía». Murió el día 12; y poco antes, cuando su sobrina le preguntó si sufría algún dolor, respondió: «No, pero sí una sensación nueva». Justo antes del final llamó a Sally y, apretándole la mano, dijo: «Tengo la seguridad por la que tanto tiempo he orado. ¡Grita de alegría!». Inmediatamente después expiró.
Pareció muy natural que la sepultaran en la misma tumba que a su hermano predilecto, en el cementerio de City Road, y nunca se puso en sepulcro alguno una inscripción más apropiada que cuando, tras su nombre y su edad, se grabaron en la piedra estas palabras del sabio de Israel: «Abrió su boca con sabiduría, y la ley de clemencia está en su lengua». La señora Hall dejó su escasísima renta, así como sus papeles y cartas, a su amada sobrina, que los atesoró como reliquias de quien había sido para ella una segunda madre.
La mayoría de los sucesos de la vida de John y Charles Wesley son tan conocidos que no es necesario recapitularlos aquí. Es, sin embargo, bastante curioso que el apellido de la familia se haya transmitido solo por medio de Charles y de su hijo menor, Samuel. La esposa de Charles Wesley tenía veintitrés años cuando se casó, y su marido cuarenta y dos. Tuvieron nueve hijos, de los cuales solo tres llegaron a adultos; y como el hijo mayor y la hija vivieron y murieron solteros, todos los descendientes lo son de Samuel, varios de cuyos hijos viven todavía.
La señora de C. Wesley se llamaba de soltera Sarah Gwynne, y sus padres vivían en Garth, en el sur de Gales. Su madre pertenecía a una familia muy rica: era una de seis hermanas, cada una de las cuales recibió treinta mil libras como dote. Las voces hermosas y el talento musical eran hereditarios en la familia, de modo que sin duda fue principalmente por su madre por quien los dos hijos, Charles y Samuel, heredaron el genio musical que los ha hecho famosos. La unión de Charles y Sarah Wesley duró treinta y nueve años, hasta que él murió a los ochenta, y ella le sobrevivió treinta y cuatro años; tenía noventa y seis cuando partió.
Su hijo mayor, Charles, nacido el 11 de diciembre de 1757, mostró por primera vez su talento cuando tenía casi tres años, sacando correctamente una melodía en el clave y, lo que es más, poniéndole un bajo justo. A los cuatro años su padre llevó al pequeño a Londres, donde los primeros músicos del momento señalaron que debía educársele para seguir como profesión su inclinación natural. Ni su padre ni su tío parecen haber puesto la menor objeción, y probablemente les agradó mucho descubrir que el muchacho se inclinaba por instinto hacia la música de catedral. El doctor Boyce fue durante mucho tiempo su maestro principal, y después de él el señor Kelway, que presentó a su alumno y protegido al rey Jorge III.
Bajo la tutela de su padre recibió los rudimentos de una educación clásica; creció con unos modales muy amables y hasta cortesanos, y por su sencillez y bondad de corazón era el favorito de todos; pero estaba tan poco preparado para cuidarse a sí mismo en este mundo perverso que su hermana se consagró a él y actuó como una especie de ángel de la guarda, aunque muy discreto.
La primera vez que Charles recibió la orden real de presentarse en Buckingham House fue en 1775, cuando acababa de cumplir dieciocho años; y lo llevaron a través del parque en una silla de manos, después de que, según se dice, su madre y su hermana lo vistieran con todo esmero. Desde entonces fue llamado cada año a Windsor; y cuando la princesa Charlotte tuvo edad de necesitar un maestro de música, fue elegido para el puesto. Con el tiempo llegó a ser organista de la iglesia de Marylebone, y era muy conocido en los círculos musicales. Alguien que lo conocía bien dijo: «En la música era un ángel; en todo lo demás, un niño». Apenas supo lo que era un día de enfermedad, y murió en 1834 a los setenta y siete años.
Sally, llamada así para distinguirla de su madre, nació en Bristol en 1759, y desde el principio fue la gran favorita de su padre, que era un padre de lo más cariñoso. Ocupado como estaba cabalgando de acá para allá entre Londres y Bristol y cumpliendo los encargos de su hermano, que no eran ni pocos ni espaciados, se las arreglaba para escribir largas cartas a su esposa sobre los niños. La niña debía de tener alrededor de un año cuando él escribió: «Ella ha de salir a mí, puesto que ha de ser mi hija. Unos y otros me dan regalos para Charley, pero nadie parece hacer caso de la pobre Sally; hasta su madrina parece desairarla». Siempre estaba pensando en su hija, preparándole sorpresas y pidiendo a su madre que la mandara colina arriba hasta Gotham desde su casa de Stoke’s Croft, para que se fortaleciera con los aires del campo. Creció muy aficionada a la lectura y pronto aspiró a ser autora; en verso, desde luego, pues de lo contrario no habría sido una Wesley. John Wesley la quería mucho, y cuando ella tenía unos quince años le prometió llevarla consigo a Canterbury y Dover. Surgió un escándalo que parecía hacer imprescindible que él se quedara en Londres, y Charles le instó a aplazar el viaje. «Hermano», dijo John, «cuando consagré a Dios mi comodidad, mi tiempo, mi vida, ¿hice excepción de mi reputación? No. Dile a Sally que mañana la llevaré a Canterbury». Era una mujer inteligente, y tenía una letra muy pulcra y clara; se expresaba siempre en un inglés puro, como el que podría escribir una dama de hoy; y su ortografía era perfecta. Todas las lenguas que tuvo ocasión de aprender le resultaron fáciles, como les había sucedido a su padre y a su abuelo; y aumentaba sus escasos ingresos traduciendo cartas extranjeras para los periódicos de la época. Como su madre, perdió pronto su belleza a causa de la viruela, lo cual acentuó la timidez de su carácter, que, sin embargo, se le fue pasando en parte en sus últimos años. Proporcionó al doctor Adam Clarke muchos de los detalles que este utilizó en su «Wesley Family». Es difícil escoger un poema breve que ilustre su estilo, pero el siguiente, dirigido a Campbell con motivo de la muerte de uno de sus hijos, es una muestra muy buena. Se publicó por primera vez a partir de su propio manuscrito en 1876, en los «Memorials» del señor Stevenson, y unos meses más tarde se reeditó en el «Quiver», junto con algunas cartas originales suyas y de su hermano: EN LA MUERTE DE UN NIÑO. Para ti no prepara el mundo traicionero una juventud de enredadas trampas; ninguna llama furiosa de loca ambición tentará con la fama tus años maduros; ninguna avaricia seducirá tu vejez lejos del dulce gozo que se comparte; dichoso más allá del destino más dichoso, arrebatado a los males que afligen a los grandes, a los afanes inquietos, a las luchas que enredan y a todo cuidado de la vida más humilde. ¡Dichoso! aunque apenas pisaste la senda espinosa que conduce a Dios, donde la virtud sin amigos llora y ora, extraviada a menudo en el dudoso laberinto, y no supiste que la virtud lloraba en vano, ni sentiste mal mayor que el dolor; santo ya en el cielo, ¡dulce niño, que no hiciste más que llorar y morir!
La señorita Wesley murió en Bristol, en el otoño de 1828, de una afección de garganta, a los sesenta y nueve años. Fue sepultada en la misma tumba que cinco de sus hermanos y hermanas, en el cementerio de St. James; y Charles, inconsolable por su pérdida y casi incapaz de valerse por sí mismo, regresó a Londres en posta, ¡con un gasto de treinta y seis libras!
Samuel nació el 24 de febrero de 1766, en el octogésimo segundo aniversario del nacimiento de Händel. No fue tan precoz como Charles en la música y, en lugar de tocar por instinto y de oído un bajo justo, no lo intentó hasta haber aprendido las notas. Alguien le regaló un violín pequeño, y con él solía acompañar a Charles y cantar mientras este tocaba; y a veces, para cierto horror de quienes compartían las ideas de la época —que el hermano menor debía tener por infalible al mayor—, se atrevía a encontrarle faltas. Empezó a componer un oratorio titulado «Ruth» antes de cumplir seis años, y lo tenía ya terminado y escrito cuando cumplió ocho, momento en que se lo presentó con toda gravedad al doctor Boyce, quien lo recibió con ceremoniosas gracias. Debía de ser todavía muy niño cuando se hizo cargo del órgano de la abadía de Bath durante un mes, y tocó de primer violín en muchos conciertos privados. Hizo progresos satisfactorios en su educación general, y tenía sentido común de sobra.
Después de que Charles Wesley se trasladara a Londres, cuando mucho se hablaba de sus hijos, el doctor Johnson —que, como es bien sabido, no tenía oído para la música— sintió que era su ineludible deber, por respeto y amistad hacia la familia, ir a escuchar tocar a los muchachos. No anduvo con preámbulos, sino que entró de inmediato en materia diciéndole al padre, con su estilo solemne: «Tengo entendido, señor, que sus muchachos son diestros en la música; le ruego que me deje oírlos». Ellos siempre estaban dispuestos, y se sentaron enseguida a sus instrumentos. El doctor Johnson tomó una silla y, cogiendo un libro del asiento de la ventana, se puso inmediatamente a leer y a balancearse, como era su costumbre. En cuanto cesó la música, levantó la vista, cerró el libro, dijo: «Jóvenes caballeros, les quedo muy agradecido», y se marchó.
Samuel Wesley sentía una gran aversión por Londres, y durante muchos años buscó y halló compromisos musicales en provincias. Después de casarse vivió algún tiempo cerca de Barnet, y luego en Camden Town, que en aquellos días era del todo campestre. Era un incansable escritor de cartas, y solía llenar muchos pliegos con chismes musicales y de otra índole, para entretener a Charles y a Sally. Dio a la fortuna por lo menos diez «rehenes», y murió en octubre de 1837, a los setenta y un años.
Vivió para ver a su hijo mayor, Charles, doctor en Teología y subdeán de las Capillas Reales. Durante treinta años el doctor Wesley estuvo así vinculado al palacio de St. James y, en el ejercicio de su cargo, estuvo presente cuando la reina Victoria fue confirmada, coronada y casada, y también cuando fue «purificada» tras el nacimiento de su primera hija, la princesa real. Asistió al bautizo de la real niña y, diecisiete años después, a su boda con el príncipe heredero de Prusia. Murió en St. James en 1859 y dejó dos hijas.
Samuel Sebastian Wesley, muy conocido como doctor en Música, era el tercer hijo de Samuel Wesley, y en su juventud fue uno de los niños cantores de la Capilla Real de St. James. Con poco más de veintiún años fue elegido organista de la catedral de Hereford, donde, uno o dos años después, se casó con la hermana del deán, el doctor Merewether. En 1835 pasó a ser organista de la catedral de Exeter; pero, tras permanecer allí siete años, se fue a Leeds y ocupó el puesto de organista de la iglesia parroquial durante parte del largo y enérgico ministerio del difunto deán Hook. En 1849 se le ofreció el puesto de organista de la catedral de Winchester, y él lo aceptó. Era un puesto muy de su gusto, sobre todo porque le permitía educar a sus cinco hijos en la escuela de Winchester. En 1865 llegó a ser organista de la catedral de Gloucester, y desde entonces tomó parte destacada en los festivales musicales del oeste de Inglaterra. Dos de sus hijos son clérigos de la Iglesia de Inglaterra, dos son doctores en Medicina y uno se abre camino en Australia. Murió el 19 de abril de 1876, a la edad relativamente temprana de sesenta y seis años, lo cual, por citar a su tía Sally cuando hablaba de otro pariente, quedaba muy lejos del término de vida «alcanzado por nuestros respetables antepasados».
Es notable lo poco favor que el wesleyanismo ha hallado en la propia familia de su fundador. Con la excepción de algunas de sus hermanas, que se vincularon a la Sociedad, John y Charles estuvieron solos mientras vivieron, en lo que a sus parientes se refiere, y la mayoría de quienes han llevado después su apellido se han mantenido firmemente adheridos a la Iglesia de Inglaterra. Así lo habría querido el propio John, pues no era separatista, aunque no pudo detener el movimiento del que era el motor principal; ni deseaba hacerlo, pero no veía que hubiera de conducir necesariamente a la separación. La sangre, sin embargo, se hace notar, y en todos los descendientes de la familia de Epworth se manifiestan todavía un enorme caudal de talento y energía. Impetuosos y de ingenio rápido, y quizá no demasiado dados a afanarse por el día de mañana, todos ellos tienen que estar en pie y en acción, y en estos rasgos acreditan su linaje y el vigor de aquella cepa original, que todavía está tan lejos de agotarse.
LONDRES:
En octavo corona. 3 chelines y 6 peniques cada volumen.
SERIE MUJERES EMINENTES.
Dirigida por John H. Ingram.
VOLÚMENES YA PUBLICADOS: George Eliot. Por MATHILDE BLIND.
Emily Brontë. Por A. MARY F. ROBINSON.
George Sand. Por BERTHA THOMAS.
Mary Lamb. Por ANNE GILCHRIST.
Maria Edgeworth. Por HELEN ZIMMERN.
Margaret Fuller. Por JULIA WARD HOWE.
Elizabeth Fry. Por la SRA. E. R. PITMAN.
La condesa de Albany. Por VERNON LEE.
Harriet Martineau. Por la SRA. FENWICK MILLER.
Mary Wollstonecraft Godwin. Por ELIZABETH ROBINS PENNELL.
Rachel. Por la SRA. A. KENNARD.
Madame Roland. Por MATHILDE BLIND.
Susanna Wesley. Por la SRA. E. CLARKE.
OPINIONES DE LA PRENSA. George Eliot. Por MATHILDE BLIND.
«El libro de la señorita Blind es un estudio excelentísimo y cuidadoso de un gran genio». — Vanity Fair.
«No debe saltarse ninguna página de esta interesante monografía». — Graphic.
«Nada hace más falta hoy en día que tratados breves sobre grandes escritores como estos. La señorita Blind no ha escatimado esfuerzos para componer una narración coherente y atractiva, y ha logrado presentarnos una biografía completa, salpicando su relato de críticas incisivas». — British Quarterly. Emily Brontë. Por A. MARY F. ROBINSON.
«La señorita Robinson hace sumamente interesante la parte biográfica de su libro, mientras que su crítica de la autora es justa, penetrante y brillante». — Truth.
«En el volumen que tenemos delante hallamos una biografía crítica de la autora de “Cumbres borrascosas”, que presenta a los ojos de la mente una idea clara y definida del genio más verdadero y puro que ha producido este país. Lo que la señora Gaskell hizo por Charlotte Brontë, la señorita Robinson lo ha hecho, con igual gracia y simpatía, por su hermana menor». — Manchester Courier.
George Sand. Por BERTHA THOMAS.
«El libro de la señorita Thomas está bien escrito y es bastante completo; ella tiene buenas intenciones, es siempre justa, y su libro merece una decidida recomendación como introducción a su tema». — Athenaeum.
«En este modesto volumen el lector común hallará todo lo que necesita saber sobre la vida y los escritos de George Sand. La señorita Thomas ha llevado a cabo una tarea bastante difícil con gran destreza». — St. James’ Gazette.
Margaret Fuller. Por JULIA WARD HOWE.
«Una biografía muy fresca y atractiva, y una digna adición a la serie, cuidadosamente seleccionada y bien editada, del señor Ingram». — Freeman’s Journal.
«Muy digno de figurar junto a sus populares predecesores, y entre los libros nuevos que deberían leerse». — Derby Mercury.
OPINIONES DE LA PRENSA. Mary Lamb. Por ANNE GILCHRIST.
«La “Mary Lamb” de la señora Gilchrist es un esbozo esmerado y culto, escrito con conocimiento y sentimiento». — Pall Mall Gazette.
«A su tarea de relatar esta vida, la señora Gilchrist ha aportado evidentemente amplias lecturas y un conocimiento exacto. Merece felicitaciones por la claridad e interés de su narración, y por el acierto con que ha puesto ante nosotros una de las figuras más dulces y conmovedoras de la literatura inglesa». — Academy.
«Un volumen del todo encantador, de retrato amorosamente comprensivo y cargado de mucho material nuevo e interesante». — Harper’s Magazine.
Maria Edgeworth. Por HELEN ZIMMERN.
«Un resumen muy grato de la vida y las obras de nuestra dotada compatriota». — Freeman’s Journal.
«Una biografía interesante». — Echo.
«La señorita Zimmern es la primera en contar la historia completa para los lectores ingleses, y el modo en que describe el hogar irlandés, la sociedad literaria entre un padre excéntrico y una hija obediente, la visita a Francia y el encuentro de la señorita Edgeworth con ciertas celebridades francesas, entre ellas Madame de Genlis, está lleno de viveza». — Pall Mall Gazette.
Elizabeth Fry. Por la SRA. E. R. PITMAN.
«De todos los filántropos ingleses, ninguno muestra una naturaleza más noble ni es más digno de un recuerdo permanente que la señora Fry. Por esta razón damos la bienvenida al esbozo que de ella ha hecho la señora Pitman, publicado en la Serie Mujeres Eminentes». — Times.
«De la sencilla pero impresionante obra de la señora Pitman puede obtenerse una idea excelente de la noble vida y obra de la señora Fry». — Contemporary Review.
«Es un buen libro, digno de ocupar un lugar en la interesante Serie Mujeres Eminentes». — Spectator.
OPINIONES DE LA PRENSA. La condesa de Albany. Por VERNON LEE. «Hay un poder vívido en la recreación que hace Vernon Lee de la vida y la sociedad florentinas, y mucha belleza y brillo de color en sus descripciones». — Saturday Review.
«Esta biografía romántica es tan apasionante como cualquier obra de imaginación, y el estilo incisivo y gráfico de su autora la hace singularmente atractiva». — Morning Post.
Harriet Martineau. Por la SRA. FENWICK MILLER.
«Un relato fiel y comprensivo de esta notable mujer». — Scotsman.
«Como descripción fiel, hecha por una mujer reflexiva y de amplias miras, de la vida privada y la brillante carrera literaria de otra mujer, este esbozo crítico es admirable». — Whitehall Review.
«La señora Miller ha hecho bien su difícil trabajo, y su volumen es uno de los más capaces e interesantes de la capaz e interesante serie a la que pertenece». — Derby Mercury.
Mary Wollstonecraft Godwin. Por ELIZABETH ROBINS PENNELL.
«Una representación imparcial, juiciosa y completa de la vida y la obra de una mujer justamente célebre». — Whitehall Review.
«Una vida excelente… La autora tiene evidentemente esa plena simpatía con su tema sin la cual probablemente es imposible escribir una biografía realmente buena». — Guardian.
Rachel. Por la SRA. KENNARD.
«Este volumen de la Serie Mujeres Eminentes sostiene plenamente el admirable carácter de la serie. Es sin duda la mejor colección de biografías femeninas que conocemos». — Literary World.
«La señora Kennard ha hecho su trabajo bien y con simpatía, y ha logrado la única vida de Rachel digna de ese nombre». — The Lady.
«Mantiene dignamente la reputación de la Serie». — Sheffield Telegraph.
Madame Roland. Por MATHILDE BLIND.
«Lleno de material excelente, biográfico y crítico, y un modelo de trabajo cuidadoso y concienzudo… Tal como está, el libro se lee con más gusto que la mayoría de las novelas actuales, y es en todo digno de la alta reputación de la señorita Blind». — Pictorial World. «Pocos volúmenes de la Serie Mujeres Eminentes son más interesantes». — Morning Post.
«Un libro vigoroso, conmovedor y profundamente interesante». — Graphic.
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Capítulo 16 completado
Supervivientes y descendientes