Susanna Wesley
Viudez

Capítulo 14 · 25 min de lectura · 32 min de escucha

Viudez

NADA retenía ya a la señora Wesley en Epworth una vez arreglados sus pocos asuntos y de vuelta sus hijos a Tiverton y a Oxford. Samuel se llevó consigo a Kezia, y la madre fijó su residencia por una temporada con su hija mayor en Gainsborough. Sin duda fue un consuelo para ella estar con Emilia, pues el cariño entre ambas había sido siempre muy fuerte; y Martha, la otra hija, que sentía una devoción especial por su madre, estaba en Londres preparándose para casarse. El hombre con quien estaba comprometida era el señor Wesley, o Westley, Hall, amigo y discípulo de sus hermanos en Oxford, a quien se menciona en algunas de las cartas de la señora Wesley a sus hijos. Martha lo conoció mientras llevaba la casa de su tío Matthew en Londres, donde él se le declaró y fue aceptado; y más tarde acompañó a John y a Charles a Epworth, donde, cosa bastante curiosa, nadie parece haber sabido nada de su compromiso, y allí cortejó con diligencia a Kezia. Después de ganarse su afecto, fingió haber tenido una visión del cielo que le prohibía aquel enlace y, probablemente bien enterado de las bondadosas intenciones del señor Matthew Wesley hacia su sobrina favorita, volvió a su lealtad para con Martha. Cuando los hermanos supieron que ella iba a casarse con el señor Hall, la acusaron de haberle robado el pretendiente a Kezia; entonces ella escribió a su madre un relato completo de todo el asunto, y la madre la consideró del todo justificada al aceptar al señor Hall y dio formalmente su consentimiento al matrimonio, añadiendo que, si el tío daba también el suyo, no podía haber obstáculo alguno.

La pareja se unió en el verano de 1735 y se fue a vivir a Wootton, en Gloucestershire, donde el novio tenía un curato. La boda fue celebrada con un poema bastante largo que apareció en el Gentleman’s Magazine de septiembre de aquel año.

Por entonces la atención de John y Charles Wesley estaba muy absorbida por su próxima partida a Georgia. El general James Oglethorpe había fundado algunos años antes el Estado de Georgia; estaba, como hemos visto, en correspondencia con el rector de Epworth y conocía personalmente a Samuel Wesley de Westminster, y de este modo llegó a conocer a su enérgico y celoso hermano menor. En 1732 regresó a Inglaterra para reclutar gente con que poblar mejor su colonia y emprender la obra misionera entre los nativos. Con la ayuda del Gobierno reunió a 130 montañeses escoceses y 170 alemanes que volvieran con él, y contrató a John Wesley como capellán y misionero, y a Charles como su secretario particular. Cuando se les propuso por primera vez esta expedición, les desagradó personalmente, y John la rechazó con decisión. El general y los fideicomisarios le instaron a reconsiderar su determinación, y sin duda él recordó el vivo interés de su padre por la colonia. Su resolución quedó algo quebrantada, pero aun así dijo que no podía dejar Inglaterra mientras viviera su anciana y achacosa madre. Entonces le preguntaron si el consentimiento de ella a su partida cambiaría las cosas; así que fue a Gainsborough y pasó tres días con la señora Wesley y Emilia, resuelto en su fuero interno a aceptar la decisión de su madre como la voz de la Providencia. Su respuesta a lo que él tenía que decirle fue: «Si tuviera veinte hijos, me alegraría de que todos estuvieran empleados así, aunque no volviera a verlos nunca más». Esto, naturalmente, fue concluyente; Charles fue ordenado de inmediato, recibiendo las órdenes de diácono y de presbítero en pocos días a causa de la urgencia de las circunstancias, y con dos amigos de Oxford, el señor Ingham y el señor Delamotte, emprendieron el viaje por fe, y no sin una pizca del gusto por la aventura y el cambio de aires propio de hombres de su edad. Todos zarparon de Gravesend, en el buen barco Symmonds, el 14 de octubre de 1735, unos seis meses después de que se deshiciera el hogar de Epworth.

No hay que suponer que la señora Wesley no intercambiara muchas cartas con sus hijos sobre el asunto, pero solo se ha conservado una. La breve epístola que sigue fue probablemente la primera que les escribió después de que zarparan: «Gainsborough, «QUERIDO HIJO: 27 de noviembre de 1735.

¡Dios es el Ser mismo, el YO SOY, y por tanto ha de ser necesariamente el Bien Supremo! Es tan infinitamente bienaventurado que cada percepción de su presencia dichosa infunde al corazón una alegre vitalidad. Cada grado de acercamiento a él es, en la misma proporción, un grado de felicidad; y a menudo pienso que, si él estuviera siempre presente a nuestra mente como nosotros lo estamos a él, no habría dolor ni sentimiento de desdicha. Hace ya mucho que lo escogí como mi único Bien, mi Todo, mi placer, mi felicidad, en este mundo tanto como en el venidero. Y aunque no he sido tan fiel a su gracia como debiera, siento, sin embargo, que mi espíritu se mantiene en su elección y procura cada día unirse firmemente a Dios. Con todo, hay una cosa que a menudo me inquieta: que, aun sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo peregrinamos ausentes del Señor, y aun no quedándome gusto ni apetencia por nada de lo que el mundo llama placer, no anhelo ir a casa como en razón debiera. Esto me turba con frecuencia; y así como yo oro constantemente (casi sin cesar) por ti, hijo mío, te ruego asimismo que ores por mí, para que Dios me haga mejor y me lleve cuando esté en lo mejor de mí.

«Tu madre que te ama, «SUSANNA WESLEY».

En septiembre de 1736, la señora Wesley, que en su viudez se trasladó de un lugar a otro más de lo que lo había hecho en toda su vida anterior, se fue a vivir con su hijo mayor a Tiverton, ocupando muy probablemente el lugar de Kezia, a quien los Hall invitaron a ir a vivir con ellos. Samuel y su esposa, así como la señora Berry, madre de esta, le dieron una calurosa bienvenida. Samuel declaraba que socialmente vivía en un desierto, «sin persona alguna con quien conversar, salvo mi esposa, hasta que mi madre llegó la semana pasada». Es casi seguro que, mientras estuvo en Tiverton, la señora Wesley debió de contar a su hijo cuantos detalles recordaba acerca de la familia de su padre. Se recordará que este era primo hermano del conde de Anglesey, que solo tuvo dos hijos varones (ambos muertos sin dejar descendencia) y que dejó todos sus papeles en manos de su hija menor, y que, por desgracia, fueron destruidos en el incendio que consumió la casa parroquial de Epworth. El condado de Anglesey se había extinguido por falta de herederos varones. Si los papeles de los Annesley hubieran existido, se suponía que Samuel Wesley habría tenido alguna posibilidad de reclamarlo por línea materna. Su único hijo varón, sin embargo, había muerto, y la única hija que llegó a la edad adulta se casó con un hombre ambicioso, un tal señor Earle, que bien podría haber llevado adelante sus investigaciones con vigor teniendo a la vista semejante premio, de no haberse casado Charles Wesley ya entrado en años y haber llegado a ser padre de hijos varones. Si hubiera habido alguna perspectiva de éxito, habría correspondido a Charles hijo; pero su padre, que a los veinte años se había negado a ser reconocido como heredero de Garret Wesley de Dangan, era el último hombre que iba a emprender averiguaciones sobre la herencia de fincas inglesas y de un título. Los Earle, con el tiempo, se marcharon a Francia y se establecieron allí; una de las hijas, según se dice, se casó con el célebre mariscal Ney.

Pronto llegaron de Georgia noticias inquietantes. John y Charles se habían llevado una terrible desilusión, sobre todo este último, que además se convenció de que no estaba regenerado. Samuel les escribió instándoles a volver, y mandó decir a John que le inquietaba que Kezia viviera con los Hall, tanto porque desconfiaba del marido de su hermana como por el afecto que la muchacha le había tenido antes. Decía que no podía permitirse mantenerla a menos que John pagara su manutención. Charles sí regresó, llegando a Inglaterra el 3 de diciembre de 1736 con despachos de los colonos. Su tío Matthew le dio una calurosa bienvenida, y en casa de este recibió una carta afectuosa de Samuel, con todas las noticias y una invitación a Tiverton, que él aceptó enseguida, para gran alegría de su madre, quien, sin embargo, se hallaba en aquel momento recluida en su cuarto por una enfermedad.

En julio de 1737, la señora Wesley se fue a vivir con los Hall, en cuya casa parece haber estado muy a gusto. De su estancia con ellos en Wootton se sabe poco. Se conserva una carta suya a la señora Berry, de Tiverton, pero es casi exclusivamente teológica. En el párrafo final dice: «Doy gracias a Dios porque estoy algo mejor de salud que cuando le escribí la última vez, y le cuento, porque sé que le agradará, que el señor Hall y su esposa son muy buenos conmigo. Él se porta como un caballero y un cristiano, y mi hija con todo el respeto y la ternura que pueden expresarse, de modo que en este aspecto estoy muy tranquila». Cuando los Hall se trasladaron a Fisherton, cerca de Salisbury, ella los acompañó, y fue mientras vivía allí cuando tuvo el gozo de ver a John volver de Georgia y, por lo que oyó de él y de Charles, llegó a la conclusión de que ninguno de los dos debía regresar allá. Le causó gran asombro que sus hijos hicieran el descubrimiento (así llamado) de que su credo y su enseñanza religiosa habían sido erróneos hasta entonces, y que declararan que solo por la fe en la expiación de Cristo podían los hombres creer en la salvación de sus almas. Desde aquel momento predicaron las doctrinas que los teólogos conocen como la justificación por la fe y el testimonio del Espíritu. Quizá ella reconoció que «Dios se cumple a sí mismo de muchas maneras», y además se iba acercando a la región fronteriza donde las almas ven, a través de la niebla de los prejuicios, las verdades eternas; pues, en respuesta a una carta exaltada de su hijo mayor, que advertía a todos sus conocidos que se guardaran de este novedoso método de predicar el evangelio, escribió una epístola que, por lo mucho que se ha discutido, se ha vuelto casi histórica. Se supone que por entonces estaba de visita en Epworth: «QUERIDO HIJO: «jueves, 8 de marzo de 1738-9.

Tus dos cartas dobles me llegaron sin percance el viernes pasado. Te las agradezco, y me ha dado mucha satisfacción leerlas. Están escritas con buen espíritu y buen juicio, suficientes, a mi parecer, para convencer a cualquier mente sin prejuicios de que resucitar estas pretensiones de sueños, visiones, etc., no solo es vano y frívolo en cuanto a su contenido, sino también de peligrosas consecuencias para los cristianos más débiles. Bien has observado “que no es el método de la Providencia valerse de medios extraordinarios para lograr aquello para lo cual bastan los ordinarios”. Por eso, el mismo fin para el que pretenden que se envían estas nuevas revelaciones me parece uno de los mejores argumentos contra su verdad. Hasta donde alcanzo a ver, alegan que estas visiones, etc., se dan para asegurar a algunas personas en particular de su adopción y salvación. Pero a este fin se ha provisto abundantemente en las Sagradas Escrituras, donde todos pueden hallar las reglas por las que hemos de vivir aquí y ser juzgados en lo venidero, expuestas con tanta claridad “que pueda leerlas aun el que corre”; y es por estas leyes por las que debemos examinarnos, lo cual es un camino que Dios ha dispuesto, y por eso podemos esperar su dirección y su ayuda en tal examen. Y si, tras una seria revisión de nuestro estado, hallamos que en el curso de nuestra vida hemos deseado, o deseamos ahora, sinceramente, y nos hemos esforzado por cumplir las condiciones del pacto del evangelio que se nos exigen por nuestra parte, entonces podemos discernir que el Espíritu Santo ha puesto en nuestra propia mente un buen fundamento para una esperanza firme, razonable y viva en la misericordia de Dios por medio de Cristo.

«Esta es la seguridad a la que debemos aspirar, la que el apóstol llama “la plena certeza de la esperanza”, y que nos exhorta a “retener firme hasta el fin”. Y la consecuencia de alentar a gente fantasiosa en este nuevo modo de buscar la seguridad (como hacen todos los que les oyen contar sus historias necias sin reprenderlos) creo que ha de ser apartarlos del camino de Dios para llevarlos a uno de su propia invención. Has demostrado claramente que los ejemplos de la Escritura, y de hecho aquel texto que alegan en su defensa, no sirven a su propósito, de modo que carecen del apoyo de toda autoridad humana o divina (como bien has observado); y el crédito de sus relatos ha de depender, por tanto, de su sola afirmación, que ciertamente no pesará mucho en la parte sobria y juiciosa de la humanidad.

«Empecé a escribir a Charles antes de escribirte a ti la última vez, pero no pude continuar, porque mi chimenea humeaba tanto que casi perdí la vista, y quedé casi ciega durante un tiempo considerable. Con la bendición de Dios, un colirio que yo misma preparo me curó del dolor, pero la debilidad me duró mucho. Después me han informado de que el señor Hall piensa trasladar a su familia a Londres, que ha tomado una casa, y que yo debo (si a Dios le place que viva) ir con ellos; allí espero ver a Charles, y entonces podré expresar de palabra mi parecer sobre sus nuevas ideas más plenamente de lo que puedo hacerlo por escrito; por eso no terminaré mi carta para él.

«Supongo que habrás oído que el señor Whitfield está recorriendo estas tierras para hacer una colecta destinada a una casa en Georgia para huérfanos y para aquellos hijos de los nativos que estos quieran ceder, a fin de que aprendan nuestra lengua y nuestra religión. Vino aquí a verme, y hablamos de tus hermanos. Le dije que no me gustaba su modo de vivir y que los quisiera ver en algún lugar propio, donde pudieran predicar con regularidad, etc. Él replicó: “que yo no podía concebir el bien que hacían en Londres; que la mayor parte de nuestro clero estaba dormida, y que nunca hubo mayor necesidad de predicadores itinerantes que ahora”; ante lo cual un caballero que venía con él dijo que mi hijo Charles lo había convertido, y que mis hijos empleaban todo su tiempo en hacer el bien. Pregunté entonces al señor Whitfield si mis hijos no pretendían introducir algunas innovaciones en la Iglesia, cosa que yo mucho temía. Me aseguró que estaban tan lejos de ello que se esforzaban todo lo posible por reconciliar a los disidentes con nuestra comunión; que mi hijo John había bautizado a cinco presbiterianos adultos según nuestro rito el día de San Pablo y que, a su parecer, atraería a muchos a nuestra comunión. Su visita fue breve, así que no pude hablar con él tanto como deseaba. Parece ser un hombre muy bueno, y uno que de veras desea la salvación de los hombres. ¡Dios conceda que a la prudencia de la serpiente se una la sencillez de la paloma!

«Mi papel y mi vista casi se acaban, así que solo añadiré que te envío a ti y a los tuyos mi amor y mi bendición de todo corazón. Mis respetos a la señora Berry. No tuve ocasión de enviar esta hasta el sábado 13 del pasado. Mi amor y mi bendición a Jacky Ellison. Te ruego que me escribas pronto. Nos vamos en abril».

No se sabe si los Hall fueron entonces a Londres para algo más que una breve visita, ni se ha hallado indicio alguno de que la señora Wesley conociera las pruebas por las que tuvo que pasar su hija, ni la manera angelical en que las sobrellevó. En el otoño de aquel mismo año la señora Wesley estaba de nuevo en Tiverton con su hijo mayor. Charles, que era muy franco de corazón, le escribió amplia y libremente acerca de las nuevas luces que habían amanecido sobre él y sobre John, y ella le respondió sin querer desanimarlo, pero con mucha extrañeza sobre lo que pudieran ser aquellas ideas novedosas y adónde conducían: CHARLES, «19 de octubre de 1738.

«Con mucho gusto veo que tu ánimo está algo más tranquilo que antes, y doy gracias a Dios de todo corazón por ello. El ánimo del hombre soportará su enfermedad; mas ¿quién soportará al ánimo angustiado? Si tal ha sido tu caso, triste ha sido en verdad. Pero bendito sea Dios, que te dio convicción del mal del pecado, como contrario a la pureza de la naturaleza divina y a la perfecta bondad de su ley. Bendito sea Dios, que te mostró la necesidad en que estabas de un Salvador que te librara del poder del pecado y de Satanás (porque Cristo no será Salvador de quienes no ven que lo necesitan), y te encaminó a asirte por la fe de aquella asombrosa misericordia que el amor redentor nos ofrece. Jesús es el único Médico de las almas; su sangre, el único bálsamo que puede sanar una conciencia herida.

«No está en la riqueza, ni en los honores, ni en el placer sensual aliviar un espíritu trabajado y cargado, cansado del peso del pecado. Estas cosas tienen poder para aumentar nuestra culpa, apartando de Dios nuestro corazón; pero ninguno para hacer nuestra paz con él, para reconciliar a Dios con el hombre y al hombre con Dios, y para renovar la unión entre la naturaleza divina y la humana.

«No, no hay nadie sino Cristo, nadie sino Cristo, que sea suficiente para estas cosas. Pero bendito sea Dios, él es un Salvador todo suficiente; ¡y bendito sea su santo nombre, porque tú lo has hallado como Salvador tuyo, hijo mío! ¡Oh, amémoslo mucho, pues mucho se nos ha perdonado!

«Me gustaría saber qué entiendes tú por fe justificante, ya que hablas de ella como de algo que has recibido hace poco.

«SUSANNA WESLEY».

Una segunda carta, que muestra que la señora Wesley no acababa de comprender el cambio de opiniones experimentado por sus hijos e inculcado por ellos a sus seguidores, fue probablemente escrita también desde Tiverton: «QUERIDO CHARLES: «6 de diciembre de 1738.

«Creo que has caído en un modo extraño de pensar. Dices que hasta hace pocos meses no tenías vida espiritual ni fe justificante alguna.

«Ahora bien, esto es como si un hombre afirmara que no estaba vivo en su infancia porque, siendo niño, no sabía que estaba vivo. Todo lo que puedo sacar de tu carta, pues, es que hasta hace poco no estabas tan satisfecho de ser cristiano como lo estás ahora. Me alegro de todo corazón de que hayas alcanzado ya una esperanza firme y viva en la misericordia de Dios por medio de Cristo. No es que pueda creer que antes estuvieras del todo sin fe salvadora; pero una cosa es tener fe, y otra ser conscientes de que la tenemos. La fe es fruto del Espíritu y don de Dios; pero sentir, o ser interiormente conscientes de que tenemos verdadera fe, requiere una obra ulterior del Espíritu Santo de Dios. Dices que tienes paz, pero no gozo en el creer. ¡Bendito sea Dios por la paz! Que esta paz repose sobre ti. El gozo vendrá después, quizá no muy de cerca, pero seguirá a la fe y al amor. Las promesas de Dios nos están selladas, pero no fechadas; espera, pues, con paciencia lo que a él le plazca. Él te dará gozo en el creer. Amén.

«Sus. WESLEY».

La señora Wesley estaba más serena que su hijo Samuel, pero a este le alarmaban terriblemente las noticias de la extraña ola de agitación que se abatía sobre las almas y los cuerpos de los hombres cuando predicaban sus hermanos y el señor Whitfield, así como la negativa del clero a dejarles hablar desde sus púlpitos y la de los obispos a permitirles predicar en sus diócesis. Él reconocía la voz del sacerdote que anunciaba el perdón de los pecados desde el lugar sancionado por la autoridad de la Iglesia, pero temía esa misma doctrina cuando se proclamaba al aire libre, bajo la bóveda del cielo. Le parecía como si los baluartes del cuerpo eclesiástico estuvieran siendo derribados y se abrieran las compuertas del cisma. Quizá esa fue también la opinión de los rabinos hebreos hace mil ochocientos años, cuando el joven y desconocido Maestro pronunció palabras que estremecían el corazón de las multitudes que se agolpaban a su alrededor en la orilla del lago o en la ladera del monte. Ningún movimiento semejante había conmovido antes a Inglaterra; era la respuesta de un alma a otra, el despertar de la humanidad de un largo sueño, el toque magnético del genio espiritual que encendía los huesos secos en vida vibrante. Samuel Wesley, con toda su bondad, carecía de la magia del soplo divino; pero su madre, con su más fino instinto femenino, empezó a sentir y comprender su inspiración. Quizá la contienda de lenguas se habría encendido en la familia, de no haber llamado a Samuel a las regiones de la paz y de la visión clara el Maestro a quien sirvió fielmente según sus luces. La señora Wesley lo dejó con su salud habitual en Tiverton y se fue a Londres a principios de 1739, descansando tal vez en Salisbury por el camino. John pensaba establecer en la capital un hogar y un centro para su obra, y deseaba que ella viviera allí. Los Hall estaban cerca; Hetty, en Soho; Anne, en Hatfield; y Kezzy, la menor, en Bexley, donde su hermano John la había colocado en la familia del vicario, el señor Piers, amigo y seguidor suyo. Charles había estado enfermo hacía poco, y Kezzy, aunque ella misma era delicada, lo había cuidado con ternura. La madre probablemente acogió con alegría la oportunidad de estar al alcance de todos ellos, y miró la Foundry como un puerto de descanso para su vejez. Ciertamente prometía mucho, y tenía todo el aspecto de ser una residencia agradable, sana y bien aireada.

Moorfields era el parque del pueblo en aquella época, con hermosos olmos viejos, amplias extensiones de césped y anchos paseos de grava, donde los próceres de la ciudad disfrutaban de descanso y esparcimiento con sus familias después de las horas de trabajo. Junto a este espacio abierto estaba Windmill Hill, en cuyo lado oriental se levantaba un ruinoso edificio de tejas donde sucesivos Gobiernos habían fundido los primeros grandes cañones que usaron nuestros ejércitos. Pero en 1716, mientras se refundían los cañones franceses capturados en las victoriosas campañas de Marlborough, se produjo una terrible explosión que voló el tejado, destrozó los muros y mató e hirió a muchos de los obreros. Se consideró que semejante fuente de peligro no debía existir en pleno centro de Londres, y en adelante los cañones se fundieron en Woolwich, quedando en ruinas la vieja fundición. Tenía unas cuarenta yardas de fachada, y el terreno en que se levantaba tenía treinta y tres yardas de fondo. El solar y el edificio se adquirieron por 115 libras, y el edificio, una vez reformado, reparado y adaptado a sus nuevos fines, costó unas 650 libras más. John Wesley no tenía más ingresos que los que le reportaba su beca de Oxford, pero los amigos prestaron y suscribieron dinero, aunque la suma completa tardó mucho en reunirse. Había una tosca capilla con bancos, un púlpito rudimentario hecho a toda prisa con tablas, una casa para alojar a los predicadores laicos y a uno o dos criados, una pequeña cochera y una cuadra, y, encima de la sala de las bandas, unas habitaciones para John Wesley, adonde llevó a su madre y la instaló como señora de la casa.

Allí pudo hablar de muchas cosas con su hijo, quien nos cuenta que, hasta poco tiempo antes, ella decía «que apenas había oído mencionar cosa tal como que el Espíritu de Dios dé testimonio a nuestro espíritu; mucho menos se imaginaba que este fuera el privilegio común de todos los verdaderos creyentes. “Por eso”, dijo, “nunca me atreví a pedirlo para mí. Pero hace dos o tres semanas, mientras mi hijo Hall pronunciaba estas palabras al darme la copa: ‘La sangre de nuestro Señor Jesucristo, que fue dada por ti’, las palabras me traspasaron el corazón, y supe que Dios, por amor de Cristo, me había perdonado todos mis pecados”. Le pregunté si su padre (el doctor Annesley) no había tenido esa misma fe, y si no le había oído predicarla a otros. Respondió que él la tenía, y que poco antes de su muerte declaró que en más de cuarenta años no había tenido oscuridad, ni temor, ni duda alguna de ser aceptado en el Amado. Pero que, sin embargo, no recordaba haberle oído predicar sobre ello de forma explícita, no, ni una sola vez; de donde suponía que también él lo consideraba la bendición particular de unos pocos, y no algo prometido a todo el pueblo de Dios».

Así fue ganada la señora Wesley para las opiniones de su hijo John, con gran pesar de Samuel, que escribió hacia mediados de octubre de 1739: «John y Charles se han hecho ahora tan notorios que el mundo tendrá curiosidad por saber cuándo y cómo nacieron, en qué escuelas se criaron, de qué colegios de Oxford son y cuándo se matricularon, qué grados obtuvieron, y dónde, cuándo y por quién fueron ordenados; qué libros han escrito o publicado. Ojalá puedan ahorrar el tiempo suficiente para dignarse contar un poco de su historia. Por mi parte, preferiría mucho más verlos recogiendo pajas dentro de los muros que predicando en la explanada de Moorfields.

«Con extrema preocupación y pena he oído que has dado tu favor a un engaño que se extiende, hasta el punto de ser una de la congregación de Jack. ¿No basta con que me vea privado de mis dos hermanos, sino que también ha de seguirlos mi madre? Ruego encarecidamente al Todopoderoso que te guarde de unirte a un cisma al final de tu vida, como desgraciadamente estuviste comprometida en uno al principio de ella. Te costará muchas protestas, si conservas tu integridad, como espero en Dios que harás. Ya se jactan de ti como de una discípula. Charles le ha dicho a Joe Bentham que yo no discrepo mucho, si nos entendemos el uno al otro. Me temo que tendré que verme obligado a anunciarlo públicamente, tal es su modo de entender o su caridad. Pero lo que pretenden es la separación. Las cosas seguirán su curso natural, salvo una especial intervención de la Providencia. Ya tienen prohibidos todos los púlpitos de Londres, y predicar en esa diócesis es cisma de hecho. Con toda probabilidad sucederá lo mismo en toda Inglaterra, si los obispos tienen valor suficiente. Dejan la liturgia en los campos; aunque el señor Whitfield dice estimarla, nunca la ha leído ni una vez a sus harapientos en un ejido. Sus sociedades bastan para disolver todas las demás sociedades excepto la suya. ¿Consentirá algún hombre de sentido común, o de carácter, que alguien de su casa esté ligado por un compromiso a contar sin reserva a cinco o diez personas cuanto concierne a su conciencia, por mucho que concierna a la familia? ¿Deben estar allí personas casadas, a menos que estén juntos marido y mujer? Esto es, literalmente, apartar lo que Dios juntó. Como le dije a Jack, no temo que la Iglesia lo excomulgue, pues la disciplina está demasiado decaída, sino que él excomulgue a la Iglesia. Poco le falta; la santidad y las buenas obras ni siquiera son condiciones de nuestra aceptación ante Dios. Se introducen ágapes, y oraciones improvisadas y exposiciones de la Escritura, estas últimas suficientes para traer toda clase de confusión; y no es probable que les falten milagros con que sostenerse. Solo aquel que amansa el alboroto de los pueblos puede impedir que se conviertan, en muy poco tiempo, en una secta constituida.

«Las censuras eclesiásticas han perdido su poder de aterrar, gracias al fanatismo por un lado y al ateísmo por el otro. Hablar, pues, de persecución por esa parte es puro insulto. Es —.

“Llamar al obispo viejo barbicano, y dejar su poder tan vano y tan liviano como Dagón cuando perdió las manos”. * * * * «Mi hermana Hall me ha escrito sobre el asunto, y le responderé tan pronto como pueda. Entretanto, me alegrará tener noticias tuyas, y te pido tu bendición para nosotros y los nuestros, y tus oraciones para que seamos guiados con seguridad a través del penoso resto de nuestra vida y lleguemos, por las misericordias de Cristo, a la felicidad eterna.

«Quedo, querida madre, «tu obediente y afectuoso hijo, «SAMUEL WESLEY».

Esta larga carta debió de ser una de las últimas que escribió Samuel Wesley. No había estado muy bien, pero se consideraba «en vías de mejoría». El 5 de noviembre se acostó con bastante buena salud, pero cayó enfermo a las tres de la madrugada y murió tras cuatro horas de sufrimiento, a la edad de cuarenta y nueve años.

Antes de despedirnos de Samuel Wesley, vale la pena mencionar que el hospital de St. George, casi enfrente de Apsley House, le debe su existencia. Fue en su origen una enfermería, la primera de Westminster, y se fundó en 1719 sobre todo gracias a sus incansables esfuerzos. Así, Hyde Park Corner da testimonio de los triunfos de dos parientes, uno de los cuales fue maestro en las artes de la guerra, y el otro en las de la paz.

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