Capítulo 13 · 49 min de lectura · 1 h 3 min de escucha
Despedidas
LA rutina de la vida en Wroote, donde había «abundancia de comida y bebida» aunque el dinero y la ropa escaseaban tanto, y donde cada una de las muchachas tomaba su parte en las tareas de la casa y de la gleba y en atender a sus padres, la describe con encanto en verso Samuel Wesley, que vio las cosas en su mejor momento durante su visita del verano de 1725, y que probablemente logró entonces reconciliar a Hetty con su padre y su madre. Las odas y las epístolas en verso estaban muy de moda, y todos los Wesley escribían versos con soltura. La composición se tituló «Wroote» y se envió a Hetty. He aquí algunas de las estrofas que figuran en sus poemas publicados: La amplia gleba en torno a la casa da a las vacas pasto abundante, de donde mana a raudales un néctar lechoso: ¡oh, dulce y limpia lechería!
A menos que alguna —Moll, o Anne, o tú— descuide el deber que le toca;
y entonces, ¡cuidado con las ancas amoratadas por los pellizcos de un hada!
Mira la pocilga, abrigada y bien mullida de paja, donde yacen cerdas, cerdos y lechones; el afrecho se lo da Nancy, o se lo das tú. Ellos sorben y no les importa adónde va.
* * * * * ¡Pero no tan contentos como tú de servir a tu papá!
¡Oh, qué cosa tan bonita! Me parece estar viendo a todas pugnando por ser la primera en acudir a su llamada, sea la robusta Anne o la frágil Moll, la juiciosa Pat o la sensata Hetty; por cepillarle el faldón enlodado de la sotana, o descolgarle el sombrero del clavo, o buscar la llave para sacarle la cerveza, cuando a la criada le da por esconderla; por encenderle la pipa, o remendarle la ropa, o zurcirle con primor las medias pardas —para alivio de sus ancianos dedos— tan finamente que ni lo noten.
Hubo, sin embargo, ocasiones en que Wroote distaba mucho de ser una morada agradable aun en verano, y las dificultades de atender las dos parroquias eran muy grandes. El señor Wesley, aunque agradecía la ayuda de sus hijos cuando podían venir, temía que su salud se resintiera de unas penalidades que en él mismo no parecían tener peor efecto que aumentar el cansancio del que de vez en cuando se quejaba. Parte de una carta escrita a John en junio de 1727 cuenta lo difícil que era moverse por la comarca de los pantanos cuando las aguas se desbordaban: «Cuando vengas aquí, después de haber arreglado lo de la Charterhouse y lo de tu propio rector, tu cuartel general estará, creo, la mayor parte del tiempo en Wroote, y el mío, si puedo, en Epworth, aunque a veces haremos un cambio. La verdad es que estoy ipped (sic) por mi travesía y mi viaje de ida y vuelta a Epworth el domingo pasado, pues quedé baldado de tanto mojarme, en parte por un chaparrón de tormenta y en parte por el agua que entraba en la barca. Con todo, gracias a Dios, pude predicar aquí por la tarde, y esta mañana estaba tan bien como siempre, salvo un poco de dolor y de cojera, que espero quitarme esta tarde con un pelo del mismo perro.
«Ojalá la lluvia no nos hubiera alcanzado de este lado de Lincoln, pero la tenemos tan continua que apenas nos queda un dique en pie, y no es posible que coseche ni una fanega de avena en todas las tierras bajas; pero, gracias a Dios, la cebada y el centeno de los campos están buenos. No podemos ir a Epworth ni a pie ni a caballo, sino solo en barca hasta el puente de Scawsit, y luego cruzar a pie el ejido, aunque espero que pronto mejore. ... Quisiera que tus estudios se interrumpieran lo menos posible, y espero aguantar un mes o dos más, pues estoy seguro de que debo hacer todo lo que pueda tanto por la familia de Dios como por la mía; y cuando vea que esto me hunde, o quizá un poco antes, sin falta te avisaré, con unos quince días de antelación; y entretanto te envío mi bendición, como tu padre que te quiere, «SAMUEL WESLEY.
Pocos días después escribió: «Sabía que John no podía ir de Wroote a Epworth sin arriesgar la salud o la vida; en cambio, yo tengo el pellejo duro, y creo que no hay carroña que me mate. Ayer anduve dieciséis millas, y, gracias a Dios, esta mañana no estaba ni un ápice peor».
También el rector deja constancia, en una de sus cartas a John en Oxford, de un rasgo de conducta obediente y laboriosa por parte de una de las muchachas, cuando dice: «M gana dinero milagrosamente aun en Wroote, y ha dado a su madre las primicias de lo que ha ganado, prestándole dinero y regalándole una capa nueva comprada y hecha por ella misma, por lo cual Dios la bendecirá». Algunas de las hijas se casaron estando la familia en Wroote, aunque Susanna se había casado en 1721 con el señor Ellison antes de dejar la casa parroquial de Epworth. Él gozaba en aquellos días de una posición acomodada, y ella le dio cuatro hijos, pero los Wesley lo detestaban; y, después de un incendio que destruyó su casa y del que la familia escapó con vida por muy poco, su esposa lo dejó para no volver nunca, y pasó el resto de sus días entre sus hijos, que ya eran mayores y se habían establecido en Londres y en Bristol.
Hetty debió de casarse desde Wroote con William Wright muy en contra de su voluntad, y con razón, pues él no le convenía en ningún sentido. Su tío Matthew le dio una buena suma de dinero, con la que su marido se estableció con un negocio en Londres, donde vivieron en Crown Court y en Frith Street, en el Soho. La mayoría de sus hijos murieron en la infancia, para gran pena de ella, y su marido, tosco e iletrado, se dio a la bebida y la maltrataba. Vio con bastante frecuencia a su tío mientras este vivió, a su hermano en Westminster, y a John y a Charles cuando estaban en Londres. Todos se compadecían de ella, e hicieron cuanto el afecto fraterno podía hacer para aliviar sus cargas. Era conocida y muy estimada en los círculos literarios de la época, pues trataba a gente ingeniosa en casa de su tío. Como la mayoría de su familia, escribía poemas, muchos de los cuales se publicaron de vez en cuando en el Gentleman’s Magazine.
Anne parece haberse casado en 1725 con John Lambert, agrimensor de Epworth, hombre muy digno, que la quería y apreciaba el talento de su suegro. Vivieron un tiempo en Epworth, y luego se trasladaron a Hatfield, donde estaban al alcance de sus parientes de Londres. Tuvieron un hijo al que pusieron el nombre de John Wesley, que fue su padrino. El señor Lambert reunió todos los folletos de su suegro y se enorgullecía mucho de ellos. Este matrimonio fue satisfactorio en todos los sentidos.
Uno de los acontecimientos que rompieron la monotonía de la vida en Wroote debió de ser la memorable petición (probablemente hacia 1725) que Garrett Wesley, del castillo de Dangan, en Irlanda, dirigió al rector, que era pariente suyo, para preguntarle si tenía un hijo llamado Charles y, en tal caso, si le permitiría nombrarlo su heredero. El joven dejó la decisión a su padre, quien a su vez la remitió a Charles como la persona más directamente interesada; y el señor Garrett Wesley fue a verlo a Westminster y le insistió en que aceptara lo que tenía que ofrecerle. Por alguna razón inexplicable, la oferta fue rechazada, y Garrett Wesley dejó sus bienes a un pariente más lejano, Richard Colley, con la condición de que adoptara el apellido Wesley y el escudo de armas de la familia. Este Richard Colley Wesley fue creado barón de Mornington en 1746, y su único hijo, Garrett, se casó con la hija del vizconde de Dungannon y llegó a ser con el tiempo conde de Mornington. Su hijo mayor fue el marqués de Wellesley, que fue en un tiempo gobernador general de la India, y su tercer hijo, el gran duque de Wellington.
En ninguna de las cartas de la señora Wesley se hace la menor alusión a este suceso. Es difícil imaginar por qué se rechazó la herencia. La mayoría de los padres con una familia tan numerosa habrían estado más que agradecidos de que uno de sus hijos se elevara a una posición que sus talentos y su carácter lo capacitaban sobradamente para honrar, y la natural inquietud del señor Wesley por su esposa, si ella le sobrevivía, se habría aliviado si uno de sus hijos hubiera gozado de buena posición. John Wesley, en el fervor de su celo religioso, y apreciando a su hermano como colaborador, comentó una vez que aquella decisión de Charles había sido «una feliz escapatoria»; y los escritores metodistas en general lo han considerado y presentado como una especie de Moisés del siglo XVIII, «teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios». Los seguidores de John Wesley, sin embargo, no se han mostrado reacios a la riqueza, y muchos de ellos han hecho de ella un noble uso.
Mientras John Wesley era fellow residente del Lincoln College y pasaba sus largas vacaciones en Wroote, no fue insensible a los encantos femeninos. Como es bien sabido, sucumbió varias veces al poder de la tierna pasión, aunque, ya en plena madurez, contrajo un matrimonio prosaico que le trajo poca o ninguna felicidad. El círculo familiar sabía que en 1727 se había prendado de una joven de Worcestershire, Betty Kirkham, y es probable que ella fuera su primer amor. Tenía con su madre un trato desacostumbradamente afectuoso, y quizá la hizo su confidente, pues solo algo de esa naturaleza parece haber podido motivar la hermosa carta que sigue: «QUERIDO HIJO: «Wroote, 14 de mayo de 1725.
«La dificultad que hay en separar las ideas de cosas que se parecen mucho entre sí, y cuyas propiedades y efectos son casi los mismos, ha inducido a algunos, creo yo, a pensar que el alma humana no tiene más pasión que el amor, y que todas esas pasiones o afectos que distinguimos con los nombres de esperanza, temor, gozo, etc., no son más que diversos modos del amor. Esta noción tiene alguna apariencia de razón, aunque yo no puedo asentir a ella. Debo confesar que todavía no he hallado una definición de la pasión del amor tan exacta que me satisficiera plenamente. Comúnmente, en efecto, se la define como “un deseo de unión con un bien conocido o percibido”. Pero esto hace directamente del amor y del deseo una misma cosa, y, examinándolo de cerca, entiendo que no lo son, por esta razón: el deseo es más fuerte y obra con más vigor cuando el objeto amado está lejos, ausente, o se le cree desafecto o disgustado; mientras que, cuando se alcanza la unión y el goce es perfecto, el contento, el deleite y el gozo llenan el alma del amante mientras el deseo reposa quieto, lo cual muestra claramente (al menos a mí) que el deseo de unión es un efecto del amor, y no el amor mismo.
«¿Qué es, pues, el amor? ¿O cómo describiremos su extraña y misteriosa esencia? Es… ¡no sé qué! ¡Un algo poderoso! Fuente de nuestro gozo y de nuestra pena, sentido y experimentado por todos, ¡y sin embargo desconocido para todos! Ni llegaremos nunca a comprender lo que es hasta que estemos unidos a nuestro Primer Principio, y allí leamos su maravillosa naturaleza en el claro espejo del Amor increado; y hasta entonces lo mejor es quedarnos satisfechos con las nociones de su esencia que podamos recoger de la observación de sus efectos y tendencias; porque cualquier otro conocimiento de él, en nuestro estado presente, es demasiado alto y demasiado maravilloso para nosotros, y no lo podemos alcanzar.
«Permíteme ahora un consejo. Por mucha que sea tu curiosidad al indagar la naturaleza, o al distinguir las propiedades, de las pasiones o virtudes del género humano para tu propia satisfacción privada, sé muy cauto al presentar distinciones sutiles en las asambleas públicas; porque eso no responde al verdadero fin de la predicación, que es enmendar la vida de los hombres, y no llenarles la cabeza de especulaciones inútiles. Y, después de todo lo que pueda decirse, cada afecto del alma se conoce mejor por experiencia que por cualquier descripción que se dé de él. Un hombre honrado comprenderá más fácilmente lo que significa ser celoso por Dios y contra el pecado cuando oiga cuáles son las propiedades y los efectos del verdadero celo, que con la definición más exacta de su esencia.
«Querido hijo, la conclusión de tu carta es muy afectuosa. Que siempre has sido un hijo obediente, lo sé muy bien. Pero me conozco lo bastante para darme por satisfecha con un grado moderado de tu afecto. En verdad, sería injusto de mi parte desear el amor de nadie. Tus oraciones sí las necesito y las deseo; y no dejaré, mientras viva, de suplicar a Dios Todopoderoso que te bendiga. ¡Adiós!
«SUSANNA WESLEY.
Parte de una carta escrita a John en Oxford durante el invierno de 1727 muestra que la señora Wesley le daba a veces consejos prudentes y prácticos que no eran exclusivamente religiosos: «QUERIDO JACKY: «31 de enero de 1727.
«No me agrada nada que te aconsejáramos comprar la manta escocesa, aunque sí me agrada que la encuentres demasiado cara, porque lo tomo como señal de que estás inclinado al ahorro, cualidad rara en un joven que tiene que hacerse una fortuna. En verdad, uno así difícilmente puede ser demasiado precavido o demasiado cuidadoso. Yo no recomendaría afanarse por el día de mañana más de lo necesario para aprovechar bien las oportunidades presentes en una prudente administración de los talentos que Dios ha confiado a nuestro cuidado; y hasta ese punto creo que es deber de todos afanarse por el día de mañana. Y deseo de corazón que te convenzas bien de esto mientras la vida es joven. Porque… “Créeme, joven (pues sé de cuidados, y me doblo bajo el peso de más de cincuenta años)”. Créeme, querido hijo, la vejez es el peor tiempo que podemos escoger para enmendar nuestra vida o nuestra fortuna. Si los cimientos de una piedad sólida no se ponen a tiempo con principios sanos y disposiciones virtuosas, y si descuidamos, mientras duran la fuerza y el vigor, ahorrar algo antes de que nos alcancen los achaques de la edad, hay cien probabilidades contra una de que muramos pobres y malvados.
«¡Ah, hijo mío! Si estuvieras conmigo al borde de la vida, y vieras ante tus ojos una vasta extensión, una duración ilimitada del ser, en la que pronto podrías entrar, no puedes imaginar cómo se alzarían ante tu vista todas las inadvertencias, errores y pecados de la juventud; y cuán distintos serían entonces tus sentimientos acerca de los placeres de los sentidos, del deseo entre los sexos y de las perniciosas amistades del mundo, de lo que son ahora, mientras la salud está entera y parece prometer muchos años de vida.
«SUSANNA WESLEY.
En la primavera o a comienzos del verano de 1731, el señor Matthew Wesley, hermano mayor del rector de Epworth, hizo un viaje a Scarborough, acompañado solo por un criado, y se detuvo por el camino para visitar a sus parientes.
Había tenido muchas atenciones con algunos de sus sobrinos, y había visto a su hermano de vez en cuando, cuando los asuntos lo llevaban a Londres, pero nunca había estado en su casa. Parece que para entonces la familia estaba de nuevo en Epworth, y todo lo que se sabe directamente de la visita se encuentra en una carta de la señora Wesley a John en Oxford.
«12 de julio de 1731.
«Mi hermano Wesley se había propuesto sorprendernos, y había viajado con nombre fingido desde Londres hasta Gainsborough; pero allí, al enviar a su criado a buscar un guía para la Isla (de Axholme) al día siguiente, el criado le dijo a uno que tiene puesto en nuestro mercado el nombre de su amo, y que iba a ver a su hermano, que era el ministro de Epworth. El hombre a quien informó se encontró con Molly en el mercado como una hora antes de que mi hermano llegara. Ella, llena de la noticia, se apresuró a volver a casa y nos dijo que su tío Wesley venía a vernos, pero apenas podíamos creerla. Era curioso observar cómo todo el pueblo se alborotó y se quedó mirando, como si algún gran príncipe estuviera a punto de hacer su entrada. Fue derecho a casa de John Dawson (la posada); pero pronto supimos de su llegada, y enviamos a John Brown con una invitación a nuestra casa. Mostró algún disgusto con su criado por habernos avisado de su venida, pues tenía intención de mandar llamar al señor Wesley para que comiera con él en casa de Dawson, y luego venir a visitarnos por la tarde. Sin embargo, pronto siguió a John hasta casa, donde todos estábamos dispuestos a recibirlo con gran satisfacción.
«Su comportamiento entre nosotros fue perfectamente cortés y atento. Habló poco con los hijos el primer día, ocupado (según les dijo después) en observar su porte y ver si le agradaban;
después se mostró muy abierto, y manifestó gran bondad hacia todos ellos.
«Le escandalizó extrañamente la pobreza de nuestros muebles, y mucho más lo humilde de la ropa de los hijos. Siempre hablaba de nuestras circunstancias con más libertad con tus hermanas que conmigo, y les dijo que se preguntaba qué habría hecho su hermano con sus ingresos, porque estaba a la vista que no los había gastado en amueblar su casa ni en vestir a su familia.
«Conversamos un poco a veces, pero no a menudo podíamos tener una conversación a solas; y él era muy reacio a hablar de nada relativo a los hijos delante de tu padre, ni, en verdad, de ningún otro asunto. Le informé, en la medida en que pude hacerlo con decoro, de nuestras pérdidas, etc., pues temía que pensara que iba a pedirle algo; pero las muchachas (con quienes tuvo muchas conversaciones privadas), creo, le contaron todo lo que se les ocurrió.
«Le agradó en especial Patty [que tenía entonces veinticinco años]; y una mañana, antes de que el señor Wesley bajara, me preguntó si estaba dispuesta a dejar que Patty fuera a pasar un año o dos con él en Londres. “Hermana”, dice él, “ya me he esforzado por dar a una de tus hijas una vida desahogada mientras viva; y si quieres confiarme a Patty, me esforzaré por hacer lo mismo con ella”. Piensen otros lo que quieran, yo tuve esto por un ofrecimiento generoso; y tanto más cuanto que había hecho tanto por Sukey y por Hetty. Le expresé mi gratitud lo mejor que pude, y quise que hablara con tu padre, pero él no quiso hacerlo en persona: me lo dejó a mí; ni se lo mencionó al señor Wesley hasta la tarde antes de marcharse. Siempre se comportó con mucho decoro en las oraciones familiares, y, en ausencia de tu padre, bendijo la mesa por nosotros antes y después de comer. Tampoco interrumpía nunca nuestra intimidad, sino que se retiraba a su cuarto cuando nosotros nos retirábamos al nuestro.
«Se quedó desde el jueves hasta el miércoles siguiente; luego nos dejó para ir a Scarborough, de donde volvió el sábado de la semana siguiente, con intención de quedarse con nosotros unos días; pero, al encontrar que tus hermanas se habían ido el día antes a Lincoln, quiso dejarnos el domingo por la mañana, pues, dijo, podría ver a las muchachas antes de que partieran para Londres. Las alcanzó en Lincoln, y tuvo a la señora Taylor, a Emilia y a Kezzy, con las demás, a cenar con él en el “Angel”. El lunes desayunaron con él; luego se despidieron, sin esperar volver a verlo hasta llegar a Londres; pero el miércoles envió a su criado a invitarlas a cenar esa noche. El jueves las invitó a comer, por la noche a cenar, y el viernes por la mañana a desayunar, cuando se despidió de ellas y partió a caballo hacia Londres. Ellas llegaron a la ciudad el sábado hacia el mediodía, y esa tarde Patty me escribió un relato del viaje.
«Querido Jacky, no puedo detenerme ahora a hablar de Hetty y de Patty, salvo esto: espero de ambas algo mejor que lo que esperan otros. Ruego a Dios que te bendiga. ¡Adiós!
«SUSANNA WESLEY.
El pobre rector, después de que su hermano volviera a Londres, recibió de él una severa carta sobre el pecado de no haber provisto mejor para su familia. No parece, sin embargo, que fuera dado a ningún derroche personal peor que su pipa y un poco de rapé; pero, por una parte, no tenía ninguna aptitud para los negocios, y, por otra, el señor Matthew Wesley, que no había tenido más que un hijo (un varón que salió mal), no sabía lo costoso que era tener durante tantos años una esposa enferma y una familia que crecía cada año, e ignoraba igualmente lo que costaba vestir a tantas muchachas ya crecidas. Sus sobrinas ya no eran niñas, y sin duda pudieron darle una idea bastante exacta del verdadero estado de las cosas; y él parece haber sido demasiado bondadoso para causar dolor sin una buena razón. Evidentemente pensaba que un hombre no tenía por qué rodearse de más plantas de olivo de las que podía permitirse criar con decencia y mantener; pero en eso el rector discrepaba de él in toto, y evidentemente consideraba que había hecho un gran bien a su país al aumentar tan generosamente su población.
Hay otra carta de la señora Wesley que lleva la misma fecha; pero no se puede averiguar si es exacta. Es posible que la noticia del accidente que relata se enviara a Londres inmediatamente después de ocurrir, y que motivara la inesperada visita del señor Matthew Wesley. «QUERIDO JACKY: «12 de julio de 1731.
«El viernes 4 de junio, yo, tu hermana Martha y nuestra criada íbamos en nuestro carro a ver el terreno que arrendamos a la señora Knight en Low Millwood. Tu padre iba sentado en una silla en un extremo del carro, yo en otra en el otro extremo, Mattie entre los dos, y la criada detrás de mí. Justo antes de llegar al cercado, bajando una pequeña cuesta, los caballos se lanzaron al galope, y salieron despedidos tu padre y su silla. La criada, al ver correr a los caballos, colgó todo su peso de mi silla y me impidió hacerle compañía. Gritó a William que parase los caballos, y que su amo se había matado. El mozo saltó del asiento y detuvo los caballos, y luego corrió hacia el señor Wesley; pero antes de que llegara hasta él, dos vecinos que providencialmente se hallaban juntos le levantaron la cabeza, sobre la que había caído, y lo sostuvieron echado hacia atrás, con lo cual empezó a respirar; pues es seguro, por lo negro que tenía el rostro, que no había tomado aliento desde el momento de la caída hasta que lo ayudaron a incorporarse. Para entonces yo había llegado a su lado; le pregunté cómo se encontraba y lo persuadí a beber un poco de cerveza, pues habíamos traído una botella. Tenía un aspecto prodigiosamente extraviado, pero empezó a hablar y me dijo que no le pasaba nada. Le informé de su caída. Dijo “que no sabía nada de ninguna caída, que estaba tan bien como en toda su vida”. Le vendamos la cabeza, que estaba muy magullada, lo ayudamos a subir otra vez al carro y lo sentamos en el fondo, mientras yo le sostenía la cabeza entre las manos, y el mozo llevó los caballos despacio hasta casa. Mandé enseguida por el señor Harper, que le sacó una buena cantidad de sangre; y entonces empezó a sentir dolor en varias partes, sobre todo en el costado y en el hombro. Pasó muy mala noche; pero el sábado por la mañana el señor Harper volvió a verlo, le curó la cabeza y le dio algo que le alivió mucho el dolor del costado. Repetimos la dosis a la hora de acostarse; y el domingo predicó dos veces y administró el sacramento, lo cual era demasiado para él, pero nadie pudo disuadirlo. El lunes estuvo mal y durmió casi todo el día. El martes le vino la gota, pero tomando gotas de Bateman dos o tres noches se le pasó, y desde entonces ha estado mejor de lo que podíamos esperar. Al principio creímos que el carro le había pasado por encima, pero solo le pasó por la manga de la toga, y los clavos le arrancaron un poco de piel de los nudillos, sin hacerle más daño.
«SUS. WESLEY.
El señor Wesley quedó evidentemente muy quebrantado por este accidente, del que nunca se recuperó del todo; y, quizá, considerándolo junto con las reconvenciones de su hermano, empezó a pensar seriamente qué sería de su esposa y de sus hijas solteras si él muriera. Hasta entonces sus hijos varones parecen haber sido su primera preocupación, y quizá eso escocía un poco en el ánimo de las muchachas, no porque escatimaran nada a sus hermanos ni dejaran de sentirse orgullosas de ellos, sino porque las hijas son conscientes de que tienen sobre sus padres por lo menos tanto derecho como los varones. Fuera como fuese, el padre empezó a considerar conveniente renunciar al beneficio en favor de uno de sus hijos, si es que lograba persuadir a alguno a aceptarlo. Primero se lo propuso a Samuel, que acababa de perder a su único hijo y que, además, estaba terriblemente desasosegado porque, tras haber sido durante veinte años profesor auxiliar en la Escuela de Westminster, se veía privado de lo que consideraba su derecho. El director dimitió; el doctor Nicoll, segundo maestro, fue nombrado en su lugar; y Samuel Wesley, según la antigua costumbre, esperaba el puesto de submaestro o segundo maestro. Por desgracia, no era solo tory, sino un jacobita declarado, y estaba comprometido por su devoción al desterrado obispo Atterbury y a su causa, que era la del Pretendiente; en consecuencia, se vio excluido de todo lo que más deseaba. En esta crisis llegó la propuesta de su padre de que fuera rector de Epworth. «Has sido», dijo el anciano, «un padre para tus hermanos y hermanas, especialmente para los primeros, que te han costado grandes sumas en su educación, tanto antes como después de ir a la universidad. Y no te has detenido ahí, sino que has mostrado tu compasión hacia tu madre y hacia mí de manera muy generosa, en lo cual tu esposa se unió a ti cuando ustedes mismos no andaban sobrados, e incluso han hecho nobles caridades a los hijos de mis hijos. ¿Qué sería yo, pues, si no procurara darles todo el desahogo que esté en mi poder, sobre todo sabiendo que ninguno de los dos tiene salud en Londres? ... En cuanto a tu anciana y achacosa madre, en cuanto yo caiga tendrá que salir de aquí a menos que tú me sucedas; y si lo haces, y ella me sobrevive, sé que enseguida la llevarás a tu propia casa, o más bien la seguirás teniendo allí, donde tu esposa y tú la cuidarán hasta que nos encontremos de nuevo en el cielo; y serás guía y sostén para el resto de la familia».
Samuel, sin embargo, no se dejó persuadir; sabía que, dondequiera que viviese, su casa estaría abierta a su madre si alguna vez la necesitaba, y no tenía ninguna gana de enterrarse en Lincolnshire. El asunto quedó en suspenso por un tiempo, desplazado por un interés nuevo y absorbente en el ahora pequeño círculo de Epworth. Se trataba del noviazgo y la boda de Mary, o «Moll», la hija deforme, a quien Charles llamaba la «Paciente Griselda» de la familia. Su marido fue John Whitelamb, que en su origen había sido un muchacho pobre de una pequeña escuela de caridad de Wroote. El señor Wesley observó que tenía considerables dotes intelectuales, y debía de tener una letra buena y legible, pues lo tomaron en la casa de Epworth para copiar la pesada obra del rector sobre el Libro de Job, e incluso para ilustrarla con dibujos de mapas y figuras según la «luz de la naturaleza». El arte estaba entonces muy decaído, y el señor Wesley no debía de entender de él, o no habría soñado que tales dibujos pudieran añadir interés a su libro; con todo, hasta él podía ver la falta de mérito artístico de algunos de ellos. A cambio de los servicios del «pobre y famélico Johnnie Whitelamb», este recibió instrucción en latín y griego, y finalmente fue enviado a Oxford, donde John Wesley hizo por él cuanto pudo y elogió mucho su laboriosidad, su inteligencia y su facilidad para aprender idiomas. Tan pobre era Whitelamb que los Wesley, padre e hijo, y unos cuantos amigos hicieron una colecta para comprarle una toga, aunque esa no es una prenda muy costosa. Recibió las órdenes de diácono y llegó a ser coadjutor en Epworth, para gran consuelo de su amigo y protector, que lo quería y confiaba en él. Lo cierto es que en una ocasión le salvó la vida en el transbordador de Burringham, cuando, según dice el señor Wesley, «los largos brazos y piernas de John Whitelamb treparon a la barca y me arrastraron tras él». Probablemente era bastante más joven que Mary, que tenía treinta y ocho años cuando se casó con él; pero el afecto entre ambos era sincero, y el enlace contó con la cordial aprobación de toda la familia. Era sumamente difícil conseguir que algún coadjutor viviera en Wroote, tan húmedo y poco atractivo era el lugar; pero Whitelamb lo amaba, y deseaba con ardor ejercer su ministerio en su iglesia, de modo que el señor Wesley proveyó para él y para Mary renunciando a este pequeño beneficio y rogando al lord canciller que se lo concediera a su yerno. Así se hizo; y además se las arregló para darles veinte libras para empezar. Mary, sin embargo, no disfrutó mucho tiempo de su nueva condición ni de los afectuosos cuidados de su marido, pues murió de parto antes de cumplir un año de casada, y…
con su criatura, fue sepultada en la iglesia. La señora Wesley sintió mucho su pérdida, y el viudo se fue a Epworth en busca de consuelo. Estaba en ese estado de ánimo en que los hombres se ofrecen para las misiones o para cualquier trabajo duro, y buscan alejarse de los lugares que les recuerdan sus penas; así que el señor Wesley escribió acerca de él al general Oglethorpe, que ya estaba trabajando en Georgia y llevaba en su grupo a un hombre de Wroote: — «Estimado señor: «Epworth, 7 de diciembre de 1734.
«No sé cómo expresar lo mucho que le debo por su última carta, tan amable e instructiva, acerca de los asuntos de Georgia. No pude leerla sin suspirar (aunque la he leído varias veces), al reflexionar de nuevo sobre mi edad y mis achaques, que hacían del todo imposible para mí semejante expedición. Con todo, mi mente trabajó mucho en ello; y no es imposible que la Providencia me haya guiado hacia un recurso que pueda resultar más útil a su colonia de lo que yo jamás habría podido serlo.
«La cosa es así. Hay un joven que ha estado conmigo bastantes años y me ha ayudado en mi obra sobre Job; después lo envié a Oxford, a mi hijo John Wesley, fellow del Lincoln College, quien se encargó de su educación, y allí se condujo muy bien y creció en piedad y en saber. Luego lo hice venir, tras conseguirle las órdenes de diácono, y fue mi coadjutor durante mi ausencia en Londres; entonces le cedí mi pequeño beneficio de Wroote, y fue instituido y puesto en posesión de él. Consentí también en que se casara con una de mis hijas, pues entre ellos había habido una larga e íntima amistad. Pero ni él ni yo tuvimos la dicha de verlos vivir mucho tiempo juntos, porque ella murió de parto de su primer hijo. Quedó él tan inconsolable por su pérdida que temí que pronto la seguiría; para evitarlo, le pedí que viniera a hacerme compañía aquí, en mi casa, para que tuviera alguna distracción y alguna ocupación ayudándome en mi parroquia durante mi enfermedad. Fue entonces, señor, cuando recibí el favor de la suya, y se la di a leer para distraerlo, sobre todo porque John Lyndal y él habían sido feligreses y compañeros de escuela en Wroote, y se tenían no poco afecto. Al principio no le di mayor importancia al asunto; pero poco después, cuando vi que había pensado en ello a menudo, que deseaba mucho ir él mismo a Georgia y que me había escrito sobre el tema la carta adjunta, y como no conocía a nadie más apropiado para semejante empresa, pensé que lo menos que podía hacer era enviar la carta a Su Señoría, que sería tan buen juez del asunto; y si usted lo aprueba, no faltaré en mis gestiones ante mi señor el obispo de Londres, ni ante ningún otro, pues espero estar yo mismo en Londres en la primavera, para adelantar el asunto cuanto se pueda.
«En cuanto a su carácter, respondo yo mismo de que es un buen erudito, un cristiano sólido y de buena vida. Tiene una memoria muy feliz, sobre todo para las lenguas, y un juicio y una inteligencia que no le van a la zaga. Mi hijo mayor, en Tiverton, tiene algún conocimiento de él, y le he escrito acerca de él desde que recibí la última de usted. Mis otros dos hijos, su tutor en el Lincoln y el tercero, de Christ Church, lo conocen desde hace mucho e íntimamente; y no dudo que darán de él un testimonio por lo menos tan justo como el mío. Y aquí dejaré el asunto hasta tener el honor de recibir de nuevo noticias suyas; y lo abandonaré o lo proseguiré según parezca más conveniente a su juicio más maduro; quedando siempre de Su Señoría el más sincero y más obligado amigo y servidor, «SAMUEL WESLEY».
Sin embargo, John Whitelamb no fue a Georgia, sino que pasó la mayor parte de su tiempo en Epworth durante los meses de dolor y debilidad que precedieron a la muerte del señor Wesley, aunque parece que estuvo ausente tanto tiempo, probablemente en Oxford, que la señora Wesley preguntó por él a sus hijos. Al final volvió a Wroote, donde llevó una vida retirada y estudiosa durante treinta años, y murió en 1769. No estaba del todo de acuerdo con John y Charles Wesley en cuestiones religiosas, cosa que a ellos no les agradó mucho, y toda la familia dejó de tratarlo.
Que la madre temía que Martha perdiera su cómodo hogar en casa de su tío Matthew lo muestra una breve carta fechada el 21 de febrero de 1732, escrita en la misma hoja que aquella dirigida a John en la que expuso con detalle su famoso sistema de educación: — «Querido Charles: «Aunque no has tenido tiempo de decírmelo desde que nos separamos, espero que estés bien de salud; y cuando tengas más tiempo libre, me alegrará saberlo de tu propia mano. Me gustaría mucho verte aquí esta primavera, si no fuera con la dura condición de que vengas a pie; pero eso siempre me aterra, y suelo estar tan intranquila por miedo a que te mates viniendo de tan lejos andando, que se me va buena parte del placer que de otro modo tendría en conversar contigo.
«Temo que la pobre Patty tiene varios enemigos en Londres, y que le han metido en la cabeza que nos visite este verano. Me inclino a creer que, si logran sacarla una vez de casa de mi hermano, se encargarán de que no vuelva a ella nunca más. Es una lástima que esa muchacha honrada y generosa no tenga un poco de la prudencia de la serpiente junto con la sencillez de la paloma. No está a la altura de quienes la calumnian; porque desdeña hacer una acción indigna, y por eso cree que todos los demás la desdeñan también. ¡Ay!, es una gran lástima que no todos los hombres sean tan buenos como debieran.
«Dime, por favor, ¿qué ha sido de John Whitelamb? ¿Vive todavía? ¿Dónde está el señor Morgan? Si está contigo, salúdalo de mi parte. Siento que la tisana de maderas no le hiciera ningún bien. Nunca supe que fallara, si se toma con regularidad; pero quizá estaba ya demasiado mal cuando empezó a usarla. Sospecho que come demasiado poco o que duerme con frío, y esto último envenena la sangre más que ninguna otra cosa. Querido Charles, te envío mi amor y mi bendición. Em, Matty y Kez mandan cariños a los dos.
«SUSANNA WESLEY».
Una carta que no se había vuelto a publicar desde el año 1800, cuando apareció en el Methodist Pocket Book, muestra el vivo interés que la señora Wesley tenía por los alumnos de John, y cómo intercambiaban opiniones tanto sobre libros como sobre doctrinas: — «Querido hijo: «Epworth, 1 de enero de 1733.
«Te ruego que saludes de mi parte al señor Robinson, tu alumno, y le digas que cumplo mi palabra: oro por él cada día, y le suplico que, si tiene el menor cuidado de su alma o le queda algún sentido de la religión, rompa todo trato con los profanos. Es el librepensador y el sensual, y no el despreciado metodista, quien quedará avergonzado y confundido cuando sea llamado a comparecer ante aquel Juez todopoderoso cuya divinidad ha blasfemado, y cuya misericordia ofrecida ha rechazado y despreciado con burla.
«Los placeres del pecado no duran sino un tiempo breve e incierto, pero la eternidad no tiene fin; por eso uno pensaría que bastarían pocos argumentos para convencer a un hombre que no ha perdido el juicio de que es de la mayor importancia para nosotros ser muy serios en aprovechar el tiempo presente y en trabar amistad con Dios entre tanto que se dice Hoy, no sea que, por no estar preparados para su bienaventurada presencia, nuestra existencia futura sea indeciblemente desdichada.
«Tienes toda la razón. Los diferentes grados de piedad son diferentes estados del alma por los que hemos de pasar; y quien pone reparos a los consejos prácticos muestra claramente que no ha pasado por esos estados; porque en todos los asuntos de naturaleza religiosa, si no hay en los oyentes un sentido interior que corresponda a ese mismo sentido en la mente del que habla, lo que se dice tendrá poco efecto. Sin embargo, a veces sucede que, mientras un cristiano celoso habla de cosas espirituales, el bendito Espíritu de Dios da tal luz a la mente de los oyentes que disipa sus tinieblas naturales y los capacita para comprender aquellas cosas espirituales de las que antes no tenían conocimiento. Como en el caso de Cornelio y sus amigos, de los que se dice: “Estando aún hablando Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el sermón”. «El señor Law es un hombre bueno, pero no es más que un hombre; y por eso no es de extrañar que no haya sido tan explícito como tú hubieras querido al hablar de algunos temas en particular. Quizá su mente estaba demasiado llena del sentido de aquel bendito Ser para dar fácilmente con palabras que expresaran algo que está tan por encima de su naturaleza. ¿Quién puede pensar, y mucho menos hablar, sobre ese tema inmenso? ¡Su grandeza, su dignidad, nos asombran! ¡La pureza de su naturaleza, su amor redentor, nos confunden y nos abruman! Al percibir su gloria, nuestras débiles facultades quedan en suspenso, y la naturaleza desfallece ante el Dios de la naturaleza.
«Por mi parte, después de muchos años de búsqueda e indagación, sigo rindiendo mi devoción a un Dios no conocido. No me atrevo a decir que lo amo; solo esto: lo he escogido como mi propia Felicidad, mi Todo, mi único Bien; en una palabra, como mi Dios. Y cuando sondeo mi voluntad, siento que se adhiere a su elección, aunque no con tanta fidelidad como debiera. Por eso deseo tus oraciones, que necesito mucho más que tú las mías.
«Que Dios está presente en todas partes, y que nosotros estamos siempre presentes ante él, es cierto; pero que podamos siempre hacer real su presencia es cosa muy distinta. Algunas almas escogidas han alcanzado un sentido tan habitual de la presencia de Dios que admite pocas interrupciones. Pero considera, querido mío, que él es tan infinitamente bienaventurado, tan absolutamente amable, que cada percepción de él, cada acercamiento a su gloria y bienaventuranza supremas, comunica a la mente un gozo y una alegría tan vivos que destierran todo dolor y todo sentimiento de miseria; y si a esta felicidad se añadiera la eternidad, sería el cielo.
«¡Que mi amor y mi bendición te acompañen! «Soy tu madre que te quiere, «SUSANNA WESLEY».
La señora Wesley pasaba bastante inquietud por la salud de sus hijos en Oxford, y ella misma sufría mucho «por dolores del cuerpo y otras pruebas más graves que no conviene mencionar», además de ver cómo la salud de su marido decaía rápidamente; pero nunca parece habérsele escapado una sola palabra acerca de las privaciones que probablemente sufriría ella tras la muerte de él. Quizá se debía a lo desinteresado de su carácter, o quizá nunca pensó que fuera probable sobrevivirle. Alude a varios de estos asuntos en algunos pasajes de una carta a John: — «No sé cómo habrás presentado tu caso al doctor Huntingdon. He tenido ocasión de hacer algunas observaciones en casos de tisis, y estoy casi segura de que varios síntomas de ese mal empiezan a aparecer en ti, y de que, a menos que te cuides más de lo que lo haces, dentro de poco pondrás el asunto fuera de toda duda. Pero haz lo que quieras; ya te he dado por perdido, como he dado a otros antes que me fueron muy queridos. Charles, aunque creo que no está tísico, ¡goza de una salud excelente para un hombre de veintidós o veintitrés años que no puede hacer una comida completa sin vomitarla enseguida! Es una gran lástima que la gente no sea más sensata y que no sepa dar con el término medio en un caso en que salta tanto a la vista que nadie puede equivocarse si no es a propósito. Me uno de corazón a tu pequeña sociedad en todas sus obras piadosas y caritativas que se hacen para la gloria de Dios, y me alegra saber que el señor Clayton y el señor Hall han tenido el éxito deseado. Que sigan ustedes adelante en tan buenas obras y prosperen. Aunque ausente en el cuerpo, estoy con vosotros en el espíritu, y cada día los encomiendo y los entrego a todos a la divina Providencia. Haces bien en visitar al obispo, porque es cuestión de prudencia y de cortesía; aunque, si es un buen hombre, no puedo pensar que esté en manos de nadie predisponerlo contra ti.
«Tus argumentos contra las carreras de caballos valen ciertamente también contra las mascaradas, los bailes, las comedias, las óperas y todas esas diversiones ligeras y vanas, que, lo admita o no la gente alegre del mundo, confirman y fortalecen poderosamente la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida; todo lo cual hemos de renunciar, o renunciar a nuestro Dios y a la esperanza de la salvación eterna. No diré que sea imposible que tenga algún sentido de la religión una persona que frecuenta esas viles reuniones, pero en todo el curso de mi larga vida jamás conocí a un solo cristiano serio que lo hiciera; ni puedo ver cómo alguien que ama a Dios puede encontrar gusto en tan vanos entretenimientos.
«La vida de Dios en el alma del hombre es un libro excelente y bueno, y fue conocido mío hace muchos años, pero por desgracia lo he perdido. Hay muchas cosas buenas en Baxter, con algunos defectos, que paso por alto en atención a sus virtudes. Tampoco puedo decir cuál es el mejor de todos los libros de teología que he leído; uno es el mejor en un momento y otro en otro, según el temple y la disposición del alma.
«Tu padre está muy mal de salud: duerme poco y come menos. No parece tener ningún presentimiento de su cercana partida, pero temo que le queda poco tiempo de vida. Con mucho dolor y dificultad celebra el oficio divino el día del Señor, y a veces se ve obligado a abreviarlo mucho. Todos notan su decaimiento menos él, y la gente parece de veras muy preocupada por él y por su familia.
«Las dos muchachas, como no están a gusto en su situación actual, no temen tanto como yo creo que deberían las tristes consecuencias que, según todas las apariencias, ha de traer su muerte; porque, por mala que les parezca ahora su condición, me temo que será mucho peor cuando él descanse bajo tierra. Tus hermanas te envían su cariño a ti y a Charles; y a los dos, mi amor y mi bendición. Adiós.
«SUSANNA WESLEY».
Algunos pasajes de una carta muy larga que su madre escribió a John durante la última ausencia del señor Wesley en Londres resultan interesantes porque muestran lo bien que ella conocía, por la conversación y las cartas de su hijo, a sus amigos de Oxford, y su manera de repartir el tiempo y ordenar sus ocupaciones, que ya les había valido el apodo de metodistas: — HIJO: «Sábado, 30 de marzo de 1734.
«El padre del joven caballero (el señor Morgan), por lo que puedo ver, tiene una idea de la religión mejor que la de mucha gente, aunque no la mejor, pues pocos insisten en la necesidad de la oración privada. Pero con tal de que vayan a la iglesia de vez en cuando y se abstengan de los actos más groseros de pecado mortal, aunque ignoren el espíritu y el poder de la piedad, y no tengan ningún sentido del amor de Dios ni de la benevolencia universal, quedan muy satisfechos de su salvación, y les agrada pensar que gozan del mundo todo lo que pueden mientras viven, y que tienen el cielo en reserva para cuando mueran. He tropezado con muchísima gente así en mi vida, y creo que es una de las cosas más difíciles que se pueden imaginar sacarlos de su seguridad carnal y convencerlos de que el cielo es un estado tanto como un lugar —un estado de santidad que comienza en esta vida, aunque no se perfecciona hasta que entramos en la vida eterna—, y de que todos los pecados son otras tantas enfermedades espirituales que deben ser curadas por el poder de Cristo antes de que seamos capaces de ser felices, aun cuando fuera posible que se nos admitiera en el cielo en el más allá. Si el padre del joven estuviera bien enterado de esto, no se atrevería a declarar que su hijo es un buen cristiano sobre fundamentos tan débiles como parece hacerlo. Con todo, a pesar de la indiferencia del padre, no puedo menos que concebir buenas esperanzas del hijo, porque elige pasar tanto de su tiempo contigo (pues supongo que no lo obligan a ello); y si de ahí no podemos concluir que es bueno, creo que podemos creer que desea serlo; y si es así, dale tiempo. Sabemos que la gran obra de la regeneración no se realiza de una vez, sino que avanza por grados lentos y a menudo imperceptibles, a causa de la fuerte oposición que le hace la naturaleza corrompida. ...
«El señor Clayton y el señor Hall (que más tarde sería yerno de la señora Wesley) son mucho más sabios que yo; sin embargo, sometiéndome a su mejor juicio, pienso que, aunque conviene que haya de tu parte alguna señal de superioridad visible para mantener el orden del mundo, la severidad no conviene; pues la experiencia puede convencernos de que esa clase de trato con un hombre (los niños quedan fuera de la cuestión) puede hacer de él un hipócrita, pero nunca un convertido. No te preocupes nunca por averiguar si te quiere o no. Si logras persuadirlo a que ame a Dios, te querrá a ti tanto como sea necesario. Si no ama a Dios, su amor no vale nada. Pero sea como fuere, hemos de remitirlo todo a Dios, y ser tan indiferentes como podamos en todos los asuntos en que tenga que ver ese gran enemigo que es el yo.
«Si tú y tus pocos compañeros piadosos han consagrado dos horas de la noche a la lectura o a la conversación religiosa, no cabe duda de que deben emplear todo ese tiempo en los ejercicios para los que fue apartado. Pero si sus veladas no están estrictamente consagradas, no veo nada malo en hablar a veces de sus asuntos seculares; pero si, como dices, eso no le hace ningún bien a tu novicio y a ustedes les hace daño, el caso es claro: no deben perjudicar sus propias almas por hacer bien a otro, y mucho menos cuando no pueden hacer ningún bien en absoluto. De esto son ustedes mejores jueces que yo.
«Hiciste bien en no pagar por una carta doble. Siempre temo causarte gastos, y ese temor me impidió hace algún tiempo enviarte un garabato muy largo, por cierto. Pues cierta persona [probablemente John Whitelamb] y yo tuvimos un acalorado debate sobre algunos puntos importantes de la religión, en los que no pudimos ponernos de acuerdo; después él escribió algunas proposiciones que yo procuré responder. Y tenía intención de enviarte esta controversia y de pedirte tu juicio sobre ella, pero el costo excesivo de una carta así me impidió entonces enviarla. Desde entonces le he oído en dos sermones contradecir todos los artículos que antes había defendido, lo cual me hace esperar que, pensándolo mejor, ha cambiado de opinión; y si es así, lo que se dijo en una conversación privada no debe recordarse, y por eso no te enviaré los papeles en absoluto.
«No puedo pensar que el señor Hall haga bien en rechazar la oportunidad de prestar un servicio tan grande a la religión como el que sin duda podría prestar si aceptara el beneficio que está a punto de rechazar. Seguramente nunca hubo más necesidad de teólogos ortodoxos y sobrios en la viña de nuestro Señor que ahora; y no alcanzo a comprender por qué un hombre de su extraordinaria piedad y de su amor por las almas habría de declinar el servicio en esta coyuntura tan crítica. Pero esto no es asunto mío.
«No necesitas que yo te dé instrucciones sobre cómo emplear tu tiempo. Doy gracias a Dios porque te ha inspirado la resolución de ser fiel en hacer fructificar ese importante talento confiado a tu cuidado. De nada te serviría saber en detalle lo que yo hago o qué método observo en el examen o en cualquier otra cosa. Estoy ya caduca, y ahora no vivo como quisiera, sino como puedo. No puedo guardar orden ni pensar con coherencia como antes. Cuando tengo un intervalo de lucidez procuro aprovecharlo; pero, ¡ay!, no pasa de procurarlo. «Pero he llegado casi al final del papel sin darme cuenta. Una palabra más, y termino. Como tu manera de vivir es austera y tu dieta escasa, también las pasiones, en la medida en que dependen del cuerpo, serán débiles. Por eso no debes juzgar tu estado interior por el hecho de no sentir grandes fervores de espíritu ni agitaciones extraordinarias, como abundante llanto, etc., sino más bien por la firme adhesión de tu voluntad a Dios. Si al examinarte ves que todavía lo escoges a él como tu único bien, que tu espíritu (por usar una frase de la Escritura) está apegado a él con firmeza, sigue el consejo del señor Baxter y quedarás tranquilo: “Pon tu alma, con todos sus pecados y peligros y todos sus intereses, en la mano de Jesucristo tu Salvador, y confíasela por entero mediante una fe resuelta. Él es quien la ha comprado, y por eso la ama. Él es su dueño, por derecho de redención; y ahora ha llegado a ser interés suyo propio, por el éxito y la honra de su redención, salvarla”. «Cuando empiezo a escribirte, creo que no sé cómo terminar. Tenía el firme propósito, cuando empecé a escribir, de ser muy breve; pero voy a concluir, aunque veo que me veré obligada a armar una carta tan torpe como la de la última vez. Hoy John Brown, padre, sale para Londres a fin de acompañar a tu padre en el regreso a casa. Te ruego que des mi amor y mi bendición a Charles. Espero que esté bien, aunque no he sabido nada de él desde que se fue de Epworth. Querido Jacky, ¡Dios todopoderoso te bendiga!
«SUSANNA WESLEY».
El rector había hecho este último viaje a Londres en su empeño por sacar de la imprenta sus «Disertaciones sobre Job». Imprimió quinientos ejemplares, más de trescientos de los cuales tenían ya suscriptor, y Samuel en Tiverton y John en Oxford hicieron cuanto pudieron por conseguir suscripciones para el resto. Entretanto, él y su hijo mayor hicieron todo lo posible por persuadir a John de que aceptara el beneficio de Epworth, para conservar el viejo hogar; pero John dio veintiséis razones en contra, muy buenas a sus propios ojos y a los de la posteridad. Quizá la que más pesaba en aquel momento era la total libertad de preocupaciones de que gozaba mientras residía en Oxford. Tenía la comida lista a horas fijas, y sus ingresos en fechas fijas, de modo que solo tenía que recibirlos, contarlos y llevárselos a casa. La familia había visto tanta preocupación por qué comer, qué beber y con qué vestirse, que esto era perfectamente natural. Más tarde, sin embargo, sí preguntó a quien correspondía si era posible que el lord canciller le diera el beneficio de Epworth, y, al saber que era muy improbable, abandonó del todo el proyecto.
La última vez que la señora Wesley tomó la pluma antes de la muerte de su marido fue el 14 de febrero de 1735, cuando probablemente la casa se componía solo del rector, ella misma, Kezzy y John Whitelamb. Mary había muerto, Patty estaba en Londres, y John en el estudio, escribiendo al dictado de su suegro, o tratando de algún modo de aliviar la carga de la vejez y los achaques. Al llegar la primavera el rector se fue debilitando, y por fin, segura de que el final estaba cerca, la señora Wesley mandó llamar a John y a Charles. Llegaron a tiempo para que él disfrutara de verlos y hablar con ellos; y mientras lo velaban, observaron cómo sus aspiraciones más queridas se iban abandonando al acercarse la muerte. Eran estas el deseo de terminar su «Job», de pagar sus deudas y de ver una vez más en la carne a su hijo mayor. Emilia vino desde Gainsborough, donde sus hermanos le habían permitido abrir una escuela propia; y se turnaban para velarlo y cuidarlo. La señora Wesley estaba completamente quebrantada, y entraba en la habitación muy pocas veces, porque invariablemente se desmayaba y tenían que sacarla y reanimarla quienes ya tenían las manos tan ocupadas. El señor Wesley partió en paz al ponerse el sol, el 25 de abril de 1735, consciente hasta el final, y exhaló su último aliento cuando su hijo John terminaba de repetir por segunda vez la oración de encomendación. Fueron enseguida a decírselo a su madre, que se mostró menos afectada de lo que ellos temían, y dijo que sus oraciones habían sido oídas al concederle a él una muerte tan apacible y a ella la fuerza para soportarla.
Charles escribió todos los detalles el día 30, probablemente dos días después del funeral, a su hermano Samuel, que entonces estaba establecido en Tiverton, y añadió: — «Mi madre se alegraría muchísimo de verte cuanto antes. Hemos calculado las deudas y vemos que pasan de cien libras, sin contar las del primo Richardson. La señora Knight, su casera (de la señora Wesley), embargó el lunes pasado, el día en que lo enterraron, todo su ganado, valorado en más de cuarenta libras, por quince libras que mi padre le debía. Y mi hermano firma esta tarde un pagaré por el dinero, a fin de dejar libre el ganado para venderlo, y en garantía se le traspasa el ganado, y se le pagará a medida que se pueda vender. A mi padre lo enterraron con mucha sencillez, pero con decoro, en el cementerio de la iglesia, conforme a su propio deseo.
«Será muy necesario que traigas todas las cuentas de lo que te debía, para que puedas marcar todos los bienes de la casa como principal acreedor, y asegurar así a mi madre el tiempo y la libertad de venderlos de la manera más ventajosa.
* * * * * «Si pasas por Londres, mi madre desea que recuerdes que es viuda de un clérigo. Que la Sociedad le dé lo que quiera, ella seguirá siendo en alguna medida una carga para ti, como ella dice. ¡Cuánto te envidio esa gloriosa carga, y cuánto quisiera compartirla contigo! Tienes que indicarme algún modo de ganar un poco de dinero, para que pueda hacer algo en el naufragio de la familia, aunque no sea más que aportar una tabla».
Todo lo que era mortal de Samuel Wesley fue depositado en el cementerio de Epworth, y sobre sus restos se colocó una losa de piedra arenisca, sostenida por obra de ladrillo, en cuya superficie se grabó un epitafio escrito por su viuda. En 1819 el doctor Adam Clarke lo hizo grabar de nuevo y reparar, y en 1872 una señora que vivía en Epworth restauró por completo la tumba.
Capítulo 13 completado
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