Capítulo 19 · 24 min de lectura · 31 min de escucha
Las señales del nuevo nacimiento
Sermón 18
Las señales del nuevo nacimiento
«Así es todo aquel que es nacido del Espíritu».
Juan 3:8.
1. ¿Cómo es todo aquel que es «nacido del Espíritu» —es decir, nacido de nuevo— nacido de Dios? ¿Qué se quiere decir con nacer de nuevo, nacer de Dios o nacer del Espíritu? ¿Qué implica ser hijo o niño de Dios, o tener el Espíritu de adopción? Sabemos que estos privilegios, por la libre misericordia de Dios, van ordinariamente unidos al bautismo (al que por eso nuestro Señor, en un versículo anterior, llama nacer «de agua y del Espíritu»); pero quisiéramos saber qué son estos privilegios: ¿Qué es el nuevo nacimiento?
2. Quizá no sea necesario dar una definición de él, puesto que la Escritura no da ninguna. Pero como la cuestión es de la más honda importancia para todo hijo de hombre, ya que, «el que no naciere otra vez», nacido del Espíritu, «no puede ver el reino de Dios», me propongo exponer sus señales del modo más llano, tal como las encuentro expuestas en la Escritura.
I. 1. La primera de ellas, y el fundamento de todas las demás, es la fe. Así dice san Pablo: «Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús». (Gálatas 3:26.) Así dice san Juan: «Les dio potestad» (exousian, derecho o privilegio, podría más bien traducirse) de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales nacieron, cuando creyeron, no de sangre, ni de voluntad de carne, no por generación natural, ni de voluntad de varón, como esos hijos que adoptan los hombres, en quienes no se obra con ello ningún cambio interior, «sino de Dios». (Juan 1:12, 13.) Y otra vez en su epístola universal: «Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios». (1 Juan 5:1.)
2. Pero no es una fe meramente nocional o especulativa la que los apóstoles mencionan aquí. No es un simple asentimiento a esta proposición: Jesús es el Cristo; ni siquiera a todas las proposiciones contenidas en nuestro credo, o en el Antiguo y el Nuevo Testamento. No es meramente un asentimiento a alguna o a todas estas cosas creíbles, en cuanto creíbles. Decir esto sería decir (¿y quién podría oírlo?) que los demonios son nacidos de Dios; porque ellos tienen esta fe. Ellos creen, y tiemblan, tanto que Jesús es el Cristo como que toda la Escritura, habiendo sido dada por inspiración de Dios, es verdadera como Dios es veraz. No es solo un asentimiento a la verdad divina, sobre el testimonio de Dios o sobre la evidencia de los milagros; porque ellos también oyeron las palabras de su boca y supieron que él era un testigo fiel y verdadero. No podían sino recibir el testimonio que él daba, tanto de sí mismo como del Padre que lo envió. Vieron asimismo las obras poderosas que hacía, y por ello creyeron que él «salió de Dios». Y, sin embargo, a pesar de esta fe, siguen «reservados en prisiones de oscuridad para el juicio del gran día».
3. Porque todo esto no es más que una fe muerta. La fe verdadera, viva, cristiana, que hace nacido de Dios a todo aquel que la tiene, no es solo un asentimiento, un acto del entendimiento, sino una disposición que Dios ha obrado en su corazón; «una segura confianza en Dios de que, por los méritos de Cristo, sus pecados le son perdonados y él es reconciliado con el favor de Dios». Esto implica que el hombre primero renuncie a sí mismo; que, a fin de ser «hallado en Cristo», de ser aceptado por medio de él, rechace por completo toda «confianza en la carne»; que, «no teniendo de qué pagar», sin confianza alguna en sus propias obras o en justicia de ninguna clase, venga a Dios como un pecador perdido, miserable, destruido por sí mismo, condenado por sí mismo, arruinado e impotente; como uno cuya boca está del todo tapada y que es enteramente «culpable delante de Dios». Tal sentimiento del pecado (comúnmente llamado desesperación por quienes hablan mal de lo que no conocen), junto con una plena convicción, tal que ninguna palabra puede expresarla, de que solo de Cristo viene nuestra salvación, y un deseo ferviente de esa salvación, deben preceder a una fe viva, a una confianza en aquel que «por nosotros pagó nuestro rescate con su muerte y cumplió la ley con su vida». Esta fe, pues, por la cual nacemos de Dios, es «no solo creer todos los artículos de nuestra fe, sino también una verdadera confianza en la misericordia de Dios, por nuestro Señor Jesucristo».
4. Un fruto inmediato y constante de esta fe por la cual nacemos de Dios, un fruto que de ningún modo puede separarse de ella, no, ni por una hora, es el poder sobre el pecado: poder sobre el pecado exterior de toda clase, sobre toda mala palabra y obra, porque dondequiera que la sangre de Cristo se aplica así, «limpia la conciencia de las obras de muerte»; y sobre el pecado interior, porque purifica el corazón de todo deseo y disposición impíos. Este fruto de la fe lo ha descrito ampliamente san Pablo en el capítulo sexto de su epístola a los Romanos. «¿Cómo», dice él, «los que» por la fe «somos muertos al pecado, viviremos aún en él?». «Nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Cristo, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado». —«Así también vosotros, consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. No reine, pues, el pecado» ni siquiera «en vuestro cuerpo mortal», «antes presentaos a Dios como vivos de entre los muertos». «Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros. —Gracias a Dios, que fuisteis siervos del pecado, —mas libertados» —el sentido llano es: gracias a Dios que, aunque en tiempo pasado fuisteis siervos del pecado, ahora— «libertados del pecado, habéis sido hechos siervos de la justicia».
5. El mismo inestimable privilegio de los hijos de Dios lo afirma con igual fuerza san Juan, particularmente en cuanto a su primera parte, a saber, el poder sobre el pecado exterior. Después de haber exclamado, como quien está asombrado ante la profundidad de las riquezas de la bondad de Dios: «¡Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios! Amados, ahora somos hijos de Dios; y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1 Juan 3:1), pronto añade: «Todo aquel que es nacido de Dios, no hace pecado, porque su simiente permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios». (1 Juan 3:9.) Pero algunos dirán: «Es cierto: todo aquel que es nacido de Dios no hace pecado habitualmente». ¡Habitualmente! ¿De dónde sale eso? Yo no lo leo. No está escrito en el Libro. Dios dice claramente: «No hace pecado»; y tú añades: ¡habitualmente! ¿Quién eres tú, que enmiendas los oráculos de Dios, que «añades a las palabras de este libro»? ¡Guárdate, te lo ruego, no sea que Dios «ponga sobre ti las plagas que están escritas en él»!, especialmente cuando el comentario que añades es tal que se traga por completo el texto; de modo que por esta methodeia planes, este artificioso método de engañar, la preciosa promesa se pierde enteramente; por esta kybeia anthropon, esta astucia y esta trampa de los hombres, la palabra de Dios queda invalidada. ¡Oh, guárdate tú, que así quitas de las palabras de este libro, que, despojándolas de todo su sentido y espíritu, dejas solo lo que puede llamarse, en verdad, letra muerta, no sea que Dios quite tu parte del libro de la vida!
6. Dejemos que el apóstol interprete sus propias palabras por todo el tenor de su discurso. En el versículo quinto de este capítulo había dicho: Sabéis que él, Cristo, apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. ¿Cuál es la conclusión que saca de esto? Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. (1 Juan 3:6.) A la exposición de esta importante doctrina antepone una advertencia sumamente necesaria: «Hijitos, nadie os engañe» (1 Juan 3:7); porque muchos procurarán hacerlo; persuadiros de que podéis ser injustos, de que podéis cometer pecado, ¡y aun así ser hijos de Dios! «El que hace justicia es justo, como él también es justo. El que hace pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio». Luego sigue: «Todo aquel que es nacido de Dios, no hace pecado, porque su simiente permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios. En esto», añade el apóstol, «son manifiestos los hijos de Dios, y los hijos del diablo». Por esta señal clara (el cometer o no cometer pecado) se distinguen unos de otros. En el mismo sentido son aquellas palabras de su capítulo quinto: «Sabemos que todo aquel que es nacido de Dios, no peca; pero el que es engendrado de Dios se guarda a sí mismo, y el maligno no le toca». (1 Juan 5:18.)
7. Otro fruto de esta fe viva es la paz. Porque, «justificados por la fe», borrados todos nuestros pecados, «tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo». (Romanos 5:1.) Esta paz, en verdad, nuestro mismo Señor, la noche antes de su muerte, la legó solemnemente a todos sus seguidores: «La paz os dejo», dice él (a vosotros que «creéis en Dios» y «creéis también en mí»); «mi paz os doy»: «no como el mundo la da, yo os la doy. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo». (Juan 14:27.) Y otra vez: «Estas cosas os he hablado, para que en mí tengáis paz». (Juan 16:33.) Esta es aquella «paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento», aquella serenidad del alma que no ha subido al corazón del hombre natural concebir, y que ni siquiera el hombre espiritual puede expresar. Y es una paz que todos los poderes de la tierra y del infierno son incapaces de quitarle. Olas y tormentas baten contra ella, pero no la sacuden, porque está fundada sobre una roca. Guarda los corazones y los entendimientos de los hijos de Dios en todo tiempo y en todo lugar. Ya estén en holgura o en dolor, en enfermedad o en salud, en abundancia o en necesidad, son felices en Dios. En cualquier estado han aprendido a estar contentos, sí, a dar gracias a Dios por Cristo Jesús, bien seguros de que «todo lo que es, es lo mejor», porque es su voluntad respecto a ellos; de modo que en todas las vicisitudes de la vida su «corazón está firme, confiado en el Señor».
II. 1. Una segunda señal bíblica de los que son nacidos de Dios es la esperanza. Así san Pedro, hablando a todos los hijos de Dios que estaban entonces esparcidos, dice: «Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos ha regenerado en esperanza viva». (1 Pedro 1:3.) Elpida zosan, una esperanza vívida o viva, dice el apóstol; porque hay también una esperanza muerta, así como una fe muerta; una esperanza que no viene de Dios, sino del enemigo de Dios y del hombre, como claramente se ve por sus frutos; porque, así como es hija del orgullo, es madre de toda mala palabra y obra; mientras que todo hombre que tiene en sí esta esperanza viva es «santo, como aquel que lo llamó es santo»; todo hombre que puede decir verdaderamente a sus hermanos en Cristo: «Amados, ahora somos hijos de Dios, y le veremos tal como él es», «se purifica, como él también es limpio».
2. Esta esperanza implica, primero, el testimonio de nuestro propio espíritu o conciencia de que andamos «con sencillez y sinceridad de Dios»; segundo, el testimonio del Espíritu de Dios, «dando testimonio con», o a, «nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios», «y si hijos, también herederos; herederos de Dios, y coherederos con Cristo».
3. Observemos bien lo que aquí nos enseña Dios mismo acerca de este glorioso privilegio de sus hijos. ¿Quién es el que, según se dice aquí, da testimonio? No solo nuestro espíritu, sino otro: el Espíritu de Dios. Él es quien «da testimonio a nuestro espíritu». ¿De qué da testimonio? «De que somos hijos de Dios», «y si hijos, también herederos; herederos de Dios, y coherederos con Cristo» (Romanos 8:16, 17); «si es que padecemos juntamente con él», si nos negamos a nosotros mismos, si tomamos nuestra cruz cada día, si soportamos con alegría la persecución o el oprobio por causa de él, «para que juntamente con él seamos glorificados». ¿Y en quiénes da el Espíritu de Dios este testimonio? En todos los que son hijos de Dios. Con este mismo argumento prueba el apóstol, en los versículos precedentes, que lo son: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios», dice él, «los tales son hijos de Dios». «Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!». Y sigue: «El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios». (8:14–16.)
4. La variación de la frase en el versículo quince es digna de nuestra atención: «Habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!». Vosotros, cuantos sois hijos de Dios, habéis recibido, en virtud de vuestra filiación, ese mismo Espíritu de adopción por el cual nosotros clamamos: Abba, Padre. Nosotros, los apóstoles, profetas, maestros (pues así puede entenderse la palabra, no impropiamente); nosotros, por medio de quienes habéis creído, los «ministros de Cristo, y administradores de los misterios de Dios». Así como nosotros y vosotros tenemos un solo Señor, así tenemos un solo Espíritu; así como tenemos una sola fe, así tenemos también una sola esperanza. Nosotros y vosotros estamos sellados con un mismo «Espíritu de la promesa», las arras de vuestra y de nuestra herencia: el mismo Espíritu que da testimonio a vuestro espíritu y al nuestro «de que somos hijos de Dios». (Romanos 8:14–16).
5. Y así se cumple la Escritura: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación». Porque es fácil creer que, aunque la tristeza pueda preceder a este testimonio del Espíritu de Dios con nuestro espíritu (de hecho debe precederlo, en algún grado, mientras gemimos bajo el temor y bajo el sentimiento de la ira de Dios que permanece sobre nosotros), sin embargo, tan pronto como alguien lo siente en sí mismo, su «tristeza se convierte en gozo». Cualquiera que haya sido antes su dolor, tan pronto como «llega aquella hora, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo» de haber nacido de Dios. Puede ser que muchos de vosotros tengáis ahora tristeza, porque estáis «alejados de la ciudadanía de Israel»; porque sois conscientes de que no tenéis este Espíritu; de que estáis «sin esperanza y sin Dios en el mundo». Pero cuando venga el Consolador, «entonces se gozará vuestro corazón»; sí, «vuestro gozo será cumplido», y «nadie os quitará vuestro gozo». (Juan 16:22.) «Nos gloriamos en Dios», diréis, «por el Señor nuestro Jesucristo, por el cual hemos ahora recibido la reconciliación»; «por el cual tenemos entrada a esta gracia», a este estado de gracia, de favor o de reconciliación con Dios, «en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios». (Romanos 5:2.) «Vosotros», dice san Pedro, a quienes Dios ha «regenerado en esperanza viva, sois guardados por el poder de Dios para salvación; en lo cual os alegráis en gran manera, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, estéis afligidos en diversas tentaciones, para que la prueba de vuestra fe sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando Jesucristo sea manifestado; en quien, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso». (1 Pedro 1:5.) ¡Inefable en verdad! No está en la lengua del hombre describir este gozo en el Espíritu Santo. Es «el maná escondido, que nadie conoce sino aquel que lo recibe». Pero esto sabemos: que no solo permanece, sino que rebosa en lo hondo de la aflicción. «¿Son poca cosa las consolaciones de Dios» para sus hijos, cuando faltan todos los consuelos terrenales? No es así. Antes bien, cuando más abundan los sufrimientos, tanto más abundan las consolaciones de su Espíritu; de tal manera que los hijos de Dios «se ríen de la destrucción cuando viene»; de la necesidad, del dolor, del infierno y del sepulcro; como quienes conocen a aquel que «tiene las llaves de la muerte y del infierno», y que pronto los «arrojará al abismo»; como quienes oyen ya ahora la gran voz del cielo que dice: «He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron». (Apocalipsis 21:3, 4.)
III. 1. Una tercera señal bíblica de los que son nacidos de Dios, y la mayor de todas, es el amor; a saber, «el amor de Dios derramado en sus corazones por el Espíritu Santo que les es dado». (Romanos 5:5.) «Por cuanto son hijos, Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!». (Gálatas 4:6.) Por este Espíritu, mirando continuamente a Dios como a su Padre reconciliado y amante, le piden su pan de cada día y todas las cosas necesarias, sea para el alma o para el cuerpo. Continuamente derraman su corazón delante de él, sabiendo que «tienen las peticiones que le han demandado». (1 Juan 5:15.) Su deleite está en él. Él es el gozo de su corazón; su «escudo» y su «galardón sobremanera grande». El deseo de su alma es hacia él; es su «comida y su bebida hacer su voluntad»; y quedan «saciados como de meollo y de grosura, mientras su boca le alaba con labios de júbilo». (Salmo 63:5.)
2. Y en este sentido también, «El que ama al que engendró, ama también al que es engendrado de él». (1 Juan 5:1.) Su espíritu se regocija en Dios su Salvador. «Ama al Señor Jesucristo en sinceridad». Está de tal modo «unido al Señor» que es un solo espíritu con él. Su alma está pendiente de él, y lo escoge como el todo codiciable, «señalado entre diez mil». Sabe, siente, lo que significa aquello: «Mi amado es mío, y yo suya». (Cantares 2:16.) «¡Tú eres más hermoso que los hijos de los hombres; llenos de gracia están tus labios, porque Dios te ha ungido para siempre!». (Salmo 45:2.)
3. El fruto necesario de este amor de Dios es el amor al prójimo: a toda alma que Dios ha hecho, sin exceptuar a nuestros enemigos, sin exceptuar a los que ahora «nos ultrajan y nos persiguen»; un amor por el cual amamos a todo hombre como a nosotros mismos, como amamos nuestras propias almas. Más aún, nuestro Señor lo ha expresado con mayor fuerza todavía, enseñándonos a «amarnos unos a otros como él nos ha amado». Conforme a esto, el mandamiento escrito en el corazón de todos los que aman a Dios no es otro que este: «Como yo os he amado, así amaos también los unos a los otros». Ahora bien, «en esto hemos conocido el amor de Dios, en que él puso su vida por nosotros». (1 Juan 3:16.) «Debemos», pues, como justamente infiere el apóstol, «poner nuestras vidas por los hermanos». Si nos sentimos dispuestos a hacerlo, entonces amamos de veras a nuestro prójimo. Entonces «sabemos que hemos pasado de muerte a vida, porque» así «amamos a los hermanos». (1 Juan 3:14.) «En esto conocemos» que somos nacidos de Dios, que «permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su» amoroso «Espíritu». (1 Juan 4:13.) Porque «el amor es de Dios; y todo aquel que» así «ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios». (1 Juan 4:7.)
4. Pero alguno quizá pregunte: «¿No dice el apóstol: “Este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos”?». (1 Juan 5:3.) Sí, y este es también el amor al prójimo, en el mismo sentido en que es el amor de Dios. Pero ¿qué queréis inferir de ahí? ¿Que guardar los mandamientos exteriores es todo lo que implica amar a Dios con todo vuestro corazón, con toda vuestra mente, y alma, y fuerzas, y amar a vuestro prójimo como a vosotros mismos? ¿Que el amor de Dios no es un afecto del alma, sino meramente un servicio exterior? ¿Y que el amor al prójimo no es una disposición del corazón, sino apenas una serie de obras exteriores? Mencionar una interpretación tan desatinada de las palabras del apóstol basta para refutarla. El sentido llano e indiscutible de ese texto es este: la señal o prueba del amor de Dios, de que guardamos el primero y grande mandamiento, es guardar el resto de sus mandamientos. Porque el amor verdadero, una vez derramado en nuestro corazón, nos constreñirá a hacerlo; ya que quien ama a Dios con todo su corazón no puede sino servirle con todas sus fuerzas.
5. Un segundo fruto, pues, del amor de Dios (en cuanto pueda distinguirse de él) es la obediencia universal a aquel a quien amamos, y la conformidad con su voluntad; obediencia a todos los mandamientos de Dios, internos y externos; obediencia del corazón y de la vida; en toda disposición y en toda manera de conducta. Y una de las disposiciones más evidentemente implicadas en ello es ser «celoso de buenas obras»: tener hambre y sed de hacer el bien, de toda manera posible, a todos los hombres; regocijarse en «gastar y gastarse por ellos», por todo hijo de hombre; sin buscar recompensa alguna en este mundo, sino solo en la resurrección de los justos.
IV. 1. Así he expuesto llanamente aquellas señales del nuevo nacimiento que encuentro expuestas en la Escritura. Así responde Dios mismo a aquella grave pregunta: ¿Qué es nacer de Dios? Así es, si se apela a los oráculos de Dios, «todo aquel que es nacido del Espíritu». Esto es, a juicio del Espíritu de Dios, ser hijo o niño de Dios: es creer en Dios, por medio de Cristo, de tal modo que uno «no hace pecado», y goza en todo tiempo y en todo lugar de aquella «paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento». Es esperar en Dios, por medio del Hijo de su amor, de tal modo que se tiene no solo el «testimonio de una buena conciencia», sino también el Espíritu de Dios «dando testimonio a vuestros espíritus de que sois hijos de Dios»; de donde no puede sino brotar el regocijo en aquel por medio de quien «habéis recibido la reconciliación». Es amar a Dios, que así os ha amado, como nunca habéis amado a criatura alguna; de modo que os veis constreñidos a amar a todos los hombres como a vosotros mismos, con un amor que no solo arde siempre en vuestros corazones, sino que llamea en todas vuestras acciones y conversaciones, y hace de toda vuestra vida un solo «trabajo de amor», una continua obediencia a aquellos mandamientos: «Sed misericordiosos, como Dios es misericordioso»; «Sed santos, como yo, el Señor, soy santo»; «Sed perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto».
2. ¿Quiénes sois, pues, vosotros que sois así nacidos de Dios? Vosotros «conocéis las cosas que Dios os ha dado». Sabéis bien que sois hijos de Dios, y «podéis asegurar vuestros corazones delante de él». Y cada uno de vosotros que ha observado estas palabras no puede sino sentir y saber con verdad si en esta hora (¡responded a Dios, y no al hombre!) sois así hijos de Dios o no. La cuestión no es qué fuisteis hechos en el bautismo (no la eludáis), sino: ¿Qué sois ahora? ¿Está ahora el Espíritu de adopción en vuestro corazón? Apelad a vuestro propio corazón. No pregunto si fuisteis nacidos de agua y del Espíritu; sino si sois ahora templo del Espíritu Santo que mora en vosotros. Concedo que fuisteis «circuncidados con la circuncisión de Cristo» (así llama san Pablo enfáticamente al bautismo); pero ¿reposa ahora sobre vosotros el Espíritu de Cristo y de gloria? De lo contrario, «vuestra circuncisión se ha vuelto incircuncisión».
3 . No digáis, pues, en vuestro corazón: «Yo fui una vez bautizado, por tanto soy ahora hijo de Dios». ¡Ay!, esa consecuencia de ningún modo se sostiene. ¡Cuántos son los glotones y borrachos bautizados, los mentirosos y blasfemos comunes bautizados, los injuriadores y maldicientes bautizados, los fornicarios, ladrones y extorsionadores bautizados! ¿Qué pensáis? ¿Son estos ahora hijos de Dios? De cierto os digo, quienquiera que seáis, a quienes corresponde alguno de los caracteres anteriores: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y las obras de vuestro padre hacéis». A vosotros clamo, en el nombre de aquel a quien crucificáis de nuevo, y con sus palabras a vuestros predecesores circuncidados: «¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?».
4. ¿Cómo, en verdad, si no nacéis otra vez? Porque ahora estáis muertos en delitos y pecados. Decir, pues, que no podéis nacer otra vez, que no hay nuevo nacimiento sino en el bautismo, es sellaros a todos bajo condenación, entregaros al infierno, sin auxilio, sin esperanza. Y quizá algunos piensen que esto es justo y recto. En su celo por el Señor de los ejércitos, quizá digan: «¡Sí, exterminad a los pecadores, a los amalecitas! ¡Sean destruidos del todo esos gabaonitas! No merecen menos». No; ni yo, ni vosotros. Lo que yo merezco y lo que vosotros merecéis, lo mismo que ellos, es el infierno; y es pura misericordia, misericordia libre e inmerecida, que nosotros no estemos ahora en el fuego que nunca se apaga. Diréis: «Pero nosotros estamos lavados»; nacimos otra vez «de agua y del Espíritu». También ellos lo fueron; esto, por tanto, no impide en absoluto que vosotros seáis ahora como ellos. ¿No sabéis que «lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación»? Salid, vosotros, «santos del mundo», vosotros los honrados por los hombres, y ved quién arrojará la primera piedra contra ellos, contra esos miserables que no merecen vivir sobre la tierra, esas rameras públicas, adúlteros, homicidas. Solo aprended primero qué significa aquello: «El que aborrece a su hermano es homicida». (1 Juan 3:15.) «Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón». (Mateo 5:28.) «¡Adúlteros y adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad con Dios?». (Santiago 4:4.)
5. «De cierto, de cierto os digo, que» también «vosotros debéis nacer otra vez». «Si» también «no naciereis otra vez, no podéis ver el reino de Dios». No os apoyéis más en el báculo de esa caña cascada, de que fuisteis nacidos otra vez en el bautismo. ¿Quién niega que entonces fuisteis hechos hijos de Dios y herederos del reino de los cielos? Pero, no obstante esto, ahora sois hijos del diablo. Por tanto, debéis nacer otra vez. Y no permitáis que Satanás os ponga en el corazón cavilar sobre una palabra cuando la cosa es clara. Habéis oído cuáles son las señales de los hijos de Dios: todos vosotros que no las tenéis en vuestras almas, bautizados o no bautizados, necesariamente tenéis que recibirlas, o sin duda pereceréis eternamente. Y si habéis sido bautizados, vuestra única esperanza es esta: que los que fueron hechos hijos de Dios por el bautismo, pero ahora son hijos del diablo, pueden todavía recibir de nuevo «potestad de ser hechos hijos de Dios»; que pueden recibir de nuevo lo que han perdido, a saber, el «Espíritu de adopción, que clama en sus corazones: ¡Abba, Padre!».
¡Amén, Señor Jesús! Que todo aquel que prepara otra vez su corazón para buscar tu rostro reciba de nuevo aquel Espíritu de adopción, y clame: «¡Abba, Padre!». Que tenga ahora otra vez poder para creer en tu nombre de tal modo que llegue a ser hijo de Dios; que sepa y sienta que tiene «redención en tu sangre, la remisión de los pecados»; y que «no puede pecar, porque es nacido de Dios». Que sea ahora «regenerado en esperanza viva», de modo que «se purifique como tú eres limpio»; y «por cuanto es hijo», repose sobre él el Espíritu de amor y de gloria, limpiándolo «de toda inmundicia de carne y de espíritu», y enseñándole a «perfeccionar la santidad en el temor de Dios».
Capítulo 19 completado
Las señales del nuevo nacimiento