Separación y servicio ·La bendición de Dios

Capítulo 3 · 31 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La bendición de Dios

Ya hemos visto la gracia de Dios que hizo provisión para que su pueblo, que había perdido el privilegio del servicio sacerdotal, pudiera acercarse a Él mediante la separación y consagración nazarea. Y no como la transgresión fue el don gratuito: los que habían perdido el privilegio del servicio sacerdotal eran solamente los varones, pero las mujeres e incluso los niños podían ser nazareos; todo el que lo deseaba era libre de venir, y así acercarse a Dios.

Llegamos ahora a los versículos finales de Núm. vi, y vemos en ellos una de las formas más plenas de bendición que se hallan en toda la Palabra de Dios. Naturalmente surge el pensamiento:

¿POR QUÉ SE ENCUENTRA AQUÍ?

Y la respuesta es doble. Está el lado divino. Del corazón de amor de Dios brotó primero el privilegio de la consagración nazarea; y luego, por el acto de consagración, su corazón amoroso se alegra de tal manera que rebosa aún más en estas ricas bendiciones.

Mirando, por otra parte, el lado humano, podemos aprender que el alma que está plenamente consagrada siempre recibe la bendición de Dios. Donde no se disfruta de esa bendición, siempre hay algo irreal o defectuoso en la consagración. Puede ser que nos hayamos separado para llevar a cabo nuestra propia voluntad, o pensamiento, o plan de servicio, en lugar de entregarnos a nosotros mismos y nuestra voluntad, para aprender y hacer la voluntad de Él. Pero es la verdadera consagración a DIOS la que nos coloca en la posición en la que Él puede derramar sobre nosotros sus más ricas bendiciones.

El pródigo fue hijo del padre todo el tiempo; pero cuando prefirió su voluntad a la voluntad de su padre, su camino al camino de su padre, su administración de su parte de la herencia a la administración de su padre, no resultó sino en ruina y miseria—en hambre, desnudez y vergüenza. El hecho de ser hijo de nada le sirvió en la “provincia apartada”, en el lugar de la propia voluntad y del propio gobierno. Pero tan pronto como se levantó, y con verdadero arrepentimiento y sumisión volvió a la casa del padre, dispuesto a servir y a hacer la voluntad de su padre, se encontró restaurado al corazón de su padre y a todos los privilegios de la filiación: se mató el becerro engordado, se le vistió con el mejor vestido, una vez más tuvo calzado en sus pies y un anillo en su mano, y el gozo y la alegría llenaron el hogar.

¡Cuántos cristianos hay que, en su propia voluntad y en su intento de gobernarse a sí mismos, se hallan día tras día llenos de tristeza, o llenos de afán! Tratando de guardarse a sí mismos, no son guardados; tratando de ser felices, a menudo son infelices; tratando de triunfar, fracasan; y no pueden sino confesar que su vida es muy diferente de aquella vida ideal descrita en el Sal. lxxxix. 15-18:

“Bienaventurado el pueblo que sabe aclamarte:
Andarán, oh Jehová, a la luz de tu rostro.
En tu nombre se alegrarán todo el día:
Y en tu justicia serán ensalzados.
Porque tú eres la gloria de su fortaleza;
Y en tu buena voluntad será ensalzado nuestro cuerno.
Y en tu buena voluntad será ensalzado nuestro cuerno.
Porque Jehová es nuestro escudo;
Y nuestro Rey es el Santo de Israel.”

En lugar de esto, muchos en la práctica conocen muy poco de la paz “que sobrepuja todo entendimiento”, del gozo que es literalmente “inefable”; adjetivos mucho más moderados bastarían para expresar todo lo que ellos conocen de una paz a menudo turbada y de una satisfacción y felicidad intermitentes. Muchos hay que no alcanzan a ver que no puede haber sino un solo señor, y que quienes no hacen a Dios Señor de todo no le hacen Señor en absoluto. La más leve reserva en nuestra consagración muestra que nos consideramos como propios, y en consecuencia con libertad para darle tanto o tan poco como nos parezca. Si le reconocemos como Señor y Maestro, no tenemos nada que retener, ni nada propio, porque nosotros, y todo lo que tenemos, ya somos suyos. Pero entonces, a cambio, todo lo que Él tiene, y todo lo que Él es, llega a ser nuestro. ¡Oh, bienaventurada Porción! ¿Quién no querría de aquí en adelante no tener propiedad privada sobre sí mismo—sobre sus miembros—sobre sus posesiones—sobre su familia—sobre sus afectos; sino, en la más plena consagración, reconocer y admitir el derecho de Dios y no ser ya un robador de Dios?

“Y Jehová habló a Moisés, diciendo: Habla a Aarón y a sus hijos, diciendo: Así bendeciréis a los hijos de Israel ... Y pondrán mi Nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré.”

Aquí tenemos la bendición que Dios se deleita en dar a quienes se han dedicado a sí mismos y todo lo suyo a Él. Antes de considerarla en detalle, notemos, primero, cuán espontánea y no solicitada es esta bendición de parte de Dios—el Señor mandó a Aarón y a sus hijos que bendijeran a Israel, que pusieran su Nombre sobre ellos; y declaró su propio propósito inalterable: “Yo los bendeciré.” Y luego, hagámonos la pregunta: ¿cuál es

¿EL VERDADERO SIGNIFICADO DE LA BENDICIÓN?

Con frecuencia usamos la palabra de manera tan vaga que perdemos mucho de su valor, y pasamos por alto el significado primario en algunas de sus acepciones secundarias. Por ejemplo, a menudo la usamos como sinónimo de alabanza, y al hablar de bendecir a Dios pensamos en alabarle. Pero bendecir no significa meramente alabar, porque Dios nos bendice a nosotros. De nuevo, a veces la usamos para algún don bondadoso, como cuando hablamos de la bendición de la paz o de la abundancia. Pero bendecir no significa solamente dar, porque cuando bendecimos a Dios no le damos paz ni abundancia. La bendición es el moverse del corazón hacia un objeto de afecto y complacencia. El derramarse del corazón va naturalmente acompañado de un don o de una ascripción, según el caso. Cuando nuestros corazones bendicen al Señor, le cantamos un cántico de alabanza por el gran amor con que nos ha amado; pero la bendición no es el cántico—es el sentimiento que lo suscita. Cuando el Señor bendice a su pueblo con paz y abundancia, es su Corazón abierto el que mueve su mano amorosa.

Además, la bendición siempre va acompañada de gozo; es un gozo, y da gozo, tanto al que da como al que recibe. Un niño pequeño que juega con sus juguetes puede estar feliz y satisfecho. Pero oye los pasos de su madre, ve a su madre abrir la puerta, y al instante los juguetes son soltados y olvidados; los bracitos se extienden, y los piececitos corren al encuentro de la bienvenida madre. Y no es esto todo; los grandes brazos maternales se extienden con igual prontitud hacia el niño, y con pasos más largos la madre se apresura al encuentro del pequeño, y lo estrecha contra su pecho, mientras los amorosos bracitos se enlazan alrededor de su cuello.

Pero ¿de quién está más alegre el corazón? El corazón del pequeño está lleno; y el corazón de la madre también está lleno; pero su capacidad es mayor, y por eso su gozo es más hondo. ¿Y no es esto cierto de nuestro Padre Celestial? Cuando su corazón bendice al nuestro, y el nuestro le bendice a Él, nosotros estamos llenos de gozo; pero su corazón es infinitamente mayor que el nuestro, y su gozo en su pueblo excede con mucho a todo el gozo de ellos en Él, tanto como lo infinito excede a lo finito.

Recordemos siempre, en relación con la bendición, que el hondo sentimiento del corazón es el pensamiento primario. “Bendice, alma mía, a Jehová; y todo lo que está dentro de mí, bendiga su santo Nombre.” La alabanza de los labios puede ser insincera; la bendición del corazón no puede serlo.

LA BENDICIÓN TRIPLE: versículos 24-26.

“Jehová te bendiga, y te guarde:

“Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia:

“Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz.

Nos hemos detenido en el significado de la bendición—el moverse del corazón hacia un objeto de afecto y complacencia—y hemos notado que esto va naturalmente acompañado de un don o de una ascripción, según el caso. Cuando el amor rebosa, instintivamente le siguen palabras amorosas, abrazos amorosos o dones amorosos.

A la luz de la más plena revelación del Nuevo Testamento, difícilmente podemos dejar de ver en esta bendición triple el rebosar en bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu; y podemos leerla así:—

“Jehová, el Padre, te bendiga, y te guarde:

“Jehová, el Hijo, el Esposo, haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia:

“Jehová, el Espíritu, alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz.”

Leídas así, vemos en estas palabras una belleza y una propiedad más plenas. Notemos ahora en particular la primera cláusula.

LA BENDICIÓN DEL PADRE.

Considerada como la bendición de un padre, ¿podría algo ser más apropiado que “Jehová te bendiga, y te guarde”? ¿No es esto precisamente lo que todo padre amoroso procura hacer—bendecir y guardar a sus hijos? No lo halla como una tarea ingrata, sino como su mayor deleite. ¡Ofrécele relevarlo de la responsabilidad y adoptar a su hijo, y verás cuál será su respuesta! Ni debemos limitarnos al amor paterno al pensar en este tema; tomémoslo más bien como amor parental, que abarca también el amor de la madre, porque “Así dice Jehová, ... Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo.” Todos sabemos cuánto se deleita el amor materno en prodigarse sobre los objetos de su cuidado. Con una paciencia que nunca se cansa, una resistencia casi inagotable y un cuidado casi ilimitado, ¡cuántas veces la madre ha sacrificado su propia vida por el bienestar de su bebé! Pero por fuerte que sea el amor de una madre, puede fallar; el amor de Dios nunca. “¿Olvidaráse la mujer de su niño de pecho, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque ellas se olviden, yo no me olvidaré de ti.”

Uno de los objetos de la misión de nuestro Salvador fue revelarnos que, en Cristo Jesús, Dios es también nuestro Padre. Cuánto se deleitó en poner de relieve esta preciosa verdad lo atestigua el Sermón del Monte: “Glorificad a vuestro Padre.” “Amad ... bendecid ... haced bien, para que seáis hijos de vuestro Padre.” Sed “perfectos, como vuestro Padre.” “Tu Padre ... ve.” “Vuestro Padre sabe”, etc., etc. Y bien pueden descansar nuestros corazones en el pensamiento que tanto satisfizo su corazón: que Dios es en verdad nuestro Padre.

¡Y qué glorioso Padre es! la fuente de toda verdadera paternidad y maternidad. Muchas veces hemos caminado por los campos de madrugada, y hemos notado cómo el sol naciente convierte cada gota de rocío en una joya reluciente; un solo rayo de su propia luz brillante hace un pequeño sol de cada una de los millones de gotas que penden de las hojillas colgantes y centellean por doquier. Pero es útil recordar que el glorioso astro mismo contiene infinitamente más luz de la que todas las gotas de rocío jamás reflejaron o reflejarán. Y así ocurre con nuestro Padre celestial: Él mismo la gran Fuente de todo lo que es noble y verdadero, de todo lo que jamás ha sido amoroso y digno de confianza—cada hermoso rasgo de cada hermoso carácter no es sino el pálido reflejo de algún rayo de su propia gran perfección. Y la suma total de toda la bondad, la ternura y el amor humanos no es sino como las gotas de rocío frente al sol. ¡Cuán bienaventurado, pues, es confiar en el amor infinito e inmutable de tal Padre—nuestro Padre que está en los cielos!

¡Y cuán seguro también! “No hay como el Dios de Jesurún, que cabalga sobre los cielos para tu ayuda, y sobre las nubes con su grandeza. El eterno Dios es tu refugio, y acá abajo los brazos eternos.” Muchas veces, allí donde el amor de los padres terrenales no ha faltado, con todo han sido impotentes para bendecir y guardar. El cruel tirano ha torturado al padre torturando al hijo, sin que hubiera poder para librar. Y ante la necesidad o el sufrimiento humano, ¡cuán impotente se ha mostrado a menudo el más fuerte amor humano! No así el amor de nuestro Padre celestial: sus recursos y su poder son tan inagotables como su amor; y verdaderamente son benditos y guardados aquellos a quienes Él se digna bendecir y guardar.

¿No podríamos añadir “solo ellos”? El necio pródigo imagina que puede procurarse mayor felicidad cuando ya no está refrenado por la presencia y la voluntad de su padre; tales siempre vienen a la miseria, y, ¡ay!, no siempre vuelven pronto al hogar donde únicamente se hallan la reconciliación y la bendición. Mal guardado está el que trata de guardarse a sí mismo; y aunque los placeres del pecado gratifiquen por un tiempo, ¡jamás pueden satisfacer!

“Jehová, el Padre, te bendiga, y te guarde.” Es una bendición individual: e incluye toda forma de bendición, tanto temporal como espiritual—“Mi Dios suplirá todo lo que os falta”; y esto “conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús”, no conforme a nuestra conciencia de la necesidad. Él es poderoso para bendecir, poderoso para hacer que abunde toda gracia—para hacerla abundar tan maravillosamente hacia nosotros que, teniendo siempre en todas las cosas toda suficiencia, abundemos para toda buena obra: Él es poderoso para guardar—para guardarnos de caer, para guardarnos de todo mal. Y no solo es poderoso, sino que ya nos ha “bendecido con toda bendición espiritual en las cosas celestiales en Cristo”, y quiere que nosotros, sus hijos, conozcamos y disfrutemos del amor que es la fuente de toda bendición: el amor que nunca podrán expresar en su plenitud las palabras finitas: el amor que las edades eternas jamás agotarán.

“Las mejores bendiciones nos dará,
nada sino el bien nos sucederá;
seguros a la gloria nos guiará,
¡oh, cuánto Él nos ama!”

LA SEGUNDA PERSONA DE LA TRINIDAD.

La segunda cláusula de la bendición es la bendición del Hijo, que no es menos plena ni menos apropiada. A través de las edades eternas el Hijo de Dios, se hizo, en el cumplimiento del tiempo, el Hijo del Hombre. El Resplandor de la gloria de su Padre, el Sol de justicia, vino a manifestar, así como a hablar de, el amor del Padre. Se hizo la Luz del mundo, así como el Cordero de Dios; pero en cada aspecto, haciendo la voluntad, así como la obra de Dios, reveló así el maravilloso amor y la gracia del Padre, y su propia filiación perfecta. La voluntad del Padre incluía la gozosa recepción por parte de Cristo de todos los que vienen a Él, el suplir toda su necesidad—salvando, santificando, saciando, guardando, resucitando en el día postrero—el darse a sí mismo por, y darse a sí mismo a, todos los que le fueron dados por el Padre.

¡Es en verdad un maravilloso Salvador! ¡Cuánta luz ha arrojado el Verbo encarnado de Dios (que es Luz) sobre la Palabra escrita de Dios! La ley en sus exigencias legales Él la ha cumplido, trayendo la justicia eterna, que es imputada a todos los que verdaderamente están en Él. También ha cumplido la Ley en sus múltiples aspectos típicos—Él mismo el Templo, el Sacerdote y el Sacrificio; Él mismo el Altar, el Oferente y la Víctima; Él mismo la Lámpara, y el sacerdotal Despabilador de las lámparas (como es también toda la Vid, y a la vez la Vida de cada rama individual de la Vid). El tiempo nos faltaría para enumerar los diversos objetos y actos del servicio típico que todos se cumplieron en Él. Él es también el Esposo, de cuyo costado herido está siendo formada la Esposa; y espera a su Esposa, que pronto será arrebatada para recibirle en el aire. El verdadero Salomón es Aquel cuya gloria compartiremos, y no solo eso, sino cuya presencia será la porción siempre saciante de su Esposa escogida.

La Esposa no mira su vestido, sino el rostro de su amado Esposo;
no contemplaré yo la gloria, sino a mi Rey de gracia;
no la corona que Él da, sino su mano traspasada:
el Cordero es toda la gloria de la tierra de Emanuel.

¡Que el Espíritu Santo nos conceda comprender cada vez más el alcance práctico de todo lo que así se revela de la gloria de la Persona, y de la plenitud de la obra de nuestro Salvador y Rey!

LA BENDICIÓN DEL HIJO Y ESPOSO.

Jehová, el Hijo, haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia.

La primera cláusula de la bendición triple hablaba del salir del corazón del Padre invisible; ahora, al llegar a la bendición del Hijo, leemos: “Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti”, o, en otras palabras, haga visiblemente manifiesto su favor hacia ti. El Hijo de Dios es el Pariente que tiene el derecho de redimir, el Amigo más unido que un hermano, Aquel que ha venido, no solo a ser la Luz del mundo, sino en un sentido especial a ser la Luz de sus propios redimidos.

No había necesidad en Israel de un pariente redentor en tiempos de prosperidad; pero cuando el duelo y la pobreza daban ocasión a los acreedores para apoderarse de la posesión, entonces un pariente redentor bondadoso y rico era en verdad una bendición. Nos viene a la memoria la hermosa historia de Rut: ¡cuán dulcemente cayeron las bondadosas palabras de Booz en el oído de la joven extranjera, y qué bendición trajo aquel pariente a su corazón y a su vida! El Amigo más unido que un hermano es precioso en todo tiempo, pero nunca tan apreciado como en tiempos de adversidad; y la expresión misma, “La Luz del mundo”, nos habla de las tinieblas que el pecado ha introducido—unas tinieblas, ¡ay!, no solo alrededor, sino también dentro. El resplandecer del rostro de Jehová, el Hijo, disipa las tinieblas y la penumbra, manifiesta la presencia del Amigo en la necesidad, y nos muestra al Redentor, que no solo libra, sino que llega a ser el Esposo del alma.

“Haga resplandecer su rostro sobre ti.” El rostro es quizá la parte más admirable del admirable cuerpo humano. De todos los rostros que Dios ha hecho, no hay dos exactamente iguales, ni aun en reposo; y aunque de vez en cuando encontramos algunos que guardan un parecido muy estrecho, los amigos íntimos, que conocen el juego del semblante, nunca se equivocan. ¿Y por qué es esto? Porque Dios lo ha dispuesto así, para que el rostro revele el carácter y los sentimientos del individuo. Y es el propósito de Dios que el corazón de Cristo sea revelado a su pueblo. Ese corazón podría haber estado lleno de amor, y nosotros nunca haberlo sabido; pero es la voluntad de Dios que “la luz del conocimiento de la gloria de Dios” nos sea revelada “en la faz de Jesucristo.”

¡Cuán bien sabemos en la vida real lo que significa la luz del semblante! ¡Cómo la sonrisa de la madre trae luz y alegría al corazón del niño! ¡Cómo la mirada acogedora de un amigo se comprende al instante! En Daniel ix. 16, 17, el profeta ora: “Señor ... te ruego que se aparte tu ira y tu furor de sobre tu ciudad Jerusalén; ... y haz que resplandezca tu rostro sobre tu santuario asolado.” Donde hay el resplandecer del rostro sabemos que hay más que perdón; hay favor y complacencia. En la oración tres veces repetida del Salmo lxxx, “Haz que resplandezca tu rostro, y seremos salvos”, se cuenta con la salvación de Israel como resultado; y en el Salmo lxvii hallamos que el resplandecer del rostro de Dios sobre su pueblo ha de resultar además en que su camino sea “conocido en la tierra, y su salud entre todas las naciones.”

Sin embargo, es cuando le consideramos en la relación de Esposo y Rey que la ternura y el valor de esta bendición se ven con mayor plenitud. Un Esposo verdaderamente real: “en su favor está la vida”, y a Él podemos acercarnos en todo tiempo, sin temor alguno de que esconda su semblante, o de que no nos extienda el cetro de oro. La reina Ester podía temblar por el resultado de su osadía, pero nuestro Rey siempre acoge el acercamiento de su Esposa.

Cuando su corazón clama: “¡Béseme con los besos de su boca!”, Él siempre está pronto a introducirla en sus cámaras; en efecto, a menudo es el Esposo quien tiene que atraer a la Esposa, más bien que la Esposa quien tiene que buscar el favor del Esposo. Solo cuando ella lo ha tratado con descuido o desobediencia se halla en tinieblas. ¡Y qué no es su favor para una Esposa leal y de corazón sincero! Para un súbdito, el favor del Rey es “como el rocío sobre la hierba”, pero para una esposa, ¿no lo es todo? “¡JEHOVÁ, el Esposo, haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia!”

Qué maravillosa visión de la luz de su semblante debieron de tener los favorecidos discípulos que fueron testigos de su transfiguración: se nos dice que su rostro resplandeció como el sol. Al protomártir Esteban se le abrieron los cielos, y el rostro del Señor resplandeció sobre él: y cuando le vio, se hizo tan semejante a Él que sus últimas palabras al morir correspondieron a las de su Señor en la Cruz. Cuando Saulo, asimismo, vio la gloria de su Salvador resucitado, camino de Damasco, la visión en pleno mediodía fue de una luz que sobrepasaba el resplandor del sol brillando en torno suyo; y el efecto de aquella visión celestial cambió todo el curso de su vida, haciéndole seguidor del Cristo que no se agradó a sí mismo, e imprimiendo el espíritu manifestado en su primer clamor, “Señor, ¿qué quieres que yo haga?”, como el espíritu de su vida desde entonces. Y así, cuando el Señor hace resplandecer la luz de su semblante sobre cualquiera de su pueblo, en la medida en que con rostro descubierto perciben la hermosura del Señor, se produce un cambio moral y progresivo a su semejanza, la obra del Señor, el Espíritu.

EL SEÑOR, EL ESPÍRITU.

Hemos considerado el generoso rebosar del amor del Padre; y nuestros corazones han ardido dentro de nosotros al detenernos en el amor del Hijo y sentir su calor. Ahora, al pensar en la bendición del Señor, el Espíritu, que Él se revele a nosotros por medio de estas santas Palabras, que fueron escritas por su inspiración y que nunca pueden entenderse ni disfrutarse plenamente sino por su propia iluminación. La Biblia es un libro sobrenatural, una revelación divina: el Espíritu Santo es el sobrenatural, el divino Guía de su sentido. De los “sabios y entendidos” están escondidas sus enseñanzas;—de ahí que los cuestionamientos de algunos de los doctos solo confirmen su verdad; pero a los “niños”—a todos aquellos, doctos o indoctos, en quienes el Espíritu Santo ha obrado el espíritu de niño, es un libro abierto: lo aman, se deleitan en él, y crecen por medio de él.

Es muy importante tener pensamientos claros acerca de la tercera persona de la Trinidad. Muchos cristianos fallan en este aspecto, y en consecuencia pierden mucho. Él tiene una personalidad tan distinta como la que tiene el Hijo de Dios; y no debemos pensar ni hablar de Él vagamente, como si fuera meramente una influencia y no una persona. Nuestro Salvador nos enseña que nosotros debemos conocerle, “porque mora con vosotros, y será en vosotros.” Pero ¿no hay muchos del pueblo del Señor para quienes Él no es todavía “una Realidad viva y luminosa”?

Tan importantes son la presencia y la obra del Espíritu Santo, que nuestro Señor aseguró a sus discípulos que les convenía que Él se fuera, a fin de que viniera el Consolador. Y vemos el poderoso cambio que se obró en los discípulos cuando el derramamiento del Espíritu tuvo lugar realmente en Pentecostés. Los tímidos se hicieron valientes; los discípulos dispersos y perseguidos iban por todas partes predicando la Palabra; el Espíritu Santo obró convicción de pecado, y reveló al Salvador resucitado como objeto de la fe; y muchos fueron añadidos al Señor. El mismo Espíritu está todavía presente con nosotros; seamos también nosotros llenos, y ampliamente usados como canales de bendición.

LA BENDICIÓN DEL ESPÍRITU SANTO.

“Jehová, el Espíritu, alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz.”

La bendición del Espíritu es esencial para la plenitud de la bendición. Nos llama la atención, sin embargo, la semejanza de esta bendición con la que la precede; ni es sorprendente la semejanza. Porque, como el Hijo vino a revelar al Padre, así el Espíritu ha venido a revelar al Hijo. Cristo fue un verdadero Consolador; pero, terminada su obra personal en la tierra, ascendió a lo alto para ministrar por su pueblo como su Sumo Sacerdote en la presencia de Dios. El Espíritu Santo es el otro Consolador, enviado por el Padre en nombre de Cristo, para que permaneciera con la Iglesia para siempre. Cristo es el Salvador que mora dentro: el Espíritu Santo el Consolador que mora dentro. Sobre quienquiera que Cristo haga resplandecer su rostro, el Espíritu Santo ciertamente alzará

SU ROSTRO.

“Alce sobre ti su rostro.” Ya nos hemos detenido en el significado del rostro o semblante (la misma palabra original) como revelador de las emociones del corazón. Vemos por estas palabras que es el propósito de Dios que la presencia y el amor del Espíritu sean dados a conocer a aquellos en quienes Él mora. Cuando alza su rostro sobre nosotros, caminamos en consciente seguridad y libertad; pero si el Espíritu es contristado, la luz de su rostro se nos esconde, y caminamos en tinieblas. Y, ¡oh, cuán peligroso es este andar en tinieblas, cuán ciertamente nos extraviaremos del camino y caeremos en alguno de los lazos del diablo! No hay sino un solo curso seguro: confesar el pecado que le ha contristado, y no descansar hasta que la comunión sea restaurada: esto puede hacerse siempre con la mayor facilidad mediante la inmediata confesión y el volverse a Aquel que es nuestro Abogado para con el Padre, y cuya sangre derramada limpia de todo pecado. Cuando el pecado es quitado, el Espíritu de nuevo alza su rostro sobre nosotros, y la paz llena el corazón.

LA PAZ DEL ESPÍRITU.

El Señor Jesús, cuando estuvo en la tierra, dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy: no como el mundo la da, yo os la doy. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” Pero aquí es del Espíritu de quien se habla como dador de paz: ¿por qué es esto? Porque el Espíritu de Dios hace reales para nosotros las cosas reales, y nos capacita para disfrutar en la práctica de las bendiciones que nos fueron procuradas por la muerte, la resurrección y el ministerio sacerdotal del Señor Jesús. Muchos creyentes a quienes Cristo ha dejado paz, poco saben de ella; pero los que están llenos del Espíritu están llenos de paz. Tienen paz con Dios; tienen también paz en el corazón en medio del conflicto y del tumulto; y la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, guarda sus corazones y sus pensamientos. El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz.

¿Estamos nosotros disfrutando en la práctica de esta bendición, y experimentando esta paz que sobrepasa todo entendimiento? ¿Estamos hallando que cuando Él da quietud, nadie puede causar turbación? Y si no, ¿cuál es el estorbo? ¿Hay algún pecado conocido sin confesar, o sin apartar? ¿Se ha hecho algún agravio, sin haber hecho restitución en la medida de nuestras posibilidades? ¿Hay algún asunto en el cual Dios tenga una contienda con nosotros? ¿O nos estamos permitiendo algo acerca de lo cual tenemos duda? ¿Estamos reteniendo de Dios algo que le es debido—nosotros mismos, nuestros bienes, nuestros hijos; o, tal vez, nuestro testimonio? O, si ninguna de estas cosas nos estorba, ¿estamos dejando de aceptar, por fe, la llenura del Espíritu; pidiendo quizá solamente, pero sin recibir también? ¿Será que descuidamos el estudio orante de la Palabra de Dios, y así contristamos al Espíritu por quien fue inspirada? Pablo pidió a Dios que diera a los cristianos de Éfeso el Espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Cristo, para que conocieran la esperanza de su llamamiento y la sobreabundante grandeza de su poder para con los que creen. Bien hacemos en notar las palabras “que creen”, porque la incredulidad está a la raíz de toda forma de estorbo.

Como el Espíritu revela a Cristo, así Cristo otorga el Espíritu; y por la fe en Cristo y en su Palabra nos apropiamos del don. Nunca olvidaremos la bendición que recibimos por medio de las palabras, en Juan iv. 14: “El que bebiere del agua que yo le daré,

NUNCA TENDRÁ SED,”

hace casi treinta años. Al comprender que Cristo quería decir literalmente lo que dijo—que “nunca” significaba nunca, que “tendrá” significaba tendrá, y que “sed” significaba sed—nuestro corazón rebosó de gozo al aceptar el don. ¡Oh, la sed con que nos habíamos sentado, pero oh, el gozo con que nos levantamos de nuestro asiento, alabando al Señor porque los días de sed habían quedado todos atrás, y atrás para siempre! Pues, como continúa nuestro Señor, “el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte—que rebose—para vida eterna.” Quizá, sin embargo, debiéramos llamar la atención sobre las palabras de Cristo, “el que bebiere”; no el que bebió—una vez por todas—sino “el que bebe”, esto es, habitualmente: como en el cap. vii. 38, 39, donde, tras prometer que de su interior “correrán ríos de agua viva”, se añade significativamente: “esto dijo del Espíritu, que los que creen”—es decir, que siguen creyendo—habían de recibir.

¿No es triste que un don tan gratuito sea tan poco estimado, tantas veces ni disfrutado ni buscado? Está destinado a cada uno de nosotros—“alce su rostro sobre ti, y ponga en ti paz.” ¡Ojalá cada lector aceptara el don ahora, y lo disfrutara para siempre, para la gloria de Dios!

SELLADOS CON EL NOMBRE DE DIOS: versículo 27.

“Y pondrán mi Nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré.”

Con estas palabras se cierra este maravilloso capítulo, y se revela el gran objeto de Dios al otorgar su bendición sobre su pueblo: “Pondrán mi Nombre sobre los hijos de Israel”, o, en otras palabras, hará que no solo lleguen a ser el pueblo de Dios, sino que también lleguen a serlo de manera manifiesta.

En tiempos antiguos los nombres no carecían de sentido, sino que eran descriptivos del carácter o de la relación. Los diversos nombres de Dios están todos llenos de significado, y cada uno se usa siempre con intención en la Biblia: al no reconocer esto, hombres doctos, pero espiritualmente ignorantes, han imaginado que los escritos del Antiguo Testamento no fueron sino meras compilaciones de las obras de diferentes autores, y no han alcanzado a ver la hermosa propiedad de los diversos nombres de Dios según se usan en distintos contextos.

En la bendición precedente, el Nombre de Jehová repetido tres veces nos ha revelado al Dios trino en sus relaciones de gracia con su pueblo redimido, y también nos ha recordado que en estas relaciones Él es el Inmutable, el mismo ayer, hoy, y por los siglos; porque todo esto está contenido en el Nombre Jehová. Y así, la expresión “Pondrán mi Nombre sobre los hijos de Israel” implica el propósito de Dios de que en su pueblo se manifiesten, no solo las bellezas de su carácter divino, sino también la relación inmutable en que están para con Él. Israel de la antigüedad fue, y sigue siendo, el testigo de Dios en el mundo. En toda su infidelidad, su misma existencia como pueblo separado es un milagro permanente, que da testimonio de la verdad de la profecía. Pero si hubieran sido fieles, habrían sido mucho más que esto; porque la hermosura del Señor su Dios habría estado sobre ellos; y recibiendo ellos mismos su bendición, habrían llegado a ser una bendición para el mundo. Nosotros, que ahora somos hijos de Dios—cristianos sobre quienes ha sido invocado el Nombre de Cristo—estamos destinados a ser testigos de nuestro Maestro, y a manifestar las bellezas de Aquel que nos ha “llamado por su gloria y virtud.” (2 Pedro i. 3.—R.V.)

Hay un interesante paralelismo entre el pasaje que estamos considerando y la comisión dada por nuestro Señor a su pueblo de hacer discípulos a todas las naciones, bautizándolas en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Los verdaderos cristianos son guardados por el poder de Dios (“Jehová te bendiga y te guarde”), en la gracia que es en Cristo Jesús (“Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia”), y reciben la iluminación del Espíritu Santo (“Jehová alce sobre ti su rostro”), a fin de que ellos resplandezcan como luces en el mundo, y lleguen a ser cartas vivientes, conocidas y leídas de todos los hombres.

Es también profundamente interesante conectar el sello de este pasaje con el de Apoc. vii y xiv. En el primer pasaje (Apoc. vii. 1-3) vemos refrenadas las potencias a las cuales se han encomendado las plagas, hasta que se complete el sello de los siervos de Dios. Los ciento cuarenta y cuatro mil están todos sellados—un número místico y simbólico del Israel místico y simbólico, no del Israel según la carne. Porque en este libro del Apocalipsis el Cordero no significa un animal, sino el Cordero de Dios. La bestia no significa una fiera literal, sino la fiera espiritual que destruye a los hijos de Dios. Así, los doce mil de la tribu de Judá se refieren a los que alaban en el redil de Cristo; los sellados de Aser, a los dichosos, que bendicen al Señor en todo tiempo; los de Neftalí, a los saciados de favor, llenos de la bendición del Señor; los de Rubén, a los que en otro tiempo fueron inestables como el agua, pero ahora plenamente salvos; &c., &c.

En Apoc. xiii hallamos la gran tribulación en curso, y a los que aún quedan en la tierra duramente perseguidos, muchos de ellos hasta la muerte, por la bestia. Pero los ciento cuarenta y cuatro mil de Apoc. xiv no están entre ellos; fueron arrebatados antes de que comenzara la tribulación, habiendo sido tenidos por dignos (Lucas xxi. 34-36) de escapar de las cosas que habían de venir sobre la tierra, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre. Tales no son solamente vírgenes, no contaminadas por el adulterio espiritual con el mundo, sino también prudentes, llenas del Espíritu: no solo están esperando la venida del Esposo, sino preparadas para esa venida; en tanto que las insensatas tienen que ir a comprar aceite, y así pierden su oportunidad. En Apoc. xiv vemos que el Nombre de Dios está escrito en las frentes de estas vírgenes prudentes, y que en sus bocas hay un cántico que ningún otro puede cantar. Son una Esposa de primicias unida al Esposo de las primicias, y fueron redimidas (no solo de entre los judíos, sino de entre los hombres) para Dios y el Cordero. Otros creyentes, entonces en la tribulación, se les unirán más tarde y formarán la cosecha para Dios (Apoc. vii. 14-17), y vendrán con el Esposo y la Esposa cuando nuestro Señor sea manifestado desde el cielo en llama de fuego para tomar venganza de los impíos (2 Tes. i, 6-10). La cosecha no solo está separada de las primicias en Apoc. vii y xiv, sino también en Apoc. xx. Podemos leer los versículos 4-6 con mayor claridad si traducimos la segunda cláusula del versículo 4, “Vi también las almas de ellos, &c.,” en lugar de “y vi, &c.,” y la última cláusula, “Ellos también vivieron y reinaron con Cristo mil años.” Vemos así al Esposo y la Esposa entronizados y a la cosecha, el Cuerpo de Cristo, formando la primera resurrección, y reinando juntos en gloria.

“Y yo los bendeciré.” Una palabra de aliento para Aarón y sus hijos al pronunciar la bendición, así como para el pueblo que la recibía. La bendición fue precedida por el mandato de Dios (“Habla a Aarón ... Así bendeciréis”), y seguida por la promesa antes citada; así como nuestro Salvador, al dar su última comisión de hacer discípulas a todas las naciones, la precedió con: “Toda potestad me es dada...: Id, pues;” y la siguió con la seguridad y la promesa: “He aquí, yo estoy con vosotros todos los días.” En la palabra de un Rey hay poder; y cuando sus siervos cumplen sus mandatos, nuestro Rey está presente para autenticarlos y asegurar el resultado.


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Separación y servicio Hudson Taylor

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