Capítulo 2 · 22 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Separación para Dios
LA INSTITUCIÓN DE LA ORDEN DE LOS NAZAREOS.
Los primeros veintiún versículos de Núm. vi nos dan cuenta de la institución y las ordenanzas de la orden de los nazareos. Y notemos desde el principio que esta institución, como toda buena dádiva y todo don perfecto, vino de lo alto; que Dios mismo dio este privilegio —sin que se lo pidieran— a su pueblo, mostrando así su deseo de que “todo aquel que quiera” de entre su pueblo pueda ser llevado a la más estrecha relación consigo mismo.
Fue muy bondadoso de parte de Dios permitir que su pueblo llegara a ser nazareo. Israel pudo haber sido “un reino de sacerdotes”; pero por su propio pecado había perdido, como nación, este privilegio, y una familia especial había sido apartada para el sacerdocio. Dios, sin embargo, seguía abriendo el camino para que los individuos que desearan acercarse a Él pudieran hacerlo, y por el tiempo que su propio corazón les dictara.
Pero es importante advertir que, aunque el voto pudiera ser solo de consagración temporal, sin embargo implicaba, mientras duraba, una
ACEPTACIÓN ABSOLUTA
de la voluntad de Dios, aun en asuntos que pudieran parecer triviales y sin importancia. Así también, en el día de hoy, Dios está dispuesto a dar a su pueblo la plenitud de la bendición, pero ha de ser según sus propios términos. Aunque no somos nuestros, es, ¡ay!, posible vivir como si lo fuéramos; la consagración a Dios sigue siendo algo voluntario; de ahí las diferencias de logro entre los cristianos. Si bien la salvación es un don gratuito, el “ganar a Cristo” solo puede alcanzarse mediante una consagración sin reservas y una obediencia sin objeciones. Y esto no es una carga, sino el más alto privilegio.
Miremos ahora la ley del nazareo.
OBEDIENCIA IMPLÍCITA: versículos 3, 4.
“Se abstendrá de vino y de sidra; vinagre de vino, ni vinagre de sidra no beberá, ni beberá algún licor de uvas, ni tampoco comerá uvas frescas ni secas. Todo el tiempo de su nazareato, de todo lo que se hace de vid de vino, desde los granillos hasta el hollejo, no comerá.”
Lo primero que notamos es que, así como la obediencia de Adán fue probada en el Huerto mediante la prohibición de un solo árbol —un árbol agradable a la vista y bueno para comer—, así también fue probada la obediencia del nazareo. No se le prohibía comer frutos venenosos, ni se le pedía únicamente abstenerse del vino y de la sidra que fácilmente podían volverse un lazo; las uvas frescas y las pasas estaban igualmente prohibidas. No era que la cosa fuera dañina en sí misma, sino que hacer la voluntad de Dios, en un asunto de aparente indiferencia, era esencial para su aceptación.
No menos cierto es esto del nazareo cristiano. Ya sea que coma o beba, o haga cualquier otra cosa, la voluntad de Dios y no la complacencia propia debe ser su único objetivo. A menudo los cristianos caen en perplejidad respecto de los atractivos del mundo al preguntar: ¿dónde está el pecado de esto, o el peligro de aquello? Puede haber un peligro que quien pregunta no alcanza a ver: los cebos de Satanás a menudo esconden con destreza un anzuelo afilado; pero, aun suponiendo que la cosa sea inofensiva, no se sigue que sea agradable a Dios ni provechosa para el espíritu.
El fruto de la vid es figura de los placeres nacidos de la tierra; quienes quieran gozar de la cercanía del nazareo con Dios han de tener su amor por “mejor que el vino.” Por ganar a Cristo, el apóstol Pablo sufrió con gozo la pérdida de todas las cosas, y las tuvo por escoria y estiércol por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús su Señor. Las cosas que abandonó no eran malas, sino buenas —cosas que en sí mismas le eran ganancia—; y Cristo mismo, para nuestra redención, se despojó a sí mismo, y vino a buscar no su propia voluntad, sino la voluntad del que le envió.
El servicio más alto exige el sacrificio más grande, pero asegura la más plena bendición y el mayor fruto. Cristo no podía permanecer en el seno de su Padre y redimir al mundo; los misioneros no pueden ganar a los paganos y disfrutar a la vez del entorno de su hogar; ni pueden ser debidamente sostenidos sin los amorosos sacrificios de muchos amigos y donantes. Tú, querido lector, conoces la elección del Maestro; ¿cuál es la TUYA? ¿Es hacer su voluntad aunque signifique dejarlo todo por Él, darlo todo a Él?
CONSAGRACIÓN ENTERA: versículo 5.
“Todo el tiempo del voto de su nazareato no pasará navaja sobre su cabeza; hasta que sean cumplidos los días de su apartamiento a Jehová, santo será; dejará crecer las guedejas del cabello de su cabeza.”
Ya hemos visto que Dios probó la obediencia del nazareo en el asunto de la comida: agradar a Dios había de ser preferido antes que el más tentador racimo de uvas. Pero en las palabras anteriores hallamos que su obediencia es probada aún más, y esto de un modo que a muchos podría resultar una prueba más severa. Dios reclama el derecho de determinar la apariencia personal de su siervo, y dispone que los apartados sean manifiestamente tales. Para muchas mentes existe el mayor rechazo a parecer singulares; pero Dios muchas veces quiere que su pueblo sea inconfundiblemente singular. A veces oímos el argumento de que “todo el mundo” piensa esto o hace aquello, presentado como razón para que hagamos lo mismo; pero ese es un argumento que no debería tener peso alguno para el cristiano, a quien se manda no conformarse a este siglo. Si bien no hemos de procurar ser singulares por el mero hecho de serlo, tampoco hemos de vacilar en serlo cuando el deber para con Dios lo hace necesario, o cuando lo requiere el privilegio de la abnegación en beneficio de otros.
Además, este mandamiento recordaba de nuevo al nazareo que no era suyo, sino enteramente del Señor; que Dios reclamaba hasta el cabello de su cabeza. No tenía libertad para cortarlo o recortarlo a su antojo, ni para llevarlo tan largo o tan corto como le agradara. Tan absoluto era el derecho de Dios sobre él, que no solo mientras duraba su voto había de reconocerse aquel cabello como posesión de Dios, sino que, cumplido su voto, todo él debía ser rapado y quemado sobre el altar. Como el holocausto, había de reconocerse como destinado únicamente al uso de Dios, se cumpliera o no algún propósito utilitario con el sacrificio.
Así ahora, en la presente dispensación, se nos dice: “aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados”; tan minucioso es el cuidado de Dios por su pueblo, tan vigilante está de todo lo que les afecta. Es hermoso ver el tierno amor de una madre joven cuando pasa sus dedos por los sedosos cabellos de su niño querido —su tesoro y su deleite—; pero ella nunca cuenta esos cabellos. ¡Solo Aquel que es la fuente del amor materno lo hace! Y nosotros, que no somos nuestros, sino comprados por precio, ¿no hemos de rendirle de buena gana todo lo que somos y tenemos —cada miembro de nuestro cuerpo, cada fibra de nuestro ser, cada facultad de nuestra mente, toda nuestra voluntad y todo nuestro amor?
SANTIDAD A JEHOVÁ: versículos 6-8.
“Todo el tiempo que se apartare a Jehová, no entrará a persona muerta. Por su padre, ni por su madre, por su hermano, ni por su hermana, no se contaminará con ellos cuando murieren; porque la consagración de su Dios está sobre su cabeza. Todo el tiempo de su nazareato es santo a Jehová.”
Aquí tenemos una prohibición de las más solemnes e importantes: abstenerse de toda inmundicia causada por el contacto con la muerte. La muerte es la paga del pecado: el consagrado había de mantenerse por igual alejado del pecado y de sus consecuencias.
Ningún mandato de la Palabra de Dios es más claro que el de honrar y obedecer a nuestros padres terrenales; y sin embargo, ni aun por su padre o su madre podía el nazareo contaminarse: “el que ama padre o madre más que a mí, no es digno de mí.”
Pero que ningún cristiano joven tenga en poco las exigencias de sus padres cuando estas no están en conflicto con la Palabra escrita de Dios. A veces los cristianos jóvenes se angustian porque su deseo de predicar el Evangelio a los paganos ha sido contrariado por sus padres: a tales conviene animarlos a dar gracias a Dios por el obstáculo, y a buscar en oración que sea removido. Cuando hayan aprendido a mover a los hombres por medio de Dios en casa, estarán mejor preparados para hacer lo mismo en el campo misionero. Donde hay aptitud para la obra, el camino probablemente se allanará tras un tiempo de paciente espera.
Estos versículos nos enseñan que el solo contacto con la muerte contamina: ¡cuán vana es, pues, la imaginación de los inconversos de que por obras muertas —los mejores esfuerzos de quienes ellos mismos están muertos en delitos y pecados— pueden hacerse aceptables a Dios! Las buenas obras de los no salvos pueden, ciertamente, beneficiar a sus semejantes; pero hasta que no se ha recibido la vida en Cristo, no pueden agradar a Dios.
CONTAMINACIÓN INVOLUNTARIA: versículos 9-12.
“Y si alguno muriere muy de repente junto a él, contaminará la cabeza de su nazareato; por tanto, el día de su purificación raerá su cabeza; al séptimo día la raerá. Y el día octavo traerá dos tórtolas o dos palominos al sacerdote, a la puerta del tabernáculo de la congregación; y el sacerdote ofrecerá el uno en expiación, y el otro en holocausto, y hará expiación por él, por cuanto pecó sobre el muerto, y santificará su cabeza en aquel día. Y consagrará a Jehová los días de su nazareato, y traerá un cordero de un año en expiación por la culpa; y los días primeros serán anulados, por cuanto fue contaminado su nazareato.”
Aquí se enseña una verdad importantísima: que aun el contacto involuntario con la muerte podía acarrear pecado sobre el nazareo. A veces somos tentados a excusarnos y a olvidar la absoluta pecaminosidad del pecado, con total independencia de la cuestión de la premeditación, o incluso de la conciencia, en el momento, de nuestra parte. Quien quedaba contaminado quedaba contaminado, fuera de forma intencionada o no; la exigencia de Dios era absoluta, y donde no se cumplía, el voto quedaba roto; había que ofrecer la ofrenda por el pecado, y el servicio debía recomenzarse.
LA ENORMIDAD DEL PECADO.
La enseñanza que aquí se da, y la de las ofrendas por los pecados de ignorancia, es muy necesaria en este tiempo, cuando en algunos sectores hay una peligrosa tendencia a considerar el pecado como desgracia, y no como culpa. El terrible carácter del pecado se muestra a la humanidad por sus consecuencias. El corazón del hombre está tan entenebrecido por la Caída, y por su propia pecaminosidad, que de otro modo tendría el pecado por cosa muy pequeña. Pero cuando pensamos en todo el dolor que hombres y mujeres han soportado desde la Creación, en todas las miserias de que este mundo ha sido testigo, en todos los sufrimientos de la creación animal, y en las consecuencias tanto eternas como temporales del pecado, hemos de ver que aquello que ha traído semejante cosecha de miseria al mundo es mucho más terrible de lo que los hombres, cegados por el pecado, han pensado.
La más alta evidencia, sin embargo, del terrible carácter del pecado se halla en la Cruz; que hiciera falta tal sacrificio —el sacrificio del Hijo de Dios— para traer la expiación y la salvación eterna es, sin duda, la prueba más convincente de su carácter atroz.
La muerte entró en el mundo por el pecado; y, como todas las demás consecuencias del pecado, es repugnante y contaminante. El hombre procura engalanar la muerte; la pompa del funeral, el atractivo del cementerio, todo lo evidencia. En vano procuró el egipcio hacer incorruptible el cuerpo mortal embalsamándolo. Pero tenemos que sepultar a nuestros muertos lejos de nuestra vista, y al creyente se le enseña a esperar la resurrección.
LIMPIEZA SOLO POR MEDIO DEL SACRIFICIO.
No perdamos de vista que la muerte accidental de cualquiera que estuviese cerca del nazareo —incluso el extender la mano sin pensar— podía violar su voto de consagración tan verdaderamente, aunque no tan culpablemente, como un acto de transgresión deliberada; en cualquiera de los casos se perdía todo el tiempo anterior, y el período de consagración debía recomenzarse tras su purificación. Y esa purificación solo podía lograrse por medio del sacrificio: la ofrenda por el pecado debía morir; el holocausto debía morir; sin derramamiento de sangre no podía haber remisión. Tan grave era el efecto de la transgresión; y, sin embargo, gracias a Dios, no era irremediable.
La relación de esto con la vida de consagración a Dios en el día de hoy es importante. La cercanía a Dios exige ternura de conciencia, cuidado en el servicio y obediencia implícita. Si llegamos a tener conciencia de la más leve falta, aun por inadvertencia, no la excusemos, sino humillémonos de inmediato ante Dios y confesémosla, buscando el perdón y la limpieza sobre la base del sacrificio aceptado de Cristo. La Palabra de Dios dice: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” Esta limpieza ha de recibirse por fe, y ha de reanudarse en seguida un andar “en luz.” Y ¿no hemos de pedir con reverencia, y confiar, al Espíritu Santo que nos guarde y preserve de la inadvertencia, y que traiga a nuestra memoria aquellas cosas que corremos peligro de olvidar?
ACEPTACIÓN SOLO EN CRISTO: versículos 13-15.
“Esta es, pues, la ley del nazareo: el día que se cumpliere el tiempo de su nazareato, vendrá a la puerta del tabernáculo de la congregación; y ofrecerá su ofrenda a Jehová, un cordero de un año sin tacha en holocausto, y una cordera de un año sin defecto en expiación, y un carnero sin defecto por sacrificio de paz, y un canastillo de panes sin levadura, tortas de flor de harina amasadas con aceite, y hojaldres sin levadura untadas con aceite, y su presente, y sus libaciones.”
Habiendo visto el carácter del voto del nazareo, y de las ordenanzas que debían observarse si el voto era violado, se trata a continuación el caso del nazareo que ha cumplido debidamente su voto. Ha llevado a cabo todas las exigencias de Dios, y su conciencia está libre de ofensa: delante de Dios y de los hombres es irreprensible. ¿No podrá ahora felicitarse a sí mismo y reclamar cierta medida de mérito, visto que ha rendido a Dios un servicio aceptable, y entre los hombres ha dado un testimonio coherente? Las ofrendas que habían de hacerse al concluir su voto dan una impresionante respuesta a esta pregunta, y ponen de relieve la importante diferencia entre ser irreprensible y ser sin pecado. Por haber cumplido las ordenanzas, era irreprensible; pero la necesidad, por igual, de la ofrenda por el pecado, del holocausto y de la ofrenda de paz nos recuerda el pecado de nuestras cosas santas, y que no lo peor, sino lo mejor de nosotros, solo es aceptable a Dios por medio de la expiación de nuestro Señor Jesucristo.
Sin embargo, aunque los mejores servicios del creyente no pueden dar plena satisfacción a su propia conciencia iluminada, ni ser aceptables a Dios sino por medio de Jesucristo, es muy bendito saber cuán plenamente todas sus necesidades son suplidas en Cristo, y cuán verdaderamente es aceptado en Él, y capacitado para dar muy real gozo a Dios nuestro Padre, lo cual resulta en el otorgamiento de sus más ricas bendiciones. Muy imperfecto —a veces peor que inútil— es el intento de un niño pequeño de agradar y servir a su padre; pero donde el padre ve un esfuerzo por hacer su voluntad y por darle gusto, ¿no es acaso el servicio recibido con agrado, y el corazón del padre grandemente alegrado? Así, es nuestro privilegio ser nazareos, únicamente y siempre nazareos, y por medio de Cristo Jesús dar gozo y satisfacción, con nuestro imperfecto servicio, a nuestro Padre celestial. Las siguientes líneas anónimas, tomadas de un folleto, ilustran hermosamente este pensamiento:—
Me hallaba sentado a solas en el crepúsculo,
con el espíritu turbado e inquieto,
con pensamientos sombríos y enfermizos,
y una fe tristemente perpleja.
Alguna sencilla labor hacía yo
para el hijo de mi amor y cuidado;
unas puntadas ponía, medio cansado,
en la interminable necesidad de remiendo.
Pero mis pensamientos iban a “la edificación,”
la obra que algún día sería probada;
y a que solo el oro y la plata,
y las piedras preciosas permanecerían;
y, recordando mis propios pobres esfuerzos,
la miserable obra que había hecho,
y, aun cuando lo intentaba con la mayor sinceridad,
el escaso éxito que había logrado;
“No es más que madera, heno y hojarasca,”
dije; “todo será quemado—
este inútil fruto de los talentos
que un día habrán de ser devueltos;
“y tanto he anhelado servirle,
y a veces sé que lo he intentado;
pero estoy seguro de que, cuando vea tal edificación,
nunca la dejará permanecer.”
Justo entonces, al volver la prenda
para que ningún desgarrón quedara atrás,
mi ojo reparó en un curioso chapucillo
de zurcido y remiendo combinados.
Mi corazón de pronto se enterneció,
y algo nubló mis ojos,
con una de esas dulces intuiciones
que a veces nos hacen tan sabios.
Querida niña, ella quería ayudarme;
sabía que era lo mejor que podía hacer;
pero ¡ay, qué chapuza había hecho—
el gris desentonando con el azul!
Y sin embargo —¿puedes entenderlo?—
con una tierna sonrisa y una lágrima,
y un anhelo medio compasivo,
la sentí más querida aún.
Entonces una dulce voz rompió el silencio,
y el amado Señor me dijo—
“¿Eres tú más tierno con la pequeña niña
que yo lo soy contigo?”
Al instante comprendí lo que quería decir,
tan lleno de compasión y amor;
y mi fe volvió a su Refugio,
como la gozosa paloma que retorna.
Pues pensé que, cuando el Maestro Constructor
descienda a contemplar su templo,
para ver qué desgarrones deben remendarse,
y qué debe edificarse de nuevo;
quizá, al recorrer con la mirada la edificación,
traiga mi obra a la luz,
y, viendo los estropicios y las chapuzas,
y cuán lejos está todo de lo correcto,
sienta lo que yo sentí por mi tesoro,
y diga como yo dije por ella—
“Querida niña, ella quería ayudarme,
y el amor por mí fue el acicate;
“y, por el amor verdadero que había en ella,
la obra parecerá perfecta como la mía;
y porque fue servicio voluntario,
la coronaré con aplauso divino.”
Y allí, en el crepúsculo que se ahondaba,
me pareció estrechar una Mano,
y sentir un gran amor que me constreñía,
más fuerte que cualquier mandato.
Entonces supe, por el estremecimiento de dulzura,
que era la mano del Bendito,
la que con ternura me guiaría y sostendría,
hasta que toda la labor esté cumplida.
Así, mis pensamientos ya nunca son sombríos,
mi fe ya no está oscurecida:
sino que mi corazón está fuerte y sereno,
y mis ojos están puestos en Él.
LA PRESENTACIÓN DEL NAZAREO.
Miremos ahora la ley del nazareo cuando se cumplían los días de su apartamiento. Lo primero que nos llama la atención es: “Será traído,” no, él vendrá. ¿Por qué es así? ¿Y por qué la ley es tan explícita en cada detalle del rito y del servicio, dejando apenas lugar alguno para la acción voluntaria?—decimos apenas, porque en el versículo veintiuno hay una pequeña cláusula, “Además de lo que alcanzare su mano,” que sí deja lugar para muestras adicionales de gratitud y amor.
La respuesta parece ser que la parte voluntaria del servicio del nazareo residía, primero y principalmente, en la entrega de hacerse nazareo. En esa condición no era suyo, como hemos señalado, y el Maestro a quien servía dirigía natural y coherentemente el servicio.
De nuevo, ¿no da a entender el “Será traído” que, nazareo y todo, aún necesitaba el ministerio sacerdotal para presentarse a sí mismo, y su servicio ya cumplido, delante del Señor? Y nuestro Sumo Sacerdote, que ahora es poderoso para guardarnos sin caída hasta el fin de nuestro servicio entregado, espera para presentarnos con gran alegría, “irreprensibles delante de su gloria”—“santos, y sin mancha, e irreprensibles delante de él.”
LA LEY DE LAS OFRENDAS.
Cuando llegamos a las ofrendas enumeradas en el v. 14, notamos que se mencionan en el casi invariable orden de enumeración —primero el holocausto, luego la ofrenda por el pecado, y por último la ofrenda de paz—; pero cuando en el v. 16 llegamos al acto de ofrecer los sacrificios, notamos que, como siempre, la ofrenda por el pecado es la primera en ofrecerse.
Es un tanto notable que el orden real de ofrecimiento y el orden de enumeración no se correspondan; y es asimismo digno de nota que el sacrificio que siempre se ofrecía primero, cuando se ofrecía, fuera comparativamente insignificante en cuanto a valor, y se requiriera con mucha menor frecuencia en los servicios del ritual levítico. Por ejemplo, en Números xxviii, xxix, la ofrenda diaria era un holocausto de un cordero por la mañana y por la tarde, con los correspondientes acompañamientos de flor de harina amasada con aceite, y una libación de vino. En el día de reposo se requería un holocausto adicional de dos corderos con su presente y su libación. En el tiempo de la luna nueva, la ofrenda adicional era de dos becerros, un carnero y siete corderos, con sus presentes y libaciones, para holocausto, mientras que un macho cabrío bastaba para la ofrenda por el pecado. Las mismas ofrendas se ofrecían en las fiestas de la Pascua y de Pentecostés. En varias otras ocasiones las ofrendas eran casi de las mismas proporciones; mientras que durante la fiesta de los Tabernáculos las ofrendas comenzaban con trece becerros, dos carneros y catorce corderos para holocausto, frente a un macho cabrío para la ofrenda por el pecado.
La misma desproporción de número y valor puede notarse en muchas ocasiones entre la ofrenda por el pecado y la ofrenda de paz. Un ejemplo llamativo de ello fue el sacrificio de ofrendas de paz que hizo Salomón en la dedicación del templo, por número de 22.000 bueyes y 120.000 ovejas.
No podemos menos que ver que de estos hechos se ha de recoger una enseñanza del carácter más importante; y ¿no está claro que, si bien la necesidad del perdón y de la limpieza nunca ha de perderse de vista, no se pretende que el sentido de la presencia y la contaminación del pecado sea el rasgo prominente del servicio de Dios? En el gran Día de la Expiación el pecado de Israel era confesado y quitado; y desde entonces la adoración diaria y la del día de reposo era la del holocausto entero. En las fiestas especiales se sacrificaba un macho cabrío por el pecado; pero, como hemos visto, los holocaustos, que hablan de aceptación por parte de Dios y de devoción a Él, eran los rasgos principales. Es el propósito de Dios que, en la presente dispensación, su pueblo tenga y goce de plena seguridad de la salvación por medio de la ofrenda de Jesucristo una vez para siempre; y, más aún, que sepa que Aquel que “fue entregado por sus delitos, y resucitado para su justificación,” de allí en adelante “vive para Dios;” a fin de que su pueblo asimismo “se tenga por verdaderamente muerto al pecado, pero vivo para Dios en Cristo Jesús Señor nuestro.” En Cristo Jesús no hay condenación. En Cristo Jesús, la ley del Espíritu de vida me ha librado “de la ley del pecado y de la muerte.” Por la voluntad de Dios “somos santificados, mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo una vez para siempre;” y por “aquella sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.”
EL HOLOCAUSTO.
Volviendo al orden de enumeración: el holocausto se menciona siempre primero, porque es el más elevado en su carácter, y el que más agradaba a Dios. Era enteramente del Señor; ninguna parte de él comía el sacerdote que lo ofrecía, ni el oferente que lo presentaba; era todo y solo para la satisfacción de Dios. Cuando Noé ofreció su holocausto, olió el Señor olor de suavidad, y lo bendijo a él y a su posteridad. Cuando Abraham, en su propósito, ofreció a su hijo Isaac, dijo Dios: “Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, ... bendiciendo te bendeciré, y multiplicando multiplicaré tu simiente; ... y tu simiente poseerá las puertas de sus enemigos; y en tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra.”
El holocausto nos habla de la perfecta y aceptada justicia de Cristo, en virtud de la cual el creyente imperfecto y su imperfecto servicio son aceptados por Dios. Pero también le recuerda al creyente su privilegio de entregarse a sí mismo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, que ha de ser el culto racional (inteligente) (es decir, el rito o la adoración) de cada día y cada hora.
LA OFRENDA POR EL PECADO Y LA OFRENDA DE PAZ.
La ofrenda por el pecado, como su nombre indica, reconocía al oferente como culpable y contaminado, pero que obtenía perdón y limpieza mediante la muerte de la víctima en su lugar. Vemos a Cristo como nuestra ofrenda por el pecado en Isa. liii. 4-10. Pero, quitada la culpa, todavía le queda al creyente la necesidad de la justicia imputada de Cristo, y de la aceptación delante de Dios, que son los aspectos de la muerte de Cristo prefigurados, como hemos visto, por el holocausto.
Por último, la ofrenda de paz —parte de la cual se consumía en el altar, mientras que parte era la porción del sacerdote, y el resto proveía un banquete para el oferente y sus amigos— nos muestra a Dios y al hombre festejando juntos sobre la obra perfecta de Cristo. El que santifica y los que son santificados hallan su plena satisfacción en Él, y solo en Él. Él ha hecho la paz mediante la sangre de su cruz. Nos ha dado su propia paz. Somos llamados a dejar que su paz reine en nuestros corazones. Y con solo traerle nuestras cargas y afanes, ¡se nos promete que la paz de Dios guardará como guarnición nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús!