Capítulo 1 · 3 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Introducción
Durante muchos años estos capítulos no tuvieron para mí un interés especial; pero nunca he dejado de agradecer que desde temprano fuera guiado a leer la Palabra de Dios de forma ordenada: fue por esta costumbre que estos capítulos llegaron por primera vez a serme especialmente preciosos. Viajaba yo en una gira misionera por la provincia de Cheh-kiang, y tuve que pasar la noche en un pueblo muy perverso. Todas las posadas eran lugares espantosos; y la gente parecía tener la conciencia cauterizada y el corazón sellado contra la Verdad. Mi propio corazón estaba oprimido y no hallaba alivio alguno; y desperté a la mañana siguiente muy abatido, sintiéndome en verdad hambriento y sediento en el espíritu.
Al abrir mi Biblia en el capítulo séptimo de Números, sentí como si no pudiera entonces leer aquel largo capítulo de repeticiones; que debía pasar a algún capítulo que alimentara mi alma. Y sin embargo no me sentía tranquilo dejando mi porción acostumbrada; así que, tras un breve conflicto, resolví leerlo, rogando a Dios que me bendijera, aun por medio de Núm. vii. Me temo que había poca fe en aquella oración; pero ¡oh, cuán abundantemente fue respondida, y qué banquete me dio Dios! Me reveló su propio y gran corazón de amor, y me dio la llave para entender este capítulo y el anterior como nunca antes. Quiera Dios hacer que nuestras meditaciones sobre ellos sean tan provechosas para otros como lo fueron entonces, y como han seguido siéndolo para mí desde aquel día.
Mucho de lo que en estos capítulos se revela en germen se despliega con mayor plenitud en el Nuevo Testamento. Bajo el Antiguo Pacto se gozaron muchas bendiciones en cierta medida y por un tiempo, las cuales en esta dispensación son nuestras en su plenitud y permanencia. Por ejemplo, los sacrificios expiatorios del mes séptimo debían repetirse cada año; pero Cristo, al ofrecerse a sí mismo una vez para siempre, hizo perfectos para siempre a los santificados. El salmista tuvo que orar: “No quites de mí tu santo Espíritu”; pero Cristo nos ha dado el Consolador para que permanezca con nosotros para siempre. De igual manera, el israelita podía hacer el voto de nazareo y apartarse para Dios por un tiempo; pero es el privilegio del creyente cristiano saberse siempre apartado para Dios. Muchas otras lecciones, ocultas a los lectores descuidados y superficiales, se insinúan en estos capítulos, y el Espíritu Santo las revelará a quienes estudian con oración su Libro más precioso y más perfecto.
Las porciones que hemos elegido constan, primero, de un capítulo breve y, luego, de uno muy extenso que a primera vista parece no tener conexión especial con él. Pero, tras una reflexión más atenta, veremos que el orden de los temas tratados muestra que en realidad hay entre ellos una conexión natural y estrecha. Hallaremos que a la Separación para Dios le sigue la Bendición de Dios; y que quienes reciben de Él abundante bendición, a su vez le rinden un Servicio aceptable: un servicio en el que Dios se deleita, y que Él pone en memoria eterna.