Sermones escogidos de George Whitefield
Predicado ante el gobernador, el Consejo y la Cámara de la Asamblea de Georgia, el 28 de enero de 1770

Capítulo 57 · 34 min de lectura · 44 min de escucha

Predicado ante el gobernador, el Consejo y la Cámara de la Asamblea de Georgia, el 28 de enero de 1770

Zacarías 4:10 — «Porque ¿quién ha menospreciado el día de las pequeñeces?»

Varones hermanos y padres: muchas veces y de muchas maneras habló Dios en otro tiempo a los padres por los profetas, antes de hablarnos en estos postreros días por el Hijo. Y como Dios es un agente soberano, y su sagrado Espíritu sopla cuando y donde quiere, ciertamente puede revelar y dar a conocer su voluntad a sus criaturas cuando, donde y como le plazca; «¿y quién le dirá: Qué haces?». En verdad, esta parece ser una razón, la de mostrar su soberanía, por la que eligió, antes de que quedara fijado el canon de la Escritura, dar a conocer su mente por métodos tan diversos y a tan gran variedad de sus siervos y mensajeros.

De ahí que leamos que hablaba con Abraham «como habla cualquiera con su compañero». A Moisés le habló «cara a cara». A otros, por «visión nocturna» o por «visiones» fuertemente impresas en su imaginación. Esta parece haber sido con frecuencia la feliz suerte del profeta evangélico predilecto, Zacarías. Le llamo profeta evangélico porque sus predicciones, por mucho que apuntaran a algún suceso próximo o inmediato, terminaban en último término en Aquel que es el Alfa y la Omega, el principio y el fin de todos los oráculos vivos de Dios. El capítulo del que está tomado nuestro texto es, entre muchos otros pasajes, una prueba notable de ello: un ángel que le había sido enviado más de una vez en ocasiones anteriores se le aparece de nuevo, y por medio de una visión, y «le despertó (por usar sus propias palabras) como a un hombre que es despertado de su sueño». Los profetas, y los mayores siervos de Dios, necesitan a veces ser despertados de su estado soñoliento.

Me parece ver a este hombre de Dios saliendo sobresaltado de su sueño, y todo atención: el ángel le preguntó: «¿Qué ves?». Él responde: «He mirado, y he aquí un candelabro todo de oro», emblema de la iglesia de Dios, «con un depósito encima, y sus siete lámparas encima del candelabro, y siete tubos para las siete lámparas que estaban encima de él»; lo cual da a entender que la iglesia, por muy reducida que esté a su más bajo reflujo, sería preservada, mantenida abastecida y resplandeciente por los auxilios y operaciones invisibles, pero no menos reales por ser invisibles, del bendito Espíritu de Dios. La ocasión de tan extraordinaria visión, si comparamos este pasaje con el segundo capítulo de la profecía del profeta Hageo, parece ser esta: hacía ya cerca de dieciocho años que el pueblo judío había sido librado de su largo y penoso cautiverio en Babilonia; y habiendo estado tanto tiempo privados de su templo y de su culto, edificio que había sido arrasado hasta los cimientos, cualquiera habría imaginado que, nada más volver, habrían aplazado todas las obras privadas y, con sus fuerzas unidas, se habrían puesto primero a reconstruir aquella estructura antes tan majestuosa y magnífica. Pero ellos, como demasiados cristianos de semejante tibieza, aunque todos reconocían que esta obra de la iglesia era una obra necesaria, se excusaban a sí mismos y a otros con este piadoso pretexto: «No ha llegado aún el tiempo, el tiempo de que la casa del Señor sea reedificada». ¡No ha llegado aún el tiempo! ¡Cómo! ¡No en dieciocho años! Pues tanto hacía ya que habían vuelto de su estado de servidumbre; y decidme, ¿por qué no había llegado el tiempo? El profeta Hageo se lo dice: todo su tiempo estaba tan ocupado en edificar para sí mismos, que no lo tenían para levantar una morada a su grande y glorioso Bienhechor, el Dios fuerte de Jacob.

Semejante ingratitud no podía quedar sin castigo. ¡La Omnisciencia la observa, la Omnipotencia la resiente! Y para que leyeran su pecado en su castigo, ya que creyeron que lo mejor era enriquecerse y asegurarse casas, tierras y haciendas antes de ponerse a una obra de la iglesia que juzgaban innecesaria, el profeta les dice: «Sembráis mucho, y recogéis poco; coméis, y no os saciáis; bebéis, y no quedáis satisfechos; os vestís, y no os calentáis; y el que trabaja a jornal recibe su jornal en saco roto». Y sigue tronando y relampagueando: «Buscáis mucho, y halláis poco; y cuando lo llevasteis a casa (complaciéndoos en vuestras hermosas cosechas), yo soplé sobre ello. ¿Por qué?, dice el Señor de los ejércitos. Por cuanto mi casa está desierta, y cada uno de vosotros corre a su propia casa». ¡Un sermón atronador es este! Predicado no solo al pueblo llano, sino también a, y en presencia de, «Zorobabel hijo de Salatiel, y Josué hijo de Josadac, sumo sacerdote. Se da crédito al anuncio del profeta, y el brazo del Señor se manifiesta. Zorobabel hijo de Salatiel, y Josué hijo de Josadac (¡oh tiempos dichosos, cuando la Iglesia y el Estado se unen así!), con todo el resto del pueblo, obedecieron la voz del Señor su Dios y las palabras del profeta Hageo».

El espíritu de Zorobabel y de Josué, y el espíritu de todo el resto del pueblo, fueron despertados, y vinieron enseguida, desentendiéndose, por así decirlo, de sus propios edificios privados, «e hicieron obra en la casa del Señor de los ejércitos, su Dios». Durante un tiempo avanzaron con vigor: se echa el fundamento de la casa y se levanta el edificio hasta una altura considerable; pero, ya fuera que este arrebato de celo ardiente pronto se enfrió, como es demasiado común, o que el pueblo se desanimó por las falsas informaciones de sus enemigos, que quizá hallaron una acogida demasiado favorable en la corte de Darío, sucedió que el corazón de los magistrados y de los ministros del pueblo desfalleció, y se abrió un terrible paréntesis entre la colocación del fundamento y la terminación de esta obra tan prometedora y gloriosa.

Ante esto, otro profeta, a saber, Zacarías (que había compartido con Hageo los sufrimientos del cautiverio), es enviado para levantar las manos caídas, fortalecer las rodillas paralizadas y, por medio de la instructiva visión que hemos visto, reanimar a Josué y al pueblo en general, y en particular el corazón de Zorobabel hijo de Salatiel, a pesar de todos los desalientos, ya vinieran de enemigos inveterados, o de amigos tímidos e inconstantes, o de cualesquiera otros obstáculos. Si Hageo truena, el mensaje de Zacarías es como el relámpago. «Esta es palabra del Señor a Zorobabel, que dice: No con ejército, ni con fuerza, (no por el mero poder o la astucia humana) sino con mi Espíritu, ha dicho el Señor de los ejércitos. ¿Quién eres tú, oh gran monte? (tú, Sanbalat, y tus aliados, que tanto tiempo lleváis gritando: ¿Qué hacen estos débiles judíos?; por grande, temible y en apariencia insuperable que seas) delante de Zorobabel serás (no solo rebajado y hecho más accesible, sino) reducido a llanura»; tu misma oposición, al final, promoverá la obra y ayudará a acelerar ese mismo edificio que pretendes detener y destruir.

Y para que Zorobabel, por incredulidad y por la oposición exterior, o por falta de más fuerzas corporales, no pensara que esta sería obra de mucho tiempo y que no viviría para verla terminada en sus días, «vino palabra del Señor a Zacarías, diciendo: Las manos de Zorobabel han echado el fundamento de esta casa; sus manos también la acabarán; y él sacará la piedra de remate con aclamaciones, clamando: Gracia, gracia a ella». ¡Gracia! ¡Gracia a ella!: una doble aclamación, para mostrar que de la abundancia de su corazón hablaba su boca; y esto con aclamaciones y clamores por todas partes. Aun sus enemigos verían la mano y la providencia de Dios en el comienzo, la continuación y el final de esta obra en apariencia improbable e impracticable, de modo que se verían obligados a clamar: «Gracia a ella», y a desear mucha prosperidad tanto a la obra como a los constructores. Pero en cuanto a sus amigos, estarían tan arrebatados de gozo sincero al reflexionar sobre las señaladas providencias que los habían acompañado durante todo el proceso, que aclamarían y clamarían: «Gracia, gracia a ella»; o bien: Esto no es sino obra del Señor; Dios prospere y bendiga esta obra más y más, y haga de ella un lugar donde su gracia gratuita y su gloria se manifiesten abundantemente. Luego, con un sarcasmo hermoso y punzante, volviéndose a los enemigos insultantes, pronuncia la animosa pregunta de mi texto: «¿Quién ha menospreciado el día de las pequeñeces?». ¿Quiénes sois vosotros, que decíais jactanciosamente: Qué pueden hacer estos débiles judíos, que pretenden echar el fundamento de una casa para cuya terminación nunca tendrán dinero, ni fuerzas, ni poder? O bien, ¿quiénes sois vosotros, oh gente tímida, corta de vista y dudosa, aunque bienintencionada, que por incredulidad os desanimasteis ante los pequeños comienzos y la debilidad del intento de edificar un segundo templo? ¿Y que, porque pensabais que no podría igualar la magnificencia del primero, os desanimasteis hasta de comenzar siquiera a edificar el segundo?

Una pregunta penetrante e instructiva es esta; una pregunta que da a entender que, siempre que Dios se propone llevar a cabo alguna gran cosa, por lo general comienza con un día de pequeñeces.

Como prueba de ello, no os llevaré tan atrás como al principio del tiempo, cuando el eterno «YO SOY» llamó todas las cosas a la existencia por su todopoderoso mandato, y de un caos confuso, «desordenado y vacío», produjo un mundo digno de ser creado por un Dios, y de ser habitado por el hombre, su criatura predilecta, su lugarteniente y representante aquí abajo, para gozar en él tanto de sí mismo como de su Dios. Y sin embargo, aunque los cielos cuentan su gloria, y el firmamento anuncia la obra de sus manos; aunque no hay lenguaje ni palabras en que no se oiga su voz, y por toda la tierra salió su voz; y con un lenguaje mudo, pero persuasivo, prueban que es divina la mano que los hizo; con todo, ha habido, y hay ahora, en el mundo necios tales que «dicen en su corazón: No hay Dios»; o tan sabios que, por su sabiduría, no conocen a Dios, ni reconocen que su imagen divina está estampada en aquel libro donde se registran estas grandes cosas, y eso con caracteres tan legibles que puede leerlas el que corre.

Tampoco desviaré vuestra atención, honorables padres, hacia las historias de Grecia y de Roma, ni hacia ninguno de los grandes reinos y renombradas monarquías que constituyen tan gran parte de la historia antigua; cuyos comienzos fueron muy pequeños (testigo, el foso de Rómulo), su progreso notablemente grande, y su decadencia y caída, al llegar a su cenit señalado, tan súbitas, inesperadas y asombrosas. Estas son los temas principales del saber de nuestras escuelas, aunque hacen un papel bien pobre en la historia sagrada, y quizá no se habrían mencionado en absoluto si no hubieran estado de algún modo enlazadas con la historia del pueblo de Dios, que es el gran tema de aquel libro tan menospreciado que llamamos, por excelencia, las Escrituras. Quien desee informarse de la una, puede leer la «Historia antigua» de Rollin; y quien quiera ver su enlace con la otra, puede consultar la admirable y juiciosa «Conexión» del docto Prideaux. Libros que, espero, serán encarecidamente recomendados y cuidadosamente estudiados cuando esta institución, ahora en su infancia, cobre más fuerza y crezca hasta ser un centro de saber. Apenas puedo dejar de mencionar los pequeños comienzos de Gran Bretaña, hoy tan distinguida por su libertad, su opulencia y su renombre; y el surgimiento y rápido progreso de las colonias americanas, que prometen ser uno de los imperios más opulentos y poderosos del mundo. Pero mis propósitos presentes, y los honores que hoy se tributan a esta institución naciente, y las palabras de mi texto, así como los sentimientos de mi propio corazón y, confío, de los corazones de todos los que me oyen, me llevan a ceñir vuestra meditación a la historia del pueblo peculiar de Dios, la cual, por la sencillez y sublimidad de su lenguaje, la veracidad de su autor y la importancia y maravilla de los hechos que en ella se registran, pesada en justa balanza, no tiene igual debajo del sol. Y sin embargo, aunque Dios mismo se ha hecho autor entre nosotros, no nos dignamos dar a su libro una sola lectura completa. ¡Espantaos, cielos, sobre esto!

¿Quién habría pensado que de uno, a saber, de Abraham, y de un comienzo tan pequeño como la emigración de una sola familia particular, llamada de una tierra enteramente entregada a la idolatría para ser extranjeros y peregrinos en tierra ajena; quién habría pensado que de un hombre que durante mucho tiempo fue inscrito como privado de descendencia, un hombre cuya primera posesión en aquella tierra extraña fue la compra de una sepultura para su esposa, y en cuya tumba cualquiera habría imaginado que enterraría toda esperanza futura; quién habría pensado que de este mismo hombre y de esta mujer, ambos, según el curso de la naturaleza, ya casi muertos, descendería una numerosa posteridad, como las estrellas del cielo en multitud y como la arena innumerable que está a la orilla del mar? Más aún, ¿quién habría imaginado que, contra toda probabilidad, y siendo humanamente imposible en toda apariencia, surgiría un reino? He aquí un pobre esclavo cautivo, José, cruelmente separado de sus hermanos, que llegó a ser el segundo en el reino de Faraón: fue enviado delante para obrar una gran liberación y para introducir una familia que echaría raíz, profunda raíz abajo, y daría fruto arriba, y llenaría la tierra. ¿Cómo podía caber en corazón de hombre concebir que, cuando eran oprimidos por un rey que no conocía a José, aunque eran los súbditos mejores, más leales e industriosos que aquel rey tenía; cuando se publicó un edicto tan impolítico como cruel (puesto que la seguridad y la gloria de todos los reinos consisten principalmente en el número de sus habitantes), un niño desamparado y abandonado sería recogido y criado en toda la sabiduría de los egipcios, y en aquella misma corte de la que salió el edicto, y por aquel mismo tirano que lo dio, y que el libertador sería criado para ser rey en Jesurún?

Pero el tiempo, así como las fuerzas, me faltaría si hubiera de daros por menudo todos los detalles importantes relativos al pueblo peculiar de Dios: su sustento milagroso en el desierto, los sucesos que acontecieron mientras estuvieron bajo una teocracia divina, y durante su establecimiento en Canaán hasta el tiempo de su regreso de Babilonia, y desde entonces hasta la destrucción de su segundo templo, etc., por los romanos. En verdad, considerando a quiénes hablo, personas versadas en la historia sagrada y profana, he mencionado estas cosas solo para despertar vuestro ánimo trayéndooslas a la memoria.

Pero si descendemos de la era judía a la cristiana, hallaremos que su comienzo fue, a los ojos del mundo, un «día de pequeñeces» en verdad. Nuestro bendito Señor compara el comienzo de su progreso en el mundo a un grano de mostaza, que, aunque es la más pequeña de todas las semillas cuando se siembra, pronto se hace un gran árbol, y se extiende de tal modo que las «aves del cielo», o una multitud de toda nación, idioma y lengua, vienen y anidan en sus ramas; y su progreso interior en el corazón del creyente lo compara Cristo a un poco de levadura que una mujer escondió en tres medidas de harina. Cómo tanto la dispensación judía como la cristiana han sido, y aun hasta el día de hoy son, menospreciadas por los sabios disputadores de este siglo precisamente por esta razón, es manifiesto a todos los que leen los oráculos vivos con la debida atención. Qué burla, qué oprobio y qué oposición inveterada encuentra el cristianismo en estos nuestros días, no solo del deísta declarado, sino de los profesantes formales, es demasiado evidente para toda alma verdaderamente piadosa.

Y qué oposición encuentra el reino de la gracia en el corazón, bien lo saben todos los que conocen su propio corazón por experiencia: saben, para su pesar, lo que quiere decir el gran apóstol de los gentiles con «el Espíritu que lucha contra la carne, y la carne contra el Espíritu».

Pero los sagrados oráculos, y las historias de todas las edades, nos enseñan que Dios lleva a cabo las cosas más grandes no solo por medios pequeños e improbables, sino por caminos y medios directamente opuestos a los razonamientos carnales de los hombres irreflexivos: escoge lo que no es, para deshacer lo que es. ¿Cómo se extendió y floreció el cristianismo? Por uno que fue despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto, y que expiró en una cruz. Fue despreciado y desechado no solo por el vulgo y los iletrados, sino por los rabinos y maestros de Israel, los escribas y fariseos, a quienes los eclesiásticos judíos tenían en tan alta reputación por su santidad exterior, que llegó a ser proverbio común: «Si solo dos fueran al cielo, el uno sería un escriba y el otro un fariseo». Y sin embargo, fueron estos los que procuraron acallar la voz de todos sus milagros y de su doctrina celestial con: «¿No es este el hijo del carpintero?». Más aún: «Está fuera de sí; ¿para qué le oís? Tiene demonio, y echa fuera los demonios por Beelzebú, príncipe de los demonios». Y su rencor no solo le persiguió hasta la muerte, sino después de ella, y estando ya en el sepulcro. «Nos acordamos (decían ellos) que aquel engañador dijo: Después de tres días resucitaré. Manda, pues, que se asegure el sepulcro»; pero, a pesar de todas vuestras impotentes precauciones, sellando la piedra y poniendo la guardia, él rompió en pedazos los cerrojos de la muerte y, conforme a sus repetidas predicciones, se mostró Hijo de Dios con poder, resucitando de los muertos al tercer día. Y después, en presencia de grandes multitudes, fue recibido arriba en gloria; y en prueba de ello envió al Espíritu Santo (en cuya venida había empeñado todo su crédito ante sus discípulos) de una manera tan instantánea y asombrosa que cualquiera pensaría que habría forzado y obligado a todos los que lo vieron a reconocer que aquello era en verdad el dedo de Dios.

¿Y cómo fue tratado, sin embargo, este gran acontecimiento? Con el mayor desprecio: cuando de repente los apóstoles se volvieron oradores y lingüistas, y con divina profusión hablaron de las maravillas de Dios, «Estos hombres (decían algunos) están llenos de mosto». Y sin embargo, por medio de estos hombres, pobres pescadores, hombres sin letras, idiotas en opinión de los escribas y fariseos, y a pesar de toda la oposición de la tierra y del infierno, y eso solo por la locura de la predicación, este grano de mostaza creció hasta que millares, millares de millares, una multitud que nadie puede contar, de toda nación, lengua y pueblo, vinieron y anidaron bajo sus ramas.

Y no se detendrá aquí; cualquiera que sea el oscuro paréntesis que intervenga, tenemos la seguridad de que, regado aún por la misma mano divina, echará raíz cada vez más profunda abajo y dará más y más fruto arriba, hasta que toda la tierra sea llena del conocimiento del Señor, como las aguas cubren el mar. ¿Quién vivirá cuando Dios haga esto? ¡Apresura, oh Señor, ese tiempo bendito! ¡Oh, venga este tu reino! ¡Venga, no solo por la predicación exterior del evangelio en el mundo, sino por su poder renovador, que renueva el corazón y transforma el alma, a los pecadores despertados! Sin esto, ¡ay!, ¡ay!, aunque entendiéramos todos los misterios y habláramos lenguas humanas y angélicas, seríamos solamente como metal que resuena o como otros tantos címbalos que retiñen.

Y sin embargo, ¡qué «día de pequeñeces» es la primera implantación de la semilla de la vida divina en el alma del hombre! Bien pudo nuestro Señor, que es el único autor y consumador de nuestra fe, compararla a un poco de levadura que tomó una mujer y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo quedó leudado. ¡Símiles bajos, comparaciones vulgares son estas a los ojos de aquellos que, teniendo ojos, no ven; que, teniendo oídos, no oyen; cuyo corazón, habiéndose engrosado, no puede, no quiere entender! Para tales personas es despreciable, misteriosa e ininteligible en su descripción; y, si cabe, infinitamente más cuando se hace eficaz por el poder de Dios para la salvación de un alma cualquiera. Porque la sabiduría de Dios será siempre locura para el hombre natural. Como fue antes, así es ahora: los que son nacidos según la carne perseguirán a los que son nacidos según el Espíritu; al discípulo le basta ser como su maestro; los que quieren vivir piadosamente en él, los que viven más piadosamente en él, deben padecer, padecerán persecución. Esto está tan entretejido en la naturaleza misma y en la existencia del evangelio, que nuestro Señor lo hace parte de las bienaventuranzas, en aquel bendito sermón que predicó cuando, por usar las palabras de mi antiguo e íntimo amigo, el seráfico Hervey, un monte fue su púlpito y los cielos su tornavoz. Una parte que, como otras de la misma naturaleza, creo que gustará poco a quienes siempre están clamando contra esas pocas almas altamente favorecidas que se atreven a levantarse y predicar la doctrina de la justificación por la fe sola en la justicia imputada de Jesucristo, y a quienes se reprocha que no prediquen, como su Maestro, la moralidad, como ellos la llaman, en su glorioso sermón del monte; pues si la predicáramos más y la viviéramos más, pronto hallaríamos que se diría contra nosotros toda clase de mal por causa de Cristo.

Pero ¿impedirá esto el progreso, el crecimiento y la consumación? ¿Y se desalentará y desanimará por ello el cristiano? ¡En ninguna manera! Al contrario, el creyente más débil puede y debe gozarse y alegrarse en gran manera. ¿Y por qué? Por una razón muy buena: porque el que comenzó la buena obra se ha comprometido también a acabarla; aunque Cristo lo halló tan negro como el infierno, lo presentará a él, y a cada uno de los comprados con su sangre, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, ante la presencia divina. ¡Oh gloriosa perspectiva! ¡Cómo triunfarán entonces los santos, y cómo darán voces de júbilo los hijos de Dios! Si se regocijaron cuando Dios dijo: «Sea la luz, y fue la luz»; y si hay gozo en el cielo por un solo pecador que se arrepiente, ¡cómo resonarán y retumbarán de alabanza las bóvedas celestiales cuando todos los redimidos del Señor aparezcan juntos, y el Hijo de Dios diga: «De todos estos que me diste, no he perdido ninguno»! Por el contrario, ¡qué lloro, qué lamento y qué crujir de dientes habrá, no solo entre el diablo y sus ángeles, sino entre los temerosos e incrédulos, cuando vean que todas las tentaciones y maquinaciones infernales, en vez de destruir, fueron encaminadas para el progreso del evangelio en general, y para el aumento y crecimiento de la gracia en cada creyente en particular! ¡Y cómo mirarán entonces los menospreciadores, y se asombrarán, y perecerán, cuando se vean obligados a decir: «Nosotros, necios, teníamos su vida por locura, y su fin por deshonroso; ¡pero cómo son contados entre los hijos de Dios, y qué dichosa es su suerte entre los santos!»!

Pero ¿adónde voy? Perdonadme, mis queridos oyentes, si os parece que esto es una digresión de mi asunto principal. Es verdad que, mientras medito, se enciende el fuego: voy volando, pero no tan alto, confío, que pierda de vista mi tema principal. Y sin embargo, después de meditar y hablar del nacimiento y progreso del evangelio del reino, me resultará algo difícil descender tan bajo como para entreteneros con los pequeños comienzos de esta colonia naciente, y del Orfanato en que ahora predico. Pero me juzgaría inexcusable en esta ocasión si no os detuviera un poco más, echando una mirada pasajera a las huellas de la divina Providencia en el nacimiento y progreso de la colonia en general, y en la fundación de este Orfanato en particular. Niños que aún no han nacido tendrán, confío, ocasión de bendecir a Dios por ambas cosas.

El propósito mismo de este asentamiento, ya que la caridad nos inclina a esperarlo todo, fue que fuese un asilo y un lugar de trabajo para cuantos estuviesen en apuros; para extranjeros tanto como para naturales; para judíos y gentiles. El 1 de febrero, día cuya memoria, a mi juicio, debería perpetuarse todavía, se hizo el primer embarque con cuarenta y cinco familias inglesas; hombres que una vez habían vivido bien en su país natal, y que, con muchos salzburgueses perseguidos, encabezados por un buen y anciano soldado de Jesús fallecido hace poco, el reverendo señor Boltzius, vinieron a hallar aquí un refugio. Vinieron, vieron, trabajaron y procuraron establecerse; pero, por un defecto esencial, aunque bienintencionado, en el principio mismo del asentamiento, demasiado conocido por algunos de los aquí presentes, y demasiado largo y hondamente sentido para que se deba repetir, que prohibía la introducción y el uso de negros, etc., su número fue disminuyendo poco a poco, y las cosas llegaron a tan bajo reflujo que toda la colonia se convirtió en proverbio de oprobio.

Por este tiempo, en el año 1737, movido previamente a ello por un fuerte impulso al que de ningún modo podía resistir, vine aquí, siguiendo el ejemplo de mis dignos y reverendos amigos, los señores John y Charles Wesley y el señor Ingham, que con las miras más desinteresadas habían venido a servir a la colonia procurando convertir a los indios. Vine gozoso a servir también a la colonia, y a ser vuestro siervo voluntario por amor de Cristo. Mi amigo y padre, el buen obispo Benson, me animó, aunque mis hermanos y parientes según la carne, así como amigos religiosos, se opusieron. Vine, y vi (no os ofenderéis de que diga la verdad) lo descubierto del país. Con gusto repartí entre mis pobres feligreses unas cuatrocientas libras esterlinas que había recogido en Inglaterra. La necesidad y conveniencia de levantar un orfanato se mencionó y recomendó antes de mi primer embarque. Pero, pensando que era asunto de demasiada importancia para emprenderlo a la ligera, aplacé la prosecución de tan loable designio hasta mi regreso a Inglaterra en el año 1738, para recibir las órdenes sacerdotales.

Miserable era la condición de muchos adultos, así como de niños, que dejé atrás. Procuré abogar por su causa en cuanto llegué; pero, habiéndoseme negado los templos, en los que el año anterior había recogido muchos cientos para las escuelas de caridad de Londres, procuré abogar por ella en los campos. El pueblo echó sus blancas de muy buena gana; una o dos veces, creo, se recogieron veintidós libras en monedas de cobre; las limosnas iban acompañadas de muchas oraciones, y estas, como les dije, estoy persuadido de que echaron un bendito fundamento para el futuro edificio de caridad. En poco tiempo, aunque arrebatadas, por así decirlo, del fuego, las colectas y contribuciones caritativas ascendieron a más de mil libras esterlinas.

Con eso volví a embarcarme, pasando por Filadelfia, y en mi segunda llegada hallé el lugar ya escogido; pero, ¡ay!, ¿quién puede describir el abatimiento a que había quedado reducido? Casi todo el país había quedado desolado, y la capital, Savannah, no era sino como choza en viña, o como cabaña en melonar. Muchos huérfanos, cuyos padres les habían sido arrebatados por las penalidades que naturalmente acompañan a los nuevos asentamientos, estaban dispersos aquí y allá en una condición muy desamparada e indefensa; se me conmovieron las entrañas por ellos, y, animado por el ejemplo del gran profesor Franck, antes de traerlos aquí alquilé una casa, equipé una enfermería, empleé a todos los que eran capaces de trabajar, y en pocas semanas iba a la casa de Dios con una gran familia de más de sesenta huérfanos y otros en tan mala condición como ellos.

El 25 de marzo de 1740, en plena certidumbre de fe, eché el fundamento de esta casa; y al año siguiente traje a mi familia de huérfanos, que, con los obreros, sumaban ya ciento cincuenta personas: con el dinero que se gastó en ellos, los pocos que quedaban se mantuvieron en la colonia y pudieron pagar las deudas que tenían; de modo que en una representación hecha a la Cámara de los Comunes por algunos que, por muy buenas razones, querían que se cambiara la constitución de la colonia, declararon que la existencia misma de la colonia se debía en gran medida, si no del todo, a la construcción y sostenimiento del Orfanato.

Hallando que el cuidado de tal familia era incompatible con el cuidado debido a una parroquia, tras dar aviso previo a los fideicomisarios de entonces, renuncié al curato de Savannah, que, sin honorarios ni recompensa, había tomado voluntariamente sobre mí; luego recorrí las colonias del norte, y después volví una vez más a mi patria. Qué calumnias, qué cargas de oprobio fui llamado a soportar durante muchos años por hacerme así mendigo en favor de una familia, pocos de los aquí presentes necesitan que se les diga; una familia sin ningún vínculo natural conmigo; una familia que no solo había que mantener con alimento, sino también vestir y educar, y eso en la parte más cara de los dominios de Su Majestad, en un páramo de pinos y en una colonia donde el uso de negros estaba totalmente prohibido; esto parecía tan improbable que todos los que lo miraban esperaban cada día su decadencia y aniquilación.

Pero, bendito sea Dios, el edificio avanzó y prosperó, y ha llegado ahora el tiempo deseado: tras haber sostenido a la familia durante treinta y dos años, por un cambio de constitución y el favor del gobierno, con generosos donativos de las provincias del norte, y especialmente de las vecinas, las mismas manos que echaron el fundamento son llamadas ahora a acabarlo, añadiéndole un centro de enseñanza, cuyos productos y ganancias íntegros han de ir a aumentar el fondo, como al principio, para huérfanos desamparados o para jóvenes que Dios llame al sagrado ministerio de su evangelio. No necesito pedir a nadie aquí que clame: «Gracia, gracia a ella». Porque, tras el más riguroso examen de la intención de quienes han trabajado en ella, y considerando las diversas pruebas que han sido llamados a pasar, y la oposición que el edificio ha encontrado por todas partes, podemos decir con justicia: «no con ejército, ni con fuerza, sino con tu Espíritu, oh Señor», se ha llevado adelante esta obra hasta aquí; es obra suya, sea maravillosa a nuestros ojos. Con humilde gratitud, pues, levantaríamos ahora nuestro Eben-ezer y diríamos: «Hasta aquí, Señor, tú nos has ayudado»; ¿y por qué habríamos de dudar de que aquel que hasta aquí nos ha ayudado seguirá ayudando cuando las cansadas cabezas de los primeros fundadores y de los que ahora ayudan reposen en el silencioso sepulcro?

Bien sé cuán odiosa tarea ha de ser para una persona en mi situación hablar así de un asunto en el que ha tenido tanta parte. Quizá algunos piensen que me he hecho necio al gloriarme de este modo. Pero como ahora, bendito sea Dios, estoy en el declive de la vida, y como, con toda probabilidad, nunca estaré presente para celebrar otro aniversario, he creído mejor ser un poco más explícito, para que, si he dicho algo que no sea verdad, se me pueda refutar; y si no, para que las edades futuras y los futuros sucesores vean con qué pureza de intención, y con qué diversas intervenciones de la Providencia, comenzó la obra y se ha llevado hasta su altura presente.

Fue la lectura de un relato semejante, escrito por el difunto profesor Franck, lo que me animó: ¿quién sabe si en lo futuro la lectura de algo de naturaleza parecida no animará a otros a comenzar y llevar adelante una obra semejante en otra parte? He dicho su altura presente, porque quisiera esperar humildemente que este no es, relativamente hablando, más que un «día de pequeñeces», solo el alba de escenas más brillantes. Los ingenios particulares y los individuos, así como los cuerpos colectivos, tienen, como el cuerpo humano, su minoría de edad, su estado pueril y juvenil, antes de llegar a su cenit, y luego van declinando gradualmente en su vida. Pero con todo, quisiera esperar que tanto la provincia como Bethesda no están sino en su estado pueril o juvenil. ¡Y que por mucho, mucho tiempo crezcan y den grandes pasos hasta llegar a un cenit glorioso! No me refiero solo al comercio, a los negocios y a la opulencia (aunque lejos de mí excluirlos de la provincia, y agradezco los avances que ya ha hecho), sino a un cenit de gloriosas bendiciones del evangelio, sin las cuales todas las ventajas exteriores son menos que nada, o como el polvo menudo de la balanza: «Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma?».

¿Quién puede imaginar que el profeta Zacarías habría sido enviado a fortalecer las manos de Zorobabel en la edificación y en echar el fundamento del templo, si aquel templo no había de ser frecuentado por adoradores que adoraran al Padre en espíritu y en verdad? Los edificios más vistosos, los templos majestuosos, las lunas nuevas, los sábados y las asambleas solemnes no son más que solemnes burlas que Dios no puede soportar. Esto lo ha mostrado Dios con la destrucción del primer templo y del segundo. ¿Qué ha sido de las siete iglesias de Asia? ¡Cómo han sido derribados todos sus candeleros de oro! «Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren». Y no espero que esta casa florezca más tiempo del que en ella se fomente y promueva el poder de la religión, y las personas aquí educadas prosigan sus estudios no solo para ser grandes eruditos, sino buenos santos.

¡Bendito sea Dios! Puedo decir con el profesor Franck que se debe en gran medida al espíritu desinteresado de mis primeros colaboradores, así como de los que ahora trabajan aquí, que el edificio haya llegado a su altura presente. Esto estoy obligado a decirlo, no solo en honor de los que ya están con Dios, sino de los que tengo ahora delante. Ni me atrevo a concluir sin ofrecer a

Vuestra Excelencia nuestro modesto tributo de reconocimiento por el favor que siempre ha mostrado a la institución de Bethesda, y por el honor que nos hizo el año pasado al poner el primer ladrillo de aquellas alas: al hacerlo así, ha honrado al Dios de Bethesda. ¡Que él se complazca largo tiempo en honraros aquí en la tierra! ¡Y que, tras una vida empleada para su gloria y el bien de vuestro país, os honre por toda la eternidad, poniéndoos a la diestra de Cristo en el reino de arriba!

Después de Vuestra Excelencia, mi querido señor presidente, he de rogarte que aceptes mi agradecimiento y mi felicitación en el regreso anual de esta fiesta. Porque no solo fuiste mi querido e íntimo amigo y mi primer compañero de viaje en esta provincia naciente, sino que fuiste guiado por la Providencia a este lugar, pusiste el segundo ladrillo de esta casa, velaste, oraste y trabajaste por el bien de la familia: testigo de innumerables pruebas, partícipe de mis gozos y de mis penas, tendrás ahora el placer de ver el Orfanato como rama fructífera, cuyos vástagos se extienden sobre el muro. Por esto, sin duda, Dios te ha sonreído y te ha bendecido de un modo que no podíamos esperar, y mucho menos planear; y que él siga bendiciéndote con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo Jesús. Mira a la piedra de donde fuiste cortado, y que tus hijos nunca se avergüencen de que su padre dejara su país natal y se casara con una verdadera cristiana, nacida de nuevo bajo este techo. ¡Que el Dios de Bethesda conceda que esta sea la dichosa porción de tus hijos y de los hijos de tus hijos!

Señores del Consejo de Su Majestad,

Señor presidente de la Cámara, y vosotros, miembros de la Asamblea General: mucho os debemos por vuestra reciente petición a Su Excelencia en favor de Bethesda. Vuestra recomendación conjunta de ella, cuando estuve aquí la última vez, aunque en cierta medida, por la estrechez de miras de algunos que querían que quedara limitada a un partido, se ha visto frustrada por ahora, confío, sin embargo, en que el resultado demostrará que todo será encaminado al progreso de la obra. Repito aquí lo que he declarado a menudo: que, en cuanto de mí dependa, antes y después de mi muerte, Bethesda tendrá siempre una base amplia. Todas las denominaciones han dado generosamente; todas las denominaciones, todo el continente, con la ayuda de Dios, recibirán beneficio de ella. ¡El Dios de Bethesda os bendiga a todos! En vuestra condición privada tanto como en la pública; y puesto que tenéis el honor de ser los representantes de un pueblo ahora floreciente y creciente, ¡seáis guiados en todos vuestros caminos! ¡Que la verdad, la justicia, la religión y la piedad se establezcan entre vosotros por todas las generaciones!

Por último, mis reverendos hermanos, y vosotros, habitantes de la colonia, aceptad un agradecimiento sincero por el honor que me habéis hecho dejándonos veros hoy en Bethesda. Y a vos, señor, por el sermón que predicasteis aquí el año pasado. Contadlo en Alemania, decid a mi grande y buen amigo, el profesor Franck, que el Dios de Bethesda es un Dios cuya misericordia es para siempre. ¡Oh, dadnos vuestras fervientes oraciones! Animad a vuestro pueblo a no «menospreciar el día de las pequeñeces». ¡Lo que ha hecho Dios! Desde su infancia, esta colonia ha sido bendecida con muchos fieles ministros del evangelio: ¡oh, que esta sea semillero de muchos más! Así ha sucedido con el colegio de Nueva Inglaterra durante casi un siglo; ¿y por qué no con la Academia del Orfanato de Georgia?

Varones hermanos y padres, todos los que, sean habitantes o forasteros, habéis honrado este día con vuestra presencia, dadnos además la bendición de vuestras oraciones. ¡Y oh, que el Dios de Bethesda haga que este día, aunque no sea más que un día de pequeñeces, produzca grandes cosas para las almas de todos aquellos entre quienes he estado predicando ahora el reino de Dios! Grande y buen día será en verdad si Jesucristo, nuestro gran Zorobabel, por el poder del Espíritu eterno, bendice algo de lo que se ha dicho para que todo monte de dificultad que se interpone en el camino de vuestra conversión sea reducido a llanura. ¿Y quién eres tú, oh gran monte, sea la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos o la soberbia de la vida, el pecado o la justicia propia? Delante del Dios de nuestra Bethesda serás reducido a llanura.

Hermanos, mi corazón se ha ensanchado para con vosotros: está escrito, bendito sea Dios que está escrito: «En el nombre de Jesús se doblará toda rodilla, de los que están en los cielos, y de los que en la tierra, y de los que debajo de la tierra». ¡Oh, que seamos hechos un pueblo voluntario en el día de su poder! Mirad, mirad a él, todos los que estáis puestos en estos confines de la tierra. Esta casa ha sido muchas veces casa de Dios y puerta del cielo para algunos de vuestros padres. ¡Sea también casa de Dios y puerta del cielo para los hijos! Venid a él todos los que estáis trabajados y cargados, y él os hará descansar; descanso de la culpa, descanso del poder, descanso del castigo del pecado; descanso del temor de los juicios divinos aquí, descanso con él eternamente en lo venidero. No temáis: aunque los comienzos sean pequeños, Cristo no menospreciará el día de las pequeñeces. La caña cascada no quebrará, y el pábilo que humea no apagará, hasta que saque a victoria el juicio. Sus manos, que echaron el fundamento, también lo acabarán: todavía un poco, y la piedra de remate será sacada con aclamaciones, y hombres y ángeles se unirán para clamar: «¡Gracia! ¡Gracia a ella!». Que todos los presentes estén en este dichoso número, concédalo Dios por su infinita misericordia, por Jesús nuestro Señor.

Capítulo 57 completado

Predicado ante el gobernador, el Consejo y la Cámara de la Asamblea de Georgia, el 28 de enero de 1770

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