Discursos sobre el avivamiento de la religión
Discurso VI. El espíritu de oración

Capítulo 8 · 38 min de lectura · 49 min de escucha

Discurso VI. El espíritu de oración

DISCURSO VI.

EL ESPÍRITU DE ORACIÓN.

Texto.—Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque Él intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios.—Romanos 8:26, 27.

Mi penúltimo discurso trató de la oración eficaz; en él observé que uno de los atributos más importantes de la oración eficaz o prevaleciente es la fe. Este tema era tan amplio que lo reservé para tratarlo aparte. Y así, el viernes pasado por la noche hablé sobre la fe en la oración, o, como se la llama, la oración de fe. Mi intención era tratar el tema en un solo discurso. Pero como me vi obligado a condensar tanto algunos puntos, se me ocurrió, y otros me lo hicieron notar, que podía haber algunas preguntas que la gente se haría y que debían responderse más a fondo, sobre todo porque se trata de un tema sobre el cual hay tanta oscuridad. Uno de los grandes propósitos de la predicación es exponer la verdad de tal manera que responda a las preguntas que surgirían naturalmente en la mente de quienes leen la Biblia con atención y quieren saber lo que significa, para poder ponerlo en práctica. Al explicar el texto, me propongo mostrar:

I. De qué Espíritu se habla aquí: «El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad».

II. Qué hace ese Espíritu por nosotros.

III. Por qué hace lo que el texto declara que hace.

IV. Cómo lo lleva a cabo.

V. El grado en que influye en la mente de quienes están bajo su influencia.

VI. Cómo se han de distinguir sus influencias de las influencias de los espíritus malignos, o de las sugerencias de nuestra propia mente.

VII. Cómo hemos de obtener esta acción del Espíritu Santo.

VIII. Quiénes tienen derecho a esperar gozar de sus influencias en este asunto—o por quiénes hace el Espíritu las cosas de que habla el texto.

I. ¿Qué Espíritu es el que se menciona en el texto?

Algunos han supuesto que el Espíritu de que habla el texto es nuestro propio espíritu—nuestra propia mente. Pero un poco de atención al texto mostrará claramente que no es ese el sentido. «El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad» diría entonces: «Nuestro propio espíritu ayuda a la debilidad de nuestro propio espíritu»,—y: «Nuestro propio espíritu intercede asimismo por nuestro propio espíritu». Ya veis que con esa suposición no hay manera de darle sentido. Por la manera en que se introduce el texto, es evidente que el Espíritu al que se refiere es el Espíritu Santo. «Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios». Y el texto habla claramente del mismo Espíritu.

II. Lo que hace el Espíritu.

Respuesta: Intercede por los santos. Él «intercede por nosotros» y «nos ayuda en nuestra debilidad» cuando «qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos». Ayuda a los cristianos a orar conforme a la voluntad de Dios, o por las cosas que Dios desea que pidan.

III. ¿Por qué se ocupa así el Espíritu Santo?

A causa de nuestra ignorancia. Porque no sabemos qué hemos de pedir como conviene. Somos muy ignorantes tanto de la voluntad de Dios revelada en la Biblia como de su voluntad no revelada, tal como deberíamos aprenderla de su providencia. Los hombres son enormemente ignorantes tanto de las promesas como de las profecías de la Biblia, y ciegos a la providencia de Dios. Y están aún más a oscuras acerca de aquellos puntos sobre los cuales Dios no ha dicho nada, salvo por la dirección de su Espíritu. Recordaréis que mencioné estas cuatro fuentes de evidencia en que fundar la fe en la oración: las promesas, las profecías, las providencias y el Espíritu Santo. Cuando todos los demás medios fallan en llevarnos al conocimiento de lo que debemos pedir, el Espíritu lo hace.

IV. ¿Cómo intercede por los santos? ¿De qué modo obra para ayudarnos en nuestra debilidad?

No sustituyendo el uso de nuestras facultades. No es orando por nosotros mientras nosotros no hacemos nada. Ora por nosotros despertando nuestras propias facultades. No es que nos sugiera directamente las palabras, ni que guíe nuestro lenguaje. Lo que hace es iluminar nuestra mente y hacer que la verdad se apodere de nuestra alma. Nos lleva a considerar el estado de la iglesia y la condición de los pecadores que nos rodean. La manera en que pone la verdad delante de la mente, y la mantiene allí hasta que produce su efecto, no podemos explicarla. Pero podemos saber al menos esto: que nos lleva a una profunda consideración del estado de las cosas; y el resultado de esto, el resultado natural, conforme a las leyes de la mente, es un sentimiento profundo. Cuando el Espíritu pone la verdad delante de la mente de un hombre, solo hay una manera en que este puede evitar sentir profundamente: apartando sus pensamientos y llevando su mente a pensar en otras cosas. Los pecadores, cuando el Espíritu de Dios pone la verdad delante de ellos, tienen que sentir. Sienten de manera equivocada mientras permanecen impenitentes. Así, si un hombre es cristiano y el Espíritu Santo pone un tema en contacto ardiente con su corazón, es tan imposible que no sienta como que vuestra mano no sienta si la ponéis en el fuego. Si el Espíritu de Dios lo lleva a detenerse en cosas propias para despertar sentimientos ardientes y abrumadores, y no se conmueve con ellas, eso prueba que no tiene amor por las almas, que no tiene nada del Espíritu de Cristo y que no sabe nada de la experiencia cristiana.

2. El Espíritu hace que el cristiano sienta el valor de las almas, y la culpa y el peligro de los pecadores en su condición presente. Es asombroso cuán ciegos e insensibles están a menudo los cristianos en cuanto a esto. Aun padres cristianos dejan que sus hijos desciendan derecho al infierno delante de sus ojos, y apenas parecen experimentar un solo sentimiento ni hacer un solo esfuerzo por salvarlos. ¿Y por qué? Porque están tan ciegos a lo que es el infierno, son tan incrédulos respecto a la Biblia, tan ignorantes de las preciosas promesas que Dios ha hecho a los padres fieles. Contristan al Espíritu de Dios hasta alejarlo, y es en vano tratar de hacerlos orar por sus hijos mientras el Espíritu de Dios está lejos de ellos.

3. Lleva a los cristianos a entender y aplicar las promesas de la Escritura. Es asombroso que en ninguna época hayan sido capaces los cristianos de aplicar plenamente las promesas de la Escritura a los sucesos de la vida, a medida que van ocurriendo. No es porque las promesas mismas sean oscuras. Las promesas son bastante claras. Pero siempre ha habido una asombrosa tendencia a pasar por alto las Escrituras como fuente de luz sobre los sucesos pasajeros de la vida. ¡Cuán asombrados quedaban los apóstoles al ver que Cristo se aplicaba a sí mismo tantas profecías! Parecían estar continuamente a punto de exclamar: «¡Asombroso! ¿Puede ser así? Nunca lo habíamos entendido». ¿Quién, habiendo visto cómo los apóstoles, movidos e inspirados por el Espíritu Santo, aplicaban pasajes del Antiguo Testamento a los tiempos del evangelio, no se ha maravillado de la riqueza de sentido que hallaban en las Escrituras? Así ha sucedido con muchos cristianos: estando profundamente entregados a la oración, han visto que venían al caso pasajes de la Escritura en los que nunca antes habían pensado como si tuvieran tal aplicación.

Conocí una vez a un hombre que estaba en grandes tinieblas espirituales. Se había retirado a orar, resuelto a no desistir hasta haber hallado al Señor. Se arrodilló e intentó orar. Todo estaba oscuro, y no podía orar. Se levantó y estuvo de pie un rato, pero no podía abandonarlo, pues había prometido no dejar que se pusiera el sol antes de haberse entregado a Dios. Se arrodilló de nuevo, pero todo seguía oscuro, y su corazón estaba tan duro como antes. Estaba casi desesperado, y dijo con angustia: «He contristado al Espíritu de Dios hasta alejarlo, y no hay promesa para mí. Estoy excluido de la presencia de Dios». Pero había resuelto no desistir, y otra vez se arrodilló. Apenas había dicho unas palabras cuando este pasaje le vino a la mente tan fresco como si acabara de leerlo; parecía como si acabara de leer las palabras: «Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón». Jeremías 29:13. Aunque esta promesa estaba en el Antiguo Testamento y había sido dirigida a los judíos, era tan aplicable a él como a ellos. Y le quebrantó el corazón en un instante, como el martillo del Señor. Oró, y se levantó feliz en Dios. Así sucede a menudo cuando los que profesan la religión oran por sus hijos. A veces oran y están en tinieblas y en duda, sintiendo como si no hubiera fundamento para la fe ni promesas especiales para los hijos de los creyentes. Pero mientras suplican, Dios les muestra el pleno sentido de alguna promesa, y su alma descansa en ella como en el brazo poderoso de Dios. Oí hablar una vez de una viuda que estaba muy angustiada por sus hijos, hasta que este pasaje vino con poder a su mente: «Deja tus huérfanos conmigo; yo los criaré». Vio que tenía un sentido más amplio, y pudo echar mano de él, por así decirlo, con sus propias manos; y entonces prevaleció en oración, y sus hijos se convirtieron. El Espíritu Santo fue enviado al mundo por el Salvador para guiar a su pueblo e instruirlo, y traerle las cosas a la memoria, así como para convencer al mundo de pecado.

4. El Espíritu lleva a los cristianos a desear y pedir cosas de las que la palabra de Dios no dice nada específicamente. Tomemos el caso de una persona. Que Dios está dispuesto a salvar es una verdad general. También es una verdad general que está dispuesto a contestar la oración. Pero ¿cómo sabré la voluntad de Dios respecto a esa persona, si puedo o no orar con fe, conforme a la voluntad de Dios, por la conversión y salvación de esa persona? Aquí interviene la acción del Espíritu, para llevar la mente del pueblo de Dios a orar por esas personas, y en esos momentos, cuando Dios está preparado para bendecirlas. Cuando no sabemos qué pedir, el Espíritu Santo lleva la mente a detenerse en algún objeto, a considerar su situación, a comprender su valor, a sentir por él, y a orar, y a estar con dolores de parto, hasta alcanzar el objeto. Sé que esta clase de experiencia es menos común en las ciudades que en algunas partes del campo, a causa de la infinidad de cosas que en las ciudades distraen la atención y contristan al Espíritu. He tenido mucha oportunidad de saber cómo ha sido en algunas regiones. Conocí a un hombre que solía llevar una lista de personas por las que sentía una preocupación especial; y he tenido ocasión de conocer a multitud de personas por quienes llegó a interesarse así, y que se convirtieron de inmediato. Lo he visto orar por personas de su lista estando literalmente en agonía por ellas; y a veces he sabido que llamaba a alguna otra persona para que le ayudara a orar por alguno de ellos. He visto su mente fijarse en una persona de carácter endurecido y depravado, a quien no se podía alcanzar por ningún medio ordinario. En un pueblo del norte de este Estado, donde había un avivamiento, había cierto individuo que era un opositor violentísimo y furioso. Tenía una taberna, y se deleitaba en jurar y blasfemar de la manera más desaforada siempre que había cristianos que pudieran oírlo, con el fin de herir sus sentimientos. Era tan malo que un hombre dijo que creía que tendría que vender su propiedad, o regalarla, y mudarse del pueblo, porque no podía vivir cerca de un hombre que blasfemaba de aquel modo. Este buen hombre del que os hablaba pasaba por el pueblo, oyó del caso, y se afligió y angustió mucho por aquel individuo. Lo puso en su lista de oración. El caso le pesaba en la mente, dormido y despierto. Seguía pensando en él y orando por él durante días. Y lo primero que supimos fue que aquel hombre impío entró en una reunión, se levantó, confesó sus pecados y derramó su alma. Su taberna se convirtió de inmediato en el lugar donde se celebraban las reuniones de oración. De esta manera el Espíritu de Dios lleva a cristianos particulares a orar por cosas por las que no orarían si no fueran guiados por el Espíritu. Y así oran por cosas conforme a la voluntad de Dios.

Algunos dirán que esto es una revelación de Dios. No dudo que se ha hecho gran daño diciendo que esta clase de influencia equivale a una nueva revelación. Y mucha gente le tendrá miedo si oye que se la llama nueva revelación, de modo que no se detendrá a averiguar qué significa, ni si las Escrituras lo enseñan o no. Suponen que con eso queda refutada la idea. Pero la pura verdad del asunto es que el Espíritu lleva a un hombre a orar. Y si Dios lleva a un hombre a orar por una persona, la conclusión que se saca de la Biblia es que Dios se propone salvar a esa persona. Si, comparando nuestro estado de ánimo con la Biblia, hallamos que somos guiados por el Espíritu a orar por una persona, tenemos buena evidencia para creer que Dios está preparado para bendecirla.

6. Dando a los cristianos discernimiento espiritual respecto a los movimientos y desarrollos de la Providencia. Los cristianos consagrados y de oración ven a menudo estas cosas con tanta claridad, y miran tan lejos hacia adelante, que hacen tropezar mucho a otros. A veces casi parecen profetizar. Sin duda las personas pueden engañarse, y a veces se engañan, apoyándose en su propia prudencia cuando creen que son guiadas por el Espíritu. Pero no cabe duda de que a un cristiano se le puede hacer ver y discernir claramente las señales de los tiempos, de modo que entienda, por la providencia, qué esperar, y así ore por ello con fe. Así, a menudo son llevados a esperar un avivamiento y a orar por él con fe cuando nadie más puede ver la menor señal de él.

Había una mujer en Nueva Jersey, en un lugar donde había habido un avivamiento. Estaba muy segura de que iba a haber otro. Insistía en que habían tenido la lluvia temprana y que ahora iban a tener la tardía. Quería que se convocaran reuniones de conferencia. Pero el ministro y los ancianos no veían nada que lo alentara, y no quisieron hacer nada. Ella vio que estaban ciegos, así que siguió adelante e hizo que un carpintero le hiciera bancos, porque dijo que tendría reuniones en su propia casa. Ciertamente iba a haber un avivamiento. Apenas había abierto sus puertas para las reuniones cuando el Espíritu de Dios descendió con gran poder. Y aquellos soñolientos miembros de la iglesia se hallaron de repente rodeados de pecadores convictos. Y solo pudieron decir: «Ciertamente el Señor estaba en este lugar, y nosotros no lo sabíamos». La razón por la que tales personas entienden las indicaciones de la voluntad de Dios no es una sabiduría superior que haya en ellas, sino que el Espíritu de Dios las lleva a ver las señales de los tiempos. Y esto, no por revelación; sino que son llevadas a ver esa convergencia de las providencias hacia un solo punto, que produce en ellas una confiada expectativa de cierto resultado.

V. ¿En qué grado hemos de esperar que el Espíritu de Dios afecte la mente de los creyentes? El texto dice que «el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles». Entiendo que esto significa que el Espíritu despierta deseos demasiado grandes para expresarse si no es con gemidos. Algo que el lenguaje no puede expresar—el alma tan llena que no puede expresar sus sentimientos con palabras, de modo que la persona solo puede gemirlos ante Dios, que entiende el lenguaje del corazón.

VI. ¿Cómo hemos de saber si es o no el Espíritu de Dios quien influye en nuestra mente?

1. No por sentir que se nos aplica alguna influencia o acción externa. No hemos de esperar sentir nuestra mente en contacto físico directo con Dios. Si tal cosa puede darse, no conocemos ningún modo en que pueda hacerse perceptible. Sabemos que ejercitamos nuestra mente libremente, y que nuestros pensamientos se ocupan en algo que despierta nuestros sentimientos. Pero no hemos de esperar que se obre un milagro, como si fuéramos llevados de la mano de manera perceptible, o como algo que se nos susurra al oído, ni ninguna manifestación milagrosa de la voluntad de Dios. La gente a menudo contrista al Espíritu hasta alejarlo, porque no lo acoge ni cultiva sus influencias. Los pecadores lo hacen a menudo por ignorancia. Suponen que, si estuvieran bajo convicción del Espíritu, tendrían tales o cuales sentimientos misteriosos, que les sobrevendría una sacudida inconfundible. Muchos cristianos son tan ignorantes de las influencias del Espíritu, y han pensado tan poco en tener su ayuda en la oración, que cuando la tienen no lo saben, y así no la cultivan, ni se rinden a ella, ni la conservan. No somos conscientes de nada en tal caso, sino del movimiento de nuestra propia mente. No hay nada más que pueda sentirse. Solo nos damos cuenta de que nuestros pensamientos están intensamente ocupados en cierto tema. Los cristianos a menudo se extravían y se angustian innecesariamente en este punto, por temor a no tener el Espíritu de Dios. Sienten intensamente, pero no saben qué les hace sentir. Están angustiados por los pecadores; pero ¿por qué no habrían de estarlo, cuando piensan en su condición? Están pensando en ellos todo el tiempo, ¿y por qué no habrían de angustiarse? Ahora bien, la verdad es que el hecho mismo de que estéis pensando en ellos es evidencia de que el Espíritu de Dios os está guiando. ¿No sabéis que la mayor parte del tiempo estas cosas no os afectan así? La mayor parte del tiempo no pensáis mucho en el caso de los pecadores. Sabéis que su salvación es siempre igualmente importante. Pero en otros momentos, aun cuando estáis completamente desocupados, vuestra mente está del todo a oscuras y vacía de todo sentimiento hacia ellos. Pero ahora, aunque estéis ocupados en otras cosas, pensáis, oráis y sentís intensamente por ellos, aun mientras os ocupáis en asuntos que en otras ocasiones absorberían todos vuestros pensamientos. Ahora casi cada pensamiento que tenéis es: «Dios, ten misericordia de ellos». ¿Por qué es esto? Pues porque su caso se ha puesto bajo una luz intensa delante de vuestra mente. ¿Preguntáis qué es lo que lleva vuestra mente a ejercer benevolencia hacia los pecadores y a agonizar en oración por ellos? ¿Qué puede ser sino el Espíritu de Dios? No hay demonios que os llevaran a eso. Si vuestros sentimientos son verdaderamente benevolentes, habéis de considerarlo como el Espíritu Santo que os lleva a orar por cosas conforme a la voluntad de Dios.

2. Probad los espíritus por la Biblia. A veces la gente se deja arrastrar por extrañas fantasías e impulsos descabellados. Si los comparáis fielmente con la Biblia, nunca tenéis por qué extraviaros. Siempre podéis saber si vuestros sentimientos son producidos por las influencias del Espíritu, comparando vuestros deseos con el espíritu y el carácter de la religión tal como los describe la Biblia. La Biblia os manda probar los espíritus. «Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios». Observad no solo vuestros propios sentimientos respecto a vuestros semejantes, sino también, y más especialmente, las enseñanzas del Espíritu dentro de vosotros respecto a nuestro Señor Jesucristo. «En esto conoced el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo».

VII. ¿Cómo obtendremos esta influencia del Espíritu de Dios?

1. Hay que buscarla con oración ferviente y creyente. Cristo dice: «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?». ¿Dice alguno: He orado pidiéndolo, y no viene? Es porque no oras como es debido. «Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites». No oras por motivos rectos. Uno que profesaba la religión, y que era miembro principal de una iglesia, preguntó una vez a un ministro qué pensaba de su caso: había estado orando semana tras semana pidiendo el Espíritu, y no lo había recibido. El ministro le preguntó cuál era su motivo al orar. Dijo que quería ser feliz. Sabía que los que tenían el Espíritu eran felices, y quería gozar de paz interior como ellos. Pues el mismo diablo podría orar así. Eso es puro egoísmo. El hombre se alejó enojado. Vio que nunca había sabido lo que era orar. Quedó convencido de que era un hipócrita, y de que sus oraciones eran todas egoístas, dictadas solo por el deseo de su propia felicidad. David oró para que Dios lo sustentara con su espíritu libre, a fin de enseñar a los transgresores y convertir a los pecadores a Dios. El cristiano debe pedir el Espíritu para ser más útil y glorificar más a Dios, no para ser él más feliz. Este hombre vio claramente en qué había estado errado, y se convirtió. Quizá muchos de los que estáis aquí habéis estado exactamente igual. Deberíais examinaros y ver si todas vuestras oraciones no son egoístas.

2. Usad los medios adecuados para despertar vuestra mente acerca del asunto y para mantener fija en él vuestra atención. Si un hombre ora pidiendo el Espíritu y luego desvía su mente hacia otros objetos; si no usa ningún otro medio, sino que se marcha derecho a los asuntos del mundo, tienta a Dios, se suelta de su objetivo, y sería un milagro que obtuviera lo que pide. ¿Cómo ha de llegar un pecador a la convicción? Pues pensando en sus pecados. Así es como un cristiano obtiene un sentir profundo: pensando en el objeto. Dios no va a derramar estas cosas sobre vosotros sin ningún esfuerzo de vuestra parte. Debéis atesorar hasta la más leve impresión. Tomad la Biblia y recorred los pasajes que muestran la condición y el porvenir del mundo. Mirad al mundo, mirad a vuestros hijos y a vuestros vecinos, ved su condición mientras permanecen en el pecado, y perseverad en la oración y en el esfuerzo hasta que obtengáis la bendición de que el Espíritu de Dios more en vosotros. Así fue, sin duda, como el Dr. Watts llegó a tener los sentimientos que describe en el segundo himno del libro segundo, que haríais bien en leer cuando volváis a casa.

Mi mente gira en temas de pavor:

la perdición y los muertos;

¡qué horrores prenden al alma culpable

en su lecho de muerte!

Rondando estas playas mortales,

se demora largo tiempo,

hasta que, como una riada, con fuerza veloz,

la muerte arrastra al desdichado.

Entonces, veloz y terrible, desciende

hasta la costa de fuego,

entre demonios abominables,

ella misma un espectro aterrado.

Allí yacen multitudes sin fin de pecadores,

y las tinieblas son sus cadenas;

torturados por agudo desespero claman,

y aún aguardan penas más feroces.

Ni toda su angustia ni su sangre

expían su culpa pasada,

ni la compasión de un Dios

escuchará sus gemidos.

¡Asombrosa gracia, que guardó mi aliento

y no mandó partir a mi alma

hasta que conocí la muerte de mi Salvador

y me aseguré bien de su amor!

Mirad, por así decirlo, a través de un telescopio que os lo acerque; mirad al infierno y oíd sus gemidos; luego volved el anteojo hacia arriba y mirad al cielo, y ved allí a los santos con sus vestiduras blancas y sus arpas en las manos, y oídlos cantar el cántico del amor redentor; y preguntaos: ¿Es posible que yo prevalezca ante Dios para elevar allí al pecador? Haced esto, y si no sois hombres malvados y extraños a Dios, pronto tendréis tanto espíritu de oración como vuestro cuerpo pueda soportar.

3. Debéis velar en oración. Debéis estar alerta y ver si Dios concede la bendición cuando se la pedís. A veces la gente ora y nunca mira si la oración ha sido concedida. Tened cuidado también de no contristar al Espíritu de Dios. Confesad y abandonad vuestros pecados. Dios nunca os guiará como a uno de sus escondidos ni os dejará entrar en sus secretos, a menos que confeséis y abandonéis vuestros pecados. No estéis siempre confesando sin abandonarlos nunca, sino confesad y abandonad también. Reparad el daño dondequiera que hayáis causado un agravio. No podéis esperar recibir primero el espíritu de oración y arrepentiros después. Así no saldréis adelante en la lucha. Los que profesan la religión y son orgullosos e inflexibles, y se justifican a sí mismos, jamás obligarán a Dios a morar con ellos.

4. Proponeos obedecer perfectamente la ley escrita. En otras palabras, no tengáis comunión alguna con el pecado. Proponeos estar enteramente por encima del mundo: «Sed vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto». Si pecáis en algo, que eso sea vuestra aflicción diaria. El hombre que no se propone esto tiene intención de vivir en pecado. Un hombre así no debe esperar la bendición de Dios, porque no es sincero en su deseo de guardar todos sus mandamientos.

VIII. ¿Por quién intercede el Espíritu?

Respuesta: intercede por los santos, por todos los santos, por cualquiera que sea santo. «El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque él intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios».—Romanos 8:26, 27.

OBSERVACIONES.

1. ¿Por qué suponéis que se insiste tan poco en las influencias del Espíritu en la oración, cuando tanto se dice de sus influencias en la conversión? Mucha gente teme muchísimo que se dejen fuera las influencias del Espíritu. Insisten mucho en las influencias del Espíritu en la conversión de los pecadores. ¡Pero qué poco se dice, qué poco se imprime, acerca de su influencia en la oración! ¡Qué pocas quejas de que la gente no dé suficiente importancia a las influencias del Espíritu para llevar a los cristianos a orar conforme a la voluntad de Dios! Nunca se olvide que ningún cristiano ora jamás como es debido si no es guiado por el Espíritu. Tiene la capacidad natural de orar y, en la medida en que la voluntad de Dios está revelada, es capaz de hacerlo; pero nunca lo hace a menos que el Espíritu de Dios influya en él. Del mismo modo que los pecadores son capaces de arrepentirse, pero nunca lo hacen a menos que el Espíritu influya en ellos.

2. Este tema pone al descubierto el fundamento de la dificultad que muchas personas sienten acerca de la oración de fe. Objetan la idea de que la fe en la oración sea creer que recibiremos exactamente las cosas que pedimos, e insisten en que no puede haber fundamento ni evidencia sobre la cual descanse semejante creencia. En un sermón sobre este tema publicado hace pocos años, el autor plantea esta dificultad y la presenta con toda su fuerza. No tengo, dice, evidencia alguna de que lo que pido me será concedido hasta que haya orado con fe, porque orar con fe es la condición bajo la cual está prometido. Y, por supuesto, no puedo reclamar la promesa hasta haber cumplido la condición. Ahora bien, si la condición es que debo creer que recibiré la bendición misma que pido, es evidente que la promesa se da bajo el cumplimiento de una condición imposible, y, por supuesto, es una mera nulidad. La promesa vendría a decir exactamente esto: Tendrás todo lo que pidas, con la condición de que primero creas que lo recibirás. Ahora bien, debo cumplir la condición antes de poder reclamar la promesa. Pero no puedo tener evidencia alguna de que lo recibiré hasta que haya creído que lo recibiré. Esto me reduce a la necesidad de creer que lo recibiré antes de tener evidencia alguna de que lo recibiré, lo cual es imposible.

Toda la fuerza de esta objeción surge del hecho de que se pasan por alto por completo las influencias del Espíritu, que él ejerce para llevar a una persona al ejercicio de la fe. Se ha supuesto que el pasaje de Marcos 11:22 y 24, junto con otras promesas afines sobre la oración de fe, se refiere exclusivamente a los milagros. Pero supongamos que así fuera. Yo preguntaría: ¿Qué debían creer los apóstoles cuando oraban por un milagro? ¿Debían creer que se realizaría precisamente el milagro por el que oraban? Es evidente que sí. En los versículos a los que acabo de aludir, Cristo dice: «Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, MAS CREYERE QUE SERÁ HECHO LO QUE DICE, lo que diga le será hecho. Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, CREED QUE LO RECIBIRÉIS, y os vendrá». Aquí es evidente que lo que debían creer, y de lo cual no debían dudar en su corazón, era que tendrían la bendición misma por la que oraban. Ahora bien, la objeción arriba expuesta recae con toda su fuerza sobre esta clase de fe cuando se ora por la realización de un milagro. Si es imposible creer esto al orar por cualquier otra bendición, lo era igualmente al orar por un milagro. Podría preguntar: ¿Podía un apóstol creer que el milagro se realizaría antes de haber cumplido la condición?, puesto que la condición era que creyera que recibiría aquello por lo que oraba. O la promesa es una nulidad y un engaño, o es posible cumplir la condición.

Ahora bien, como he dicho, toda la dificultad radica en que se pasan por alto por completo las influencias del Espíritu, y en que la fe que es por la operación de Dios queda fuera de la cuestión. Si la objeción vale contra orar por cualquier objeto, vale igualmente contra orar con fe por la realización de un milagro. El hecho es que el Espíritu de Dios podía dar evidencia sobre la cual creer que un milagro en particular sería concedido; podía llevar la mente a apoyarse firmemente en Dios y a confiar en que la bendición buscada se obtendría. Y así, en el día de hoy, puede dar la misma seguridad al orar por cualquier bendición que necesitemos. Ni en un caso ni en el otro son milagrosas las influencias del Espíritu. Orar es lo mismo, ya oréis por la conversión de un alma o por un milagro. La fe es lo mismo en un caso que en el otro; solo que termina en un objeto distinto: en un caso, en la conversión de un alma, y en el otro, en la realización de un milagro. Ni se ejerce la fe en un caso más que en el otro sin referencia a una promesa; y una promesa general puede aplicarse con la misma propiedad a la conversión de un alma que a la realización de un milagro. Y es igualmente cierto en un caso que en el otro que nadie ora jamás con fe sin ser influido por el Espíritu de Dios. Y si el Espíritu podía llevar la mente de un apóstol a ejercer fe respecto a un milagro, puede llevar la mente de otro cristiano a ejercer fe respecto a recibir cualquier otra bendición, por referencia a la misma promesa general.

Si alguien preguntara: «¿Cuándo estamos bajo la obligación de creer que recibiremos la bendición que pedimos?», respondo:

(1.) Cuando hay una promesa particular que especifica la bendición particular, como cuando oramos pidiendo el Espíritu Santo. Esta bendición se nombra expresamente en la promesa, y aquí tenemos evidencia y estamos obligados a creer, tengamos o no alguna influencia divina; así como los pecadores están obligados a arrepentirse, contienda o no el Espíritu con ellos. Su obligación no descansa en las influencias del Espíritu, sino en las facultades de agencia moral que poseen, en su capacidad para cumplir su deber. Y aunque es cierto que ninguno de ellos se arrepentirá jamás sin las influencias del Espíritu, aun así tienen el poder de hacerlo y están obligados a hacerlo, contienda o no el Espíritu con ellos. Así sucede con el cristiano. Está obligado a creer donde tiene evidencia. Y aunque nunca cree sin el Espíritu de Dios, ni siquiera cuando tiene una promesa expresa, su obligación de hacerlo descansa en su capacidad y no en la influencia divina.

(2.) Cuando Dios hace una revelación por medio de su providencia, estamos obligados a creer en proporción a la claridad de la indicación providencial.

(3.) Del mismo modo, cuando hay una profecía, también estamos obligados a creer. Pero en ninguno de estos casos creemos de hecho sin el Espíritu de Dios.

Pero cuando no hay promesa, ni providencia, ni profecía en que apoyar nuestra fe, no estamos obligados a creer, a menos que, como he mostrado en este discurso, el Espíritu nos dé evidencia, creando deseos y llevándonos a orar por un objeto particular. En el caso de las promesas de carácter general, cuando honradamente no sabemos a qué casos particulares aplicarlas, puede considerarse en muchos casos más bien privilegio nuestro que deber nuestro aplicarlas a casos particulares; pero siempre que el Espíritu de Dios nos lleva a aplicarlas a un objeto particular, entonces se convierte en deber nuestro aplicarlas así. En este caso, Dios explica su propia promesa y muestra cómo quiso que se aplicara. Y entonces nuestra obligación de hacer esta aplicación, y de creer respecto a este objeto particular, sigue en pleno vigor.

3. Algunos han supuesto que Pablo oró con fe pidiendo que le fuera quitado el aguijón en la carne, y que no le fue concedido. Pero no pueden probar que Pablo orara con fe. La presunción está toda del otro lado, como he mostrado en una conferencia anterior. No tenía promesa, ni profecía, ni providencia, ni al Espíritu de Dios que lo llevara a creer. Toda la objeción se basa en la suposición de que el apóstol podía orar con fe sin ser guiado por el Espíritu. Es esta, en verdad, una manera expeditiva de deshacerse de las influencias del Espíritu en la oración. Ciertamente, suponer que oró con fe es suponer, o bien que oró con fe sin ser guiado por el Espíritu, o bien que el Espíritu de Dios lo llevó a orar por algo que no era conforme a la voluntad de Dios.

Me he detenido más en este tema porque quiero dejarlo tan claro que todos tengáis cuidado de no contristar al Espíritu. Quiero que tengáis un alto concepto del Espíritu Santo, y que sintáis que nada bueno se hará sin sus influencias. Ninguna oración ni predicación servirá de nada sin él. Si Jesucristo bajara aquí a predicar a los pecadores, ni uno solo se convertiría sin el Espíritu. Tened cuidado, pues, de no contristarlo hasta alejarlo, menospreciando o descuidando sus influencias celestiales cuando os invita a orar.

4. Al orar por un objeto, es necesario perseverar hasta obtenerlo. ¡Oh, con qué afán persiguen a veces los cristianos a un pecador en sus oraciones, cuando el Espíritu de Dios ha fijado en él sus deseos! Ningún avaro persigue su oro con una determinación tan firme.

5. El temor de ser guiados por impulsos ha causado gran daño, por no haberse considerado debidamente. La mente de una persona puede ser guiada por un fuego fatuo. Pero hacemos mal si dejamos que el temor a los impulsos nos lleve a resistir los impulsos buenos del Espíritu Santo. No es de extrañar que los cristianos no tengan el espíritu de oración si no están dispuestos a tomarse el trabajo de distinguir, y así rechazan o resisten todos los impulsos y toda guía de agentes invisibles. Se ha dicho mucho acerca del fanatismo que es muy imprudente, y que hace que muchas mentes rechacen la guía del Espíritu de Dios. «Todos los que son hijos de Dios son guiados por el Espíritu de Dios». Y es nuestro deber probar los espíritus si son de Dios. Debemos insistir en un examen minucioso y en un discernimiento exacto. Tiene que existir el ser guiado por el Espíritu. Y cuando estamos convencidos de que es de Dios, debemos asegurarnos de seguirlo—de seguir adelante—con plena confianza en que él no nos guiará mal.

6. Vemos por este tema lo absurdo de usar fórmulas de oración. La idea misma de usar una fórmula rechaza, por supuesto, la guía del Espíritu. Nada es más apropiado para destruir el espíritu de oración, y para oscurecer y confundir por completo la mente en cuanto a lo que constituye la oración, que usar fórmulas. Las fórmulas de oración no solo son absurdas en sí mismas, sino que son el ardid mismo del diablo para destruir el espíritu y quebrantar el poder de la oración. De nada sirve decir que la fórmula es buena. La oración no consiste en palabras. Y no importa cuáles sean las palabras, si el corazón no es guiado por el Espíritu de Dios. Si el deseo no es encendido, los pensamientos dirigidos y toda la corriente del sentir producida y guiada por el Espíritu de Dios, no es oración. Y las fórmulas fijas son, de todas las cosas, las más apropiadas para impedir que una persona ore como debe.

7. Este tema proporciona una prueba del carácter. El Espíritu intercede—¿por quién? Por los santos. Los que son santos se ven así ejercitados. Si sois santos, sabéis por experiencia lo que es ser ejercitados así; o, si no, es porque habéis contristado al Espíritu de Dios, de modo que él no os guía. Vivís de tal manera que este santo Consolador no quiere morar con vosotros ni daros el espíritu de oración. Si es así, debéis arrepentiros. Seáis cristianos o no, no os detengáis a resolver eso, sino arrepentíos como si nunca os hubierais arrepentido. Haced las primeras obras. No deis por sentado que sois cristianos; id como pecadores humildes y derramad vuestro corazón delante del Señor. Jamás podréis tener el espíritu de oración de ninguna otra manera.

8. La importancia de entender este tema.

(1.) Para ser útiles. Sin este espíritu no puede haber entre vosotros y Dios una afinidad tal que podáis andar con Dios o trabajar con Dios. Necesitáis que vuestro corazón lata con fuerza al compás del suyo; de lo contrario, no esperéis ser muy útiles.

(2.) Tan importante como vuestra santificación. Sin tal espíritu no seréis santificados, no entenderéis la Biblia, no sabréis cómo aplicarla a vuestro caso. Quiero que sintáis la importancia de tener a Dios con vosotros todo el tiempo. Si vivís como debéis, él dice que vendrá a vosotros y hará morada con vosotros, y cenará con vosotros, y vosotros con él.

9. Si la gente no conoce el espíritu de oración, es muy propensa a ser incrédula respecto a los resultados de la oración. No ven lo que sucede, o no ven la conexión, o no ven la evidencia. No esperan bendiciones espirituales. Cuando los pecadores son convencidos de pecado, piensan que solo están asustados por una predicación tan terrible. Y cuando la gente se convierte, no sienten ninguna confianza y solo dicen: «Ya veremos cómo acaban».

10. Los que tienen el espíritu de oración saben cuándo llega la bendición. Así sucedió precisamente cuando apareció Jesucristo. Aquellos doctores impíos no lo conocieron. ¿Por qué? Porque no oraban por la redención de Israel. Pero Simeón y Ana sí lo conocieron. ¿Cómo fue eso? Fijaos en lo que dijeron, en cómo oraban y en cómo vivían. Oraban con fe, y por eso no se sorprendieron cuando él vino. Así ocurre con tales cristianos. Si los pecadores son convencidos o convertidos, no se sorprenden. Esperaban precisamente esas cosas. Conocen a Dios cuando viene, porque estaban atentos a sus visitas.

11. Hay tres clases de personas en la iglesia que están expuestas a errar, o que han perdido de vista la verdad, en cuanto a este tema.

(1.) Los que confían mucho en la oración y no usan ningún otro medio. Se alarman ante cualquier medio especial y hablan de que uno anda «montando un avivamiento».

(2.) Frente a estos están los que usan medios y oran, pero nunca piensan en las influencias del Espíritu en la oración. Hablan de orar pidiendo el Espíritu y sienten la importancia del Espíritu en la conversión de los pecadores, pero no se dan cuenta de la importancia del Espíritu en la oración. Y sus oraciones son pura charla fría, nada que nadie pueda sentir ni que pueda asirse de Dios.

(3.) Los que tienen ciertas nociones extrañas acerca de la soberanía de Dios, y esperan que Dios convierta al mundo sin oración ni medios.

Es necesario que haya en la iglesia un sentido más profundo de la necesidad del espíritu de oración. El hecho es que, por lo general, los que usan los medios con mayor asiduidad, hacen los esfuerzos más denodados por la salvación de los hombres y tienen las nociones más correctas sobre la manera en que deben usarse los medios para convertir a los pecadores, son también los que más oran pidiendo el Espíritu de Dios y los que más luchan con Dios por su bendición. ¿Y cuál es el resultado? Que hablen los hechos y digan si estas personas oran o no, y si el Espíritu de Dios no da testimonio a sus oraciones y no acompaña sus labores con su poder.

12. En ciertas partes de la iglesia presbiteriana parece prevalecer actualmente un espíritu muy distinto del espíritu de oración. Nada provoca agitación y oposición tan rápido como el espíritu de oración. Si alguna persona se siente tan cargada en oración por el caso de los pecadores que llega a gemir en su oración, pues bien, las mujeres se ponen nerviosas, y al instante se le visita con reprensión y oposición. Desde lo profundo de mi alma aborrezco toda afectación de sentimiento donde no lo hay, y todo intento de excitarse uno mismo el sentimiento a fuerza de gemidos. Pero me siento obligado a defender la postura de que existe un estado de ánimo en el que solo hay una manera de evitar gemir, y es resistiendo al Espíritu Santo. Una vez estuve presente donde se discutía este tema. Se dijo que había que desalentar los gemidos. Se preguntó si Dios no podría producir tal estado de sentimiento que fuera imposible abstenerse de gemir, y la respuesta fue: «Sí, pero nunca lo hace». Entonces el apóstol Pablo se engañó de manera garrafal cuando escribió acerca de gemidos indecibles. Edwards se engañó cuando escribió su libro sobre los avivamientos. Los avivamientos andan todos a oscuras. Ahora bien, ningún hombre que repase la historia de la iglesia adoptará semejante opinión. No me gusta este intento de excluir, sofocar, reprimir o limitar el espíritu de oración. Antes me cortaría la mano derecha que reprender el espíritu de oración, como he oído que se ha hecho diciendo: «Que no vuelva a oír ningún gemido».

Pero, en fin, apenas sé dónde concluir este tema. Me gustaría tratarlo durante un mes, hasta que toda la iglesia pudiera entenderlo, de modo que orara la oración de fe. Amados, quiero preguntaros: ¿creéis todo esto? ¿O os extraña que hable así? Quizás algunos de vosotros habéis tenido algunos vislumbres de estas cosas. Ahora bien, ¿os entregaréis a la oración, y viviréis de tal modo que tengáis el espíritu de oración y lo tengáis con vosotros todo el tiempo? ¡Oh, quién tuviera una iglesia que ora! Conocí una vez a un ministro que tuvo un avivamiento catorce inviernos seguidos. No sabía cómo explicarlo hasta que vi a uno de sus miembros levantarse en una reunión de oración y hacer una confesión. «Hermanos», dijo, «durante mucho tiempo he tenido la costumbre de orar todos los sábados por la noche hasta pasada la medianoche, pidiendo el descenso del Espíritu Santo entre nosotros. Y ahora, hermanos», y comenzó a llorar, «confieso que lo he descuidado durante dos o tres semanas». El secreto había salido a la luz. Aquel ministro tenía una iglesia que oraba. Hermanos, en mi presente estado de salud, me resulta imposible orar tanto como he acostumbrado y seguir predicando. Agota mis fuerzas. Ahora bien, ¿me entregaré a la oración y dejaré de predicar? Eso no puede ser. Pues bien, ¿no os lanzaréis vosotros, que tenéis salud, a esta obra, y llevaréis esta carga, y os dedicaréis de lleno a la oración, hasta que Dios derrame su bendición sobre nosotros?

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