Discursos sobre el avivamiento de la religión
Discurso VII. Ser llenos del Espíritu

Capítulo 9 · 37 min de lectura · 48 min de escucha

Discurso VII. Ser llenos del Espíritu

DISCURSO VII.

SER LLENOS DEL ESPÍRITU

Texto.—Sed llenos del Espíritu.—Efesios 5:18.

VARIOS de mis últimos discursos han tratado de la oración, de la importancia de tener el espíritu de oración y de la intercesión del Espíritu Santo. Siempre que se exponen la necesidad y la importancia de las influencias del Espíritu, no cabe duda de que las personas corren el peligro de abusar de la doctrina y de pervertirla para su propio daño. Por ejemplo, cuando decís a los pecadores que sin el Espíritu Santo nunca se arrepentirán, son muy propensos a pervertir la verdad y a entender por ella que no pueden arrepentirse, y que por tanto no tienen obligación de hacerlo hasta que sientan el Espíritu. A menudo es difícil hacerles ver que todo ese «no pueden» consiste en su falta de voluntad, y no en su incapacidad. Del mismo modo, cuando decimos a los cristianos que necesitan la ayuda del Espíritu en la oración, son muy dados a pensar que no tienen obligación de orar la oración de fe hasta que sientan las influencias del Espíritu. Pasan por alto su obligación de ser llenos del Espíritu, y esperan que el espíritu de oración venga sobre ellos sin pedirlo, y así tientan a Dios.

Antes de pasar a considerar la otra clase de medios para promover un avivamiento, es decir, los medios que han de usarse con los pecadores, deseo mostraros que, si vivís sin el Espíritu, no tenéis excusa. La obligación de cumplir el deber nunca descansa en la condición de que primero tengamos la influencia del Espíritu, sino en las facultades de agencia moral. Nosotros, como agentes morales, tenemos el poder de obedecer a Dios y estamos perfectamente obligados a obedecer, y la razón por la que no lo hacemos es que no queremos. Las influencias del Espíritu son enteramente cuestión de gracia. Si fueran indispensables para capacitarnos a cumplir el deber, el otorgarlas no sería un acto de gracia, sino una mera cuestión de justicia común. Los pecadores no están obligados a arrepentirse porque tengan la influencia del Espíritu, o porque puedan obtenerla, sino porque son agentes morales y tienen las facultades que Dios les exige ejercer. Así también en el caso de los cristianos. No están obligados a orar con fe porque tengan el Espíritu (salvo en aquellos casos en que sus influencias, al engendrar el deseo, constituyen la evidencia de que es voluntad de Dios conceder el objeto deseado), sino porque tienen evidencia. No están obligados a orar con fe en absoluto, salvo cuando tienen evidencia como fundamento de su fe. Deben tener evidencia por las promesas, o por algún principio, o por la profecía, o por la providencia. Y cuando tienen evidencia independiente de sus influencias, están obligados a ejercer la fe, tengan o no la influencia del Espíritu. Están obligados a ver la evidencia y a creer. El Espíritu no se da para capacitarlos a ver o creer, sino porque sin él no quieren mirar, ni sentir, ni obrar como deben. Me propongo esta noche mostrar, a partir del texto,

I. Que los cristianos pueden ser llenos del Espíritu de Dios.

II. Que es su deber ser llenos del Espíritu.

III. Por qué no están llenos del Espíritu.

IV. La culpa de los que no tienen el Espíritu de Dios para guiar su mente en el deber y en la oración.

V. Las consecuencias que seguirán si están llenos del Espíritu.

VI. Las consecuencias si no lo están.

I. He de mostraros que podéis tener el Espíritu. No porque sea cuestión de justicia que Dios os dé su Espíritu, sino porque ha prometido darlo a los que lo pidan. «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará el Espíritu Santo a los que lo pidan?». Si pedís el Espíritu Santo, Dios ha prometido darlo.

Pero además, Dios os ha mandado tenerlo. Dice en el texto: «Sed llenos del Espíritu». Cuando Dios nos manda hacer algo, es la mayor evidencia posible de que podemos hacerlo. Que Dios mande equivale a un juramento de que podemos hacerlo. No tiene derecho a mandar, a menos que tengamos poder para obedecer. No hay manera de detenerse antes de llegar a la conclusión de que Dios es un tirano infinito, si manda lo que es impracticable.

II. He de mostrar, en segundo lugar, que es vuestro deber.

1. Porque tenéis la promesa de ello.

2. Porque Dios lo ha mandado.

3. Es esencial para vuestro propio crecimiento en la gracia que seáis llenos del Espíritu.

4. Es tan importante como que seáis santificados.

5. Es tan necesario como que seáis útiles y hagáis el bien en el mundo.

6. Si no tenéis en vosotros el Espíritu de Dios, deshonraréis a Dios, avergonzaréis a la iglesia, y moriréis e iréis al infierno.

III. Por qué muchos no tienen el Espíritu. Hay algunos, aun entre los que profesan la religión, que dirán: «Yo no sé nada de esto; nunca he tenido semejante experiencia; o no es verdad, o yo estoy completamente equivocado». Sin duda estáis completamente equivocados, si no sabéis nada de la influencia del Espíritu. Quiero presentaros algunas de las razones que pueden impediros ser llenos del Espíritu.

1. Puede ser que llevéis una vida hipócrita. Vuestras oraciones no son fervientes ni sinceras. No solo vuestra religión es una mera apariencia exterior, sin corazón alguno, sino que sois insinceros en vuestro trato con los demás. Así hacéis muchas cosas que contristan al Espíritu, de modo que él no puede morar con vosotros.

Un ministro se hospedaba una vez en casa de cierta familia, y la señora de la casa se quejaba constantemente de que no tenía paz en su alma, y nada parecía ayudarla. Un día vinieron a visitarla unas señoras, y ella protestó que estaba muy ofendida porque no la hubieran visitado antes, y les insistió en que se quedaran a pasar el día, y declaró que no podía consentir en dejarlas marchar. Sin embargo, ellas se excusaron y salieron de la casa, y tan pronto como se fueron, dijo a su criada que no entendía cómo aquella gente tenía tan poco juicio como para estar siempre molestándola y quitándole el tiempo. El ministro lo oyó, y al instante la reprendió y le dijo que ahora podía ver por qué no disfrutaba de la religión. Era porque tenía el hábito diario de una insinceridad que equivalía a mentir descaradamente. Y el Espíritu de verdad no podía morar en semejante corazón.

2. Otros son tan frívolos que el Espíritu no quiere morar con ellos. El Espíritu de Dios es solemne y serio, y no mora con los que se entregan a una ligereza irreflexiva.

3. Otros son tan orgullosos que no pueden tener el Espíritu. Son tan amantes de la ropa, de la alta sociedad, de los carruajes, de la moda, etc., que no es de extrañar que no estén llenos del Espíritu. ¡Y sin embargo tales personas fingirán no saber por qué no disfrutan de la religión!

4. Algunos son de mente tan mundana, aman tanto los bienes y se esfuerzan tanto por enriquecerse, que no pueden tener el Espíritu. ¿Cómo puede él morar con ellos, cuando todos sus pensamientos están en las cosas del mundo y todas sus facultades absortas en procurarse riquezas? Y cuando las consiguen, se aferran a ellas, y les duele que la conciencia los apremie a hacer algo por la conversión del mundo. Muestran cuánto aman el mundo en todo su trato con los demás. Las cosas pequeñas lo muestran. A un pobre que les hace un pequeño trabajo, le regatearán hasta el último centavo. Si negocian a gran escala, muy probablemente serán generosos y justos, porque les conviene. Pero si se trata de una persona que no les importa, un jornalero, un artesano o un criado, lo exprimirán hasta la última fracción, valga lo que valga realmente el trabajo; y hasta fingen hacer de ello un caso de conciencia, diciendo que no pueden dar más de ningún modo. Ahora bien, les daría vergüenza tratar así a personas de su propia clase, porque se sabría y perjudicaría su reputación. Pero Dios lo sabe, y lo tiene todo escrito: que son avaros e injustos en sus tratos, y que no harán lo recto sino cuando les conviene. ¿Cómo pueden, pues, tales profesantes tener el Espíritu de Dios? Es imposible.

Hay multitud de cosas así, con las que se contrista al Espíritu de Dios. La gente las llama pecados pequeños, pero Dios no las llamará pequeños. Me impresionó este pensamiento cuando vi un pequeño aviso en el Evangelist. Los editores declaraban que tenían muchos miles de dólares en manos de los suscriptores, que les eran justamente debidos, y que les costaría tanto como valían enviar un agente a cobrarlos. Supongo que así sucede con todos los demás periódicos religiosos: que los suscriptores, o bien obligan al editor a la molestia y el gasto de enviar un agente a cobrar lo que se le debe, o bien lo estafan. Sin duda hay no sé cuántos miles de dólares retenidos de esta manera por los que profesan la religión, solo porque se trata de sumas tan pequeñas, o porque están tan lejos que no se los puede demandar. ¡Y sin embargo esta gente orará, y parecerá muy piadosa, y se preguntará por qué no puede disfrutar de la religión y tener el Espíritu de Dios! Es esta laxitud de principios morales, esta falta de conciencia en las cosas pequeñas, que prevalece en la iglesia, lo que contrista y aleja al Espíritu Santo. Pues sería una deshonra para Dios morar y tener comunión con personas así, que se aprovechan y estafan a su prójimo lo que le deben, porque pueden hacerlo sin quedar deshonradas.

5. Otros no confiesan plenamente ni abandonan sus pecados, y por eso no pueden disfrutar de la presencia del Espíritu. Confesarán sus pecados en términos generales, quizás, y están siempre dispuestos a reconocer que son pecadores. O confesarán parcialmente algunos pecados en particular. Pero lo hacen con reservas, con orgullo, con cautela, como si temieran decir un poco más de lo necesario; es decir, cuando confiesan a los hombres los agravios que les han hecho. Lo hacen de un modo que muestra que, en lugar de brotar de un corazón franco, la confesión les es arrancada por la mano de la conciencia que los aprieta. Si han agraviado a alguien, harán una retractación parcial, que es dura de corazón, cruel e hipócrita, y luego preguntarán: «Bueno, hermano, ¿estás satisfecho?». Y sabéis que sería muy difícil para una persona decir que no está satisfecha, aunque la confesión sea fría y sin corazón. Pero yo os digo que Dios no está satisfecho. Él sabe si habéis llegado hasta el fondo de una confesión honrada y habéis tomado toda la culpa que os corresponde. Si vuestras confesiones han sido forzadas y arrancadas de vosotros, ¿suponéis que podéis engañar a Dios? «El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia». «El que se humilla será ensalzado». A menos que os humilléis del todo, confeséis honradamente vuestros pecados y hagáis reparación donde habéis causado daño, no tenéis derecho a esperar el espíritu de oración.

6. Otros descuidan algún deber conocido, y esa es la razón por la que no tienen el Espíritu. Uno no ora con su familia, aunque sabe que debe hacerlo, ¡y sin embargo trata de obtener el espíritu de oración! Hay muchos jóvenes que sienten en su corazón que deben prepararse para el ministerio, y no tienen el espíritu de oración porque tienen en mira algún objetivo mundano que les impide dedicarse a la obra. Han conocido su deber y se niegan a cumplirlo, y ahora oran pidiendo dirección al Espíritu de Dios. No pueden tenerla. Otro ha descuidado hacer profesión de fe. Conoce su deber, pero se niega a unirse a la iglesia. En otro tiempo tuvo el espíritu de oración, pero al descuidar su deber contristó al Espíritu hasta alejarlo. Y ahora piensa que, si pudiera disfrutar una vez más de la luz del rostro de Dios y ver renovadas sus evidencias, cumpliría su deber y se uniría a la iglesia. Y así ora de nuevo por ello, y trata de llevar a Dios a sus condiciones, para que le conceda su presencia. No lo esperéis. Viviréis y moriréis en tinieblas, a menos que estéis dispuestos a cumplir primero vuestro deber, antes de que Dios se manifieste reconciliado con vosotros. Es en vano decir que daréis el paso si Dios os muestra primero la luz de su rostro. Nunca lo hará mientras viváis; os dejará morir sin ella, si os negáis a cumplir vuestro deber.

He conocido mujeres que sentían que debían hablar con sus maridos inconversos y orar con ellos, pero lo descuidaron, y así cayeron en tinieblas. Conocían su deber y se negaron a cumplirlo; le dieron un rodeo, y allí perdieron el espíritu de oración.

Si habéis descuidado algún deber conocido y así habéis perdido el espíritu de oración, debéis ceder primero. Dios tiene un pleito con vosotros; os habéis negado a obedecer a Dios, y debéis retractaros. Puede que lo hayáis olvidado, pero Dios no, y debéis poneros a traerlo a la memoria y arrepentiros. Dios nunca cederá ni os concederá su Espíritu hasta que os arrepintáis. Si yo tuviera ahora un ojo omnisciente, podría llamar por su nombre a las personas de esta congregación que han descuidado algún deber conocido, o cometido algún pecado del que no se han arrepentido, y que ahora oran pidiendo el espíritu de oración, pero no logran obtenerlo.

Para ilustrarlo os contaré un caso. Un buen hombre del oeste de este estado había sido durante mucho tiempo un cristiano comprometido, y solía hablar a la iglesia adormecida con la que estaba relacionado. Con el tiempo la iglesia se ofendió y perdió la paciencia, y muchos le dijeron que desearían que los dejara en paz, que no creían que pudiera hacerles ningún bien. Él los tomó al pie de la letra, y todos se durmieron juntos, y así permanecieron dos o tres años. Con el tiempo llegó a ellos un ministro y comenzó un avivamiento, pero aquel anciano parecía haber perdido su espiritualidad. Antes solía estar al frente de toda buena obra, pero ahora se quedaba atrás. Todos lo consideraban inexplicable. Finalmente, mientras volvía a casa una noche, la verdad de su situación le iluminó la mente como un relámpago, y durante unos minutos cayó en una desesperación absoluta. Por fin sus pensamientos fueron llevados de vuelta a aquella resolución pecaminosa de dejar a la iglesia en sus pecados. Sintió que ningún lenguaje podía describir la negrura de aquel pecado. Comprendió en aquel momento lo que era estar perdido, y descubrir que Dios tenía un pleito con él. Vio que había sido un mal espíritu el que había causado aquella resolución: el mismo que llevó a Moisés a decir: «¡Oíd ahora, rebeldes!». Se humilló allí mismo, y Dios derramó su Espíritu sobre él. Quizás algunos de los que me oís estáis precisamente en esta situación. Habéis dicho algo provocador o poco amable a alguna persona. Quizás fue un arrebato de mal humor con un criado que era cristiano. O quizás fue hablar con censura de un ministro o de alguna otra persona. Quizás os habéis enojado porque no se aceptaron vuestras opiniones, o porque se menoscabó vuestra dignidad. Buscad a fondo, y ved si no podéis descubrir el pecado. Quizás lo habéis olvidado. Pero Dios no lo ha olvidado, y nunca perdonará vuestra conducta impropia de un cristiano hasta que os arrepintáis. Dios no puede pasarlo por alto. De nada serviría que lo hiciera. ¿De qué serviría perdonar, mientras el pecado sigue enconado en vuestro corazón?

7. Quizás habéis resistido al Espíritu de Dios. Quizás tenéis el hábito de resistir al Espíritu. Resistís la convicción. En la predicación, cuando se ha dicho algo que tocaba vuestro caso, vuestro corazón se ha levantado contra ello y lo ha resistido. Muchos están dispuestos a oír una predicación clara y escudriñadora mientras puedan aplicársela toda a otros; un espíritu misántropo les hace hallar satisfacción en oír que otros son escudriñados y reprendidos; pero si la verdad los toca a ellos, enseguida claman que es algo personal y ofensivo. ¿Es este vuestro caso?

8. El hecho es que no deseáis el Espíritu en definitiva. Esto es cierto en todos los casos en que no tenéis el Espíritu. No se me malinterprete aquí. Quiero que distingáis con cuidado. Nada es más común que el que la gente desee por algunos motivos una cosa que en definitiva no elige. Una persona puede ver en una tienda un artículo que desea comprar, y entra y pregunta el precio, y lo piensa un poco, y en definitiva decide no comprarlo. Desea el artículo, pero no le gusta el precio, o no le gusta hacer el gasto, de modo que, en definitiva, prefiere no comprarlo. Esa es la razón por la que no lo compra. Así, las personas pueden desear el Espíritu de Dios por algunos motivos: por consideración al consuelo y al gozo de corazón que trae. Si sabéis por experiencia pasada lo que es tener comunión con Dios, y cuán dulce es deshacerse en arrepentimiento y ser llenos del Espíritu, no podéis menos que desear que vuelvan esos gozos. Y podéis poneros a orar fervientemente por ello, y a orar por un avivamiento de la religión. Pero en definitiva no queréis que venga. Tenéis tanto que hacer que no podéis atenderlo. O exigirá tantos sacrificios que no soportáis tenerlo. Hay algunas cosas a las que no estáis dispuestos a renunciar. Descubrís que, si queréis que el Espíritu de Dios more con vosotros, debéis llevar una vida diferente, debéis renunciar al mundo, debéis hacer sacrificios, debéis romper con vuestros compañeros mundanos y confesar vuestros pecados. Y así, en definitiva, no elegís que él venga, a menos que consienta en morar con vosotros y dejaros vivir como os plazca. Pero eso no lo hará jamás.

9. Quizás no oráis pidiendo el Espíritu; u oráis y no usáis ningún otro medio, u oráis y no obráis en consonancia con vuestras oraciones. O usáis medios apropiados para resistirlas. O pedís, y tan pronto como él viene y comienza a obrar en vuestra mente, lo contristáis de inmediato y no queréis andar con él.

IV. He de mostrar la gran culpa de no tener el Espíritu de Dios.

1. Vuestra culpa es tan grande como grande es la autoridad de Dios, que os manda ser llenos del Espíritu. Dios lo manda, y es tanta desobediencia a los mandamientos de Dios como jurar profanamente, o robar, o cometer adulterio, o quebrantar el día de reposo. Pensad en ello. Y sin embargo hay mucha gente que no se culpa en absoluto por no tener el Espíritu. Hasta se tienen por cristianos bastante piadosos, porque van a las reuniones de oración y participan de la santa cena, y todo lo demás, aunque viven año tras año sin el Espíritu de Dios. Ahora bien, ved que el mismo Dios que dice: «No os embriaguéis», dice también: «Sed llenos del Espíritu». Todos decís que, si un hombre es un asesino habitual, o un ladrón, no es cristiano. ¿Por qué? Porque vive en desobediencia habitual a Dios. Así, si jura, no tenéis caridad para con él. No le permitiréis alegar que su corazón es recto y que las palabras no son nada; que a Dios no le importan nada las palabras. Os parecería escandaloso tener a semejante hombre en la iglesia, o que un grupo de personas así pretendiera llamarse iglesia de Cristo. Y sin embargo, no viven ni un ápice más absolutamente en desobediencia a Dios que vosotros, que vivís sin el espíritu de oración y sin la presencia de Dios.

2. Vuestra culpa es igual a todo el bien que podríais hacer si tuvierais el Espíritu de Dios en tan gran medida como es vuestro deber tenerlo, y como podríais tenerlo. ¡Vosotros, ancianos de esta iglesia, cuánto bien podríais hacer si tuvierais el Espíritu! Y vosotros, maestros de la escuela dominical, cuánto bien podríais hacer; y vosotros también, miembros de la iglesia, si estuvierais llenos del Espíritu, podríais hacer un bien inmenso, un bien infinito. Pues bien, vuestra culpa es igual de grande. He aquí una bendición prometida, y podéis tenerla cumpliendo vuestro deber. Sois enteramente responsables ante la iglesia y ante Dios de todo este bien que podríais hacer. Un hombre es responsable de todo el bien que puede hacer.

3. Vuestra culpa se mide además por todo el mal que hacéis como consecuencia de no tener el Espíritu. Sois una deshonra para la religión. Sois piedra de tropiezo para la iglesia y para el mundo. Y vuestra culpa se agrava con todas las diversas influencias que ejercéis. Y así se demostrará en el día del juicio.

V. Las consecuencias de tener el Espíritu.

1. Os llamarán excéntricos; y probablemente lo mereceréis. Probablemente seréis realmente excéntricos. Nunca he conocido a una persona llena del Espíritu a la que no llamaran excéntrica. Y la razón es que son distintos de los demás. Este término es siempre comparativo. Hay, por tanto, la mejor de las razones para que tales personas parezcan excéntricas. Obran bajo influencias distintas, tienen puntos de vista distintos, se mueven por motivos distintos y son guiados por un espíritu distinto. Debéis esperar tales comentarios. ¡Cuántas veces he oído decir de tal o cual persona: «Es un hombre muy bueno, pero es algo excéntrico»! A veces he pedido los detalles: ¿en qué consiste su excentricidad? Oigo la lista, y el resultado es que es espiritual. Haceos a la idea de esto: de ser excéntricos. Existe la excentricidad afectada. ¡Horrible! Pero existe también el estar tan profundamente impregnado del Espíritu de Dios que uno tiene que obrar, y obrará, de un modo que parecerá extraño y excéntrico a los que no pueden entender las razones de su conducta.

2. Si tenéis mucho del Espíritu de Dios, no es improbable que muchos os tengan por trastornados. Juzgamos que un hombre está trastornado cuando obra de un modo distinto de lo que nos parece prudente y conforme al sentido común, y cuando llega a conclusiones para las que no vemos buenas razones. A Pablo lo acusaron de estar trastornado quienes no entendían la manera de ver las cosas que lo movía a obrar. Sin duda Festo pensó que aquel hombre estaba loco y que las muchas letras lo habían vuelto loco. Pero Pablo dijo: «No estoy loco, excelentísimo Festo». Su conducta era tan extraña, tan nueva, que Festo pensó que debía de ser locura. Pero la verdad era que él veía el asunto con tanta claridad que ponía en él toda su alma. Ellos estaban enteramente a oscuras en cuanto al motivo que lo impulsaba. Esto no es nada raro. Multitudes han parecido trastornadas a los ojos de quienes no tenían espiritualidad alguna. Sin embargo, ellos veían buenas razones para obrar como obraban. Dios guiaba su mente a obrar de tal manera que los que no eran espirituales no podían ver las razones. Tenéis que haceros a la idea de esto, y tanto más cuanto más viváis por encima del mundo y andéis con Dios.

3. Si tenéis el Espíritu de Dios, debéis contar con sentir gran angustia al ver el estado de la iglesia y del mundo. Algunos epicúreos espirituales piden el Espíritu porque creen que los hará perfectamente felices. Algunos piensan que los cristianos espirituales son siempre muy felices y están libres de tristeza.

Nunca hubo error mayor. Leed vuestras Biblias y ved cómo los profetas y los apóstoles gemían siempre, angustiados por el estado de la iglesia y del mundo. El apóstol Pablo dice que llevaba siempre en su cuerpo la muerte del Señor Jesús. Protesto, dice él, que cada día muero. Sabréis lo que es compadecerse con el Señor Jesucristo y ser bautizados con el bautismo con que él fue bautizado. ¡Oh, cómo agonizaba al ver el estado de los pecadores! ¡Cómo sufría dolores de parto en su alma por la salvación de ellos! Cuanto más tengáis de su Espíritu, más claramente veréis el estado de los pecadores y más profundamente os angustiaréis por ellos. Muchas veces sentiréis como si no pudierais vivir viendo su situación; vuestra angustia será indecible. Pablo dice, en Romanos 9:1-3: «Verdad digo en Cristo, no miento, dándome testimonio mi conciencia en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser anatema, apartado de Cristo, por mis hermanos, los que son mis parientes según la carne».

4. Muchas veces os afligirá el estado del ministerio. Hace algunos años conocí a una mujer que pertenecía a una de las iglesias de esta ciudad. Le pregunté por el estado de la religión aquí. Parecía poco dispuesta a decir mucho; hizo algunas observaciones generales, y luego se le hizo un nudo en la garganta, se le llenaron los ojos de lágrimas y dijo: «¡Ay, la mente de nuestro pastor parece estar muy a oscuras!». Los cristianos espirituales sienten esto a menudo, y a menudo lloran por ello. Lo he visto mucho, y con frecuencia he encontrado cristianos que lloraban y gemían en secreto al ver las tinieblas que había en la mente de los ministros respecto a la religión, su mundanalidad y su temor de los hombres; pero no se atrevían a hablar de ello, por miedo a que los denunciaran y amenazaran, y quizá los expulsaran de la iglesia. No digo estas cosas con ánimo censor, para reprochar a mis hermanos, sino porque son verdad. Y los ministros deben saber que nada es más común que el que los cristianos espirituales se sientan agobiados y angustiados por el estado del ministerio. No quisiera despertar ningún sentimiento indebido contra los ministros, pero ya es hora de que se sepa que los cristianos a menudo alcanzan una visión espiritual de las cosas, y su alma se enciende, y entonces descubren que su pastor no participa de sus sentimientos, que está muy por debajo de lo que debería ser y, en espiritualidad, muy por debajo de algunos de los miembros de su iglesia. Este es uno de los males más notorios y más dignos de lamentarse de nuestros días. La piedad del ministerio, aunque real, es en muchos casos tan superficial que la parte espiritual de la iglesia siente que los ministros no pueden simpatizar con ella, y que no lo hacen. Su predicación no responde a sus necesidades, no los alimenta, no corresponde a su experiencia. El ministro no tiene suficiente profundidad de experiencia religiosa para saber cómo escudriñar y despertar a la iglesia; cómo ayudar a los que están bajo tentación, sostener a los débiles, dirigir a los fuertes y conducirlos por todos los laberintos y vericuetos que puedan cercar su camino. Cuando un ministro ha acompañado a una iglesia hasta donde llega su propia experiencia en el ejercicio espiritual, allí se detiene; y hasta que tenga una experiencia renovada, hasta que se reconvierta, su corazón sea quebrantado de nuevo y él mismo sea impulsado hacia adelante en la vida divina y en la experiencia cristiana, no les servirá de más ayuda. Puede predicar sana doctrina, y también puede hacerlo un ministro inconverso; pero, al fin y al cabo, a su predicación le faltará esa agudeza penetrante, esa aplicación práctica, esa unción que es lo único que alcanza el caso de un cristiano de mente espiritual. Es un hecho por el que la iglesia gime que la piedad de los jóvenes sufre tanto en el curso de su formación que, cuando entran en el ministerio, por mucho bagaje intelectual que posean, se hallan en un estado de infancia espiritual. Necesitan que los críen, y más les convendría ser alimentados que pretender alimentar a la iglesia de Dios.

5. Si tenéis mucho del Espíritu de Dios, debéis haceros a la idea de encontrar mucha oposición, tanto en la iglesia como en el mundo. Es muy probable que los hombres principales de la iglesia se os opongan. Siempre ha habido oposición en la iglesia. Así fue cuando Cristo estaba en la tierra. Si estáis muy por encima del nivel de sentimiento de ellos, los miembros de la iglesia se os opondrán. Si alguno quiere vivir piadosamente en Cristo Jesús, debe contar con la persecución. Con frecuencia los ancianos, y aun el pastor, se os opondrán si estáis llenos del Espíritu de Dios.

6. Debéis contar con conflictos muy frecuentes y angustiosos con Satanás. Satanás tiene muy poco trabajo con los cristianos que no son espirituales, sino tibios, perezosos y de mente mundana. Y estos no entienden lo que se dice acerca de los conflictos espirituales. Quizá sonrían cuando se mencionan tales cosas. Y así el diablo los deja en paz. Ellos no lo molestan a él, ni él a ellos. Pero él sabe muy bien que los cristianos espirituales le están haciendo un daño enorme, y por eso se pone en contra de ellos. Tales cristianos tienen a menudo conflictos terribles. Sufren tentaciones en las que nunca antes habían pensado: pensamientos blasfemos, ateísmo, sugerencias de cometer maldades, de quitarse la vida, y cosas semejantes. Y si sois espirituales, podéis esperar estos terribles conflictos.

7. Tendréis conflictos mayores con vosotros mismos de lo que jamás imaginasteis. A veces veréis que vuestras propias corrupciones avanzan de manera extraña contra el Espíritu. «La carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne». Un cristiano así queda a menudo consternado ante el poder de sus propias corrupciones. Uno de los comodoros de los Estados Unidos era, según me han contado, un hombre espiritual; y su pastor me dijo que había visto a aquel hombre tendido en el suelo, gimiendo gran parte de la noche, en lucha con sus propias corrupciones, y clamando a Dios en agonía que quebrantara el poder de la tentación. Parecía como si el diablo estuviera resuelto a arruinarlo; y sus propios sentimientos, por el momento, estaban casi aliados con el diablo.

8. Pero tendréis paz con Dios. Aunque la iglesia, los pecadores y el diablo se os opongan, habrá uno con quien tendréis paz. Que los que sois llamados a estas pruebas, conflictos y tentaciones, y gemís, y oráis, y lloráis, y tenéis el corazón quebrantado, recordéis esta consideración: vuestra paz, en lo que toca a vuestros sentimientos hacia Dios, fluirá como un río.

9. Tendréis asimismo paz de conciencia, si sois guiados por el Espíritu. No viviréis constantemente aguijoneados y puestos en el potro por una conciencia culpable. Vuestra conciencia estará tranquila y serena, sin una onda, como el lago en verano.

10. Si estáis llenos del Espíritu, seréis útiles. No podréis evitar ser útiles. Aunque estuvierais enfermos e incapaces de salir de vuestra habitación, o de conversar, y no vierais a nadie, seríais diez veces más útiles que cien de esos cristianos comunes que no tienen espiritualidad. Para daros una idea de esto, os contaré una anécdota. Un hombre piadoso de la parte occidental de este estado estaba enfermo de tisis. Era un hombre pobre, y estuvo enfermo durante años. Un comerciante inconverso del lugar tenía buen corazón, y solía enviarle de vez en cuando algo para su alivio o para su familia. Él se sentía agradecido por la bondad, pero no podía corresponder como deseaba. Por fin decidió que la mejor manera de corresponder sería orar por su salvación; comenzó a orar, su alma se encendió y se asió de Dios. No había avivamiento allí, pero al cabo de un tiempo, para asombro de todos, aquel comerciante se puso abiertamente del lado del Señor. El fuego prendió por todo el lugar, siguió un poderoso avivamiento y multitudes se convirtieron.

Este pobre hombre siguió así, languideciendo, durante varios años, y murió. Después de su muerte visité el lugar, y su viuda puso en mis manos su diario. Entre otras cosas, dice en su diario: «Conozco a unos treinta ministros e iglesias». Luego pasa a apartar ciertas horas del día y de la semana para orar por cada uno de estos ministros e iglesias, y también ciertos momentos para orar por las distintas estaciones misioneras. Seguían después, bajo distintas fechas, anotaciones como estas: «Hoy», indicando la fecha, «se me ha concedido ofrecer lo que llamo la oración de fe por el derramamiento del Espíritu sobre la iglesia de ——, y confío en Dios que pronto habrá un avivamiento allí». Bajo otra fecha: «Hoy he podido ofrecer lo que llamo la oración de fe por tal iglesia, y confío en que pronto habrá un avivamiento allí». Así había recorrido un gran número de iglesias, dejando constancia de que había orado por ellas con fe para que pronto prevaleciera entre ellas un avivamiento. De las estaciones misioneras, si no recuerdo mal, menciona en particular la misión de Ceilán. Creo que el último lugar mencionado en su diario por el que ofreció la oración de fe fue el lugar donde vivía. No mucho después de las anotaciones de su diario, comenzó el avivamiento y se extendió por la región, casi, creo, si no exactamente, en el mismo orden en que los lugares habían sido mencionados en su diario; y a su debido tiempo llegaron noticias de Ceilán de que había allí un avivamiento de la religión. El avivamiento en su propio pueblo no comenzó hasta después de su muerte. Comenzó en el momento en que su viuda puso en mis manos el documento al que me he referido. Ella me dijo que durante su enfermedad él se ejercitaba tanto en la oración que a menudo temía que se matara orando. El avivamiento fue sumamente grande y poderoso en toda la región; y el hecho de que estaba a punto de prevalecer no se le había ocultado a este siervo del Señor. Conforme a su palabra, el secreto del Señor es para los que le temen. Así este hombre, demasiado débil de cuerpo para salir de su casa, fue sin embargo más útil al mundo y a la iglesia de Dios que todos los que profesan la religión sin corazón en todo el país. Puesto entre Dios y las desolaciones de Sion, y derramando su corazón en oración creyente, como príncipe tuvo poder con Dios, y prevaleció.

11. Si estáis llenos del Espíritu, no os veréis angustiados, irritados ni inquietos cuando la gente hable contra vosotros. Cuando veo personas que se irritan y se impacientan por cualquier pequeñez que les toca, estoy seguro de que no tienen el Espíritu de Cristo. Contra Jesucristo pudo decirse todo cuanto la malicia supo inventar, y sin embargo no se turbó en lo más mínimo. Si queréis ser mansos en la persecución, mostrar el carácter del Salvador y honrar así la religión, necesitáis estar llenos del Espíritu.

12. Seréis sabios en el uso de los medios para la conversión de los pecadores. Si el Espíritu de Dios está en vosotros, él os guiará a usar los medios con sabiduría, de un modo adecuado al fin, y a evitar hacer daño. Ningún hombre que no esté lleno del Espíritu de Dios es apto para dirigir las medidas que se adoptan en un avivamiento. Tendrán las manos torpes, como si fueran todo pulgares, incapaces de asir nada, y obrarán como si no tuvieran sentido común. Pero el hombre guiado por el Espíritu de Dios sabrá elegir bien el momento de sus medidas y cómo dosificar la verdad divina, de modo que surta el mejor efecto.

13. Estaréis tranquilos en la aflicción; no os veréis confundidos ni consternados cuando veáis que la tormenta se cierne sobre vosotros. La gente que os rodea se asombrará de vuestra calma y alegría en medio de duras pruebas, pues no conoce los apoyos interiores de los que están llenos del Espíritu.

14. Estaréis resignados en la muerte; siempre os sentiréis preparados para morir, sin miedo a morir, y después de la muerte seréis proporcionalmente más felices para siempre en el cielo.

VI. Consecuencias de no estar llenos del Espíritu.

1. Con frecuencia dudaréis, y con razón, de si sois cristianos. Tendréis dudas, y debéis tenerlas. Los hijos de Dios son guiados por el Espíritu de Dios. Y si no sois guiados por el Espíritu, ¿qué razón tenéis para pensar que sois hijos? Trataréis de hacer que una pequeña evidencia rinda mucho para apuntalar vuestras esperanzas, pero no podréis lograrlo, a menos que vuestra conciencia esté cauterizada como con hierro candente. No podréis evitar caer a menudo en dudas e incertidumbres dolorosas acerca de vuestro estado. Romanos 8:9: «Vosotros no estáis en la carne sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él». 2 Corintios 13:5: «Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿No os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a no ser que seáis reprobados?».

2. Siempre estaréis indecisos en vuestras ideas acerca de la oración de fe. La oración de fe es algo tan espiritual, tan propio de la experiencia y no de la especulación, que, a menos que vosotros mismos seáis espirituales, no la entenderéis plenamente. Podréis hablar mucho de la oración de fe y quedar, por el momento, completamente convencidos de ella. Pero nunca os sentiréis tan firmes al respecto como para mantener la misma disposición de ánimo acerca de ella, y al poco tiempo estaréis llenos de incertidumbre. Conocí un caso curioso en un hermano ministro. Me dijo: «Cuando tengo el Espíritu de Dios y disfruto de su presencia, creo firmemente en la oración de fe; pero cuando no lo tengo, me encuentro dudando de que exista tal cosa, y mi mente pone objeciones». Sé por mi propia experiencia lo que es esto, y cuando oigo a algunos levantar objeciones contra la visión de la oración que he presentado en estos discursos, entiendo muy bien cuál es su dificultad, y a menudo me ha resultado imposible satisfacer su mente mientras están tan lejos de Dios; cuando al mismo tiempo ellos mismos lo entenderían, sin argumentos, en cuanto lo hubieran experimentado.

3. Si no tenéis el Espíritu, seréis muy propensos a tropezar con los que lo tienen. Dudaréis de que su conducta sea apropiada. Si parecen sentir mucho más que vosotros, probablemente lo llamaréis sentimiento animal. Quizá dudéis de su sinceridad cuando dicen que tienen tales sentimientos. Diréis: «No sé qué pensar del hermano fulano; parece muy piadoso, pero no lo entiendo; creo que tiene mucho sentimiento animal». Así trataréis de censurarlos con el fin de justificaros a vosotros mismos.

4. Gozaréis de buena reputación entre los impenitentes y entre los que profesan la religión de manera carnal. Os alabarán como cristianos racionales, ortodoxos y consecuentes. Estaréis justo en la disposición de ánimo para andar con ellos, porque estáis de acuerdo.

5. Os inquietarán mucho los temores al fanatismo. Siempre que haya avivamientos, veréis en ellos una fuerte tendencia al fanatismo, y estaréis llenos de temores y ansiedad, o más bien de oposición a ellos.

6. Os perturbarán mucho las medidas que se emplean en los avivamientos. Si se adopta alguna medida decidida y directa, pensaréis que todas son «nuevas», y tropezaréis con ellas exactamente en proporción a vuestra falta de espiritualidad. No veis lo apropiadas que son. Os quedaréis poniendo reparos a las medidas, porque estáis tan ciegos que no podéis ver lo adecuadas que son, mientras todo el cielo se regocija en ellas como medios para salvar almas.

7. Seréis un oprobio para la religión. Los impenitentes a veces os alabarán porque os parecéis tanto a ellos, y a veces se reirán de vosotros porque sois tan hipócritas.

8. Sabréis muy poco de la Biblia.

9. Si morís sin el Espíritu, caeréis en el infierno. De esto no puede haber duda. Sin el Espíritu nunca estaréis preparados para el cielo.

OBSERVACIONES.

1. Los cristianos son tan culpables por no tener el Espíritu como los pecadores por no arrepentirse.

2. Lo son aún más. Como tienen más luz, son tanto más culpables.

3. Todos los seres tienen derecho a quejarse de los cristianos que no están llenos del Espíritu. No estáis haciendo la obra de Dios, y él tiene derecho a quejarse. Ha puesto su Espíritu a vuestra disposición, y si no lo tenéis, tiene derecho a volverse hacia vosotros y haceros responsables de todo el bien que podríais hacer si lo poseyerais. Estáis pecando contra todo el cielo, porque deberíais estar engrosando sus felices filas. Los pecadores, la iglesia y los ministros tienen derecho a quejarse.

4. Estáis justo atravesados en el camino de la obra del Señor. Es en vano que un ministro trate de obrar pasando por encima de vuestra cabeza. Los ministros a menudo gimen y luchan, y se desgastan en vano tratando de hacer bien donde hay una iglesia que vive de tal manera que no tiene el Espíritu de Dios. Si en algún momento el Espíritu es derramado, la iglesia lo contristará enseguida. Así podéis atar las manos y quebrantar el corazón de vuestro pastor, y abatirlo, y quizá matarlo, porque no queréis estar llenos del Espíritu.

5. Veis la razón por la que los cristianos necesitan el Espíritu, y el grado de su dependencia. Esto nunca se podrá mostrar con demasiada fuerza.

6. No tentéis a Dios esperando su Espíritu sin usar medio alguno para procurar su presencia.

7. Si queréis tener el Espíritu, debéis ser como niños y ceder a sus influencias, tan dóciles como el aire. Si os está atrayendo a la oración, debéis dejarlo todo para ceder a sus suaves impulsos. Sin duda alguna vez habéis sentido el deseo de orar por algún asunto, y lo habéis aplazado y resistido, y Dios os dejó. Si queréis que permanezca, debéis ceder a sus movimientos más suaves y delicados, y velar para saber qué quiere que hagáis, y entregaros a su dirección.

8. Los cristianos deberían estar dispuestos a hacer cualquier sacrificio para gozar de la presencia del Espíritu. Una mujer de la alta sociedad, que profesaba la religión, dijo: «O dejo de oír predicar a tal ministro (y lo nombró), o tengo que dejar mi alegre compañía». Dejó la predicación y no volvió. ¡Qué distinto de otro caso!

Una mujer de la misma posición social oyó predicar al mismo ministro, y se fue a casa resuelta a abandonar su manera de vivir alegre y mundana: despidió a la mayoría de sus criados, cambió por completo su modo de vestir, sus carruajes, su manera de vivir y de conversar; de modo que sus amigos alegres y mundanos pronto estuvieron dispuestos a dejarla disfrutar de la comunión con Dios, libre para emplear su tiempo en hacer el bien.

9. Veis por esto que debe de ser muy difícil que los que viven en la sociedad de moda vayan al cielo. ¡Qué calamidad estar en tales círculos! ¿Quién puede gozar en ellos de la presencia de Dios?

10. Ved qué locos están los que se afanan por subir a esos círculos, agrandando sus casas, cambiando su estilo de vida, sus muebles, etc. Es como trepar a lo alto del mástil para ser arrojado al océano. Para gozar de Dios, tenéis que bajar, no subir allí. Dios no está allí, entre todo el almidón y la adulación de la alta sociedad.

11. Muchos que profesan la religión ignoran tanto la espiritualidad como Nicodemo ignoraba el nuevo nacimiento. Son ignorantes y, me temo, inconversos. Si alguien les habla del espíritu de oración, para ellos es todo álgebra. El caso de tales profesantes es terrible. ¡Qué distinto era el carácter de los apóstoles! Leed la historia de su vida, leed sus cartas, y veréis que siempre fueron espirituales y anduvieron diariamente con Dios. ¡Pero qué poco hay ahora de semejante religión! «Cuando el Hijo del hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?». Poned a algunos de estos profesantes a trabajar en un avivamiento, y no saben qué hacer, no tienen energía ni destreza, y no causan ninguna impresión. ¿Cuándo se pondrán a trabajar los que profesan la religión, llenos del Espíritu? Si pudiera ver a esta iglesia llena del Espíritu, no pediría nada más para mover toda esta inmensa masa de mentes. No pasarían dos semanas antes de que el avivamiento se extendiera por toda esta ciudad.

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