Discursos sobre el avivamiento de la religión
Discurso V. La oración de fe

Capítulo 7 · 35 min de lectura · 46 min de escucha

Discurso V. La oración de fe

DISCURSO V.

LA ORACIÓN DE FE.

Texto.—«Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá.»—Marcos 11:24.

ALGUNOS han supuesto que estas palabras se refieren exclusivamente a la fe de los milagros. Pero no hay la menor prueba de ello. Que nuestro Salvador no se propuso que el texto se refiriera exclusivamente a la fe de los milagros lo prueba el contexto en que se halla. Si leéis el capítulo, veréis que Cristo y sus apóstoles estaban en ese tiempo muy entregados a su obra, y muy dados a la oración; y al volver por la mañana de sus lugares de retiro, desfallecidos y hambrientos, vieron una higuera a poca distancia. Tenía un aspecto muy hermoso, y sin duda daba señales de tener fruto; pero cuando se acercaron, no hallaron en ella nada sino hojas. Y Jesús dijo: «Nunca más coma nadie fruto de ti para siempre.

«Y pasando por la mañana, vieron que la higuera se había secado desde las raíces.

«Entonces Pedro, acordándose, le dice: Maestro, he aquí la higuera que maldijiste se ha secado.

«Y respondiendo Jesús, les dice: Tened fe en Dios.

«Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que dijere le será hecho.»

Siguen luego las palabras del texto:

«Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá.»

Nuestro Salvador deseaba dar a sus discípulos instrucciones acerca de la naturaleza y el poder de la oración, y de la necesidad de una fe firme en Dios. Por eso presentó un caso muy fuerte, un milagro, uno tan grande como el traslado de un monte al mar. Y les dice que, si ejercen una fe debida en Dios, podrán hacer tales cosas. Pero sus palabras no han de limitarse a la fe que solo se refiere a obrar milagros, porque prosigue diciendo:

«Y cuando estuviereis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que vuestro Padre que está en los cielos os perdone también a vosotros vuestras ofensas.

«Porque si vosotros no perdonareis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas.»

¿Se refiere eso a milagros? Cuando oráis, tenéis que perdonar. ¿Se exige eso solo cuando un hombre quiere obrar un milagro? Hay muchas otras promesas en la Biblia estrechamente relacionadas con esta, y que hablan casi el mismo lenguaje, de las que se ha dispuesto todas de esta manera expeditiva, como si se refirieran a la fe empleada en los milagros. ¡Como si la fe de los milagros fuera algo distinto de la fe en Dios!

En mi último discurso traté el tema de «la oración que prevalece»; y recordaréis que pasé muy brevemente por el tema de la fe en la oración, porque deseaba reservarlo para un estudio aparte. El tema de esta noche es:

LA ORACIÓN DE FE.

Me propongo:

I. Mostrar que la fe es una condición indispensable de la oración que prevalece.

II. Mostrar qué es lo que hemos de creer cuando oramos.

III. Mostrar cuándo estamos obligados a ejercer esta fe, o a creer que recibiremos la cosa que pedimos.

IV. Mostrar que esta clase de fe en la oración siempre obtiene la bendición buscada.

V. Explicar cómo hemos de llegar al estado de ánimo en que podamos ejercer tal fe.

VI. Responder a varias objeciones que a veces se alegan contra estas ideas sobre la oración.

I. Que la fe es una condición indispensable de la oración que prevalece no se pondrá seriamente en duda. Existe el ofrecer deseos benevolentes, que son aceptables a Dios como tales, y que no incluyen el ejercicio de la fe en cuanto a la recepción efectiva de esas bendiciones. Pero tales deseos no son oración que prevalece, la oración de fe. Dios puede tener a bien conceder las cosas deseadas, como un acto de bondad y de amor, pero no sería propiamente en respuesta a la oración. Hablo ahora de la clase de fe que asegura la bendición. No me entendáis como si dijera que no hay nada en la oración que sea aceptable a Dios, o que incluso obtenga a veces la bendición, sin esta clase de fe. Pero hablo de la fe que asegura la misma bendición que busca. Para probar que la fe es indispensable para la oración que prevalece, basta repetir lo que el apóstol Santiago nos dice expresamente: «Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente, y no zahiere; y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es movida por el viento y echada de una parte a otra.»

II. Hemos de investigar qué hemos de creer cuando oramos.

1. Hemos de creer en la existencia de Dios —«es menester que el que a Dios se acerca crea que le hay»— y en su disposición a responder a la oración —«que le hay, y que es galardonador de los que le buscan»—. Hay muchos que creen en la existencia de Dios y no creen en la eficacia de la oración. Profesan creer en Dios, pero niegan la necesidad o la influencia de la oración.

2. Hemos de creer que recibiremos algo. ¿Qué? No algo, o cualquier cosa, según salga, sino alguna cosa particular que pedimos. No hemos de pensar que Dios es un ser tal que, si le pedimos un pez, nos dará una serpiente, o si le pedimos pan, nos dará una piedra. Sino que él dice: «Todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá». Con respecto a la fe de los milagros, es evidente que estaban obligados a creer que recibirían exactamente lo que pedían: que la misma cosa sucedería. Eso es lo que habían de creer. Ahora bien, ¿qué deben creer los hombres en cuanto a otras bendiciones? ¿Es una mera idea vaga de que, si un hombre ora por una bendición específica, Dios, por alguna soberanía misteriosa, le dará alguna cosa u otra a él, o alguna cosa a otra persona, en alguna parte? Cuando un hombre ora por la conversión de sus hijos, ¿ha de creer que se convertirán o bien sus hijos o bien los hijos de algún otro, y que es del todo incierto cuáles? Todo esto es un completo disparate, y sumamente deshonroso para Dios. No; hemos de creer que recibiremos las mismas cosas que pedimos.

III. ¿Cuándo estamos obligados a hacer esta oración? ¿Cuándo estamos obligados a creer que tendremos las mismas cosas por las que oramos? Respondo: cuando tenemos pruebas de ello. La fe tiene que tener siempre pruebas. Un hombre no puede creer una cosa a menos que vea algo que suponga ser una prueba. No tiene obligación de creer, ni derecho a creer, que una cosa se hará, a menos que tenga pruebas. Es el colmo del fanatismo creer sin pruebas. Las clases de pruebas que un hombre puede tener son las siguientes:

1. Supongamos que Dios ha prometido especialmente la cosa. Por ejemplo, Dios dice que está más dispuesto a dar su Espíritu Santo a los que se lo piden que los padres a dar pan a sus hijos. Aquí estamos obligados a creer que lo recibiremos cuando oremos por él. No tenéis derecho a poner un si y decir: «Señor, si es tu voluntad, danos tu Espíritu Santo». Esto es insultar a Dios. Poner un si en la promesa de Dios, donde Dios no ha puesto ninguno, equivale a acusar a Dios de no ser sincero. Es como decir: «Oh Dios, si hablas en serio al hacer estas promesas, concédenos la bendición por la que oramos».

Supe de un caso en que una joven convertida fue el medio de enseñar a un ministro una verdad solemne sobre el tema de la oración. Ella procedía de una familia muy impía, y fue a vivir con un ministro. Estando allí, se convirtió, según se esperaba, y daba buena muestra. Un día fue al estudio del ministro mientras él estaba en él, cosa que no acostumbraba hacer; y él pensó que debía de ocurrirle algo. Así que le pidió que se sentara y le preguntó con bondad por el estado de sus sentimientos religiosos; ella dijo que estaba afligida por la manera en que los antiguos miembros de la iglesia oraban por el Espíritu. Oraban para que viniera el Espíritu Santo, y parecían muy en serio, y alegaban las promesas de Dios, y luego decían: «Oh Señor, si es tu voluntad, concédenos estas bendiciones por amor de Cristo». A ella le parecía que decir «si es tu voluntad», cuando Dios lo ha prometido expresamente, era poner en duda si Dios era sincero en sus promesas. El ministro trató de disuadirla con razones, y desde luego logró confundirla. Pero ella estaba afligida y llena de pena, y dijo: «Yo no sé discutir este punto, señor, pero tengo grabado en el alma que está mal y que deshonra a Dios». Y se fue llorando angustiada. El ministro vio que no estaba convencida, y eso lo llevó a examinar de nuevo el asunto, y al fin vio que era poner un si donde Dios no había puesto ninguno, y donde había revelado expresamente su voluntad, y que era un insulto a Dios. Y fue y dijo a su iglesia que estaban obligados a creer que Dios hablaba en serio cuando les hacía una promesa. Y el espíritu de oración descendió sobre aquella iglesia, y siguió un avivamiento poderosísimo.

2. Cuando hay en las Escrituras una promesa general que podéis aplicar razonablemente al caso particular que tenéis delante. Si su verdadero significado incluye la cosa particular por la que oráis, o si podéis aplicar razonablemente al caso el principio de la promesa, ahí tenéis una prueba. Por ejemplo, supongamos que es un tiempo en que la maldad prevalece en gran manera, y os sentís movidos a orar para que Dios intervenga. ¿Qué promesa tenéis? Pues esta: «Cuando venga el enemigo como río, el Espíritu del Señor levantará bandera contra él». Aquí veis una promesa general que establece un principio del gobierno de Dios, que podéis aplicar al caso que tenéis delante, como garantía para ejercer la fe en la oración. Y si surge la cuestión de investigar el tiempo en que Dios concederá bendiciones en respuesta a la oración, tenéis esta promesa: «Aun estando ellos hablando, yo habré oído».

Hay en la Biblia una gran cantidad de promesas y principios generales de los que los cristianos podrían hacer uso, si tan solo quisieran pensar. Siempre que estéis en circunstancias a las que se apliquen las promesas o los principios, ahí habéis de usarlos. Un padre halla esta promesa: «La misericordia del Señor es desde el siglo y hasta el siglo sobre los que le temen, y su justicia sobre los hijos de los hijos; sobre los que guardan su pacto, y los que se acuerdan de sus mandamientos para ponerlos por obra». Pues bien, aquí hay una promesa hecha a los que poseen cierto carácter. Si algún padre tiene conciencia de que este es su carácter, tiene un fundamento legítimo para aplicársela a sí mismo y a su familia. Si tienes este carácter, estás obligado a hacer uso de esta promesa en la oración, y a creerla, hasta para los hijos de tus hijos.

Si tuviera tiempo esta noche, podría ir de un extremo de la Biblia al otro, y presentar una asombrosa variedad de textos que son aplicables como promesas; suficientes para probar que, en cualesquiera circunstancias en que se halle un hijo de Dios, Dios ha provisto en la Biblia alguna promesa, general o particular, que él puede aplicar y que se ajusta precisamente a su caso. Muchas de las promesas de Dios son muy amplias a propósito, para abarcar mucho terreno. ¿Qué puede haber más amplio que la promesa del texto: «Todo lo que pidiereis orando»? ¿Qué cristiano de oración hay que no se haya sorprendido de la longitud, y anchura, y plenitud de las promesas de Dios, cuando el Espíritu se las ha aplicado al corazón? ¿Quién que vive una vida de oración no se ha maravillado de su propia ceguera, por no haber visto y sentido antes la extensión de significado y la riqueza de esas promesas, cuando se contemplan a la luz del Espíritu de Dios? En tales momentos se ha asombrado de su propia ignorancia, y ha hallado que el Espíritu le aplicaba las promesas y declaraciones de la Biblia en un sentido en que nunca había soñado que pudieran aplicarse. La manera en que los apóstoles aplicaban las promesas, y profecías, y declaraciones del Antiguo Testamento pone en fuerte relieve la amplitud de significado, y la plenitud, y la riqueza de la palabra de Dios. El que anda a la luz del rostro de Dios, y está lleno del Espíritu de Dios como debe, hará a menudo una apropiación de promesas para sí mismo, y una aplicación de ellas a sus propias circunstancias y a las de aquellos por quienes ora, que un ciego que profesa la religión jamás soñaría.

3. Cuando hay alguna declaración profética de que la cosa por la que se ora es conforme a la voluntad de Dios. Cuando es claro por la profecía que el acontecimiento ha de venir ciertamente, estáis obligados a creerlo, y a hacerlo fundamento de vuestra fe especial en la oración. Si el tiempo no está especificado en la Biblia, y no hay pruebas de otras fuentes, no estáis obligados a creer que sucederá ahora, o de inmediato. Pero si el tiempo está especificado, o si puede conocerse por el estudio de las profecías, y parece haber llegado, entonces los cristianos tienen la obligación de entenderlo y aplicarlo, ofreciendo la oración de fe. Por ejemplo, tomad el caso de Daniel, en cuanto al regreso de los judíos del cautiverio. ¿Qué dice? «Yo Daniel miré atentamente en los libros el número de los años, del cual habló el Señor al profeta Jeremías, que había de concluir la asolación de Jerusalén en setenta años». Aquí aprendió por los libros, es decir, estudió su Biblia, y de ese modo entendió que la duración del cautiverio había de ser de setenta años. ¿Qué hace entonces? ¿Se sienta sobre la promesa y dice: «Dios se ha comprometido a poner fin al cautiverio en setenta años, y el tiempo ha expirado, y no hay necesidad de hacer nada»? ¡Oh, no!; dice: «Y volví mi rostro al Señor Dios, buscándole en oración y ruego, en ayuno, y cilicio, y ceniza». Se puso enseguida a orar para que la cosa se cumpliera. Oró con fe. Pero ¿qué había de creer? Lo que había aprendido de la profecía. Hay en la Biblia muchas profecías aún no cumplidas, que los cristianos están obligados a entender, en la medida en que son capaces de entenderlas, y luego hacerlas base de una oración creyente. No penséis, como algunos parecen pensar, que porque una cosa está predicha en la profecía no es necesario orar por ella, o que vendrá oren los cristianos por ella o no. No hay verdad en esto. Dios dice, en cuanto a esta misma clase de acontecimientos que están revelados en la profecía: «Sin embargo, por todas estas cosas seré solicitado por la casa de Israel, para hacerlo por ellos».

4. Cuando las señales de los tiempos, o la providencia de Dios, indican que una bendición particular está a punto de ser concedida, estamos obligados a creerlo. El Señor Jesucristo reprendió a los judíos, y los llamó hipócritas, porque no entendían las indicaciones de la Providencia. Sabían entender las señales del tiempo, y ver cuándo iba a llover y cuándo haría buen tiempo; pero no podían ver, por las señales de los tiempos, que había llegado el momento de que apareciera el Mesías y edificara la casa de Dios. Hay muchos que profesan la religión que siempre están tropezando y echándose atrás cada vez que se propone hacer algo. Siempre dicen: No ha llegado el tiempo, no ha llegado el tiempo; mientras hay otros que prestan atención a las señales de los tiempos, y que tienen discernimiento espiritual para entenderlas. Estos oran con fe por la bendición, y la bendición viene.

5. Cuando el Espíritu de Dios está sobre vosotros, y despierta fuertes deseos de alguna bendición, estáis obligados a orar por ella con fe. Estáis obligados a deducir, del hecho de que os sentís atraídos a desear tal cosa mientras ejercéis los santos afectos que produce el Espíritu de Dios, que esos deseos son obra del Espíritu. La gente no suele desear con la clase debida de deseos a menos que los despierte el Espíritu de Dios. El apóstol se refiere a estos deseos, despertados por el Espíritu, en su epístola a los Romanos, donde dice: «Y asimismo también el Espíritu ayuda nuestra debilidad; porque qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos; sino que el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos». Aquí, pues, si os halláis fuertemente atraídos a desear una bendición, habéis de entenderlo como una indicación de que Dios está dispuesto a conceder esa bendición particular, y por tanto estáis obligados a creerlo. Dios no juega con sus hijos. No va a despertar en ellos el deseo de una bendición para despacharlos luego con otra cosa. Sino que despierta precisamente los deseos que está dispuesto a satisfacer. Y cuando sienten tales deseos, están obligados a seguirlos hasta obtener la bendición.

IV. Procederé a mostrar que esta clase de fe siempre obtiene su objeto. El texto es claro aquí para mostrar que recibiréis la misma cosa por la que se ora. No dice: «Creed que recibiréis, y tendréis eso o alguna otra cosa equivalente». Para probar que esta fe obtiene la misma bendición pedida, observo:

1. Que de otro modo nunca podríamos saber si nuestras oraciones han sido respondidas. Y podríamos seguir orando y orando, mucho después de que la oración hubiera sido respondida con alguna otra bendición equivalente a la que pedimos.

2. Si no estamos obligados a esperar la misma cosa que pedimos, entonces el Espíritu de Dios tiene que estar engañándonos. ¿Por qué había de despertar en nosotros el deseo de cierta bendición, cuando se propone conceder otra cosa?

3. ¿Qué significa este pasaje: «Si un hombre pide pan, ¿le dará una piedra?»? ¿No reprende nuestro Salvador la idea de que la oración pueda ser respondida dando otra cosa? ¿Qué aliento tenemos para orar por nada en particular, si hemos de pedir una cosa y recibir otra? Supongamos que un cristiano orara por un avivamiento aquí: se le respondería con un avivamiento en China. O podría orar por un avivamiento, y Dios enviaría el cólera, o un terremoto. Toda la historia de la iglesia muestra que, cuando Dios responde a la oración, da a su pueblo la misma cosa por la que se ofrecen sus oraciones. Dios concede otras bendiciones, tanto a santos como a pecadores, por las que no oran en absoluto. Envía su lluvia sobre justos e injustos. Pero cuando responde a la oración, es haciendo lo que le piden que haga. Por supuesto, a menudo responde a la oración más de lo pedido. Les concede no solo lo que piden, sino que a menudo une a ello otras bendiciones.

4. Quizá sintáis aquí una dificultad en cuanto a las oraciones de Jesucristo. La gente puede preguntar a menudo: «¿No oró él en el huerto para que la copa le fuera quitada, y fue respondida su oración?». Respondo que esto no es ninguna dificultad, porque la oración fue respondida. La copa de la que oró ser librado le fue quitada. A esto se refiere el apóstol cuando dice: «El cual en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído por su reverente temor». Ahora pregunto: ¿en qué ocasión fue librado de la muerte, si no en esta? ¿Era de la muerte de la cruz de la que oraba ser librado? En absoluto. Sino que el caso fue este. Poco antes de ser entregado, le oímos decir a sus discípulos: «Mi alma está muy triste hasta la muerte». La angustia del alma vino rodando sobre él, hasta que estuvo a punto de morir, y salió al huerto a orar, y dijo a sus discípulos que velaran, y luego se apartó solo y oró: «Padre mío», dijo, «si es posible, pase de mí esta copa; pero no como yo quiero, sino como tú». En su agonía se levantó de sus rodillas y anduvo por el huerto, hasta llegar adonde estaban sus discípulos, y allí los vio profundamente dormidos. Los despertó y dijo: «¿Así no habéis podido velar conmigo una hora?». Y luego fue otra vez, porque estaba en tal angustia que no podía quedarse quieto, y de nuevo derramó su alma. Y la tercera vez se aparta y ora: «Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». Y entonces, la tercera vez que oró, se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. Y su mente se serenó y se calmó, y la copa había desaparecido. Hasta entonces había estado en tal agonía que su sudor era como grandes gotas de sangre, pero ahora todo había pasado.

Algunos han supuesto que oraba contra la cruz, y que suplicaba ser librado de morir en la cruz. ¿Retrocedió Cristo alguna vez ante la cruz? Jamás. Vino al mundo precisamente para morir en la cruz, y nunca retrocedió ante ella. Pero temía morir en el huerto antes de llegar a la cruz. La carga que pesaba sobre su alma era tan grande, y le producía tal agonía, que sentía como si estuviera a punto de morir. Su alma estaba muy triste hasta la muerte. Pero después que se le apareció el ángel, ya no oímos hablar más de la agonía de su alma. Había orado pidiendo ser librado de aquella copa, y su oración fue contestada. Se serenó, y no tuvo más sufrimiento interior hasta el momento mismo de expirar. Este caso, por tanto, no es ninguna excepción. Recibió exactamente lo que pidió, como él dice: «Yo sabía que siempre me oyes».

Pero hay otro caso que se cita a menudo: aquel en que el apóstol Pablo oró contra el aguijón en la carne. Dice: «Tres veces he rogado al Señor que lo quite de mí». Y Dios le respondió: «Bástate mi gracia». Es opinión del doctor Clarke y de otros que la oración de Pablo fue contestada en lo mismo que pidió; que «el aguijón en la carne, el mensajero de Satanás», del que habla, era un falso apóstol que había perturbado y pervertido a la iglesia de Corinto; que Pablo oró contra su influencia, y que el Señor le respondió asegurándole: «Bástate mi gracia». ¿Quién no sabe que así fue, y que la influencia de Pablo acabó triunfando?

Pero aun admitiendo que la oración de Pablo no fue contestada concediéndole lo que pedía en particular, para presentar este caso como una excepción a la oración de fe se ven obligados a dar por sentado precisamente lo que hay que probar, a saber, que el apóstol oró con fe. No hay razón para suponer que Pablo orara siempre con fe, más que cualquier otro cristiano. La manera misma en que Dios le respondió muestra que no fue con fe. Viene a decirle: «Ese aguijón es necesario para tu santificación, y para que no te enaltezcas sobremanera. Te lo envié con amor y con fidelidad, y no tienes por qué pedirme que te lo quite.—DÉJALO ESTAR».

No solo no hay prueba de que orara con fe, sino que hay una fuerte presunción de que no lo hizo. Por la historia es evidente que no tenía nada en que apoyar su fe. No había promesa expresa, ni promesa general que pudiera aplicarse, ni providencia de Dios, ni profecía, ni enseñanza del Espíritu de que Dios quitaría este aguijón; al contrario, la presunción era que Dios no lo quitaría. Se lo había dado con un propósito particular. Su oración parece haber sido egoísta, o al menos una oración contra una influencia meramente personal. No se trataba de un sufrimiento personal que estorbara su utilidad; al contrario, le fue dado para aumentar su utilidad manteniéndolo humilde; y porque por alguna razón le resultaba incómodo y humillante, se puso a orar movido por su propio corazón, evidentemente sin haber sido guiado a ello por el Espíritu de Dios. Pero ¿oraba Pablo con fe sin el Espíritu de Dios, más que cualquier otro hombre? ¿Y se atreverá alguien a decir que el Espíritu de Dios lo guió a pedir que se le quitara esto, cuando Dios mismo se lo había dado con un propósito particular, propósito que solo podía cumplirse si el aguijón seguía con él?

¿Por qué, entonces, se hace de esto una excepción a la regla general establecida en el texto, de que el hombre recibirá todo lo que pida con fe? Una vez me asombré y me dolí, en un examen público de un seminario teológico, al oírlos oscurecer el consejo con palabras sin sabiduría sobre este tema. Este caso de Pablo, y el de Cristo que acabo de mencionar, se citaron ambos como ejemplos para probar a sus estudiantes que la oración de fe no sería contestada en lo particular que se pidiera. Ahora bien, enseñar tales ideas, dentro o fuera de un seminario teológico, es jugar con la palabra de Dios y quebrantar el poder del ministerio cristiano. ¿Hemos llegado a esto, a que nuestros graves doctores de los seminarios se ocupen en enseñar a los atalayas de Sion a creer y a enseñar que no hay que esperar que la oración de fe sea contestada concediendo lo que pedimos? ¡Oh, no lo anunciéis en Gat, ni llegue el rumor a Ascalón! ¿Qué será de la iglesia mientras tales sean las opiniones de sus ministros más graves e influyentes? No quisiera ser duro ni censurador, pero como uno de los ministros de Jesucristo, me siento obligado a dar testimonio contra semejante perversión de la palabra de Dios.

5. Es evidente que la oración de fe obtendrá la bendición por el hecho de que nuestra fe descansa en la evidencia de que conceder esa cosa es la voluntad de Dios. No en la evidencia de que se concederá otra cosa, sino de que se concederá esta cosa en particular. Pero entonces, ¿cómo podemos tener evidencia de que se concederá esta cosa, si lo que se va a conceder es otra? Muchas veces las personas reciben más de lo que piden. Salomón pidió sabiduría, y Dios le concedió además riquezas y honra. Así, una esposa ora a veces por la conversión de su marido, y si ofrece la oración de fe, puede que Dios no solo le conceda esa bendición, sino que convierta también a su hijo y a toda su familia. Las bendiciones parecen a veces ir unidas, de modo que si un cristiano obtiene una, las obtiene todas.

V. Voy a mostrar cómo hemos de llegar a ese estado de ánimo en que podemos ofrecer tal oración. A veces la gente pregunta: «¿Cómo ofreceré tal oración? ¿Diré: Ahora voy a orar con fe por tal o cual bendición?». No; la mente humana no se mueve de ese modo. Lo mismo daría decir: «Ahora voy a hacer subir un espíritu del abismo sin fondo». Respondo:

1. Primero tenéis que obtener evidencia de que Dios concederá la bendición. ¿Cómo llegó Daniel a ofrecer la oración de fe? Escudriñó las Escrituras. Ahora bien, no dejéis vuestra Biblia en un estante esperando que Dios os revele sus promesas. Escudriñad las Escrituras, y ved dónde podéis hallar una promesa general o especial, o una profecía, sobre la cual podáis plantar los pies cuando oréis. Recorred la Biblia y la hallaréis llena de tales cosas: preciosas promesas que podéis alegar con fe. Nunca os faltarán objetos de oración si hacéis lo que hizo Daniel. Las personas tropiezan en este tema porque nunca hacen un uso adecuado de la Biblia.

Ocurrió un caso curioso en uno de los pueblos del oeste de este estado. Había allí un avivamiento. Cierto clérigo vino a visitar el lugar y oyó hablar mucho de la Oración de Fe. Quedó desconcertado por lo que decían, pues nunca había considerado el tema a la luz en que ellos lo consideraban. Preguntó al respecto al ministro que trabajaba allí. El ministro le pidió, con buen espíritu, que se fuera a casa, tomara su Nuevo Testamento, buscara los pasajes que se refieren a la oración, y recorriera las casas de sus feligreses más dados a la oración, preguntándoles cómo entendían esos pasajes. Dijo que lo haría, pues aunque aquellas ideas eran nuevas para él, estaba dispuesto a aprender. Lo hizo: fue a ver a sus hombres y mujeres de oración, les leyó los pasajes sin nota ni comentario y les preguntó qué pensaban. Halló que su sencillo sentido común los había llevado a entender esos pasajes y a creer que significan exactamente lo que dicen. Esto lo conmovió; y luego, el hecho mismo de ir de casa en casa poniendo las promesas delante de sus mentes despertó en ellos el espíritu de oración, y siguió un avivamiento.

Podría nombrar a muchas personas que se pusieron a examinar la Biblia sobre este tema y que, antes de llegar a la mitad, fueron llenas del espíritu de oración. Hallaron que Dios quería decir con sus promesas exactamente lo que un hombre sencillo y de sentido común entendería. Os aconsejo que lo probéis. Tenéis Biblias; recorredlas, y cada vez que halléis una promesa que podáis usar, fijadla en vuestra mente antes de seguir adelante; y me atrevo a predecir que no terminaréis el libro sin descubrir que las promesas de Dios significan exactamente lo que dicen.

2. Cultivad los buenos deseos que tengáis. Los cristianos pierden muy a menudo sus buenos deseos por no atender a esto; y entonces sus oraciones son meras palabras, sin deseo ni fervor alguno. Hay que cultivar el más mínimo anhelo. Si vuestro cuerpo estuviera a punto de congelarse y tuvierais aunque fuera la más pequeña chispa de fuego, ¡cómo la cuidaríais! Así también, si tenéis el menor deseo de una bendición, por pequeño que sea, no lo desperdiciéis. No contristéis al Espíritu. No os dejéis distraer. No perdáis los buenos deseos por la ligereza, por el espíritu censurador, por la mundanalidad. Velad y orad, y perseverad en ello, o nunca haréis la oración de fe.

2. La consagración total a Dios es indispensable para la oración de fe. Tenéis que vivir una vida santa y consagrarlo todo a Dios—vuestro tiempo, vuestros talentos, vuestra influencia—todo lo que tenéis y todo lo que sois, para ser enteramente suyos. Leed las vidas de hombres piadosos y os llamará la atención este hecho: que acostumbraban apartar tiempos para renovar su pacto y dedicarse de nuevo a Dios; y siempre que lo hicieron, siguió de inmediato una bendición. Si tuviera aquí a Edwards esta noche, podría leeros pasajes que muestran cómo era en sus días.

4. Tenéis que perseverar. No hay que pedir una cosa una vez y luego dejarlo, y llamar a eso la oración de fe. Mirad a Daniel. Oró veintiún días, y no cesó hasta obtener la bendición. Volvió su corazón y su rostro al Señor, buscándole en oración y ruego, con ayuno, cilicio y ceniza; y perseveró tres semanas, y entonces vino la respuesta. ¿Y por qué no vino antes? Dios envió a un arcángel para llevar el mensaje, pero el diablo lo estorbó todo ese tiempo. Ved lo que dice Cristo en la parábola del juez injusto y en la parábola de los panes. ¿Qué nos enseña con ellas? Pues que Dios contestará la oración cuando es insistente. «¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche?»

5. Si queréis orar con fe, procurad andar cada día con Dios. Si lo hacéis, él os dirá por qué orar. Sed llenos de su Espíritu, y él os dará bastantes objetos por los cuales orar. Os dará tanto del espíritu de oración como fuerzas corporales tengáis para soportarlo.

Un hombre bueno me dijo: «¡Oh, me muero por falta de fuerzas para orar! Mi cuerpo está aplastado, el mundo pesa sobre mí, ¡y cómo puedo dejar de orar!». He visto a ese hombre irse a la cama verdaderamente enfermo, de debilidad y desfallecimiento, bajo esa presión. Y lo he visto orar como si quisiera hacer violencia al cielo, y luego he visto venir la bendición tan claramente en respuesta a su oración como si hubiera sido revelada, de modo que nadie lo dudaría más que si Dios hubiera hablado desde el cielo. ¿Os digo cómo murió? Oraba más y más; solía poner delante de sí el mapa del mundo y orar, recorriendo con la vista los diferentes países y orando por ellos, hasta que expiró literalmente en su cuarto, orando. ¡Hombre bienaventurado! Era el oprobio de los impíos y de los que profesan la religión con un corazón carnal e incrédulo, pero era el favorito del cielo, y un príncipe que prevalecía en la oración.

VI. Me referiré a algunas objeciones que se presentan contra esta doctrina.

1. «Conduce al fanatismo y equivale a una nueva revelación». ¿Por qué ha de ser esto piedra de tropiezo? Tienen que tener evidencia para creer antes de poder ofrecer la oración de fe. Y si Dios da otra evidencia además de la de los sentidos, ¿dónde está la objeción? Es cierto que, en un sentido, esto es una nueva revelación: es dar a conocer algo por su Espíritu. Pero es precisamente la revelación que Dios ha prometido dar. Es justamente la que hemos de esperar, si la Biblia es verdadera: que cuando no sabemos qué hemos de pedir conforme a la voluntad de Dios, su Espíritu ayuda nuestra debilidad y nos enseña exactamente lo que hemos de pedir. ¿Negaremos la enseñanza del Espíritu?

2. A menudo se pregunta: «¿Es deber nuestro hacer la oración de fe por la salvación de todos los hombres?». Respondo: No; porque eso no es conforme a la voluntad de Dios. Es directamente contrario a su voluntad revelada. No tenemos evidencia de que todos se salvarán. Debemos sentir benevolencia hacia todos y, considerada la cosa en sí misma, desear su salvación. Pero Dios nos ha revelado que muchos de la raza humana serán condenados. Y no puede ser un deber creer que todos se salvarán, frente a una revelación en sentido contrario. En la oración de Cristo, en el capítulo diecisiete de Juan, dijo expresamente: «No ruego por el mundo, sino por los que me diste».

3. Pero dicen algunos: «Si hiciéramos esta oración por todos los hombres, ¿no se salvarían todos?». Respondo: Sí; y también se salvarían si todos se arrepintieran. Pero no lo harán. Ni tampoco los cristianos harán la oración de fe por todos, porque no hay evidencia en que fundar la creencia de que Dios se propone salvar a todos los hombres.

4. Pero preguntáis: «¿Por quiénes hemos de hacer esta oración? Queremos saber en qué casos, por qué personas y lugares, y en qué momentos, etc., hemos de hacer la oración de fe». Respondo, como ya he respondido: cuando tengáis evidencia, por las promesas, o las profecías, o las providencias, o la dirección del Espíritu, de que Dios hará las cosas que pedís.

5. «¿Cómo es que tantas oraciones de padres piadosos por sus hijos no son contestadas? ¿No dijiste que había una promesa que los padres piadosos pueden aplicar a sus hijos? ¿Por qué, entonces, tantos padres piadosos y de oración han tenido hijos impenitentes que murieron en sus pecados?» Concedido que así sea, ¿qué prueba eso? Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso. ¿Qué hemos de creer: que la promesa de Dios ha fallado, o que esos padres no cumplieron con su deber? Quizá no creyeron la promesa, o no creían que existiera tal cosa como la oración de fe. Dondequiera que halléis a alguien que profesa la religión y no cree en tal oración, hallaréis, por regla general, que tiene hijos y criados todavía en sus pecados. Y no es de extrañar, a menos que se conviertan en respuesta a las oraciones de algún otro.

6. «¿No conducirán estas ideas al fanatismo? ¿No pensarán muchos que están haciendo la oración de fe cuando no es así?» Esa es la misma objeción que los unitarios presentan contra la doctrina de la regeneración: que muchos piensan que han nacido de nuevo cuando no es así. Es un argumento contra toda religión espiritual, sea cual sea. Algunos creen tenerla cuando no la tienen, y son fanáticos. Pero hay quienes saben lo que es la oración de fe, igual que hay quienes saben lo que es la experiencia espiritual, aunque ello haga tropezar a los que profesan la religión con un corazón frío y no la conocen. Aun los ministros se exponen a menudo a la reprensión que Cristo dirigió a Nicodemo: «¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?»

OBSERVACIONES.

1. Las personas que no han conocido por experiencia lo que es esto tienen sobrados motivos para dudar de su piedad. Esto no es en modo alguno falta de caridad. Que se examinen a sí mismas. Es de temer que entiendan la oración como Nicodemo entendía el nuevo nacimiento. No han andado con Dios, y no se les puede describir, como no se le puede describir un hermoso cuadro a un ciego que no ve los colores. Muchos de los que profesan la religión entienden de la oración de fe tanto como un ciego de colores.

2. Hay razón para creer que millones están en el infierno porque los que profesan la religión no han hecho la oración de fe. Cuando tenían las promesas delante de los ojos, no han tenido fe suficiente para usarlas. Así, los padres dejan que sus hijos, aun hijos bautizados, desciendan al infierno porque no quisieron creer las promesas de Dios. Sin duda los maridos de muchas mujeres han ido al infierno, cuando ellas podrían haber prevalecido con Dios en oración y haberlos salvado. Las señales de los tiempos y las indicaciones de la Providencia eran quizá favorables, y el Espíritu de Dios les inspiraba deseos por su salvación, y tenían evidencia suficiente para creer que Dios estaba dispuesto a conceder una bendición; y si tan solo hubieran orado con fe, Dios la habría concedido; pero Dios la apartó porque no quisieron discernir las señales de los tiempos.

3. Decís: «Esto deja a la iglesia bajo una gran carga de culpa». Es cierto, así es; y sin duda multitudes comparecerán ante Dios cubiertas por completo de la sangre de almas que se han perdido por su falta de fe. Las promesas de Dios, acumuladas en sus Biblias, los mirarán a la cara y con su peso los hundirán en el infierno.

4. Muchos de los que profesan la religión viven tan lejos de Dios que hablarles de la oración de fe les resulta del todo ininteligible. Muy a menudo la mayor ofensa posible para ellos es predicar sobre esta clase de oración.

5. Quiero hacer unas cuantas preguntas a los que profesan la religión y están aquí. ¿Sabéis lo que es orar con fe? ¿Habéis orado alguna vez de esta manera? ¿Habéis orado hasta que vuestra mente tuvo la seguridad de que la bendición vendría, hasta sentir ese descanso en Dios, esa confianza, tan perfecta como si vierais a Dios bajar del cielo para dárosla? Si no, deberíais examinar vuestro fundamento. ¿Cómo podéis vivir sin orar nunca con fe? ¿Cómo vivís mirando a vuestros hijos, sin tener ninguna seguridad de que se convertirán? Uno pensaría que os volveríais locos. Conocí a un padre en el Oeste; era un hombre bueno, pero tenía ideas erróneas acerca de la oración de fe, y todos sus hijos habían llegado a mayores sin que ninguno se convirtiera. Al fin su hijo enfermó y parecía a punto de morir. El padre oraba, pero el hijo empeoraba y parecía hundirse en la tumba sin esperanza. El padre oró hasta que su angustia fue indecible. Fue al fin y oró—(no parecía haber esperanza de que su hijo viviera)—, pero derramó su alma como quien no acepta un no por respuesta, hasta que al fin obtuvo la seguridad de que su hijo no solo viviría, sino que se convertiría; y no solo este, sino que toda su familia se convertiría a Dios. Entró en la casa y dijo a su familia que su hijo no moriría. Se quedaron asombrados. «Os digo—dice él—que no morirá. Y ningún hijo mío morirá jamás en sus pecados». Todos los hijos de aquel hombre se convirtieron hace años.

¿Qué pensáis de esto? ¿Era fanatismo? Si así lo creéis, es porque no sabéis nada del asunto. ¿Oráis vosotros así? ¿Vivís de tal manera que podáis hacer tal oración por vuestros hijos? Sé que los hijos de los que profesan la religión pueden a veces convertirse en respuesta a las oraciones de algún otro. Pero ¿debéis vivir así? ¿Os atrevéis a confiar en las oraciones de otros, cuando Dios os llama a sostener esta importantísima relación con vuestros hijos?

Finalmente—Ved qué esfuerzo combinado se hace para deshacerse de la Biblia. Los impíos quieren desechar las amenazas de la Biblia, y la iglesia las promesas. ¿Y qué queda? Entre unos y otros, dejan la Biblia en blanco. Lo digo con amor: ¿para qué sirven nuestras Biblias si no echamos mano de sus preciosas promesas y las usamos como fundamento de nuestra fe cuando pedimos la bendición de Dios? Más os valdría enviar vuestras Biblias a los paganos, donde harán algún bien, si no vais a creerlas y usarlas. No tengo evidencia de que haya mucho de esta oración ahora en esta iglesia ni en esta ciudad. ¿Y qué será de ella? ¿Qué será de vuestros hijos? ¿de vuestros vecinos? ¿de los impíos?

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