Capítulo 4 · 28 min de lectura · 36 min de escucha
Discurso II. Cuándo cabe esperar un avivamiento
DISCURSO II.
CUÁNDO CABE ESPERAR UN AVIVAMIENTO.
Texto.—¿No volverás a darnos vida, para que tu pueblo se regocije en ti?—Salmo 85:6.
ESTE Salmo parece haber sido escrito poco después del regreso del pueblo de Israel del cautiverio de Babilonia, como fácilmente veréis por el lenguaje con que comienza. El salmista sentía que Dios había sido muy favorable a su pueblo, y mientras contemplaba la bondad del Señor al traerlos de vuelta de la tierra adonde habían sido llevados cautivos, y mientras miraba las perspectivas que tenían por delante, prorrumpe en una oración pidiendo un avivamiento religioso: «¿No volverás a darnos vida, para que tu pueblo se regocije en ti?» Puesto que Dios, en su providencia, había restablecido entre ellos las ordenanzas de su casa, ora para que haya también un avivamiento religioso que corone la obra.
El viernes pasado traté de mostrar lo que no es un avivamiento religioso; lo que es un avivamiento; y los agentes que han de intervenir en su promoción. Los temas a los que deseo llamar vuestra atención esta noche son:
I. Cuándo se necesita un avivamiento religioso.
II. La importancia de un avivamiento cuando se necesita.
III. Cuándo se puede esperar un avivamiento religioso.
I. ¿CUÁNDO SE NECESITA UN AVIVAMIENTO RELIGIOSO?
1. Cuando falta el amor fraternal y la confianza cristiana entre los que profesan la religión, entonces se necesita un avivamiento. Entonces hay un fuerte llamado a que Dios avive su obra. Cuando los cristianos han caído en un estado bajo y de apartamiento, ni tienen, ni deben tener, ni hay razón para que tengan, el mismo amor y la misma confianza unos hacia otros que cuando todos están llenos de vida, activos y viviendo vidas santas. El amor de benevolencia puede ser el mismo, pero no el amor de complacencia. Dios ama a todos los hombres con amor de benevolencia, pero no siente amor de complacencia sino hacia los que viven en santidad. Los cristianos no se aman ni pueden amarse unos a otros con amor de complacencia sino en proporción a su santidad. Si el amor cristiano es el amor a la imagen de Cristo en su pueblo, entonces nunca puede ejercerse sino donde esa imagen existe real o aparentemente. Una persona tiene que reflejar la imagen de Cristo y mostrar el espíritu de Cristo antes que otros cristianos puedan amarla con amor de complacencia. Es en vano llamar a los cristianos a amarse unos a otros con amor de complacencia, como cristianos, cuando están hundidos en el letargo. No ven nada unos en otros que produzca este amor. Es casi imposible que sientan unos hacia otros algo distinto de lo que sienten hacia los pecadores. El mero hecho de saber que pertenecen a la iglesia, o de verlos de vez en cuando en la mesa de la comunión, no producirá amor cristiano, a menos que vean la imagen de Cristo.
2. Cuando hay disensiones, celos y murmuraciones entre los que profesan la religión, entonces hay gran necesidad de un avivamiento. Estas cosas muestran que los cristianos se han alejado mucho de Dios, y que es hora de pensar seriamente en un avivamiento. La religión no puede prosperar con tales cosas en la iglesia, y nada puede ponerles fin como un avivamiento.
3. Cuando hay un espíritu mundano en la iglesia. Es evidente que la iglesia ha caído en un estado bajo y de apartamiento cuando veis a los cristianos conformarse al mundo en el vestir, en los carruajes, en las fiestas, buscando diversiones mundanas, leyendo novelas y otros libros como los que lee el mundo. Esto muestra que están lejos de Dios, y que hay gran necesidad de un avivamiento religioso.
4. Cuando la iglesia ve que sus miembros caen en pecados graves y escandalosos, entonces es hora de que la iglesia despierte y clame a Dios por un avivamiento religioso. Cuando ocurren cosas que dan a los enemigos de la religión ocasión de vituperio, es hora de que la iglesia pregunte a Dios: «¿Qué será de tu gran nombre?»
5. Cuando hay un espíritu de controversia en la iglesia o en el país, un avivamiento es necesario. El espíritu de la religión no es el espíritu de controversia. No puede haber prosperidad en la religión donde prevalece el espíritu de controversia.
6. Cuando los impíos triunfan sobre la iglesia y la vilipendian, es hora de buscar un avivamiento religioso.
7. Cuando los pecadores están descuidados y aletargados, y se hunden en el infierno sin inquietarse, es hora de que la iglesia se ponga en acción. Es tan deber de la iglesia despertar como lo es de los bomberos despertar cuando estalla un incendio de noche en una gran ciudad. La iglesia debería apagar los fuegos del infierno que se están apoderando de los impíos. ¡Dormir! Si los bomberos durmieran y dejaran que toda la ciudad ardiera hasta los cimientos, ¿qué se pensaría de tales bomberos? Y, sin embargo, su culpa no podría compararse con la culpa de los cristianos que duermen mientras los pecadores a su alrededor se hunden, aletargados, en los fuegos del infierno.
II. VOY A MOSTRAR LA IMPORTANCIA DE UN AVIVAMIENTO RELIGIOSO EN TALES CIRCUNSTANCIAS.
1. Un avivamiento religioso es lo único posible que puede quitar el oprobio que cubre a la iglesia y devolver a la religión el lugar que debe tener en la estima del público. Sin un avivamiento, este oprobio cubrirá a la iglesia cada vez más, hasta que quede sepultada bajo el desprecio universal. Podéis hacer cualquier otra cosa que os plazca, y podéis cambiar en algunos aspectos la apariencia de la sociedad, pero no haréis ningún bien real; sin un avivamiento religioso solo lo empeoráis. Podéis ir y edificar una espléndida casa de culto nueva, tapizar vuestros bancos de damasco, levantar un púlpito costoso, conseguir un órgano magnífico y todo lo de ese estilo, para hacer ostentación y lucimiento, y de ese modo quizá obtengáis entre los impíos cierta clase de respeto por la religión, pero en realidad no sirve de nada. Más bien hace daño. Los engaña en cuanto a la verdadera naturaleza de la religión; y lejos de convertirlos, los aleja más de la salvación. Mirad dondequiera que hayan rodeado el altar del cristianismo de esplendor, y hallaréis que la impresión producida es contraria a la verdadera naturaleza de la religión. Tiene que haber un despertar de energía por parte de los cristianos, y un derramamiento del Espíritu de Dios, o el mundo se reirá de la iglesia.
2. Ninguna otra cosa restaurará el amor y la confianza cristianos entre los miembros de la iglesia. Nada sino un avivamiento religioso puede restaurarlos, y nada más debería restaurarlos. No hay otro modo de despertar ese amor de los cristianos unos por otros que a veces se siente, cuando tienen un amor tal que no pueden expresarlo. No podéis tener ese amor sin confianza; y no podéis restaurar la confianza sin una evidencia de piedad como la que se ve en un avivamiento. Si un ministro descubre que ha perdido en algún grado la confianza de su pueblo, debe trabajar por un avivamiento como el único medio de recobrar su confianza. No quiero decir que este deba ser su motivo al trabajar por un avivamiento, recobrar la confianza de su pueblo, sino que un avivamiento por medio de él, y por lo común ninguna otra cosa, le devolverá la confianza de la parte de su pueblo que ora. Así, si un anciano o un miembro particular de la iglesia encuentra a sus hermanos fríos hacia él, no hay más que un modo de remediarlo. Es ser avivado él mismo, y dejar que de sus ojos y de su vida brote el esplendor de la imagen de Cristo. Este espíritu prenderá y se extenderá en la iglesia, y la confianza se renovará, y el amor fraternal volverá a prevalecer.
3. En tal tiempo, un avivamiento religioso es indispensable para apartar de la iglesia los juicios de Dios. Esta sería una predicación extraña si los avivamientos fueran solo milagros, y si la iglesia no tuviera en producirlos más parte que en provocar una tormenta. Decir a la iglesia que, a menos que haya un avivamiento, podéis esperar juicios, sería entonces tan ridículo como decir: Si no tenéis una tormenta, podéis esperar juicios. El hecho es que los cristianos son más culpables por no ser avivados que los pecadores por no convertirse. Y si no despiertan, pueden saber con certeza que Dios los visitará con sus juicios. ¡Cuántas veces visitó Dios con juicios a la iglesia judía porque no quisieron arrepentirse y ser avivados al llamado de sus profetas! ¡Cuántas veces hemos visto iglesias, y aun denominaciones enteras, malditas con maldición, porque no quisieron despertar y buscar al Señor, y orar: «¿No volverás a darnos vida, para que tu pueblo se regocije en ti?»!
4. Nada sino un avivamiento religioso puede preservar a una iglesia así de la desaparición. Una iglesia que decae de esta manera no puede seguir existiendo sin un avivamiento. Si recibe nuevos miembros, en su mayor parte serán personas impías. Sin avivamientos, ordinariamente no se convertirán en un año tantas personas como las que mueren. Ha habido iglesias en este país en las que los miembros fueron muriendo, y no hubo avivamientos que convirtieran a otros en su lugar, hasta que la iglesia se extinguió y la organización se disolvió.
Un ministro me contó que una vez trabajó como misionero en Virginia, en la región donde un hombre como Samuel Davies brilló y resplandeció en otro tiempo como una antorcha encendida; y que la iglesia de Davies había quedado tan reducida que solo tenía un miembro varón, y este, si mal no recuerdo, era un hombre de color. La iglesia se había vuelto orgullosa y se había extinguido por completo. He oído de una iglesia en Pensilvania que antes era floreciente, pero descuidó los avivamientos, y quedó tan reducida que el pastor tenía que mandar a buscar un anciano gobernante a una iglesia vecina cuando administraba la comunión. ¿Por qué no dejar, en un caso así, que cualquier miembro de la iglesia, hombre o mujer, reparta los elementos? ¿Es indispensable tener un anciano?
5. Nada sino un avivamiento religioso puede impedir que los medios de gracia hagan un gran daño a los impíos. Sin un avivamiento, se endurecerán cada vez más bajo la predicación, y sufrirán una condenación más horrible que la que sufrirían si nunca hubieran oído el Evangelio. Vuestros hijos y vuestros amigos descenderán a una suerte mucho más horrible en el infierno, a consecuencia de los medios de gracia, si no hay avivamientos que los conviertan a Dios. Mejor les sería que no hubiera medios de gracia, ni santuario, ni Biblia, ni predicación, y que nunca hubieran oído el Evangelio, que vivir y morir donde no hay avivamiento. El Evangelio es olor de muerte para muerte, si no se hace olor de vida para vida.
6. No hay otro modo en que una iglesia pueda ser santificada, crecer en la gracia y ser preparada para el cielo. ¿Qué es crecer en la gracia? ¿Es oír sermones y adquirir algunas nociones nuevas acerca de la religión? No, nada de eso. El cristiano que hace esto, y nada más, va de mal en peor, cada vez más endurecido, y cada semana resulta más difícil despertarlo a su deber.
III. VOY A MOSTRAR CUÁNDO SE PUEDE ESPERAR UN AVIVAMIENTO RELIGIOSO.
1. Cuando la providencia de Dios indica que un avivamiento está cerca. Las indicaciones de la providencia de Dios son a veces tan claras que equivalen a una revelación de su voluntad. Hay una conjunción de acontecimientos que abren el camino, una preparación de circunstancias que favorecen un avivamiento, de modo que quienes están atentos pueden ver que un avivamiento está cerca, tan claramente como si hubiera sido revelado desde el cielo. Se han dado casos en este país en que las manifestaciones providenciales eran tan claras que los observadores cuidadosos no vacilaron en decir que Dios venía a derramar su Espíritu y a conceder un avivamiento religioso. Hay diversas maneras en que Dios indica su voluntad a un pueblo: a veces dándole medios especiales, a veces mediante acontecimientos singulares y alarmantes, a veces favoreciendo de modo notable el empleo de los medios, por el tiempo, la salud, etc.
2. Cuando la maldad de los impíos aflige, humilla y angustia a los cristianos. A veces los cristianos no parecen preocuparse en absoluto por la maldad que los rodea. O si hablan de ella, es de un modo frío, insensible y sin sentimiento, como si desesperaran de una reforma: están dispuestos a reñir a los pecadores, no a sentir por ellos la compasión del Hijo de Dios. Pero a veces la conducta de los impíos empuja a los cristianos a la oración, los quebranta y los vuelve afligidos y tiernos de corazón, de modo que pueden llorar día y noche, y en lugar de reñirlos y reprocharlos, oran fervientemente por ellos. Entonces podéis esperar un avivamiento. De hecho, esto ya es un avivamiento comenzado. A veces los impíos levantan una oposición a la religión. Y cuando esto lleva a los cristianos a ponerse de rodillas en oración a Dios, con gran clamor y lágrimas, podéis estar seguros de que va a haber un avivamiento. El predominio de la maldad no es en absoluto prueba de que no vaya a haber un avivamiento. Ese es a menudo el tiempo de Dios para obrar. Cuando el enemigo viene como río, el Espíritu del Señor levanta bandera contra él. Muchas veces la primera señal de un avivamiento es que el diablo trama algo nuevo en oposición. Esto tendrá invariablemente uno de dos efectos. O llevará a los cristianos a Dios, o los alejará más de Dios, hacia alguna política carnal u otra que solo empeorará las cosas. Con frecuencia la maldad más escandalosa de los impíos va seguida de un avivamiento. Si los cristianos llegan a sentir que no tienen otra esperanza que Dios, y si les queda suficiente sentimiento para que les importe la honra de Dios y la salvación de las almas de los impenitentes, ciertamente habrá un avivamiento. Que el infierno hierva y se desborde si quiere, y vomite tantos demonios como piedras hay en las calles: si eso solo lleva a los cristianos a Dios en oración, no podrán impedir un avivamiento. Que Satanás arme un alboroto y toque su cuerno tan fuerte como quiera; si los cristianos tan solo se humillan y oran, pronto verán el brazo desnudo de Dios en un avivamiento religioso. He conocido casos en que un avivamiento irrumpió en las filas del enemigo casi tan repentinamente como un trueno, y las dispersó, tomó como trofeos a los mismos cabecillas y deshizo su partido en un instante.
3. Se puede esperar un avivamiento cuando los cristianos tienen un espíritu de oración por un avivamiento. Es decir, cuando oran como si su corazón estuviera puesto en un avivamiento. A veces los cristianos no están ocupados en orar por un avivamiento, ni siquiera cuando oran con fervor. Su mente está en otra cosa; oran por otra cosa—la salvación de los paganos y cosas semejantes—y no por un avivamiento entre ellos mismos. Pero cuando sienten la falta de un avivamiento, oran por él; sienten por sus propias familias y sus vecindarios, y oran por ellos como si no pudieran recibir una negativa. ¿Qué constituye un espíritu de oración? ¿Son muchas oraciones y palabras fervientes? No. La oración es el estado del corazón. El espíritu de oración es un estado de deseo continuo y de ansiedad del alma por la salvación de los pecadores. Es algo que los abruma. Es lo mismo, en lo que toca a la filosofía de la mente, que cuando un hombre está ansioso por algún interés mundano. El cristiano que tiene este espíritu de oración siente ansiedad por las almas. Es el tema de sus pensamientos todo el tiempo, y lo hace parecer y obrar como si llevara un peso en el alma. Piensa en ello de día y sueña con ello de noche. Esto es, propiamente, orar sin cesar. Las oraciones de ese hombre parecen brotar de su corazón líquidas como el agua: «Oh Señor, aviva tu obra». A veces este sentimiento es muy profundo; ha habido personas tan abatidas que no podían ni estar de pie ni sentadas. Puedo nombrar a hombres que han pasado por este estado, de nervios firmes y de gran reputación, que han quedado literalmente aplastados de dolor por el estado de los pecadores. Han tenido una verdadera agonía de parto en el alma por los pecadores, hasta quedar tan indefensos como niños. El sentimiento no siempre es tan intenso como esto, pero tales cosas son mucho más comunes de lo que se supone. En los grandes avivamientos de 1826 eran comunes. Esto no es en modo alguno fanatismo. Es exactamente lo que sentía Pablo cuando dice: «Hijitos míos, de quienes estoy de parto». Supe de una persona en este Estado que oraba por los pecadores, y al fin llegó a tal estado de ánimo que no podía vivir sin oración. No podía descansar ni de día ni de noche a menos que alguien estuviera orando. Entonces quedaba tranquila; pero si dejaban de orar, gritaba de angustia hasta que volvía a haber oración. Y esto continuó durante dos días, hasta que prevaleció en la oración y su alma halló alivio. Esta agonía de parto del alma es esa profunda angustia que sienten las personas cuando se aferran a Dios por una bendición semejante, y no lo dejan ir hasta recibirla. No quiero que se me entienda como si fuera esencial para el espíritu de oración que la angustia sea tan grande como esta. Pero este deseo profundo, continuo y ferviente de la salvación de los pecadores es lo que constituye el espíritu de oración por un avivamiento. Hay un avivamiento comenzado hasta donde se extiende este espíritu de oración.
Cuando este sentimiento existe en una iglesia, a menos que el Espíritu sea contristado y alejado por el pecado, habrá infaliblemente un avivamiento general entre los cristianos, y traerá consigo la conversión de pecadores a Dios. Esta ansiedad y angustia va en aumento hasta que comienza el avivamiento. Un ministro de W——n me contó de un avivamiento entre su gente que comenzó con una mujer celosa y consagrada de la iglesia. Ella se inquietó por los pecadores y se puso a orar por ellos; oraba, y su angustia crecía; y finalmente fue a ver a su ministro, habló con él y le pidió que convocara una reunión de inquiridores, porque sentía que hacía falta. El ministro le dio largas, pues él no sentía nada de eso. A la semana siguiente volvió y le rogó que convocara una reunión de inquiridores; sabía que alguien vendría, porque sentía que Dios iba a derramar su Espíritu. Él volvió a darle largas. Y por fin ella le dijo: «Si no convocas una reunión de inquiridores, me moriré, porque con toda seguridad va a haber un avivamiento». El domingo siguiente él convocó una reunión y dijo que, si había algunos que desearan conversar con él acerca de la salvación de sus almas, los recibiría tal noche. No sabía de uno solo; pero cuando llegó al lugar, para su asombro encontró un gran número de inquiridores ansiosos. Ahora bien, ¿no creéis que aquella mujer sabía que iba a haber un avivamiento? Llamadlo como queráis: una nueva revelación, una revelación antigua o cualquier otra cosa. Yo digo que fue el Espíritu de Dios quien enseñó a aquella mujer de oración que iba a haber un avivamiento. «El secreto del Señor» estaba con ella, y ella lo sabía. Sabía que Dios había estado en su corazón y lo había llenado tanto que ya no podía contenerse más.
A veces los ministros han tenido esta angustia por sus congregaciones, de modo que sentían que no podrían vivir si no veían un avivamiento. A veces los ancianos y diáconos, o miembros particulares de la iglesia, hombres o mujeres, tienen el espíritu de oración por un avivamiento de la religión, de tal manera que perseveran y prevalecen con Dios, hasta que él derrama su Espíritu. El primer rayo de luz que irrumpió en la medianoche que pesaba sobre las iglesias del condado de Oneida, en el otoño de 1825, vino de una mujer de salud débil que, según creo, nunca había estado en un avivamiento poderoso. Su alma estaba ejercitada por los pecadores. Estaba en agonía por la tierra. No sabía qué le pasaba, pero siguió orando más y más, hasta que parecía que su agonía iba a destruir su cuerpo. Al fin se llenó de gozo y exclamó: «¡Dios ha venido! ¡Dios ha venido! No hay duda alguna: la obra ha comenzado y se está extendiendo por toda la región». Y, en efecto, la obra comenzó, casi toda su familia se convirtió, y la obra se extendió por toda aquella parte del país. Ahora bien, ¿creéis que aquella mujer estaba engañada? Yo os digo que no. Sabía que había prevalecido con Dios en oración. Había estado de parto por las almas, y lo sabía. Este no fue el único caso, ni mucho menos, que conocí en aquella región.
Por lo general, son muy pocos los que profesan la religión que saben algo de este espíritu de oración que prevalece con Dios. Me he asombrado al ver relatos como los que a menudo se publican sobre avivamientos, como si el avivamiento hubiera venido sin causa alguna, sin que nadie supiera por qué ni cómo. A veces he indagado en tales casos, cuando se había hecho correr que nadie sabía nada del asunto hasta que un domingo vieron en el rostro de la congregación que Dios estaba allí, o lo vieron en su salón de conferencias o en la reunión de oración, y quedaron asombrados ante la misteriosa soberanía de Dios, que traía un avivamiento sin ninguna relación aparente con los medios. Ahora fijaos bien. Id e indagad entre los miembros desconocidos de la iglesia, y siempre encontraréis que alguien había estado orando por un avivamiento y lo estaba esperando: algún hombre o alguna mujer había estado agonizando en oración por la salvación de los pecadores hasta obtener la bendición. Puede que el avivamiento hallara al ministro y al grueso de la iglesia profundamente dormidos, y que estos despertaran de repente, como un hombre que apenas se frota los ojos para abrirlos y corre por la habitación tirando cosas, preguntándose de dónde viene todo este alboroto. Pero aunque pocos lo supieran, podéis estar seguros de que había alguien en la atalaya, constante en la oración hasta que vino la bendición. Por lo general, un avivamiento es más o menos extenso según haya más o menos personas que tengan el espíritu de oración. Pero no me detendré más en este tema por ahora, ya que el tema de la oración volverá a tratarse en esta serie de discursos.
4. Otra señal de que puede esperarse un avivamiento es cuando la atención de los ministros se dirige especialmente a este objetivo particular, y cuando su predicación y sus demás esfuerzos apuntan particularmente a la conversión de pecadores. La mayor parte del tiempo, al parecer, las labores de los ministros se dirigen a otros objetivos. Parecen predicar y trabajar sin ningún propósito particular de lograr la conversión inmediata de los pecadores. Y entonces no hay por qué esperar que haya un avivamiento bajo su predicación. Nunca habrá un avivamiento hasta que alguien haga esfuerzos particulares con este fin. Pero cuando la atención de un ministro se dirige al estado de las familias de su congregación, y su corazón está lleno del sentimiento de la necesidad de un avivamiento, y cuando él pone en práctica los esfuerzos adecuados con este fin, entonces podéis estar preparados para esperar un avivamiento. Como expliqué la semana pasada, la relación entre el uso correcto de los medios para un avivamiento y el avivamiento es tan filosóficamente segura como la que hay entre el uso correcto de los medios para producir grano y una cosecha de trigo. De hecho, creo que es más segura, y que hay menos casos de fracaso. El efecto sigue con más certeza. La suprema importancia de las cosas espirituales hace razonable que así sea. Tomad la Biblia, la naturaleza del caso y la historia de la iglesia, todo junto, y encontraréis menos fracasos en el uso de los medios para un avivamiento que en la agricultura o en cualquier otro negocio mundano. En los negocios mundanos hay a veces casos en que causas contrarias anulan todo lo que un hombre puede hacer. Al producir grano, por ejemplo, hay casos que están fuera del control del hombre, como la sequía, el invierno riguroso, los gusanos, etc. Así también, al trabajar para promover un avivamiento, pueden ocurrir cosas que lo contrarresten, alguna cosa u otra que surja para desviar la atención pública de la religión y que frustre todo esfuerzo. Pero creo que hay menos casos así en el mundo moral que en el natural. Rara vez he visto fracasar a una persona cuando usaba con seriedad los medios para promover un avivamiento, de la manera señalada en la palabra de Dios. Creo que un hombre puede emprender la obra de promover un avivamiento con una expectativa de éxito tan razonable como la que puede tener al emprender cualquier otra obra; con la misma expectativa que tiene el agricultor de una cosecha cuando siembra su grano. A veces he visto ponerlo a prueba y tener éxito en las circunstancias más adversas que puedan concebirse.
El gran avivamiento de Rochester comenzó en las circunstancias más desfavorables que pudieran imaginarse. Parecía que Satanás había interpuesto todos los obstáculos posibles a un avivamiento. Las tres iglesias estaban enfrentadas; una no tenía ministro, otra estaba dividida y a punto de despedir a su ministro. Un anciano de la tercera iglesia presbiteriana había presentado una acusación de conducta impropia de un cristiano contra el pastor de la primera iglesia, y estaban a punto de celebrar un juicio ante el presbiterio. Después de que comenzó la obra, una de las primeras cosas que ocurrieron fue que el gran templo de piedra cedió y causó un pánico. Luego una de las iglesias siguió adelante y despidió a su ministro en plena obra. Otra iglesia estuvo a punto de venirse abajo. Ocurrieron muchas otras cosas, de modo que parecía que el diablo estaba resuelto a desviar la atención pública del tema de la religión. Pero hubo unos cuantos casos notables del espíritu de oración que nos aseguraron que Dios estaba allí, y seguimos adelante; y cuanto más se oponía Satanás, más alto levantaba bandera el Espíritu del Señor, hasta que finalmente una ola de salvación pasó sobre el lugar.
5. Puede esperarse un avivamiento de la religión cuando los cristianos comienzan a confesarse sus pecados unos a otros. En otros tiempos confiesan de una manera general, como si solo lo hicieran a medias en serio. Puede que lo hagan con lenguaje elocuente, pero no significa nada. Pero cuando hay un quebrantamiento sincero y un derramar del corazón al confesar sus pecados, las compuertas pronto se abrirán de golpe y la salvación inundará el lugar.
6. Puede esperarse un avivamiento siempre que se halle a los cristianos dispuestos a hacer el sacrificio necesario para llevarlo adelante. Deben estar dispuestos a sacrificar sus sentimientos, sus negocios, su tiempo, para ayudar a que avance la obra. Los ministros deben estar dispuestos a gastar sus fuerzas y a arriesgar su salud y su vida. Deben estar dispuestos a ofender a los impenitentes con un trato claro y fiel, y quizá a ofender a muchos miembros de la iglesia que no quieran sumarse a la obra. Deben tomar una postura decidida a favor del avivamiento, sean cuales sean las consecuencias. Deben estar preparados para seguir adelante con la obra, aunque pierdan el afecto de todos los impenitentes y de toda la parte fría de la iglesia. El ministro debe estar preparado, si es la voluntad de Dios, para ser echado del lugar. Debe estar resuelto a seguir derecho adelante y dejar todo el desenlace en manos de Dios.
Conocí a un ministro que tenía a un joven trabajando con él en un avivamiento. El joven predicaba con bastante claridad, y a los impíos no les gustaba. Decían: Nos gusta nuestro ministro y queremos que predique él. Al final dijeron tanto que el ministro le dijo al joven: «El señor Fulano, que aporta tanto para mi sostenimiento, dice esto y aquello. El señor A. lo dice, y el señor B. lo dice. Creen que la congregación se deshará si sigues predicando, y creo que más vale que no prediques más». El joven se marchó, pero el Espíritu de Dios se retiró inmediatamente del lugar, y el avivamiento se detuvo en seco. El ministro, al ceder a los malvados deseos de los malvados, lo echó. Temía que el diablo lo echara a él de en medio de su gente, y al intentar contentar al diablo, ofendió a Dios. Y Dios dispuso los acontecimientos de tal manera que al poco tiempo tuvo que dejar a su gente de todos modos. Intentó quedar bien entre el diablo y Dios, y Dios lo despidió.
También el pueblo debe estar dispuesto a tener un avivamiento, cueste el sacrificio que cueste. No sirve que digan: «Estamos dispuestos a asistir a tantas reuniones, pero no podemos asistir a más». O: «Estamos dispuestos a tener un avivamiento si no trastorna la organización de nuestros negocios ni nos impide ganar dinero». Yo os digo que tal gente nunca tendrá un avivamiento hasta que esté dispuesta a hacer cualquier cosa y a sacrificar cualquier cosa que Dios le señale como su deber. Los comerciantes cristianos deben sentirse dispuestos a cerrar sus tiendas durante seis meses, si es necesario para llevar adelante un avivamiento. No quiero decir que se requiera tal cosa, ni que sea su deber hacerlo. Pero si se diera tal estado de sentimiento que lo requiriera, entonces sería su deber, y deberían estar dispuestos a hacerlo. Deberían estar dispuestos a hacerlo si Dios los llama, y él puede fácilmente reducir a cenizas sus tiendas si no lo hacen. De hecho, no me pesaría ver en Nueva York un avivamiento tal que hiciera a cada comerciante de la ciudad cerrar su tienda hasta la primavera y decir que ya ha vendido bastantes mercancías, y que ahora va a dedicar todo su tiempo a llevar pecadores a Cristo.
7. Puede esperarse un avivamiento cuando los ministros y los que profesan la religión están dispuestos a que Dios lo promueva por los instrumentos que a él le plazca. A veces los ministros no están dispuestos a tener un avivamiento a menos que ellos puedan dirigirlo, o a menos que su intervención pueda destacar en su promoción. Quieren prescribirle a Dios lo que él ha de dirigir y bendecir, y a qué hombres ha de poner al frente. No quieren nuevas medidas. No pueden tolerar nada de esa predicación de nueva luz, ni de esos evangelistas que van por el país predicando. Tienen mucho que decir acerca de que Dios es soberano y de que él hará venir los avivamientos a su manera y a su tiempo. Pero entonces él tiene que escoger hacerlo exactamente a la manera de ellos, o no querrán tener nada que ver con ello. Tales hombres seguirán durmiendo hasta que los despierte la trompeta del juicio, sin un avivamiento, a menos que estén dispuestos a que Dios venga a su manera, a menos que estén dispuestos a que se emplee cualquier cosa o a cualquier persona que haga el mayor bien.
8. En rigor, debería decir que cuando ocurren las cosas anteriores, ya existe un avivamiento en la misma medida. En verdad, un avivamiento debe esperarse siempre que se necesita. Si necesitamos ser avivados, es nuestro deber ser avivados. Si es deber, es posible, y debemos ponernos nosotros mismos a ser avivados; y, confiando en la promesa de Cristo de estar con nosotros al hacer discípulos siempre y en todas partes, debemos trabajar para avivar a los cristianos y convertir a los pecadores, con la confiada expectativa del éxito. Por tanto, siempre que la iglesia necesita ser avivada, debe y puede esperar ser avivada y ver a pecadores convertidos a Cristo. Cuando se ven las cosas nombradas en los apartados anteriores, anímense los cristianos y los ministros, y sepan que una buena obra ya ha comenzado. Seguidla.
OBSERVACIONES.
1. Hermanos, por nuestro tema podéis saber si necesitáis o no un avivamiento aquí, en esta iglesia y en esta ciudad, y si vais a tenerlo o no. Ancianos de la iglesia, hombres, mujeres, cualquiera de vosotros y todos vosotros: ¿qué decís?
¿Necesitáis aquí un avivamiento?
¿Esperáis tenerlo?
¿Tenéis alguna razón para esperarlo?
No hace falta que lo envolváis en niebla, porque sabéis, o podéis saber si queréis, si tenéis alguna razón para esperar un avivamiento aquí.
2. Veis por qué no tenéis un avivamiento. Es solo porque no lo queréis. Porque no estáis orando por él, ni estáis ansiosos por él, ni hacéis esfuerzos por él. Apelo a vuestras propias conciencias. ¿Estáis haciendo ahora estos esfuerzos para promover un avivamiento? Vosotros sabéis, hermanos, cuál es la verdad al respecto. ¿Os pondréis en pie para decir que habéis hecho los esfuerzos por un avivamiento y habéis quedado defraudados, que habéis clamado a Dios: «¿No volverás tú a darnos vida?», y que Dios no quiso hacerlo?
3. ¿Deseáis un avivamiento? ¿Queréis tenerlo? Si Dios os preguntara en este momento, con una voz audible desde el cielo: «¿Queréis un avivamiento?», ¿os atreveríais a decir: Sí? «¿Estáis dispuestos a hacer los sacrificios?», ¿responderíais: Sí? «¿Cuándo ha de comenzar?», ¿responderíais: Que comience esta noche, que comience aquí, que comience en mi corazón AHORA? ¿Os atreveríais a decírselo así a Dios, si oyerais su voz esta noche?
Capítulo 4 completado
Discurso II. Cuándo cabe esperar un avivamiento