Capítulo 3 · 28 min de lectura · 36 min de escucha
Discurso I. Qué es un avivamiento de la religión
DISCURSO I.
QUÉ ES UN AVIVAMIENTO DE LA RELIGIÓN
Texto.—Oh Señor, aviva tu obra en medio de los años, en medio de los años hazla conocer; en la ira acuérdate de la misericordia.—Habacuc 3:2.
SE supone que el profeta Habacuc fue contemporáneo de Jeremías, y que esta profecía fue pronunciada en previsión del cautiverio babilónico. Al contemplar los juicios que pronto iban a caer sobre su nación, el alma del profeta se vio llevada hasta la agonía, y clama en su angustia: «Oh Señor, aviva tu obra». Como si hubiera dicho: «Oh Señor, concede que tus juicios no dejen desolado a Israel. En medio de estos años terribles, haz que los juicios de Dios sean el medio de avivar la religión entre nosotros. En la ira acuérdate de la misericordia».
La religión es obra del hombre. Es algo que el hombre ha de hacer. Consiste en obedecer a Dios con el corazón y desde el corazón. Es el deber del hombre. Es cierto que Dios lo induce a hacerlo. Influye en él por su Espíritu, a causa de su gran maldad y de su resistencia a obedecer. Si no fuera necesario que Dios influyera en los hombres —si los hombres estuvieran dispuestos a obedecer a Dios—, no habría ocasión de orar: «Oh Señor, aviva tu obra». El fundamento de la necesidad de semejante oración es que los hombres están del todo indispuestos a obedecer; y a menos que Dios interponga la influencia de su Espíritu, ni un solo hombre en la tierra obedecerá jamás los mandamientos de Dios.
Un «avivamiento de la religión» presupone una decadencia. Casi toda la religión que hay en el mundo ha sido producida por avivamientos. Dios ha visto necesario aprovechar la excitabilidad que hay en el género humano para producir entre los hombres poderosas conmociones antes de poder llevarlos a obedecer. Los hombres son tan perezosos espiritualmente, hay tantas cosas que apartan su mente de la religión y que se oponen a la influencia del evangelio, que es necesario levantar entre ellos una conmoción hasta que la marea suba tanto que arrastre los obstáculos que se le oponen. Tienen que ser tan conmovidos que rompan por encima de esas influencias contrarias antes de obedecer a Dios. No es que el sentimiento excitado sea religión, porque no lo es; pero es el deseo, el apetito y el sentimiento excitados lo que impide la religión. La voluntad está, en cierto sentido, esclavizada por los deseos carnales y mundanos. De ahí que sea necesario despertar a los hombres al sentido de su culpa y de su peligro, y producir así una conmoción de sentimiento y deseo contrarios que quebrante el poder del deseo carnal y mundano y deje la voluntad libre para obedecer a Dios.
Mirad hacia atrás la historia de los judíos, y veréis que Dios solía mantener la religión entre ellos por medio de ocasiones especiales, en las que había una gran conmoción y el pueblo se volvía al Señor. Y después de haber sido así avivados, pasaba muy poco tiempo antes de que se ejercieran sobre ellos tantas influencias contrarias que la religión decaía, y seguía decayendo, hasta que Dios tenía tiempo —por así decirlo— de convencerlos de pecado por su Espíritu y de reprenderlos por su providencia, y de ganar así la atención de las masas hacia el gran tema de la salvación, de modo que se produjera un despertar extendido del interés religioso y, por consiguiente, un avivamiento de la religión. Entonces las causas contrarias volvían a obrar, y la religión decaía, y la nación era arrastrada por el remolino del lujo, la idolatría y el orgullo.
Hay tan poco principio en la iglesia, tan poca firmeza y estabilidad de propósito, que a menos que los sentimientos religiosos sean despertados y mantenidos vivos, prevalecerán el sentimiento y la conmoción mundanos contrarios, y los hombres no obedecerán a Dios. Tienen tan poco conocimiento, y sus principios son tan débiles, que a menos que sean conmovidos, se volverán atrás del camino del deber y no harán nada para promover la gloria de Dios. El estado del mundo es todavía tal, y probablemente lo será hasta que el milenio haya llegado plenamente, que la religión ha de promoverse principalmente por medio de avivamientos. ¡Cuánto tiempo y cuántas veces se ha intentado el experimento de llevar a la iglesia a obrar con constancia para Dios sin estas conmociones periódicas! Muchos hombres buenos han supuesto, y suponen todavía, que la mejor manera de promover la religión es avanzar de manera uniforme y recoger a los impíos gradualmente y sin conmoción. Pero por sólido que tal razonamiento parezca en abstracto, los hechos demuestran su inutilidad. Si la iglesia estuviera lo bastante adelantada en conocimiento, y tuviera bastante estabilidad de principios para mantenerse despierta, tal proceder serviría; pero la iglesia está tan poco iluminada, y hay tantas causas contrarias, que no se pondrá a trabajar con constancia sin que se despierte un interés especial. A medida que avance el milenio, es probable que estas conmociones periódicas lleguen a ser desconocidas. Entonces la iglesia estará iluminada, las causas contrarias habrán sido quitadas, y la iglesia entera estará en un estado de obediencia habitual y constante a Dios. La iglesia entera se levantará, tomará la mente del niño y la cultivará para Dios. Los niños serán instruidos en el camino en que deben andar, y no habrá tales torrentes de mundanalidad, de moda y de codicia que arrastren la piedad de la iglesia tan pronto como se retire la conmoción de un avivamiento.
Es muy deseable que así sea. Es muy deseable que la iglesia avance con constancia en un curso de obediencia sin estas conmociones. Tales conmociones pueden dañar la salud. Nuestro sistema nervioso está templado de tal modo que cualquier conmoción poderosa, si se prolonga mucho, daña nuestra salud y nos incapacita para el deber. Si la religión ha de tener alguna vez una influencia que lo penetre todo en el mundo, no puede ser así; esta religión espasmódica tiene que desaparecer. Entonces no hará falta. Los cristianos no dormirán la mayor parte del tiempo para despertar de vez en cuando, frotarse los ojos, alborotar y vociferar un ratito, y luego volver a dormirse. Entonces no habrá necesidad de que los ministros se desgasten y se maten con sus esfuerzos por hacer retroceder la inundación de influencia mundana que se abate sobre la iglesia. Pero hasta ahora el estado del mundo cristiano es tal que esperar promover la religión sin conmociones es contrario a la razón y absurdo. Las grandes conmociones políticas, y otras conmociones mundanas que agitan a la cristiandad, son todas hostiles a la religión y desvían la mente de los intereses del alma. Ahora bien, estas conmociones solo pueden ser contrarrestadas por conmociones religiosas. Y hasta que haya en el mundo principio religioso suficiente para sofocar las conmociones irreligiosas, es vano intentar promover la religión si no es por medio de conmociones que las contrarresten. Esto es verdad en filosofía, y es un hecho histórico.
Es del todo improbable que la religión progrese jamás entre las naciones paganas si no es por la influencia de los avivamientos. Ahora se está intentando hacerlo por medio de la educación y de otras mejoras cautelosas y graduales. Pero mientras las leyes de la mente sigan siendo lo que son, no puede hacerse de ese modo. Tiene que haber una conmoción suficiente para despertar las facultades morales dormidas y hacer retroceder la marea de la degradación y del pecado. Y precisamente en la medida en que nuestra propia tierra se aproxima al paganismo, es imposible que Dios o el hombre promuevan la religión en semejante estado de cosas si no es por medio de poderosas conmociones. Esto es evidente por el hecho de que este ha sido siempre el modo en que Dios lo ha hecho. Dios no crea estas conmociones ni escoge este método de promover la religión por nada o sin razón. Donde los hombres son tan reacios a obedecer a Dios, no se moverán hasta que sean conmovidos. Por ejemplo, ¡cuántos hay que saben que deberían ser religiosos, pero temen que, si se hacen piadosos, sus compañeros se burlen de ellos! Muchos están entregados a ídolos; otros van aplazando el arrepentimiento hasta haberse establecido en la vida, o hasta haber asegurado algún interés mundano predilecto. Tales personas nunca renunciarán a su falsa vergüenza ni abandonarán sus proyectos ambiciosos hasta que estén tan conmovidas por el sentido de su culpa y de su peligro que no puedan contenerse más.
Estas observaciones están pensadas solo como introducción al discurso. Pasaré ahora al propósito principal, que es mostrar:
I. Lo que no es un avivamiento de la religión;
II. Lo que es; y
III. Los agentes empleados para promoverlo.
I. UN AVIVAMIENTO DE LA RELIGIÓN NO ES UN MILAGRO.
1. Generalmente se ha definido el milagro como una intervención divina que deja a un lado o suspende las leyes de la naturaleza. En este sentido no es un milagro. Todas las leyes de la materia y de la mente siguen en vigor. En un avivamiento no se suspenden ni se dejan a un lado.
2. No es un milagro según otra definición del término milagro: algo que está por encima de las facultades de la naturaleza. No hay nada en la religión que vaya más allá de las facultades ordinarias de la naturaleza. Consiste enteramente en el ejercicio recto de las facultades de la naturaleza. Es eso, y nada más. Cuando los hombres se vuelven religiosos, no quedan capacitados para realizar esfuerzos que antes eran incapaces de realizar. Solo ejercen de otra manera las facultades que ya tenían, y las usan para la gloria de Dios.
3. No es un milagro, ni depende de un milagro, en ningún sentido. Es un resultado puramente filosófico del uso recto de los medios establecidos, tanto como cualquier otro efecto producido por la aplicación de medios. Puede haber un milagro entre sus causas antecedentes, o puede no haberlo. Los apóstoles emplearon milagros simplemente como un medio con el que captaban la atención hacia su mensaje y establecían su autoridad divina. Pero el milagro no era el avivamiento. El milagro era una cosa; el avivamiento que lo siguió era otra muy distinta. Los avivamientos en los días de los apóstoles estaban relacionados con milagros, pero no eran milagros.
Dije que un avivamiento es el resultado del uso recto de los medios apropiados. Los medios que Dios ha ordenado para producir un avivamiento tienen sin duda una tendencia natural a producirlo. De otro modo, Dios no los habría ordenado. Pero los medios no producirán un avivamiento, todos lo sabemos, sin la bendición de Dios. Tampoco el grano, cuando se siembra, producirá una cosecha sin la bendición de Dios. Es imposible que digamos que no hay una influencia o acción de Dios tan directa para producir una cosecha de grano como la que hay para producir un avivamiento. ¿Qué son las leyes de la naturaleza según las cuales se supone que el grano da su cosecha? No son otra cosa que la manera establecida en que Dios obra. En la Biblia, la palabra de Dios se compara con el grano, la predicación se compara con la siembra de la semilla, y los resultados con el brotar y crecer de la cosecha. Y el resultado es tan filosófico en un caso como en el otro, y está tan naturalmente unido a su causa; o, más exactamente, un avivamiento es tan naturalmente el resultado del uso de los medios apropiados como una cosecha lo es del uso de sus medios apropiados. Es cierto que la religión no pertenece propiamente a la categoría de causa y efecto; pero aunque no es causada por los medios, tiene sin embargo su ocasión, y puede resultar de su ocasión tan natural y ciertamente como una cosecha resulta de su causa.
Deseo que esta idea quede grabada en la mente de todos vosotros, porque desde hace mucho prevalece la idea de que promover la religión tiene algo muy peculiar, que no ha de juzgarse por las reglas ordinarias de causa y efecto; en suma, que no hay conexión entre los medios y el resultado, ni tendencia alguna en los medios a producir el efecto. No hay doctrina más peligrosa que esta para la prosperidad de la iglesia, ni nada más absurdo.
Supongamos que un hombre fuera a predicar esta doctrina entre los agricultores, a propósito de la siembra de su grano. Que les dijera que Dios es soberano y que les dará una cosecha solo cuando a él le plazca, y que arar, plantar y trabajar como si esperaran levantar una cosecha está muy mal y es quitar la obra de las manos de Dios; que eso interfiere con su soberanía y es proceder en sus propias fuerzas; y que no hay entre los medios y el resultado ninguna conexión en la que puedan confiar. Y ahora supongamos que los agricultores creyeran semejante doctrina. ¡Pues matarían de hambre al mundo!
Exactamente tales resultados seguirán si la iglesia se deja persuadir de que promover la religión es, de algún modo, un asunto tan misteriosamente propio de la soberanía divina que no hay conexión natural entre los medios y el fin. ¿Cuáles son los resultados? ¡Pues que generación tras generación ha descendido al infierno! Sin duda, más de cinco mil millones han descendido al infierno mientras la iglesia soñaba y esperaba que Dios los salvara sin el uso de medios. Ha sido el medio más eficaz del diablo para destruir almas. La conexión es tan clara en la religión como cuando el agricultor siembra su grano.
Hay un hecho bajo el gobierno de Dios digno de la atención de todos y de un recuerdo perpetuo: que las cosas más útiles e importantes se obtienen con mayor facilidad y certeza mediante el uso de los medios apropiados. Esto es evidentemente un principio de la administración divina. Por eso todas las cosas necesarias para la vida se obtienen con gran certeza mediante el uso de los medios más sencillos. Los lujos son más difíciles de obtener; los medios para procurarlos son más complicados y menos seguros en sus resultados; mientras que las cosas absolutamente dañinas y venenosas, como el alcohol y otras semejantes, a menudo solo se obtienen torturando la naturaleza y valiéndose de una especie de hechicería infernal para procurar esa abominación que reparte la muerte. Este principio se cumple en el gobierno moral, y como las bendiciones espirituales son de importancia insuperable, deberíamos esperar que su obtención estuviera unida con gran certeza al uso de los medios apropiados; y así hallamos que sucede; y creo firmemente que, si pudieran conocerse los hechos, se hallaría que, cuando los medios señalados se han usado rectamente, las bendiciones espirituales se han obtenido con mayor regularidad que las temporales.
II. HE DE MOSTRAR QUÉ ES UN AVIVAMIENTO.
Es la renovación del primer amor de los cristianos, que da como resultado el despertar y la conversión de los pecadores a Dios. En el sentido popular, un avivamiento de la religión en una comunidad es el despertar, la vivificación y la restauración de la iglesia más o menos apartada, y el despertar más o menos general de todas las clases, que asegura la atención a lo que Dios reclama.
Presupone que la iglesia está hundida en un estado de apartamiento, y un avivamiento consiste en el regreso de una iglesia de sus extravíos y en la conversión de los pecadores.
1. Un avivamiento siempre incluye convicción de pecado por parte de la iglesia. Los que profesan la religión y se han apartado no pueden despertar y comenzar enseguida en el servicio de Dios sin un profundo escudriñamiento del corazón. Las fuentes del pecado necesitan ser rotas. En un verdadero avivamiento, los cristianos siempre son llevados a tales convicciones; ven sus pecados a una luz tal que a menudo les resulta imposible mantener la esperanza de ser aceptados por Dios. No siempre llega a ese extremo; pero en un avivamiento genuino hay siempre profundas convicciones de pecado, y a menudo casos de abandono de toda esperanza.
2. Los cristianos apartados serán llevados al arrepentimiento. Un avivamiento no es otra cosa que un nuevo comienzo de obediencia a Dios. Igual que en el caso del pecador convertido, el primer paso es un arrepentimiento profundo, un quebrantamiento del corazón, un postrarse en el polvo delante de Dios con profunda humildad, y el abandono del pecado.
3. Los cristianos verán renovada su fe. Mientras están en su estado de apartamiento, están ciegos al estado de los pecadores. Sus corazones son duros como el mármol. Las verdades de la Biblia solo les parecen un sueño. Admiten que todo es verdad; su conciencia y su juicio lo aprueban; pero su fe no lo ve destacarse en vivo relieve, con todas las ardientes realidades de la eternidad. Pero cuando entran en un avivamiento, ya no ven a los hombres como árboles que andan, sino que ven las cosas con esa luz intensa que renovará el amor de Dios en sus corazones. Esto los llevará a trabajar con celo para traer a otros a él. Les dolerá que otros no amen a Dios, cuando ellos lo aman tanto. Y se dedicarán con todo el corazón a persuadir a sus vecinos de que le entreguen el suyo. Así se renovará su amor a los hombres. Se llenarán de un amor tierno y ardiente por las almas. Tendrán un vivo anhelo de la salvación del mundo entero. Estarán en agonía por personas a quienes desean ver salvas—sus amigos, parientes, enemigos. No solo las instarán a dar su corazón a Dios, sino que las llevarán a Dios en los brazos de la fe, y con gran clamor y lágrimas suplicarán a Dios que tenga misericordia de ellas y salve sus almas de las llamas eternas.
4. Un avivamiento quebranta el poder del mundo y del pecado sobre los cristianos. Los coloca en un terreno tan ventajoso que reciben un nuevo impulso hacia el cielo. Tienen un nuevo anticipo del cielo, y nuevos deseos de unión con Dios; y el hechizo del mundo se rompe, y el poder del pecado queda vencido.
5. Cuando las iglesias son así despertadas y reformadas, seguirán la reforma y la salvación de los pecadores, que pasarán por las mismas etapas de convicción, arrepentimiento y reforma. Sus corazones serán quebrantados y transformados. Muy a menudo los libertinos más depravados se cuentan entre los alcanzados. Rameras, borrachos, incrédulos y toda clase de personas perdidas son despertadas y convertidas. Los peores de entre los seres humanos son ablandados, rescatados, y hechos aparecer como preciosos ejemplos de la hermosura de la santidad.
III. VOY A CONSIDERAR LOS AGENTES QUE INTERVIENEN EN EL AVANCE DE UN AVIVAMIENTO RELIGIOSO.
Ordinariamente, en la obra de la conversión intervienen tres agentes y un instrumento. Los agentes son Dios,—alguna persona que hace que la verdad actúe sobre la mente,—y el pecador mismo. El instrumento es la verdad. En todo caso de conversión genuina hay siempre dos agentes que intervienen y actúan: Dios y el pecador.
1. La acción de Dios es doble: por su providencia y por su Espíritu.
(1.) Por su gobierno providencial, dispone los acontecimientos de tal modo que la mente del pecador y la verdad entren en contacto. Lleva al pecador adonde la verdad alcance sus oídos o sus ojos. A menudo resulta interesante seguir la manera en que Dios dispone los acontecimientos para lograrlo, y cómo a veces hace que todo parezca favorecer un avivamiento. El estado del tiempo, el de la salud pública y otras circunstancias concurren para que todo esté exactamente dispuesto a favorecer la aplicación de la verdad con la mayor eficacia posible. ¡Cómo envía a veces a un ministro justo en el momento en que se le necesita! ¡Cómo hace salir a la luz una verdad particular justo en el momento preciso en que la persona a quien está destinada a alcanzar se halla en situación de oírla!
(2.) La acción especial de Dios por su Espíritu Santo. Teniendo acceso directo a la mente, y conociendo infinitamente bien toda la historia y el estado de cada pecador, emplea la verdad que mejor se adapta a su caso particular, y luego la hace penetrar con poder divino. Le da tal viveza, fuerza y poder, que el pecador se acobarda, arroja sus armas de rebelión y se vuelve al Señor. Bajo su influencia, la verdad arde y se abre paso cortando como el fuego. Hace que la verdad se presente bajo tales aspectos que aplasta al hombre más orgulloso con el peso de una montaña. Si los hombres estuvieran dispuestos a obedecer a Dios, la verdad está dada con suficiente claridad en la Biblia; y por la predicación podrían aprender todo lo que necesitan saber. Pero como están del todo indispuestos a obedecerla, Dios la aclara ante sus mentes, y derrama sobre sus almas un resplandor de luz convincente que no pueden resistir; y ellos se rinden a ella, obedecen a Dios y son salvos.
2. Comúnmente interviene la acción de los hombres. Los hombres no son meros instrumentos en las manos de Dios. La verdad es el instrumento. El predicador es un agente moral en la obra; actúa; no es un mero instrumento pasivo; obra voluntariamente al promover la conversión de los pecadores.
3. La acción del pecador mismo. La conversión de un pecador consiste en que obedezca la verdad. Por tanto, es imposible que se produzca sin su acción, pues consiste en que él obre rectamente. A ello lo mueve la acción de Dios y la acción de los hombres. Los hombres actúan sobre sus semejantes no solo con palabras, sino con sus miradas, sus lágrimas, su conducta diaria. Mirad a aquel hombre impenitente que tiene una esposa piadosa. Sus mismas miradas, su ternura, su dignidad solemne y compasiva, suavizada y moldeada a la imagen de Cristo, son para él un sermón continuo. Tiene que apartar de ello su pensamiento, porque le resulta un reproche tan grande. Siente un sermón resonando en sus oídos todo el día.
Los hombres están acostumbrados a leer el semblante de sus vecinos. Los pecadores leen a menudo el estado del alma de un cristiano en sus ojos. Si sus ojos están llenos de ligereza, o de afán y cálculo mundanos, los pecadores lo leen. Si están llenos del Espíritu de Dios, los pecadores lo leen; y muchas veces son llevados a la convicción con solo ver el semblante de los cristianos.
Cierta persona entró una vez en una fábrica para ver la maquinaria. Su ánimo estaba solemne, pues venía de un lugar donde había un avivamiento. Toda la gente que trabajaba allí lo conocía de vista y sabía quién era. Una joven que estaba trabajando lo vio, susurró a su compañera algún comentario necio y se rio. El visitante se detuvo y la miró con un sentimiento de pena. Ella se detuvo; se le rompió el hilo, y estaba tan agitada que no pudo anudarlo. Miró por la ventana para serenarse, y luego volvió a intentarlo; una y otra vez se esforzó por recobrar el dominio de sí misma. Al fin se sentó, vencida por sus sentimientos. Entonces la persona se acercó y habló con ella; pronto ella manifestó un profundo sentido de pecado. El sentimiento se extendió por el establecimiento como el fuego, y en pocas horas casi todos los empleados estaban bajo convicción, a tal punto que el dueño, aunque era un hombre mundano, quedó atónito y pidió que se detuviera el trabajo y se tuviera una reunión de oración; porque dijo que era mucho más importante que aquella gente se convirtiera que el que siguiera la producción. Y en pocos días, el dueño y casi todos los empleados del establecimiento se habían convertido, según toda esperanza. La mirada de aquel hombre, su semblante solemne, su sentimiento compasivo, reprendieron la ligereza de la joven y la llevaron a la convicción de pecado; y todo este avivamiento siguió, probablemente en gran medida, de un incidente tan pequeño.
Si los cristianos tienen ellos mismos un sentimiento profundo en cuanto a la religión, producirán un sentimiento profundo dondequiera que vayan. Y si están fríos, o son ligeros y frívolos, inevitablemente destruyen todo sentimiento profundo, aun en pecadores despertados.
Conocí una vez el caso de una persona que estaba muy ansiosa, pero un día me dolió encontrar que sus convicciones parecían haberse desvanecido por completo. Le pregunté qué había estado haciendo. Me dijo que había pasado la tarde en cierto lugar, entre algunos que profesan la religión, sin pensar que pasar una tarde con quienes profesan la religión disiparía sus convicciones. Pero ellos eran frívolos y vanos, y así se perdieron sus convicciones. Y sin duda aquellos que profesaban la religión, con su necedad, destruyeron un alma, porque sus convicciones no volvieron.
A la iglesia se le manda usar los medios para la conversión de los pecadores. No puede decirse propiamente que los pecadores usen los medios para su propia conversión. La iglesia es la que usa los medios. Lo que hacen los pecadores es someterse a la verdad o resistirla. Es un error de los pecadores creer que están usando medios para su propia conversión. Todo el propósito de un avivamiento, y todo lo que tiene que ver con él, está destinado a presentar la verdad a vuestra mente, para que la obedezcáis o la resistáis.
OBSERVACIONES.
1. Antiguamente los avivamientos se consideraban milagros. Y así lo han considerado algunos aun en nuestros días. Y otros tienen sobre el tema ideas tan vagas e insatisfactorias que, si tan solo pensaran, verían lo absurdo de ellas. Durante mucho tiempo la iglesia supuso que un avivamiento era un milagro, una intervención del poder divino con la que ella nada tenía que ver, y en cuya producción no tenía más parte que en la producción del trueno, de una granizada o de un terremoto. Solo desde hace pocos años los ministros, en general, han supuesto que los avivamientos debían promoverse mediante el uso de medios concebidos y adaptados especialmente a ese fin. Aun en Nueva Inglaterra se ha supuesto que los avivamientos venían igual que los aguaceros, unas veces en un pueblo y otras en otro, y que los ministros y las iglesias no podían hacer más para producirlos que para hacer que la lluvia cayera sobre su propio pueblo cuando estaba cayendo sobre un pueblo vecino.
Se solía suponer que un avivamiento vendría más o menos una vez cada quince años, y que se convertirían todos los que Dios se proponía salvar, y que luego había que esperar hasta que otra cosecha subiera al escenario de la vida. Por fin el plazo se acortó a cinco años, y supusieron que podría haber un avivamiento aproximadamente con esa frecuencia.
He oído un hecho relativo a uno de estos pastores que suponían que los avivamientos podían venir más o menos una vez cada cinco años. Había habido un avivamiento en su congregación. Al año siguiente hubo un avivamiento en un pueblo vecino, y él fue allí a predicar, y se quedó varios días, hasta que toda su alma se entregó a la obra. Regresó a casa el sábado y entró en su estudio para prepararse para el día del Señor. Y su alma estaba en agonía. Pensaba en cuántos adultos había en su congregación en enemistad con Dios—tantos todavía sin convertir—tantas personas mueren cada año—tal proporción de ellas sin convertir—si no viene un avivamiento antes de cinco años, tantos jefes de familia adultos estarán en el infierno. Puso sus cálculos por escrito y los incorporó a su sermón del día siguiente, con el corazón sangrando ante aquel cuadro espantoso. Según lo entendí, no lo hizo con ninguna expectativa de un avivamiento, sino que lo sintió profundamente y derramó su corazón ante su pueblo. Y aquel sermón despertó a cuarenta jefes de familia, y siguió un poderoso avivamiento; y así su teoría de un avivamiento cada cinco años saltó por los aires.
Así Dios ha derribado, en general, la teoría de que los avivamientos son milagros.
2. Las nociones equivocadas acerca de la soberanía de Dios han estorbado grandemente los avivamientos.
Muchos han supuesto que la soberanía de Dios es algo muy distinto de lo que es. Han supuesto que es una disposición tan arbitraria de los acontecimientos, y en particular del don de su Espíritu, que excluye el empleo racional de medios para promover un avivamiento religioso. Pero no hay evidencia en la Biblia de que Dios ejerza semejante soberanía. No hay hechos que lo prueben. Al contrario, todo demuestra que Dios ha unido los medios con el fin en todos los ámbitos de su gobierno—en la naturaleza y en la gracia. No hay acontecimiento natural en que no intervenga su propia acción. No ha construido la creación como una enorme máquina que marche sola sin más cuidado suyo. No se ha retirado del universo para dejarlo funcionar por sí mismo. Eso es puro ateísmo. Él ejerce una supervisión y un control universales. Y, sin embargo, todo acontecimiento de la naturaleza se ha producido por medios. Él no administra ni la providencia ni la gracia con esa clase de soberanía que prescinde del uso de los medios. No hay más soberanía en una que en la otra.
Y, sin embargo, algunos se alarman terriblemente ante todo esfuerzo directo por promover un avivamiento, y claman: «Estáis tratando de promover un avivamiento con vuestras propias fuerzas. Tened cuidado, estáis interfiriendo con la soberanía de Dios. Mejor seguir el curso habitual, y dejar que Dios dé un avivamiento cuando lo crea conveniente. Dios es soberano, y está muy mal que intentéis promover un avivamiento solo porque vosotros pensáis que hace falta un avivamiento». Esta es precisamente la clase de predicación que el diablo quiere. Y los hombres no pueden hacer la obra del diablo con más eficacia que predicando la soberanía de Dios como razón para no hacer esfuerzos por producir un avivamiento.
3. Veis el error de quienes empiezan a pensar que la religión puede promoverse mejor en el mundo sin avivamientos, y que están dispuestos a abandonar todo esfuerzo por producir despertares religiosos. Porque en algunos casos surgen males de las grandes emociones en materia de religión, opinan que lo mejor es prescindir de ellas por completo. Esto no puede ser, ni debe ser. Es cierto que hay peligro de abusos. En casos de gran agitación religiosa, como en cualquier otra agitación, es natural esperar algunos males incidentales. Pero eso no es razón para abandonarlos. Las mejores cosas están siempre expuestas a abusos. Grandes y múltiples males se han originado en los gobiernos providencial y moral de Dios. Pero estas perversiones y males previstos no se consideraron razón suficiente para abandonarlos. Porque el establecimiento de estos gobiernos era, en conjunto, lo mejor que podía hacerse para producir la mayor cantidad de felicidad. Así ocurre con los avivamientos religiosos: la experiencia muestra que, en el estado actual del mundo, la religión no puede promoverse en medida considerable sin ellos. Los males de que a veces se quejan, cuando son reales, son incidentales y de poca importancia comparados con el bien que producen los avivamientos. La iglesia no debería admitir ni por un momento la idea de que se puede renunciar a los avivamientos. Esa idea está cargada de todo lo que es peligroso para los intereses de Sion, es la muerte para la causa de las misiones, y trae consigo la condenación del mundo.
Finalmente.—Tengo una propuesta que haceros a vosotros, los que estáis aquí presentes. No he comenzado este ciclo de Discursos sobre el avivamiento para elaborar una curiosa teoría propia sobre el tema. No gastaría mi tiempo y mis fuerzas solo para daros instrucción, satisfacer vuestra curiosidad y proporcionaros algo de qué hablar. No tengo intención de predicar sobre los avivamientos sin más. No es mi propósito predicar de tal modo que al final podáis decir: «Ahora entendemos todo acerca de los avivamientos», mientras no hacéis nada. Pero quiero haceros una pregunta. ¿Para qué escucháis discursos sobre los avivamientos? ¿Os proponéis, cada vez que os convenzáis de cuál es vuestro deber en la promoción de un avivamiento, poneros a trabajar y practicarlo?
¿Seguiréis las instrucciones que os daré de la palabra de Dios, y las pondréis en práctica en vuestra propia vida? ¿Las haréis llegar a vuestras familias, vuestros conocidos, vuestros vecinos, y por toda la ciudad? ¿O pasaréis el invierno aprendiendo acerca de los avivamientos, sin hacer nada por ellos? Quiero que, a medida que aprendáis cualquier cosa sobre los avivamientos, la pongáis en práctica, y os pongáis a trabajar y veáis si no podéis promover un avivamiento entre los pecadores aquí. Si no queréis hacerlo, deseo que me lo digáis desde el principio, para no malgastar mis fuerzas. Debéis decidir ahora si lo haréis o no. Sabéis que llamamos a los pecadores a decidir en el acto si ellos obedecerán el Evangelio. Y no tenemos más autoridad para dejaros tomar tiempo a fin de deliberar si vosotros obedeceréis a Dios, que la que tenemos para permitírselo a los pecadores. Os llamamos a uniros ahora en un compromiso solemne ante Dios de que cumpliréis vuestro deber tan pronto como sepáis cuál es, y a orar para que él derrame su Espíritu sobre esta iglesia y sobre toda la ciudad este invierno.
Capítulo 3 completado
Discurso I. Qué es un avivamiento de la religión