Discursos sobre el avivamiento de la religión
Discurso III. Cómo promover un avivamiento

Capítulo 5 · 27 min de lectura · 35 min de escucha

Discurso III. Cómo promover un avivamiento

DISCURSO III.

CÓMO PROMOVER UN AVIVAMIENTO.

Texto.—Arad para vosotros barbecho; porque es el tiempo de buscar al Señor, hasta que venga y haga llover justicia sobre vosotros.—Oseas 10:12.

LOS judíos eran una nación de agricultores, y por eso es cosa común en las Escrituras recurrir, para las ilustraciones, a su ocupación y a las escenas que son familiares a labradores y pastores. El profeta Oseas se dirige a ellos como a una nación de apóstatas, los reprende por su idolatría y los amenaza con los juicios de Dios. En mi primer discurso os mostré lo que no es un avivamiento, lo que es, y los agentes que han de emplearse para promoverlo; y en el segundo, cuándo se necesita, su importancia y cuándo puede esperarse. Mi propósito en este discurso es mostrar

CÓMO HA DE PROMOVERSE UN AVIVAMIENTO.

Un avivamiento consta de dos partes: en lo que respecta a la iglesia, y en lo que respecta a los impíos. Esta noche hablaré de un avivamiento en la iglesia. El barbecho es tierra que ya fue labrada una vez, pero que ahora está baldía y necesita ser roturada y mullida antes de estar en condiciones de recibir el grano. En lo que respecta a un avivamiento en la iglesia, mostraré:

1. Qué es arar el barbecho, en el sentido del texto.

2. Cómo ha de hacerse.

I. ¿QUÉ ES ARAR EL BARBECHO?

Arar el barbecho es quebrantar vuestros corazones: preparar vuestra mente para dar fruto para Dios. En la Biblia se compara a menudo la mente del hombre con la tierra, y la palabra de Dios con la semilla sembrada en ella, y el fruto representa las acciones y los afectos de quienes la reciben. Arar el barbecho, por tanto, es llevar la mente a un estado tal que esté apta para recibir la palabra de Dios. A veces vuestros corazones se apelmazan, duros y secos, y se echan a perder del todo, hasta que no hay manera de sacarles fruto mientras no sean roturados por completo, mullidos y hechos aptos para recibir la palabra de Dios. Es este ablandamiento del corazón, que lo hace sentir la verdad, lo que el profeta llama arar vuestro barbecho.

II. ¿CÓMO HA DE ARARSE EL BARBECHO?

1. No es mediante esfuerzos directos por sentir. La gente cae en un error en este asunto por no hacer de las leyes de la mente objeto de reflexión. Hay grandes errores acerca de las leyes que gobiernan la mente. La gente habla del sentimiento religioso como si pensara que puede, por un esfuerzo directo, suscitar el afecto religioso. Pero no es así como actúa la mente. Nadie puede hacerse sentir de esta manera, simplemente intentando sentir. Los sentimientos de la mente no están directamente bajo nuestro control. No podemos, por un acto de querer o por una volición directa, suscitar sentimientos religiosos. Lo mismo valdría pensar en llamar a los espíritus desde el abismo. Son estados de la mente puramente involuntarios. Existen natural y necesariamente en la mente bajo ciertas circunstancias apropiadas para excitarlos. Pero pueden controlarse indirectamente. De otro modo no habría carácter moral en nuestros sentimientos, si no hubiera manera de controlarlos. No podemos decir: «Ahora voy a sentir esto o aquello hacia tal objeto». Pero sí podemos dirigir nuestra atención hacia él y mirarlo fijamente, hasta que surjan los afectos involuntarios. Que un hombre que está lejos de su familia la traiga ante su mente, ¿y no sentirá? Pero no es diciéndose a sí mismo: «Ahora voy a sentir profundamente por mi familia». Un hombre puede dirigir su atención a cualquier objeto acerca del cual debe sentir y desea sentir, y de ese modo hará surgir las emociones adecuadas. Que un hombre traiga a su enemigo ante su mente, y sus sentimientos de enemistad se levantarán. Así, si un hombre piensa en Dios y fija su mente en cualquier aspecto del carácter de Dios, sentirá: las emociones surgirán, por las mismas leyes de la mente. Si es amigo de Dios, que contemple a Dios como un ser lleno de gracia y santo, y se encenderán en su mente emociones de amistad. Si es enemigo de Dios, basta con que ponga ante su mente el verdadero carácter de Dios, lo mire y fije en él su atención, y su enemistad se levantará contra Dios, o bien se quebrantará y entregará su corazón a Dios.

Si queréis arar el barbecho de vuestros corazones y hacer que vuestra mente sienta en el asunto de la religión, tenéis que poneros a ello igual que lo haríais para sentir en cualquier otro asunto. En lugar de tener vuestros pensamientos puestos en todo lo demás y luego imaginar que yendo a unas cuantas reuniones se os despertarán los sentimientos, poneos a trabajar por el camino del sentido común, como lo haríais en cualquier otro asunto. Es tan fácil hacer que vuestra mente sienta en el asunto de la religión como en cualquier otro. Dios ha puesto estos estados de la mente bajo vuestro control. Si la gente fuera tan poco filosófica para mover sus miembros como lo es para regular sus emociones, nunca habríais llegado aquí a la reunión esta noche.

Si tenéis intención de arar el barbecho de vuestros corazones, debéis empezar por mirar vuestros corazones: examinad y notad el estado de vuestra mente, y ved dónde estáis. Muchos parecen no pensar nunca en esto. No prestan atención a su propio corazón, y nunca saben si van bien en la religión o no, si están ganando terreno o retrocediendo, si son fructíferos o están baldíos como el barbecho. Ahora tenéis que apartar vuestra atención de otras cosas y examinar esto. Haced de ello un asunto serio. No tengáis prisa. Examinad a fondo el estado de vuestros corazones y ved dónde estáis: si andáis con Dios cada día o andáis con el diablo; si servís más a Dios o al diablo; si estáis bajo el dominio del príncipe de las tinieblas o del Señor Jesucristo.

Para hacer todo esto, tenéis que poneros a considerar vuestros pecados. Tenéis que examinaros a vosotros mismos. Y con esto no quiero decir que debáis deteneros a mirar directamente dentro de vosotros para ver cuál es el estado presente de vuestros sentimientos. Esa es precisamente la manera de poner fin a todo sentimiento. Es tan absurdo como lo sería que un hombre cerrara los ojos ante la lámpara e intentara volver los ojos hacia dentro para averiguar si había alguna imagen pintada en la retina. ¡El hombre se queja de que no ve nada! ¿Y por qué? Porque ha apartado los ojos de los objetos de la vista. La verdad es que nuestros sentimientos morales son tan objeto de la conciencia como nuestras sensaciones. Y la manera de excitarlos es seguir actuando y ocupando nuestra mente. Entonces podemos conocer nuestros sentimientos morales por la conciencia, igual que yo podría conocer mis sensaciones naturales por la conciencia si pusiera la mano en el fuego.

El examen de uno mismo consiste en mirar vuestra vida, en considerar vuestras acciones, en traer a la memoria el pasado y conocer su verdadero carácter. Repasad vuestra historia pasada. Tomad vuestros pecados uno por uno y miradlos. No quiero decir que debáis echar solo un vistazo a vuestra vida pasada, ver que ha estado llena de pecados, y luego ir a Dios, hacer una especie de confesión general y pedir perdón. Esa no es la manera. Tenéis que tomarlos uno por uno. Será bueno tomar pluma y papel mientras los repasáis, y anotarlos según os vengan a la mente. Repasadlos con tanto cuidado como un comerciante repasa sus libros; y cada vez que un pecado se presente a vuestra memoria, añadidlo a la lista. Las confesiones generales de pecado nunca servirán. Vuestros pecados fueron cometidos uno por uno; y en la medida en que podáis llegar a ellos, deben ser revisados y debéis arrepentiros de ellos uno por uno. Empezad ahora; y tomad primero los que comúnmente, pero impropiamente, se llaman vuestros

PECADOS DE OMISIÓN.

1. La ingratitud. Tomad este pecado, por ejemplo, y anotad bajo él todos los casos que podáis recordar en que habéis recibido favores de Dios por los cuales nunca habéis mostrado gratitud. ¿Cuántos casos podéis recordar? Alguna providencia notable, algún giro maravilloso de los acontecimientos que os salvó de la ruina. Anotad los casos de la bondad de Dios para con vosotros cuando estabais en pecado, antes de vuestra conversión. Luego la misericordia de Dios en las circunstancias de vuestra conversión, por la cual nunca habéis estado ni la mitad de agradecidos de lo que debíais. Las numerosas misericordias que habéis recibido desde entonces. ¡Qué larga es la lista de casos en que vuestra ingratitud es tan negra que os veis obligados a esconder el rostro avergonzados! Ahora poneos de rodillas y confesádselos a Dios uno por uno, y pedid perdón. El mismo acto de confesar, por las leyes de la asociación de ideas, os traerá otros a la memoria. Anotadlos. Repasadlos tres o cuatro veces de esta manera, y encontraréis una cantidad asombrosa de misericordias por las cuales nunca habéis dado gracias a Dios. Luego tomad otro pecado. Que sea:

2. La falta de amor a Dios. Anotadlo, y repasad todos los casos que podáis recordar en que no disteis al bendito Dios el amor sincero que debíais.

Pensad cuán dolidos y alarmados estaríais si descubrierais algún decaimiento del afecto hacia vosotros en vuestra esposa, vuestro marido o vuestros hijos; si vierais que otro se adueñaba de su corazón, de sus pensamientos y de su tiempo. Quizá, en tal caso, casi os moriríais de unos celos justos y virtuosos. Pues bien, Dios se llama a sí mismo un Dios celoso; ¿y no habéis dado vuestro corazón a otros amores, os habéis prostituido y lo habéis ofendido infinitamente?

3. El descuido de la Biblia. Anotad las ocasiones en que durante días, y quizá semanas, y aun puede que durante meses seguidos, no hallasteis placer en la palabra de Dios. Quizá no leíais ni un capítulo, o si lo leíais, era de una manera que desagradaba a Dios todavía más. Mucha gente lee un capítulo entero de tal modo que, si al terminar se le tomara juramento, no podría decir qué ha estado leyendo. Leen con tan poca atención que no pueden recordar de la mañana a la noche dónde se quedaron, a menos que pongan un cordón o doblen una hoja. Esto demuestra que no tomaron a pecho lo que leyeron, que no lo hicieron objeto de reflexión. Si estuvierais leyendo una novela, o cualquier otro escrito que os interesara mucho, ¿no recordaríais lo último que leísteis? Y el hecho de que dobléis una hoja o pongáis un cordón demuestra que leéis más bien como una tarea que por amor o reverencia a la palabra de Dios. La palabra de Dios es la regla de vuestro deber. ¿Y le prestáis tan poca atención que no recordáis lo que leéis? Si es así, no es de extrañar que viváis tan a la ventura y que vuestra religión sea un fracaso tan miserable.

4. La incredulidad. Los casos en que prácticamente habéis acusado de mentir al Dios de verdad, por no creer sus promesas y declaraciones expresas. Dios ha prometido dar el Espíritu Santo a los que se lo pidan. Ahora bien, ¿habéis creído esto? ¿Habéis esperado que él respondiera? ¿No habéis dicho prácticamente en vuestro corazón, cuando orabais por el Espíritu Santo: «No creo que lo vaya a recibir»? Si no habéis creído ni esperado recibir la bendición que Dios ha prometido expresamente, lo habéis acusado de mentir.

5. El descuido de la oración. Las veces que omitisteis la oración en secreto, la oración en familia y las reuniones de oración, o que orasteis de tal manera que ofendisteis a Dios más gravemente que si lo hubierais descuidado del todo.

6. El descuido de los medios de gracia. Cuando habéis permitido que excusas insignificantes os impidieran asistir a las reuniones, habéis descuidado y despreciado los medios de salvación, simplemente por desgana hacia los deberes espirituales.

7. La manera en que habéis cumplido esos deberes: falta de sentimiento, falta de fe, disposición mundana, de modo que vuestras palabras no eran más que el mero parloteo de un miserable que no merecía que Dios se preocupara lo más mínimo por él. Cuando os habéis puesto de rodillas y habéis rezado vuestras oraciones de una manera tan insensible y descuidada que, si se os hubiera tomado juramento cinco minutos después de salir de vuestro aposento, no habríais podido decir por qué habíais estado orando.

8. Vuestra falta de amor por las almas de vuestros semejantes. Mirad a vuestro alrededor, a vuestros amigos y parientes, y recordad cuán poca compasión habéis sentido por ellos. Os habéis quedado mirando cómo iban derechos al infierno, y parece como si no os importara que fueran. ¿Cuántos días ha habido en que no hicisteis de su condición el objeto de una sola oración ferviente, ni siquiera de un deseo ardiente por su salvación?

9. Vuestra falta de interés por los paganos. Quizá no os habéis interesado por ellos lo bastante como para intentar conocer su condición; quizá ni siquiera para suscribiros a un periódico misionero. Mirad esto, y ved cuánto os importan de verdad los paganos, y anotad honradamente la medida real de vuestros sentimientos hacia ellos y de vuestro deseo de su salvación. Medid vuestro deseo de su salvación por la abnegación que practicáis al dar de vuestros bienes para enviarles el evangelio. ¿Os priváis siquiera de las superfluidades perjudiciales de la vida, como el té, el café y el tabaco? ¿Reducís vuestro tren de vida y os sometéis de verdad a alguna incomodidad para salvarlos? ¿Oráis diariamente por ellos en vuestro aposento? ¿Asistís con regularidad al concierto mensual de oración? ¿Apartáis algo mes tras mes para echarlo en el tesoro del Señor cuando subís a orar? Si no hacéis estas cosas, y si vuestra alma no agoniza por los pobres paganos sumidos en tinieblas, ¿por qué sois tan hipócritas que pretendéis ser cristianos? ¡Vaya, vuestra profesión es un insulto a Jesucristo!

10. Vuestro descuido de los deberes familiares. Cómo habéis vivido delante de los vuestros, cómo habéis orado, qué ejemplo les habéis dado. ¿Qué esfuerzos directos hacéis habitualmente por su bien espiritual? ¿Qué deber no habéis descuidado?

11. El descuido de los deberes sociales.

12. El descuido de la vigilancia sobre vuestra propia vida. Los casos en que habéis despachado a la carrera vuestros deberes privados, sin pediros cuentas a vosotros mismos ni ajustar honradamente vuestras cuentas con Dios. Cuando habéis descuidado por completo vigilar vuestra conducta, habéis bajado la guardia y habéis pecado delante del mundo, delante de la iglesia y delante de Dios.

13. El descuido de velar por vuestros hermanos. ¡Cuántas veces habéis quebrantado vuestro pacto de velar por ellos en el Señor! ¡Qué poco sabéis o os importa el estado de sus almas! Y sin embargo estáis bajo un juramento solemne de velar por ellos. ¿Qué habéis hecho para conocerlos? ¿Por cuántos de ellos os habéis interesado hasta conocer su estado espiritual? Repasad la lista, y dondequiera que halléis que ha habido descuido, anotadlo. ¿Cuántas veces habéis visto a vuestros hermanos enfriarse en la religión y no les habéis hablado de ello? Los habéis visto empezar a descuidar un deber tras otro, y no los reprendisteis de manera fraternal. Los habéis visto caer en pecado, y los dejasteis seguir. Y aun así pretendéis amarlos. ¡Qué hipocresía! ¿Veríais a vuestra esposa o a vuestro hijo caer en la deshonra, o en el fuego, y os quedaríais callados? No, no lo haríais. ¿Qué pensáis entonces de vosotros mismos, que pretendéis amar a los cristianos y amar a Cristo, mientras podéis verlos caer en la deshonra sin decirles nada?

14. Descuido de la abnegación. Hay muchos que profesan la religión y están dispuestos a hacer casi cualquier cosa en la religión que no exija abnegación. Pero cuando se les llama a hacer algo que les obliga a negarse a sí mismos, ¡ah, eso es demasiado! Piensan que hacen muchísimo por Dios, y casi todo lo que él podría pedirles en razón, con tal de hacer lo que pueden hacer sin mayor molestia; pero no están dispuestos a negarse comodidad ni conveniencia alguna, sea cual sea, por servir al Señor. No sufrirán de buen grado el oprobio por el nombre de Cristo. Ni se negarán los lujos de la vida para salvar a un mundo del infierno. Tan lejos están de recordar que la abnegación es una condición del discipulado, que ni siquiera saben lo que es la abnegación. Jamás se han negado de veras una cinta o un alfiler por Cristo y por el evangelio. ¡Ay, qué pronto estarán en el infierno tales profesantes! Algunos dan de su abundancia, y dan mucho, y están prontos a quejarse de que otros no den más; cuando, en verdad, no dan nada que necesiten, nada que pudieran disfrutar si se lo quedaran. Solo dan de su riqueza sobrante; y quizá aquella pobre mujer que echa doce centavos y medio en el concierto mensual de oración ha ejercido más abnegación que ellos al dar miles.

Pasamos ahora de estos a los

PECADOS DE COMISIÓN.

1. Mundanalidad. ¿Cuál ha sido el estado de tu corazón en cuanto a tus bienes terrenales? ¿Los has mirado como realmente tuyos—como si tuvieras derecho a disponer de ellos como propios, según tu propia voluntad? Si es así, anótalo. Si has amado la propiedad y la has buscado por sí misma, o para satisfacer la concupiscencia o la ambición, o un espíritu mundano, o para atesorarla para tu familia, has pecado y debes arrepentirte.

2. Orgullo. Recuerda todas las ocasiones que puedas en que te has sorprendido a ti mismo ejerciendo el orgullo. La vanidad es una forma particular del orgullo. ¿Cuántas veces te has sorprendido consultando a la vanidad acerca de tu vestido y tu apariencia? ¿Cuántas veces has pensado más, y te has esmerado más, y has gastado más tiempo en adornar tu cuerpo para ir a la iglesia que en preparar tu mente para el culto a Dios? Has ido a la casa de Dios preocupándote más de cómo aparecías exteriormente a la vista de los hombres mortales que de cómo aparecía tu alma a la vista del Dios que escudriña los corazones. De hecho, te has erigido a ti mismo para ser adorado por ellos, en lugar de prepararte para adorar tú mismo a Dios. Viniste a dividir el culto de la casa de Dios, a distraer la atención del pueblo de Dios para que mirara tu linda apariencia. Es inútil pretender ahora que no te importa nada que la gente te mire. Sé sincero en esto. ¿Te tomarías todo este trabajo con tu aspecto si todo el mundo fuera ciego?

3. Envidia. Mira los casos en que tuviste envidia de aquellos que, según pensabas, estaban por encima de ti en algún respecto. O quizá has envidiado a los que han sido más talentosos o más útiles que tú. ¿No has envidiado a algunos de tal manera que te dolía oír que los alababan? Te ha sido más grato detenerte en sus faltas que en sus virtudes, en sus fracasos que en sus éxitos. Sé sincero contigo mismo, y si has abrigado este espíritu del infierno, arrepiéntete profundamente delante de Dios, o él nunca te perdonará.

4. Espíritu censurador. Las ocasiones en que has tenido un espíritu amargo y has hablado de los cristianos de una manera enteramente desprovista de caridad y amor—esa caridad que te exige esperar siempre lo mejor que el caso admita, y dar la mejor interpretación a toda conducta ambigua.

5. Calumnia. Las veces que has hablado a espaldas de la gente de sus faltas, reales o supuestas, de miembros de la iglesia o de otros, sin necesidad o sin buena razón. Esto es calumnia. No necesitas mentir para ser culpable de calumnia;—decir la verdad con el propósito de hacer daño es calumnia.

6. Ligereza. ¿Cuántas veces te has comportado con frivolidad delante de Dios, como no te habrías atrevido a hacerlo en presencia de un soberano terrenal? O has sido un ateo y has olvidado que había un Dios, o has tenido menos respeto por él y por su presencia del que habrías tenido por un juez terrenal.

7. Mentira. Entiende ahora lo que es mentir. Toda especie de engaño intencionado por un motivo egoísta es mentira. Si el engaño no es intencionado, no es mentira. Pero si te propones causar una impresión contraria a la verdad desnuda, mientes. Anota todos los casos que puedas recordar. No los llames con ningún nombre suave. Dios los llama MENTIRAS, y te acusa de MENTIR, y más te vale acusarte a ti mismo correctamente.

¡Cuán innumerables son las falsedades que se cometen cada día en los negocios y en el trato social, con palabras, con miradas y con acciones—encaminadas a causar en otros una impresión contraria a la verdad por motivos egoístas!

8. Fraude. Anota todos los casos en que has tratado con alguien y le has hecho lo que no te gustaría que te hicieran a ti. Eso es fraude. Dios ha establecido una regla para el caso: «Todas las cosas que quisierais que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced vosotros con ellos». Esa es la regla; y ahora, si no lo has hecho así, eres un tramposo. Fíjate: la regla no es que hagas lo que razonablemente podrías esperar que ellos te hicieran a ti. Esa sería una regla que admitiría todo grado de maldad. Sino que es: «Como QUISIERAIS que ellos hiciesen con vosotros».

9. Hipocresía. Por ejemplo, en tus oraciones y confesiones a Dios. Anota las ocasiones en que has orado por cosas que en realidad no deseabas. Y la prueba es que, cuando terminabas de orar, no podías decir por qué habías orado. ¿Cuántas veces has confesado pecados que no tenías intención de abandonar, y cuando no tenías ningún propósito solemne de no repetirlos? Sí, has confesado pecados sabiendo que esperabas ir a repetirlos tanto como esperabas vivir.

10. Robar a Dios. Las ocasiones en que has malgastado tu tiempo, y has desperdiciado horas que Dios te dio para servirle y salvar almas, en diversiones vanas o conversaciones necias, leyendo novelas o sin hacer nada; los casos en que has empleado mal tus talentos y las facultades de tu mente; en que has derrochado dinero en tus concupiscencias, o lo has gastado en cosas que no necesitabas y que no contribuían ni a tu salud, ni a tu comodidad, ni a tu utilidad. Quizá algunos de vosotros que estáis aquí esta noche habéis gastado el dinero de Dios en TABACO. No hablaré del ron, pues supongo que no hay aquí esta noche nadie que profese la religión y beba ron. Espero que no haya nadie que use ese inmundo veneno, el tabaco. ¡Pensad en alguien que profesa la religión y emplea el dinero de Dios en envenenarse con tabaco!

11. Mal genio. Quizá has maltratado a tu esposa, o a tus hijos, o a tu familia, o a tus criados, o a tus vecinos. Anótalo todo.

12. Impedir que otros sean útiles. Quizá has debilitado su influencia con insinuaciones contra ellos. No solo has robado a Dios tus propios talentos, sino que has atado las manos de algún otro. ¡Qué siervo tan malvado es el que se queda ocioso y además estorba a los demás! Esto se hace a veces quitándoles el tiempo sin necesidad; a veces destruyendo la confianza cristiana en ellos. Así le has hecho el juego a Satanás, y no solo te has mostrado como un vagabundo ocioso, sino que has impedido trabajar a otros.

Si descubres que has cometido una falta contra alguien, y esa persona está a tu alcance, ve y confiésala inmediatamente, y quita eso de en medio. Si la persona a quien has agraviado está demasiado lejos para que vayas a verla, siéntate y escríbele una carta, y confiesa el agravio, paga el franqueo, y échala al correo inmediatamente. Digo que pagues el franqueo, porque de otro modo solo empeorarás las cosas. Añadirás al agravio anterior el cargarle con un gasto. El hombre que escribe una carta sobre sus propios asuntos y se la envía a otro sin pagar el franqueo es deshonesto, y le ha defraudado esa suma. Y si defraudaría a un hombre seis peniques o un chelín, cuando la tentación es tan pequeña, ¿qué no haría si la tentación fuera mayor y tuviera la perspectiva de la impunidad? Si has defraudado a alguien, envía el dinero, la cantidad completa con sus intereses.

Emprende a fondo toda esta obra. Hazlo ahora. No lo aplaces; eso solo empeorará las cosas. Confiesa a Dios los pecados cometidos contra Dios, y a los hombres los pecados cometidos contra los hombres. No pienses salir del paso rodeando las piedras de tropiezo. Quítalas del camino. Al romper tu barbecho, debes quitar todo obstáculo. Pueden quedar cosas que tal vez consideres pequeñeces, y quizá te preguntes por qué no sientes en la religión lo que desearías sentir, cuando la razón es que tu mente orgullosa y carnal ha encubierto algo que Dios te exigía confesar y quitar. Rompe todo el terreno y dale la vuelta. No dejes franjas sin arar, como dicen los labradores; no te desvíes por pequeñas dificultades; pasa el arado derecho a través de ellas, hasta lo hondo, y voltea todo el terreno, para que quede todo mullido y blando, y apto para recibir la semilla y dar fruto a ciento por uno.

Cuando hayas repasado así toda tu historia, a fondo, si luego la repasas una segunda vez y le prestas tu atención solemne y fija, verás que las cosas que has anotado te sugerirán otras de las que has sido culpable, relacionadas con ellas o cercanas a ellas. Repásala luego una tercera vez, y recordarás otras cosas relacionadas con estas. Y al final descubrirás que puedes recordar una porción de tu historia, y acciones particulares, aun en esta vida, que no pensabas que recordarías en la eternidad. A menos que tomes tus pecados de esta manera y los consideres en detalle, uno por uno, no podrás formarte idea de la magnitud de tus pecados. Deberías repasarla tan a fondo, con tanto cuidado y con tanta solemnidad como lo harías si estuvieras preparándote para el juicio.

Mientras repasas el catálogo de tus pecados, asegúrate de resolver una reforma inmediata y completa. Dondequiera que encuentres algo malo, resuelve en el acto, con la fuerza de Dios, no pecar más de esa manera. De nada te servirá examinarte si no te determinas a enmendarte en cada particular que halles malo en tu corazón, tu carácter o tu conducta.

Si, a medida que avanzas en este deber, encuentras que tu mente sigue del todo a oscuras, mira a tu alrededor y hallarás que hay alguna razón para que el Espíritu de Dios se aparte de ti. No has sido fiel ni minucioso. En el curso de semejante obra tienes que hacerte violencia a ti mismo, y aplicarte a esta obra como ser racional, con la Biblia delante, y examinar tu corazón hasta que sí sientas. No esperes que Dios haga un milagro para romper tu barbecho. Ha de hacerse por medios. Fija tu atención en el tema de tus pecados. No puedes mirar tus pecados largo tiempo y a fondo, y ver cuán malos son, sin sentir, y sentir profundamente. La experiencia prueba abundantemente el beneficio de repasar así nuestra historia. Ponte ahora a la obra; resuelve que nunca te detendrás hasta que descubras que puedes orar. Nunca tendrás el espíritu de oración hasta que te examines, confieses tus pecados y rompas tu barbecho. Nunca tendrás al Espíritu de Dios morando en ti hasta que hayas desentrañado todo este misterio de iniquidad y expuesto tus pecados delante de Dios. Haya esta obra profunda de arrepentimiento y confesión plena, este quebrantamiento delante de Dios, y tendrás tanto del espíritu de oración como tu cuerpo pueda soportar. La razón por la que tan pocos cristianos saben algo del espíritu de oración es que nunca quisieron tomarse el trabajo de examinarse debidamente, y así nunca supieron lo que era tener todo el corazón roto de esta manera.

Ya veis que esta noche solo he comenzado a exponer este tema. Quiero desplegarlo delante de vosotros en el curso de estos discursos, de modo que, si empezáis y seguís haciendo lo que os digo, los resultados serán tan seguros como lo son cuando el labrador rompe un campo en barbecho, lo mulle y siembra su grano. Así será, si tan solo empezáis de esta manera y perseveráis hasta que todos vuestros corazones endurecidos y encallecidos se rompan.

OBSERVACIONES.

1. De nada servirá predicaros mientras vuestros corazones estén en este estado endurecido, baldío y en barbecho. Lo mismo daría que el labrador sembrara su grano sobre la roca. No dará fruto. Esta es la razón por la que hay en la iglesia tantos que profesan la religión sin dar fruto, y por la que hay tanta maquinaria exterior y tan poco sentimiento hondo en la iglesia. Mirad, por ejemplo, la escuela dominical, y ved cuánta maquinaria hay y qué poco del poder de la piedad. Si seguís de esta manera, la palabra de Dios seguirá endureciéndoos, e iréis de mal en peor, tal como la lluvia y la nieve sobre un viejo campo en barbecho espesan el césped y endurecen los terrones.

2. Ved por qué tanta predicación se desperdicia, y peor que se desperdicia. Es porque la iglesia no quiere romper su barbecho. Un predicador puede gastar su vida y hacer muy poco bien, mientras haya tantos oyentes de terreno pedregoso que nunca han roto su barbecho. Solo están convertidos a medias, y su religión es más un cambio de opinión que un cambio en los sentimientos de su corazón. Hay bastante religión mecánica, pero muy poco que parezca una obra profunda del corazón.

3. Los que profesan la religión nunca deberían darse por satisfechos ni esperar un avivamiento solo con despertar de su sueño, agitarse con bravatas, hacer ruido y hablar a los pecadores. Tienen que romper su barbecho. Es completamente contrario a la razón pensar en llegar a comprometerse con la religión de esta manera. Si vuestro barbecho está roto, entonces el modo de conseguir más sentimiento es salir a ver a los pecadores que van camino del infierno, y hablarles, y guiar a las almas que inquieren, y tendréis más sentimiento. Podéis entrar en una excitación sin este quebrantamiento; podéis mostrar una especie de celo, pero no durará mucho, ni hará presa en los pecadores, a menos que vuestros corazones estén quebrantados. La razón es que lo hacéis mecánicamente, y no habéis roto vuestro barbecho.

4. Y ahora, finalmente, ¿romperéis vuestro barbecho? ¿Emprenderéis el camino que ahora os he señalado, y perseveraréis hasta estar plenamente despiertos? Si fracasáis aquí, si no hacéis esto y os preparáis, no podréis avanzar más conmigo en esta serie de discursos. He ido con vosotros tan lejos como sirve de algo ir, mientras vuestro barbecho no esté roto. Ahora bien, tenéis que hacer una obra completa en este punto, o todo lo que me queda por decir os hará poco bien. Más aún, solo os endurecerá y os hará peores. Si, cuando llegue el próximo viernes por la noche, os encuentra con el corazón sin quebrantar, no esperéis sacar provecho de lo que yo diga. Si no os ponéis a esta obra inmediatamente, daré por sentado que no queréis ser avivados, que habéis abandonado a vuestro ministro y que pensáis dejarle subir solo a la batalla. Si no hacéis esto, os acuso de haber abandonado a Cristo, de negaros a arrepentiros y a hacer vuestras primeras obras. Pero si estáis dispuestos a emprender la obra, me propongo, Dios mediante, el próximo viernes por la noche, conduciros a la obra de salvar pecadores.

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