Capítulo 22 · 46 min de lectura · 59 min de escucha
Discurso XX. Instrucción de los nuevos convertidos
DISCURSO XX.
INSTRUCCIONES A LOS CONVERTIDOS.
Texto.—Apacienta mis corderos.—Juan 21:15.
EN mi último discurso hablé sobre este texto y, por falta de tiempo, me vi obligado a omitir muchos de los puntos que deseaba presentar acerca de la
INSTRUCCIÓN DE LOS NUEVOS CONVERTIDOS.
Esta noche me propongo continuar el tema:
I. Señalando varios otros puntos en los que los nuevos convertidos deben ser instruidos.
II. Mostrando de qué manera debe tratar la iglesia a los nuevos convertidos.
III. Mencionando algunos de los males que resultan naturalmente de una instrucción defectuosa en esa etapa de la experiencia cristiana.
I. Seguiré con el tema, retomándolo donde lo dejé, y mencionaré algunas otras instrucciones que es importante dar a los nuevos convertidos.
1. Es de gran importancia que los nuevos convertidos aprendan desde temprano en qué consiste la religión. Quizá os sorprenda que mencione esto. «¡Cómo! ¿Son convertidos y no saben en qué consiste la religión?». Respondo: lo sabrían si no hubieran recibido más instrucción que la que se saca de la Biblia. Pero multitud de personas han absorbido tales nociones acerca de la religión, que no solo los nuevos convertidos, sino gran parte de la iglesia, no saben en qué consiste la religión de manera que tengan de ella una idea clara y distinta. Hay muchos ministros que no lo saben. No quiero decir que no tengan religión, pues caritativamente puede creerse que la tienen; lo que quiero decir es que no disciernen en qué consiste, y no saben exponer correctamente qué constituye y qué no constituye la verdadera religión. Es importante que a los nuevos convertidos se les enseñe.
Negativamente, en qué no consiste la religión
(1.) No consiste en el conocimiento doctrinal. El conocimiento es esencial a la religión, pero no es la religión. El diablo tiene conocimiento doctrinal, pero no tiene religión. Un hombre puede tener todo el conocimiento doctrinal que se quiera sin una partícula de religión. Sin embargo, algunas personas tienen ideas muy extrañas sobre este asunto, como si tener conocimiento doctrinal indicara un aumento de la piedad. Una vez oí una observación de este tipo: en cierto caso en que algunos nuevos convertidos habían hecho rápidos progresos en el conocimiento doctrinal, una persona que lo vio dijo: «¡Cómo crecen en la gracia estos nuevos convertidos!». Aquí confundía el progreso en el conocimiento con el progreso en la piedad. La verdad era que no tenía medio alguno de juzgar su crecimiento en la gracia, y el hecho de que adelantaran en el conocimiento doctrinal no era prueba de ello.
(2.) Se les debe enseñar que la religión no es una sustancia. No es una raíz, ni un brote, ni una semilla, ni ninguna otra cosa que esté en la mente como parte de la mente misma. Muchas veces la gente habla de la religión como si fuera algo que puede quedar cubierto en la mente, igual que una chispa de fuego puede quedar cubierta bajo la ceniza, sin mostrarse ni producir efecto alguno, pero viva y pronta a obrar en cuanto se la descubre. Y del mismo modo piensan que pueden tener religión, como algo que permanece en ellos, aunque no la manifiesten obedeciendo a Dios. Pero se les debe enseñar que esa no es la naturaleza de la religión. No es parte de la mente misma, ni del cuerpo, ni es una raíz, ni una semilla, ni una chispa que pueda existir y, sin embargo, estar escondida y no producir efecto alguno.
(3.) Enseñadles que la religión no consiste en arrebatos, ni en éxtasis, ni en altos vuelos del sentimiento. Puede haber mucho de esto donde hay religión. Pero debe entenderse que todas estas son emociones involuntarias, y que pueden existir con toda su fuerza donde no hay religión. Pueden ser meras obras de la imaginación, sin ningún afecto verdaderamente religioso. Las personas pueden tenerlas hasta el punto de desmayarse de éxtasis, aun sobre temas de religión, sin tener religión alguna. He conocido a una persona casi transportada de arrebato con la sola contemplación de los atributos naturales de Dios, su poder y su sabiduría, tal como se despliegan en el cielo estrellado, y sin embargo esa persona no tenía religión. La religión es obediencia a Dios, la sumisión voluntaria del alma a la voluntad de Dios.
(4.) Tampoco consiste la religión en ir a las reuniones, ni en leer la Biblia, ni en orar, ni en ninguno de los actos que comúnmente se llaman deberes religiosos. La misma expresión «deberes religiosos» debería borrarse del vocabulario de los nuevos convertidos. Hay que hacerles saber que estos actos no son la religión. Muchos se vuelven muy estrictos en cumplir ciertas cosas que llaman deberes religiosos, y suponen que en eso consiste ser religioso, mientras descuidan los deberes ordinarios de la vida, que son en realidad los que constituyen UNA VIDA DE PIEDAD. La oración puede ser una expresión y un acto de piedad, o puede no serlo. Ir a la iglesia o a una reunión de oración puede considerarse un medio, un acto o una expresión de un sentimiento piadoso; pero cumplir estas cosas no hace de un hombre un cristiano, y puede haber gran rigor y celo en ellas sin una partícula de religión. Si a los nuevos convertidos no se les enseña a discernir, pueden llegar a pensar que hay algo especial en lo que se llama deberes religiosos, y a imaginar que tienen mucha religión porque abundan en ciertos actos que comúnmente se llaman deberes religiosos, aunque al mismo tiempo sean muy deficientes en honradez, en fidelidad, en puntualidad, en templanza o en cualquier otro de los que les place llamar sus deberes comunes. Pueden ser muy puntillosos en algunas cosas, diezmar la menta, el eneldo y el comino, y dejar lo más grave de la ley, la justicia y el amor de Dios.
(5.) La religión no consiste en deseos de hacer buenas obras. Los deseos que no desembocan en elección y acción no son virtuosos. Tampoco son esos deseos necesariamente viciosos. Pueden surgir involuntariamente en la mente a la vista de ciertos objetos, pero mientras no produzcan ningún acto voluntario, no son más virtuosos ni más viciosos que el latido del pulso, salvo en los casos en que indirectamente los hemos traído a la existencia por un acto de voluntad, al ponernos voluntariamente en circunstancias que los excitan. El hombre más malvado de la tierra puede tener fuertes deseos de santidad. ¿Habéis pensado alguna vez en eso? Puede ver con claridad que la santidad es el único e indispensable medio de la felicidad, y naturalmente la desea. Es de temer que multitudes se estén engañando con la suposición de que el deseo de santidad, como medio de felicidad, es religión. Muchos, sin duda, se atribuyen gran mérito por deseos que nunca terminan en elegir lo recto. Sienten deseos de cumplir su deber, pero no eligen cumplirlo, porque, en suma, tienen deseos todavía más fuertes de no cumplirlo. En tales deseos no hay virtud. Para que una acción o un deseo sea virtuoso a los ojos de Dios, debe ser un acto de la voluntad. La gente habla a menudo de la manera más absurda sobre este asunto, como si sus deseos tuvieran algo de bueno mientras siguen siendo meros deseos. «Creo que deseo hacer tal o cual cosa». Pero ¿la haces? «Oh, no, pero a menudo siento deseos de hacerla». Esto es ateísmo práctico.
Cualesquiera que sean los deseos que una persona tenga, si no se llevan a una elección y a una acción reales, no son virtuosos. Y ningún grado de deseo es virtuoso en sí mismo. Si esta idea pudiera ponerse en primer plano y quedar firmemente remachada en la mente de los hombres, probablemente aniquilaría las esperanzas de la mitad de la iglesia, que vive de sus buenos deseos mientras no hace nada por Dios.
(6.) Hay que hacerles entender que nada que sea egoísta es religión. Cualesquiera que sean los deseos que tengan, y cualesquiera que sean las elecciones y acciones que realicen, si al fin y al cabo su razón es egoísta, no hay religión en ellas. Un hombre puede cometer pecado orando, o leyendo la Biblia, o yendo a las reuniones, igual que en cualquier otra cosa, si su motivo es egoísta. Supongamos que un hombre ora simplemente con miras a promover su propia felicidad. ¿Es eso religión? ¿Qué es sino pretender hacer de Dios su siervo todopoderoso? No es otra cosa que intentar una gran especulación y poner a contribución el universo, Dios incluido, para hacerlo feliz a él. Es el grado sublime de la maldad. Está tan lejos de ser piedad que es, de hecho, maldad superlativa.
(7.) Nada es aceptable a Dios como religión si no se hace de corazón, para agradar a Dios. Ninguna acción exterior tiene nada de bueno, ni nada que Dios apruebe, si no se hace por motivos rectos y de corazón.
(a) A los nuevos convertidos se les debe enseñar plena y positivamente que toda la religión consiste en obedecer a Dios de corazón. Toda la religión consiste en acción voluntaria. Todo lo que es santo, todo lo que es amable a los ojos de Dios, todo lo que propiamente se llama religión, consiste en acción voluntaria, en obedecer voluntariamente y de corazón la voluntad de Dios.
2. A los nuevos convertidos se les debe enseñar que el deber de la abnegación es uno de los rasgos principales del Evangelio. Deben entender que no son piadosos en absoluto, sino en la medida en que estén dispuestos a tomar su cruz cada día y a negarse a sí mismos por Cristo. Hay muy poca abnegación en la iglesia, y la razón es que este deber se pierde tanto de vista al instruir a los nuevos convertidos. ¡Qué rara vez se les dice que la abnegación es el rasgo principal del cristianismo! Al abogar por causas benéficas, ¡cuántas veces encontraréis que los ministros y los agentes ni siquiera piden a los cristianos que se nieguen a sí mismos por amor de la causa! Solo les piden que den lo que les sobra y no echarán de menos, o, en otras palabras, que ofrezcan al Señor lo que nada les cuesta. ¡Qué abominación! Solo piden lo superfluo, lo que no necesitan, lo que pueden dar sin que les importe. No hay religión en esa clase de dar. Un hombre puede dar a una causa benéfica cien mil dólares, y no habría religión en ello si pudiera darlos sin que le costara, y no hubiera abnegación en ello. Jesucristo ejerció abnegación para salvar a los pecadores. También Dios el Padre ejerció abnegación al dar a su Hijo para que muriera por nosotros, y al perdonarnos, y al soportar nuestra perversidad. El Espíritu Santo ejerce abnegación al dignarse contender con seres tan impíos para traerlos a Dios. Los ángeles ejercen abnegación al velar sobre este mundo. Los apóstoles implantaron la religión cristiana entre las naciones mediante el ejercicio de la abnegación. ¿Y vamos nosotros a pensar en ser religiosos sin abnegación alguna? ¿Vamos a llamarnos cristianos, seguidores de Cristo, templos del Espíritu Santo, y a reclamar comunión con los apóstoles, cuando nunca nos hemos privado de nada que favoreciera nuestro disfrute personal por promover el reino de Cristo? Hay que hacer ver a los nuevos convertidos que, a menos que estén dispuestos a entregarse por entero a Dios y prontos a sacrificar la vida y todo lo demás por Cristo, no tienen el Espíritu de Cristo, y no son de él.
3. Se les debe enseñar qué es la santificación. «¡Cómo!», diréis, «¿no saben todos los cristianos qué es la santificación?». No; muchos no lo saben. Multitudes se verían tan apuradas para decir de forma inteligible qué es la santificación como para decir qué es la religión. Si a cada uno de los que profesan la religión en esta ciudad se le preguntara: ¿Qué es la santificación?, dudo que uno de cada diez diera una respuesta correcta. Desatinarían igual que cuando intentan decir qué es la religión, y hablarían de ella como de algo dormido en el alma, algo que se pone dentro y allí se queda, algo que puede practicarse o no y seguir estando en ellos. Así hablan de la santificación como si fuera una especie de lavado de alguna mancha, o una purga de alguna impureza física. O hablan de ella como si las facultades estuvieran empapadas de pecado y la santificación consistiera en quitar las manchas. Esta es la razón por la que algunos oran pidiendo la santificación y practican el pecado, suponiendo evidentemente que la santificación es algo que precede a la obediencia. Se les debe enseñar que la santificación no es algo que precede a la obediencia, algún cambio en la naturaleza o en la constitución del alma. Sino que la santificación es obediencia, y, como cosa progresiva, consiste en obedecer a Dios de manera cada vez más perfecta y constante.
4. A los nuevos convertidos se les debe enseñar de modo que entiendan qué es la perseverancia. Es asombroso cómo habla la gente de la perseverancia. Como si la doctrina de la perseverancia fuera: «Una vez en la gracia, siempre en la gracia», o: «Una vez convertido, seguro de ir al cielo». No es esa la idea de la perseverancia. La verdadera idea es que, si un hombre está verdaderamente convertido, SEGUIRÁ OBEDECIENDO A DIOS. Y, como consecuencia, irá con toda seguridad al cielo. Pero si una persona se hace la idea de que, porque está convertida, por tanto irá con toda seguridad al cielo, ese hombre irá casi con toda seguridad al infierno.
5. A los nuevos convertidos se les debe enseñar a ser religiosos en todo. Deben procurar ser religiosos en todos los ámbitos de la vida y en todo lo que hacen. Si no aspiran a esto, deben entender que no tienen religión en absoluto. Si no se proponen y procuran guardar todos los mandamientos de Dios, ¿qué pretensión de piedad pueden alegar? Cualquiera que guarde toda la ley, pero ofenda en un punto, es culpable de todos. Está justamente sujeto a toda la pena. Si desobedece a Dios habitualmente en un punto particular, de hecho no le obedece en ningún punto. La obediencia a Dios consiste en el estado del corazón. Es estar dispuesto a obedecer a Dios; dispuesto a que Dios gobierne en todas las cosas. Pero si un hombre desobedece habitualmente a Dios en un punto cualquiera, está en un estado de ánimo que hace imposible la obediencia en ninguna otra cosa. Decir que en algunas cosas un hombre obedece a Dios por respeto a su autoridad, y que en otras le niega la obediencia, es absurdo. El hecho es que la obediencia a Dios consiste en un estado obediente del corazón, en preferir la autoridad y los mandamientos de Dios a todo lo demás. Por tanto, si un individuo parece obedecer en algunas cosas y, sin embargo, desobedece con persistencia y a sabiendas en una sola cosa, está engañado. Ofende en un punto, y esto prueba que es culpable de todos; en otras palabras, que no obedece en absoluto de corazón. Un hombre puede pasar orando la mitad del tiempo y no tener religión; si no guarda los mandamientos de Dios, su misma oración será aborrecible a Dios. «El que aparta su oído para no oír la ley, su oración también es abominable». ¿Lo oís? Si un hombre se niega a obedecer la ley de Dios, si se niega a cumplir un solo deber, no puede orar, no tiene religión, sus mismas devociones son aborrecibles.
6. Con la debida instrucción, los nuevos convertidos llegan fácilmente a ser «templados en todo». Sin embargo, este es un asunto muy descuidado con respecto a los nuevos convertidos, y casi perdido de vista en las iglesias. Hay muchísima intemperancia en las iglesias. No me refiero en particular a la intemperancia en la bebida, sino a la intemperancia en el comer y en el vivir en general. De hecho, hay muy poca conciencia sobre esto en las iglesias. Y por eso el progreso de la reforma en este asunto es tan lento. Nada sino una conciencia ilustrada puede llevar adelante una reforma permanente. Hace diez años, la mayoría de los ministros usaban licores fuertes, y los tenían en casa para convidar a sus amigos y a sus hermanos en el ministerio. Y la gran mayoría de los miembros de las iglesias hacía lo mismo. Ahora son pocos, de unos y de otros, los que lo hacen, salvo que sean verdaderos borrachos. Pero todavía hay muchos que se permiten sin escrúpulo el uso del vino. Hay algunos ministros, y muchos que profesan la religión, que beben vino que tiene tanto alcohol como el coñac con agua. Esto es intemperancia. Mascar y fumar tabaco son meros actos de intemperancia. Si usan estos meros estimulantes sin que haya necesidad de ello, ¿qué es eso sino intemperancia? Eso no es ser templado en todo. Mientras los cristianos no tengan conciencia sobre este asunto y no se les haga sentir que no tienen derecho a ser intemperantes en nada, harán muy poco progreso en la religión. Es bien sabido, o debería serlo, que el TÉ Y EL CAFÉ no tienen ningún valor nutritivo. Son meros estimulantes. Atraviesan el organismo sin ser digeridos. La leche y el azúcar que les ponéis sí alimentan. Y alimentarían exactamente igual si los mezclarais con ron e hicierais un ponche de leche. Pero el té y el café no dan ningún alimento. Y, sin embargo, me atrevo a decir que la mayoría de las familias de esta ciudad gastan en un año más en té y café que lo que dan para salvar al mundo del infierno. Probablemente esto es cierto de iglesias enteras. Hasta los agentes de las sociedades benéficas se atreven a recorrer las iglesias solicitando fondos para el sostenimiento de las misiones y de otras instituciones, y usan té, café y, en algunos casos, tabaco. ¡Qué extraño! Hay ahora en esta ciudad un agente empleado en solicitar fondos que usa los tres estimulantes, peor que inútiles. ¡Y además es ministro del Evangelio! Sin duda muchos gastan cinco veces más en pura intemperancia que lo que dan para todo esfuerzo por salvar al mundo. Si se pudiera hacer saber a la iglesia cuánto gasta en lo que no son sino venenos, quedaría asombrada. Sentaos a conversar con muchas personas, y sostendrán con tenacidad que no pueden pasarse sin estos estimulantes, estos venenos, y que no pueden dejarlos; no, ni para redimir al mundo de la condenación eterna. Y muy a menudo llegan a enojarse si se discute con ellos, en cuanto el argumento empieza a apretarles la conciencia. ¡Oh, hasta cuándo mostrará la iglesia su rostro hipócrita en el concierto mensual de oración, pidiendo a Dios que salve al mundo, mientras en realidad está tirando cinco veces más en pura intemperancia que lo que dará para salvar al mundo! Algunos de vosotros pensaréis que estas son cosas pequeñas, y que está muy por debajo de la dignidad del púlpito predicar contra el té y el café. Pero os digo que cometéis un gran error si pensáis que son cosas pequeñas, cuando hacen a la iglesia odiosa a los ojos de Dios, al poner al descubierto su hipocresía y su concupiscencia. He aquí un individuo que pretende haberse entregado a servir a Jesucristo, y sin embargo se niega a privarse de cualquiera de sus concupiscencias favoritas, y luego va y ora: «Oh Señor, salva al mundo; oh Señor, venga tu reino». Os digo que eso es hipocresía. ¿Serán oídas tales oraciones? Si los hombres no están dispuestos a negarse a sí mismos, yo no daría un ochavo por las oraciones de tantos de esos profesantes como cubrirían todos los Estados Unidos.
Estas cosas deben enseñarse a los nuevos convertidos. En la iglesia hay que llegar a este punto: que no se llame cristianos a los hombres, a menos que estén dispuestos a cortarse la mano derecha, y a sacarse el ojo derecho, y a negarse a sí mismos por amor de Cristo. ¿Una cosa pequeña? ¿Veis cómo envenena el espíritu de oración? ¡Ved cómo degrada y sensualiza el alma! ¿Es eso una nimiedad indigna del púlpito? Cuando estos excesos intemperantes, de una clase y de otra, le cuestan a la iglesia cinco veces, si no cincuenta, más que todo lo que hace por la salvación del mundo.
Recientemente se ha hecho un cálculo que muestra que los Estados Unidos consumen cada año siete millones de dólares en café; ¿y quién no sabe que una gran parte de esto lo consume la iglesia? Y sin embargo, ministros graves y miembros de iglesias cristianas no se avergüenzan de que se los vea aprobando este enorme derroche de dinero, mientras al mismo tiempo los pobres paganos envían en cada viento del cielo su lamento agonizante pidiendo socorro. El cielo llama desde lo alto: «Id, predicad el evangelio a toda criatura». El infierno gime desde abajo, y diez mil voces claman desde el cielo, la tierra y el infierno: «¡Haced algo para salvar al mundo!». ¡Hacedlo ahora! ¡Oh, AHORA, o millones más estarán en el infierno por vuestro descuido! Y, oh, no lo anunciéis en Gat: la iglesia, el ministerio, no quieren negarse ni siquiera sus concupiscencias para salvar un mundo. ¿Es esto cristianismo? ¿Con qué derecho usáis el dinero de Cristo para semejante fin? ¿Sois mayordomos? ¿Quién os dio esa libertad? Mirad que al final no se descubra que habéis preferido la complacencia propia a la obediencia, y que habéis hecho «de vuestro vientre un dios».
El tiempo de enseñar estas cosas con eficacia es cuando son nuevos convertidos. Si no se les enseña debidamente entonces, si adquieren un mal hábito y comienzan con un modo de vivir cómodo y complaciente consigo mismos, rara vez llegan a reformarse del todo. He conversado sobre estos temas con personas que hace mucho profesan la religión, y me ha asombrado su pertinaz obstinación en consentir sus concupiscencias. Y estoy convencido de que la iglesia nunca podrá salir de esta pereza mientras a los nuevos convertidos no se les enseñe fielmente, al comienzo de su carrera religiosa, a ser templados en todo.
7. Se les debe enseñar a tener tanta religión en todos sus negocios como la que tienen en la oración o al ir a las reuniones. Deben ser igual de santos, igual de vigilantes, apuntar con la misma sencillez a la gloria de Dios, ser igual de sinceros y solemnes en todas sus ocupaciones diarias, que cuando se acercan al trono de la gracia. Si no lo son, sus prácticas del día de reposo serán una abominación.
8. Se les debe enseñar que es necesario que sean tan santos como piensan que deben ser los ministros. Desde hace mucho tiempo existe la idea de que los ministros están obligados a ser santos y a practicar la abnegación. Y lo están. Pero es extraño que se suponga que los ministros están obligados a ser más santos que los demás. A la gente le escandalizaría ver a un ministro mostrar ligereza, o correr tras las modas, o perder los estribos, o vivir en una casa lujosa, o pasear en coche. ¡Oh, eso es terrible! No le sienta bien a un ministro. ¡Vaya! Que la esposa de un ministro lleve un sombrero tan fino, o un chal de seda así. ¡Oh, no! Pero nada de esto les parece mal en un laico o en la esposa de un laico. Eso no ofende en absoluto. No digo que estas cosas le sienten bien a un ministro; sé que no. Pero a los ojos de Dios le sientan exactamente igual de bien a un ministro que a un laico. Tú no tienes más derecho que un ministro a consentirte la vanidad, la necedad y el orgullo. ¿Puedes ir al cielo sin ser santificado? ¿Puedes ser santo sin vivir para Dios y sin hacer todo lo que haces para su gloria? He oído a hombres que profesaban ser buenos hablar contra que los ministros tuvieran sueldos elevados y vivieran con lujo, cuando ellos mismos gastaban de hecho mucho más dinero en el sostenimiento de sus familias que ningún ministro. ¿Qué se pensaría de un ministro que viviera con el tren de vida que llevan muchos de los que profesan la religión y muchos ancianos de las iglesias de esta ciudad? Todo el mundo diría que es un hipócrita. Pero es tan prueba de hipocresía en un laico gastar el dinero de Dios para satisfacer sus concupiscencias, o para agradar al mundo o a su familia, como lo es en un ministro hacer lo mismo. Es penoso oír a algunos de nuestros laicos más destacados decir que es deshonroso para la religión dar a los ministros un sueldo elevado y dejarlos vivir con lujo, cuando es un hecho que sus propios gastos, para el número de su familia y las visitas que reciben, superan con mucho los de cualquier ministro. Todo esto procede de nociones radicalmente equivocadas que absorbieron cuando eran nuevos convertidos. A los nuevos convertidos se les ha enseñado a esperar que los ministros tengan toda la religión, y especialmente toda la abnegación, y mientras esto continúe no habrá esperanza de que la iglesia haga jamás mucho para la gloria de Dios o para la conversión del mundo. No hay nada de todo esto en la Biblia. ¿Dónde ha dicho Dios: «Vosotros, los ministros, amad a Dios con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma, y con toda vuestra mente, y con todas vuestras fuerzas», o: «Vosotros, los ministros, hacedlo todo para la gloria de Dios»? Esto se dice a todos por igual, y el que intenta excusarse de cualquier deber o abnegación, de cualquier vigilancia o sobriedad, descargándolo sobre los ministros, o el que se atreve a adoptar para sí una norma de vida santa más baja que la que él cree propia de un ministro, está en gran peligro de resultar un hipócrita y de pagar en el infierno el precio de su necedad.
Mucho depende de la instrucción que se dé a los nuevos convertidos. Si una vez adquieren el hábito de suponer que pueden consentirse cosas que condenarían en un ministro, lo más probable es que nunca salgan de él.
8. Deben aspirar a ser perfectos. A todo nuevo convertido se le debe enseñar que, si su propósito no es vivir sin pecado, todavía no ha empezado a ser religioso. ¿Qué es la religión sino un amor supremo a Dios y un propósito supremo del corazón, o disposición, de obedecer a Dios? Si no existe esto, no hay religión en absoluto. Una cosa es profesar ser perfecto, y otra profesar y sentir que uno debe ser perfecto. Una cosa es decir que los hombres deben ser perfectos, y que pueden serlo si están dispuestos a ello, y otra decir que son perfectos. Si alguno está dispuesto a decir que es perfecto, todo lo que tengo que decir es: que lo demuestre. Si lo son, espero que lo muestren con sus actos; de lo contrario, nunca podremos creer que son perfectos.
Pero es deber de todos ser perfectos y proponerse una obediencia a Dios entera, perpetua y universal. Su propósito constante debe ser vivir enteramente para Dios y obedecer todos sus mandamientos. Deben vivir de tal manera que, si llegaran a pecar, fuera una inconsecuencia, una excepción, un caso aislado en el que obran en contra del propósito fijo y general y del rumbo de su vida. No deben pecar en absoluto; están obligados a ser tan santos como Dios es santo, y a los nuevos convertidos se les debe enseñar a emprender el camino recto desde el principio, o nunca andarán rectamente.
9. Se les debe enseñar a mostrar su luz.
Si el nuevo convertido no muestra su luz y no la levanta ante el mundo, se apagará. Si no se pone en movimiento y sale a procurar iluminar a los que le rodean, su luz se apagará y su propia alma pronto quedará en tinieblas. A veces los nuevos convertidos parecen inclinados a estarse quietos y no hacer nada en público hasta tener mucha luz o mucha religión. Pero no es así como se hace. Que el convertido use lo que tiene; que levante con valentía y honradez su pequeña y titilante candela de junco, y entonces Dios derramará el aceite y lo hará como una antorcha encendida. Pero Dios no se tomará el trabajo de mantener encendida una luz que está escondida. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿De qué sirve?
Esta es la razón por la que tantas personas disfrutan tan poco de la religión. No se esfuerzan por honrar a Dios. Guardan tan por completo para sí lo poco que disfrutan, que no hay ninguna buena razón para que Dios les conceda bendiciones y beneficios.
10. Se les debe enseñar cómo ganar almas para Cristo. A los nuevos convertidos se les debe enseñar en particular qué hacer con este fin y cómo hacerlo, y luego enseñarles a vivir para este fin como el gran objeto principal de la vida. ¡Qué extraño ha sido a veces el proceder seguido! Estas personas se han convertido, y ahí están. Entran en la iglesia, y luego se les deja seguir con sus negocios igual que antes; no hacen nada, ni se les enseña a hacer nada por Cristo, y el único cambio es que van con más regularidad a la iglesia el día de reposo y dejan que el ministro los alimente, como se dice. Pero, supongamos que los alimenta: no se hacen fuertes, porque no pueden digerirlo, ya que no hacen ningún ejercicio. Se vuelven dispépticos espirituales. Ahora bien, el gran objeto para el cual los cristianos son convertidos y dejados en este mundo es arrebatar a los pecadores del fuego. Si no logran esto, más les valdría estar muertos. Y esto se les debe enseñar a los nuevos convertidos tan pronto como nacen en el reino. Lo primero que hagan debe ser ponerse a trabajar con este fin: salvar pecadores.
II. He de mostrar cómo debe tratar la iglesia a los nuevos convertidos.
1. Los que hace tiempo profesan la religión deberían ser capaces de dar a los nuevos convertidos mucha instrucción, y deberían dársela. La verdad es, sin embargo, que la gran mayoría de los que profesan la religión en las iglesias no sabe dar buena instrucción a los nuevos convertidos, y si intentan instruirlos, solo les enseñan lo que es falso. La iglesia debería ser capaz de enseñar a sus hijos; y cuando los recibe, debería estar tan ocupada en adiestrarlos para obrar como lo están las madres en enseñar a sus hijos pequeños las cosas que necesitarán saber y hacer más adelante. Pero en general las cosas están muy lejos de ser así. Y nunca podremos esperar ver a los nuevos convertidos asumir habitualmente su deber como es debido, y avanzar en línea recta sin decaer ni apartarse, hasta que la iglesia los adiestre con inteligencia.
2. No se debe mantener a los nuevos convertidos rezagados detrás del resto de la iglesia. ¡Cuántas veces sucede que los que hace tiempo profesan la religión mantienen a los nuevos convertidos detrás del resto de la iglesia y les impiden tomar parte activa en la religión, por temor a que se vuelvan espiritualmente orgullosos! En tales iglesias, a los nuevos convertidos rara vez o nunca se les pide que tomen parte en las reuniones, ni se les asigna ningún deber activo ni cosa semejante, por temor a que se envanezcan de orgullo espiritual. Así la iglesia se constituye en recatada guardiana de su humildad, y les enseña a ponerse en fila detrás de los miembros y ancianos viejos, rígidos, secos y fríos, por temor a que, si se les permite hacer algo por Cristo, eso los haga orgullosos. Mientras que el verdadero modo de hacer humildes a los nuevos convertidos y mantenerlos así es ponerlos a trabajar y mantenerlos en el trabajo. Ese es el modo de que Dios esté con ellos, y mientras Dios esté con ellos, él cuidará de su humildad. Mantenedlos constantemente ocupados en la religión, y entonces el Espíritu de Dios morará con ellos, y serán guardados humildes por el procedimiento más eficaz. Pero si a los nuevos convertidos se les deja quedarse detrás de los que hace tiempo profesan la religión, donde nunca pueden hacer nada, nunca sabrán de qué espíritu son, y ese es precisamente el modo de exponerlos al peligro de la peor especie de orgullo espiritual.
3. La iglesia debe velar sobre ellos y advertirles de sus peligros, igual que una madre tierna vela sobre sus hijos pequeños. Los nuevos convertidos no conocen en absoluto los peligros que los rodean. Las maquinaciones del diablo, las tentaciones del mundo, el poder de sus propias pasiones y hábitos, y las mil formas del peligro, no las conocen; y si no se vela sobre ellos y no se les advierte debidamente, se meterán derechos en el peligro. Mirad a aquella madre que vigila a su hijito. ¿Le deja meter la manita en la vela, o le permite gatear hasta donde se caerá, porque su propia ceguera e ignorancia no le impiden desear hacerlo? La iglesia debe velar sobre sus hijos pequeños y cuidarlos, igual que las madres vigilan a sus hijitos en esta gran ciudad, por temor a que los atropellen los carros, o a que se extravíen y se pierdan; o como los vigilan mientras crecen, por temor a que sean arrastrados a los remolinos de la iniquidad. La iglesia debe velar sobre todos los intereses de sus miembros jóvenes, saber dónde están y cuáles son sus hábitos, sus tentaciones, sus peligros, sus privilegios, el estado de la religión en su corazón, su espíritu de oración. Mirad a aquella madre ansiosa cuando ve que la palidez se extiende por la frentecita de su hijo. «¿Qué te pasa, hijo mío? ¿Has comido algo que no debías? ¿Te has resfriado? ¿Qué tienes?». ¡Oh, qué distinto es con los hijos de la iglesia, los corderos que el Salvador ha encomendado al cuidado de sus iglesias! ¡Ay! En vez de refrenar a sus hijos y cuidar de ellos, la iglesia los deja ir a cualquier parte y valerse por sí mismos. ¿Qué diríamos de una madre que, a sabiendas, dejara a su hijito tambalearse hasta el borde de un precipicio? ¿No diríamos que es horriblemente culpable por hacerlo, y que si el niño cayera y se matara, su sangre recaería sobre la cabeza de la madre? ¿Cuál es, pues, la culpa de la iglesia al descuidar a sabiendas a sus nuevos convertidos? He conocido iglesias donde a los nuevos convertidos primero se les descuidó por completo y se les miró con sospecha y recelo; nadie se acercaba a ellos para fortalecerlos, animarlos o aconsejarlos; no se hacía nada para encaminarlos a ser útiles, para enseñarles qué hacer o cómo hacerlo, ni para abrirles un campo de trabajo. Y luego... ¿qué luego? Pues cuando ven que los nuevos convertidos no pueden aguantarlo todo, y los encuentran enfriándose y rezagándose bajo el trato que ellos mismos les han dado, se vuelven y los vituperan porque no perseveraron.
4. Sed tiernos al reprenderlos. Cuando los cristianos ven necesario reprender a los nuevos convertidos, deben tener sumo cuidado con la manera de hacerlo. Los miembros mayores de la iglesia deben velar fielmente sobre los nuevos convertidos, y cuando estos empiezan a perder terreno o a desviarse, se les debe amonestar con prontitud y, si es necesario, reprender. Pero hacerlo de mala manera es peor que no hacerlo. A veces se hace de un modo brusco, áspero, tosco y al parecer censurador, más parecido a una regañina que a una amonestación fraternal. Semejante manera, en lugar de inspirar confianza o conducir a la enmienda, está hecha precisamente para endurecer el corazón del nuevo convertido y afirmarlo en sus malos caminos, al mismo tiempo que cierra su mente a la influencia de tales guardianes censuradores. El corazón de un nuevo convertido es tierno y se aflige con facilidad, y a veces una sola mirada poco amable lo pondrá en tal estado de ánimo que lo atará a sus errores y lo hará ir de mal en peor.
Vosotros, los que sois padres, sabéis cuán importante es, cuando reprendéis a vuestros hijos, que vean que lo hacéis por los mejores motivos, por su bien, porque deseáis que sean buenos, y no porque estéis enojados. De lo contrario, pronto llegarán a veros como a un tirano más que como a un amigo. Lo mismo sucede con los nuevos convertidos. La bondad y la ternura, aun en la reprensión, ganarán su confianza, los unirán a vosotros y darán influencia a vuestras instrucciones y consejos fraternales, de modo que podáis formarlos como cristianos acabados. En cambio, si sois severos y criticones en vuestra manera, ese es el modo de hacerles pensar que queréis enseñorearos de ellos. Muchas personas, con el pretexto de ser fieles, como ellas dicen, hieren a menudo a los nuevos convertidos de un modo tan severo y altanero que los ahuyentan, o quizá los aplastan hasta el desaliento y la apatía. Los nuevos convertidos tienen poca experiencia y caen con facilidad. Son igual que un niño pequeño cuando empieza a andar. Lo veis ir tambaleándose, y ahí tropieza con una paja. Veis a la madre recoger todo lo que hay en el suelo cuando su pequeño va a intentar andar. Lo mismo sucede con los nuevos convertidos. La iglesia debe quitar todo tropiezo y tratarlos de tal manera que les haga ver que, si se les reprende, Cristo está en ello; entonces recibirán la reprensión con el espíritu con que se da, y les hará bien.
5. Señalad con bondad las cosas defectuosas que hay en el nuevo convertido y que él no ve. No es más que un niño, sabe poco de la religión y, naturalmente, tendrá muchísimas cosas que aprender y muchísimas que enmendar. Todo lo que haya de malo en su espíritu, o de desagradable en su porte, o de tosco en sus modales, que estorbe su utilidad o menoscabe su influencia como cristiano, debe señalársele con bondad y corregirse. Sin embargo, hacerlo de la manera correcta requiere gran sabiduría. Los cristianos deben hacer de ello motivo de mucha oración y reflexión, para hacerlo bien, de modo que no causen más daño que bien. Si lo reprendes sin más por cosas que no veía, o que no sabía que eran impropias, lo afligirás y lo disgustarás. Esa instrucción debe darse en el momento oportuno; a menudo conviene aprovechar la ocasión después de haber orado juntos, o después de una conversación amable sobre temas religiosos, apropiada para hacerle sentir que lo amas, que buscas su bien y que deseas de veras promover su santificación, su utilidad y su felicidad. Entonces una simple insinuación bastará muchas veces. Sugiérele solamente que «tal cosa en tu oración», o «tu conducta en tal o cual cosa, no me causó buena impresión. ¿No harías bien en pensarlo? Quizá juzgues mejor evitar lo mismo en adelante». Hazlo bien, y lo ayudarás y le harás bien. Hazlo mal, y le harás diez veces más daño que bien. A menudo los nuevos convertidos yerran por ignorancia; su juicio no está maduro, y necesitan tiempo para pensar y formarse un juicio ilustrado sobre algún punto que al principio les parece dudoso. En tales casos la iglesia debe tratarlos con gran bondad y paciencia. Debe instruirlos con bondad y no denunciarlos de inmediato por no ver al principio lo que quizá ellos mismos no entendieron hasta años después de convertidos.
6. No habléis de las faltas de los nuevos convertidos a sus espaldas. Esto es demasiado común entre los que hace tiempo profesan la religión, y al cabo los nuevos convertidos se enteran; ¡y qué influencia ha de tener esto para destruir su confianza en sus hermanos mayores, para afligir su corazón y desanimarlos, y quizá para apartarlos de la buena influencia de la iglesia!
III. He de mencionar algunos de los males de una instrucción defectuosa a los nuevos convertidos.
1. Si no se les instruye plenamente, nunca estarán plenamente fundados en principios rectos. Si tienen principios fundamentales rectos, estos los llevarán a adoptar una conducta recta en todos los casos particulares. Al formar un carácter cristiano, mucho depende de establecer aquellos principios fundamentales que son correctos en todos los temas. Si miráis la Biblia, veréis que en ella Dios enseña principios rectos que podemos llevar a la práctica en detalle con una conducta recta. Si la educación de los nuevos convertidos es defectuosa, ya sea en su clase o en su grado, lo veréis en su carácter toda la vida. Este es el resultado lógico, justo lo que cabía esperar, y siempre ha de ser así. Podría demostrarse, si tuviera tiempo, que casi todos los errores prácticos que han prevalecido en la iglesia son el resultado natural de ciertos dogmas falsos que se han enseñado a los nuevos convertidos, y que se les ha hecho tragar como verdad de Dios en un tiempo en que eran tan ignorantes que no sabían discernir.
2. Si la instrucción que se da a los nuevos convertidos no es correcta y completa, no crecerán en la gracia, sino que su religión menguará y decaerá. Su carrera, en lugar de ser como la senda de los justos, que va en aumento hasta que el día es perfecto, se irá oscureciendo más y más, decaerá y finalmente quizá se apagará en tinieblas. Dondequiera que veáis a nuevos convertidos dejar que su religión se adelgace hasta quedar en nada, podéis entender que es el resultado propio de una instrucción defectuosa. El resultado lógico de enseñar a los nuevos convertidos la verdad, y toda la verdad, es que se hacen cada vez más fuertes. La verdad es el alimento de la mente: es lo que da fuerza a la mente. Y donde el carácter religioso se debilita, tenedlo por cierto, en nueve casos de cada diez se debe a que fueron descuidados, o falsamente instruidos, cuando eran nuevos convertidos.
3. Quedarán, con razón, en la duda de si son cristianos. Si su instrucción temprana es falsa o defectuosa, habrá tanta inconsecuencia en su vida, y tan poca evidencia real de verdadera piedad, que ellos mismos llegarán finalmente a dudar de si tienen alguna. Probablemente vivirán y morirán en la duda. No se puede hacer que una evidencia pequeña llegue muy lejos. Si no ven con claridad, no vivirán con coherencia; si no viven con coherencia, no pueden tener sino poca evidencia; y si no tienen evidencia, tienen que dudar o vivir en la presunción.
4. Si los nuevos convertidos son instruidos y adiestrados como es debido, generalmente se verá que toman el lado correcto en todos los grandes asuntos que se presentan ante la iglesia. Continuamente se presentan ante las iglesias asuntos sobre los que tienen que tomar posición, y en muchos de ellos suele haber no poca dificultad para hacer que toda la iglesia tome la posición correcta. Tomad, por ejemplo, el asunto de los tratados, o de las misiones, o de las escuelas dominicales, o de la templanza, y ved qué reparos y objeciones, qué resistencia y oposición se han encontrado de parte de miembros de la iglesia en distintos lugares. Recorred las iglesias, y donde halléis que los nuevos convertidos han sido bien enseñados, nunca los encontraréis a ellos poniendo dificultades, ni levantando objeciones, ni presentando reparos. No vacilo en achacar a los pastores y a los miembros más antiguos de las iglesias el que haya tantos a quienes hay que arrastrar a la posición correcta en todos estos asuntos. Si los hubieran fundado bien en los principios del Evangelio al comienzo, cuando se convirtieron, habrían visto la aplicación de sus principios a todas estas cosas. Es curioso ver, y he tenido gran oportunidad de verlo, cuán dispuestos están los nuevos convertidos a tomar la posición correcta en cualquier asunto que se les proponga. Ved lo que están dispuestos a hacer por la educación de los ministros, por las misiones, por la reforma moral, por los esclavos. Si la gran mayoría de los nuevos convertidos de los recientes avivamientos hubiera sido bien fundada en los principios del Evangelio, habríais encontrado en ellos, en toda la iglesia, un solo corazón y una sola alma respecto a cada cuestión de deber que se presenta. Que su educación temprana sea correcta, y tendréis un cuerpo de cristianos con el que podréis contar. Si esto hubiera sido general en la iglesia, ¡oh, cuánta más fuerza habría habido en todos sus grandes movimientos por la salvación del mundo!
5. Si los nuevos convertidos no son bien instruidos, inevitablemente se apartarán. Si su instrucción es defectuosa, probablemente vivirán de tal manera que deshonrarán la religión. La verdad, mantenida constantemente ante la mente de un nuevo convertido, en sus debidas proporciones, tiende naturalmente a hacerle crecer hasta la medida de la estatura de la plenitud de un varón perfecto en Cristo Jesús. Si un punto cualquiera se pone demasiado de relieve en la instrucción que se da, probablemente habrá justo esa desproporción en su carácter. Si se le instruye plenamente en algunos puntos y no en otros, hallaréis el defecto correspondiente en su vida y en su carácter.
Si la instrucción de los nuevos convertidos es muy defectuosa, no avanzarán en la religión más allá de lo que los impulsen con fuerza las emociones de su primera conversión. En cuanto estas se agoten, se detendrán, y luego decaerán y se apartarán. Y desde entonces hallaréis que avanzan solo cuando los despierta alguna excitación poderosa. Estos son vuestros cristianos periódicos, tan dados a despertar en tiempo de avivamiento y a agitarse de un lado a otro como si tuvieran el celo de un ángel durante unos pocos días, y luego se apagan, tan muertos y fríos como un invierno del norte. ¡Oh, cuán deseable, cuán infinitamente importante es que a los nuevos convertidos se les enseñe de tal manera que su religión no dependa de impulsos y excitaciones, sino que avancen con firmeza en la carrera cristiana, yendo de fortaleza en fortaleza, y dando alrededor una luz clara, segura y constante!
OBSERVACIONES.
1. La iglesia es verdaderamente culpable por su descuido pasado en cuanto a la instrucción de los nuevos convertidos.
En lugar de criar a sus nuevos convertidos para que sean cristianos que trabajan, las iglesias han obrado por lo general como si no supieran en qué emplear a los nuevos convertidos ni qué uso darles. Han obrado como una madre que tiene una gran familia de hijas y no sabe en absoluto cómo ponerlas a trabajar, y así las deja crecer ociosas y sin enseñanza, inútiles y despreciadas, presa fácil de cualquier villano intrigante.
Si la iglesia tan solo hubiera cumplido su deber de adiestrar a los nuevos convertidos para trabajar y esforzarse por Cristo, el mundo se habría convertido hace mucho. Pero en lugar de esto, ¡cuántas iglesias se oponen incluso a los nuevos convertidos cuando estos intentan ponerse a trabajar por Cristo! Multitud de los que hace tiempo profesan la religión miran con sospecha cada movimiento de los nuevos convertidos, hablan contra ellos y dicen: «Son demasiado atrevidos, no deberían adelantarse, sino esperar a los que son mayores». Otra vez la espera. En lugar de desear a los nuevos convertidos «buen éxito», y de animarlos cuando emprenden la obra con corazón ardiente y mano fuerte, muy a menudo los estorban y quizá los reprimen. ¡Cuántas veces se ha impedido avanzar a los nuevos convertidos, y se les ha puesto en fila detrás de una iglesia formalista, perezosa e ineficaz, hasta que su espíritu queda aplastado y su celo apagado, y tras unos cuantos forcejeos inútiles por sacudirse las ataduras, deciden sentarse con los demás y ESPERAR! En muchos lugares, los nuevos convertidos ni siquiera pueden intentar celebrar una reunión de oración por su cuenta sin que el pastor, o alguno de los diáconos, los reprenda por ser tan atrevidos y los acuse de orgullo espiritual. «¡Vaya, vaya! Conque sois nuevos convertidos, ¿eh?, y por eso queréis reuniros y convocar a todos los vecinos para que os miren, porque sois nuevos convertidos». Más os valdría haceros predicadores de una vez. Un célebre doctor en teología de Nueva Inglaterra se jactaba en una mesa pública de su éxito en mantener quietos a todos sus convertidos. Había tenido gran dificultad, decía, porque estaban en una fiebre terrible por hacer algo, por hablar, u orar, u organizar reuniones; pero a fuerza de la mayor vigilancia lo había reprimido todo, y ahora su iglesia estaba tan tranquila como antes del avivamiento. ¡Admirable hazaña para un ministro de Jesucristo! ¿Era eso lo que quería decir el bendito Salvador cuando dijo a Pedro: «Apacienta mis corderos»?
2. A los nuevos convertidos se les debe adiestrar para el trabajo con tanto cuidado como a los reclutas de un ejército se les adiestra para la guerra.
Supongamos que un capitán del ejército alistara su compañía, y luego no se tomara más trabajo en enseñarla, adiestrarla y disciplinarla que el que se toman muchos pastores en adiestrar y hacer avanzar a sus nuevos convertidos. Pues el enemigo se reiría de semejante ejército. ¡Llamarlos soldados! Pues en cuanto a cualquier servicio eficaz, están en pura infancia: no saben nada de qué hacer ni de cómo hacerlo, y si los lleváis a la CARGA, ¿dónde están? Semejante ejército se parecería a la iglesia que no adiestra a sus nuevos convertidos. En lugar de estar adiestrados para mantenerse hombro con hombro en el asalto, no sienten confianza práctica en sus jefes, ni confianza en sus compañeros, ni confianza en sí mismos, y se dispersan al primer choque de la batalla. Mirad ahora a la iglesia. Los ministros no se ponen de acuerdo sobre lo que debe hacerse, y muchos de ellos se vuelven a pelear contra sus hermanos, riñendo por las nuevas medidas, o por el Acta y Testimonio, o por cualquier cosa. Y en cuanto a los miembros, no pueden sentir confianza cuando ven a sus jefes tan divididos. Y luego, si intentan hacer algo... ¡Ay, ay!, ¡qué ignorancia, qué torpeza, qué discordia, qué debilidad, qué obra tan miserable hacen! Y así ha de seguir hasta que la iglesia adiestre a los nuevos convertidos para que sean cristianos inteligentes, de corazón sincero, abnegados y trabajadores. Hay en esta ciudad una empresa en marcha que me alegra ver. Me refiero a la empresa de los tratados, una obra bendita. Y el plan es adiestrar a un cuerpo de cristianos consagrados para hacer... ¿qué? Pues para hacer lo que toda la iglesia debería haber sido adiestrada a hacer hace mucho: saber orar, y conversar con la gente acerca de la salvación de su alma, y asistir a las reuniones de inquiridores, y tratar con los que buscan, y SALVAR ALMAS.
3. La iglesia se ha equivocado por completo acerca de la manera en que ha de ser santificada.
Ya se ha prolongado bastante el experimento de intentar santificar a la iglesia sin encontrarle nada que hacer. Pero la santidad consiste en obedecer a Dios. Y la santificación, como proceso, significa obedecerle de manera cada vez más perfecta. Y el modo de promoverla en la iglesia es dar a cada uno algo que hacer. Mirad esas grandes iglesias, donde tienen quinientos o setecientos miembros y buscan un ministro que los alimente de un día de reposo a otro, mientras son tantos juntos que la mayor parte no tiene absolutamente nada que hacer, y nunca se les adiestra para hacer ningún esfuerzo directo por la salvación de las almas. Y de ese modo esperan ser santificados y preparados para el cielo. Nunca serán santificados así. No es ese el camino que Dios ha establecido. Jesucristo ha hecho a su pueblo colaborador suyo en la salvación de los pecadores, precisamente por esta razón: porque la santificación consiste en hacer las cosas que se requieren para promover esta obra. Esta es una de las razones por las que no ha empleado ángeles en la obra, ni la ha llevado adelante por una revelación directa de la verdad a la mente de los hombres. Es porque, como medio de santificación, es necesario que la iglesia comparta los sentimientos de Cristo y sus trabajos por la conversión de los pecadores. Y de este modo debe moverse la iglesia entera antes de que el mundo se convierta. Cuando llegue el día en que toda la iglesia comprenda que está aquí en la tierra como un cuerpo de misioneros, y viva y trabaje en consecuencia, entonces el día de la redención del hombre estará cerca.
¡Cristiano! Si no puedes salir fuera a trabajar, ¿por qué no eres misionero en tu propia familia? Si eres demasiado débil incluso para dejar tu cuarto, sé misionero allí, en tu alcoba. ¿Cuántos criados inconversos tienes en tu casa? Llama a tus criados inconversos, y a tus hijos inconversos, y sé misionero para ellos. Piensa en tu médico, quizá, que se desvive por salvar tu cuerpo mientras pierde su propia alma, y tú recibes su bondad y nunca le devuelves la mayor retribución que está en tu poder.
Es necesario que la iglesia se haga cargo de sus nuevos convertidos desde el principio, y los ponga a trabajar, y los ponga a trabajar bien. La esperanza de la iglesia está en los nuevos convertidos.
4. Vemos qué responsabilidad pesa sobre los ministros, y los ancianos, y todos los que tienen oportunidad de ayudar a adiestrar a los nuevos convertidos. ¡Cuán penoso es el cuadro que a menudo se impone a la mente, donde multitudes se convierten y, sin embargo, se pone tan poco empeño en los nuevos convertidos, que al cabo de un solo año no se puede distinguir a los nuevos convertidos del resto de la iglesia! ¡Y luego ver a los miembros antiguos de la iglesia volverse a quejarse de estos nuevos convertidos, y quizá a calumniarlos, cuando en verdad estos mismos que hace tiempo profesan la religión son los más culpables! ¡Oh, es demasiado! Esta reacción de la que tanto habla la gente después de un avivamiento (como si la reacción fuera el efecto necesario de un avivamiento) nunca vendría, los nuevos convertidos nunca se apartarían como lo hacen, si la iglesia fuera pronta y fiel en ocuparse de su instrucción. Si están verdaderamente convertidos, se puede hacer de ellos cristianos cabales y enérgicos. Y si no llegan a serlo, Jesucristo lo demandará de manos de la iglesia.
Capítulo 22 completado
Discurso XX. Instrucción de los nuevos convertidos