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Discurso XIX. Instrucciones a los convertidos
DISCURSO XIX.
INSTRUCCIONES A LOS CONVERTIDOS.
Texto.—Apacienta mis corderos.—Juan 21:15.
VOSOTROS, los que leéis vuestra Biblia, recordáis el contexto en que se hallan estas palabras y quién las pronunció. El Señor Jesucristo se las dirigió a Pedro, después de que este había negado a su Señor y había mostrado arrepentimiento. Probablemente uno de los propósitos que Cristo tenía en mente al permitir que Pedro pecara tan terriblemente como para negar a su Maestro era producir en él una obra de gracia más profunda, y prepararlo así para el deber particular al que pensaba llamarlo: echar los cimientos de la iglesia cristiana y velar por los intereses espirituales de los convertidos. Hacía falta una obra de gracia especial en su alma para prepararlo a conducir a otros a través de aquellas escenas de prueba y tentación a que estaban expuestos, en particular, los primeros cristianos.
Es evidente que, aunque Pedro tenía aptitudes naturales especiales para semejante obra, era todavía un santo bastante superficial. Probablemente ya se había convertido antes de esto, pero era débil, y le quedaba tanto de su aspereza natural y de su genio turbulento que todavía estaba pronto a erizarse en cualquier ocasión y a ofenderse por todo lo que lo contrariaba, de modo que aún era del todo inepto para aquella obra particular a la que estaba destinado. Cristo lo destinaba a un servicio tan particular que, al parecer, algo era indispensable para prepararlo y hacer de él un santo tal que la oposición futura no lo irritara, ni las dificultades lo desanimaran, ni el éxito y la honra lo echaran a perder envaneciendo su corazón con orgullo. Y por eso Cristo emplea el método eficaz que tenemos registrado ante nosotros, tratando con él de una vez por todas, para asegurar una obra completa en su alma.
Le hizo esta pregunta para recordarle de manera conmovedora, a la vez, su pecado y el amor de Cristo: «Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos?». Lo cual daba a entender con fuerza una duda sobre si de verdad lo amaba. Pedro responde: «Sí, Señor; tú sabes que te amo». Él le dijo: «Apacienta mis corderos». Luego repitió la pregunta, como si quisiera leer lo más íntimo de su alma: «Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?». Pedro se mantuvo firme y volvió a responder prontamente: «Sí, Señor; tú sabes que te amo». Jesús le hizo todavía la pregunta otra vez, la tercera, con énfasis. Parecía insistir en el punto, como si quisiera escudriñar sus pensamientos más íntimos, para ver si Pedro volvería alguna vez a negarlo. Pedro quedó tocado; se entristeció, dice el texto; no se encendió en ira, no se jactó, como lo hizo en una ocasión anterior: «Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré», sino que se entristeció, quedó sometido, habló con ternura, apeló al Salvador mismo, como si quisiera suplicarle que no dudara más de su sinceridad: «Señor, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te amo». Cristo le dio entonces su encargo final: «Apacienta mis ovejas».
Con los términos ovejas y corderos el Salvador designaba aquí, sin duda, a los cristianos, a los miembros de su iglesia; los corderos representan probablemente a los convertidos jóvenes, los que tienen poca experiencia y poco conocimiento de la religión, y que por eso necesitan que se les preste una atención especial y se ponga un cuidado particular en guardarlos del mal y en formarlos para su utilidad futura. Y cuando nuestro Salvador le dijo a Pedro que apacentara sus ovejas, se refería sin duda a la importante parte que Pedro había de desempeñar en velar por las iglesias recién formadas en distintas partes del mundo, y en formar a los convertidos jóvenes y conducirlos hacia la utilidad y la felicidad.
Mi último discurso trató de cómo dar la instrucción correcta a los pecadores ansiosos. Y esto me lleva naturalmente, en esta serie de discursos, a considerar la manera en que se debe tratar a los convertidos jóvenes y las instrucciones que se les deben dar.
INSTRUCCIONES A LOS CONVERTIDOS JÓVENES.
Al hablar sobre este tema, me propongo:
I. Exponer varias cosas que deben considerarse respecto a las esperanzas de los convertidos jóvenes.
II. Varias cosas respecto a su profesión de la religión y su ingreso en la iglesia.
III. La importancia de dar una instrucción correcta a los convertidos jóvenes.
IV. Lo que no se debe enseñar a los convertidos jóvenes.
V. Qué cosas en particular es especialmente necesario enseñar a los convertidos jóvenes.
VI. Cómo deben tratar a los convertidos jóvenes los miembros de la iglesia.
I. He de exponer varias cosas respecto a las esperanzas de los convertidos jóvenes.
1. No se les debe decir nada para crearles una esperanza. Por lo común, no se debe insinuar a las personas que están bajo convicción nada que tienda a hacerles pensar que han experimentado la religión, hasta que lo descubran por sí mismas. No me gusta esta expresión, «experimentar la religión», y la uso solo porque es una frase de uso común. Es en sí misma un absurdo. ¿Qué es la religión? Obediencia a Dios. Suponed que oyerais a un buen ciudadano decir que ha experimentado obediencia al gobierno del país. Ya veis que es un disparate. O suponed que un niño hablara de experimentar obediencia a su padre. Si supiera lo que dice, diría que ha obedecido a su padre, tal como el apóstol Pablo dice a los creyentes de Roma: «Habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados».
Lo que quiero decir es que, por lo común, lo mejor es dejar que su esperanza o su creencia de que se han convertido brote espontáneamente en su propia mente. A veces sucederá que hay personas realmente convertidas que, a causa de algunas nociones que se les han enseñado sobre la religión, no se dan cuenta de ello. Sus ideas de lo que es la religión, y de su efecto sobre la mente, están tan completamente lejos de la verdad que no creen tenerla. Os daré un ejemplo de este punto.
Hace algunos años trabajé en un lugar donde había un avivamiento en marcha, y había allí una joven de Boston. Había sido criada como unitaria, tenía una educación considerable y era inteligente en muchos temas, pero en el tema de la religión era muy ignorante. Al fin fue convencida de pecado. Llegó a estar terriblemente convencida de su horrible enemistad contra Dios. Había sido educada de tal modo que tenía sentido del decoro, pero su enemistad contra Dios se hizo tan grande, y estallaba de manera tan espantosa, que era horrible oírla hablar. Solía venir a las reuniones de inquiridores, donde conversábamos con cada uno por separado. Y sus sentimientos de oposición a Dios eran tales que solía causar alboroto. Para cuando yo llegaba a dos o tres asientos de ella, donde podía oír lo que yo decía en voz baja a los demás, empezaba a hacer comentarios en respuesta, de modo que se oían. Y decía las cosas más amargas contra Dios, contra su providencia y contra su manera de tratar a la humanidad, como si Dios fuera un tirano infinito. Hablaba de él como del ser más injusto y cruel del universo. Yo trataba de hacerla callar y que se quedara quieta, porque distraía la atención de los demás. A veces se detenía y dominaba su genio por un rato, y a veces se levantaba y salía. Rara vez he visto un caso en que la enemistad del corazón se alzara tan alto contra Dios. Una noche, en la reunión de inquiridores, después de haber estado muy inquieta, cuando me acerqué a ella, empezó como de costumbre a replicar, pero la hice callar y le dije que no podía conversar con ella allí, pero la invité a mi cuarto a la mañana siguiente, y entonces hablaría con ella. Prometió venir, pero dijo: «Dios es injusto, es infinitamente injusto. ¿No es todopoderoso? ¿Por qué, entonces, nunca antes me mostró mi enemistad? ¿Por qué me ha dejado seguir así tanto tiempo? ¿Por qué deja a mis amigos de Boston en esta ignorancia? Son enemigos de Dios tanto como yo, y van camino del infierno. ¿Por qué no les muestra la verdad acerca de su condición?». Y con este ánimo salió de la sala.
A la mañana siguiente vino a mi cuarto, como había prometido. En cuanto entró vi que su semblante había cambiado, pero no dije nada al respecto. «¡Oh!», dijo, «he cambiado de parecer sobre lo que dije anoche acerca de Dios. No creo que me haya hecho ningún mal, y creo que algún día tendré religión, porque ahora me encanta pensar en Dios. He estado del todo equivocada; la razón por la que nunca antes había conocido mi enemistad era que no quería. Solía leer la Biblia, pero siempre pasaba por alto los pasajes que me hacían sentir que era una pecadora perdida, y los pasajes que hablaban de Jesucristo como Dios los pasaba por alto sin considerarlos; y ahora veo que fue culpa mía, y no culpa de Dios, que no supiera más acerca de mí misma. Ahora he cambiado de parecer». No tenía idea de que eso era religión, pero ahora se sentía animada a esperar tener religión en algún momento futuro, porque amaba tanto a Dios. No dije nada que le hiciera imaginar que yo la consideraba cristiana, sino que la dejé descubrirlo por sí misma. Y durante un tiempo su mente estuvo tan enteramente ocupada en pensar en Dios que nunca pareció preguntarse si aquello era religión o no.
Por lo común, es un gran mal animar a las personas a esperar que son cristianas. Muy probablemente juzgaréis prematuramente. Y si no, es mejor que lo descubran por sí mismas, aunque no lo vean enseguida. Puede que se quebranten más que nunca, y entonces saldrán tan claras y decididas que sabrán dónde están.
2. Cuando veis personas que expresan una esperanza y, sin embargo, expresan también dudas, generalmente es porque la obra no es completa. Si están convictas, necesitan ser quebrantadas. Todavía andan rondando el mundo, o no han roto de veras con sus pecados, y necesitan que se las haga retroceder, más que empujarlas hacia adelante. Si veis razones para dudar, o si halláis que ellas tienen dudas, lo más probable es que haya alguna buena razón para dudar. A veces hay personas que expresan una esperanza en Cristo, y después recuerdan algún pecado que necesita ser confesado a los hombres, o algún caso en que han calumniado o defraudado, en que es necesario dar satisfacción, y en que su reputación o su bolsa está tan comprometida que vacilan y se niegan a cumplir su deber. Esto contrista al Espíritu, trae naturalmente tinieblas sobre su mente y, con justicia, las lleva a dudar si se han convertido de verdad. Si un alma está verdaderamente convertida, por lo general se hallará, cuando hay dudas, que está descuidando el deber en algún punto. Hay que escudriñarlas como con una lámpara encendida y llevarlas al cumplimiento del deber, y no permitirles tener esperanza hasta que lo cumplan. Por lo común, es oportuno precisamente entonces introducir alguna verdad clara y penetrante que las atraviese, algo que consuma sus esperanzas como la polilla. Hacedlo mientras el Espíritu de Dios está tratando con ellas, y hacedlo de la manera correcta, y no hay peligro de que haga daño.
Para ilustrar esto: conocí a una persona que era miembro de la iglesia, pero una hipócrita abominable, como lo demostró su conducta y como después lo confesó plenamente. En un avivamiento de la religión fue despertada y profundamente convencida, y al cabo de un tiempo obtuvo una esperanza. Fue a ver a un ministro para hablar con él de su esperanza, y él derramó la verdad en su mente de tal manera que aniquiló todas sus esperanzas. Ella permaneció entonces bajo convicción muchos días, y al fin volvió a prorrumpir en esperanza. El ministro conocía su temperamento y sabía lo que necesitaba, y volvió a arrancarle la esperanza. Y entonces ella se quebrantó del todo, hasta el suelo, de modo que no podía tenerse en pie ni caminar. Tan hondo SONDEÓ el Espíritu de Dios su corazón que, por un tiempo, le quitó todas las fuerzas corporales. Y entonces salió sometida. Antes había sido una de las rebeldes más orgullosas contra el gobierno de Dios que jamás hayan existido, pero ahora quedó humillada, y fue una de las cristianas más modestas, tiernas y amables. Sin duda esa era precisamente la manera de tratarla. Era precisamente el trato que su caso requería.
A menudo es útil tratar así a las personas. Algunas personas son por naturaleza de genio poco amable y de trato poco agradable. Y es particularmente importante tratar a tales personas de la manera más concienzuda tan pronto como empiezan a expresar una esperanza en Cristo. A menos que la obra en ellas sea, desde el principio, extraordinariamente profunda y completa, serán muchísimo menos útiles, interesantes y felices de lo que habrían sido si se les hubiera aplicado la sonda al corazón a fondo y con destreza. Si se las anima al principio sin haberlas tratado a fondo, si se las deja seguir adelante sin sondearlas ni quebrantarlas lo suficiente, esos rasgos desagradables de carácter quedarán sin someter, y estarán siempre aflorando, con gran perjuicio tanto de su paz personal como de su influencia y utilidad general como cristianos.
Es importante aprovechar a tales caracteres mientras se hallan precisamente en estas circunstancias particulares, para que puedan ser moldeados en la forma debida. No escatiméis, aunque se trate de un hijo, de un hermano, de un esposo o de una esposa. Que sea una obra completa. Si expresan una esperanza y halláis que llevan la imagen de Cristo, son cristianos. Pero si eso parece dudoso, si no parecen plenamente cambiados, arrancadles sin más la esperanza, escudriñándolos con la verdad más penetrante, y dejad que el Espíritu haga la obra más profundamente. Si todavía la imagen no es perfecta, hacedlo otra vez: quebrantadlos hasta llevarlos a un espíritu de niño, y entonces dejadlos tener esperanza. Entonces serán cristianos claros y completos. Con un trato así he visto a menudo a personas del carácter natural más torcido y aborrecible transformadas en pocos días, de modo que parecen seres distintos. Pensaríais que la obra de toda una vida de cultivo cristiano se había hecho de una vez. Sin duda este fue el propósito del trato de nuestro Salvador con Pedro. Se había convertido, pero se envaneció con orgullo espiritual y confianza en sí mismo, y entonces cayó. Después de eso, Cristo volvió a quebrantarlo, escudriñándolo tres veces con la pregunta: «Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?»; después de lo cual parece haber sido un santo firme y consagrado el resto de sus días.
3. No hay necesidad de que los convertidos jóvenes tengan o expresen dudas acerca de su conversión. No hay más necesidad de que una persona dude si ahora está a favor del gobierno de Dios que de que un hombre dude si está a favor de nuestro gobierno o de otro. De hecho, es a todas luces absurdo que una persona hable de dudar en un punto así, si es inteligente y entiende de qué habla. Durante mucho tiempo se ha supuesto que es una virtud, y una señal de humildad, que una persona dude de si es cristiana, y esta noción de que hay virtud en dudar es un ardid del diablo. «Oye, vecino, ¿estás a favor de nuestro gobierno, o prefieres el de Rusia?». «Pues tengo alguna esperanza de amar a nuestro propio gobierno, pero tengo muchas dudas». ¡Asombroso! «Mujer, ¿amas a tus hijos?». «Pues, señor, a veces tengo una esperanza temblorosa de que los amo, pero ya sabes que los mejores tienen dudas». «Esposa, ¿amas a tu marido?». «No lo sé; a veces creo que sí, pero ya sabes que el corazón es engañoso, y debemos ser cuidadosos y no confiarnos demasiado». ¿Quién querría una esposa así? «Hombre, ¿amas a tu esposa? ¿Amas a tu familia?». «¡Ah!, ya sabes que somos pobres criaturas, no conocemos nuestro propio corazón. Creo que sí los amo, pero quizá estoy engañado». ¡Ridículo!
Por lo común, el mero hecho de que una persona exprese dudas hace realmente dudosa su piedad. Un verdadero cristiano no tiene necesidad de dudar. Y cuando alguien está lleno de dudas, por lo común debéis dudar por él y ayudarle a dudar. El afecto a Dios es tanto una cuestión de conciencia como cualquier otro afecto. Una mujer sabe que ama a su hijo. ¿Cómo? Por la conciencia. Es consciente del ejercicio de este afecto. Y además lo ve llevado a la acción cada día. De la misma manera, un cristiano puede saber que ama a Dios por la conciencia que tiene de este afecto, y por ver que influye en su conducta diaria.
En el caso de los convertidos jóvenes que lo son de verdad, estas dudas surgen generalmente de que se les ha tratado mal, y no se les ha enseñado lo suficiente, o no se les ha humillado a fondo. En cualquier caso, nunca se les debe dejar en tal estado, sino que hay que llevarlos, si es posible, a un cambio tan completo que ya no duden más. Es incompatible con la mayor utilidad que un cristiano esté siempre abrigando dudas. No solo lo vuelve sombrío, sino que hace de su religión una piedra de tropiezo para los pecadores. ¿Qué piensan los pecadores de semejante religión? Dicen: «Estos convertidos siempre tienen miedo de pensar que han obtenido algo real. Siempre están temblando y dudando si es una realidad, y ellos deberían saber si hay algo en ello o no; porque si es algo, estas personas parecen tenerlo, y yo me inclino a pensar que es más bien dudoso. En todo caso, lo dejaré pasar por ahora, porque no creo que Dios me condene por no atender a lo que parece tan incierto». No; una esperanza en Cristo alegre y firme es indispensable para la utilidad, y por eso debéis tratar a los convertidos jóvenes de modo que los llevéis a una esperanza coherente, bien fundada y estable. Por lo común, esto puede lograrse si se procura con sabiduría en el momento oportuno, y ese momento es el comienzo de su vida religiosa. Y no se les debe dejar hasta que se haya logrado.
Sé que hay algunas excepciones; hay casos en que las mejores instrucciones serán ineficaces, pero estos dependen generalmente del estado de la salud y de la condición del sistema nervioso. A veces halláis a una persona incapaz de razonar sobre cierto tema, y así sus errores no ceden ante la instrucción. Pero lo más común es que se equivoquen sobre el estado de su propio corazón porque juzgan bajo la influencia de una enfermedad física. A veces las personas que sufren una depresión nerviosa llegan casi a la desesperación. No me detendré ahora a mostrar la relación, pero los que conocen la fisiología explicarán fácilmente el asunto, y esto dejará claro que la única manera de tratar tales casos es, primero, restablecer su salud y poner su sistema nervioso en el tono debido, quitando así la causa física de su tristeza y abatimiento, y entonces podrán recibir vuestras instrucciones y aplicarlas al estado de su mente. Pero si no podéis quitar de esta manera su tristeza, sus dudas y sus temores, al menos podéis evitar hacer un daño positivo dándoles instrucciones equivocadas. He conocido incluso a cristianos experimentados que se habían aferrado al error de pensar que era necesario, o virtuoso, o señal de humildad, estar siempre en duda, y Satanás se aprovechaba de ello, y del estado de su salud, para llevarlos casi a la desesperación. Debéis guardaros de esto evitando el error al enseñar a los convertidos jóvenes. Enseñadles que, lejos de haber virtud alguna en dudar, es pecado tener motivo para dudar, y pecado dudar sin motivo, y pecado estar sombríos y disgustar a los pecadores con su desaliento. Y si les enseñáis a fondo qué es la religión, y les hacéis VER CLARAMENTE lo que Dios desea que hagan, y los lleváis a hacerlo pronta y decididamente, por lo común no se verán acosados por dudas y temores, sino que serán cristianos claros, francos, alegres y en crecimiento, una honra para la religión que profesan y una bendición para la iglesia y para el mundo.
II. Paso a mencionar algunas cosas dignas de consideración respecto a su profesión de la religión, o su ingreso en la iglesia.
1. Los convertidos jóvenes deben, por lo común, presentarse inmediatamente para ser admitidos en alguna iglesia de Cristo. Por inmediatamente quiero decir que deben hacerlo en la primera oportunidad que tengan. No deben esperar. Si comienzan en la religión esperando, lo más probable es que siempre estén esperando y nunca hagan nada de mucho provecho. Si se les enseña a esperar bajo convicción antes de entregarse a Cristo, o si se les enseña a esperar después de la conversión antes de entregarse públicamente a Dios uniéndose a la iglesia, probablemente irán cojeando y tropezando por la vida. Lo primero que siempre se les debe enseñar es: NUNCA ESPERES DONDE DIOS TE HA SEÑALADO TU DEBER. Profesamos haber abandonado el sistema de esperar; llevémoslo hasta el final y seamos coherentes.
Aunque digo que es deber de los convertidos jóvenes presentarse inmediatamente a la iglesia, no digo que deban, en todos los casos, ser recibidos inmediatamente. Pero la iglesia puede asumir, y tiene un derecho indudable a asumir, la responsabilidad de recibirlos inmediatamente o no. Si la iglesia no está satisfecha en el caso, tiene autoridad para pedir a los candidatos que esperen hasta que pueda hacer indagaciones, o de cualquier otra manera obtener satisfacción respecto a su carácter y su sinceridad. Esto es más necesario en las grandes ciudades que en el campo, porque la iglesia está expuesta a recibir tantas solicitudes de personas que son completamente desconocidas, en cuyo caso es necesario indagar antes de admitirlas a la comunión. Pero si la iglesia cree necesario aplazar a un solicitante, la responsabilidad no es de él. Él no ha aplazado la obediencia al mandamiento de Cristo moribundo, y así no ha contristado ni alejado al Espíritu, y por eso puede que no sufra un daño esencial si es fiel en otros aspectos. En cambio, si él hubiera descuidado el deber voluntariamente, pronto caería en tinieblas y muy probablemente se apartaría.
Si no hay ninguna razón particular para demorarlo, por lo común la iglesia debe recibirlos cuando lo solicitan. Si están suficientemente instruidos en el tema de la religión como para saber lo que hacen, y si su carácter general es tal que se puede confiar en su sinceridad y honradez al hacer profesión, no veo razón para que se demore. Pero si, a juicio de la iglesia, hay razones suficientes para hacerlos esperar un tiempo razonable, que lo haga, bajo su responsabilidad ante Jesucristo. Sin embargo, deben recordar cuál es la responsabilidad que asumen, y que si mantienen fuera de la iglesia a los que deberían estar dentro, pecan y contristan al Espíritu Santo.
Es imposible establecer reglas particulares sobre este tema que se apliquen a todos los casos. Hay una variedad tan grande de razones que pueden justificar que se retenga a ciertas personas, que ninguna regla general puede abarcarlas todas. Nuestra práctica, en esta iglesia, es proponer a las personas durante un mes después de que presentan su solicitud, antes de recibirlas a la plena comunión. La razón de esto es que el consistorio tenga oportunidad de indagar acerca de las personas que se presentan, ya que muchas de ellas son forasteras. Pero en el campo, donde hay congregaciones regulares, y toda la gente ha sido instruida desde su juventud en las doctrinas de la religión, y donde todo el mundo es perfectamente conocido, el caso es diferente, y por lo común no veo razón para que las personas de buena reputación no sean admitidas inmediatamente. Si una persona no ha sido borracha, ni de mal carácter en otro sentido, que se la admita en el acto, tan pronto como pueda dar razón sensata y satisfactoria de la esperanza que hay en ella.
Así es evidentemente como obraban los apóstoles. No hay en el Nuevo Testamento la menor prueba de que alguna vez hicieran esperar a una persona que quería ser bautizada y unirse a la iglesia. Sé que esto no satisface a algunos, porque piensan que el caso es diferente. Pero yo no lo veo así. Dicen que los apóstoles eran inspirados. Es verdad; pero de ahí no se sigue que fueran inspirados para leer el carácter de los hombres, de modo que no se equivocaran en este asunto. Al contrario, sabemos que no eran inspirados de esa manera, porque sabemos que sí se equivocaron, igual que pueden equivocarse hoy los ministros; y, por tanto, no es cierto que el hecho de ser hombres inspirados cambie el caso en este punto. Se tenía a Simón el mago por cristiano; fue bautizado y admitido a la comunión, y siguió en buena reputación hasta que pretendió comprar con dinero el Espíritu Santo. Los apóstoles solían admitir de inmediato, y sin demora, a los convertidos del paganismo. Si ellos podían recibir a personas que quizá nunca habían oído más que un sermón del evangelio, y que jamás habían tenido una Biblia, ni asistido en su vida a una escuela dominical o a una clase bíblica, ciertamente no hace falta levantar tal clamor y alarma si una iglesia juzga conveniente recibir a personas de buena reputación que han tenido la Biblia toda su vida, que se han formado en la escuela dominical y se han sentado bajo la predicación del evangelio, y de quienes, por tanto, puede suponerse que entienden lo que hacen y que no profesan lo que no sienten.
Sé que puede decirse que quienes hoy hacen profesión de religión no están obligados a hacer por su fe los sacrificios que hacían los primeros creyentes y que, en consecuencia, la gente puede estar más dispuesta a hacerse la hipócrita. Y, hasta cierto punto, es verdad. Pero, por otro lado, debe recordarse que, con la instrucción que tienen en materia de religión, no se dejan engañar a sí mismos tan fácilmente como quienes se convertían sin las ventajas previas de una educación religiosa. Pueden sentirse muy tentados a engañar a otros; pero sostengo que, con la instrucción que han recibido, los convertidos de estos grandes avivamientos no están ni la mitad de expuestos a engañarse a sí mismos y a conformarse con una falsa esperanza que en los días de los apóstoles. Y por esta razón creo que las iglesias que son fieles en el trato con los nuevos convertidos, y que muestran habitualmente el poder de la religión, no están en peligro de recibir a tantas personas no convertidas como recibieron los apóstoles.
Es importante que las iglesias obren sabiamente en este punto. Se ha hecho gran mal con esa práctica de mantener a las personas mucho tiempo fuera de la iglesia para ver si eran cristianas. Es casi tan absurdo como echar a la calle a un niño pequeño para ver si vive; como decir: «Si vive y promete ser un niño sano, lo cuidaremos», cuando es precisamente entonces cuando necesita que lo críen y lo cuiden, en el momento en que la balanza se inclina hacia la vida o hacia la muerte. ¿Es esa la manera de tratar a los nuevos convertidos? ¿Debe la iglesia echar a los vientos a sus hijos recién nacidos y decir: «Si viven allí, que se críen; pero si mueren, que mueran»? No me cabe duda de que miles de convertidos, a causa de este trato, han pasado la vida sin unirse jamás a ninguna iglesia, arrastrándose llenos de dudas, de temores y de tinieblas; y así han gastado sus días y han bajado a la tumba sin los consuelos ni la utilidad de que podrían haber gozado, sencillamente porque la iglesia, en su necedad, los ha dejado esperar fuera del redil para ver si crecían y prosperaban sin las ordenanzas que Jesucristo estableció particularmente para su bien.
Jesucristo dice a su iglesia: «Toma estos corderos, y apaciéntalos, y abrígalos, y vela sobre ellos, y protégelos»; ¿y qué hace la iglesia? Pues los echa solos a los montes fríos, entre las fieras, a que mueran de hambre o perezcan, para ver si están vivos o no. Todo este sistema es tan contrario a la razón como a la Escritura. ¿Mandó Jesucristo a sus iglesias que hicieran tal cosa? ¿Enseñó el Dios de Abraham semejante doctrina respecto a los hijos de Abraham? Jamás. Nunca nos enseñó a tratar a los nuevos convertidos de manera tan bárbara. Es el mejor medio que pudiera hallarse para hacer dudoso que sean convertidos. El camino más seguro para llevarlos a la duda y a las tinieblas es mantenerlos apartados de la iglesia, de su comunión y de sus ordenanzas.
Tengo entendido que hay una iglesia, no muy lejos de aquí, que ha aprobado una resolución según la cual ningún nuevo convertido será admitido hasta que haya tenido esperanza por lo menos seis meses. ¿De dónde sacaron semejante regla? No de la Biblia, ni del ejemplo de las primeras iglesias.
3. Al examinar a los nuevos convertidos para admitirlos en la iglesia, no debe enredarse su conciencia examinándolos con demasiada extensión o minuciosidad en puntos de doctrina. Por la manera en que se llevan los exámenes en algunas iglesias, parecería que esperan que los nuevos convertidos conozcan de golpe todo el sistema de teología y sean capaces de responder a toda pregunta enrevesada de la teología. El efecto es que los nuevos convertidos quedan perplejos y confundidos, y dan su asentimiento a cosas que no entienden; y así su conciencia queda enredada y, en consecuencia, debilitada. Pues bien, uno de los grandes fines de recibir a los nuevos convertidos en la iglesia es enseñarles la doctrina; pero si se les ha de mantener fuera de la iglesia hasta que entiendan todo el sistema de doctrinas, ese fin queda frustrado. ¿Los mantendréis fuera hasta que uno de los principales fines de recibirlos se haya cumplido por otros medios? Es absurdo. Hay ciertas doctrinas cardinales del cristianismo que están comprendidas en la experiencia de todo verdadero convertido. Y de ellas darán testimonio los nuevos convertidos en su examen, si se les pregunta de modo que se saque a luz lo que saben, y no de modo que se les desconcierte y confunda. Las preguntas deben ser tales que saquen de ellos lo que han aprendido por experiencia, y no lo que hayan adquirido en teoría antes o después de su conversión. El objeto no es averiguar cuánto saben, o qué tan buenos alumnos de teología son, como se examinaría una escuela o a unos jóvenes que compiten por un premio. Es averiguar si han tenido un cambio de corazón, saber si han experimentado las grandes verdades de la religión por el poder de estas en su propia alma. Veis, pues, cuán absurdo, y también cuán perjudicial, ha de ser examinar como a veces se hace, a la manera de un abogado ante el tribunal que interroga a un testigo sospechoso. Debería ser más bien como un médico fiel, deseoso de conocer el verdadero estado de su paciente, que por eso guía su mente, con preguntas e indicaciones, a revelar los síntomas reales de su caso.
Siempre hallaréis, si hacéis bien vuestras preguntas, que los verdaderos convertidos ven con claridad estos grandes puntos fundamentales: la autoridad divina de las Escrituras, la necesidad de la influencia del Espíritu Santo, la divinidad de Cristo, la doctrina de la depravación total y la regeneración, la necesidad de la expiación, la justificación por la fe y la justicia del castigo eterno de los impíos. Con una serie adecuada de preguntas veréis que todos estos puntos salen a luz como parte de su experiencia, si hacéis vuestras preguntas de manera que las entiendan.
Según se nos informa, el consistorio de una iglesia de esta ciudad ha aprobado que ninguna persona se una a esa iglesia hasta que dé su asentimiento a toda la Confesión de Fe presbiteriana y la adopte como su «regla de fe y de práctica y de obediencia cristiana». Es decir, han de leer de cabo a rabo el libro, que es como tres veces más grande que este himnario, y han de entenderlo y estar de acuerdo con todo él, antes de que puedan ser admitidos a la iglesia, antes de que puedan hacer profesión de religión u obedecer el mandamiento de Cristo. ¿Con qué autoridad dice una iglesia que nadie entrará en su comunión hasta que entienda todos los puntos y tecnicismos de esa larga confesión de fe? ¿Es esa su caridad, meter a la fuerza toda esa confesión de fe por la garganta de un nuevo convertido antes de dejarle siquiera acercarse a la comunión? Él dice: «Amo al Señor Jesucristo y deseo obedecer su mandamiento». «Muy bien, pero ¿entiendes y adoptas la Confesión de Fe?». Él dice: «No lo sé, porque nunca la he leído; pero he leído la Biblia, y la amo, y deseo seguir lo que en ella se manda y acercarme a la mesa del Señor». «¿Amas la Confesión de Fe? Si no, NO VENDRÁS», es la respuesta de este caritativo consistorio; «no te sentarás a la mesa del Señor hasta que hayas adoptado toda esta confesión de fe». ¿Autorizó jamás Jesucristo a un consistorio a decir esto, a decirle a ese hijo de Dios que está allí con lágrimas y pide permiso para obedecer a su Señor, que entiende los fundamentos de su fe y puede dar razón satisfactoria de su esperanza, que no puede unirse a la iglesia hasta que entienda la Confesión de Fe? Sin duda Jesucristo está airado con semejante iglesia, y mostrará su desagrado de un modo que no admitirá equivocación, si no se arrepienten. ¡Cerrar la puerta a los nuevos convertidos hasta que se traguen la Confesión de Fe! ¿Y prosperará semejante iglesia? Jamás.
Ninguna iglesia en la tierra tiene derecho a imponer su extensa confesión de fe a un nuevo convertido que admite los fundamentos de la religión. Pueden darle a conocer su propia fe sobre cuantos puntos quieran, y pueden examinarlo, si lo creen necesario, en cuanto a lo que cree; pero supongamos que tiene dudas sobre algunos puntos que no son esenciales para la experiencia cristiana, como la doctrina del bautismo de infantes, o de la elección, o de la perseverancia de los santos, y supongamos que os dice honrada y francamente que no ha formado su opinión sobre esos puntos. ¿Tiene derecho algún ministro o alguna iglesia a decir que no se acercará a la mesa del Señor hasta que haya terminado todas sus investigaciones sobre esos temas? ¿Que no obedecerá a Jesucristo hasta que se haya decidido del todo sobre cada uno de esos puntos en los que los cristianos, y cristianos consagrados, difieren entre sí? Antes me cortaría la mano derecha que excluir a un convertido en semejantes circunstancias. Enseñaría al nuevo convertido lo mejor que pudiera en el tiempo anterior a su solicitud, y lo examinaría con franqueza en cuanto a sus ideas; y una vez que estuviera en la iglesia, procuraría hacerlo crecer en conocimiento a medida que crece en la gracia. Y en la misma medida de la confianza que tengo en que mis doctrinas son las doctrinas de Dios, esperaría llevarlo a adoptarlas, si pudiera tener una audiencia justa ante su mente. Pero jamás mandaría a uno a quien caritativamente tuviera por hijo de Dios que se mantuviera lejos de la mesa de su Padre, porque no ve todo lo que yo veo ni cree todo lo que yo creo en todo el sistema de teología. Es algo completamente irracional, ridículo y perverso.
4. A veces, personas de quienes se sabe que abrigan una esperanza no se atreven a hacer profesión de religión por temor a estar engañadas. Yo trataría siempre tales casos con firmeza. Una esperanza que no justifica una profesión de religión es manifiestamente peor que no tener esperanza, y cuanto antes se arranque, mejor. ¿Ha de esperar un hombre que ama a Dios, y sin embargo no atreverse a obedecer a Jesucristo? Es un despropósito. Más vale abandonar de una vez semejante esperanza.
5. A veces, personas que profesan ser convertidas se excusan de no unirse a la iglesia diciendo que pueden gozar de la religión igual sin ello. Esto es siempre sospechoso. Yo estaría alerta con tales personas. Es casi seguro que no tienen religión. Por lo general, si una persona no desea asociarse con el pueblo de Dios, está podrida en el fondo. Es porque quiere librarse de las responsabilidades de una profesión pública. Siente dentro de sí que prefiere quedar libre, para poder volver más adelante al mundo si le place, sin el reproche de inconstancia o de hipocresía. ¡Gozar de la religión igual sin obedecer a Jesucristo! Es falso a todas luces. Pasa por alto que la religión consiste en obedecer a Jesucristo.
III. Voy a considerar la importancia de dar una instrucción correcta a los nuevos convertidos.
Por lo general, su carácter cristiano para toda la vida se moldea y se forma según la manera en que se les trata cuando se convierten. Hay muchos a quienes al principio se enseñó mal, pero que después han sido reconvertidos, y si entonces se les trata como es debido, puede hacerse algo de ellos. Pero el momento apropiado para hacerlo es cuando entran por primera vez, cuando su mente está blanda y tierna y cede fácilmente a la verdad. Entonces se les puede llevar con un cabello, si piensan que es la verdad de Dios. Y las ideas religiosas que adquieran entonces tienden a conservarlas para siempre. Es casi imposible quitarle a un hombre las ideas que adquirió cuando era nuevo convertido. Podéis vencerlo con razones, pero él se aferra a ellas. ¡Cuántas veces sucede que, cuando a algunas personas se les han enseñado ciertas cosas al convertirse, si después tienen un nuevo ministro que enseña algo distinto, se levantan contra él, como si fuera a subvertir la fe, a arrastrar a la iglesia al error y a ponerlo todo en confusión! Veis, pues, que los nuevos convertidos quedan en manos de la iglesia, y de la iglesia depende moldearlos y formarlos como cristianos del cuño debido. Gran parte de su consuelo y utilidad futuros depende de la manera en que se les instruya al principio. El carácter futuro de la iglesia, el progreso de los avivamientos, la llegada del milenio, dependen de que se dé una instrucción correcta y una dirección correcta del pensamiento y de la vida a los que son nuevos convertidos.
IV. Voy a mencionar algunas cosas que no deben enseñarse a los nuevos convertidos.
1. «No siempre sentirás lo que sientes ahora». Cuando el nuevo convertido se regocija en su Salvador y se propone vivir para la gloria de Dios y el bien de la humanidad, ¡cuántas veces le sale al paso esta respuesta: «No siempre sentirás así»! Así se prepara su mente para que espere recaer, y para que no le sorprenda mucho cuando recaiga. Esa es precisamente la manera en que el diablo quiere que se trate a los nuevos convertidos: que los cristianos viejos les digan que sus sentimientos no durarán y que con el tiempo estarán tan fríos como ellos. Me ha hecho sangrar el corazón verlo. Cuando el nuevo convertido ha estado derramando su corazón ardiente ante algún viejo profesante, esperando encontrar los cálidos arranques de un espíritu afín que responda al suyo, ¿con qué se encuentra? Con esta fría respuesta, que cae sobre su alma como un viento del norte: «No siempre sentirás así». ¡QUÉ VERGÜENZA! Es preparar al nuevo convertido para que espere recaer como cosa natural; de modo que, cuando empieza a decaer, como es muy probable que ocurra bajo la influencia misma de esta enseñanza, eso no le causa sorpresa ni alarma, sino que lo mira como cosa natural, haciendo lo mismo que hacen todos.
He oído predicar, y también decir en oración, que las temporadas de recaída son necesarias para probar a la iglesia. Dicen: «Cuando llueve, se encuentra agua en cualquier parte; solo en tiempo de sequía se puede saber dónde están los manantiales profundos». ¡Admirable lógica! ¿Y así enseñaríais que los cristianos tienen que enfriarse, embotarse y apartarse de Dios? ¿Y para qué? Pues, por lo visto, para demostrar que no son hipócritas. ¡Asombroso! Probaríais que son hipócritas para demostrar que no lo son.
Semejante doctrina es la última que debería enseñarse a los nuevos convertidos. Hay que decirles que ahora no han hecho más que empezar la vida cristiana, y que su religión ha de consistir en seguir adelante en ella. Hay que enseñarles a avanzar todo el tiempo y a crecer continuamente en la gracia. No les enseñéis a ir adelgazando su religión, dejándola cada vez más pequeña hasta que termine en punta. Dios dice: «La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto». ¿De quién es, entonces, la senda que se va oscureciendo más y más hasta que la noche es perfecta? Hay que llevarlos a tal estado de ánimo que los primeros indicios de decaimiento en la espiritualidad o en el celo los alarmen y los espoleen al deber. No hay necesidad de que los nuevos convertidos recaigan como recaen. Pablo no recayó. Y no dudo que esta misma doctrina, «No siempre sentirás así», es una de las grandes artimañas de Satanás para producir el resultado que predice.
2. «Aprende a andar por fe y no por vista». Esto se dice a veces a los nuevos convertidos respecto a seguir mostrando el poder de la religión, y es una manifiesta perversión de la Escritura. Si empiezan a perder su fe y su celo y a caer en tinieblas, algún viejo profesante les dirá: «Ah, no puedes esperar tener siempre al Salvador contigo; has estado andando por vista; tienes que aprender a andar por fe y no por vista». Es decir: tienes que aprender a quedarte frío como la muerte, y luego aferrarte a la doctrina de la perseverancia de los santos como único fundamento de tu esperanza de ser salvo. Y eso es andar por fe. Deja de perseverar, y luego agárrate a la doctrina de la perseverancia. «Uno de los desatinos de la culpa, y la carcajada más sonora del infierno». ¡Y al vivir gozando del favor de Dios y de los consuelos del Espíritu Santo lo llaman andar por vista! ¿Suponéis que los nuevos convertidos ven al Salvador en el momento en que creen en él? Cuando están tan llenos de los goces del cielo, ¿suponéis que ven el cielo, y así andan por vista? Es absurdo a todas luces. No es fe, es presunción, lo que hace que un apóstata se aferre a la doctrina de la perseverancia, como si eso fuera a salvarlo, sin ningún ejercicio sensible de piedad en su alma. Los que intentan andar por fe de esa manera harían bien en tener cuidado, o entrarán andando en el infierno con su fe. ¡Vaya fe! La fe sin obras es muerta. ¿Puede una fe muerta hacer vivir al alma?
3. «Espera hasta ver si puedes perseverar». Cuando un nuevo convertido se siente celoso y de corazón ardiente, y quiere entregarse por entero a Dios, algún viejo profesante prudente le advertirá que no vaya demasiado deprisa. «Más te vale no adelantarte demasiado en la religión hasta ver si puedes perseverar; porque si tomas una posición tan alta y luego caes, deshonrarás la religión». Es decir, en buen castellano: «No hagas nada de lo que constituye la religión hasta ver si tienes religión». La religión consiste en obedecer a Dios. Ahora bien, estos sabios maestros le dicen a un nuevo convertido: «No obedezcas a Dios hasta ver»... ¿qué? Hasta ver si lo has obedecido; o hasta ver si has conseguido esa sustancia, esa cosa misteriosa que ellos se imaginan que se crea y se coloca en el hombre, como un trozo de carne nueva, y a la que llaman religión. Este sistema de espera es todo igual, y todo equivocado. No hay autoridad en la Escritura para decirle a una persona que espere, cuando tiene encima el mandamiento de Dios y delante la senda del deber. Que siga adelante.
A los nuevos convertidos hay que enseñarles plenamente que esta es la única manera coherente de averiguar si tienen alguna religión. La única prueba que pueden tener es hallar que están entregados de corazón a hacer la voluntad de Dios. Decirle, pues, que espere, antes de hacer estas cosas, hasta que tenga su prueba, es invertir el asunto, y es absurdo.
4. «Espera hasta tener fuerzas antes de tomar la cruz». Esto se aplica a diversos deberes religiosos. A veces se aplica a la oración, como si la oración fuera una cruz. Pero he sabido de nuevos convertidos a quienes se aconsejaba que no intentaran orar con su familia, o que no intentaran todavía orar en las reuniones y en los círculos sociales. «Espera hasta tener fuerzas». Como si fueran a tener fuerzas sin ejercicio. La fuerza viene por el ejercicio. No se adquiere fuerza quedándose quieto. Dejad a un niño en la cuna toda su vida, y nunca tendrá fuerza alguna; podrá crecer en tamaño, pero nunca podrá ser más que un gran bebé. Esta es una ley de la naturaleza. No hay sustituto del ejercicio para producir fuerza. El cuerpo, como todo el mundo sabe, solo puede fortalecerse con el ejercicio. Así es en la naturaleza de las cosas. Y lo mismo ocurre con la mente. Lo mismo con los afectos, con el juicio, con la conciencia. Todas las facultades del alma se fortalecen con el ejercicio. No necesito entrar ahora en la filosofía de esto. Todo el mundo sabe que es así. Si la mente no se ejercita, el cerebro no crecerá, y el hombre se volverá idiota. Si los afectos no se ejercitan, se volverá un estoico. Hablarle a un convertido de descuidar la acción cristiana hasta que tenga fuerzas es absurdo. Si quiere adquirir fuerza, que se ponga a trabajar.
5. A los nuevos convertidos no se les debe hacer sectarios en sus sentimientos. No se les debe enseñar a detenerse en las distinciones sectarias, ni a ser quisquillosos en los puntos sectarios. Deben examinar esos puntos en el momento oportuno y de la manera debida, y formarse su propia opinión según la importancia que tengan. Pero no se les debe enseñar a detenerse en ellos ni a darles mucha importancia al comienzo de su vida religiosa. De lo contrario, hay gran peligro de que toda su religión desemboque en sectarismo. He visto algunas muestras muy tristes y lamentables de los efectos de esto en los nuevos convertidos. Y siempre que veo a supuestos convertidos aferrarse con fuerza a peculiaridades sectarias, no importa de qué denominación cristiana, siempre tengo dudas sobre ellos. Cuando los oigo preguntar: «¿Crees en la doctrina de la elección?», o «¿Crees en el bautismo por aspersión?», o «¿Crees en el bautismo por inmersión?», me entristezco. Nunca he conocido que tales convertidos valieran gran cosa. Su celo sectario pronto les agria los sentimientos, les carcome todo el corazón de su religión y moldea todo su carácter en un pecaminoso fanatismo sectario. Por lo general se vuelven celosísimos de la tradición de los ancianos, y muy poco preocupados por la salvación de las almas.
V. Paso a mencionar algunas de las cosas que es importante enseñar a los nuevos convertidos.
1. Una de las primeras cosas que hay que enseñar a los nuevos convertidos es a distinguir entre emoción y principio en la religión. ¿Me entendéis? Voy a explicar lo que quiero decir, pero quiero que os quedéis con las palabras y las tengáis fijas en la mente. Lo que quiero es que distingáis entre emoción y principio.
Por emoción entiendo ese estado de la mente del que somos conscientes y que llamamos sentimiento: un estado involuntario de la mente que surge naturalmente cuando estamos en ciertas circunstancias o bajo ciertas influencias. Puede haber sentimientos muy exaltados, o pueden calmarse hasta la tranquilidad, o desaparecer por completo. Pero estas emociones deben distinguirse cuidadosamente del principio religioso. Por principio no entiendo ninguna sustancia, raíz, semilla o brote implantado en el alma. Entiendo la decisión voluntaria de la mente, la firme determinación de cumplir el deber y obedecer la voluntad de Dios, por la cual el cristiano debe gobernarse siempre. Cuando un hombre está plenamente decidido a obedecer a Dios porque es JUSTO que obedezca a Dios, a eso lo llamo principio. Sienta o no alguna emoción religiosa viva en ese momento, cumplirá su deber con alegría, con prontitud y de corazón, cualquiera que sea el estado de sus sentimientos. Esto es obrar por principio, y no por emoción. Muchos nuevos convertidos tienen ideas equivocadas sobre este tema, y dependen casi por completo del estado de sus sentimientos para avanzar en el deber. Algunos no dirigen una reunión de oración a menos que sientan que pueden hacer una oración elocuente. Multitudes se dejan llevar casi por completo por sus emociones, y ceden a ello como si se creyeran sin obligación alguna de cumplir el deber a menos que los impulse alguna emoción fuerte. Serán muy celosos en la religión cuando tengan ganas, cuando sus emociones estén cálidas y vivas; pero no vivirán la religión con constancia ni la llevarán a todos los asuntos de la vida. Son religiosos solo en la medida en que los empuja un arrebato de sentimiento. Pero esa no es la verdadera religión.
Hay que enseñar con cuidado a los nuevos convertidos que, cuando tienen el deber delante, lo cumplan. Por apagados que estén sus sentimientos, si el deber llama, CÚMPLELO. No esperes a sentir, sino CÚMPLELO. Lo más probable es que las mismas emociones que esperarías se pongan en ejercicio cuando empieces a cumplir tu deber. Si el deber es la oración, por ejemplo, y no tienes los sentimientos que quisieras, no esperes a las emociones para orar; ora, y ensancha tu boca. Y al hacerlo es muy probable que tengas las emociones que estabas inclinado a esperar, y que constituyen la felicidad consciente de la religión.
2. Hay que enseñar a los nuevos convertidos que han renunciado a la propiedad de todos sus bienes y de sí mismos, o que, si no lo han hecho, no son cristianos. No hay que dejarlos pensar que algo es suyo: su tiempo, sus bienes, su influencia, sus facultades, su cuerpo o su alma. «No sois vuestros»; todo pertenece a Dios; y cuando se sometieron a Dios, le hicieron entrega libre de todo, para que él lo gobernara y dispusiera de ello a su voluntad. No tienen derecho a gastar una sola hora como si su tiempo fuera suyo. No tienen derecho a ir a ninguna parte ni a hacer nada para sí mismos, sino que deben tenerlo todo a disposición de Dios y emplearlo todo para la gloria de Dios. Si no lo hacen, no deberían llamarse cristianos, porque la idea misma de ser cristiano es renunciar al yo y consagrarse por entero a Dios. Un hombre no tiene más derecho a retener algo de Dios que a robar o hurtar. Es robo en el sentido más alto de la palabra. Es un crimen infinitamente mayor que el de un dependiente de comercio que tomara el dinero de su patrón y lo gastara en sus propias concupiscencias y placeres. Quiero decir que, para un hombre, retener algo de Dios es un crimen mayor contra ÉL que cualquiera que un hombre pueda cometer contra su prójimo, por cuanto Dios es dueño de todas las cosas en un sentido infinitamente más alto que aquel en que el hombre puede ser dueño de algo. Si Dios los llama a emplear algo que tienen, su dinero o su tiempo, o a dar a sus hijos, o a dedicarse a sí mismos al avance de su reino, y ellos se niegan porque quieren usarlo a su manera, o prefieren hacer otra cosa, es muchísimo más culpable que si un dependiente o un agente malversara el dinero que su patrón le ha confiado y lo gastara en su familia, o lo invirtiera en acciones de banco o en especulaciones para sí mismo.
Dios es el dueño de todo en un sentido infinitamente más alto que aquel en que pueda decirse que un patrón es dueño de lo que tiene. Y la iglesia de Cristo nunca tomará una posición elevada, nunca se desenredará del mundo, nunca podrá avanzar sin estos continuos decaimientos y recaídas, hasta que los cristianos, y las iglesias en general, adopten y mantengan la posición de que es tan materia de disciplina que un miembro de la iglesia niegue en la práctica su mayordomía como que niegue la divinidad de Cristo, y de que la avaricia debidamente probada excluirá a un hombre de la comunión con la misma certeza que el adulterio.
La iglesia es muy ortodoxa en sus ideas, pero muy herética en la práctica; pero ha de llegar el tiempo en que la iglesia vigile la ortodoxia en la práctica con tanto celo como la ortodoxia en la doctrina, y en que esté tan pronta a expulsar a los herejes en la práctica como a los herejes que corrompen las doctrinas del evangelio. De hecho, es muchísimo más importante. El único fin de la doctrina es producir la práctica, y la iglesia no parece entender que la fe verdadera «obra por el amor y purifica el corazón», que la herejía en la práctica es prueba concluyente de herejía en las convicciones. La iglesia es muy quisquillosa en cuanto a la doctrina correcta y muy descuidada en cuanto a la vida correcta. Esto es un despropósito. ¿Hemos llegado a esto, a que la iglesia de Jesucristo se dé por satisfecha con ideas correctas sobre algunos puntos abstractos, sin reducir nunca su ortodoxia a la práctica? Que no sea así por más tiempo.
Ya es hora de que estas cosas se pongan en orden. Y la única manera de ponerlas en orden es empezar bien con los que apenas están entrando en la religión. Hay que decir a los nuevos convertidos que son tan dignos de condenación, y que la iglesia no puede ni quiere tener comunión con ellos, si muestran un espíritu avaro y hacen oídos sordos cuando el mundo entero pide ayuda, como si vivieran en adulterio o en la adoración diaria de ídolos.
3. Enseñadles a cultivar una conciencia tierna. Muchas veces me ha asombrado ver qué poca conciencia hay, aun entre aquellos de quienes esperamos que son cristianos. Y aquí vemos la razón. Su conciencia nunca fue cultivada. Nunca se les enseñó ni se les dijo cómo cultivar una conciencia tierna. Ni siquiera tienen una conciencia natural. Han tratado su conciencia con tanta rudeza, y la han resistido tantas veces, que se ha embotado y no actúa. La utilidad de un cristiano depende en gran parte de que sepa cultivar su conciencia. Hay que enseñar a los nuevos convertidos a mantener su conciencia tan tierna como la niña de los ojos. Deben vigilar su conducta y sus motivos, y que sus motivos sean tan puros y su conducta tan desinteresada que no ofendan, ni dañen, ni ahoguen la conciencia. Deben mantener tal hábito de escuchar a la conciencia, que esta esté siempre dispuesta a pronunciar un veredicto severo en toda ocasión. Es asombroso ver cuánto puede cultivarse la conciencia siguiendo el camino adecuado. Si se la atiende como es debido, puede hacerse tan pura y tan poderosa que responda siempre exactamente a la palabra de Dios. Presentad cualquier deber a un cristiano así, o cualquier renuncia, o padecimiento; mostradle tan solo la palabra de Dios, y lo hará sin decir palabra. En pocos meses, si se les enseña y atiende como es debido, los nuevos convertidos pueden tener una conciencia tan delicadamente equilibrada que el peso de una pluma los haga inclinarse. Traedles solo un «Así dice el Señor», y estarán siempre dispuestos a hacerlo, sea lo que sea.
4. Hay que enseñar a los nuevos convertidos a orar sin cesar. Es decir, deben velar siempre sobre su mente y estar todo el tiempo en espíritu de oración. Hay que enseñarles a orar siempre, pase lo que pase. Por falta de una instrucción correcta en este punto, muchos nuevos convertidos sufren pérdida y se alejan mucho de Dios. Por ejemplo, sucede a veces que un nuevo convertido cae en algún pecado, y entonces siente como si no pudiera orar; y en lugar de vencer esto, se siente tan afligido que espera a que pase el filo agudo de su aflicción. En lugar de ir derecho a Jesucristo en medio de su angustia, confesar su pecado con todo el corazón y obtener un perdón renovado y la paz restaurada, espera hasta que toda la viveza de sus sentimientos se ha calmado, y entonces su arrepentimiento, si es que se arrepiente, es frío y a medias. Permitidme deciros, amados, que nunca hagáis esto; sino que, cuando vuestra conciencia os oprima, vayáis en ese mismo momento derecho a Cristo, confeséis plenamente vuestro pecado y derraméis vuestro corazón ante Dios.
A veces la gente deja de orar porque está en tinieblas y no siente deseo de orar. Pero ese es precisamente el momento en que necesita la oración. Esa es precisamente la razón por la que debe orar. Debes ir derecho a Dios y confesar tu frialdad y la oscuridad de tu mente. Dile exactamente cómo te sientes. Dile: «Oh Señor, no tengo deseo de orar, pero sé que debo orar». Y cuando menos lo pienses, puede venir el Espíritu y llevar tu corazón a la oración, y todas las nubes oscuras pasarán.
5. Hay que advertir fielmente a los nuevos convertidos contra la adopción de una norma falsa en la religión. No hay que dejar que se pongan a la zaga de los viejos profesantes y los tengan delante como norma de vida santa. Deben mirar siempre a Cristo como su modelo. No han de aspirar a ser tan buenos cristianos como los viejos miembros de la iglesia, ni pensar que lo hacen bastante bien porque están tan despiertos como los miembros antiguos de la iglesia. Deben aspirar a ser santos, y no darse por satisfechos hasta que sean perfectos como Dios. La iglesia ha sufrido gran daño por no prestar atención a este asunto. Los nuevos convertidos se han presentado con el corazón ardiente y un celo lo bastante fervoroso para aspirar a una norma elevada; pero no se les dirigió como era debido, y así pronto se acomodan a la idea de que lo que es bastante bueno para otros es bastante bueno para ellos, y por eso nunca aspiran más alto que los que van delante. Y de este modo la iglesia, en lugar de subir con cada avivamiento más y más alto en santidad, se mantiene casi estancada.
6. Hay que enseñar a los nuevos convertidos a cumplir todo su deber. Nunca deben transigir con el deber, ni pensar en decir: «Haré esto para compensar que descuido aquello». Nunca deben darse por satisfechos hasta haber cumplido su deber de toda clase: respecto a su familia, a la iglesia, a las escuelas dominicales, a los impenitentes que los rodean, al uso de sus bienes, a la conversión del mundo. Que cumplan su deber tal como lo sienten cuando su corazón está ardiente; y que nunca pretendan escoger entre los mandamientos de Dios.
7. Hay que hacerles sentir que no tienen ningún interés aparte. Ya es hora de que se haga sentir de verdad a los cristianos que no tienen interés alguno separado del interés de Jesucristo y de su reino. Deben entender que han sido incorporados a la familia de Jesucristo como miembros de pleno derecho, de modo que todo su interés se identifica con el de él. Se han embarcado con él; han subido a bordo y lo han llevado todo consigo. Y en adelante no tienen nada que hacer ni nada que decir, sino en cuanto se relacione con ese interés y tenga que ver con la causa y el reino de Cristo.
8. Hay que enseñarles a mantener la sencillez de motivo. Los nuevos convertidos no deben empezar a tener doble ánimo en ningún asunto, ni dejar que motivos egoístas se mezclen con los buenos en nada de lo que hagan. Pero eso nunca será posible mientras se permita a los cristianos tener un interés propio aparte, distinto del interés de Jesucristo. Si sienten que tienen un interés aparte, es imposible impedir que lo tengan en cuenta y lo miren tanto como al interés de Cristo en muchas de las cosas que hacen. Solo consagrándose por entero a Dios y entregándolo todo a su servicio pueden mantener siempre sencillo el ojo y puros los motivos.
9. Deben comenzar con la determinación de aspirar a ser útiles en el más alto grado posible. No deben darse por satisfechos con ser simplemente útiles, o con permanecer en una situación en que pueden hacer algún bien. Si ven una oportunidad de hacer más bien, deben aprovecharla, cueste lo que les cueste. No importa lo que les cueste, no importa qué peligro o qué sufrimiento, no importa a qué cambio de sus circunstancias exteriores, de sus hábitos o de sus ocupaciones los lleve. Si están convencidos de que, en conjunto, harán más bien, no deben ni siquiera vacilar. ¿De qué otro modo pueden ser semejantes a Dios? ¿Cómo pueden pensar que llevan la imagen de Jesucristo si no están dispuestos a hacer todo el bien que está en su poder? Cuando un hombre se convierte, entra en un mundo nuevo, y debe considerarse un hombre nuevo. Si halla que puede hacer más bien permaneciendo en su antigua ocupación, que así sea. Pero si puede hacer más bien de otra manera, está obligado a cambiar. Por no prestar atención a este asunto desde el principio, los cristianos han llegado a tener ideas tan bajas sobre el deber. Y esa es la razón de que haya tantos miembros inútiles en nuestras iglesias.
10. Hay que enseñarles a no buscar el consuelo, sino la utilidad en la religión. Hay en las iglesias muchísimos epicúreos espirituales que se pasan todo el tiempo buscando ser felices en la religión, mientras se toman muy poco trabajo por ser útiles. Prefieren con mucho pasar el tiempo cantando himnos gozosos y derramando sus sentimientos felices en un torrente de júbilo y triunfo, antes que pasarlo en oración agonizante por los pecadores, o yendo de un lado a otro a sacar del fuego a los hombres que perecen. Parecen sentir como si hubieran nacido para disfrutar. Pero no creo que tales cristianos den frutos que hagan de su ejemplo algo digno de imitarse. No era ese el espíritu de los apóstoles. Ellos sufrían dolores de parto por las almas, y trabajaban en fatiga y en dolor, y en peligros de muerte muchas veces, para salvar a los pecadores. Ni es tampoco seguro. Por lo general, los cristianos no están preparados para beber hondo en la fuente del gozo. En los casos ordinarios, una honda agonía de oración por las almas es más provechosa que los altos vuelos de gozo. Que se enseñe claramente a los nuevos convertidos a no contar con una vida de gozo y de triunfo. Pueden ser llamados a pasar por pruebas de fuego. Satanás puede zarandearlos como a trigo. Pero deben seguir adelante, no contando tanto con ser felices como con ser útiles; no hablando de consuelo, sino de deber; no deseando vuelos de gozo y de triunfo, sino teniendo hambre y sed de justicia; no estudiando cómo crear nuevos vuelos de arrobamiento, sino cómo conocer la voluntad de Dios y hacerla. Ya serán bastante felices en el cielo. Allí podrán cantar el cántico de Moisés y del Cordero. Y de hecho gozarán aquí de una felicidad más sólida y racional si no piensan en ella, sino que se dedican con paciencia a hacer la voluntad de Dios.
11. Hay que enseñarles a tener valor moral, y a no tener miedo de avanzar en el deber. La Biblia insiste plenamente en la audacia y el valor cristianos en la acción como un deber. No quiero decir que se den a bravatas, como Pedro, anunciando lo que harán y jactándose de su valor. El jactancioso es por lo general un cobarde de corazón. Quiero decir valor moral, una decisión de propósito humilde y firme que avance en cualquier deber, sin ira y sin temor, con la mansedumbre y la firmeza del Hijo de Dios.
12. Hay que instruirlos de modo que sean sanos en la fe. Es decir, desde temprano deben quedar, en lo posible, completos y correctos en cuanto a su creencia doctrinal. Tan pronto como se pueda, sin apartar su mente de sus deberes prácticos en promover la gloria de Dios y la salvación de los hombres, hay que enseñarles plena y claramente todas las doctrinas principales de la Biblia. El conocimiento doctrinal es indispensable para crecer en la gracia. El conocimiento es el alimento de la mente. «El alma sin ciencia», dice el Sabio, «no es buena». La mente no puede crecer sin conocimiento, como tampoco el cuerpo sin alimento. Por eso es importante que los nuevos convertidos sean adoctrinados a fondo y llevados a entender la Biblia. Por adoctrinar no entiendo enseñar el catecismo, sino enseñarles a sacar el conocimiento de la fuente misma. Cread en su mente tal apetito de conocimiento que se coman la Biblia, la devoren, la amen, y la amen toda. Toda Escritura es útil, para que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.
13. Hay que poner gran empeño en guardar a los nuevos convertidos de la censura. Los nuevos convertidos, cuando acaban de ponerse del lado del Señor y están llenos de ardor y de celo, a veces encuentran a los viejos profesantes tan fríos y muertos que se sienten fuertemente tentados a censurarlos. Esto debe corregirse de inmediato; de lo contrario, el hábito envenenará su mente y destruirá su religión.
14. Deben aprender a decir que no. Para muchos es una lección muy difícil. Mirad a aquella joven. Antes le encantaba el círculo mundano y se deleitaba en sus placeres. Se unió a la iglesia, y entonces se encontró apartada de todas sus antiguas amistades. Ya no la invitan a sus bailes y fiestas, porque saben que no los acompañará, y quizá se mantienen del todo alejados por un tiempo, por miedo a que les hable de su alma. Pero poco a poco se van atreviendo, y alguno se aventura a invitarla solo a dar un paseo en coche con unos pocos amigos. A ella no le gusta decir que no. Son sus antiguos amigos, van solo unos pocos, y sin duda un paseo es una diversión tan inocente, que acepta la invitación. Pero ahora que ha empezado a ceder, el hielo se ha roto, y la tienen otra vez como una de ellos. La cosa sigue, y empieza a asistir a sus visitas sociales —«solo unos pocos amigos», ya sabéis—, hasta que con el tiempo se levanta la alfombra para bailar, y lo siguiente, quizá, es que se va a un paseo en trineo el sábado por la noche, vuelve a casa pasada la medianoche, y luego duerme toda la mañana del día del Señor para recuperarse, quizá incluso un domingo de comunión. Todo por no haber aprendido a decir que no.
Mirad a aquel joven. Durante un tiempo estaba siempre en su lugar, en la escuela dominical y en la reunión de oración. Pero poco a poco sus antiguos amigos empiezan otra vez a tener atenciones con él, y lo van arrastrando paso a paso. Cada paso parece una cosa muy pequeña, y parecería descortés negar una cosa tan pequeña. Razona que, si se niega a acompañarlos en cosas inocentes, perderá su influencia sobre ellos. Y así sigue, hasta que descuida la reunión de oración, la clase bíblica y aun la Biblia y la oración en secreto. ¡Ah, joven, detente ahí! Da solo un paso más sin aprender a decir que no, y estás perdido. Si no quieres exponer la causa de Cristo al escarnio y al desprecio, aprende a resistir los comienzos de la tentación. De lo contrario, te sobrevendrá, con el tiempo, como quien suelta las aguas.
15. Hay que enseñarles lo que es y lo que no es experiencia cristiana. Es necesario, tanto para su consuelo como para su utilidad, que entiendan esto, para que no se metan en angustias innecesarias por falta de algo que de ningún modo es esencial a la experiencia cristiana, ni se lisonjeen de tener más religión de la que realmente ejercitan. Pero esta noche no puedo detenerme en este tema.
16. Enseñadles a no tener por sacrificio nada de lo que hacen por Dios. Algunas personas siempre están hablando de los sacrificios que hacen en la religión. No tengo confianza en semejante piedad. ¿Por qué siguen hablando de sus sacrificios, como si todo lo que hacen por Dios fuera un sacrificio? Si amaran a Dios, no hablarían así. Si consideraran que sus propios intereses y el interés de Cristo son uno mismo, no hablarían de hacer sacrificios por Cristo; sería como hablar de hacer sacrificios por sí mismos.
17. Es de gran importancia enseñar a los nuevos convertidos a ser estrictamente honrados. Con esto quiero decir más de lo que quizá pensáis. Es una gran cosa ser estrictamente honrado. Es ser muy diferente del mundo en general, y muy diferente aun de la gran mayoría de los que profesan la religión. El hombre más santo que he conocido, que había sido muchos años cristiano y ministro, me hizo una vez esta observación: «Hermano, es una gran cosa ser estrictamente honrado, íntegro, recto en todo, de modo que el ojo puro de Dios pueda ver que la mente es perfectamente recta».
Es de suma importancia que los nuevos convertidos entiendan lo que es ser estrictamente honrado en todo, para que puedan tener una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres. ¡Ay, ay! ¡Qué poca conciencia hay! ¡Qué poco de esa honradez real, de esa integridad pura y sencilla que debería distinguir la vida de un hijo de Dios! ¡Qué poco respetan muchos aun una promesa expresa! El otro día oí de varias personas que se suscribieron a la Sociedad Antiesclavista, y ni la mitad pagará sus cuotas. El pretexto es que firmaron estando bajo excitación, y que no les da la gana pagar. Como si el haber estado excitados los librara de la obligación de cumplir su promesa. Pues es tan deshonesto como negarse a pagar un pagaré. Prometieron, firmaron con su nombre, ¿y ahora no quieren pagar? ¡Y a eso lo llaman honradez!
He oído que hay en la ciudad varios hombres que se comprometieron por cientos de dólares con el Instituto Oneida, prometiendo pagar el dinero cuando se les pidiera; y cuando se les pidió, se negaron a pagar. Y la razón era que en el Instituto se habían vuelto todos abolicionistas. Muy bien. Supongamos que así sea. ¿Cambia eso vuestra promesa? ¿Firmasteis con la condición de que, si introducían allí el abolicionismo, quedaríais libres? Si fue así, estáis libres. Pero si disteis vuestra promesa sin condición alguna, es tan deshonesto negaros como si hubierais firmado un pagaré. Y, sin embargo, algunos de vosotros casi os enojaríais si alguien os acusara de negaros a pagar un dinero que prometisteis.
Mirad esto con seriedad. ¿Quién dice Dios que irá al cielo? Leed el Salmo 15, y vedlo. «El que aun jurando en daño suyo, no por eso cambia». ¿Qué pensáis de eso? Si un hombre ha prometido algo, a menos que sea cometer pecado, que cumpla su promesa, si quiere ser honrado o ir al cielo. Pero aquí esta gente hace promesas y, porque no pueden demandarla, las quebranta con la misma facilidad que si no fueran nada. No dejarían que un pagaré fuera protestado en el banco. ¿Por qué? Porque perderían su crédito y serían demandados. Pero el Instituto Oneida, y la Sociedad Antiesclavista, y otras sociedades, no los demandarán por el dinero; y por eso esta gente se ofende por cualquier cosa y se niega a pagar. ¿Es esto honradez? ¿Les abrirá semejante honradez las puertas del cielo? ¿Qué? ¿Quebrantar vuestras promesas, y subir llevando una mentira en la mano delante de Dios? Si os negáis a cumplir vuestra promesa o la descuidáis, sois mentirosos, y si persistís en ello, tendréis vuestra parte en el lago que arde con fuego y azufre. Yo no querría, ni por diez mil mundos, morir con dinero en las manos que hubiera retenido injustamente de cualquier otro fin al que lo hubiera prometido. Tal dinero «carcomerá como gangrena».
Si no podéis pagar el dinero, esa es una buena excusa. Pero entonces decidlo. Pero si os negáis a pagar lo que habéis prometido porque habéis cambiado de idea, tened por seguro que sois culpables. No podéis orar hasta que paguéis ese dinero. ¿Qué vais a orar? «Oh Señor, prometí dar ese dinero, pero cambié de idea y quebranté mi promesa; pero aun así, oh Señor, te ruego que me bendigas y perdones mi pecado, aunque me quede con mi dinero, y que me hagas feliz en tu amor». ¿Serán oídas semejantes oraciones? Jamás.
Pero, hermanos, me es imposible tocar todos los puntos de que pensaba hablar; así que lo dejaré aquí, y terminaré este tema en otra ocasión.
Capítulo 21 completado
Discurso XIX. Instrucciones a los convertidos