Capítulo 23 · 35 min de lectura · 45 min de escucha
Discurso XXI. El descarriado de corazón
DISCURSO XXI.
EL DESCARRIADO DE CORAZÓN.
Texto.—De sus caminos se hartará el descarriado de corazón.—Proverbios 14:14.
NO PUEDO concluir esta serie de discursos sin prevenir a los convertidos contra el descarrío. Al tratar este tema, expondré:
I. Lo que no es el descarrío de corazón.
II. Lo que es el descarrío de corazón.
III. Cuáles son las evidencias del descarrío de corazón.
IV. Mostraré cuáles son las consecuencias del descarrío de corazón.
V. Cómo salir de este estado.
I. Lo que no es el descarrío de corazón.
1. No consiste en que se apaguen unas emociones religiosas muy exaltadas. El apaciguamiento del sentimiento religioso puede ser una evidencia de un corazón descarriado, pero el descarrío no consiste en el enfriamiento del sentimiento religioso.
II. Lo que es el descarrío de corazón.
1. Consiste en retirar aquella consagración a Dios y a su servicio que constituye la verdadera conversión.
2. Es el abandono, por parte de un cristiano, de su primer amor.
3. Consiste en que el cristiano se retira de aquel estado de entrega entera y universal a Dios que constituye la verdadera religión, y vuelve a quedar bajo el dominio de un espíritu que busca agradarse a sí mismo.
4. El texto da a entender que puede haber un corazón descarriado aun cuando se mantengan la forma de la religión y la obediencia a Dios. Como sabemos por nuestra propia conciencia que los hombres realizan los mismos actos, o actos semejantes, por motivos muy diferentes y a menudo opuestos, tenemos la certeza de que los hombres pueden mantener todas las formas y apariencias externas de la religión cuando, en realidad, están descarriados de corazón. No cabe duda de que el egoísmo más intenso adopta a menudo un aspecto religioso, y hay muchas consideraciones que podrían llevar a un descarriado de corazón a mantener las formas, mientras ha perdido en su alma el poder de la piedad.
III. Cuáles son las evidencias de un corazón descarriado.
1. Un formalismo manifiesto en los ejercicios religiosos. Una manera estereotipada y formal de decir y hacer las cosas, que es claramente fruto de la costumbre y no el desbordamiento de la vida religiosa. Este formalismo será frío como un témpano y carente de emoción, y pondrá de manifiesto una total falta de fervor en el cumplimiento del deber religioso. En la oración y en los ejercicios religiosos, el descarriado de corazón orará, alabará, confesará o dará gracias con los labios, de modo que todos puedan oírlo, quizá, pero de tal manera que nadie pueda sentirlo. Semejante formalismo sería imposible donde existieran una fe y un amor presentes y vivos, y celo religioso.
2. La falta de gozo religioso es evidencia de un corazón descarriado. Siempre disfrutamos al decir y hacer aquellas cosas que agradan a quienes más amamos; además, cuando el corazón no está descarriado, se mantiene la comunión con Dios y, por tanto, no solo se cumplen con agrado todos los deberes religiosos, sino que la comunión con Dios que ellos implican es fuente de un gozo rico y continuo. Si no disfrutamos del servicio de Dios, es porque no le servimos de verdad. Si lo amamos supremamente, es imposible que no disfrutemos de su servicio a cada paso. Recordad, pues, siempre: cuando perdáis vuestro gozo religioso, o el gozo de servir a Dios, podéis saber que no le estáis sirviendo como es debido.
3. La esclavitud religiosa es otra evidencia de un corazón descarriado. Dios no tiene esclavos. No acepta el servicio de siervos que le sirven porque no tienen más remedio. No acepta sino un servicio de amor. El descarriado de corazón encuentra en sus deberes religiosos una carga. Ha prometido servir al Señor. No se atreve a romper del todo con la forma del servicio, y procura ser cumplidor, mientras no pone el corazón en la oración, en la alabanza, en el culto, en los deberes del aposento, ni en ninguno de aquellos ejercicios que son tan espontáneos y deleitosos donde hay verdadero amor a Dios. El descarriado de corazón se parece a menudo a una esposa cumplidora, pero sin amor. Procura cumplir su deber para con su marido, pero fracasa por completo porque no lo ama. Su esmero por agradar a su marido es forzado, no el desahogo espontáneo de un corazón que ama, y su relación y sus deberes se convierten en la carga de su vida. Anda quejándose del peso de los cuidados que tiene encima, y no es probable que aconseje a las jóvenes que se casen. Está comprometida de por vida y, por tanto, tiene que cumplir los deberes de la vida conyugal; pero, ¡ay, qué esclavitud es! Lo mismo sucede con la esclavitud religiosa. El que profesa la religión tiene que cumplir su deber. Se arrastra penosamente para hacerlo, y lo oiréis cantar, con toda naturalidad, himnos de descarriado:
«Oigo a la razón, sopeso sus consejos,
y apruebo todas sus palabras;
y, sin embargo, me cuesta obedecer,
y más aún me cuesta amar».
4. Un genio sin freno.
Mientras el corazón está lleno de amor, el genio estará naturalmente templado y dulce o, en todo caso, la voluntad lo mantendrá sujeto y no permitirá que estalle en insultos escandalosos; o si en algún momento escapara del dominio de la voluntad hasta el punto de desatarse en palabras odiosas, pronto será sometido, y de ningún modo se le permitirá tomar el control y manifestarse para molestia de los demás. Sobre todo, un corazón que ama confesará y se quebrantará si alguna vez el mal genio se apodera de él. Por tanto, dondequiera que se permita a un genio irritable y sin control manifestarse ante los que rodean a uno, podéis saber que hay un corazón descarriado.
5. Un espíritu falto de caridad es evidencia de un corazón descarriado. Con esto me refiero a la falta de aquella disposición que da a la conducta de cada uno la interpretación más favorable que sea razonable: una falta de confianza en las buenas intenciones y en lo que profesan los demás. Por naturaleza damos crédito a lo bueno que profesan aquellos a quienes amamos. Por naturaleza les atribuimos motivos rectos y damos a sus palabras y obras la interpretación más favorable que admitan. Donde falta esto, hay evidencia concluyente de un corazón descarriado o sin amor.
6. Un espíritu censurador es evidencia concluyente de un corazón descarriado. Es un espíritu que busca faltas y pone en tela de juicio los motivos de los demás, cuando su conducta admite una interpretación caritativa. Es una disposición a cargar la culpa sobre otros y a juzgarlos con dureza. Es un espíritu de desconfianza hacia el carácter y la profesión cristianos. Es un estado de ánimo que se revela en juicios duros, en dichos duros y en la manifestación de sentimientos desagradables hacia determinadas personas. Este estado de ánimo es del todo incompatible con un corazón que ama, y dondequiera que alguien que profesa la religión manifieste un espíritu censurador, podéis saber que hay un corazón descarriado.
7. La falta de interés en la palabra de Dios es también evidencia de un corazón descarriado. Quizá nada demuestra de forma más concluyente que alguien que profesa la religión tiene el corazón descarriado que el hecho de que pierda su interés en la Biblia. Mientras el corazón está lleno de amor, ningún libro del mundo es tan precioso como la Biblia. Pero cuando el amor se ha ido, la Biblia no solo pierde todo interés, sino que a menudo se vuelve repulsiva. No hay fe para aceptar sus promesas, pero queda suficiente convicción para temer sus amenazas. Con todo, por lo general el descarriado de corazón es apático respecto a la Biblia. No la lee mucho, y cuando la lee, no tiene interés suficiente para entenderla. Sus páginas se vuelven oscuras y sin interés, y por eso la descuida.
8. La falta de interés en la oración secreta es también evidencia de un corazón descarriado.
¡Joven cristiano! Si notas que vas perdiendo el interés en la Biblia y en la oración secreta, detente en seco, vuélvete a Dios y no te des descanso hasta que goces de la luz de su rostro. Si te sientes poco inclinado a orar o a leer tu Biblia; si, cuando oras y lees tu Biblia, no pones el corazón en ello ni hallas gozo; si te inclinas a acortar tus devociones secretas o te dejas inducir fácilmente a descuidarlas; si tus pensamientos, tus afectos y tus emociones divagan, y los deberes de tu aposento se convierten en una carga, puedes saber que eres un descarriado de corazón, y tu primera tarea es quebrantarte y procurar que tu amor y tu celo se renueven.
9. La falta de interés en la conversión de las almas y en los esfuerzos por promover avivamientos de la religión. Esto, desde luego, revela un corazón descarriado. No hay nada en lo que un corazón que ama se interese más que en la conversión de las almas en los avivamientos de la religión, y en los esfuerzos por promoverlos.
10. La falta de interés en los relatos o narraciones publicados de avivamientos de la religión es también evidencia de un corazón descarriado. Mientras uno conserva su interés en la conversión de las almas y en los avivamientos de la religión, se interesará, por supuesto, en todos los relatos de avivamientos de la religión en cualquier lugar. Por tanto, si te encuentras poco inclinado a leer tales relatos, o ves que no te interesan, da por sentado que estás descarriado de corazón.
11. Lo mismo ocurre con las misiones y con la obra y las actividades misioneras. Si pierdes el interés en esa obra y en la conversión de los paganos, y no te deleitas en leer y oír acerca del éxito de las misiones, puedes saber que estás descarriado de corazón.
12. La pérdida de interés en las empresas benéficas en general es evidencia de un corazón descarriado. Digo la pérdida de interés, porque, ciertamente, si alguna vez te convertiste a Cristo, has tenido interés en todas las empresas benéficas que llegaron a tu conocimiento. La religión consiste en la benevolencia desinteresada. Por supuesto, un alma convertida se interesa profundamente en todos los esfuerzos benévolos por reformar y salvar a la humanidad. En el buen gobierno, en la educación cristiana, en la causa de la templanza, en la abolición de la esclavitud, en la provisión para los pobres y, en suma, en toda buena palabra y obra: en la misma proporción en que hayas perdido el interés en estas cosas, tienes evidencia de que estás descarriado de corazón.
13. La pérdida de interés en la conversación verdaderamente espiritual es otra evidencia de un corazón descarriado. «De la abundancia del corazón habla la boca». Esto lo anunció nuestro Señor Jesucristo como una ley de nuestra naturaleza. Ninguna conversación es tan dulce para un corazón que ama de verdad como la que trata de Cristo y de nuestra experiencia cristiana viva. Si notas que pierdes el interés en conversar sobre la religión del corazón y sobre las diversas y maravillosas experiencias de los cristianos, entonces, si alguna vez supiste lo que es el verdadero amor de Dios, has caído de él y eres un descarriado de corazón.
14. La pérdida de interés en la conversación y la compañía de personas muy espirituales es evidencia de un corazón descarriado. Nos deleitamos sobre todo en la compañía de quienes más se interesan por las cosas que nos son más queridas. De ahí que un corazón cristiano que ama busque siempre la compañía de quienes tienen una mente más espiritual y cuya conversación es más evangélica y espiritual. Si en este aspecto te encuentras falto, ten por cierto que estás descarriado de corazón.
15. La pérdida de interés en la cuestión de la santificación es evidencia de un corazón descarriado. Lo repito: la pérdida de interés; porque, si alguna vez conociste de verdad el amor de Dios, tienes que haber sentido un gran interés en la cuestión de la consagración entera a Dios, o de la santificación entera. Si eres cristiano, has sentido que el pecado era una abominación para tu alma. Has tenido anhelos inefables de librarte de él para siempre, y todo lo que pudiera arrojar luz sobre esa cuestión de importancia tan angustiosa te resultaba sumamente interesante. Si has dejado de lado esa cuestión y ya no te interesa, es porque estás descarriado de corazón.
16. La pérdida de interés en los recién convertidos es también evidencia de un corazón descarriado. El salmista dice: «Los que te temen me verán, y se alegrarán, porque en tu palabra he esperado». Esto lo pone en boca de un convertido, ¿y quién no sabe que es verdad? Pues hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente; ¿y no hay gozo entre los santos de la tierra por los que vienen a Cristo y son como niños recién nacidos en el reino de los cielos? Mostradme a alguien que profesa la religión y no manifiesta un interés absorbente por los convertidos a Cristo, y yo os mostraré a un descarriado de corazón y a un hipócrita: profesa la religión y no la tiene.
17. Un estado de ánimo falto de caridad respecto a los que profesan haberse convertido es también evidencia de un corazón descarriado. La caridad, o el amor, todo lo espera y todo lo cree, y está muy dispuesta a juzgar con bondad y favor a quienes profesan haberse convertido a Cristo; naturalmente velará por ellos con interés, orará por ellos, los instruirá y tendrá en ellos tanta confianza como sea razonable tener. Por tanto, una disposición a sacarles defectos, criticarlos y censurarlos es evidencia de un corazón descarriado.
18. La falta del espíritu de oración es evidencia de un corazón descarriado. Mientras el amor de Cristo se mantiene fresco en el alma, el Espíritu de Cristo que mora en ella se revelará como espíritu de gracia y de oración. Engendrará en el alma fuertes deseos por la salvación de los pecadores y la santificación de los santos. Muchas veces intercederá en ellos con grandes anhelos, con gran clamor y lágrimas, y con gemidos que no pueden expresarse con palabras, por aquellas cosas que son conformes a la voluntad de Dios; o, para decirlo con el lenguaje de la Escritura, según Pablo en Romanos 8:26 y 27: «Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos». Si el espíritu de oración se aparta, es señal segura de un corazón descarriado, pues mientras continúa el primer amor de un cristiano, con toda seguridad el Espíritu Santo lo impulsará a luchar mucho en oración.
19. Un corazón descarriado se revela a menudo en la manera en que la gente ora. Por ejemplo, orar como quien está en un estado de autocondenación, o muy a la manera de un pecador bajo convicción, es evidencia de un corazón descarriado. Una persona así pondrá de manifiesto que no está en paz con Dios. Sus confesiones y autoacusaciones mostrarán a otros lo que quizá ni ella misma entiende bien. Su manera de orar revelará que no tiene comunión con Dios; que, en lugar de estar lleno de fe y de amor, está más o menos convicto de pecado y consciente de que no se halla en estado de aceptación delante de Dios. Naturalmente orará más como un pecador convicto que como un cristiano. Por su oración se verá que no está en un estado de libertad cristiana: que está viviendo una experiencia del capítulo 7 de Romanos, en lugar de la que se describe en el capítulo 8 de Romanos.
20. Un corazón descarriado se revelará además en orar casi exclusivamente por uno mismo y por aquellos amigos a quienes se considera parte de uno mismo. Muchas veces resulta muy llamativo, y hasta escandaloso, asistir a una reunión de oración de descarriados, y siento mucho decir que muchas reuniones de oración de la iglesia son poco más que eso. Sus oraciones son tímidas y vacilantes, y revelan que tienen poca o ninguna fe. En lugar de rodear el trono de la gracia y derramar el corazón pidiendo una bendición para los que los rodean, hay que empujarlos al deber, a que tomen su cruz. Su corazón no se desborda, ni quiere desbordarse, espontáneamente hacia Dios en oración. Tienen muy poca preocupación por los demás, y cuando, como ellos dicen, toman su cruz, cumplen su deber y hacen como que dirigen la oración, se observará que oran exactamente como un grupo de pecadores convictos, casi del todo por sí mismos. Piden aquello que, si lo obtuvieran, sería religión, tal como un pecador convicto pediría un corazón nuevo; y al pedir religión como lo hacen, ponen de manifiesto que, en su presente estado de ánimo, no la tienen. Pedidles que oren por la conversión de los pecadores, y o bien lo olvidarán por completo, o bien los mencionarán de un modo que mostrará que no tienen corazón para orar por ellos. He conocido a padres que profesaban ser cristianos llegar a un estado tal que no tenían corazón para orar por la conversión de sus propios hijos, aun cuando esos hijos estaban bajo convicción. Mantenían el culto familiar y asistían a una reunión de oración semanal, y nunca salían del viejo surco de orar dando vueltas y más vueltas por sí mismos. Hace algunos años trabajaba yo en un avivamiento en una iglesia presbiteriana. Al terminar el sermón de la noche, me di cuenta de que la hija de uno de los ancianos de la iglesia estaba en gran angustia de espíritu. Observé que sus convicciones eran muy profundas. Habíamos tenido una reunión con los inquiridores en la sacristía, y acababa yo de despedirlos cuando esta joven vino a mí muy agitada y me suplicó que orara por ella. La gente se había ido casi toda, salvo unos pocos que esperaban en la nave de la iglesia a que despidieran a los amigos que habían asistido a la reunión de inquiridores. Llamé al padre de la joven a la sacristía para que viera el estado de gran ansiedad en que se encontraba su hija. Después de una breve conversación personal con ella en presencia de su padre, le pedí a él que orara por ella, y le dije que yo lo haría después, y la insté a que entregara su corazón a Cristo. Nos arrodillamos todos, y él hizo toda su oración, arrodillado al lado de su hija, que sollozaba, sin mencionar ni una vez el caso de ella. Su oración reveló que no tenía más religión que ella, y que se hallaba más o menos en su mismo estado de ánimo: bajo un terrible sentimiento de condenación. Había mantenido la apariencia de religión. Como anciano de la iglesia, se veía obligado a mantener las apariencias. Había dado vueltas y más vueltas en la noria de sus deberes, mientras su corazón estaba completamente descarriado. Muchas veces resulta casi nauseabundo asistir a una reunión de oración de los descarriados de corazón. Van dando la vuelta, uno tras otro, orando en realidad por su propia conversión. No lo expresan así, pero ese es el verdadero sentido de su oración. No podrían hacer más evidente que son descarriados de corazón aunque cada uno de ellos lo jurara.
21. Faltar a las reuniones de oración ordinarias por motivos leves es señal segura de un corazón descarriado. Ninguna reunión es más interesante para un cristiano despierto que la reunión de oración, y mientras tengan algún corazón para orar, no faltarán a ella a menos que la providencia de Dios les impida asistir. Si la visita de un amigo a la hora de la reunión puede impedir que asistan, a no ser que la visita se haga en circunstancias muy especiales, es fuerte evidencia de que no desean asistir y, por tanto, de que son descarriados de corazón. Una visita a esa hora no les impediría asistir a una boda, a una fiesta, a una merienda campestre o a una conferencia entretenida. Lo cierto es que es hipocresía que pretendan que de verdad quieren ir, mientras motivos leves bastan para mantenerlos alejados. Si se tratara de algún lugar al que desearan mucho ir, se excusarían y dirían: «Precisamente iba a salir a pasear en coche», o «Precisamente iba a tal sitio», y allá se irían.
22. Lo mismo vale para el descuido del culto familiar por motivos leves.
Mientras el corazón está entregado a la religión, los cristianos no omitirán fácilmente las devociones familiares, y siempre que estén prontos a hallar una excusa para omitirlas, es evidencia segura de que están descarriados de corazón.
23. Cuando la oración secreta se considera más un deber que un privilegio, es porque el corazón está descarriado. Siempre me ha parecido casi ridículo oír a los cristianos hablar de la oración como de un deber. Es uno de los mayores privilegios de la tierra. ¿Qué pensaríamos de un niño que acudiera a su padre a pedirle la comida, no porque tuviera hambre, sino como un deber? ¿Qué impresión nos causaría oír a un mendigo hablar del deber de pedirnos limosna? Es un privilegio infinito que se nos permita venir a Dios y pedirle que supla todas nuestras necesidades. Pero orar porque tenemos que hacerlo, y no porque se nos permite, parece antinatural. Pedir lo que necesitamos, y porque lo necesitamos, y porque Dios nos ha animado a pedir y ha prometido responder a nuestra petición, es natural y razonable. Pero orar como un deber, y como si con nuestra oración le hiciéramos un favor a Dios, es del todo ridículo, y es señal segura de un corazón descarriado.
24. Abogar por las diversiones mundanas es también señal de un corazón descarriado. Las diversiones más gratas que puede haber para una mente verdaderamente espiritual son aquellas ocupaciones que ponen al alma en la comunión más directa con Dios. Mientras el corazón está lleno de amor y de fe, una hora o una velada pasada a solas, en comunión con Dios, es más deleitosa que todas las diversiones que el mundo puede ofrecer. Un corazón que ama tiene celo de todo lo que pueda romper o estorbar su comunión con Dios. Las meras diversiones mundanas no le apetecen. Cuando el alma no encuentra más deleite en Dios que en todas las cosas del mundo, el corazón está tristemente descarriado.
25. La ceguera espiritual es otra evidencia de un corazón descarriado. Mientras el ojo es sincero, todo el cuerpo estará lleno de luz espiritual; pero si el ojo es malo (lo cual es un corazón descarriado), todo el cuerpo estará lleno de tinieblas.
La ceguera espiritual se revela en la falta de interés en la palabra de Dios y en la verdad religiosa en general. Se manifestará también en una falta de discernimiento espiritual, y se dejará engañar fácilmente por las insinuaciones de Satanás. Un corazón descarriado llevará a adoptar principios morales relajados. No discierne la espiritualidad de la ley de Dios, ni de sus exigencias en general. Cuando esta ceguera espiritual se manifiesta, es señal segura de que el corazón está descarriado.
26. La apatía religiosa, unida a una viveza y sensibilidad mundanas, es señal segura de un corazón descarriado. A veces vemos personas que sienten honda y prontamente en los asuntos del mundo, pero a las que no se logra hacer sentir hondamente en los asuntos religiosos. Esto indica con claridad un estado de ánimo descarriado.
27. Un espíritu indulgente consigo mismo es señal segura de un corazón descarriado. Por indulgencia consigo mismo entiendo una disposición a satisfacer los apetitos, las pasiones y las inclinaciones, a «hacer la voluntad de la carne y de los pensamientos».
En la Biblia esto se presenta como un estado de muerte espiritual. Estoy convencido de que la ocasión más común del descarrío de corazón se halla en el clamor de los diversos apetitos e inclinaciones por ser satisfechos. El apetito por la comida es con frecuencia, y quizá con más frecuencia que ningún otro, la ocasión del descarrío. Me temo que pocos cristianos perciben algún peligro por este lado. El mandato de Dios es: «Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios». Los cristianos lo olvidan, y comen y beben para agradarse a sí mismos: consultan sus apetitos en lugar de las leyes de la vida y de la salud. Más personas caen en el lazo de su mesa de lo que la iglesia imagina. La mesa es un lazo de muerte para multitudes que nadie puede contar. Muchísimas personas que se abstienen por completo de bebidas alcohólicas se permiten el té y el café, y aun el tabaco, y una comida que, tanto en cantidad como en calidad, viola todas las leyes de la salud. Parece que no tienen otra ley que la del apetito, y a este lo depravan tanto con el abuso que satisfacerlo es arruinar a la vez el cuerpo y el alma. Mostradme a un glotón que profesa la religión, y yo os mostraré a un descarriado.
28. Una conciencia cauterizada es también evidencia de un corazón descarriado. Mientras el alma está despierta y llena de amor, la conciencia es tan sensible como la niña del ojo. Pero cuando el corazón está descarriado, la conciencia calla y está cauterizada respecto a muchas cosas. Una persona así os dirá que no viola su conciencia al comer o beber, ni en ninguna clase de indulgencia consigo misma. Hallaréis que un descarriado tiene muy poca conciencia. Lo mismo ocurre, por lo general, con los pecados de omisión. Pueden descuidarse multitud de deberes, y una conciencia cauterizada permanecerá callada. Donde la conciencia no está despierta, el corazón está sin duda descarriado.
29. Los principios morales relajados son señal segura de un corazón descarriado. El descarriado de corazón escribirá cartas en el día de reposo, se entregará a lecturas profanas y a mucha conversación mundana. En los negocios, una persona así sacará pequeñas ventajas y recurrirá a trucos comerciales, se amoldará a las costumbres de los hombres de negocios mundanos en sus transacciones, será culpable de engaño y de tergiversación al cerrar tratos, exigirá intereses exorbitantes y se aprovechará de las necesidades de sus semejantes.
30. El predominio del temor de los hombres es evidencia de un corazón descarriado. Mientras el corazón está lleno del amor de Dios, se teme a Dios y no al hombre. El deseo del aplauso de los hombres se mantiene sujeto, y a una persona así le basta con agradar a Dios, ya sea que los hombres queden complacidos o disgustados. Pero cuando el amor de Dios mengua, «el temor del hombre», que «pondrá lazo», se apodera del hombre. Su meta es entonces agradar al hombre antes que a Dios. En tal estado, preferirá ofender a Dios antes que al hombre.
31. La meticulosidad en cuanto a formas, ceremonias y cosas no esenciales es evidencia de un corazón descarriado. Un corazón que ama solo es escrupuloso respecto a la sustancia y el poder de la religión, y no se pondrá a porfiar por sus formas.
32. Un espíritu quisquilloso respecto a las medidas para promover avivamientos de la religión es evidencia segura de un corazón descarriado. Donde el corazón está plenamente puesto en la conversión de los pecadores y la santificación de los creyentes, abordará naturalmente la cuestión del modo más directo, y por los medios más adecuados para alcanzar el fin. No pondrá objeciones a medidas que evidentemente Dios bendice, ni tropezará en ellas, sino que empleará toda su sagacidad en idear los medios más apropiados para alcanzar el gran fin en que tiene puesto el corazón.
IV. Mostraré cuáles son las consecuencias del descarrío de corazón. El texto dice que el descarriado de corazón se hartará de sus propios caminos.
1. Se llenará de sus propias obras. Pero estas son obras muertas; no son obras de fe y de amor, aceptables a Dios, sino los trapos de inmundicia de su propia justicia. Si las realiza como servicios religiosos, no son más que una hipocresía repugnante y una abominación para Dios; no hay corazón en ellas, y a una persona así Dios le dice: «¿Quién demandó esto de vuestras manos?». «Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación». «Mas yo os conozco, que no tenéis amor de Dios en vosotros».
2. Se llenará de sus propios sentimientos. En lugar de aquella dulce paz y descanso, y del gozo en el Espíritu Santo que una vez experimentó, se hallará en un estado de inquietud, descontento consigo mismo y con todos los demás, con sentimientos a menudo dolorosos, humillantes, y tan desagradables y poco amables como se pueda imaginar. Muchas veces es muy penoso convivir con un descarriado. Suelen ser malhumorados, censuradores e irritantes en todos sus modos. Han abandonado a Dios, y en sus sentimientos hay más del infierno que del cielo.
3. Se llenarán de sus propios prejuicios. Su disposición a conocer y hacer la verdad ha desaparecido. Con toda naturalidad se pondrán en contra de cualquier verdad que apriete a su espíritu indulgente consigo mismo. Procurarán justificarse; no leerán ni oirán nada que reprenda su estado de descarrío, y llegarán a tener hondos prejuicios contra todo el que se cruce en su camino. Si alguien los reprende, lo tienen por enemigo. Se atrincheran, cierran los ojos a la luz, se ponen a la defensiva y critican todo lo que pudiera escudriñarlos.
4. El descarriado de corazón se llenará de sus propias enemistades. Una persona así casi con seguridad guardará rencores contra aquellos con quienes tiene negocios u otras relaciones. Se irritará en casi todas las relaciones de la vida, se permitirá enfadarse y encolerizarse, y llegará a tener tales relaciones con algunas personas, y quizá con muchas, que no podrá orar por ellas con sinceridad y apenas podrá tratarlas con la cortesía más elemental. Este es un resultado casi seguro de un corazón descarriado.
5. El descarriado de corazón se llenará de sus propios errores. No anda con Dios. Ha salido del orden divino. No es guiado por el Espíritu, sino que anda en tinieblas espirituales. En este estado caerá con seguridad en muchos y graves errores, y puede enredarse de tal manera que eche a perder su felicidad y, quizá, destruya su utilidad para toda la vida. Errores en los negocios, errores al establecer nuevas relaciones en la vida, errores en el uso de su tiempo, de su lengua, de su dinero, de su influencia: todo le saldrá mal mientras permanezca en estado de descarrío.
6. El descarriado de corazón se llenará de sus propias concupiscencias. Sus apetitos y pasiones, que habían estado sujetos, han recobrado ahora el dominio y, después de haber sido reprimidos tanto tiempo, parecerán vengarse volviéndose más exigentes y despóticos que nunca. Los apetitos y pasiones animales estallarán, para asombro del descarriado, y apuesto diez contra uno a que no se encuentra más bajo su influencia, y más esclavizado por ellos, que nunca antes.
7. El descarriado de corazón se llenará de sus propias palabras. Mientras está en ese estado, no quiere ni puede dominar su lengua. Esta demostrará ser un miembro indomable, llena de veneno mortal; inflamará la rueda de la creación, y ella misma será inflamada por el infierno. Con sus palabras se enredará en muchas dificultades y perplejidades, de las que nunca podrá librarse hasta que vuelva a Dios.
8. Se llenará de sus propias pruebas. En lugar de mantenerse lejos de la tentación, se meterá de lleno en ella. Atraerá sobre sí multitud de pruebas que nunca habría tenido si no se hubiera apartado de Dios. Se quejará de sus pruebas y, sin embargo, no dejará de multiplicarlas. El descarriado siente vivamente sus pruebas y, mientras se queja de que todo lo que lo rodea lo prueba tanto, no deja de agravarlas; y, siendo él mismo su autor, parece afanarse por atraerlas sobre sí como una avalancha.
9. El descarriado de corazón se llenará de sus propias necedades. Habiendo rechazado la dirección divina, es evidente que caerá en las profundidades de su propia necedad. Dirá y hará inevitablemente multitud de cosas necias y ridículas. Como profesa la religión, estas cosas se notarán tanto más y, por supuesto, lo expondrán tanto más al ridículo y al desprecio. El descarriado es, en verdad, el mayor necio del mundo. Teniendo un conocimiento experimental del verdadero camino de la vida, comete la infinita necedad de abandonarlo. Conociendo la fuente de agua viva, la ha dejado y ha cavado para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua. Habiendo incurrido en esta infinita necedad, todo el curso de su vida de descarriado ha de ser el de un necio, en el sentido bíblico de la palabra.
10. El descarriado de corazón se llenará de sus propias tribulaciones. Dios está contra él, y él está contra sí mismo. No está en paz con Dios, ni consigo mismo, ni con la iglesia, ni con el mundo. No tiene descanso interior. La conciencia lo condena. Dios lo condena. Todos los que conocen su estado lo condenan. «No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos». No hay posición en el tiempo ni en el espacio en que pueda hallar reposo.
11. El descarriado de corazón se llenará de sus propios afanes. Ha vuelto al egoísmo. Se considera a sí mismo y considera sus posesiones como propios. Tiene que ocuparse de todo. No quiere tenerse a sí mismo ni tener sus posesiones como pertenecientes a Dios, ni desprenderse de la responsabilidad de cuidar de sí mismo y de todo lo que posee. No echa, no quiere echar, su ansiedad sobre el Señor, sino que se empeña en manejarlo todo por sí mismo, con su propia sabiduría y para sus propios fines. En consecuencia, sus afanes se multiplicarán y caerán sobre él como un diluvio.
12. El descarriado de corazón se llenará de sus propias perplejidades. Habiendo abandonado a Dios, habiendo salido de su orden y caído en las tinieblas de su propia necedad, se llenará de perplejidades y dudas acerca del rumbo que ha de seguir para alcanzar sus fines egoístas. No anda con Dios, sino en contra de Dios. Por eso la providencia de Dios se cruzará constantemente en su camino y frustrará todos sus planes. Dios ensombrecerá su senda con su ceño, y se encargará de confundir sus proyectos y de esparcir sus planes a los cuatro vientos.
13. El descarriado de corazón se llenará de sus propias ansiedades. Estará ansioso por sí mismo, por sus negocios, por su reputación, por todo. Ha sacado todas estas cosas de las manos de Dios, y las reclama y las trata como suyas; y, no teniendo ya fe en Dios, y siendo incapaz de dominar los acontecimientos, por fuerza ha de llenarse de ansiedad respecto al futuro. Estas ansiedades son el resultado inevitable de su locura y necedad al abandonar a Dios.
14. El descarriado de corazón se llenará de sus propias decepciones. Habiendo abandonado a Dios y adoptado ante él una actitud de obstinación, Dios inevitablemente lo decepcionará en la persecución de sus fines egoístas. Trazará sus caminos para agradarse a sí mismo, sin consultar a Dios. Por supuesto, Dios trazará los suyos de modo que lo decepcione. Decidido a salirse con la suya, se sentirá muy decepcionado si sus planes se frustran; y el curso seguro de los acontecimientos bajo el gobierno de Dios ha de traer, naturalmente, una serie de decepciones sobre súbditos que se han rebelado contra él.
15. El descarriado de corazón por fuerza se llenará de sus propias pérdidas. Considera sus posesiones como suyas, su tiempo como suyo, su influencia como suya, su reputación como suya. La pérdida de cualquiera de estas cosas la tiene por pérdida propia. Habiendo abandonado a Dios, y siendo incapaz de dominar los acontecimientos de los que depende la permanencia de esas cosas, se verá sufriendo pérdidas por todas partes. Pierde su paz. Pierde sus bienes. Pierde gran parte de su tiempo. Pierde su reputación cristiana. Pierde su influencia cristiana, y si persiste, pierde su alma.
16. El descarriado de corazón se llenará de sus propias cruces. Todo deber religioso le resultará fastidioso y, por tanto, una cruz. Su estado de ánimo convertirá en cruces multitud de cosas que, en un estado de ánimo cristiano, le habrían sido sumamente agradables. Habiendo perdido todo el corazón para la religión, el cumplimiento de todos los deberes religiosos contraría sus sentimientos. No hay remedio para él, a menos que vuelva a Dios. Todo el curso de la providencia divina se atravesará en su camino, y toda su vida será una serie de cruces y de pruebas. No puede salirse con la suya. No puede complacerse cumpliendo sus propios deseos y anhelos. Puede golpearse y estrellarse contra las rocas eternas de la voluntad de Dios y del camino de Dios, pero abrirse paso y arrollarlo todo, eso no puede. Ha de ser contrariado una y otra vez, y otra vez más, hasta que entre en el orden divino y se rinda a la voluntad de Dios.
17. El descarriado de corazón se llenará de sus propios arrebatos de genio. Habiendo abandonado a Dios, es seguro que tendrá mucho que lo irrite. En estado de descarrío no puede poseer su alma con paciencia. Las contrariedades de su vida de descarriado lo volverán nervioso e irritable; su genio se hará explosivo e incontrolable.
18. El descarriado de corazón se llenará de sus propias deshonras. Profesa la religión. Los ojos del mundo están puestos en él, y todas sus inconsecuencias, su mundanalidad, sus necedades, su mal genio y sus palabras y obras odiosas lo deshonran en la estima de todos los que lo conocen.
19. El descarriado de corazón se llenará de sus propios engaños. Teniendo el ojo malo, todo su cuerpo estará lleno de tinieblas. Casi con seguridad caerá en engaños en cuanto a las doctrinas y en cuanto a las prácticas. Vagando en tinieblas como vaga, es muy probable que se trague los engaños más groseros. El espiritismo, el mormonismo, el universalismo y cualquier otro «ismo» alejado de la verdad tendrán muchas probabilidades de apoderarse de él. ¿Quién no ha observado esto en los descarriados de corazón?
20. El descarriado de corazón se llenará de su propia esclavitud. Su profesión de religión lo esclaviza a la iglesia. No tiene corazón para atender a los intereses de la iglesia ni para trabajar en su edificación y, sin embargo, está obligado a ello por su pacto, y su reputación está en juego. Tiene que hacer algo para sostener las instituciones religiosas, pero hacerlo es una esclavitud. Si lo hace, es porque tiene que y no porque se le permite. Además, está esclavizado a Dios. Si cumple algo que él llama deber religioso, lo hace más como esclavo que como hombre libre. Sirve por temor o por esperanza, exactamente como un esclavo, y no por amor. Además, está esclavizado a su propia conciencia. Para evitar la convicción y el remordimiento, hará u omitirá muchas cosas, pero todo con desgana, y en absoluto por su propia y cordial buena voluntad.
21. El descarriado de corazón está lleno de su propia condenación. Habiendo gozado del amor de Dios y habiéndolo abandonado, se siente condenado por todo. Si intenta cumplir un deber religioso, sabe que no pone el corazón en ello, y por eso se condena. Si descuida el deber religioso, por supuesto se condena. Si lee su Biblia, ella lo condena. Si no la lee, se siente condenado. Si va a la reunión, los cultos lo condenan, y si se queda en casa, queda condenado. Si ora en secreto, en su familia o en público, sabe que no es sincero, y se siente condenado. Si descuida o se niega a orar, se siente condenado. Todo lo condena. Su conciencia está en armas contra él, y los truenos y relámpagos de la condenación lo siguen dondequiera que va.
V. Cómo salir de un estado de descarrío.
1. Recuerda de dónde has caído. Aborda la cuestión de inmediato, y compara deliberadamente tu estado presente con aquel en que andabas con Dios.
2. Hazte cargo de la convicción de tu verdadera posición. No tardes más en comprender la situación exacta entre Dios y tu alma.
3. Arrepiéntete en seguida y haz de nuevo tus primeras obras.
4. No intentes volver reformando solo tu conducta exterior. Empieza por tu corazón, y ponte en seguida a cuentas con Dios.
5. No actúes como un mero pecador convicto, ni intentes hacerte acepto a Dios con obras u oraciones impenitentes. No pienses que tienes que reformarte y hacerte mejor antes de poder venir a Cristo; entiende con claridad que solo venir a Cristo puede hacerte mejor. Por muy angustiado que te sientas, ten por cierto que, hasta que te arrepientas y aceptes su voluntad incondicionalmente, no eres mejor, sino que vas empeorando continuamente. Hasta que te arrojes en su misericordia soberana y vuelvas así a Dios, él no aceptará nada de tus manos.
6. No te imagines que estás en un estado de justificación, porque sabes que no lo estás. Tu conciencia te condena, y sabes que Dios debería condenarte; y si él te justificara en tu estado presente, tu conciencia no podría justificarlo a él. Ven, pues, en seguida a Cristo como un pecador culpable y condenado, que es lo que eres; reconócelo, carga sobre ti toda la vergüenza y toda la culpa, y cree que, a pesar de todos tus extravíos lejos de Dios, él todavía te ama: que te ha amado con amor eterno y que, por tanto, te está atrayendo con misericordia.
Capítulo 23 completado
Discurso XXI. El descarriado de corazón