Discursos sobre el avivamiento de la religión
Discurso X. Ganar almas requiere sabiduría

Capítulo 12 · 38 min de lectura · 49 min de escucha

Discurso X. Ganar almas requiere sabiduría

DISCURSO X.

GANAR ALMAS REQUIERE SABIDURÍA.

Texto.—El que gana almas es sabio.—Proverbios 11:30.

LA definición más común de la sabiduría es que consiste en elegir el mejor fin y escoger los medios más adecuados para alcanzarlo: la mejor adaptación de los medios para lograr un fin deseado. «El que gana almas», dice Dios, «es sabio». El objeto del discurso de esta noche es orientar a los cristianos en el uso de los medios para alcanzar su fin infinitamente deseable, la salvación de las almas. Esta noche limitaré mi atención a los esfuerzos privados de los individuos por la conversión y salvación de los hombres. En otra ocasión quizá use el mismo texto para hablar de lo que es sabio en la predicación pública del evangelio y en las labores de los ministros. Al dar algunas indicaciones para ayudar a los cristianos en esta obra, me propongo:

I. Mostrar a los cristianos cómo deben tratar a los pecadores indiferentes.

II. Cómo deben tratar a los pecadores despertados.

III. Cómo deben tratar a los pecadores convictos.

I. La manera de tratar a los pecadores indiferentes.

1. En cuanto al momento. Es importante que escojas el momento oportuno para intentar causar una impresión seria en la mente de un pecador indiferente. Mucho depende de acertar con el momento de tus esfuerzos. Porque si no logras escoger el momento más oportuno, muy probablemente fracasarás. Es cierto, puedes decir, que es tu deber advertir en todo tiempo a los pecadores y procurar despertarlos para que piensen en su alma. Y así es; pero si no prestas la debida atención al momento y a la ocasión, tu esperanza de éxito puede ser muy dudosa.

(1.) Es deseable, si es posible, hablar a una persona indiferente cuando está libre de otras ocupaciones. Cuanto más ocupada esté su atención en otra cosa, más difícil será despertarla a la religión. Las personas indiferentes y despreocupadas de la religión a menudo se ofenden, en lugar de beneficiarse, cuando se las aparta de un negocio importante y lícito. Por ejemplo, un ministro va quizá a visitar a la familia de un comerciante, de un artesano o de un agricultor, y encuentra al hombre absorto en su trabajo; tal vez lo aparta de su tarea cuando esta es urgente, y el hombre se siente incómodo e irritable, y lo toma como una intromisión. En un caso así, hay poco motivo para esperar algún bien. Aunque es verdad que la religión es infinitamente más importante que todos sus negocios mundanos, y que él debería posponerlo todo a la salvación de su alma, él no lo siente así, porque si lo sintiera ya no sería un pecador indiferente; por eso lo considera injustificable y se ofende. Tienes que tomarlo tal como lo encuentras, como un pecador indiferente e impenitente, y tratarlo en consecuencia. Está absorto en otras cosas, y es muy propenso a ofenderse si escoges ese momento para interrumpirlo y llamar su atención a la religión.

(2.) Es importante abordar a una persona, si es posible, en un momento en que no esté fuertemente agitada por algún otro asunto. Si lo está, no se halla en disposición adecuada para que se le hable de la religión. Cuanto más fuerte sea esa agitación, tanto más probable será que no hagas ningún bien. Puede que llegues a él; ha habido personas cuya mente ha sido detenida y vuelta hacia la religión en medio de una poderosa agitación por otros asuntos. Pero no es probable.

(3.) Asegúrate de que la persona esté completamente sobria. Antes era más común que ahora que la gente bebiera licor todos los días y se embriagara más o menos. Exactamente en la medida en que lo están, quedan incapacitados para que se les aborde sobre la religión. Si han estado bebiendo cerveza, o sidra, o vino, de modo que puedas olerles el aliento, puedes saber que hay pocas probabilidades de producir en ellos algún efecto duradero. Me ha sucedido que personas que profesaban la religión me traían a alguien, alegando que estaba bajo convicción; pues ya sabéis que a la gente bebida a menudo le gusta mucho hablar de religión; pero en cuanto me acercaba lo bastante para olerle el aliento, preguntaba: ¿Por qué me traéis a este hombre borracho? Pues, dicen, no está borracho, solo ha bebido un poco. Bien, ese poco lo ha emborrachado un poco. Está borracho si se le puede oler el aliento. Son rarísimos los casos en que una persona ha estado verdaderamente convicta teniendo en el cuerpo algún licor embriagante.

(4.) Si es posible, cuando desees conversar con un hombre sobre la salvación, abórdalo cuando esté de buen humor. Si lo encuentras de mal humor, muy probablemente se enojará y te insultará. Más vale dejarlo en paz por esa vez, o es probable que apagues el Espíritu. Es posible que logres hablar de tal manera que se le calme el genio, pero no es probable. La verdad es que los hombres aborrecen a Dios, y aunque su odio esté adormecido, se excita con facilidad; y si pones a Dios plenamente delante de su mente cuando ya están excitados por la ira, tanto más fácil será que su enemistad estalle en violencia abierta.

(5.) Si es posible, aprovecha siempre la oportunidad de conversar con los pecadores indiferentes cuando están a solas. La mayoría de los hombres son demasiado orgullosos para que se les hable con franqueza de sí mismos en presencia de otros, aun de su propia familia. Un hombre en tales circunstancias reunirá todas sus fuerzas para defenderse, mientras que si estuviera solo se quebrantaría bajo la verdad. Resistirá la verdad, o intentará tomarla a broma, por temor a que, si mostrara algún sentimiento, alguien vaya a contar que se ha puesto serio.

Al visitar a las familias, en lugar de reunir a toda la familia a la vez para hablarles, es mejor verlos a todos uno por uno. Hubo un caso de este tipo. Varias señoritas de carácter orgulloso, alegre y mundano vivían juntas en una familia de la alta sociedad. Dos hombres deseaban vivamente presentarles el tema de la religión, pero no sabían cómo hacerlo, por temor a que todas se unieran para contrarrestar o resistir toda impresión seria. Al fin tomaron este camino. Fueron a la casa e hicieron subir su tarjeta a una de las señoritas, por su nombre. Ella bajó, y conversaron con ella sobre su salvación; y como estaba sola, no solo los trató con cortesía, sino que pareció recibir la verdad con seriedad. Uno o dos días después visitaron de la misma manera a otra, y luego a otra, y así sucesivamente, hasta que hubieron conversado con cada una por separado. En poco tiempo todas, creo que cada una de ellas, se habían convertido, según toda esperanza. Así es como debía ser, porque de ese modo no podían darse ánimo unas a otras. Y además, la impresión hecha en una se continuaba con las demás, de modo que ninguna quedaba para ejercer una mala influencia sobre las otras.

Había una mujer piadosa que tenía una casa de huéspedes para jóvenes caballeros; tenía veintiuno o veintidós en su casa, y al fin llegó a estar muy ansiosa por su salvación; lo convirtió en motivo de oración, pero no veía seriedad alguna entre ellos. Al cabo comprendió que había que hacer algo además de orar, y sin embargo no sabía qué hacer. Una mañana, después del desayuno, cuando se retiraban, pidió a uno de ellos que se quedara unos minutos. Lo llevó a su cuarto, conversó con él tiernamente sobre la religión y oró con él. Siguió cultivando la impresión hecha, y muy pronto él se convirtió, según toda esperanza. Entonces fueron dos, y hablaron a otro y oraron con él, y pronto este estuvo dispuesto a unirse a ellos. Luego otro, y así sucesivamente, tomándolos uno por uno, sin que ninguno de los demás supiera lo que estaba ocurriendo, para no alarmarlos, hasta que cada uno de aquellos jóvenes se convirtió a Dios. Ahora bien, si ella hubiera presentado el asunto a todos juntos, muy probablemente lo habrían convertido todo en burla; o quizá se habrían ofendido y dejado la casa, y entonces ella ya no habría podido ejercer ninguna influencia sobre ellos. Pero al tomar a uno solo y tratarlo con respeto y bondad, él no tenía el motivo para resistir que nace de la presencia de otros.

(6.) Procura aprovechar la oportunidad de conversar con un pecador indiferente cuando los sucesos de la Providencia parezcan favorecer tu propósito. Si ocurriera algún suceso particular, apto para causar una impresión seria, no dejes de aprovechar fielmente la ocasión.

(7.) Aprovecha la primera oportunidad para conversar con los indiferentes que te rodean. No lo dejes de un día para otro, pensando que vendrá una ocasión mejor. Tienes que buscar la oportunidad, y si no se presenta ninguna, créala. Fija una hora y un lugar, y consigue una entrevista con tu amigo o vecino donde puedas hablarle con libertad. Envíale una nota, ve a verlo a propósito, dale el aspecto de un asunto serio, como si de veras te empeñaras en promover la salvación de su alma. Entonces sentirá que es un asunto importante, al menos a tus ojos. Insiste hasta que lo logres, o hasta que te convenzas de que por ahora no se puede hacer nada.

(8.) Si sientes algo particular por cierto individuo, aprovecha la oportunidad de conversar con él mientras ese sentimiento dure. Si es un sentimiento verdaderamente benévolo, tienes motivo para creer que el Espíritu de Dios te está moviendo a desear la salvación de su alma, y que Dios está dispuesto a bendecir tus esfuerzos por su conversión. En tal caso, hazlo objeto de oración especial e insistente, y busca pronto la oportunidad de derramar todo tu corazón ante él y llevarlo a Cristo.

2. En cuanto a la manera de hacer todo esto.

(1.) Cuando te acerques a una persona indiferente para procurar despertarla al cuidado de su alma, asegúrate de tratarla con bondad. Hazle ver que le hablas, no porque busques pelea con él, sino porque amas su alma y deseas su mayor bien en el tiempo y en la eternidad. Si eres áspero y altanero en tu trato, probablemente lo ofenderás y lo alejarás aún más del camino de la vida.

(2.) Sé solemne. Evita toda ligereza en los modales o en el lenguaje. La frivolidad producirá cualquier cosa menos una impresión correcta. Deberías sentir que estás ocupado en una obra muy solemne, que va a afectar el carácter de tu amigo o vecino, y probablemente a decidir su destino eterno. ¿Quién podría bromear y comportarse con frivolidad en tales circunstancias si su corazón fuera sincero?

(3.) Sé respetuoso. Algunos parecen suponer que es necesario ser bruscos, groseros y toscos en su trato con los indiferentes e impenitentes. No puede haber error mayor. El apóstol Pablo nos ha dado una regla mejor sobre el asunto, cuando dice: «Sed compasivos, sed amigables; no volviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino antes por el contrario, bendiciendo». Un trato grosero y tosco solo sirve para dar una opinión desfavorable tanto de ti como de tu religión.

(4.) Asegúrate de ser muy claro. No te permitas encubrir ninguna circunstancia del carácter de la persona ni de sus relaciones con Dios. Ponlo todo al descubierto, no con el propósito de ofenderlo o herirlo, sino porque es necesario. Antes de poder curar una herida, hay que sondearla hasta el fondo. No retengas nada de la verdad; deja que salga claramente delante de él.

(5.) Asegúrate de dirigirte a su conciencia. En los discursos públicos, los ministros a menudo se apoderan solo de los sentimientos, y así despiertan la mente. Pero en la conversación privada no puedes hacerlo. No puedes derramar la verdad de manera apasionada y vehemente. Y a menos que te dirijas a la conciencia de forma directa, no te apoderas en absoluto de la mente.

(6.) Haz que las grandes verdades fundamentales actúen sobre la mente de la persona. Los pecadores son muy propensos a escaparse con algún pretexto o algún punto secundario, sobre todo algún punto sectario. Por ejemplo, si el hombre es presbiteriano, intentará llevar la conversación a las diferencias entre presbiterianos y metodistas. O arremeterá contra la teología de la vieja escuela. No cedas ante él, ni hables con él de ningún punto semejante; hará más daño que bien. Dile que el asunto presente es salvar su alma, y no resolver cuestiones teológicas en disputa. Mantenlo en los grandes puntos fundamentales, por los cuales ha de salvarse o perderse.

(7.) Sé muy paciente. Si tiene una dificultad real en la mente, sé muy paciente hasta descubrir cuál es, y luego aclárala. Si lo que alega es un mero pretexto capcioso, hazle ver que lo es. No intentes responderlo con argumentos, sino muéstrale que no es sincero al presentarlo. No vale la pena gastar tu tiempo argumentando contra un pretexto, sino hazle sentir que peca al alegarlo, y así pon su conciencia de tu parte.

(8.) Ten cuidado de guardar tu propio espíritu. Hay muchas personas que no tienen suficiente dominio de su genio para conversar con quienes se oponen mucho a la religión. Y una persona así no desea mayor triunfo que verte enojado. Se irá jactándose de haber hecho enfadar a uno de esos santos.

(9.) Si el pecador se inclina a atrincherarse contra Dios, ten cuidado de no tomar su partido en nada. Si dice que no puede cumplir su deber, no te pongas de su lado, ni digas nada que apoye su falsedad. No le digas que no puede, ni le ayudes a sostenerse en la controversia contra su Hacedor. A veces un pecador indiferente se pone a criticar a los cristianos. No tomes su partido ni te pongas de su lado contra los cristianos. Dile simplemente que él no tiene que responder por los pecados de ellos, y que más le vale ocuparse de sus propios asuntos. Si le das la razón, siente que te tiene de su parte. Muéstrale que es un espíritu censurador y malvado el que lo impulsa a hacer esas observaciones, y no el interés por el honor de la religión o por las leyes de Jesucristo.

(10.) Saca a relucir los pecados particulares del individuo. Hablar en términos generales contra el pecado no producirá resultados. Tienes que hacerle sentir al hombre que te refieres a él. Un ministro que no logra que sus oyentes sientan que se refiere a ellos no puede esperar conseguir mucho. Algunos tienen mucho cuidado de no mencionar los pecados particulares de los que saben que el individuo es culpable, por miedo a herir sus sentimientos. Eso está mal. Si conoces su historia, saca a relucir sus pecados particulares, con bondad pero con claridad, no para ofender, sino para despertar la conciencia y dar toda su fuerza a la verdad.

(11.) Por lo general es mejor ser breve, y no alargar lo que tenemos que decir. Lleva su atención cuanto antes al punto mismo, di unas pocas cosas e insiste en ellas, y lleva el asunto a una decisión. Si es posible, consigue que se arrepientan y se entreguen a Cristo en ese mismo momento. Esa es la decisión adecuada. Evita con cuidado dar la impresión de que no esperas que se arrepientan AHORA.

(12.) Si es posible, cuando converses con los pecadores, no dejes de orar con ellos. Si conversas con ellos y los dejas sin orar, dejas tu obra sin terminar.

II. La manera de tratar a los pecadores despertados.

1. Debes tener cuidado de distinguir entre un pecador despertado y uno que está bajo convicción. Cuando encuentres a una persona que siente algo en cuanto a la religión, no des por sentado que está convicta de pecado, omitiendo así usar los medios para mostrarle su pecado. Las personas a menudo son despertadas por alguna circunstancia providencial, como una enfermedad, una tormenta, una epidemia, una muerte en la familia, una decepción o algo semejante, o por el Espíritu de Dios, de modo que sus oídos están abiertos y están dispuestas a escuchar sobre la religión con atención y seriedad, y con algún sentimiento. Si encuentras a una persona despertada, no importa por qué medios, no pierdas tiempo en derramar luz sobre su mente. No tengas miedo; muéstrale la amplitud de la ley divina y la extrema rigurosidad de sus preceptos. Hazle ver cómo condena sus pensamientos y su vida. Escudriña su corazón, descubre lo que hay en él y ponlo delante de su mente, hasta donde puedas. Si es posible, quebrántalo allí mismo. Una vez que has captado la atención de un pecador, muy a menudo su convicción y su conversión son obra de unos pocos momentos. A veces puedes hacer más en cinco minutos que en años, o en toda una vida, mientras él está indiferente o despreocupado.

Me ha asombrado la conducta de esos padres crueles, y de otros cabezas de familia, que dejan a un pecador despertado en su casa durante días y semanas sin decirle una palabra sobre el asunto. ¡Pues, dicen, si el Espíritu de Dios ha comenzado una obra en él, sin duda la llevará adelante! Quizá la persona está deseosa de conversar, y se pone en el camino de los cristianos tan a menudo como puede, esperando que hablen con ella, y ellos no dicen una palabra. ¡Asombroso! A una persona así hay que buscarla de inmediato, en cuanto ha sido despertada, y derramar sin demora un torrente de luz en su mente. Siempre que tengas razón para creer que una persona a tu alcance ha sido despertada, no duermas hasta haber derramado la luz en su mente y haber intentado llevarla a un arrepentimiento inmediato. Ese es el momento de insistir en el asunto con eficacia. Si se pierde ese momento favorable, nunca se podrá recuperar.

He visto a menudo, en los avivamientos, a cristianos que estaban constantemente al acecho para ver si alguna persona parecía estar despertada. Y en cuanto veían a alguien empezar a mostrar sentimiento bajo la predicación, se fijaban en él, y tan pronto como terminaba la reunión lo invitaban a una habitación, conversaban y oraban con él, y si era posible no lo dejaban hasta que se convertía. Un caso notable de este tipo ocurrió en un pueblo del Oeste. Un comerciante llegó al lugar desde lejos para comprar mercancías. Era un tiempo de poderoso avivamiento, pero él estaba resuelto a mantenerse fuera de su influencia, y por eso no quería ir a ninguna reunión. Al fin encontró a todo el mundo tan ocupado en la religión que esta le salía al paso por todas partes, y se irritó y juró que se volvería a casa. Había allí tanta religión, decía, que no podía hacer ningún negocio, y no quería quedarse. Así pues, reservó su asiento en la diligencia, que debía salir a las cuatro de la mañana siguiente. Como hablaba de marcharse, un caballero de la casa, que era uno de los nuevos convertidos, le preguntó si no querría ir a una reunión una vez antes de dejar el pueblo. Por fin consintió, y fue a la reunión. El sermón hizo presa en su mente, pero no con fuerza suficiente para traerlo al reino. Volvió a su alojamiento y llamó al posadero para pagar la cuenta. El posadero, que hacía poco había experimentado la religión, vio que estaba agitado. Le habló, pues, de la religión, y el hombre rompió a llorar. El posadero llamó en seguida a tres o cuatro nuevos convertidos, y oraron con él y lo exhortaron, y a las cuatro de la mañana, cuando pasó la diligencia, siguió su camino ¡gozándose en Dios! Al llegar a casa reunió a su familia, les confesó sus pecados pasados, declaró su resolución de vivir de otra manera y oró con ellos por primera vez. Fue algo tan inesperado que pronto se divulgó; la gente empezó a inquirir y estalló un avivamiento en el lugar. Ahora bien, ¿y si aquellos cristianos hubieran hecho como hacen algunos, se hubieran desentendido y hubieran dejado que el hombre se fuera ligeramente impresionado? No es probable que jamás se hubiera salvado. Tales oportunidades a menudo se pierden para siempre, una vez que ha pasado el momento favorable.

III. La manera de tratar a los pecadores convictos.

Por pecador convicto entiendo uno que se siente condenado por la ley de Dios como pecador culpable. Tiene la instrucción suficiente para comprender algo del alcance de la ley de Dios; ve y siente su estado culpable, y sabe cuál es su remedio. Tratar con ellos a menudo requiere gran sabiduría. Se presentan algunos casos sumamente difíciles, en que es muy arduo saber qué hacer con ellos.

1. Cuando una persona está convicta pero no convertida, sino que permanece en un estado de ansiedad, por lo general hay alguna razón específica. En tales casos, no sirve de nada exhortarla a arrepentirse, ni explicarle la ley. Sabe todo eso; entiende todos esos puntos generales. Pero aun así no se arrepiente. Tiene que haber alguna dificultad particular que vencer. Puedes predicar, orar y exhortar hasta el día del juicio, y no lograr nada.

Debes, pues, ponerte a averiguar cuál es esa dificultad particular. Un médico, cuando lo llaman a ver a un paciente y lo encuentra aquejado de una enfermedad determinada, primero administra los remedios generales que se aplican a esa enfermedad. Si no producen efecto y la enfermedad continúa, tiene que examinar el caso, conocer la constitución del individuo y sus hábitos, su dieta, su modo de vida, etc., y ver qué es lo que impide que la medicina surta efecto. Lo mismo sucede con el caso de un pecador convicto pero no convertido. Si tus instrucciones y exhortaciones ordinarias fallan, tiene que haber una dificultad. La dificultad particular a menudo la conoce el propio individuo, aunque la mantenga oculta. A veces es algo que ha escapado incluso a su propia observación.

(1.) A veces el individuo tiene algún ídolo, algo que ama más que a Dios, que le impide entregarse. Tienes que averiguar y ver qué es lo que no quiere dejar. Quizá sean las riquezas, quizá algún amigo terrenal, quizá los vestidos vistosos, o las compañías alegres, o alguna diversión favorita. En todo caso, hay algo en lo que su corazón está tan puesto que no quiere rendirse a Dios.

(2.) Quizá ha causado a alguien un daño que exige reparación, y no está dispuesto a confesarlo ni a dar una justa compensación. Pues bien, mientras no confiese y abandone este pecado, no hallará misericordia. Si ha perjudicado a esa persona en sus bienes o en su reputación, o la ha maltratado, tiene que repararlo. Si puedes averiguarlo, dile clara y francamente que no hay esperanza para él hasta que esté dispuesto a confesarlo y a hacer lo que es justo.

(3.) A veces hay algún pecado particular que no quiere abandonar. Alega que es solo un pecado pequeño, o trata de convencerse de que no es pecado. Por pequeño que sea, jamás podrá entrar en el reino de Dios hasta que lo deje. A veces una persona ha visto que es pecado usar tabaco, y nunca podrá hallar verdadera paz hasta que lo deje. Tal vez lo considera un pecado pequeño.

Pero Dios no sabe nada de pecados pequeños en un caso así. ¿Cuál es el pecado? Pues que estás dañando tu salud, dando mal ejemplo, y tomando el dinero de Dios, que estás obligado a emplear en su servicio, para gastarlo en tabaco. ¿Qué diría un comerciante si descubriera que uno de sus dependientes tiene la costumbre de ir al cajón del dinero y tomar lo suficiente para mantenerse en cigarros? ¿Lo llamaría una falta pequeña? No, diría que merecía que lo mandaran a la cárcel del Estado. Menciono este pecado en particular porque he visto que es una de las cosas a las que se aferran los hombres que están bajo convicción, aun sabiendo que está mal, y luego se preguntan por qué no hallan paz.

(4.) Mira si no hay alguna restitución que está obligado a hacer. Quizá ha defraudado a alguien en un negocio, o se ha aprovechado injustamente de alguien, contra la regla de oro de hacer con los demás lo que quisieras que hicieran contigo, y no está dispuesto a dar satisfacción. Este es un pecado muy común entre los comerciantes y los hombres de negocios. He conocido muchos casos tristes en que los hombres han contristado al Espíritu de Dios hasta alejarlo, o bien han sido llevados casi a la desesperación absoluta, porque no estaban dispuestos a dar satisfacción donde habían hecho tales cosas. Ahora bien, es evidente que tales personas nunca pueden obtener el perdón hasta que lo hagan.

(5.) Puede que se hayan atrincherado en alguna parte, y hayan fortificado su mente respecto de algún punto particular que están resueltos a no ceder. Por ejemplo, puede que se hayan plantado firmemente en que no harán cierta cosa. Conocí a un hombre que estaba resuelto a no ir a cierta arboleda a orar. Durante el avivamiento varias otras personas habían ido a la arboleda, y allí, mediante la oración y la meditación, se habían entregado a Dios. Su propio escribiente se había convertido allí. El abogado mismo estaba despertado, pero estaba resuelto a no ir a la arboleda. Tenía una convicción poderosa, y siguió así durante semanas, sin alivio. Trataba de hacer creer a Dios que no era el orgullo lo que lo apartaba de Cristo; y así, cuando volvía a casa de la reunión, se arrodillaba en la calle y oraba. Y no solo eso, sino que buscaba un charco de barro en la calle donde arrodillarse, para mostrar que no era orgulloso. Una vez oró toda la noche en su sala, pero no quería ir a la arboleda. Su angustia era tan grande, y estaba tan enojado con Dios, que se vio fuertemente tentado a quitarse la vida, y llegó a tirar su navaja por miedo a cortarse el cuello. Al fin decidió ir a la arboleda a orar, y en cuanto llegó allí se convirtió, y fue y derramó todo su corazón ante Dios.

Así también, hay personas que a veces se atrincheran en la resolución de no ir a cierta reunión, quizá la reunión de inquiridores, o alguna reunión de oración, o de no dejar que cierta persona ore con ellas, o de no ocupar cierto asiento, como el banco de los ansiosos. Dicen que pueden convertirse igual de bien sin ceder en este punto, pues la religión no consiste en esto, en ir a cierta reunión, o en adoptar cierta postura en la oración, o en ocupar cierto asiento. Eso es verdad, pero al tomar esta posición hacen de ello el punto esencial. Y mientras estén atrincheradas allí, y resueltas a someter a Dios a sus condiciones, nunca podrán convertirse. Los pecadores a menudo ceden en cualquier otra cosa, y hacen cualquier cosa del mundo, menos ceder en el punto en que se han comprometido y han tomado posición contra Dios. No pueden ser humillados hasta que cedan en este punto, sea cual sea. Y si sin cederlo obtienen una esperanza, será una esperanza falsa.

(6.) Quizá tiene un prejuicio contra alguien, tal vez un miembro de la iglesia, a causa de algún trato fiel que este tuvo con su alma, o de algo en sus negocios que no le agradó, y se aferra a ello y nunca se convertirá hasta que lo deje. Sea lo que sea, debes descubrirlo y decirle la verdad con claridad y fidelidad.

(7.) Puede que sienta mala voluntad hacia alguien, o que esté enojado y abrigue fuertes sentimientos de rencor, que le impiden obtener misericordia de Dios. «Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que vuestro Padre que está en los cielos os perdone también a vosotros vuestras ofensas. Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas.»

(8.) Quizá sostiene algunos errores de doctrina, o algunas ideas equivocadas acerca de lo que hay que hacer, o de la manera de hacerlo, que pueden estar impidiéndole entrar en el reino. Quizá está esperando a Dios. Está convencido de que merece ir al infierno, y de que, a menos que se convierta, tendrá que ir allí; pero está esperando que Dios haga algo en él antes de someterse. En realidad está esperando que Dios haga por él lo que Dios ha mandado al pecador que haga.

Puede que esté esperando más convicción. Con frecuencia la gente no sabe qué es la convicción, y piensa que no está bajo convicción cuando en realidad está bajo una convicción poderosa. A menudo piensan que nada es convicción si no tienen un gran miedo al infierno. Pero lo cierto es que muchas veces hay personas con una fuerte convicción que tienen muy poco miedo al infierno. Muéstrales cuál es la verdad, y hazles ver que no tienen por qué esperar.

Quizá esté esperando ciertos sentimientos que algún otro tuvo antes de obtener misericordia. Esto es muy común en los avivamientos, cuando alguno de los primeros convertidos ha contado experiencias notables. Otros que están despertados se inclinan mucho a pensar que deben esperar exactamente esos mismos sentimientos. Conocí a un joven despertado de este modo; su compañero se había convertido de una manera notable, y este esperaba tener exactamente los mismos sentimientos. Decía que estaba usando los medios y orando por ellos; pero al fin descubrió que era cristiano, aunque no había pasado por la serie de sentimientos que esperaba.

Los pecadores a menudo trazan un plan de cómo esperan sentirse y de cómo esperan convertirse, y de hecho le trazan a Dios su obra, resueltos a ir por ese camino o por ninguno. Diles que todo eso está mal, que no deben trazar de antemano ningún camino semejante, sino dejar que Dios los guíe como él vea que es mejor. Dios siempre guía a los ciegos por un camino que no conocen. Jamás un pecador ha sido traído al reino pasando por la serie de sentimientos que esperaba. Muy a menudo se asombran al descubrir que ya están dentro, sin haber tenido ninguna de las experiencias que esperaban.

Es muy común que las personas estén esperando ser objeto de oración, o que se usen ciertos medios particulares, o ver si no pueden hacerse mejores a sí mismas. Son tan malvadas, dicen, que no pueden venir a Cristo. Quieren intentar prepararse para venir mediante la humillación, el sufrimiento y la oración. Tendrás que sacarlos a la fuerza de todos estos refugios. Es asombroso en cuántos rincones se meten a menudo antes de ir a Cristo. He conocido personas casi trastornadas por falta de un poco de instrucción correcta.

A veces tales personas piensan que sus pecados son demasiado grandes para ser perdonados, o que han contristado al Espíritu de Dios hasta alejarlo, cuando ese Espíritu los está convenciendo todo el tiempo. Alegan que sus pecados son mayores que las misericordias de Cristo, y así en realidad insultan al Señor Jesucristo.

A veces los pecadores se forman la idea de que Dios los ha abandonado, y de que ya no pueden ser salvos. A menudo es muy difícil desalojar a las personas de esta posición. Muchos de los casos más angustiosos que he encontrado han sido de este tipo, en que las personas insistían en que habían sido abandonadas, y nada las hacía cambiar.

En un lugar donde yo trabajaba en un avivamiento, entré un día en la reunión, y antes de que comenzaran los ejercicios oí un ruido bajo, quejumbroso, angustioso, sobrenatural. Miré y vi a varias mujeres reunidas alrededor de la persona que lo producía. Me dijeron que era una mujer desesperada. Hacía mucho tiempo que estaba en ese estado. Su marido era un borracho. La había traído a la reunión y él se había ido a la taberna. Conversé con ella y vi su estado, y que era muy difícil llegar a su caso. Cuando me retiraba para comenzar los ejercicios, dijo que tenía que salir, porque no podía oír orar ni cantar. Le dije que no debía irse, y les dije a las señoras que la retuvieran, por la fuerza si era necesario. Sentí que, si el diablo la tenía sujeta, Dios era más fuerte que el diablo y podía librarla. Comenzaron los ejercicios, y al principio ella hizo algo de ruido. Pero al poco rato levantó la vista. El tema había sido escogido pensando especialmente en su caso, y a medida que avanzaba, se ganó su atención, sus ojos quedaron fijos —nunca olvidaré cómo se veía—, los ojos y la boca abiertos, la cabeza en alto, y casi se levantaba de su asiento mientras la verdad inundaba su mente. Finalmente, cuando la verdad derribó todos los fundamentos sobre los que había descansado su desesperación, dio un grito, bajó la cabeza y permaneció completamente quieta hasta que terminó la reunión. Fui a ella y la encontré completamente tranquila y feliz en Dios. La vi mucho tiempo después, y seguía así. Así la Providencia la llevó adonde nunca esperó estar, y la obligó a oír una instrucción adaptada a su caso. A menudo puedes hacer un bien incalculable averiguando con precisión dónde está la dificultad, y luego aplicando la verdad directamente sobre ese punto.

A veces las personas sostienen con tenacidad que han cometido el pecado imperdonable. Cuando se les mete esa idea en la mente, vuelven contra sí mismas todo lo que les dices. En algunos de estos casos es buena manera tomarlas en su propio terreno y razonar con ellas así: «Supón que has cometido el pecado imperdonable, ¿qué hay con eso? Es razonable que te sometas a Dios, que te duelas de tus pecados y los abandones, y que hagas todo el bien que puedas, aunque Dios no te perdone. Aunque vayas al infierno, debes hacer esto.» Insiste en este pensamiento y dale vueltas hasta que veas que lo entienden y lo aceptan.

Es común que las personas en tales casos mantengan los ojos puestos en sí mismas; se encierran y siguen mirando su propia oscuridad, en lugar de apartar la vista hacia Cristo. Ahora bien, si puedes apartar su mente de sí mismas y lograr que piensen en Cristo, podrás sacarlas de su cavilar sobre sus propios sentimientos presentes, y lograr que se aferren a la esperanza puesta delante de ellas en el evangelio.

2. Ten cuidado, al conversar con pecadores bajo convicción, de no hacer ninguna concesión con ellos en ningún punto en que tengan una dificultad. Si lo haces, con toda seguridad se aprovecharán de ello, y así obtendrán una esperanza falsa. Los pecadores bajo convicción a menudo tropiezan con una dificultad respecto de abandonar algún pecado favorito, o de ceder en algún punto en que la conciencia y el Espíritu Santo están en guerra con ellos. Y si dan con alguien que cede en ese punto, se sienten mejor y están contentos, y piensan que se han convertido. El joven que vino a Cristo era de este tipo. Tenía una sola dificultad, y Jesucristo sabía exactamente cuál era. Sabía que amaba su dinero, y en lugar de transigir en el asunto y tratar así de consolarlo, puso el dedo justo en la llaga y le dijo: «Ve, vende todo lo que tienes, y da a los pobres; y ven, sígueme.» ¿Cuál fue el efecto? Pues que el joven se fue triste. Es muy probable que, si Cristo le hubiera dicho que hiciera cualquier otra cosa, se habría sentido aliviado y habría obtenido una esperanza; se habría declarado discípulo, se habría unido a la iglesia, y se habría ido al infierno.

La gente a menudo tiene un afán asombroso por llegar a una transacción. Hacen preguntas como esta: si no crees que una persona puede ser cristiana y aun así hacer tales y tales cosas; o si no puede ser cristiana sin hacer tales y tales cosas. Pues bien, no cedas ni una pulgada ante tales preguntas. Estas mismas preguntas a menudo te mostrarán el punto exacto que está obrando en su mente. Te mostrarán que es el orgullo, o el amor al mundo, o algo por el estilo, lo que les impide hacerse cristianos.

Ten cuidado de hacer una obra completa en este punto, el amor al mundo. Creo que se han edificado más esperanzas falsas sobre instrucciones equivocadas en este punto que de cualquier otra manera. Una vez oí a un doctor en teología tratando de persuadir a sus oyentes a renunciar al mundo; y les dijo que «si tan solo renunciaban a él, Dios se lo devolvería enseguida. Él quiere que disfrutéis del mundo». ¡Lamentable! Dios nunca devuelve el mundo al cristiano en el mismo sentido en que exige al pecador bajo convicción que renuncie a él. Nos exige que le entreguemos la propiedad de todo, de modo que nunca más, ni por un momento, lo consideremos como nuestro. Un hombre no debe pensar que tiene derecho a juzgar por sí mismo cuánto de sus bienes empleará para Dios. Un hombre piensa que puede gastar veinte mil dólares al año en mantener a su familia; que tiene derecho a hacerlo, porque tiene medios propios. Otro piensa que puede acumular quinientos mil dólares. Un hombre dijo el otro día que había prometido que nunca daría nada de sus bienes para educar a jóvenes para el ministerio. Cuando se le pide, simplemente responde: «He dicho que nunca daré para un objeto así, y nunca lo haré.» ¡Hombre! ¿Te dijo alguna vez Jesucristo que hicieras eso con su dinero? ¿Ha establecido él semejante regla? Recuerda que es de su dinero de lo que estás hablando, y si él lo quiere para educar ministros, lo retienes por tu cuenta y riesgo. Ese hombre todavía tiene que aprender el primer principio de la religión: que no es suyo, y que el dinero que posee es de Jesucristo.

He aquí la gran razón por la que la iglesia está tan llena de esperanzas falsas. Se ha dejado a los hombres suponer que podían ser cristianos mientras se aferraban a su dinero. Y esto ha sido un lastre para toda empresa. Es un hecho indudable que la iglesia tiene fondos suficientes para proveer al mundo de Biblias, de tratados y de misioneros, inmediatamente. Pero la verdad es que los que profesan la religión no creen que «del Señor es la tierra y su plenitud». Cada hombre supone que tiene derecho a decidir qué destino dará a su propio dinero. Y no tienen idea de que Jesucristo haya de darles órdenes en este asunto.

Asegúrate de tratar a fondo este punto. La iglesia está ahora llena de hipócritas, porque nunca se les hizo renunciar al mundo. Nunca se les hizo ver que, a menos que hicieran una consagración entera de todo a Cristo —todo su tiempo, todos sus talentos, toda su influencia, todas sus posesiones—, nunca llegarían al cielo. Muchos piensan que pueden ser cristianos y, sin embargo, pasar la vida soñando, y usar todo su tiempo y sus bienes para sí mismos, dando solo un poco de vez en cuando, para guardar las apariencias, cuando pueden hacerlo con toda comodidad. Pero es un triste error, y así lo descubrirán si no emplean sus energías para Dios. Y cuando mueran, en lugar de hallar el cielo al final del camino que siguen, hallarán allí el infierno.

Al tratar con un pecador bajo convicción, asegúrate de echarlo de todo refugio, y no dejarle ni una pulgada de terreno donde pararse, mientras resista a Dios. Esto no tiene por qué llevar mucho tiempo. Cuando el Espíritu de Dios está obrando y contendiendo con un pecador, es fácil echarlo de sus refugios. Verás que la verdad será como un martillo que quebranta dondequiera que golpea. Haz una obra limpia con ella, de modo que lo entregue todo a Dios.

Haz que el pecador vea con claridad la naturaleza y el alcance de la ley divina, e insiste en la cuestión principal: la sumisión entera a Dios. Carga sobre ese punto en cuanto le hayas hecho entender claramente a qué apuntas, y no te desvíes hacia ninguna otra cosa.

Ten cuidado, al ilustrar el tema, de no extraviar la mente de manera que deje la impresión de que bastará una sumisión egoísta, o una aceptación egoísta de la expiación, o una entrega egoísta a Cristo y un recibirlo egoísta, como si el hombre estuviera haciendo un buen negocio, entregando sus pecados y recibiendo la salvación a cambio. Esto es un mero trueque, y no sumisión a Dios. No dejes lugar en tus explicaciones o ilustraciones para semejante visión del asunto. El corazón egoísta del hombre se apoderará ávidamente de tal visión de la religión, si se le presenta, y muy probablemente se aferrará a ella, y así obtendrá una esperanza falsa.

En otra ocasión llamaré vuestra atención sobre ciertas cosas que deben evitarse al tratar con los pecadores.

OBSERVACIONES.

1. Haced que sea objeto de estudio constante y de reflexión y oración diarias aprender a tratar con los pecadores de modo que se promueva su conversión. La gran tarea de todo cristiano en la tierra es salvar almas. La gente a menudo se queja de que no sabe cómo emprender este asunto. Pues la razón es bastante clara: nunca lo han estudiado. Nunca se tomaron el debido trabajo de capacitarse para la obra de salvar almas. Si la gente no prestara más atención ni pensamiento a capacitarse para sus negocios mundanos que el que presta a salvar almas, ¿cómo creéis que les iría? Ahora bien, si así descuidáis la tarea principal de la vida, ¿para qué vivís? Si no hacéis objeto de estudio cómo podéis obrar con mayor éxito en la edificación del reino de Cristo, estáis desempeñando un papel muy perverso y absurdo como cristianos.

2. Muchos de los que profesan la religión hacen más daño que bien cuando intentan hablar con pecadores impenitentes. Tienen tan poco conocimiento y destreza, que sus observaciones más bien distraen la atención en lugar de aumentarla.

3. Ten cuidado de hallar el punto en que el Espíritu de Dios está presionando a un pecador, e insiste en ese mismo punto en todo lo que le digas. Si desvías su atención de ese punto, correrás gran peligro de destruir su convicción. Esfuérzate por conocer el estado de su mente, en qué está pensando, cómo se siente y qué es lo que siente más profundamente, y luego insiste en ello a fondo, y no distraigas su mente hablando de ninguna otra cosa. No temas insistir en ese punto por miedo a llevarlo a la locura. Algunos temen insistir en un punto ante el cual la mente está trémulamente sensible, no sea que dañen la mente, a pesar de que el Espíritu de Dios evidentemente está debatiendo ese punto con el pecador. Esto es pretender ser más sabio que Dios. Debes aclarar el punto, arrojar alrededor de él toda la luz de la verdad y llevar al alma a ceder, y entonces la mente descansa.

4. Han surgido grandes males, y se han creado muchas esperanzas falsas, por no distinguir entre un pecador despertado y un pecador bajo convicción. Por falta de esto, a personas que solo están despertadas se les insta de inmediato a someterse —«debes arrepentirte», «sométete a Dios»—, cuando en realidad no están convencidas de su culpa, ni instruidas siquiera lo bastante para saber qué significa la sumisión. Esta es una de las maneras en que los avivamientos han sido gravemente perjudicados: por exhortaciones indiscriminadas a arrepentirse, sin la debida instrucción.

5. Los pecadores ansiosos deben ser considerados como en un estado muy solemne y crítico. En realidad han llegado a un punto decisivo. Es un tiempo en que es probable que su destino quede fijado para siempre. El Espíritu de Dios no contenderá para siempre. Los cristianos deben sentir profundamente por ellos. En muchos aspectos sus circunstancias son más solemnes que el día del juicio. Aquí su destino queda fijado. El día del juicio lo revela. Y el momento preciso en que se fija es cuando el Espíritu está contendiendo con ellos. Los cristianos deben recordar su tremenda responsabilidad en tales momentos. El médico, si sabe algo de su deber, a veces se siente bajo una responsabilidad muy solemne. Su paciente está en un estado crítico, en que un pequeño error destruirá la vida, y está suspendido, temblando, entre la vida y la muerte. Si se siente tal responsabilidad respecto del cuerpo, ¡qué tremenda responsabilidad debe sentirse respecto del alma, cuando se la ve suspendida y temblando sobre un punto, y su destino está a punto de decidirse! Una impresión falsa, una observación indiscreta, una frase mal entendida, una ligera distracción de la mente puede desviarlo en la dirección equivocada, y su alma está perdida. Jamás un ángel fue empleado en una obra más solemne que la de tratar con pecadores que están bajo convicción. ¡Con cuánta solemnidad y cuidado, entonces, deben andar los cristianos, con cuánta sabiduría y destreza deben obrar, si no quieren ser el medio de condenar un alma!

Finalmente.—Si hay un pecador en esta casa, permitidme decirle: abandona todas tus excusas. Esta noche se te ha dicho que todas son vanas. Esta noche se contará en el infierno, y se contará en el cielo, y resonará desde los confines del universo, lo que decidas hacer. Esta misma hora puede sellar tu destino eterno. ¿Te someterás a Dios esta noche, AHORA?

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