Capítulo 11 · 33 min de lectura · 43 min de escucha
Discurso IX. Medios que deben usarse con los pecadores
DISCURSO IX.
MEDIOS QUE DEBEN USARSE CON LOS PECADORES.
Texto.—Vosotros sois mis testigos, dice el Señor, y mi siervo que yo escogí.—Isaías 43:10.
EN el texto se afirma de los hijos de Dios que son sus testigos. En varios discursos anteriores me he detenido en el tema de la Oración, o sea, en aquella sección de los medios para promover un avivamiento que tiene por objeto mover a Dios a derramar su Espíritu. Ahora voy a comenzar la otra sección:
MEDIOS QUE DEBEN USARSE PARA LA CONVICCIÓN Y CONVERSIÓN DE LOS PECADORES.
Es cierto, en general, que las personas se sienten afectadas por el tema de la religión en proporción a su convicción de que es verdad. La falta de atención a la religión es la gran razón por la que se siente tan poco acerca de ella. Ningún ser puede contemplar las grandes verdades de la religión como verdades y no sentir profundamente acerca de ellas. El diablo no puede. Cree, y tiembla. Los ángeles en el cielo sienten a la vista de estas cosas. Dios siente. Una convicción intelectual de la verdad va siempre acompañada de algún tipo de sentimiento.
Uno de los grandes propósitos de Dios al dejar a los cristianos en el mundo después de su conversión es que sean testigos de Dios. Es que llamen la atención de la multitud descuidada hacia el tema, y le hagan ver la diferencia en el carácter y el destino de los que creen y de los que rechazan el evangelio. Esta falta de atención es la gran dificultad que estorba el avance de la religión. Y lo que hace el Espíritu de Dios es despertar la atención de los hombres hacia el tema de su pecado y del plan de salvación. A veces se han empleado milagros para llamar la atención de los pecadores. Y de esta manera los milagros pueden llegar a ser instrumentos en la conversión, aunque la conversión no es en sí misma un milagro, ni los milagros por sí mismos convierten jamás a nadie. Pueden ser el medio de despertar. Ni siquiera en eso son siempre eficaces los milagros. Y si fueran continuos o se volvieran comunes, pronto perderían su poder. Lo que hace falta en el mundo es algo que pueda ser una especie de milagro omnipresente, capaz no solo de llamar la atención, sino de fijarla, y de mantener la mente en contacto vivo con la verdad hasta que se rinda.
De aquí vemos por qué Dios ha esparcido a sus hijos por todas partes, en las familias y entre las naciones. Nunca permitiría que estuvieran todos juntos en un mismo lugar, por agradable que eso pudiera resultarles. Él quiere que estén esparcidos. Cuando la iglesia de Jerusalén se apiñó, descuidando salir, como Cristo había mandado, a extender el evangelio por todo el mundo, Dios desató sobre ella una persecución y los esparció, y entonces «iban por todas partes anunciando el evangelio». Al examinar el texto, me propongo investigar:
I. Sobre qué puntos en particular han de testificar los cristianos por Dios.
II. La manera en que han de testificar.
I. ¿Sobre qué puntos se requiere que testifiquen los hijos de Dios?
En general, han de testificar de la verdad de la Biblia. Son testigos competentes de ello, porque tienen experiencia de su verdad. El cristiano experimentado no necesita más pruebas externas para demostrar a su mente la verdad de la Biblia que para demostrar su propia existencia. Todo el plan de salvación está tan plenamente desplegado y asentado en su convicción que intentar sacarlo con razonamientos de su fe en la Biblia sería tan impracticable como sacarlo con razonamientos de la creencia en su propia existencia. Hay hombres que han intentado despertar la duda sobre la existencia del mundo material. Pero no pueden lograrlo. Nadie puede dudar de la existencia de un mundo material. Dudarlo va contra su propia conciencia. Podéis usar argumentos que él no sepa responder, y podéis confundirlo y dejarlo perplejo, y taparle la boca; puede que no sea lógico ni filósofo, e incapaz de descubrir vuestras falacias. Pero lo que sabe, lo sabe.
Así sucede en la religión. El cristiano tiene conciencia de que la Biblia es verdadera. El más niño en la religión sabe por su experiencia que la Biblia es verdad. Puede oír objeciones de los incrédulos en las que nunca había pensado y que no sabe responder, y puede quedar confundido, pero no se le puede desalojar de su terreno. Dirá: «No sé responderte, pero sé que la Biblia es verdad».
Es como si un hombre se mirara en un espejo y dijera: «Esa es mi cara». ¿Cómo sabes que es tu cara? «Pues por su aspecto». Así, cuando un cristiano se ve a sí mismo dibujado y retratado en la Biblia, ve que el parecido es tan exacto que sabe que es verdad. Pero, más en particular, los cristianos han de testificar:
1. De la inmortalidad del alma. Esto está claramente revelado en la Biblia.
2. De la vanidad y la insuficiencia de todo bien terrenal.
3. De la naturaleza satisfactoria y la gloriosa suficiencia de la religión.
4. De la culpa y el peligro de los pecadores. Sobre este punto pueden hablar por experiencia, además de por la palabra de Dios. Han visto sus propios pecados, y entienden mejor la naturaleza del pecado, y la culpa y el peligro de los pecadores.
5. De la realidad del infierno, como lugar de castigo eterno para los impíos.
6. Del amor de Cristo por los pecadores.
7. De la necesidad de una vida santa, si pensamos llegar alguna vez al cielo.
8. De la necesidad de la abnegación y de vivir por encima del mundo.
9. De la necesidad de la mansedumbre, de una mente celestial, de la humildad y de la integridad.
10. De la necesidad de una renovación completa del carácter y de la vida para todos los que quieran entrar en el cielo. Estos son los temas sobre los cuales han de ser testigos de Dios. Y están obligados a testificar de tal manera que constriñan a los hombres a creer la verdad.
II. ¿Cómo han de testificar?
Con el precepto y el ejemplo, en toda ocasión oportuna, con sus labios, pero sobre todo con su vida. Los cristianos no tienen derecho a callar con sus labios; deben redargüir, exhortar y rogar con toda paciencia y doctrina. Pero su principal influencia como testigos está en su ejemplo.
Se les exige que sean testigos de esta manera porque el ejemplo enseña con mucha más fuerza que el precepto. Esto lo sabe todo el mundo. Las obras hablan más alto que las palabras. Pero cuando se hacen intervenir a la vez el precepto y el ejemplo, se ejerce sobre la mente la mayor influencia posible. En cuanto a la manera en que han de testificar, el modo en que deben dar testimonio de la verdad de los puntos indicados, en general deben vivir en su andar y conducta diarios como si creyeran la Biblia.
1. Como si creyeran que el alma es inmortal, y como si creyeran que la muerte no es el fin de su existencia, sino la entrada en un estado inmutable. Deben vivir de modo que dejen plenamente esta impresión en todos los que los rodean. Es fácil ver que el precepto sin el ejemplo en este punto no hará ningún bien. Todos los argumentos del mundo no convencerán a los hombres de que de veras creéis esto, a menos que viváis como si lo creyerais. Vuestro razonamiento puede ser irrefutable, pero si no vivís en consecuencia, vuestra práctica echará por tierra vuestros argumentos. Dirán que sois un sofista ingenioso, o un razonador agudo, y quizá admitan que no pueden responderos; pero luego dirán que es evidente que todo vuestro razonamiento es falso, y que vosotros sabéis que es falso, porque vuestra vida contradice vuestra teoría. O que, si es verdad, vosotros no lo creéis, en todo caso. Y así toda la influencia de vuestro testimonio se va al otro lado.
2. La vanidad e insuficiencia de las cosas de este mundo. Debéis testificar esto con vuestra vida. El fallo en esto es la gran piedra de tropiezo en el camino de los hombres. Aquí se necesita el testimonio de los hijos de Dios más que en ninguna otra parte. Los hombres están tan impresionados por los objetos de los sentidos, y tan constantemente ocupados en ellos, que son muy propensos a excluir la eternidad de su mente. Un objeto pequeño, sostenido cerca del ojo, puede tapar el océano lejano. Así las cosas del mundo, que están cerca, se agrandan tanto en su mente que pasan por alto todo lo demás. Un propósito importante al mantener a los cristianos en el mundo es enseñar a la gente en este punto, en la práctica, a no trabajar por la comida que perece. Pero supongamos que los que profesan la religión enseñan con el precepto la vanidad de las cosas terrenales y la contradicen en la práctica. Supongamos que las mujeres son tan aficionadas a los vestidos, y tan minuciosas en seguir todas las modas, y los hombres tan ansiosos de tener casas elegantes y carruajes, como la gente del mundo. ¿Quién no ve que sería del todo ridículo que testificaran con sus labios que este mundo es todo vanidad, y sus gozos insatisfactorios y vacíos? La gente siente este absurdo, y es esto lo que cierra los labios de los cristianos. Les da vergüenza hablar a sus vecinos mientras se afanan con estas baratijas, porque su conducta diaria testifica a todo el mundo exactamente lo contrario. ¡Qué parecería que algunos de los miembros de las iglesias de esta ciudad, hombres o mujeres, anduvieran entre la gente común hablándoles de la vanidad del mundo! ¿Quién creería lo que dicen?
3. La naturaleza satisfactoria de la religión. Los cristianos están obligados a mostrar con su conducta que de veras están satisfechos con los gozos de la religión, sin las pompas y vanidades del mundo; que los gozos de la religión y la comunión con Dios los mantienen por encima del mundo. Han de manifestar que este mundo no es su hogar. Lo que profesan es que el cielo es una realidad, y que esperan morar allí para siempre. ¡Pero supongamos que contradicen esto con su conducta, y viven de tal manera que demuestran que no pueden ser felices a menos que tengan su buena parte de la moda y la ostentación del mundo, y que, en cuanto a ir al cielo, preferirían mucho más quedarse en la tierra que morir e ir allá! ¿Qué piensa el mundo cuando ve a uno que profesa la religión tan temeroso de morir como un incrédulo? Tales cristianos cometen perjurio: juran una mentira, porque testifican que en la religión no hay nada por lo cual una persona pueda permitirse vivir por encima del mundo.
4. La culpa y el peligro de los pecadores. Los cristianos están obligados a advertir a los pecadores de su terrible condición, y a exhortarlos a huir de la ira que vendrá y a echar mano de la vida eterna. Pero ¿quién no sabe que la manera de hacerlo lo es todo? A menudo los pecadores caen bajo convicción por la manera misma de hacer una cosa. Hubo una vez un hombre muy opuesto a cierto predicador. Cuando se le pidió que diera alguna razón concreta, respondió: «No soporto oírlo, porque dice la palabra INFIERNO de tal manera que me queda resonando en los oídos mucho tiempo después». Le desagradaba precisamente lo que constituía el poder con que pronunciaba esa palabra. La manera puede ser tal que transmita una idea directamente opuesta al significado de las palabras. Un hombre puede deciros que vuestra casa está ardiendo de tal manera que cause precisamente la impresión contraria, y daréis por sentado que no es vuestra casa la que arde. El sereno podría gritar ¡FUEGO, FUEGO! de tal manera que todo el mundo pensara que estaba dormido o borracho. Una cierta manera va tan habitualmente unida al anuncio de ciertas cosas que no pueden expresarse sin ella. Las palabras solas nunca transmiten por sí mismas el significado, porque la idea solo puede expresarse plenamente con una manera particular de hablar. Id a un pecador y habladle de su culpa y su peligro; y si con vuestra manera causáis una impresión que no corresponde, en efecto dais testimonio en sentido contrario, y le decís que no está en peligro del infierno. Si el pecador cree en alguna medida que está en peligro del infierno, es enteramente por otras razones, y no porque vosotros se lo digáis. Si vivís de tal manera que mostráis que no sentís compasión por los pecadores que os rodean; si no mostráis ternura en vuestros ojos, vuestras facciones, vuestra voz; si vuestra manera no es solemne y seria, ¿cómo pueden creer que sois sinceros?
Mujer, supongamos que le dices a tu esposo inconverso, de manera despreocupada y riéndote: «Querido, creo que vas camino del infierno»; ¿te creerá? Si tu vida es frívola y ligera, muestras o que no crees que haya infierno, o que deseas que él vaya allá y procuras apartar de su mente toda impresión seria. ¿Tienes hijos que no están convertidos? Supongamos que nunca les dices nada de la religión, o que, cuando les hablas, es de una manera tan fría, dura y seca que muestra que no sientes nada; ¿crees que te creen? Ellos no ven en ti esa misma frialdad respecto a otras cosas. Están acostumbrados a ver a la madre entera en tus ojos, y en el tono de tu voz, en tu énfasis y cosas semejantes, y a sentir el calor de un corazón de madre que brota de tus labios en todo lo que les concierne. Si, entonces, cuando les hablas del tema de la religión, eres fría y frívola, ¿pueden suponer que lo crees? Si tu conducta pone delante de tu hijo este espíritu descuidado, sin corazón y sin oración, y luego le hablas de la importancia de la religión, el niño se irá riéndose de que intentes persuadirlo de que hay un infierno.
5. El amor de Cristo. Debéis dar testimonio de la realidad del amor de Cristo por la consideración que mostréis por sus preceptos, su honra y su reino. Debéis actuar como si creyerais que él murió por los pecados de todo el mundo, y como si culparais a los pecadores por rechazar su salvación tan grande. Esta es la única manera legítima en que podéis impresionar a los pecadores con el amor de Cristo. En lugar de esto, los cristianos a menudo viven de tal modo que dan a los pecadores la impresión de que Cristo es tan compasivo que tienen muy poco que temer de él. Me ha asombrado ver cómo cierta clase de profesantes quiere que los ministros estén siempre predicando acerca del amor de Cristo. Si un ministro predica el deber, e insta a los cristianos a ser santos y a trabajar para Cristo, lo llaman todo predicación legalista. Dicen que quieren oír el evangelio. Pues bien, supongamos que presentáis el amor de Cristo. ¿Cómo darán testimonio de él con su vida? ¿Cómo mostrarán que lo creen? Pues, conformándose al mundo, testificarán rotundamente que no creen ni una palabra de ello, y que no les importa en absoluto el amor de Cristo, salvo para tenerlo como un manto, para poder hablar de él y así encubrir sus pecados. No tienen ninguna simpatía por su compasión, ni creen en ella como una realidad, ni les preocupan los sentimientos que llenan la mente de Cristo cuando ve la condición de los pecadores.
6. La necesidad de la santidad para entrar en el cielo. No basta con confiar en hablar de ello. Deben vivir santamente, y así testificar que los hombres no deben esperar ser salvos a menos que sean santos. La idea de que no podemos ser perfectos aquí ha prevalecido tanto tiempo que muchos que profesan la religión ni siquiera aspiran seriamente a una vida sin pecado. No pueden decir con honradez que alguna vez se hayan propuesto de veras vivir sin pecado. Se dejan llevar por la corriente, de una manera floja, pecaminosa, desdichada y abominable, de la que sin duda el diablo se ríe, porque es, entre todos, el camino más seguro al infierno.
7. La necesidad de la abnegación, la humildad y una mente celestial. Los cristianos deben mostrar con su propio ejemplo qué religión es la que se espera de los hombres. Esa es, al fin y al cabo, la predicación más poderosa, y la que más probablemente influirá en los impenitentes, al mostrarles la gran diferencia que hay entre ellos y los cristianos. Mucha gente intenta hacer cristianos a los hombres por un camino distinto, imitando lo más posible su actual manera de vivir y conformándose a ellos todo lo que se pueda. Parecen pensar que la mejor manera de que los hombres acepten la religión es rebajar la religión a su nivel. Como si cuanto más acercáis la religión al mundo, más probable fuera que el mundo la abrazara. Ahora bien, todo esto dista tanto como un polo del otro de la verdadera filosofía de hacer cristianos. Pero es siempre la política de los profesantes carnales. Y creen estar mostrando una sagacidad y una prudencia admirables al esforzarse tanto por no espantar a la gente con la enorme rigurosidad y santidad del evangelio. Arguyen que, si presentáis la religión a los hombres como algo que exige un cambio tan grande en su manera de vivir, tales innovaciones en sus hábitos, tal separación de sus viejos compañeros, pues los ahuyentaréis a todos. Esto parece plausible a primera vista. Pero no es verdad. Que los profesantes vivan de esta manera floja y cómoda, y los pecadores dirán: «Vaya, no veo sino que estoy bastante bien, o por lo menos tan cerca de estar bien que es imposible que Dios me mande al infierno por la diferencia que hay entre estos profesantes y yo. Es cierto que ellos hacen un poco más que yo: van a la mesa de la comunión, oran en familia, y unas pocas cosillas por el estilo; pero eso no puede suponer una diferencia tan grande como la que hay entre el cielo y el infierno». No; el verdadero camino es presentar la religión y el mundo en fuerte contraste, o nunca podréis hacer sentir a los pecadores la necesidad de un cambio. Mientras la necesidad de este cambio fundamental no se encarne y se exponga a plena luz mediante el ejemplo, ¿cómo podéis hacer creer a los hombres que van a ser enviados al infierno si no son transformados por completo en su corazón y en su vida?
Esto no solo es verdad en la teoría, sino que lo ha demostrado la historia del mundo. Mirad las misiones de los jesuitas en Japón, con Francisco Javier y sus compañeros. ¡Cómo vivían, qué contraste mostraban entre su religión y la de los paganos, y qué resultados se siguieron! Hace poco leía una carta de uno de nuestros misioneros en Oriente, que escribe, creo, en el sentido de que un misionero debe poder codearse con la nobleza inglesa, y así recomendar su religión al respeto de los nativos. Debe situarse muy por encima de ellos, para mostrar superioridad, ¡y así impresionarlos con respeto! ¿Es esto filosofía? ¿Es esta la manera de convertir al mundo? No podéis convertir al mundo de esta manera más que tocando un cuerno de carnero. No tiende para nada a ello. ¿Qué hacían los jesuitas? Andaban entre la gente practicando a diario la abnegación delante de sus ojos, enseñando, predicando, orando y trabajando, incansables e intrépidos, mezclándose con toda casta y condición, poniendo sus enseñanzas al alcance de cada individuo. Y de esa manera la misión arrastró la idolatría delante de sí como una ola del mar, y de pronto su religión se extendió por el vasto imperio del Japón. Y si no se hubieran metido en política y no hubieran entrado en un choque innecesario con el gobierno, sin duda habrían conservado su terreno hasta el día de hoy. No digo nada respecto a la religión que enseñaban, pues no estoy seguro de cuánta verdad predicaban con ella. Hablo solo de que siguieron la verdadera política de las misiones, mostrando con su vida la religión que enseñaban, en amplio contraste con el espíritu mundano y con las necedades de la idolatría. Este único rasgo de su política se ganó de tal modo la conciencia del pueblo que resultó irresistible. Si los cristianos contradicen este único punto, e intentan acomodar su religión a la mundanalidad de los hombres, hacen imposible la salvación del mundo. ¿Cómo podéis hacer creer a la gente que la abnegación y la separación del mundo son necesarias, a menos que las practiquéis?
8. Mansedumbre, humildad y una mente puesta en el cielo. El pueblo de Dios debería mostrar siempre un carácter semejante al del Hijo de Dios, quien cuando lo maldecían, no respondía con maldición. Si uno que profesa la religión es irritable, pronto a ofenderse por un agravio y a montar en cólera, y recurre a los mismos medios que el mundo para obtener reparación, acudiendo a los tribunales y cosas así, ¿cómo va a hacer creer a la gente que el cambio de corazón es algo real? Mientras tengan semejante espíritu, no pueden recomendar la religión. Si tienes la costumbre de resentirte por un trato injusto; si no lo soportas con mansedumbre, dándole la mejor interpretación posible, contradices el evangelio. Hay quienes muestran siempre un mal espíritu, siempre dispuestos a dar la peor interpretación a lo que se hace, y se encienden por cualquier pequeñez. Eso revela una gran falta de aquella caridad que «todo lo espera, todo lo cree, todo lo soporta», Pero si un hombre muestra siempre mansedumbre ante los agravios, eso confundirá a los contradictores. Nada causa una impresión tan solemne en los pecadores, ni pesa con una fuerza tan tremenda sobre su conciencia, como ver a un cristiano, semejante a Cristo, soportar afrentas y agravios con la mansedumbre de un cordero. Corta como espada de dos filos.
Mencionaré un caso que lo demuestra. Un joven insultó a un ministro en su cara y lo injurió de un modo inaudito. El ministro poseyó su alma en paciencia y le respondió con suavidad, diciéndole la verdad sin rodeos, pero de un modo muy amable. Eso no hizo más que enfurecerlo, y al fin se marchó lleno de ira, declarando que no iba a quedarse a aguantar aquellos vituperios. ¡Como si hubiera sido el ministro, y no él, quien había estado reprendiendo! El pecador se fue, pero con las saetas del Todopoderoso en el corazón, y en menos de media hora siguió al ministro hasta su alojamiento, presa de una angustia insoportable; lloró, le pidió perdón, se quebrantó delante de Dios y entregó su corazón a Cristo. Aquella actitud serena y apacible fue para él más abrumadora que mil argumentos. Ahora bien, si aquel ministro hubiera perdido la compostura y le hubiera contestado con aspereza, sin duda habría arruinado el alma de aquel joven. ¡Cuántos de vosotros habéis frustrado de antemano todo esfuerzo que podáis hacer con vuestros amigos o vecinos impenitentes, de alguna manera parecida! En alguna ocasión os mostrasteis tan irascibles que vosotros mismos os sellasteis los labios y pusisteis una piedra de tropiezo en la que ese pecador tropezará hasta caer en el infierno. Si lo has hecho en algún caso, no duermas hasta haber hecho todo lo posible por reparar el daño; hasta haber confesado el pecado y hecho todo lo que esté a tu alcance por contrarrestarlo.
9. La necesidad de una honradez completa en el cristiano. ¡Oh, qué campo se abre aquí para el comentario! Pero ahora no puedo recorrerlo por entero. Abarca todos los ámbitos de la vida. Los cristianos necesitan mostrar el más estricto respeto por la integridad en todos los ramos de los negocios y en todo su trato con sus semejantes. Si cada cristiano cuidara escrupulosamente la honradez y fuera siempre concienzudo en obrar con toda rectitud, eso causaría una poderosa impresión en la mente de la gente acerca de la realidad del principio religioso.
Una señora compraba una vez huevos en una tienda, y el dependiente contó mal y le dio uno de más. Ella se dio cuenta en el momento, pero no dijo nada, y cuando llegó a casa aquello la inquietó. Sintió que había obrado mal, y pronto volvió deprisa adonde el joven, se lo confesó y pagó la diferencia. La impresión de su integridad escrupulosa le traspasó el corazón como una espada. Ocultar el error fue un gran pecado de su parte, precisamente porque la tentación era tan pequeña; pues si estaba dispuesta a defraudarlo en un huevo, eso mostraba que lo defraudaría en toda su tienda, si pudiera hacerlo sin ser descubierta. Pero su confesión pronta y humilde mostró una conciencia honrada.
Me alegra decir que hay algunos hombres que negocian según este principio de integridad. Y los impíos los odian por ello. Hablan pestes de ellos y vociferan en las tabernas que jamás comprarán mercancías a tales o cuales individuos, que semejante hipócrita nunca tocará un dólar de su dinero, y todo eso; y luego van derechos a comprarles a ellos, porque saben que los tratarán con honradez. Este es un testimonio de la verdad de la religión que se oye desde Georgia hasta Maine. Suponed que todos los cristianos hicieran lo mismo: ¿cuál sería la consecuencia? Los cristianos se llevarían todo el comercio de la ciudad. Los cristianos pronto harían los negocios del mundo. El gran argumento que alegan algunos cristianos, que si no hacen negocios según el principio común de pedir un precio y aceptar otro no pueden competir con los hombres del mundo, es completamente falso: falso en la razón y falso en la historia. Haced tan solo vuestra regla invariable obrar con rectitud y negociar con principios, y dominaréis el mercado. Los impíos se verán obligados a ajustarse a vuestra norma. Está perfectamente en poder de la iglesia regular el comercio del mundo, con tal que ella misma mantenga una integridad perfecta.
Y si los cristianos hacen lo mismo en la política, gobernarán los destinos de las naciones sin mezclarse en absoluto en la lucha baja y corruptora de los partidos. Basta con que los cristianos en general resuelvan no votar para ningún cargo a ningún hombre que no sea honrado y de costumbres puras, y que se sepa que los cristianos están unidos en esto, cualesquiera que sean sus diferencias de opinión política, y nadie que no tenga tal carácter sería presentado como candidato. En tres años, cuando alguien fuera propuesto como candidato a un cargo, se hablaría en las tabernas y se publicaría en los periódicos: «¡Qué hombre tan bueno es, qué moral, qué piadoso!», y cosas así. Y ningún partido político presentaría como candidato a un conocido profanador del día de reposo, o a un jugador, o a un blasfemo, o a un fornicario, o a un vendedor de ron, como tampoco presentaría al mismo diablo para presidente. La política carnal de muchos que profesan la religión, que pretenden corregir la política con los mismos medios que emplean los impíos y están resueltos a votar con un partido por disoluto que sea el candidato, es completamente errónea: errónea en principio, contraria a la razón y al sentido común, y ruinosa para los mejores intereses de la humanidad. La falta de honradez de la iglesia es una maldición para el mundo. No voy a predicar un sermón político, os lo aseguro. Pero quiero mostraros que, si pretendéis impresionar favorablemente a los hombres en cuanto a vuestra religión mediante vuestra vida, tenéis que ser honrados, estrictamente honrados, en los negocios, en la política y en todo lo que hagáis. ¿Qué suponéis que piensan de vuestra religión esos políticos impíos, que saben bien que juegan un juego deshonesto para ganar una elección, cuando os ven uniros a ellos? ¡Saben que sois unos hipócritas!
OBSERVACIONES.
1. Es irrazonable que los que profesan la religión se asombren de la indiferencia de los pecadores.—Considerado todo, el descuido de los pecadores no es de extrañar. Nos afecta el testimonio, y solo aquel testimonio que nuestra mente recibe. Los pecadores están tan absorbidos por los negocios, los placeres y las cosas del mundo, que no quieren examinar la Biblia para averiguar qué es la religión. Sus sentimientos solo se excitan con asuntos mundanos, porque solo estos entran en contacto vivo con su mente. Por eso las cosas del mundo causan una fuerte impresión. Pero es tan poco lo que impresiona su mente respecto a la eternidad y les hace sentir de cerca la religión, que no sienten nada en cuanto al asunto. Si examinaran el asunto, sentirían. Pero no lo examinan, ni piensan en él, ni les importa. Y nunca lo harán, a menos que los testigos de Dios se levanten y testifiquen. Pero puesto que el gran cuerpo de los cristianos, de hecho, vive de tal manera que testifica en sentido contrario con su conducta, ¿cómo podemos esperar que los pecadores sientan como deben acerca de este asunto? Casi todo el testimonio y toda la influencia que llega a su mente tiende a hacerles sentir lo contrario. Dios ha expuesto aquí su causa ante la raza humana y ha dejado a sus testigos para que testifiquen a su favor, y he aquí que ellos se vuelven y testifican en sentido contrario. ¿Es de extrañar que los pecadores sean indiferentes?
2. Vemos por qué la predicación hace tan poco bien, y cómo es que tantos pecadores se endurecen bajo el evangelio. A menudo se supone que los pecadores que viven bajo el evangelio están endurecidos por él; pero basta que la iglesia despierte y obre con coherencia, y sentirán. Si la iglesia viviera una sola semana como si creyera la Biblia, los pecadores se quebrantarían delante de ella. Supongamos que yo fuera abogado, y fuera al tribunal y expusiera la causa de mi cliente; se traba la litis, hago mis alegaciones, digo lo que espero probar y luego llamo a mis testigos. El primer testigo presta juramento, y luego se levanta y me contradice en la cara. ¿De qué servirán todos mis alegatos? Podría hablar al jurado durante un mes, y ser tan elocuente como Cicerón, pero mientras mis testigos me contradijeran, todos mis alegatos no servirían de nada. Exactamente así le sucede al ministro que predica en medio de una iglesia fría, adormecida y que deshonra a Dios. En vano presenta las grandes verdades de la religión, cuando cada miembro de la iglesia está dispuesto a jurar que miente. Pues en una iglesia así, la misma manera de salir por los pasillos contradice el sermón. Salen apretujándose, tan alegres y tan tranquilos, saludándose unos a otros y cuchicheando entre sí, como si no pasara nada. Aunque el ministro amoneste a cada uno día tras día con lágrimas, no producirá ningún efecto. Si el diablo entrara y viera el estado de las cosas, pensaría que no podría mejorar el negocio en su propio beneficio.
Sin embargo, hay ministros que siguen así durante años, predicando por encima de las cabezas de un pueblo semejante, que con su vida contradice cada palabra que ellos dicen, y creen que es su deber hacerlo. ¡Deber! ¡Predicar a una iglesia que deshace toda su obra, contradice todo su testimonio y no quiere cambiar! No. Que sacuda el polvo de sus pies en testimonio y se vaya a los paganos, o a los nuevos asentamientos. Ese hombre está malgastando sus energías y consumiendo su vida, meciendo apenas la cuna de una iglesia dormida que, toda ella, testifica a los pecadores que no hay peligro. Su vida entera es un testimonio práctico de que la Biblia no es verdad. ¿Han de seguir los ministros consumiéndose así? Probablemente no menos de noventa y nueve centésimas partes de la predicación en este país se pierden, porque la iglesia las contradice. Ni una verdad de cada cien de las que se predican surte efecto, porque la vida de los que profesan la religión testifica que no es así.
3. Es evidente que el nivel de la vida cristiana tiene que elevarse, o el mundo nunca se convertirá. Si tuviéramos ahora tantos miembros de iglesia como familias hay, esparcidos por todo el mundo, y un ministro por cada quinientas almas, y cada niño en una escuela dominical, y cada joven en una clase bíblica, tendríais toda la maquinaria que quisierais; pero si la iglesia contradice la verdad con su vida, eso nunca produciría un avivamiento.
Nunca habrá avivamiento en ningún lugar mientras la iglesia entera, en efecto, testifique contra el ministro. Con frecuencia ocurre que donde más se predica, menos religión hay, porque la iglesia contradice la predicación. Nunca he visto fallar los medios para un avivamiento donde los cristianos viven con coherencia. Una de las primeras cosas es elevar el nivel de la religión, de modo que la verdad del evangelio quede encarnada y expuesta a la vista de todos los hombres. A menos que los ministros logren que la iglesia despierte y obre como si la religión fuera verdad, y respalde su testimonio con su vida, en vano intentarán promover un avivamiento.
Muchas iglesias dependen de su ministro para todo. Cuando predica, dicen: «¡Qué gran sermón ha sido ese! Es un ministro excelente. Una predicación así tiene que hacer bien. Pronto tendremos un avivamiento, no lo dudo». Y todo el tiempo están contradiciendo la predicación con su vida. Os digo que, si dependen solo de la predicación para llevar adelante la obra, fracasarán. Si Jesucristo viniera a predicar, y la iglesia lo contradijera, él fracasaría. Ya se ha probado una vez. Que un apóstol se levante de entre los muertos, o que un ángel baje del cielo y predique, sin que la iglesia testifique a favor de Dios, y no tendría ningún efecto. La novedad podría producir cierta clase de efecto por un tiempo, pero en cuanto pasara la novedad, la predicación no tendría ningún efecto salvador mientras los testigos la contradijeran.
4. Todo cristiano causa una impresión con su conducta y testifica a favor de un lado o del otro. Su semblante, su forma de vestir, todo su porte, causan una impresión constante en un sentido o en otro. No puede evitar testificar a favor o en contra de la religión. O recoge con Cristo, o desparrama. A cada paso que das, pisas cuerdas que vibrarán por toda la eternidad. Cada vez que te mueves, tocas teclas cuyo sonido resonará por todos los montes y valles del cielo, y por todas las oscuras cavernas y bóvedas del infierno. En cada movimiento de tu vida estás ejerciendo una influencia tremenda que repercutirá en los intereses inmortales de las almas que te rodean. ¿Estás dormido, mientras toda tu conducta ejerce semejante influencia?
¿Vas a salir a la calle? Cuida cómo te vistes. ¿Qué es eso que llevas en la cabeza? ¿Qué dicen esa cinta llamativa y esos adornos de tu vestido a todo el que se cruza contigo? Dan la impresión de que quieres que te tengan por bonita. ¡Cuidado! Lo mismo podrías escribir en tu ropa: «NO HAY VERDAD EN LA RELIGIÓN». Dice: «DADME VESTIDOS, DADME MODA, DADME LISONJAS, Y SOY FELIZ». El mundo entiende este testimonio mientras caminas por las calles. Sois «cartas vivas, sabidas y leídas de todos los hombres». Si mostráis orgullo, frivolidad, mal genio y cosas parecidas, es como abrir de nuevo las heridas del Salvador. Cómo podría llorar Cristo al ver a los que profesan la religión andar exponiendo su causa al desprecio en las esquinas de las calles. Basta con que «las mujeres se atavíen en hábito honesto, con vergüenza y modestia; no con cabellos encrespados, u oro, o perlas, o vestidos costosos, sino (como conviene a mujeres que profesan piedad) con buenas obras»; basta con que obren con coherencia, y su conducta repercutirá en el mundo; el cielo se regocijará y el infierno gemirá ante su influencia. Pero, ¡ay!, que hagan alarde de vanidad, que procuren parecer bonitas, que se inclinen ante la diosa de la moda, que se llenen las orejas de adornos y los dedos de anillos. Que se pongan plumas en el sombrero y brazaletes en los brazos, que se ciñan el corsé hasta casi no poder respirar. Que se pongan sus «lunetas, y vayan danzando cuando andan», y su influencia se invierte. El cielo se viste de luto, y el infierno puede celebrar un jubileo.
5. Es fácil ver por qué los avivamientos no prosperan en una gran ciudad. ¿Cómo podrían? Mirad tan solo a los testigos de Dios, y ved de qué están testificando. Parecen haberse concertado para tentar al Espíritu del Señor y mentir al Espíritu Santo. Hacen sus votos a Dios de consagrarse por completo a él, y luego van a postrarse ante el altar de la moda, y después se extrañan de que no haya avivamientos. Sería más que un milagro tener un avivamiento en tales circunstancias. ¿Cómo puede prosperar un avivamiento en esta iglesia? ¿Suponéis que tengo una idea tan vana de mi propia capacidad como para pensar que puedo promover un avivamiento predicando por encima de vuestras cabezas, mientras algunos de vosotros seguís viviendo como vivís? ¿No sabéis que, en cuanto alcanza vuestra influencia, muchos de vosotros estáis justo en el camino de un avivamiento? Vuestro espíritu y vuestro comportamiento ejercen sobre el mundo una influencia contra la religión. ¿Cómo creerá el mundo en la religión, cuando los testigos no se ponen de acuerdo entre sí? Os contradecís a vosotros mismos, os contradecís unos a otros y contradecís a vuestro ministro, y la suma de todo el testimonio es que no hay necesidad de ser piadoso.
¿Creéis que las cosas que os he estado predicando son verdad, o son los desvaríos de una mente trastornada? Si son verdad, ¿reconocéis que se refieren a vosotros? Quizá digáis: «¡Ojalá algunas de las iglesias ricas pudieran oír esto!». Pues no les estoy predicando a ellas; os estoy predicando a vosotros. Mi responsabilidad es para con vosotros, y mis frutos tienen que venir de vosotros. Ahora bien, ¿lo estáis contradiciendo? ¿Cuál es el testimonio escrito en la hoja del registro que ahora queda sellada para el juicio respecto a este día? ¿Habéis mostrado simpatía con el Hijo de Dios, cuando su corazón sangra a la vista de las desolaciones de Sion? ¿Lo han visto así vuestros hijos, vuestros empleados, vuestros criados? ¿Han visto solemnidad en vuestro semblante y lágrimas en vuestros ojos a la vista de las almas que perecen?
Por último.—Debo terminar señalando que Dios y todos los seres morales tienen grandes motivos para quejarse de este falso testimonio. Hay motivo para quejarse de que los testigos de Dios se vuelvan y testifiquen abiertamente contra él. Declaran con su conducta que no hay verdad en el evangelio. El cielo podría llorar y el infierno regocijarse al ver esto. ¡Oh, qué culpa! Aquí estáis, camino del juicio, cubiertos de sangre de pies a cabeza. Allí os encontrarán los pecadores, los que han visto cómo vivís; muchos de ellos ya han muerto, y a muchos otros no volveréis a verlos. ¡Qué influencia habéis ejercido! Quizá cientos de almas os encuentren en el juicio y os maldigan (si se les permite hablar) por haberlas llevado al infierno al negar en la práctica la verdad del evangelio. ¿Qué será de esta ciudad, y del mundo, cuando la iglesia está unida en testificar en la práctica que Dios es mentiroso? Testifican con su vida que, si hacen profesión y llevan una vida moral, eso es religión suficiente. ¡Oh, qué doctrina de demonios es esa! Basta para arruinar a toda la raza humana.
Capítulo 11 completado
Discurso IX. Medios que deben usarse con los pecadores