Capítulo 13 · 42 min de lectura · 55 min de escucha
Discurso XI. El ministro sabio tendrá éxito
DISCURSO XI.
EL MINISTRO SABIO TENDRÁ ÉXITO.
Texto.—El que gana almas es sabio.—Proverbios 11:30.
EL viernes pasado por la noche prediqué sobre este mismo texto, acerca de la manera en que los cristianos particulares deben tratar con los pecadores. Mi propósito esta vez es ocuparme de los medios de gracia más públicos, con especial referencia a los
DEBERES DE LOS MINISTROS.
Como observé en mi último discurso, la sabiduría es la elección y la búsqueda del mejor fin por los medios más apropiados. El gran fin para el cual fue instituido el ministerio cristiano es glorificar a Dios en la salvación de las almas. Al hablar de este tema me propongo mostrar:
I. Que el debido desempeño de los deberes de un ministro requiere gran sabiduría.
II. Que la medida del éxito en el desempeño de sus deberes (en igualdad de condiciones) determina la medida de sabiduría que ha empleado en el ejercicio de su oficio.
I. He de mostrar que el debido desempeño de los deberes de un ministro requiere gran sabiduría.
1. A causa de la oposición que encuentra. El fin mismo para el cual se instituyó el ministerio es uno contra el cual se levanta la oposición más poderosa de los propios pecadores. Si los hombres estuvieran dispuestos a recibir el evangelio, y no hubiera que hacer nada más que contar la historia de la redención, un niño podría transmitir la noticia. Pero los hombres se oponen al evangelio. Se oponen, de este modo, a su propia salvación. Su oposición es a menudo violenta y resuelta. Vi una vez a un demente que había tramado atentar contra su propia vida, y ponía en juego la mayor sagacidad y astucia para lograr su propósito. Se mostraba de lo más artero y hacía creer a sus guardianes que no tenía tal intención, que había desistido por completo, y aparentaba estar de lo más apacible y sereno, y en el instante en que el guardián se descuidaba, atentaba contra sí mismo. Así los pecadores a menudo emplean una gran astucia para eludir todos los esfuerzos que se hacen por salvarlos. Y para hacer frente a esta terrible astucia, y vencerla de modo que se salven los hombres, los ministros necesitan una gran medida de sabiduría.
2. Los medios particulares que se han señalado para emplearse en la obra muestran la necesidad de una gran sabiduría en los ministros. Si los hombres se convirtieran por un acto de omnipotencia física, que creara algún gusto nuevo o algo semejante, y si la santificación no fuera más que esa misma omnipotencia física arrancando del alma las raíces de pecado que quedan, no se requeriría tanta sagacidad y destreza para ganar almas. Ni tendría entonces sentido alguno el texto. Pero la verdad es que la regeneración y la santificación han de efectuarse por medios morales: por el razonamiento y no por la fuerza. Jamás se ha salvado ni se salvará nadie por otro medio que no sea la verdad. La verdad es el medio externo, el motivo externo, presentado primero por el hombre y luego por el Espíritu Santo. Tened en cuenta la oposición del pecador mismo, y veréis que, al fin y al cabo, nada que no sea la sabiduría de Dios y el poder moral del Espíritu Santo puede derribar esta oposición y llevarlo a someterse a Dios. Con todo, los medios han de ser usados por los hombres, y han de ser medios adaptados al fin, usados con destreza. Dios ha dispuesto que la obra de la conversión y de la santificación se lleve a cabo en todos los casos por medio de aquella clase de verdad, aplicada en aquella conexión y relación, que es apropiada para producir tal resultado.
3. Tiene que vencer los poderes de la tierra y del infierno, y eso requiere sabiduría. El diablo está obrando constantemente, tratando de impedir el éxito de los ministros, esforzándose por apartar la atención del tema de la religión, y por alejar al pecador de Dios y llevarlo al infierno. Casi toda la estructura de la sociedad es hostil a la religión. Casi todas las influencias que rodean a un hombre desde la cuna hasta la tumba, en el estado actual de la sociedad, tienden a frustrar el propósito del ministerio. ¿No necesita entonces un ministro gran sabiduría para luchar contra los poderes de las tinieblas y contra toda la influencia del mundo, además de la oposición del propio pecador?
4. Lo mismo se ve por la importancia infinita del fin mismo. El fin del ministerio es la salvación del alma. Cuando consideramos la importancia del fin y las dificultades de la obra, ¿quién no dirá con el apóstol: «Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?»
5. Tiene que saber cómo despertar a la iglesia y quitarla del camino de la conversión de los pecadores. Esta es a menudo la parte más difícil de la obra de un ministro, y requiere más sabiduría y paciencia que cualquier otra cosa. En verdad, hacer esto con éxito es una cualidad rarísima en el ministerio cristiano. Es un punto en que casi todos los ministros fracasan. No saben cómo despertar a la iglesia y elevar el tono de la piedad a un nivel alto, para así despejar el camino a la obra de conversión. Muchos ministros saben predicar muy bien a los pecadores, pero obtienen poco éxito, mientras la influencia contraria de la iglesia lo resiste todo, y ellos no tienen destreza suficiente para quitar la dificultad. Solo aquí y allá hay en el país un ministro que sepa sondear a la iglesia cuando está en un estado frío y descarriado, de modo que la despierte eficazmente y la mantenga despierta. Los miembros de la iglesia pecan contra tanta luz que, cuando se enfrían, es muy difícil sacudirlos. Tienen una forma de piedad que rechaza la verdad, y al mismo tiempo es precisamente esa clase de piedad que no tiene poder ni eficacia. Tales profesantes son las personas más difíciles de despertar de su sueño. No quiero decir que sean siempre más malvados que los impenitentes. A menudo están ocupados en la maquinaria de la religión, y pasan por muy buenos cristianos, pero no sirven de nada en un avivamiento.
Sé que a veces los ministros se asombran al oír decir que las iglesias no están despiertas. No es de extrañar que tales ministros no sepan cómo despertar a una iglesia dormida. Hace pocos días un joven licenciado oyó al hermano Foote, en esta ciudad, derramando la verdad y tratando de despertar a las iglesias, y sabía tan poco del asunto que pensó que estaba maltratando a las iglesias. Tan completamente ciego estaba, que realmente creía que las iglesias de Nueva York estaban todas despiertas en cuanto a la religión. Del mismo modo, hace algunos años se levantó una gran controversia y oposición porque se hablaba tanto de que las iglesias estaban dormidas. Todo era verdad, y sin embargo muchos ministros no sabían nada de ello, y se asombraban de oír decir tales cosas de las iglesias. Cuando se ha llegado a esto, a que los ministros no sepan cuándo la iglesia está dormida, no es de extrañar que no tengamos avivamientos. Una vez me invitaron a predicar en cierto lugar. Pregunté al ministro cuál era el estado de la iglesia. «Oh —dice él—, están despiertos hasta el último hombre.» Me encantó la idea de trabajar en una iglesia así, porque era algo que nunca había visto: ver a cada uno de los miembros despierto en un avivamiento. Pero cuando llegué allí encontré a la iglesia soñolienta y fría, y dudo que uno solo de ellos estuviera despierto.
He aquí la gran dificultad para sostener los avivamientos: mantener a la iglesia completamente despierta y comprometida. Una cosa es que una iglesia se levante dormida y alborote de un lado a otro y se atropellen unos a otros, y otra muy distinta que tengan los ojos abiertos y los sentidos alerta, y estén bien despiertos, de modo que sepan cómo hallar a Dios y cómo trabajar para Cristo.
5. Tiene que saber cómo poner a trabajar a la iglesia cuando está despierta. Si un ministro intenta ponerse a trabajar solo, contando con hacerlo todo él mismo, es como intentar subir rodando una gran piedra cuesta arriba sin ayuda. La iglesia puede hacer mucho para impulsar un avivamiento. Algunas iglesias han tenido a veces avivamientos poderosos sin ningún ministro. Pero cuando un ministro tiene una iglesia que está despierta, y sabe cómo ponerla a trabajar, y cómo sentarse al timón y guiarla, puede sentirse fuerte, y muchas veces hallará que ellos hacen más que él mismo en la conversión de los pecadores.
6. Para tener éxito, un ministro necesita gran sabiduría para saber cómo mantener a la iglesia en la obra. A menudo la iglesia parece exactamente como los niños. Pones a los niños a trabajar, y parecen estar todos ocupados, pero en cuanto das la espalda, se detienen y se van a jugar. La gran dificultad para continuar un avivamiento está aquí. Y hacerle frente requiere gran sabiduría. Saber cómo quebrantarlos de nuevo cuando su corazón se envanece por haber tenido un avivamiento tan grande; despertarlos de nuevo cuando su celo comienza a decaer; mantener su corazón lleno de celo por la obra: estas son algunas de las cosas más difíciles del mundo. Sin embargo, si un ministro quiere tener éxito en ganar almas, tiene que saber cuándo empiezan a enorgullecerse, o a perder el espíritu de oración, y cuándo sondearlos y cómo escudriñarlos de nuevo, cómo mantener a la iglesia en el campo recogiendo la cosecha del Señor.
7. Tiene que entender el evangelio. Pero preguntaréis: ¿No entienden todos los ministros el evangelio? Respondo que ciertamente no todos lo entienden de igual manera, porque no todos predican de igual manera.
8. Tiene que saber cómo dividir el evangelio, de modo que presente las verdades particulares en el orden debido, y las haga incidir sobre aquellos puntos y en aquellos momentos que sean apropiados para producir un resultado determinado. Un ministro debe entender la filosofía de la mente humana, para saber cómo planear y ordenar sabiamente sus trabajos. La verdad, cuando se hace incidir sobre la mente, es en sí misma apropiada para producir los sentimientos correspondientes. El ministro tiene que saber qué sentimientos desea producir, y cómo hacer incidir aquella verdad que es apropiada para producirlos. Tiene que saber cómo presentar la verdad apropiada para humillar a los cristianos, o para hacerles sentir por los pecadores, o para despertar a los pecadores, o para convertirlos.
A menudo, cuando los pecadores están despertados, se pierde el terreno ganado por falta de sabiduría para dar seguimiento al golpe. Quizá se predica un sermón conmovedor, los cristianos se conmueven y los pecadores comienzan a sentir, y el domingo siguiente se presenta algo que no tiene relación alguna con el estado de sentimiento de la congregación, y que no es apropiado para llevar la mente al ejercicio del arrepentimiento, la fe o el amor. Esto muestra cuán importante es que un ministro entienda cómo producir una impresión determinada, en qué momento puede y debe hacerse, y por medio de qué verdad, y cómo darle seguimiento hasta que el pecador sea quebrantado y traído al reino.
Muchísimos buenos sermones que se predican se pierden por completo por falta de un poco de sabiduría en este punto. Son buenos sermones, y apropiados, si se predican en el momento oportuno, para hacer gran bien; pero tienen tan poca relación con el estado real de sentimiento de la congregación, que sería más que un milagro que produjeran un avivamiento. Un ministro puede predicar de esta manera al azar hasta matarse predicando, y nunca producir grandes resultados. Puede convertir aquí y allá a un alma suelta; pero no moverá a la masa de la congregación a menos que sepa cómo dar seguimiento a sus impresiones, trazar un plan de acción y ejecutarlo, de modo que lleve adelante la obra una vez comenzada. No solo debe ser capaz de tocar la trompeta tan fuerte que sacuda al pecador de su letargo, sino que, una vez despierto, debe guiarlo por el camino más corto a Jesucristo. Y no, en cuanto los pecadores son despertados por un sermón, ponerse de inmediato a predicar sobre algún tema remoto que no tiende en nada a llevar adelante la obra.
10. Alcanzar con éxito a las distintas clases de pecadores requiere gran sabiduría por parte de un ministro. Por ejemplo, un sermón sobre cierto tema puede sacudir a cierta clase de personas entre sus oyentes. Quizá comiencen a mostrarse serios, o quizá hablen de ello, o quizá comiencen a ponerle reparos. Pues bien, si el ministro es sabio, sabrá observar esas señales y seguir adelante con sermones adaptados a esa clase, hasta llevarlos al reino de Dios. Luego, que vuelva atrás y tome otra clase, que descubra dónde se esconden, que derribe sus refugios y que los persiga hasta llevarlos al reino de Dios. Así debe batir todos los matorrales donde se esconden los pecadores, como la voz de Dios siguió a Adán en el huerto —«ADÁN, ¿DÓNDE ESTÁS TÚ?»—, hasta que una clase de oyentes tras otra sea traída, y así se convierta toda la comunidad. Ahora bien, un ministro tiene que ser muy sabio para hacer esto. Nunca se hará así hasta que un ministro se proponga buscar y traer a cada clase de pecadores de su congregación: viejos y jóvenes, hombres y mujeres, ricos y pobres.
11. Un ministro necesita gran sabiduría para sacar a los pecadores de sus actuales refugios de mentira sin formarles nuevos escondites. Una vez estuve bajo el ministerio de un hombre que había concebido una gran alarma por las herejías, y estaba constantemente ocupado en refutarlas. Y solía sacar a relucir muchas herejías de las que su gente nunca había oído hablar. Sacaba sus ideas principalmente de los libros, y se mezclaba muy poco con la gente para saber lo que pensaban. Y el resultado de sus trabajos era a menudo que la gente quedaba más prendada de la herejía que del argumento contra ella. La novedad del error atraía tanto su atención que olvidaban la respuesta. Y de ese modo dio a muchos de los suyos nuevas objeciones contra la religión, en las que nunca antes habían pensado. Si un hombre no se mezcla lo bastante con la gente para saber cómo piensa la gente hoy en día, no puede esperar ser sabio para responder a sus objeciones y dificultades.
He oído mucha predicación contra los universalistas que hacía más daño que bien, porque los predicadores no entendían cómo razonan los universalistas de hoy. Nunca se han mezclado con los universalistas, y no saben lo que creen ni cómo argumentan ahora, sino que todo lo que saben del universalismo lo han sacado de libros que se escribieron hace mucho tiempo y que ahora están pasados de moda entre los propios universalistas. Y la consecuencia es que, cuando intentan predicar contra el universalismo, combaten a un hombre de paja, y no las opiniones universalistas tal como se encuentran ahora en la comunidad. Y la gente o se ríe de ellos, o dice que todo es mentira, porque sabe que los universalistas no sostienen las opiniones que el predicador les atribuye.
Cuando los ministros emprenden la tarea de combatir una herejía actual, deben saber lo que es en la actualidad. Por ejemplo, casi todos los que escriben y predican contra el universalismo creen que están llamados a combatir la idea de que Dios es todo misericordia. Suponen que los universalistas sostienen la doctrina de que Dios es todo misericordia, y que cuando han refutado esta doctrina, han derribado a los universalistas. Pero eso no es cierto. No sostienen tal doctrina. La niegan por completo. Rechazan la idea de misericordia en la salvación de los hombres, porque sostienen que todo hombre es castigado plenamente conforme a lo que justamente merece. ¿De qué sirve, entonces, argumentar contra los universalistas que Dios es un Dios de justicia y no un Dios todo misericordia, cuando ellos se atienen a la sola justicia de Dios como fundamento de la salvación, y no admiten en absoluto la idea de misericordia? De igual manera, he oído a hombres predicar contra la idea de que los hombres son salvos en sus pecados, y suponían que estaban derribando la doctrina universalista. Los universalistas no creen tal cosa. Creen que todos los hombres serán hechos santos y salvados de esa manera. Esto muestra la importancia de saber lo que la gente sostiene realmente antes de intentar sacarla de sus errores por medio del razonamiento. De nada sirve tergiversar las doctrinas de un hombre en su propia cara, y luego intentar sacarlo de ellas razonando. Tienes que exponer su doctrina tal como él la sostiene, y exponer sus argumentos con imparcialidad. De lo contrario, si los expones mal, o lo haces enojar, o se ríe para sus adentros de la ventaja que le das. Dirá: Ese hombre no puede discutir conmigo en terreno limpio; tiene que tergiversar nuestras doctrinas para refutarme. Se hace gran daño de esta manera. Los ministros no tienen intención de tergiversar a sus oponentes; pero el efecto es que las pobres y miserables criaturas que sostienen estos errores van al infierno porque los ministros no se cuidan de informarse de cuáles son sus verdaderos errores. Los errores nunca se arrancan por semejante procedimiento. Menciono estos casos para mostrar cuánta sabiduría debe tener un ministro para hacer frente a los casos que se presentan. Tiene que conocer las verdaderas opiniones de los hombres para poder enfrentarlas y desterrar sus errores y equivocaciones.
12. Los ministros deben saber qué medidas son las más apropiadas para ayudar a cumplir el gran fin de su oficio, la salvación de las almas. Algunas medidas son claramente necesarias. Por medidas entiendo las cosas que deben hacerse para captar la atención de la gente y llevarla a escuchar la verdad. Construir casas de culto, visitar de casa en casa, etc., son todas «medidas», cuyo objeto es captar la atención de la gente hacia el evangelio. Se requiere mucha sabiduría para idear y llevar adelante todas las diversas medidas que están adaptadas para favorecer el éxito del evangelio.
¿Qué hacen los políticos? Organizan reuniones; hacen circular volantes y folletos; arremeten a toda máquina en los periódicos; pasean por las calles sus barcos sobre ruedas con banderas y marineros; envían carruajes por toda la ciudad, con volantes, para llevar a la gente a las urnas: todo para ganar atención para su causa y elegir a su candidato. Todas estas son sus «medidas», y para su fin están sabiamente calculadas. El objeto es levantar una agitación y hacer salir a la gente. Saben que, a menos que pueda haber agitación, es en vano empujar su fin. No quiero decir que sus medidas sean piadosas, ni rectas, sino solo que son sabias, en el sentido de que son la aplicación apropiada de los medios al fin.
El objeto del ministerio es lograr que toda la gente sienta que el diablo no tiene derecho a gobernar este mundo, sino que todos deben entregarse a Dios y elegir con su voto al Señor Jesucristo como gobernador del universo. Ahora bien, ¿qué se ha de hacer? ¿Qué medidas tomaremos? Dice uno: «Cuidad de no tener nada que sea nuevo.» ¡Qué extraño! El objeto de nuestras medidas es ganar atención, y hay que tener algo nuevo. Tan cierto como que el efecto de una medida se vuelve estereotipado, deja de ganar atención, y entonces hay que probar algo nuevo. No hace falta innovar en todo. Pero siempre que el estado de cosas sea tal que se necesite algo más, ha de ser algo nuevo; de lo contrario, fracasará. Un ministro nunca debe introducir innovaciones que no sean necesarias. Si lo hace, le estorbarán. No puede alterar el evangelio; este sigue siendo el mismo. Pero las medidas nuevas son necesarias, de tiempo en tiempo, para despertar la atención y hacer que el evangelio incida sobre la mente pública. Y además, un ministro debe saber cómo introducir cosas nuevas de modo que provoquen la menor resistencia o reacción posible. Los hombres son aficionados a la forma en la religión. Les encanta tener sus deberes religiosos estereotipados, de modo que los dejen tranquilos; y por eso se inclinan a resistir cualquier movimiento nuevo destinado a despertarlos a la acción y al sentimiento. De ahí que sea de suma importancia introducir las cosas nuevas con sabiduría, para no dar ocasión ni pretexto innecesarios para la resistencia.
13. A veces un ministro necesita no poca sabiduría para saber cuándo poner fin a las medidas nuevas. Cuando una medida tiene novedad suficiente para asegurar la atención a la verdad, por lo general no debe introducirse ninguna otra medida nueva. Ya se ha conseguido el gran objeto de la novedad. Cualquier cosa más correrá el peligro de desviar la mente pública del gran objeto y fijarla en las medidas mismas. Y además, si introduces novedades cuando no son necesarias, recorrerás un campo tan amplio que, más adelante, cuando de verdad necesites algo nuevo, no tendrás otra cosa que introducir sin hacer algo que dé una sacudida demasiado grande a la mente pública. La Biblia no ha establecido ningún curso específico de medidas para promover los avivamientos de la religión, sino que ha dejado a los ministros adoptar aquellas que estén sabiamente calculadas para asegurar el fin. Y cuanto más parcos seamos con nuestras cosas nuevas, más tiempo podremos usarlas para mantener despierta la atención pública al gran tema de la religión. Con un proceder sabio esto puede hacerse, sin duda, durante una larga serie de años, hasta que nuestras medidas actuales vuelvan a tener, con el tiempo, novedad suficiente para atraer y fijar la atención pública. Y así nunca nos faltará algo nuevo.
14. Un ministro, para ganar almas, tiene que saber cómo tratar con los pecadores descuidados, con los despertados y con los ansiosos, de modo que los lleve directamente a Cristo por el camino más corto y más directo. Es asombroso ver cuántos ministros hay que no saben cómo tratar con los pecadores, ni qué decirles en sus diversos estados de ánimo. Una buena mujer de Albany me contó que, cuando estaba preocupada por su alma, fue a su ministro y le pidió que le dijera qué debía hacer para hallar alivio. Y él le dijo que Dios no le había dado mucha experiencia en ese asunto, y le aconsejó que fuera a ver a cierto diácono, que quizá podría decirle qué hacer. La verdad era que no sabía qué decirle a un pecador bajo convicción, aunque no había nada peculiar en su caso. Pues bien, si pensáis que este ministro es un caso raro, estáis muy engañados. Hay muchos ministros que no saben qué decir a los pecadores.
Un ministro convocó una vez una reunión de inquiridores, y fue a asistir a ella, y en lugar de ir de una persona a otra, comenzó a hacerles preguntas del catecismo: «¿Cómo ejecuta Cristo el oficio de sacerdote?» Para muchos de ellos, tan atinado como cualquier otra cosa.
Conozco a un ministro que celebró una reunión de inquiridores, y fue a asistir a ella con un discurso escrito que había preparado para la ocasión. Tan sabio como lo sería que un médico, al salir a visitar a sus pacientes, se sentara con calma a escribir todas las recetas antes de haberlos visto. Un ministro necesita conocer el estado de ánimo de cada persona antes de poder saber qué verdad será apropiada y útil administrarle. Digo estas cosas no porque me guste decirlas, sino porque la verdad y el objeto que tengo delante exigen que se digan. Y casos como los que he mencionado no son en modo alguno raros.
Un ministro debe saber cómo aplicar la verdad a todas las situaciones en que pueda hallar a pecadores moribundos que descienden al infierno. Debe saber cómo predicar, cómo orar, cómo dirigir las reuniones de oración, y cómo usar todos los medios para hacer que la verdad de Dios incida sobre el reino de las tinieblas. ¿No requiere esto sabiduría? Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?
II. La medida del éxito de un ministro en ganar almas (en igualdad de condiciones) determina invariablemente la medida de sabiduría que ha ejercido en el desempeño de su oficio.
1. Esto se afirma claramente en el texto: «El que gana almas es sabio.» Es decir, si un hombre gana almas, es que adapta con destreza los medios al fin, lo cual es ejercer sabiduría. Es tanto más sabio cuanto mayor es el número de pecadores que salva. Un necio puede, en verdad, tropezar de vez en cuando con una verdad, o con una manera de presentarla, que salve un alma. Sería en verdad una maravilla que un ministro no tuviera a veces en sus sermones algo que respondiera al caso de alguna persona. Pero la medida de sabiduría ha de determinarse, «en igualdad de condiciones», por el número de casos en que tiene éxito en convertir pecadores.
Tomad el caso de un médico. El mayor curandero de Nueva York puede tropezar de vez en cuando con una cura notable, y así hacerse un nombre entre los ignorantes. Pero las personas sensatas y juiciosas juzgan la destreza de un médico por la constancia de su éxito en vencer la enfermedad, la variedad de enfermedades que puede tratar y el número de casos en que logra salvar a sus pacientes. El más diestro es el que más salva. Esto es sentido común. Es la verdad. Y es igualmente cierto respecto del éxito en salvar almas, y cierto exactamente en el mismo sentido.
2. Este principio no solo se afirma en el texto, sino que es una cuestión de hecho, una verdad histórica, que «el que gana almas es sabio». Ese hombre ha empleado de veras medios adecuados al fin, y de tal manera que asegura el fin.
3. El éxito en salvar almas es prueba de que un hombre entiende el Evangelio y entiende la naturaleza humana; de que sabe adaptar los medios a su fin, de que tiene sentido común y de que posee ese tacto, ese discernimiento práctico, que sabe cómo llegar a la gente. Y si su éxito es amplio, demuestra que sabe tratar con una gran variedad de caracteres, en una gran variedad de circunstancias, que sin embargo son todos enemigos de Dios, y traerlos a Cristo. Hacer esto requiere gran sabiduría. Y el ministro que lo hace demuestra que es sabio.
4. El éxito en ganar almas demuestra que un ministro no solo sabe trabajar sabiamente para ese fin, sino también que sabe dónde está su dependencia. Ya sabéis que a menudo se expresan temores respecto de aquellos ministros que apuntan de la manera más directa y ferviente a la conversión de los pecadores. La gente dice: «Pues este hombre se pone a trabajar con sus propias fuerzas; cualquiera diría que se cree capaz de convertir por sí mismo». ¡Cuántas veces el desenlace ha demostrado que el hombre sabe muy bien lo que hace, y sabe también dónde está su fuerza! Se puso a trabajar para convertir pecadores con tanto empeño como si pudiera hacerlo todo él solo; pero esa era precisamente la manera en que debía hacerlo. Debe razonar con los pecadores y suplicarles tan fiel y plenamente como si no esperara ninguna intervención del Espíritu de Dios, o como si supiera que no hay Espíritu Santo. Pero siempre que un hombre hace esto con éxito, demuestra que, al fin y al cabo, sabe que debe depender solo del Espíritu de Dios para tener éxito.
Objeción.—Hay muchos que sienten una objeción contra este tema, nacida de la manera en que entienden el ministerio de Jesucristo. Nos preguntan: «¿Qué diréis del ministerio de Jesucristo? ¿No era él sabio?». Respondo: Sí, infinitamente sabio. Pero en cuanto a su supuesta falta de éxito en la conversión de los pecadores, observaréis lo siguiente:
(1.) Que su ministerio tuvo muchísimo más éxito de lo que generalmente se supone. Leemos en uno de los escritores sagrados que, después de su resurrección y antes de su ascensión, «apareció a más de quinientos hermanos juntos». Si se hallaron reunidos en un mismo lugar hasta quinientos hermanos, vemos que debía de haber un gran número de ellos esparcidos por el país.
(2.) Otra circunstancia que hay que observar es que su ministerio público fue muy breve, de menos de tres años.
(3.) Considerad el propósito particular de su ministerio. Su objetivo principal era hacer expiación por los pecados del mundo. No apuntaba tanto a promover avivamientos. La «dispensación del Espíritu» todavía no se había dado. No predicó el Evangelio tan plenamente como lo hicieron después sus apóstoles. Los prejuicios del pueblo estaban tan arraigados y eran tan violentos que no lo habrían soportado. Que no lo hizo, se ve claramente en el hecho de que ni siquiera sus apóstoles, que estaban constantemente con él, entendían la expiación. No llegaron a captar la idea de que él iba a morir y, por consiguiente, cuando supieron que había muerto de verdad, cayeron en la desesperación y pensaron que todo había terminado y que sus esperanzas se las había llevado el viento. El hecho es que él tenía otro objetivo a la vista, al cual se subordinó todo lo demás; y el estado pervertido de la opinión pública y los obstinados prejuicios que prevalecían explican por qué no se vieron más resultados en la conversión de pecadores. El estado de la opinión pública era tal, que al final lo asesinaron por lo que sí predicó.
Muchos ministros que tienen poco o ningún éxito se esconden detrás del ministerio de Jesucristo, como si él hubiera sido un predicador sin éxito. Cuando, en realidad, tuvo un éxito eminente, considerando las circunstancias en que trabajó. Este es el último lugar del mundo donde un ministro sin éxito debería pensar en esconderse.
OBSERVACIONES.
1. Un ministro puede ser muy erudito y no ser sabio. Hay muchos ministros que poseen gran erudición; entienden todas las ciencias, físicas, morales y teológicas; pueden conocer las lenguas muertas y poseer todo saber, y sin embargo no ser sabios en relación con el gran fin en que principalmente se ocupan. Los hechos lo demuestran claramente. «El que gana almas es sabio».
2. Un ministro sin éxito puede ser piadoso además de erudito, y aun así no ser sabio. Es injusto deducir que, porque un ministro no tiene éxito, es un hipócrita. Puede haber algo deficiente en su formación, o en su manera de ver un tema o de exponerlo, o tal falta de sentido común que frustre sus trabajos e impida su éxito en ganar almas, mientras que él mismo puede ser salvo, «mas así como por fuego».
3. Un ministro puede ser muy sabio aunque no sea erudito. Puede no entender las lenguas muertas, ni la teología en su acepción común; y sin embargo puede saber justamente lo que un ministro del Evangelio más necesita saber, sin saber muchas otras cosas. Un ministro erudito y un ministro sabio son cosas distintas. Los hechos de la historia de la iglesia en todas las épocas lo prueban. Es muy común que las iglesias, cuando buscan un ministro, procuren conseguir un hombre muy erudito. No me entendáis como si menospreciara la erudición. Cuanta más erudición, mejor, si además es sabio en el gran asunto en que se ocupa. Si un ministro sabe ganar almas, cuanta más erudición tenga, mejor. Pero si tiene cualquier otra clase de saber, y no este, fracasará infaliblemente en el fin de su ministerio.
4. La falta de éxito en un ministro (en igualdad de condiciones) prueba: (1.) o que nunca fue llamado a predicar y lo emprendió por su propia cuenta; o (2.) que fue mal formado y nunca se le enseñaron precisamente las cosas que más necesita saber; o (3.) que, si fue llamado a predicar y sabe cumplir su deber, es demasiado indolente y demasiado malvado para cumplirlo.
5. Los ministros mejor formados son los que ganan más almas. A veces se mira por encima del hombro a algunos ministros y se les llama muy ignorantes porque no conocen las ciencias y las lenguas, aunque están muy lejos de ignorar la gran cosa para la cual se ha instituido el ministerio. Esto es un error. La erudición es importante, y siempre útil. Pero, después de todo, un ministro puede saber ganar almas para Cristo sin gran erudición; y tiene la mejor formación para un ministro aquel que puede ganar más almas para Cristo.
6. Hay evidentemente un gran defecto en el modo actual de formar a los ministros. Este es un HECHO SOLEMNE, al cual debe llamarse expresamente la atención de toda la iglesia: que la gran masa de los jóvenes ministros que reciben formación logran muy poco.
Cuando los jóvenes salen de los seminarios, ¿están preparados para entrar en un avivamiento? Mirad un lugar donde haya habido un avivamiento en marcha y se necesite un ministro. Que manden a buscar uno a un seminario teológico. ¿Entrará en la obra, la sostendrá y la llevará adelante? Rara vez. Como David con la armadura de Saúl, llega con tal carga de baratijas teológicas que no sabe en absoluto qué hacer. Dejadlo allí dos semanas, y el avivamiento se acaba. Las iglesias saben y sienten que la mayor parte de estos jóvenes no saben hacer nada de lo que hay que hacer en un avivamiento, y se quejan de que los jóvenes ministros van muy a la zaga de la iglesia. Podéis buscar por todos los Estados Unidos, en los seminarios teológicos, y hallaréis muy pocos jóvenes ministros aptos para llevar adelante la obra. ¡Qué estado de cosas!
Hay un defecto grave en la formación de los ministros. La formación debería ser tal que preparara a los jóvenes para la obra particular a la que están destinados. Pero en lugar de eso, se les forma para cualquier otra cosa. El gran error es este: dirigen la mente demasiado hacia asuntos ajenos al caso, de los que no es necesario ocuparse. En sus cursos de estudio llevan la mente por un campo demasiado extenso, que desvía su atención de lo principal; y así se enfrían en la religión, y cuando terminan, en lugar de estar preparados para su obra, están incapacitados para ella. So pretexto de disciplinar la mente, en realidad dispersan la atención, de modo que cuando llegan a su obra son torpes y no saben en absoluto cómo emprenderla ni cómo obrar para ganar almas. No siempre es así, pero con demasiada frecuencia lo es.
Es común que la gente hable en voz alta y por extenso de un ministerio instruido. Dios me libre de decir una palabra contra un ministerio instruido. Pero ¿qué entendemos por formación para el ministerio? ¿Entendemos que se les forme de manera que queden preparados para la obra? Si se les forma así, cuanta más formación, mejor. Que la formación sea de la clase correcta, que enseñe al joven las cosas que necesita saber, y no precisamente las que no necesita saber. Que se les forme para la obra. Que la formación no sea tal que, cuando los jóvenes salgan, después de pasar seis, ocho o diez años estudiando, no valgan ni la mitad de lo que valían antes de ir. He conocido a jóvenes que salieron después de lo que llaman «un curso completo» y que no eran aptos para hacerse cargo de una reunión de oración, ni sabían dirigir una reunión de oración de modo que fuera provechosa o interesante. Un anciano de una iglesia de una ciudad vecina me informó hace poco de un caso que viene al caso. Un joven, antes de ir al seminario, había trabajado con ellos como laico, había dirigido sus reuniones de oración y había sido sumamente útil entre ellos. Después de haber pasado por el seminario, lo mandaron llamar y le pidieron su ayuda; pero, ¡ay, qué cambiado estaba! Estaba tan completamente transformado que no causaba ninguna impresión; la iglesia pronto empezó a quejarse de que bajo su influencia iban a morir, y él se marchó, porque no estaba preparado para la obra.
Es común que los ministros que han pasado por los seminarios y que ahora son útiles afirmen que su curso de estudios allí les sirvió de poco o de nada, y que tuvieron que desaprender lo que allí habían aprendido antes de poder lograr mucho. No lo digo con espíritu censor, pero es un hecho solemne, y debo decirlo con amor.
Suponed que fuerais a hacer de un hombre un cirujano de la marina. En lugar de enviarlo a la escuela de medicina a aprender cirugía, ¿lo enviaríais a la escuela náutica a aprender navegación? De esa manera podríais capacitarlo para gobernar un barco, pero no sería cirujano. Los ministros deberían ser formados para saber qué es la Biblia y qué es la mente humana, y saber cómo hacer que la una actúe sobre la otra. Deberían ser puestos en contacto con la mente de los hombres y familiarizados con todos los aspectos de la sociedad. Deberían tener la Biblia en una mano y el mapa de la mente humana en la otra, y saber usar la verdad para la salvación de los hombres.
7. La falta de sentido común frustra a menudo los fines del ministerio cristiano. Hay muchos hombres buenos en el ministerio que tienen erudición y talentos de cierta clase, pero no tienen sentido común para ganar almas.
8. Vemos un gran defecto en nuestras escuelas teológicas.—A los jóvenes se los encierra en sus escuelas, confinados a los libros y apartados del trato con la gente común o del contacto con la mente común; por eso no están familiarizados con la manera en que piensa la gente común. Esto explica el hecho de que algunos hombres sencillos, que se han criado en los negocios y conocen la naturaleza humana, estén diez veces mejor capacitados para ganar almas que los que se forman según el principio actual, y de hecho conozcan diez veces mejor el oficio propio del ministerio. A estos se les llama «hombres sin instrucción». Es un grave error. No son eruditos en la ciencia, pero son entendidos precisamente en las cosas que necesitan saber como ministros. No son ministros ignorantes, porque saben exactamente cómo llegar a la mente con la verdad. Entienden la mente de los hombres y cómo adaptar el Evangelio a su caso. Están mejor provistos para su obra que si tuvieran toda la maquinaria de las escuelas.
Quiero que se me entienda. No digo que no quisiera que un joven fuera a la escuela. Ni lo desanimaría de recorrer el campo de la ciencia. Cuanto más, mejor, si junto con ello aprende también las cosas que el ministro necesita saber para ganar almas: si entiende su Biblia y entiende la naturaleza humana, y sabe cómo hacer que la verdad actúe, y cómo guiar y manejar las mentes, y apartarlas del pecado y llevarlas a Dios.
9. El éxito de cualquier medida destinada a promover un avivamiento de la religión demuestra su sabiduría, con las siguientes excepciones:
(1.) Una medida puede introducirse para causar efecto, para producir excitación, y ser tal que, cuando se mire después hacia atrás, parezca disparatada y dé la impresión de haber sido un mero truco. En ese caso producirá una reacción, y su introducción hará más daño que bien.
(2.) Pueden introducirse medidas, y el avivamiento ser muy poderoso, y atribuirse el éxito a las medidas, cuando en realidad fueron otras cosas las que hicieron poderoso el avivamiento, y esas mismas medidas pueden haber sido un estorbo. Las oraciones de los cristianos, la predicación y otras cosas pueden haber sido tan apropiadas para llevar adelante la obra que esta ha prosperado a pesar de esas medidas.
Pero cuando la bendición sigue evidentemente a la introducción de la medida misma, la prueba de que la medida es sabia es irrefutable. Es profano decir que tal medida hará más daño que bien. Dios sabe de eso. Su propósito es hacer la mayor cantidad de bien posible. Y, por supuesto, no añadirá su bendición a una medida que haga más daño que bien. A veces puede negar su bendición a una medida apropiada para hacer algún bien, porque sería a costa de un bien mayor. Pero nunca bendecirá un proceder pernicioso. No hay manera de engañar a Dios en este asunto. Él sabe si una medida dada es, en conjunto, sabia o no. Puede bendecir una serie de trabajos a pesar de algunas medidas imprudentes o perjudiciales. Pero si bendice la medida misma, declararla imprudente es reprender a Dios. Quien se proponga hacerlo, que mire bien lo que hace.
10. Es evidente que se ha criticado mucho medidas que han sido eminente y continuamente bendecidas por Dios para la promoción de avivamientos. Sabemos que se dice que los horribles juramentos de un blasfemo profano han sido el medio de despertar a otro pecador menos endurecido. Pero ese es un caso raro. Dios no suele hacer tal uso de la blasfemia. Pero si una medida es continua o habitualmente bendecida, que la ponga en duda el hombre que se crea más sabio que Dios. ¡TENED CUIDADO de no hallar falta en Dios!
11. Los cristianos deben orar por los ministros. Hermanos, si sintierais cuánta sabiduría necesitan los ministros para cumplir con éxito los deberes de su gran oficio, y cuán ignorantes son todos, y cuán insuficientes son de sí mismos para pensar algo como de sí mismos, oraríais por ellos muchísimo más de lo que lo hacéis; es decir, si os importara algo el éxito de sus trabajos. La gente critica a menudo a los ministros, cuando no ora por ellos. Hermanos, eso es tentar a Dios, porque no debéis esperar mejores ministros a menos que oréis por ellos. Y no debéis esperar una bendición sobre los trabajos de vuestro ministro, ni que vuestras familias se conviertan por su predicación, si no oráis por él. Y lo mismo respecto de los demás, de los lugares desolados y de los paganos: en lugar de orar todo el tiempo solamente para que Dios envíe más obreros, necesitáis orar para que Dios haga a los ministros sabios para ganar almas, y para que los que él envía sean debidamente formados, de modo que sean escribas doctos en el reino de Dios.
12. Los laicos de la iglesia que saben ganar almas han de ser tenidos por sabios. No se les debería llamar «laicos ignorantes». Y aquellos miembros de la iglesia que no saben convertir pecadores y que no pueden ganar almas no deberían ser llamados sabios, como cristianos. No son cristianos sabios; solo «el que gana almas es sabio». Pueden ser entendidos en política, en todas las ciencias, o pueden ser hábiles en el manejo de los negocios o de otras cosas, y pueden mirar por encima del hombro a los que ganan almas, como si no fueran más que hombres sencillos, cándidos e ignorantes. Si alguno de vosotros se inclina a hacer esto, y a menospreciar a esos hermanos que ganan almas, como si no fueran tan sabios y astutos como vosotros, os engañáis a vosotros mismos. Puede que ellos no sepan algunas cosas que vosotros sabéis. Pero saben aquellas cosas que a un cristiano más le importa saber, y vosotros no las sabéis.
Puede ilustrarse con el caso de un ministro que se hace a la mar. Puede ser erudito en la ciencia, pero no sabe nada de gobernar un barco. Y empieza a preguntar a los marineros por esto y por aquello, y para qué sirve esta cuerda, y cosas semejantes. «Pero —dicen los marineros— estas no son cuerdas; en un barco solo tenemos una cuerda; esto es la jarcia; este hombre habla como un necio». Y así este hombre erudito se convierte quizá en el hazmerreír de los marineros, porque no sabe gobernar un barco. Pero si les contara la mitad de lo que sabe de ciencia, quizá lo tendrían por un brujo, por saber tanto. Del mismo modo, los estudiantes eruditos pueden entender muy bien su hic, hæc, hoc, y burlarse del cristiano humilde y llamarlo ignorante, aunque él sepa ganar más almas que quinientos de ellos.
Una vez me afligí y me dolí al oír a un ministro arremeter contra un joven predicador que se había convertido en circunstancias notables y al que se le había dado licencia para predicar sin seguir un curso regular de estudios. Este ministro, de quien nunca, o al menos rara vez, se supo que hubiera convertido un alma, arremetió contra el joven de una manera muy altanera y censora, menospreciándolo porque no había tenido la ventaja de una educación liberal, cuando en realidad él había sido instrumento para convertir más almas que quinientos ministros cualesquiera como él.
No quisiera decir nada para menospreciar, ni para llevaros a menospreciar, una formación completa para los ministros. Pero no llamo formación completa a la que reciben en nuestros colegios y seminarios. No los prepara para su obra. Apelo a toda la experiencia: ¿están nuestros jóvenes de los seminarios formados a fondo con el propósito de ganar almas? ¿LO HACEN? Todo el mundo sabe que no. Mirad los informes de la Sociedad Misionera Nacional. Si recuerdo bien, en 1830 el número de conversiones relacionadas con los trabajos de los misioneros de esa sociedad no pasó de cinco por misionero. Creo que el número ha aumentado desde entonces, pero sigue siendo sumamente pequeño en comparación con lo que habría sido si hubieran sido preparados para su obra mediante una formación adecuada. No lo digo para reprocharles nada, porque de corazón los compadezco, y compadezco a la iglesia por verse en la necesidad de sostener ministros así formados o ninguno. Son los mejores hombres que la Sociedad Misionera puede conseguir. Supongo, desde luego, que se me reprochará decir esto. Pero es demasiado cierto y demasiado doloroso para ocultarlo. Esos padres que tienen a su cargo la formación de nuestros jóvenes ministros son hombres buenos, pero son hombres ancianos, hombres de otra época y de otro cuño del que se necesita en estos días de agitación, en que la iglesia y el mundo se levantan hacia nuevos pensamientos y nuevas acciones. Esos queridos padres no lo verán, supongo; y quizá piensen mal de mí por decirlo; pero es la causa de Cristo. Algunos de ellos van volviendo hacia una segunda infancia, y deberían renunciar y dar lugar a hombres más jóvenes, a quienes la edad no haya incapacitado físicamente para seguir el paso de los avances de la iglesia. Y aquí diría que a mí me parece evidente que, a menos que nuestros profesores de teología prediquen mucho, se mezclen mucho con la iglesia y simpaticen con ella en todos sus movimientos, es moralmente, si no naturalmente, imposible que logren formar a los jóvenes en el espíritu de la época. Es una vergüenza y un pecado que profesores de teología que predican muy rara vez, que están apartados de los deberes activos del ministerio, se sienten en sus despachos a escribir sus cartas, de consejo o de dictado, a ministros e iglesias que están en el campo y que se hallan en situación de juzgar lo que hay que hacer. Los hombres que pasan todo su tiempo, o al menos parte de él, en los deberes activos del ministerio son los únicos capaces de juzgar lo que es conveniente o inconveniente, prudente o imprudente, en cuanto a las medidas de cada momento. Es tan peligroso y tan ridículo permitir que nuestros profesores de teología, apartados del campo de batalla, dicten las medidas y los movimientos de la iglesia, como lo sería que un general se sentara en su alcoba e intentara dirigir una batalla. Esto se dijo en 1833.
Dos ministros conversaban un día acerca de otro ministro cuyos trabajos habían sido grandemente bendecidos en la conversión de algunos miles de almas. Uno de ellos dijo: «Ese hombre no debería predicar más; debería detenerse e ir a» cierto seminario teológico que nombró, «y seguir un curso regular de estudios». Dijo que el hombre tenía «una buena mente, y si recibiera una formación completa, podría ser muy útil», El otro respondió: «¿Crees que sería más útil por ir a ese seminario? Te desafío a demostrar con hechos que los que han estado allí sean más útiles. No, señor; el hecho es que, desde que este hombre está en el ministerio, ha sido instrumento para convertir más almas que todos los jóvenes que han salido de ese seminario en ese tiempo». ¡Vaya lógica! ¡Que se detenga y vaya a un seminario a prepararse para convertir almas, cuando ahora está convirtiendo más que todos los que salen del seminario!
Finalmente.—Antes de sentarme, quiero preguntaros: ¿quién de vosotros puede pretender poseer esta sabiduría divina? ¿Quién de vosotros, laicos? ¿Quién de vosotros, ministros? ¿Puede alguno de vosotros? ¿Puedo yo? ¿Estamos trabajando sabiamente para ganar almas? ¿O estamos tratando de convencernos de que el éxito no es criterio de sabiduría? Lo es. Es un criterio seguro con el cual todo ministro puede examinarse. La medida de su éxito, en igualdad de condiciones, mide la sabiduría que ha ejercido en el desempeño de su oficio.
¡Cuán pocos de vosotros habéis tenido alguna vez sabiduría suficiente para convertir siquiera a un solo pecador!
No digáis ahora: «Yo no puedo convertir pecadores; ¿cómo voy a convertir pecadores? Solo Dios puede convertir pecadores». Mirad el texto: «El que gana almas es sabio», y no penséis que podéis escapar de la sentencia. Es verdad que Dios convierte a los pecadores. Pero hay un sentido, también, en que los ministros los convierten. Y vosotros tenéis algo que hacer; algo que requiere sabiduría; algo que, si lo hacéis sabiamente, asegurará la conversión de pecadores en proporción a la sabiduría empleada. Si nunca lo habéis hecho, ya es hora de que penséis en vosotros mismos y veáis si tenéis sabiduría suficiente para salvar siquiera vuestras propias almas.
Hombres, mujeres: estáis obligados a ser sabios para ganar almas. Quizá ya han perecido almas; quizá un amigo o un hijo está en el infierno porque no pusisteis en práctica la sabiduría que podríais haber puesto para salvarlos. La ciudad va camino del infierno. Sí, el mundo va camino del infierno, y seguirá así hasta que la iglesia descubra qué hacer para ganar almas. Los políticos son sabios. Los hijos de este siglo son sabios: saben qué hacer para lograr sus fines, mientras nosotros andamos divagando, sin saber qué hacer ni por dónde emprender la obra, y los pecadores van al infierno.
Capítulo 13 completado
Discurso XI. El ministro sabio tendrá éxito