Discursos sobre el avivamiento de la religión
Discurso VIII. Reuniones de oración

Capítulo 10 · 34 min de lectura · 44 min de escucha

Discurso VIII. Reuniones de oración

DISCURSO VIII.

REUNIONES DE ORACIÓN.

Texto.—«Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos».—Mateo 18:19.

HASTA ahora, al tratar el tema de la oración, he limitado mis observaciones a la oración secreta. Ahora voy a hablar de la oración social, u oración ofrecida en compañía, donde dos o más se unen para orar. Tales reuniones han sido comunes desde el tiempo de Cristo, y aun cientos de años antes. Y es probable que el pueblo de Dios haya tenido siempre la costumbre de hacer súplicas unidas, siempre que ha tenido el privilegio de hacerlo. Aquí nadie pondrá en duda que la práctica es apropiada. No necesito detenerme ahora en el deber de la oración social. Tampoco es mi propósito discutir la cuestión de si dos cristianos cualesquiera que se pongan de acuerdo para pedir alguna bendición estarán seguros de obtenerla. Mi objeto es hacer algunas observaciones sobre las

REUNIONES DE ORACIÓN.

I. El propósito de las reuniones de oración.

II. La manera de dirigirlas.

III. Mencionaré varias cosas que frustrarán el propósito de celebrarlas.

I. EL PROPÓSITO DE LAS REUNIONES DE ORACIÓN.

1. Uno de los propósitos de reunir a varias personas para orar unidas es promover la unión entre los cristianos. Nada tiende tanto a soldar los corazones de los cristianos como orar juntos. Nunca se aman tanto unos a otros como cuando son testigos de cómo cada uno derrama su corazón en oración. Su espiritualidad engendra un sentimiento de unión y de confianza sumamente importante para la prosperidad de la iglesia. Es dudoso que los cristianos puedan estar jamás desunidos, si tienen la costumbre de orar juntos de verdad. Y donde ha habido resentimientos y diferencias entre ellos, todo se disipa al unirse en oración. Se ha logrado el gran objetivo si se consigue que se unan de verdad en oración. Si se logra esto, las dificultades desaparecen.

2. Extender el espíritu de oración. Dios nos ha hecho de tal manera, y tal es la economía de su gracia, que somos seres que se contagian unos a otros y nos comunicamos mutuamente nuestros sentimientos. Un ministro, por ejemplo, muchas veces infunde, por así decirlo, sus propios sentimientos en su congregación. El Espíritu de Dios que inspira su alma se sirve de sus sentimientos para influir en sus oyentes, tanto como se sirve de las palabras que predica. Del mismo modo se sirve de los sentimientos de los cristianos. Nada es más adecuado para engendrar un espíritu de oración que unirse en oración social con alguien que tiene ese espíritu; a menos que este vaya tan adelantado que su oración repela a los demás. Su oración los despertará, si no están tan atrasados que les repugne y se resistan a ella. Si están en algún punto cercano al nivel de sus sentimientos, su espíritu prenderá, arderá y se extenderá a su alrededor. Una sola persona de una iglesia que obtiene un espíritu de oración muchas veces despierta a toda la iglesia y extiende ese mismo espíritu por todo el conjunto, y sigue un avivamiento general.

3. Otro gran propósito de la oración social es mover a Dios. No que cambie la mente y los sentimientos de Dios. Cuando hablamos de mover a Dios, como dije en un discurso anterior, no queremos decir que altere la voluntad de Dios. Pero cuando los cristianos ofrecen la clase de oración debida, se hallan en tal estado de ánimo que resulta apropiado que Dios conceda una bendición. Entonces están preparados para recibirla, y él la da porque siempre es el mismo, y siempre está dispuesto a mostrar misericordia y se complace en ello. Cuando los cristianos están unidos y oran como deben, Dios abre las ventanas de los cielos y derrama sus bendiciones hasta que no hay lugar donde recibirlas.

4. Otro propósito importante de las reuniones de oración es la convicción y conversión de los pecadores. Cuando se dirigen debidamente, son eminentemente adecuadas para producir este efecto. Los pecadores suelen ponerse serios cuando oyen orar a los cristianos. Donde hay un espíritu de oración, los pecadores no pueden menos que sentir. Un hombre impío, universalista, dijo una vez acerca de cierto ministro: «Su predicación la soporto muy bien, pero cuando ora, me siento espantosamente; siento como si Dios viniera sobre mí». Muchas veces los pecadores quedan convictos al oír orar. Un joven de talentos distinguidos, a quien muchos de vosotros conocéis, dijo acerca de cierto ministro al que se había opuesto mucho antes de su conversión: «En cuanto empezó a orar, empecé a sentirme convicto, y si hubiera seguido orando mucho más tiempo, no habría podido contenerme». Tan pronto como los cristianos empiezan a orar como deben, los pecadores saben entonces que oran, y se sienten espantosamente. No entienden lo que es la espiritualidad, porque no tienen experiencia de ella. Pero cuando se ofrece una oración así, saben que hay algo en ella; saben que Dios está en ella, y los acerca a Dios; los hace sentirse tremendamente solemnes, y no lo pueden soportar. Y no solo es adecuada para impresionar la mente de los pecadores, sino que, cuando los cristianos oran con fe, el Espíritu de Dios es derramado, y los pecadores quedan quebrantados y se convierten allí mismo.

II. LA MANERA DE DIRIGIR LAS REUNIONES DE ORACIÓN.

1. Muchas veces conviene abrir una reunión de oración leyendo una porción breve de la palabra de Dios; sobre todo si quien dirige la reunión puede recordar alguna porción que se aplique al objeto o a la ocasión, y que sea impresionante y venga al caso. Si no tiene ningún pasaje aplicable, más vale que no lea ninguno. No arrastréis la palabra de Dios para que forme parte de la reunión como mera formalidad. Eso es un insulto a Dios. No conviene leer más de lo que se aplique al tema que tiene delante la reunión, o a la ocasión. Algunos creen que siempre es necesario leer un capítulo entero, por largo que sea y por muchos temas distintos que tenga. Leer un capítulo entero es tan impresionante y juicioso como lo sería que un ministro tomara un capítulo entero por texto cuando su objeto es hacer que una verdad particular pese sobre la mente de su auditorio. El propósito de una reunión de oración debe ser llevar a los cristianos al punto de orar por un objeto definido. Vagar por un campo extenso estorba y destruye este propósito.

2. Es apropiado que quien dirige haga algunas observaciones breves y oportunas, adecuadas para explicar la naturaleza de la oración y los estímulos que tenemos para orar, y para poner directamente ante la mente de los presentes el objeto por el que se va a orar.

Un hombre no puede orar sin tener sus pensamientos concentrados, como no puede hacer ninguna otra cosa. Por tanto, quien dirige debe cuidar de esto, poniendo ante su mente el objeto por el que vinieron a orar. Si vinieron a orar por algún objeto, él puede hacerlo. Y si no vinieron a eso, más les valdría irse a casa. De nada sirve quedarse allí burlándose de Dios, fingiendo orar, cuando no tienen absolutamente nada por qué orar.

Después de exponer el objeto, debe presentar alguna promesa o algún principio como base de estímulo para esperar una respuesta a sus oraciones. Si hay alguna indicación de la Providencia, o alguna promesa, o algún principio del gobierno divino que ofrezca una base para la fe, que lo traiga a la memoria, y que no los deje hablar al azar de lo que les sale del corazón, sin conocer ninguna razón sólida para esperar una respuesta. Una de las razones por las que las reuniones de oración logran por lo general tan poco es que en ellas se ejerce muy poco sentido común. En vez de buscar algún terreno firme en que apoyar su fe, simplemente se reúnen y derraman sus palabras, y ni saben ni les importa si tienen alguna razón para esperar una respuesta. Si van a orar por algo acerca de lo cual pueda haber alguna duda o algún error en cuanto a la base de la fe, se les debe mostrar la razón que hay para creer que sus oraciones serán oídas y contestadas. Es fácil ver que, a menos que se haga algo así, las tres cuartas partes de ellos no tendrán idea de lo que están haciendo, ni de la base sobre la cual deben esperar recibir lo que piden en oración.

3. Al llamar a las personas a orar, siempre es deseable dejar que las cosas sigan su curso dondequiera que no haya peligro. Si se puede dejar así sin peligro, que oren los que más inclinados se sientan a orar. A veces sucede que aun los que de ordinario son más espirituales y más indicados para ser llamados no están en ese momento en una disposición adecuada; puede que estén fríos y mundanos, y no hagan más que helar la reunión. Pero si dejáis orar a los que desean orar, evitáis esto. Sin embargo, muchas veces esto no puede hacerse sin peligro, sobre todo en las grandes ciudades, donde una reunión de oración podría verse interrumpida por quienes no tienen por qué orar: algún fanático o algún demente, algún hipócrita o enemigo, que no haría más que alborotar. En la mayoría de los lugares, sin embargo, se puede seguir este camino con total seguridad. Entregad la reunión al Espíritu de Dios. Los que desean orar, que oren. Si el que dirige ve algo que necesita corregirse, que haga su observación con libertad y bondad, lo corrija y luego siga adelante. Solo debe tener cuidado de elegir el momento de sus observaciones, para no interrumpir el fluir del sentimiento, ni enfriar la reunión, ni desviar las mentes del tema debido.

4. Si es necesario nombrar a las personas que han de orar, es mejor llamar primero a las más espirituales. Y si no sabéis quiénes son, entonces a las que naturalmente supondríais más vivas. Si oran al comienzo, es probable que extiendan el espíritu de oración por la reunión y eleven el tono de todo el conjunto. De lo contrario, si al principio llamáis a los que están fríos y sin vida, es probable que extiendan un frío por toda la reunión. La única esperanza de tener una reunión de oración eficaz está en que al menos una parte de la iglesia sea espiritual e infunda su espíritu a los demás. Esa es precisamente la razón por la que muchas veces es mejor dejar que las cosas sigan su curso, pues entonces los que más sienten suelen orar primero y dar carácter a la reunión.

5. Las oraciones deben ser siempre muy breves. Cuando alguien se permite orar largamente, olvida dónde está, que no es más que la boca de la congregación, y que no se puede esperar que la congregación lo acompañe hasta el punto de seguirlo y sentirse unida en oración, si sus oraciones son largas y tediosas, y dan la vuelta al mundo pidiendo por todo lo que se les ocurre. Por lo común, los que oran largamente en la reunión no lo hacen porque tengan el espíritu de oración, sino porque no lo tienen. Y dan vueltas y más vueltas, no porque estén llenos de oración. Algunos hombres alargan una oración contándole a Dios quién es y qué es, o exhortan a Dios a que haga esto o aquello. Algunos recitan en oración todo un sistema de teología. Algunos predican, otros exhortan a la gente, hasta que todos desean que terminen, y sin duda también Dios lo desea. Deben ceñirse al punto y orar por aquello por lo que vinieron a orar, y no seguir la imaginación de su propio corazón insensato por todo el universo.

6. Cada uno debe orar por un objeto determinado. Conviene que cada persona tenga un objeto de oración: dos o más pueden orar por la misma cosa, o cada uno por un objeto distinto. Si la reunión se ha convocado para orar por algo específico, que todos oren por eso. Si su objeto es más general, que elijan sus temas según el interés que sientan por ellos. Si uno se siente especialmente dispuesto a orar por la iglesia, que lo haga. Si el siguiente se siente dispuesto a orar por la iglesia, también puede hacerlo. Quizá el siguiente se sienta inclinado a orar por los pecadores, o por la juventud, o a confesar el pecado; que lo haga, y en cuanto haya terminado, que se detenga. Siempre que un hombre siente profundamente, siente acerca de algún punto en particular, y si ora por eso, hablará de la abundancia de su corazón, y naturalmente se detendrá cuando haya terminado. Los que más sienten serán los más dispuestos a limitar sus oraciones a ese punto y a detenerse cuando hayan terminado, sin orar por todo el mundo.

7. Si en el curso de la reunión se hace necesario cambiar el objeto de la oración, que el que dirige lo diga y lo explique en pocas palabras. Si el objeto es orar por la iglesia, o por los descarriados, o por los pecadores, o por los paganos, que lo exponga con claridad, y luego le dé vueltas y lo mantenga ante ellos hasta que los lleve a pensar y sentir profundamente antes de orar. Luego, si hace falta, que les exponga las bases en que pueden apoyar su fe en cuanto a obtener las bendiciones por las que oran, y así los lleve derecho hasta el trono, y que se asgan de la mano de Dios. Esto concuerda con la filosofía de la mente. La gente siempre lo hace por sí misma cuando ora en secreto, si de verdad se propone orar con algún fruto. Y así debe ser en las reuniones de oración.

8. Es importante que el tiempo esté plenamente ocupado, para no dejar largos ratos de silencio. Esto siempre causa una mala impresión y enfría la reunión. Sé que a veces las iglesias tienen momentos de oración silenciosa. Pero en esos casos se les debe pedir expresamente que oren en silencio, para que todos sepan por qué callan. Esto suele tener un efecto poderosísimo, cuando toda una congregación pasa unos momentos en silencio mientras todos elevan sus pensamientos a Dios. Esto es muy distinto de tener largos intervalos de silencio porque no hay nadie que ore. Todos sienten que un silencio así es como la fría humedad de la muerte sobre la reunión.

9. Es sumamente importante que el que dirige la reunión inste a los pecadores que estén presentes al arrepentimiento inmediato. Debe insistir mucho en esto, y exhortar a los cristianos presentes a orar de tal manera que los pecadores sientan que se espera de ellos que se arrepientan inmediatamente. Esto tiende a inspirar en los cristianos compasión y amor por las almas. Las observaciones dirigidas a los pecadores son muchas veces como echar fuego sobre el corazón de los cristianos, para despertarlos a la oración y al esfuerzo por su conversión. Que vean y sientan la culpa y el peligro de los pecadores que están allí mismo entre ellos, y entonces orarán.

III. Voy a mencionar varias cosas que pueden frustrar el propósito de una reunión de oración.

1. Cuando hay una lamentable falta de confianza en el que dirige, no hay esperanza de ningún bien. Sea cual sea la causa, tenga él la culpa o no, el solo hecho de que dirija la reunión la apagará e impedirá todo bien. Lo he presenciado en iglesias donde se ponía a dirigir la reunión de oración a algún anciano o diácono que causaba rechazo, quizá con razón y quizá no, y toda la reunión se moría bajo su influencia. Si hay falta de confianza en cuanto a su piedad, o a su capacidad, o a su juicio, o a cualquier cosa relacionada con la reunión, todo lo que diga o haga caerá por tierra. Lo mismo ocurre a menudo cuando la iglesia ha perdido la confianza en su pastor.

2. Cuando al que dirige le falta espiritualidad, habrá sequedad y frialdad en sus observaciones y oraciones, y todo pondrá de manifiesto su falta de unción, y toda su influencia será precisamente lo contrario de lo que debería ser. He conocido iglesias donde no podía sostenerse una reunión de oración, y la razón no era evidente, pero los que conocían el estado de las cosas sabían que el que dirigía era tan notorio por su falta de espiritualidad que inevitablemente mataría de frío cualquier reunión de oración. En muchas iglesias presbiterianas los ancianos están tan lejos de ser hombres espirituales que siempre congelan la reunión de oración. Y además suelen ser asombrosamente celosos de su dignidad, y no soportan que otro dirija la reunión. Y si algún miembro espiritual toma la dirección de una reunión de oración, le piden cuentas por ello: «Vamos, tú no eres anciano, y no debes dirigir una reunión de oración en presencia de un anciano». Y así se atraviesan en el camino, mientras toda la iglesia sufre bajo su influencia funesta.

Un hombre que sabe que no está en una disposición espiritual no tiene por qué dirigir una reunión de oración; la matará. Hay dos razones. Primera: no tendrá discernimiento espiritual, y no sabrá qué hacer ni cuándo hacerlo. Una persona espiritual puede ver los movimientos de la Providencia, puede sentir el Espíritu de Dios y entender por qué los está guiando a orar, de modo que elige el momento de sus temas y aprovecha el estado de sentimiento entre los cristianos. No echará abajo todo el sentimiento de una reunión introduciendo otras cosas incongruentes o inoportunas. Tiene discernimiento espiritual para entender la dirección del Espíritu y su obra en los que oran, y para seguir adelante según el Espíritu guía. Supongamos que dirige alguien que no es espiritual, y hay dos o tres oraciones, y el espíritu de oración se eleva, pero el que dirige no tiene discernimiento espiritual para verlo, y hace algunas observaciones sobre otro punto, o lee un fragmento de algún libro que está tan lejos del sentimiento de la reunión como el polo norte. Puede que para los demás sea tan evidente por qué son llamados a orar como si el Hijo de Dios mismo hubiera entrado en la reunión y hubiera nombrado el tema; pero el que dirige lo echará todo abajo, porque es tan obtuso que no conoce las señales de la reunión.

Y además, si el que dirige no es espiritual, es muy probable que sea pesado y seco en sus observaciones y en todos sus ejercicios. Leerá un himno largo con aire soñoliento, y luego leerá un pasaje largo de la Escritura en un tono tan frío e invernal que extenderá un manto de invierno sobre la reunión, y esta será pesada mientras su corazón frío esté puesto al frente de todo.

3. La falta de dotes adecuadas en el que dirige. Si le falta la clase de dotes apropiadas para hacer útil una reunión, perjudicará la reunión. Si no sabe decir nada, o si sus observaciones son tan desatinadas que provocan ligereza o desprecio, o si no tienen nada que impresione la mente, o no están guiadas por el buen sentido, o no son oportunas, perjudicará la reunión. Un hombre puede ser piadoso, pero tan débil que sus oraciones no edifican, sino que más bien disgustan a los presentes. Cuando esto ocurre, más le vale guardar silencio.

4. A veces el provecho de una reunión de oración se frustra por un mal espíritu en el que dirige. Por ejemplo, cuando hay un avivamiento y una gran oposición, si el que dirige se levanta en una reunión de oración y habla de casos de oposición, y los comenta, y así desvía la reunión del objeto por el que vinieron a orar, no sabe de qué espíritu es. Su efecto es siempre ruinoso para una reunión de oración. Que un ministro en un avivamiento salga a predicar contra la oposición, y destruirá infaliblemente el avivamiento y apartará el corazón de los cristianos de su objeto debido. Que el hombre puesto para dirigir a la iglesia tenga cuidado de guardar su propio espíritu, no sea que extravíe a la iglesia y difunda un ánimo equivocado. Lo mismo sucederá si cualquiera que sea llamado a hablar u orar introduce en sus observaciones u oraciones algo polémico, impertinente, irrazonable, contrario a la Escritura, ridículo o fuera de lugar. Cualquiera de estas cosas apagará los tiernos alientos del espíritu de oración y destruirá la reunión.

5. Las personas que llegan tarde a la reunión. Esto es un estorbo muy grande para una reunión de oración. Cuando la gente ha comenzado a orar, y tiene la atención fija, y ha cerrado los ojos y los oídos para apartar de su mente todo lo demás, en medio de una oración alguien entra de golpe y atraviesa la sala. Algunos levantan la vista, y todos quedan interrumpidos por un momento. Luego todos vuelven a concentrarse, y entra otro, y así sucesivamente. Pues bien, supongo que al diablo no le importaría cuántos cristianos fueran a una reunión de oración, con tal de que fueran después de haber empezado la reunión. Le encantaría que muchísimos llegaran así, desperdigados, y se colaran muy piadosamente una vez empezada la reunión.

6. Cuando las personas hacen oraciones frías y frías confesiones de pecado, con toda seguridad apagan el espíritu de oración. Cuando se disfruta de las influencias del Espíritu, en medio de las cálidas expresiones que brotan, que entre alguien que esté frío y exhale su aliento helado, como la humedad de la muerte, y hará que todo cristiano que tenga algún sentimiento quiera salir de la reunión.

7. En algunos lugares es costumbre comenzar una reunión de oración leyendo un largo pasaje de la Escritura. Luego el diácono o el anciano anuncia un himno largo. Después lo cantan. Luego él hace una oración larga, orando por los judíos y por la plenitud de los gentiles, y por muchos otros objetos que nada tienen que ver con el motivo de la reunión. Después de eso quizá lee un largo extracto de algún libro o revista. Luego tienen otro himno largo y otra oración larga, y después se van a casa. Una vez oí decir a un anciano que habían mantenido una reunión de oración durante tantos años y, sin embargo, no había habido ningún avivamiento en el lugar. La verdad era que los oficiales de la iglesia se habían acostumbrado a llevar las reuniones exactamente de esa manera tan digna, y su dignidad no permitía que se cambiara nada. No es de extrañar que no hubiera avivamiento. Tales reuniones de oración bastan para estorbar un avivamiento. Y aunque comenzaran muchísimos avivamientos, la reunión de oración los destruiría. Hubo una vez una reunión de oración en esta ciudad, según me han contado, donde parecía haber algún sentimiento, y alguien propuso que se hicieran dos o tres oraciones seguidas, sin levantarse de las rodillas. Un hombre muy digno que estaba presente se opuso, y dijo que nunca lo habían hecho así, y que esperaba que no hubiera innovaciones. Él no aprobaba las innovaciones. Y ese fue el fin del avivamiento. Tales personas tienen sus reuniones de oración estereotipadas, y están resueltas a no salirse de su carril, reciban la bendición o no. Permitir algo así sería una medida nueva, y a ellos nunca les gustan las medidas nuevas.

8. Cantar mucho suele perjudicar una reunión de oración. El espíritu de oración agonizante no lleva a la gente a cantar. Hay un tiempo para todo: un tiempo para cantar y un tiempo para orar. Pero si sé lo que es estar de parto por las almas, los cristianos nunca tienen menos ganas de cantar que cuando tienen el espíritu de oración por los pecadores. El canto es la expresión natural de sentimientos gozosos y alegres. El espíritu de oración no es un espíritu de gozo. Es un espíritu de parto y de agonía del alma, que suplica y ruega a Dios con gran clamor y con gemidos indecibles. Esto se parece a cualquier otra cosa antes que al canto. He conocido estados de ánimo en los que no se podía afligir más al pueblo de Dios que poniéndose a cantar. Sería algo completamente distinto de lo que sentían. Vamos, si supierais que vuestra casa está ardiendo, ¿os detendríais primero a cantar un himno antes de apagar el fuego? ¿Qué parecería aquí en Nueva York, cuando un edificio está en llamas y todos los bomberos se han reunido, que el capataz se detuviera a cantar un himno? Pues es igual de natural que la gente cante cuando está ejercitada por un espíritu de oración. Cuando uno siente deseos de arrebatar a los hombres del fuego, no siente ganas de cantar. Nunca he visto que un avivamiento de cantos llegara a gran cosa. Su tendencia es acabar con todo sentimiento profundo. Es verdad que cantar un himno ha producido a veces un efecto poderoso sobre pecadores que están bajo convicción, pero en general lo que produce el efecto es el perfecto contraste que hay entre sus sentimientos y los de las almas felices que cantan. Si el himno es de carácter gozoso, no está directamente pensado para beneficiar a los pecadores, y es muy apto para aliviar la angustia mental del cristiano, de modo que destruye ese dolor de parto del alma que es indispensable para que prevalezca en la oración.

Cuando se introduce el canto en una reunión de oración, los himnos deben ser breves, y escogidos de modo que hagan resaltar algo solemne; algunas palabras impactantes, como el Himno del Juicio, y otros pensados para producir un efecto en los pecadores; o algo que deje una impresión profunda en la mente de los cristianos; pero no esa clase de canto gozoso que hace que todo el mundo se sienta a gusto y aparta la mente del objeto de la reunión de oración.

Una vez oí a un célebre organista producir un efecto notable en una reunión prolongada. El órgano era potente, y los tubos del contrabajo eran como el trueno. Se anunció el himno que tiene estos versos:

Mira la tormenta de venganza que se cierne

sobre la senda que te atreves a pisar;

«Oye el trueno espantoso que retumba,

cada vez más fuerte sobre tu cabeza.»

Cuando llegó a estas palabras, primero oímos el rugido lejano del trueno, luego se fue acercando y haciendo más fuerte, hasta que, en la palabra «fuerte», hubo un estruendo que pareció casi abrumar a toda la congregación.

Tales cosas, en su debido lugar, hacen bien. Pero el canto común disipa el sentimiento. Siempre debe ser de tal clase que no quite el sentimiento, sino que lo ahonde.

A menudo se perjudica una reunión de oración pidiendo a los recién convertidos que canten himnos gozosos. Esto es sumamente impropio en una reunión de oración. No es momento de que dejen que su sentimiento se escape en cantos gozosos, mientras tantos pecadores a su alrededor, y sus propios antiguos compañeros, van bajando al infierno. Muchas veces la iglesia y el ministro sofocan un avivamiento entregándose todos a cantar con los recién convertidos. Así, al detenerse a regocijarse cuando deberían sentir cada vez más profundamente por los pecadores, contristan al Espíritu de Dios hasta alejarlo, y pronto descubren que su agonía y su dolor de parto del alma han desaparecido por completo.

9. Introducir temas de controversia en la oración hará fracasar una reunión de oración. No debe introducirse en la oración nada de carácter polémico, a menos que el objeto de la reunión sea resolver ese asunto. De lo contrario, que los cristianos se reúnan en sus reuniones de oración sobre el amplio terreno de ofrecer oración unida por un objeto común. Y que las controversias se resuelvan en otra parte.

10. Tanto el que dirige como los demás deben poner gran cuidado en observar atentamente los movimientos del Espíritu de Dios. Que no oren sin el Espíritu, sino que sigan su guía. Cuidad de no apagar el Espíritu por orar según la costumbre establecida. Evitad todo lo que tienda a desviar la atención del objeto. Hay que guardarse particularmente de toda afectación de un sentimiento que no es real. Si hay afectación de sentimiento, lo más común es que los demás vean y perciban que es afectación y no realidad. En cualquier caso, el Espíritu de Dios lo sabe, y se contristará y abandonará el lugar. Por otra parte, toda resistencia al Espíritu destruirá igualmente la reunión. No pocas veces sucede que hay algunos tan fríos que, si alguien prorrumpiera en el espíritu de oración, lo llamarían fanatismo, y quizá prorrumpirían en oposición.

11. Si algunos se niegan a orar cuando se les pide, eso perjudica una reunión de oración. Hay personas que siempre alegan que no tienen dones. Las mujeres a veces se niegan a tomar su turno en la oración, y alegan que no tienen capacidad para orar. Pero si cualquier otro dijera eso, se ofenderían. Supongamos que supieran que otra persona había hecho un comentario como este: «No le pidáis que ore; no sabe orar; no tiene suficiente talento»; ¿les gustaría? Lo mismo con un hombre que alega que no tiene dones: que otro diga por ahí que no tiene talento suficiente para hacer una oración decente, y veréis si le gusta. La excusa no es sincera; es pura farsa.

Algunos dicen que no pueden orar con su familia, que no tienen el don. Pero nadie podría ofenderlos más que diciendo que no son capaces de hacer una oración decente delante de su propia familia. Dirían: «Vaya, este hombre habla como si pensara que nadie más que él tiene dones». La gente no suele tener una opinión tan baja de sí misma. Muchas veces he visto la maldición de Dios seguir a tales profesantes. No tienen excusa. Dios no aceptará ninguna. El hombre tiene lengua para hablar con sus vecinos, y puede hablar con Dios si tiene corazón para ello. Veréis a sus hijos sin convertir, a su hijo hecho una maldición, a su hija—no hay lengua que lo pueda contar. Dios dice que derramará su enojo sobre las familias que no invocan su nombre. Si tuviera tiempo, podría mencionar una multitud de hechos que muestran que Dios SEÑALA con su desaprobación y su maldición a los que se niegan a orar cuando deben hacerlo. Mientras los que profesan la religión no se arrepientan de este pecado y tomen la cruz (¡si es que quieren llamar cruz a la oración!) y cumplan con su deber, no tienen por qué esperar una bendición.

12. Las reuniones de oración son a menudo demasiado largas. Siempre deben despedirse mientras los cristianos tienen sentimiento, y no alargarse hasta que todo sentimiento se ha agotado y el Espíritu se ha ido.

13. Las confesiones sin corazón. La gente confiesa sus pecados y no los abandona. Cada semana vuelven a hacer la misma confesión. Una confesión larga, fría, apagada y torpe esta semana, y luego la semana siguiente otra igual, sin abandonar ningún pecado. ¡Pero si no tienen ninguna intención de abandonar sus pecados! Eso muestra claramente que no piensan enmendarse. Toda su religión consiste en estas confesiones. En vez de obtener una bendición de Dios con tales confesiones, solo obtendrán una maldición.

14. Cuando los cristianos pasan todo el tiempo orando por sí mismos. Eso debían haberlo hecho en su aposento. Cuando vienen a una reunión de oración, deben estar preparados para ofrecer intercesiones eficaces por los demás. Si los cristianos oran en su aposento como deben, sentirán deseos de orar por los pecadores. Si en su aposento oran exclusivamente por sí mismos, no obtendrán el espíritu de oración. He conocido hombres que se encerraban días enteros para orar por sí mismos y nunca recibían vida alguna, porque sus oraciones eran todas egoístas. Pero si se olvidan de sí mismos, y abren su corazón hacia fuera, y oran por otros, se despertará en ellos tal sentimiento que podrán derramar su corazón. Y entonces podrán ponerse a trabajar por las almas. Conocí a uno, en un avivamiento, que se encerró diecisiete días y oró como si quisiera que Dios se sometiera a sus condiciones, pero no le sirvió de nada; entonces salió a trabajar, e inmediatamente tuvo el Espíritu de Dios en su alma. Está bien que los cristianos oren por sí mismos y confiesen sus pecados, y que luego abran su corazón hacia los demás, hasta que sientan como deben.

15. Las reuniones de oración fracasan a menudo por falta de observaciones apropiadas. No se dicen las cosas que están pensadas para llevarlos a orar. Quizá el que dirige no se ha preparado; o quizá no tiene la capacidad necesaria para conducir a la iglesia en la oración, o no lleva sus mentes a detenerse en los temas apropiados de oración.

16. Cuando personas que, por cualquier causa, son justamente rechazadas, se adelantan a hablar y a orar. Tales personas a veces están muy empeñadas en tomar parte. Dicen que es su deber levantarse y testificar por Dios en toda ocasión. Dirán que saben que no son capaces de edificar a la iglesia, pero que nadie más puede cumplir su deber, y que desean testificar. Quizá el único lugar donde jamás testificaron por Dios fue en una reunión de oración; toda su vida, fuera de la reunión, testifica contra Dios. Mejor harían en quedarse callados.

17. Cuando toman parte personas tan incultas que es imposible que las personas de buen gusto no se sientan disgustadas. Las personas inteligentes no pueden seguirlas, y su mente se distrae inevitablemente. No quiero decir que sea necesario que una persona tenga una educación esmerada para dirigir en oración. Todas las personas de educación común, sobre todo si tienen el hábito de orar, pueden dirigir en oración, si tienen el espíritu de oración. Pero hay algunas personas que usan expresiones tan absurdas e incultas que no pueden sino disgustar a toda mente inteligente. Esta no puede evitar el disgusto. El sentimiento de disgusto es algo involuntario, y cuando un objeto desagradable está delante de la mente, el sentimiento es irresistible. La piedad no impedirá que uno lo sienta. El único remedio es quitar el objeto. Si tales personas quieren hacer el bien, mejor harían en quedarse calladas. Algunas de ellas quizá se sientan dolidas por no ser llamadas a tomar parte. Pero es mejor decirles con amabilidad la razón que permitir que la reunión de oración se vea perjudicada regularmente, y se vuelva ridícula, por sus actuaciones.

18. La falta de unión en la oración. Cuando uno dirige, los demás no lo siguen, sino que están pensando en otra cosa. Sus corazones no se unen, no dicen: Amén. Es tan malo como si uno hiciera una petición y otro protestara contra ella. Uno pide a Dios que haga algo, y los demás le piden que no lo haga, o que haga otra cosa.

El descuido de la oración secreta. Los cristianos que no oran en secreto no pueden unirse con poder en una reunión de oración, ni pueden tener el espíritu de oración.

OBSERVACIONES.

1. Una reunión de oración mal dirigida a menudo hace más daño que bien. En muchas iglesias la manera general de dirigir las reuniones de oración es tal que los cristianos no tienen la menor idea del propósito ni del poder de tales reuniones. Es tal que tiende más a reprimir que a promover el sentimiento piadoso y el espíritu de oración.

2. Una reunión de oración es un índice del estado de la religión en una iglesia. Si la iglesia descuida las reuniones de oración, o viene a ellas y no tiene el espíritu de oración, sabéis, como es natural, que la religión está decaída. Dejadme entrar en la reunión de oración, y siempre podré ver cuál es allí el estado de la religión.

3. Todo ministro debe saber que, si se descuidan las reuniones de oración, todas sus labores son en vano. A menos que logre que los cristianos asistan a las reuniones de oración, todo lo que haga no levantará la verdadera religión.

4. Una gran responsabilidad descansa sobre el que dirige una reunión de oración. Si la reunión de oración no es lo que debe ser, si no eleva el estado de la religión, debe ponerse seriamente a trabajar para ver qué es lo que pasa, y obtener el espíritu de oración, y prepararse para hacer observaciones tales que tiendan a hacer el bien y a poner las cosas en orden. Un dirigente no tiene por qué dirigir reuniones de oración si no está preparado, de cabeza y de corazón, para hacer esto. Quiero que vosotros, los que dirigís las reuniones de oración de distrito de esta iglesia, toméis nota de este punto.

5. Las reuniones de oración son las reuniones más difíciles de mantener como deben ser. Son tan espirituales que, a menos que el que dirige esté especialmente preparado, de corazón y de mente, decaerán. Es inútil que el dirigente se queje de que los miembros de la iglesia no asisten. En nueve casos de cada diez, es culpa del dirigente que no asistan. Si él sintiera como debe, encontrarían las reuniones tan interesantes que asistirían, como es natural. Si es tan frío, y apagado, y tan falto de espiritualidad que lo congela todo, no es de extrañar que la gente no venga a la reunión. Los oficiales de la iglesia se quejan y regañan a menudo porque la gente no viene a la reunión de oración, cuando la verdad es que ellos mismos son tan fríos que dejan helado de muerte a todo el que viene.

6. Las reuniones de oración son reuniones importantísimas para la iglesia. Es sumamente importante que los cristianos sostengan las reuniones de oración:—

(1.) Para promover la unión.

(2.) Para aumentar el amor fraternal.

(3.) Para cultivar la confianza cristiana.

(4.) Para promover su propio crecimiento en la gracia.

(5.) Para fomentar y hacer avanzar la espiritualidad.

7. Las reuniones de oración deben ser tan numerosas en la iglesia, y estar organizadas de tal modo, que ejerciten los dones de cada miembro de la iglesia, hombre o mujer. Todos deben tener la oportunidad de orar y de expresar los sentimientos de su corazón, si los tienen. Las reuniones de oración por sectores de esta iglesia tienen ese propósito. Y si son demasiado grandes para ello, que se dividan, de modo que toda la congregación entre en la obra, se ejerciten todos los dones y se difundan la unión, la confianza y el amor fraternal por todo el conjunto.

8. Es importante que los pecadores impenitentes asistan siempre a las reuniones de oración. Si ninguno viene por su propia voluntad, salid e invitadlos. Los cristianos deben esforzarse mucho por persuadir a sus amigos y vecinos impenitentes a que vengan a las reuniones de oración. Pueden orar mejor por los pecadores impenitentes cuando los tienen delante de sus ojos. He conocido reuniones de oración de mujeres que excluían a los pecadores de la reunión. Y la razón era que eran tan orgullosas que les daba vergüenza orar delante de pecadores. ¡Qué espíritu! Tales oraciones no harán ningún bien. Insultan a Dios. No habéis hecho lo suficiente, ni mucho menos, cuando habéis ido vosotros mismos a la reunión de oración. No podéis orar si no habéis invitado a ningún pecador a ir. Si toda la iglesia ha descuidado así su deber, y ha ido a la reunión de oración sin llevar consigo a ningún pecador, a nadie por quien orar, ¿a qué han venido?

9. El gran objeto de todos los medios de gracia es apuntar directamente a la conversión de los pecadores. Debéis orar para que se conviertan allí mismo. No orar para que sean despertados y convencidos, sino orar para que se conviertan en el acto. Nadie debe orar ni hacer ninguna observación como si esperara que un solo pecador se fuera sin entregar su corazón a Dios. Todos debéis dejar en su mente la impresión de que AHORA debe someterse. Y si hacéis esto, aun estando vosotros hablando, Dios oirá. Si los cristianos dejaran patente que de veras han puesto su corazón en la conversión de los pecadores, y están empeñados en ello, y oraran como deben, rara vez se celebraría una reunión de oración sin que se convirtieran almas, y a veces todos los pecadores que hubiera en la sala. Ese es precisamente el momento, si alguno lo es, en que los pecadores deben convertirse en respuesta a esas oraciones. No dudo de que podéis tener pecadores convertidos en cada reunión de oración por sectores, si cumplís con vuestro deber. Llevadlos allí, llevad a vuestras familias, a vuestros amigos o a vuestros vecinos con ese propósito, dadles la instrucción adecuada, si necesitan instrucción, y orad por ellos como debéis, y salvaréis sus almas. Contad con ello: si cumplís con vuestro deber, y de la manera correcta, Dios no retendrá su bendición, y la obra se hará.

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