Capítulo 3 · 35 min de lectura · 45 min de escucha
Se renueva el asunto de mi llamamiento a predicar
Hacía ya ocho años que había solicitado que se me permitiera predicar el evangelio, y durante ese tiempo solo se me había permitido exhortar, y aun este privilegio rara vez. Este asunto se renovó entonces en mi mente; era como un fuego metido en mis huesos. Pasaron unos trece meses bajo esta impresión renovada. Durante este tiempo había pedido al reverendo obispo Richard Allen, que por entonces había llegado a ser obispo de los Metodistas Episcopales Africanos en América, que se me concediera la libertad de celebrar reuniones de oración en mi propia casa alquilada, y de exhortar según me sintiera con libertad, lo cual se me concedió. De este modo mi mente halló alivio, pues la casa pronto se llenaba cuando llegaba la hora señalada para la oración.
No puedo dejar de relatar en este lugar, antes de seguir adelante con el tema mencionado, la singular conversión de un joven muy malvado. Era un hombre de color que solía asistir a nuestras reuniones, pero no con ningún buen propósito, sino más bien para perturbar y ridiculizar a nuestra denominación. Declaraba abiertamente y sin variar que ni creía en la religión ni quería tener nada que ver con ella. Era de una disposición como la de Galión, y llevaba la voz cantante entre los jóvenes de color. Pero al cabo de un tiempo cayó enfermo, y pasó unos tres meses con mala salud; su enfermedad era la tisis. Hacia el fin de sus días, su hermana, que era miembro de la Sociedad, vino y me pidió que fuera a ver a su hermano, pues no tenía esperanza de que se recuperara; quizá el Señor podría abrirse paso en su mente. Fui sola, y lo hallé muy decaído. Pronto empecé a preguntarle por el estado de sus sentimientos y cómo hallaba su mente. Su respuesta fue: «Oh, bastante bien», con aire de gran indiferencia. Le pregunté si quería que orara por él. Respondió de manera perezosa y descuidada: «Oh, sí, si tiene usted tiempo». Entonces canté un himno, me arrodillé y oré por él, y luego me fui.
Tres días después volví a visitar al joven. Esta vez me acompañaron dos de las hermanas en Cristo. Hallamos al reverendo señor Cornish, de nuestra denominación, trabajando con él. Pero dijo que había obtenido muy poca satisfacción de él. Al poco rato, sin embargo, el hermano Cornish se despidió; entonces yo, con las otras dos hermanas —una de las cuales era una mujer anciana llamada Jane Hutt, y la otra más joven, ambas de color—, empezamos a conversar con él acerca de su interés eterno y de sus esperanzas de una eternidad feliz, si es que tenía alguna. Dijo muy poco; entonces nos arrodillamos juntas y rogamos al Señor por él, pidiéndole que, si la misericordia no se había acabado del todo para siempre, derramara un rayo de gracia que ablandara la dureza de su corazón. Ahora parecía algo más tierno, y creímos percibir algunas señales de convicción, pues nos pidió que volviéramos a visitarlo, en un tono de voz no tan indiferente como el que había mostrado hasta entonces.
Apenas habían pasado dos días después de esta visita, cuando su hermana vino a mí apresurada, diciendo que creía que su hermano se estaba muriendo y que había mandado a buscarme. En seguida llamé a Jane Hutt, que todavía estaba entre nosotros como una madre en Israel, para que fuera conmigo. Cuando llegamos, lo hallamos sentado en la cama, muy inquieto y desasosegado, pero pronto se volvió a acostar. Quiso entonces que me acercara a él, junto a su cama. Le pregunté cómo estaba. Dijo: Muy mal; y añadió: «Ore por mí, ¿pronto?». Comprendimos entonces que le quedaba poco tiempo en este mundo. Tomé el himnario, lo abrí en un himno adecuado a su caso y empecé a cantar, pero parecía haber un horror en la habitación—una oscuridad de orden mental, que todos sentimos; éramos cinco personas, sin contar al joven enfermo y a su enfermera. Solo habíamos cantado una estrofa cuando todos, menos yo, dejaron de cantar a causa de esta sensación sobrenatural. Seguí cantando sola, pero de manera apagada y pesada, aunque mirando a Dios todo el tiempo en busca de ayuda. De repente sentí despertar en mi corazón un manantial de energía, y la oscuridad cedió en cierta medida. No era más que un destello de lo alto. Cuando terminó el himno, nos arrodillamos todos para orar por él. Mientras invocábamos el nombre del Señor para que tuviera misericordia de su alma y le concediera arrepentimiento para vida, me vino de repente a la mente no levantarme jamás de mis rodillas hasta que Dios oyera la oración en su favor, hasta que convirtiera y salvara su alma.
Ahora bien, mientras seguía así importunando al cielo, según sentía que era guiada, irrumpió entre nosotros un rayo de luz más abundante. Se presentó a mi vista, aunque tenía los ojos cerrados, el Salvador en toda su estatura, clavado en la cruz, justo sobre la cabeza del joven, contra el techo de la habitación. Exclamé: hermano, mira arriba, el Salvador ha venido, él te perdonará, tus pecados él los perdonará. Mi pesar por el alma del joven se había ido; ya no podía orar—el gozo y el arrobamiento lo hacían imposible. Nos levantamos de nuestras rodillas, y he aquí que sus ojos miraban hacia arriba con éxtasis; sobre su rostro había una expresión de gozo; sus labios estaban revestidos de una dulce y santa sonrisa; pero ningún sonido salía de su lengua; se la oía en su quietud de dicha, llena de esperanza y de inmortalidad. Así, mientras yo le tenía tomada la mano, su alma feliz y purificada se elevó, sin un suspiro ni un gemido, a su eterno descanso.
Entonces le cerré los ojos, le enderecé los miembros y lo dejé para que lo vistieran para la sepultura. Pero en cuanto a mí, estaba llena del poder del Espíritu Santo—la habitación misma parecía llena de gloria. Su hermana y todos los que estaban en la habitación se regocijaron, sin dudar en nada de que había entrado en el Paraíso; y creo que lo veré en el último y gran día, a salvo en las orillas de la salvación.
Pero volvamos al tema de mi llamamiento a predicar. Poco después de esto, como se ha relatado arriba, el reverendo Richard Williams había de predicar en la iglesia Bethel, donde yo estaba reunida con otros. Subió al púlpito, anunció el himno, que se cantó, y luego se dirigió al trono de la gracia; tomó su texto, pasó por el exordio y comenzó a exponerlo. El texto que tomó está en Jonás, capítulo 2, versículo 9,—«La salvación pertenece al Señor». Pero a medida que avanzaba en su explicación, pareció haber perdido el espíritu; y en ese mismo instante me puse en pie de un salto, como por un impulso enteramente sobrenatural, y fui ayudada de lo alto a dar una exhortación sobre el mismo texto que había tomado mi hermano Williams.
Les dije que yo era como Jonás; porque hacía ya casi ocho años que el Señor me había llamado a predicar su evangelio a los hijos y las hijas caídos de la raza de Adán, pero que yo me había demorado como él, y había tardado en ir al mandato del Señor y advertir a los que son tan profundamente culpables como lo era el pueblo de Nínive.
Durante la exhortación, Dios manifestó su poder de un modo suficiente para mostrar al mundo que yo había sido llamada a trabajar conforme a mi capacidad, y a la gracia que me ha sido dada, en la viña del buen labrador.
Entonces me senté, sin saber apenas lo que había hecho, pues estaba asustada. Imaginé que por esta falta de decoro, como temía que pudiera llamarse, sería expulsada de la iglesia. Pero en lugar de esto, el obispo se levantó en la asamblea y contó que yo había acudido a él ocho años antes, pidiendo que se me permitiera predicar, y que él me había dado largas; pero que ahora creía tanto que yo había sido llamada a esa obra como cualquiera de los predicadores presentes. Estas palabras me fortalecieron mucho, de modo que mis temores de haber cometido una ofensa y haberme hecho reo como ofensora se calmaron, dando lugar a una dulce serenidad, un santo gozo de una clase peculiar, que hasta entonces no había gustado en mi pecho.
El día de reposo siguiente, mientras estaba sentada escuchando la palabra del evangelio, me sentí movida a intentar hablar a la gente de manera pública, pero no podía resolverme a intentarlo en la iglesia. Dije: Señor, en cualquier parte menos aquí. Así, se me indicó una casa no muy lejos; a ella fui. Era la casa de una hermana que pertenecía a la misma Sociedad que yo. Se llamaba Anderson. Le dije que había venido a celebrar una reunión en su casa, si ella llamaba a sus vecinos. Ella accedió en seguida a esta petición. Mi congregación constaba de solo cinco personas. Comencé leyendo y cantando un himno; cuando me levanté, hallé mi mano apoyada sobre la Biblia, cosa que no había notado hasta ese momento. Se me ocurrió entonces tomar un texto. Abrí la Escritura, tal como salió, en el Salmo 141, fijando la vista en el tercer versículo, que dice: «Pon, oh Señor, guarda a mi boca; guarda la puerta de mis labios». Mi sermón, tal como fue, se aplicó enteramente a mí misma, y añadí una exhortación. Dos de mi congregación lloraron mucho, como fruto de mi trabajo esta vez. Al terminar, dije a los pocos presentes que, si alguien abría una puerta, celebraría una reunión el siguiente sexto día por la tarde; y una respondió que su casa estaba a mi disposición. Así que fui, y Dios manifestó su poder entre la gente. Algunos lloraban, mientras otros gritaban de gozo. Todo un banco de mujeres, por el poder de Dios, como el soplo de un viento recio, se inclinaron hasta el suelo a la vez y prorrumpieron en gritos. También, en una casa, había un hombre y una mujer enfermos, y el Señor convenció a ambos; uno vivió y el otro murió. Dios obró un juicio—algunos estaban bien por la noche y murieron por la mañana. En este lugar seguí celebrando reuniones unos seis meses. Durante ese tiempo mantuve casa con mi hijito, que era muy enfermizo. Por entonces recibí un llamado a predicar en un lugar a unas treinta millas de distancia, entre los metodistas, con quienes permanecí una semana, y durante todo ese tiempo ni un pensamiento de mi hijito me vino a la mente; me fue ocultado, no fuera que me distrajera de la obra que tenía que hacer para ocuparme de mi hijo. Aquí, por medio de una pobre mujer de color, el Señor derramó su Espíritu entre la gente. Aunque, según me dijeron, había abogados, médicos y magistrados presentes para oírme hablar, hubo lamentos y llanto entre los pecadores, porque el Señor esparció entre ellos un fuego encendido por él mismo. El Señor dio a su sierva poder para hablar por su gran nombre, porque cautivó los corazones de la gente y causó un estremecimiento en la multitud, pues Dios estaba en medio.
Volví entonces a casa y hallé a todos bien; ningún mal le había sucedido a mi niño, aunque lo dejé muy enfermo. Unos amigos lo habían cuidado, lo cual fue obra del Señor. Empecé entonces a pensar seriamente en deshacer mi casa y dejarlo todo para predicar el evangelio eterno. Sentí un fuerte deseo de volver a mi lugar de nacimiento, en Cape May, tras una ausencia de unos catorce años. A este lugar, donde me esperaba la cruz más pesada, me envió el Señor, como Saulo de Tarso fue enviado a Jerusalén a predicar el mismo evangelio que había descuidado y despreciado antes de su conversión. Fui por agua, y en la travesía sufrí mucho de mareo, tanto que esperaba morir, pero tal no era la voluntad del Señor respecto de mí. Después de desembarcar, seguí adelante según se presentaban las oportunidades, hacia donde vivía mi madre. Cuando estaba a diez millas de aquel lugar, señalé una reunión para la tarde. Vino a oír un buen número de personas. Al Señor le plugo darme luz y libertad entre la gente. Después de la reunión vino a mí una señora anciana y me dijo que creía que el Señor me había enviado entre ellos; luego me señaló otra reunión allí para dos semanas después de aquella noche. Al día siguiente me apresuré a llegar a casa de mi madre, que se alegró de verme, y la alegría fue mutua entre nosotras. Con ella dejé a mi pobre niño enfermizo, mientras yo partía a hacer la voluntad de mi Maestro. En esta vecindad tenía un tío, que era metodista, y que con gusto abrió su puerta para que se celebraran reuniones allí. En la primera reunión que celebré en casa de mi tío, había, con otros que habían venido por curiosidad a oír a la mujer predicadora, un anciano que era deísta, y que decía que no creía que la gente de color tuviera alma—estaba seguro de que no la tenía. Se sentó muy cerca de donde yo estaba de pie, y con descaro trató de hacerme perder el aplomo con la mirada. Pero mientras yo seguía trabajando lo mejor que podía, mirando a Dios todo el tiempo, aunque me parecía tener poca libertad, salió una flecha del arco tenso del evangelio y se clavó en su corazón, hasta entonces obstinado. Cuando terminé de hablar, salió, y llamando a la gente a su alrededor, dijo que mi predicación podía parecer poca cosa, pero que creía que yo llevaba en el corazón el valor de las almas. Este lenguaje era distinto del que había usado poco antes, pues ahora parecía admitir que la gente de color tenía alma, ya que era principalmente a ellos a quienes yo hablaba; y a menos que tuvieran alma, cuyo bien yo tenía en mira, su comentario no habría tenido sentido. Entonces entró en la casa, y de la manera más amistosa me estrechó la mano, diciendo que esperaba que Dios lo hubiera conservado con algún buen propósito. Este hombre era un gran dueño de esclavos, y había sido muy cruel; no le importaba nada derribar a un esclavo con una estaca de cerca, o con lo que tuviera a mano. Desde entonces se dijo de él que cambió mucho para bien en su conducta. En aquel tiempo tenía unos setenta años, y la cabeza blanca como la nieve; pero si llegó a ser un hombre convertido o no, nunca lo supe.
La semana siguiente recibí una invitación para celebrar una reunión en el Juzgado del condado, donde hablé sobre Isaías, capítulo 53, versículo 3. Fue un tiempo solemne, y el Señor acompañó la palabra; tuve vida y libertad, aunque había allí gente de diversas denominaciones. Aquí volví a ver al anciano dueño de esclavos, que a pesar de su edad caminó unas tres millas para oírme. Ese día hablé dos veces, y caminé seis millas hasta el lugar señalado. Estaba presente un magistrado, que mostró su amistad diciéndome amablemente que había oído hablar de mí: me dio un himnario, señalándome un himno que había escogido. Cuando terminó la reunión, me invitó a predicar en una escuela de su vecindad, a unas tres millas de donde yo estaba entonces. Durante esta reunión fue restaurado un descarriado. Ese día caminé seis millas, y prediqué dos veces a grandes congregaciones, por la mañana y por la tarde. El Señor estaba conmigo, gloria sea a su santo nombre. Luego fui seis millas más allá y celebré una reunión en casa de un amigo de color, a las once de la mañana, y prediqué a una congregación bien comportada, tanto de gente de color como de blancos. Después del servicio volví a pie, lo que sumó doce millas en un mismo día. Esto fue en día de reposo, o como a veces lo llamo, el séptimo día; porque después de mi conversión preferí el lenguaje sencillo de los Amigos. Al cuarto día después de esto, atendiendo a una invitación recibida por nota del mismo magistrado que me había oído en el lugar mencionado, prediqué a una gran congregación, donde tuvimos un tiempo precioso: se oyó mucho llanto entre la gente. El mismo caballero, ahora al cierre de la reunión, anunció otra cita en el mismo lugar para ese mismo día de la semana siguiente. Aquí tuve de nuevo libertad; hubo un movimiento entre la gente. Diez años después, en la vecindad de Cape May, celebré una reunión de oración en una escuela, que era entonces el lugar regular de predicación de los metodistas episcopales; después del servicio vino una señora blanca, de gran distinción, miembro de la Sociedad Metodista, y me dijo que en esa misma escuela, diez años antes, bajo mi predicación, el Señor la había despertado por primera vez. Se alegró mucho de verme, y me invitó a su casa, donde me quedé hasta el día siguiente. Este fue pan echado sobre las aguas, hallado después de muchos días.
De este lugar fui luego a la casa de reuniones de Dennis Creek, donde, por invitación de un anciano, hablé a una gran congregación de opiniones diversas y encontradas, y se sintió una maravillosa sacudida del poder de Dios, que se mostró por todas partes en gemidos, en suspiros y en sonoros y gozosos amenes. Me sentí como ayudada de lo alto. Mi lengua fue desatada, la tartamuda habló con soltura; el amor de Dios y de su servicio ardía en mí con llama vehemente—su nombre fue glorificado entre la gente.
Tenía conmigo a mi hijito, y estaba muy escasa de dinero—y no teniendo medios para pagar mi pasaje a casa, abrí una escuela y enseñé a once alumnos, con el fin de reunir una pequeña suma. Durante muchas semanas no supe qué hacer para volver a casa, hasta que el Señor vino en mi ayuda mientras paseaba por los campos meditando en su bondad, y me hizo saber que podía ir a la ciudad de Filadelfia, hacia donde pronto me embarqué con un capitán muy amable. Tuvimos una travesía peligrosa—se levantó una tormenta terrible, y antes de salir de la bahía de Delaware escapamos por poco de ser embestidos por un gran barco. Pero el buen Señor nos sostuvo en el hueco de su mano, y en la tarde del 12 de noviembre de 1821 llegamos a la ciudad.
Aquí celebré reuniones en la casa de la hermana Lydia Anderson, y durante unos tres meses tuve tantas citas como podía atender. Tuvimos juntos muchos tiempos preciosos, y el Señor estaba con su pequeña banda de oración, convenciendo y convirtiendo pecadores a la verdad. Seguí en la ciudad hasta la primavera, cuando sentí impreso en mi mente que debía viajar, y caminé catorce millas en compañía de una hermana para encontrarme con unos ministros que habían de reunirse allí, venidos de Filadelfia. Satanás me tentó por el camino, diciéndome que era una necia por caminar tanto, pues no se me permitiría predicar. Pero proseguí mi viaje, decidida a sentarme y adorar con ellos. Cuando llegué, se había reunido un buen número de personas, y no había predicador. Esperaron la hora de comenzar los ejercicios, y entonces me llamaron a mí. Tomé por texto Juan, capítulo 3, versículo 14. Tuve vida y libertad, y el Señor estaba en el campamento con júbilo. Se señaló otra reunión a tres millas de allí, donde hablé sobre Salmos 137:1, 2, 3, 4. Mi Maestro estaba conmigo, y manifestó su poder. En la Casa del Condado también celebramos una reunión, y tuvimos un dulce tiempo de espera en el Señor. Hablé sobre Hebreos 2:3, y el Señor me dio una libertad singular. Una noche, en una casa particular, hablé sobre Juan 7:46, y seis almas cayeron al suelo clamando por misericordia. Tuvimos un bendito derramamiento del Espíritu entre nosotros—el Dios de Jacob estaba en medio de nosotros—y el grito de las almas nacidas del cielo era como música a nuestros oídos.
Hacia el mes de febrero, mi hijito James, que entonces tenía cinco años, dio muestras de tener inclinaciones religiosas. Una vez se subió a una silla, con un himnario en la mano, y con un gesto muy de ministro anunció un himno. Sentí que el espíritu me movía a cantar con él. Había en la habitación una digna hermana, a quien pedí que orara por él. Invoqué al Señor para que respondiera y sellara esta oración en los atrios del cielo. Creí que lo haría, y lo hizo, y estando aún de rodillas fui llena de la plenitud de Dios, y llegó la respuesta. Clamé en el gozo de mi corazón—«¡El muerto está vivo!»—y bajé corriendo las escaleras a contárselo a una vecina. Las lágrimas corrían por las mejillas de mi niño, ahora feliz, y grande fue nuestro regocijo juntos. Había sido objeto de muchas oraciones, y muchas veces había pensado que preferiría seguirlo hasta su tumba antes que verlo crecer como un pecador declarado y profano, como muchos niños que yo había visto. Y permitidme decir aquí que la promesa del Señor es: «pedid, y recibiréis». Queridos padres: orad por vuestros hijos en la niñez—llevadlos en los brazos de la fe al propiciatorio, y presentadlos allí como ofrenda al Señor. Puedo decir por mi propia experiencia que el Señor oye la oración. Yo había dado a James la Biblia, como Ana dio a Samuel a Dios en su juventud, y por su favor misericordioso fue recibido. Para mayor ánimo de los padres y las madres a emprender esta bendita obra, permitidme remitirlos a Eclesiastés 11:6: «Por la mañana siembra tu simiente, y a la tarde no dejes reposar tu mano: porque tú no sabes cuál prosperará, si esto o lo otro, o si ambas cosas serán igualmente buenas».
«Siémbrala en la mente joven,
¿puedes tener campo mejor?
Con tal que en fe sea confiada,
sin duda cosecha dará,
frutos de piedad temprana,
todo lo que a Dios le place ver».
En noviembre emprendí viaje hacia Trenton, N. J. En Burlington hablé al pueblo el día de reposo, y tuve un buen tiempo entre ellos, y el lunes 12, en una escuela. La hermana Mary Owan, que había dejado a un lado todos los afanes del mundo, fue conmigo. No teníamos otro medio de viajar sino a pie, pero el Señor nos tuvo presentes, y de algún modo puso en el corazón de un desconocido llevarnos hasta el puente de Trenton. Nos encontramos con el anciano del circuito, quien me habló de manera fría y formal, como si pensara que mi capacidad no igualaba la suya. Fuimos a la casa de la hermana donde esperábamos alojarnos, y aguardamos largo rato con los sombreros y las capas puestas antes de que se nos invitara a quedarnos allí. Por la mañana había pensado visitar Newhope, pero me quedé tres o cuatro días en el vecindario para cumplir mi deber de visitar a los enfermos y afligidos. Me invitaron a una reunión de oración, y un hermano me pidió que hablara. Aproveché la ocasión e hice algunas observaciones sobre Reyes 18:21. Uno de los predicadores me invitó a predicarles la noche del sexto día, lo cual hice ante una congregación atenta, y Dios acompañó la palabra con mucho poder, y grande fue nuestro gozo. El 17 hablé por la mañana a las 11. Sentí mi debilidad y mi insuficiencia para la obra, y pensé: «¿quién es suficiente para estas cosas?», y deseé librarme de la tarea. Mi texto fue Timoteo 6:2-7. El Señor desató otra vez la lengua tartamuda y abrió las Escrituras a mi mente, de modo que, gloria al amado nombre de Dios, tuvimos un tiempo de lo más conmovedor, que mataba el pecado y reavivaba el alma. Por la tarde ayudé a dirigir una clase, en la que hallamos al Señor fiel y verdadero—y esa misma noche hablé sobre Hebreos 2:3.
Al día siguiente, la hermana Mary Owan y yo partimos hacia Newhope, adonde llegamos, tras caminar dieciséis millas, como a las seis de la tarde. Aunque fatigoso, fue un paseo agradable, contemplando la alta montaña y los cerros encumbrados, y la belleza y variedad de la naturaleza a nuestro alrededor, que impresionaron poderosamente mi mente con la grandeza y la sabiduría de mi Hacedor. En este lugar me detuve en casa del caballero con cuya suegra yo me había criado, y allí nos recibieron amablemente. La noche siguiente visitamos al hermano Butler, donde me dirigí a un pequeño grupo, y Dios, por medio de sus palabras, vivificó a algunos. La noche siguiente hablé en una academia a un buen número de personas, sobre Juan 3:14. Aquí encontré a algunas personas de muy mala conducta, que hablaban con rudeza y decían, entre otras cosas, «que yo no era mujer, sino un hombre vestido con ropa de mujer». Trabajé una semana entre ellos, y luego fui a Lambertsville, donde experimentamos la bondad de la gente, tuvimos un tiempo feliz y nos despedimos con lágrimas.
Volví entonces a Filadelfia, donde me quedé poco tiempo, y fui a Salem, en West Jersey. Encontré muchas dificultades en el viaje, sobre todo de parte del anciano, quien, como muchos otros, era contrario a que una mujer predicara. Y permitidme decir aquí a ese anciano, si no se ha ido al cielo, que he oído que ya en tiempos de Adam Clarke a sus objeciones contra la predicación femenina se respondía así—«Si un asno reprendió a Balaam, y un gallo de corral reprendió a Pedro, ¿por qué no ha de reprender el pecado una mujer?». No cito esto por la halagadora clasificación de las mujeres junto a los asnos y las aves de corral, sino para dar la respuesta de una pobre mujer que en otro tiempo había sido esclava. Al primer compañero le dijo—«Puede que una mujer que habla sea como una burra—pero yo le digo una cosa: la burra vio al ángel cuando Balaam no lo vio».
A pesar de la oposición, tuvimos un tiempo próspero en Salem. Tuve algunas buenas congregaciones, y los pecadores fueron compungidos de corazón. Después de hablar en la casa de reuniones, dos mujeres subieron al púlpito y, echándose a mi cuello, clamaron: «¿Qué debo hacer para ser salva?». Una dijo que había desobedecido a Dios, y que él le había quitado a sus hijos—que muchas veces la había llamado, pero ella no había escuchado. Le señalé la sangre de Cristo, que todo lo expía y basta para limpiar de todo pecado, y después de orar la dejé a su misericordia. Desde este lugar caminé veintiuna millas, y prediqué con dificultad a un pueblo duro de cerviz y rebelde, al que pronto dejé sin ninguna animosidad por el trato que me dieron. Podrían haber respetado mi mensaje, ya que no a la pobre y débil sierva que se lo llevó con tanto trabajo.
«Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra», era el consejo que había resuelto seguir, y me apresuré a ir a Greenwich, donde tuve una congregación animada, una vida y una libertad poco comunes al hablar, y el poder de Dios estaba allí. Tuvimos también un tiempo solemne en la casa de reuniones la mañana del día de reposo, y en una casa particular por la noche; se reunió una gran concurrencia, el espíritu estaba con nosotros, y hubo un poderoso estremecimiento entre los huesos secos.
La mañana del segundo día tomé la diligencia y viajé siete millas hasta Woodstown, y allí hablé a una respetable congregación de blancos y gente de color, en una escuela. Me pidieron que hablara en la casa de reuniones de la gente de color, pero el ministro no podía conformar su mente a una mujer predicadora—no podía unirse en comunión conmigo ni siquiera para darnos la mano, como deben hacerlo los cristianos. Yo había visitado aquel lugar antes, cuando Dios manifestó su poder «por la locura de la predicación» y reconoció a la pobre anciana. Uno de los hermanos convocó una reunión en su propia casa, y tras mucha persuasión este ministro vino también. No me sentía muy dispuesta a predicar, pero hablé sobre Hechos 8:35. Sentí mi incapacidad, y me vi llevada a quejarme de debilidad—pero Dios dirigió la flecha al corazón de los culpables—y mi amigo el ministro se llenó de gozo, y gritaba a menudo «Amén» y «así es, hermana». Tuvimos una maravillosa manifestación del espíritu de Dios entre nosotros, y hallamos que era bueno estar allí. No hay nada demasiado difícil para el Señor. Dejé la reunión en manos del anciano, quien después me invitó a predicar en la casa de reuniones. Había dicho que no creía que jamás se hubiera convertido un alma bajo la predicación de una mujer—pero mientras yo trabajaba en su lugar, la convicción se apoderó de una mujer, que cayó al suelo clamando por misericordia. Esta reunión duró hasta las 12 o la 1. ¡Oh, cuán precioso es el sonido del nombre de Jesús! En aquel tiempo nunca dudé de ser aceptada por Dios, sino que descansé mi alma en cada una de sus promesas. El anciano me dio la mano, y nos despedimos.
El 22 de noviembre de 1822 volví a Filadelfia, y asistí a reuniones dentro y fuera de la ciudad. Dios seguía siendo mi ayuda, y prediqué y formé una clase, y procuré ser útil. Las oposiciones que encontré, sin embargo, fueron numerosas—tanto, que fui tentada a retirarme de la Iglesia Metodista, no fuera que algunos se perdieran por perseguirme—pero esto solo fue permitido para probar mi fidelidad a Dios. A veces me sentía oprimida como una carreta bajo sus varas—mi vida parecía estar a filo de espada—mi corazón estaba dolorido y me causaba dolor en el cuerpo. Pero el Señor sabe librar de tentación a los piadosos, y reservar a los injustos para ser castigados en el día del juicio. Mientras contaba los sentimientos de mi mente a una hermana que vino a verme, brotó el gozo en mi pecho porque el adversario no me había vencido, y quedé inundada del amor de Dios y de las almas. Abracé a la hermana, y tuvimos juntas un tiempo conmovedor. ¡Oh, cuán consolador es tener, en horas tan oscuras, al espíritu de Dios dando testimonio a nuestro espíritu de que somos sus hijos!
Cuando Satanás parece cerrarnos el camino
y llenarnos de temores, triunfamos por la fe;
no puede quitarnos (aunque a menudo lo ha intentado)
la promesa que alegra el alma: el Señor proveerá.
Nos dice que somos débiles, que es vana nuestra esperanza,
que el bien que buscamos jamás lo alcanzaremos;
pero cuando tales sugerencias han probado nuestras gracias,
esto responde a toda pregunta: el Señor proveerá.
Sentí por el pueblo un amor mayor que nunca. Me parecía que erraban por ignorar mi deseo de hacerles bien; y mi oración era que en mis caminos no se viera sino amor, y que solo el amor moviera mi corazón. La religión es amor—Dios es amor. Pero no fue nada menos que el poder divino lo que me sacó adelante, pues parecía que las huestes de las tinieblas se habían formado en orden de batalla contra mí para destruir mi paz y apartarme del trono del amor.
El 24 de junio salí de la ciudad de Filadelfia para viajar por el estado de Delaware. Fui con el capitán Ryal, un caballero bondadoso, que me llevó a su casa en Wilmington, y tanto él como su señora me trataron bien. La primera noche de mi llegada prediqué en la casa de reuniones metodista de piedra. Procuré, a mi débil manera, interesar a la asamblea con el capítulo 2 de Hebreos, versículo 3—«¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?». Dios estaba allí, según tuvimos la más deliciosa evidencia—y a muchos se les abrieron los ojos para ver que no había escape de la muerte segunda mientras estuvieran fuera de Cristo, y clamaron a Dios por su gracia salvadora. Quisiera que todos los que no han abrazado la salvación ofrecida en el evangelio examinaran la cuestión con franqueza y seriedad, antes de que las realidades del otro mundo deshagan su imaginaria seguridad.
En julio hablé en una escuela a una gran congregación, sobre Números 29:17. Aquí tuvimos un dulce anticipo del cielo—medida llena y rebosando—gritos y regocijo—mientras la pobre mensajera de un evangelio gratuito era asistida desde lo alto. Quisiera que mi lector hubiera estado allí para compartir con nosotros el gozoso banquete celestial. El 15 de julio di de nuevo una exhortación en la casa de reuniones a una multitud atenta—profundas y solemnes fueron las convicciones de muchos, y confío en que se hizo bien.
El siguiente lugar que visité fue Newcastle. No se pudo obtener la casa de reuniones, y dos jóvenes caballeros se interesaron en conseguir el juzgado, pero los síndicos se opusieron, queriendo saber por qué los metodistas no abrían su iglesia. La razón era que «yo no tenía licencia», dijeron. Mis dos amigos me acompañaron a hablar en el mercado, adonde acudí al encenderse las velas, y tuve el placer de dirigir unas cuantas verdades sencillas a una congregación numerosa pero respetuosa, sobre Juan 7:46—«Nunca ha hablado hombre así como este hombre». El domingo los mismos jóvenes caballeros me invitaron a dar otro discurso, a lo cual accedí, ante una gran concurrencia de toda clase de gente.
De aquí pasé a Christine, donde adoramos en una casa particular, y debo decir que algunos de mis amigos de color me trataron bien. Luego volví a Wilmington, donde a los pocos días recibí un mensaje para volver otra vez a C. Mis amigos dijeron que tendría la casa de reuniones, por la cual se interesó el juez Luden, y se anunció la cita. Cuando la gente se reunió a la hora señalada, las puertas seguían cerradas con llave. Entre gritos de «¡qué vergüenza!» dejamos las gradas de la iglesia—pero se abrió una casa particular a poca distancia camino arriba, y aunque nos vimos defraudados en obtener entrada a una iglesia, el Señor no defraudó a su pueblo, pues fuimos alimentados con el pan de vida, y tuvimos un tiempo feliz. El señor y la señora Lewelen me llevaron a su casa, y me trataron, no como a una de sus criadas, sino como a una compañera, por lo cual siempre les estaré agradecida. El señor Smith, un médico, también me invitó a visitarlos—era presbiteriano, pero oramos y conversamos juntos acerca de Jesús y su amor, y nos despedimos sin entrometernos en el credo del otro. ¡Oh, anhelo ver el día en que los cristianos se reúnan sobre una sola plataforma común—Jesús de Nazaret—y cesen sus riñas y contiendas acerca de cosas no esenciales—cuando se discuta menos sobre «nuestra Iglesia», y «nuestro Jesús» sea el todo en todos!
Otra familia me invitó a asistir a una reunión de oración. Fue como un «pequeño cielo aquí abajo». Desde allí caminé unas cuatro millas aquella noche, acompañada por la criada de la señora Ford, una presbiteriana, quien dijo que sabía que su señora se alegraría de verme. La señora F. me dio la bienvenida—dijo que le interesaba oírme hablar, y envió una nota a una señora metodista, la cual respondió que sin duda mi labor sería bien recibida en su iglesia aquella tarde. Cuando entré, el anciano estaba en el púlpito. Nos dio un buen sermón. Después de la predicación, esta señora le habló de mí al anciano; en consecuencia, él me invitó a su púlpito, diciendo «que estaba dispuesto a que cada uno hiciera el bien». Mi texto fue Hebreos 2:3. Aunque débil de cuerpo, el buen Maestro llenó mi boca y me dio libertad entre extraños, y pocas veces he pasado un día de reposo tan feliz. La señora F. tenía en su familia a una mujer de color de ciento diez años de edad, con quien conversé de religión—de cómo Cristo había muerto para redimirnos y del camino de la salvación, y la pobre anciana dijo «que ojalá pudiera oírme todos los días». Visité también a otra, de ciento dieciséis años, que era ciega. Hablamos juntas acerca de Jesús—ella tenía una evidencia firme y permanente de su nuevo nacimiento, y a las pocas semanas partió a su hogar en el cielo. Aquí estuvo largo tiempo privada de la luz del sol y del privilegio de leer la bendita palabra de Dios; pero allá sus ojos están abiertos, y el Sol de justicia ha nacido con sanidad en sus alas.
Allí la gloria brilla en todas las llanuras,
y la vista le es dada a ella—
allí la música fluye en dulcísimos acordes,
y la belleza sin mancha reina para siempre,
y todo es amor en el cielo.
Dejé la casa de la señora Ford y caminé unas tres millas hasta St. George, con una recomendación para una tal señora Sutton, una dama de espíritu noble, de la denominación presbiteriana, donde fui tratada con generosidad. Aquí prediqué en la escuela a un grupo respetable—hubo bastante llanto y una provechosa espera en el Señor. Acepté la invitación de un caballero para predicar en una iglesia metodista a tres millas de distancia—encontré allí un pueblo amoroso, y me agradó mucho el orden y el decoro que mostraron mientras les hablaba. La señora Smith me llevó a su casa, y hallé que era cristiana tanto en sentimiento como en obra. Por invitación fui después a Port Penn, y hablé con libertad, asistida por el Señor, a una casa llena, y tuvimos un glorioso banquete del Espíritu. La noche siguiente me encontró en Canton Bridge, adonde había ido a pie—hablé en una escuela sobre Mateo 22:41—«¿Qué os parece del Cristo?». La presencia del Señor nos cubrió con su sombra—los creyentes se regocijaron—algunos despertaron a pensar bien de mi Maestro, y confío en que van camino de la gloria. En Fieldsborough también tuvimos reuniones llenas de gracia.
En Smyrna encontré al hermano C. W. Cannon, quien solicitó para mí la casa de reuniones de los Amigos, donde el Señor nos bendijo abundantemente. Asistimos a una reunión campestre de la antigua conexión, y fuimos grandemente refrigerados para el servicio del Rey. Viajé diez millas y entregué un mensaje del Señor a un auditorio que esperaba—el Maestro me asistió, y siete personas, blancos y gente de color, se postraron para que se orara por ellas. Al día siguiente fui a Middletown—hablé en una escuela a una congregación de blancos sobre Isaías 63:1, y fue un buen tiempo. Por la mañana a las 11 me dirigí a una Sociedad metodista, y por la tarde a las 3 hablé bajo un árbol en el cementerio, junto al camino, a un gran auditorio. La señora del juez Maxwell, que estaba presente, me invitó a tomar el té en su casa con ella y sus sobrinas, y una señora cuáquera mostró su benevolencia poniéndome en la mano lo suficiente para ayudarme en mi viaje. El Señor es bueno—¿qué haré para darlo a conocer? Viajé siete millas aquella noche, y di una exhortación después de que el ministro hubo predicado, y me sentí más feliz que un rey.
Viajé entonces al condado de Cecil, Md., y la primera noche hablé a una gran congregación. Después el pastor bautizó a algunas personas adultas—y todos experimentamos el poder que limpia y purifica. Tuvimos un bautismo por dentro y por fuera. Luego el criado de un caballero blanco vino a buscarme para que celebrara una reunión en casa de su amo por la noche. Él invitó a los vecinos, gente de color y blancos, y yo hablé según la capacidad que Dios me dio. Fue grato para mi pobre alma estar allí—Jesús estaba en medio de nosotros—y dimos gloria a Dios. Sí, gloria—gloria a Dios en las alturas. «Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo». No me jacto de mí misma. Pablo puede plantar y Apolos regar, pero Dios da el crecimiento. Procuré también predicar tres veces en un lugar a 14 millas de allí—tuvimos buenas reuniones—los descarriados fueron restaurados y los pecadores convencidos de pecado, a quienes dejé en las manos de Dios, con la esperanza de volver a encontrarnos y reconocernos «cuando lleguemos a casa».
Volví a Middletown. Al día siguiente el predicador del circuito me llevó a su lugar de predicación en Elkton. Tuvimos un maravilloso derramamiento del espíritu. En Frenchtown hablé a las 11, donde sentí mi nada, pero, alabado sea el nombre de Dios, él me ayudó en el deber. Fui otra vez a Middletown, y de allí a Canton’s Bridge, y hablé a la gente lo mejor que pude. A siete millas de este lugar encontré, por la dirección de una bondadosa Providencia, a mi propia hermana, de quien había estado separada unos treinta y tres años. Éramos jóvenes cuando nos vimos por última vez, con menos afanes de la vida que ahora. Cada corazón rebosaba entonces de dulces esperanzas y placeres—y poco esperábamos al despedirnos que pasarían sobre nosotras treinta y tres años, con sus cambios y vicisitudes, antes de volver a vernos la cara. Las dos habíamos cambiado mucho de aspecto, pero nos reconocimos, y hablamos de los tratos del Señor con nosotras, recorriendo de nuevo nuestros extravíos por el mundo y «los días en que la vida era joven».
Capítulo 3 completado
Se renueva el asunto de mi llamamiento a predicar