Capítulo 26 · 2 h 54 min de lectura · 3 h 44 min de escucha
XII. Los afectos de gracia y santos tienen su ejercicio y su fruto en la práctica cristiana
XII. Los afectos de gracia y santos tienen su ejercicio y su fruto en la práctica cristiana.—Quiero decir que tienen tal influencia y poder sobre aquel que es su sujeto, que hacen que una práctica universalmente conforme a las reglas cristianas, y dirigida por ellas, sea la práctica y la ocupación de su vida.
Esto implica tres cosas: 1. Que su conducta o práctica en el mundo sea universalmente conforme a las reglas cristianas y dirigida por ellas. 2. Que haga de tal práctica santa su ocupación por encima de todas las cosas; que sea una ocupación en la que esté principalmente empeñado, a la que esté consagrado y que persiga con el mayor fervor y diligencia; de modo que pueda decirse que hace de esta práctica de la religión, de manera eminente, su obra y su ocupación. Y 3. Que persevere en ella hasta el fin de la vida; de modo que pueda decirse que no es solo su ocupación en ciertas temporadas, la ocupación de los días de reposo, o de ciertos tiempos extraordinarios, o la ocupación de un mes, o de un año, o de siete años, o su ocupación bajo ciertas circunstancias, sino la ocupación de su vida; siendo aquella ocupación en la que persevera a través de todos los cambios y bajo todas las pruebas, mientras vive.
La necesidad de cada una de estas cosas, en todos los verdaderos cristianos, se enseña con suma claridad y plenitud en la palabra de Dios.
1. Es necesario que los hombres sean universalmente obedientes: 1 Juan 3:3 y siguientes: «Y cualquiera que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, como él también es puro.—Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. Cualquiera que permanece en él, no peca; cualquiera que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. El que hace justicia es justo, como él también es justo; el que hace pecado es del diablo». Capítulo 5:18: «Sabemos que cualquiera que es nacido de Dios, no peca; mas el que es engendrado de Dios, se guarda a sí mismo, y el maligno no le toca». Juan 15:14: «Vosotros sois mis amigos, si hiciereis las cosas que yo os mando.»
Si un solo miembro está corrompido y no lo cortamos, arrastrará todo el cuerpo al infierno, Mateo 5:29, 30. A Saúl se le mandó matar a todos los enemigos de Dios, los amalecitas; y los mató a todos menos a Agag, y el haberle perdonado la vida fue su ruina. Caleb y Josué entraron en el reposo prometido de Dios porque siguieron cumplidamente al Señor, Números 14:24, y 32:11, 12, Deuteronomio 1:36. Josué 14:6, 8, 9, 14. La hipocresía de Naamán se mostró en que, por mucho que pareciera grandemente conmovido de gratitud a Dios por haberlo sanado de su lepra, y se comprometiera a servirle, en una cosa deseaba, sin embargo, ser dispensado. Y Herodes, aunque temía a Juan, y lo guardaba, y lo oía de buena gana, y hacía muchas cosas, fue con todo condenado, porque en una cosa no quiso escucharle, a saber, en separarse de su amada Herodías. De modo que es necesario que los hombres se separen de sus iniquidades más queridas, que son como su mano derecha y su ojo derecho, de los pecados que más fácilmente los asedian, y a los que están más expuestos por sus inclinaciones naturales, sus malas costumbres o sus circunstancias particulares, lo mismo que de los demás. Así como José no quiso darse a conocer a sus hermanos, que lo habían vendido, hasta que Benjamín, el hijo amado de la familia, del que más costaba separarse, fue entregado, tampoco Cristo nos revelará su amor hasta que nos separemos de nuestras concupiscencias más queridas, y hasta que seamos llevados a cumplir los deberes más difíciles, y aquellos a los que tenemos mayor aversión.
Y es importante observar que, para que de un hombre pueda decirse con verdad que es universalmente obediente, su obediencia no debe consistir solo en negaciones, o en evitar universalmente las prácticas perversas que constituyen pecados de comisión, sino que también debe ser universal en los deberes positivos de la religión. Los pecados de omisión son tan infracciones de los mandamientos de Dios como los pecados de comisión. Cristo, en Mateo 25, representa a los de la izquierda como condenados y malditos al fuego eterno por pecados de omisión: «Tuve hambre, y no me disteis de comer», etc. Por tanto, no puede decirse que un hombre sea universalmente obediente y de conducta cristiana solo porque no es ladrón, ni opresor, ni fraudulento, ni borracho, ni frecuentador de tabernas, ni fornicario, ni disoluto, ni trasnochador, ni impuro, ni profano en su lenguaje, ni calumniador, ni mentiroso, ni iracundo, ni malicioso, ni injuriador. Falsamente se dice que lleva una conducta digna del evangelio quien llega hasta ahí y no más allá; antes bien, para ello es necesario que su andar y su conducta sean también serios, religiosos, devotos, humildes, mansos, perdonadores, pacíficos, respetuosos, condescendientes, benévolos, misericordiosos, caritativos y bienhechores. Sin cosas como estas no obedece las leyes de Cristo, leyes en las que él y sus apóstoles insistieron abundantemente como de la mayor importancia y necesidad.
2. Para que los hombres sean verdaderos cristianos es necesario que lleven adelante el asunto de la religión y el servicio de Dios con gran fervor y diligencia, como la obra a la que se consagran y que hacen la ocupación principal de su vida. Todo el pueblo propio de Cristo no solo hace buenas obras, sino que es celoso de buenas obras, Tito 2:14. Nadie puede servir a dos señores a la vez. Los que son verdaderos siervos de Dios se entregan a su servicio y hacen de él, por así decir, toda su obra, empleando en él todo su corazón y lo principal de sus fuerzas: Filipenses 3:13: «Una cosa hago». Los cristianos, en su llamamiento eficaz, no son llamados a la ociosidad, sino a trabajar en la viña de Dios y a pasar su día haciendo un servicio grande y laborioso. Todos los verdaderos cristianos obedecen este llamamiento (como está implícito en que sea un llamamiento eficaz) y hacen la obra de los cristianos; obra que en todo el Nuevo Testamento se compara con aquellos ejercicios en que los hombres suelen emplear sus fuerzas con el mayor empeño, como correr, luchar, pelear. Todos los verdaderos cristianos son buenos y fieles soldados de Jesucristo, y «pelean la buena batalla de la fe»; porque nadie sino quienes así lo hacen «echa mano jamás de la vida eterna». Los que «pelean como quien hiere el aire» nunca ganan la corona de la victoria. «Los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, mas uno lleva el premio», y los que son flojos y negligentes en su carrera no «corren de tal manera que lo obtengan». El reino de los cielos no se toma sino por la fuerza. Sin fervor no se puede avanzar por aquel camino angosto que lleva a la vida, y por tanto no hay modo de llegar a aquel estado de vida gloriosa y de felicidad al que conduce. Sin trabajo ferviente no hay modo de subir el monte escarpado y alto de Sion, y por tanto no hay modo de llegar a la ciudad celestial que está en su cumbre. Sin un esfuerzo constante no hay modo de remontar la rápida corriente en que nadamos, de manera que lleguemos jamás a aquella fuente de agua de vida que está en su cabecera. Es necesario que «velemos y oremos en todo tiempo, para que escapemos de aquellas cosas terribles que vienen sobre los impíos, y seamos tenidos por dignos de estar en pie delante del Hijo del hombre». Es necesario que «nos vistamos de toda la armadura de Dios, y, habiendo acabado todo, estemos firmes», para evitar una derrota total y no ser destruidos por completo por «los dardos de fuego del diablo». Es necesario que «olvidemos lo que queda atrás, y nos extendamos a lo que está delante, y prosigamos a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor», para obtener ese premio. La pereza en el servicio de Dios, en quienes profesan ser sus siervos, es tan condenatoria como la rebelión abierta; porque el siervo perezoso es un siervo malo, y será echado en las tinieblas de afuera, entre los enemigos declarados de Dios, Mateo 25:26, 30. Los perezosos no son «imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas». Hebreos 6:11, 12: «Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza; a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas». Y todos los que siguen a aquella nube de testigos que han ido delante al cielo «dejan todo peso y el pecado que los asedia, y corren con paciencia la carrera que tienen por delante», Hebreos 12:1. Aquella fe verdadera por la cual las personas se apoyan en la justicia de Cristo y en la obra que él ha hecho por ellas, y verdaderamente se alimentan de él y viven de él, va siempre acompañada de tal espíritu de fervor en la obra y la carrera cristianas. Lo cual fue prefigurado antiguamente por la manera en que los hijos de Israel comían el cordero pascual, a quienes se mandó comerlo como quienes tienen prisa, ceñidos los lomos, el calzado en los pies y el bordón en la mano, Éxodo 12:11.
3. Todo verdadero cristiano persevera en este camino de obediencia universal y de servicio diligente y ferviente a Dios, a través de todas las diversas clases de pruebas con que se encuentra, hasta el fin de la vida. Que todos los verdaderos santos, todos los que obtienen la vida eterna, perseveran así en la práctica de la religión y en el servicio de Dios es una doctrina que la Escritura enseña con tanta abundancia que enumerar en particular todos los textos que la implican sería interminable; me contentaré con remitir a algunos al margen.7373 Deuteronomio 5:29; Deuteronomio 32:18, 19, 20; 1 Crónicas 28:9; Salmo 78:7, 8, 10, 11, 35, 36, 37, 41, 56, etc.; Salmo 106:3. 12-15; Salmo 125:4, 5; Proverbios 26:11, Isaías 64:5, Jeremías 17:13, Ezequiel 3:20, y 18:24, y 33:12, 13; Mateo 10:22, y 13:4-8, con los versículos 19-23, y 25:8, y 24:12, 13, Lucas 9:62, y 12:35, etc., y 22:28, y 17:32; Juan 8:30, 31, y 15:6, 7, 8, 10, 16; Apocalipsis 2:7, y 40:22; Colosenses 1:22, 23, Hebreos 3:6, 12, 14, y 6:11, 12, y 10:35, etc.; Santiago 1:25; Apocalipsis 2:13, 26, y 2:10; 2 Timoteo 2:15; 2 Timoteo 4:4-8.
Pero aquella perseverancia en la obediencia en la que más insiste la Escritura, como señal especial de la verdad de la gracia, es la continuación de los que profesan la religión en la práctica de su deber, y su firmeza en un andar santo, a través de las diversas pruebas con que se encuentran.
Por pruebas entiendo aquí aquellas cosas que ocurren, y con las que el que profesa la religión se encuentra en su carrera, que hacen especialmente difícil para la naturaleza su permanencia en el deber y su fidelidad a Dios. Estas cosas se llaman una y otra vez en la Escritura con el nombre de pruebas o tentaciones (que son palabras del mismo significado). Son de diversas clases: hay muchas cosas que hacen difícil a las personas permanecer en el camino de su deber por su tendencia a fomentar y alimentar, o a despertar y provocar, sus concupiscencias y corrupciones. Muchas cosas hacen difícil continuar en el camino del deber por ser de una naturaleza que se adhiere, y por su tendencia a seducir a las personas al pecado, o por su tendencia a quitar los frenos y envalentonarlas en la iniquidad. Otras cosas son pruebas de la solidez y firmeza de los que profesan la religión por su tendencia a hacerles parecer terrible su deber, y así a espantarlos y apartarlos de él; tales como los sufrimientos a que su deber los expondrá: dolor, malquerencia, desprecio y oprobio, o pérdida de bienes y comodidades exteriores. Si las personas, después de haber hecho profesión de religión, viven algún tiempo considerable en este mundo, tan lleno de cambios y tan lleno de mal, no puede ser de otro modo sino que se encuentren con muchas pruebas de su sinceridad y firmeza. Y además, es la manera de obrar de Dios en su providencia traer pruebas deliberadamente sobre los que profesan ser sus amigos y siervos, para ponerlos de manifiesto y presentar materia suficiente para convencer a sus propias conciencias, y muchas veces al mundo, del estado en que se hallan, como se ve por innumerables pasajes de la Escritura.
Los verdaderos santos pueden ser culpables de algunas clases y grados de apartamiento, y pueden ser vencidos por tentaciones particulares, y pueden caer en pecado, sí, en grandes pecados; pero nunca pueden apartarse de tal modo que se cansen de la religión y del servicio de Dios, y habitualmente les desagrade y lo descuiden, ya sea por sí mismo o a causa de las dificultades que lo acompañan, como es evidente por Gálatas 6:9, Romanos 2:7, Hebreos 10:36, Isaías 43:22, Malaquías 1:13. Nunca pueden apartarse de tal modo que dejen de continuar en un camino de obediencia universal, o de modo que deje de ser su costumbre observar todas las reglas del cristianismo y cumplir todos los deberes requeridos, aun en las circunstancias más difíciles. Esto queda abundantemente manifiesto por lo que ya se ha observado. Ni pueden apartarse jamás de tal modo que estén habitualmente más empeñados en otras cosas que en el asunto de la religión; o de modo que llegue a ser su camino y su costumbre servir a alguna otra cosa más que a Dios; o de modo que dejen de manera estable de servir a Dios con tal fervor y diligencia que sigan estando habitualmente consagrados y entregados al asunto de la religión; a menos que puedan caer por tierra aquellas palabras de Cristo: «No podéis servir a dos señores», y las del apóstol: «El que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios»; y a menos que un santo pueda cambiar de Dios y seguir siendo, con todo, un verdadero santo. Ni puede un verdadero santo apartarse jamás de tal modo que se llegue a esto: que ordinariamente no haya diferencia notable entre su andar y su conducta desde su conversión y lo que eran antes. Los que están verdaderamente convertidos son hombres nuevos, nuevas criaturas; nuevos no solo por dentro, sino por fuera; están santificados por completo, en espíritu, alma y cuerpo; las cosas viejas pasaron, todas son hechas nuevas; tienen corazones nuevos, y ojos nuevos, oídos nuevos, lenguas nuevas, manos nuevas, pies nuevos; es decir, una conducta y una práctica nuevas; y andan en novedad de vida, y continúan haciéndolo hasta el fin de la vida. Y en cuanto a los que se apartan y visiblemente dejan de hacerlo, es señal de que nunca resucitaron con Cristo. Y en especial cuando la opinión que los hombres tienen de estar convertidos, y por tanto en un estado seguro, es la causa misma de que lleguen a esto, es una señal evidentísima de su hipocresía. Y ello, tanto si su apartamiento es hacia sus pecados anteriores como hacia alguna nueva clase de maldad, habiendo sido la corrupción de la naturaleza solamente desviada hacia un nuevo cauce, en lugar de ser mortificada. Como cuando personas que se creen convertidas, aunque no vuelvan a su antigua profanidad y lascivia, sin embargo, por la alta opinión que tienen de sus experiencias, gracias y privilegios, se asientan gradualmente cada vez más en una disposición de ánimo de justicia propia y de orgullo espiritual, y en la manera de conducirse que naturalmente brota de ella. Cuando así sucede con los hombres, por lejos que parezcan estar de sus anteriores prácticas malas, esto solo basta para condenarlos, y puede hacer que su postrer estado sea mucho peor que el primero. Porque este parece ser exactamente el caso de los judíos de aquella generación de que habla Cristo, Mateo 12:43, 44, 45, quienes, despertados por la predicación de Juan el Bautista y llevados a reformar sus anteriores caminos licenciosos, por lo cual el espíritu inmundo fue, por así decir, echado fuera, y la casa barrida y adornada, con todo, estando vacíos de Dios y de la gracia, se llenaron de sí mismos, y se exaltaron en una opinión sumamente alta de su propia justicia y de su eminente santidad, y se habituaron a una conducta correspondientemente exaltadora de sí mismos; cambiando así los pecados de los publicanos y las rameras por los de los fariseos; y al final tuvieron siete demonios peores que el primero.
Así he explicado qué ejercicio y qué fruto quiero decir cuando digo que los afectos de gracia tienen su ejercicio y su fruto en la práctica cristiana.
La razón por la que los afectos de gracia tienen tal tendencia y tal efecto se desprende de muchas cosas que ya se han observado en las partes anteriores de este discurso.
La razón de ello se desprende de esto: que los afectos de gracia surgen de aquellas operaciones e influencias que son espirituales, y que el principio interior del que fluyen es algo divino, una comunicación de Dios, una participación de la naturaleza divina, Cristo que vive en el corazón, el Espíritu Santo que mora allí, en unión con las facultades del alma, como un principio vital interno, que ejerce su propia naturaleza en el ejercicio de esas facultades. Esto basta para mostrarnos por qué la verdadera gracia ha de tener tal actividad, poder y eficacia. No es de extrañar que lo divino sea poderoso y eficaz, pues tiene de su parte la omnipotencia. Si Dios mora en el corazón y está unido vitalmente a él, mostrará que es Dios por la eficacia de su operación. Cristo no está en el corazón de un santo como en un sepulcro, o como un salvador muerto que nada hace, sino como en su templo, y como quien vive de entre los muertos. Porque en el corazón donde Cristo está de manera salvadora, allí vive y obra según el poder de aquella vida indestructible que recibió en su resurrección. Así, todo santo que es sujeto del beneficio de los sufrimientos de Cristo llega a conocer y experimentar el poder de su resurrección. El Espíritu de Cristo, que es la fuente inmediata de la gracia en el corazón, es todo vida, todo poder, todo acto: 1 Corintios 2:4: «Con demostración del Espíritu y de poder». 1 Tesalonicenses 1:5: «Nuestro evangelio no fue a vosotros en palabra solamente, mas también en poder, y en el Espíritu Santo». 1 Corintios 4:20: «El reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder». De aquí que los afectos salvadores, aunque muchas veces no hagan tanto ruido ni tanta ostentación como otros, tengan sin embargo en sí una solidez, una vida y una fuerza secretas, por las cuales se apoderan del corazón y lo arrastran, llevándolo a una especie de cautividad, 2 Corintios 10:5, y ganando una determinación plena y firme de la voluntad a favor de Dios y de la santidad. Salmo 110:3: «Tu pueblo se te ofrecerá de buena voluntad en el día de tu poder». Y así es como los afectos santos tienen un poder que gobierna el curso de la vida de un hombre. Una estatua puede parecerse mucho a un hombre real, y a un hombre hermoso; sí, puede tener, en su apariencia a la vista, la semejanza de un hombre muy vivo, fuerte y activo; pero le falta un principio interior de vida y de fuerza; y por eso no hace nada, no lleva nada a cabo, no hay acción ni operación que responda a la apariencia. Los descubrimientos y afectos falsos no penetran lo bastante hondo como para alcanzar y gobernar la fuente de las acciones y de la práctica de los hombres. La semilla en pedregales no tenía profundidad de tierra, y la raíz no penetraba lo bastante hondo como para dar fruto. Pero los afectos de gracia llegan hasta el fondo mismo del corazón y se apoderan de las fuentes más íntimas de la vida y de la actividad.
En esto se manifiesta principalmente el poder de la verdadera piedad, a saber, en que es práctica eficaz. Y la eficacia de la piedad en este aspecto es aquello a lo que se refiere el apóstol cuando habla del poder de la piedad, 2 Timoteo 3:5, como es muy claro; porque allí declara en particular cómo algunos que profesan la religión fallarían notoriamente en su práctica, y luego, en el versículo 5, observa que, al ser así de práctica impía, niegan el poder de la piedad, aunque tienen su apariencia. Es cierto que el poder de la piedad se ejerce en primer lugar dentro del alma, en el ejercicio sensible y vivo de los afectos de gracia en ella. Sin embargo, la principal evidencia de este poder de la piedad está en aquellos ejercicios de los afectos santos que son prácticos, y en que sean prácticos: en vencer la voluntad, y vencer las concupiscencias y corrupciones de los hombres, y en llevar a los hombres adelante por el camino de la santidad, a través de toda tentación, dificultad y oposición.
Además, la razón por la que los afectos de gracia tienen su ejercicio y su efecto en la práctica cristiana se desprende de esto (que también se ha observado antes): que «el primer fundamento objetivo de los afectos de gracia es la naturaleza trascendentemente excelente y amable de las cosas divinas, tal como son en sí mismas, y no alguna relación que se conciba que tienen con el yo o con el interés propio». Esto muestra por qué el afecto santo hará que los hombres sean santos universalmente en su práctica. Lo que hace a los hombres parciales en la religión es que se buscan a sí mismos, y no a Dios, en su religión; y se adhieren a la religión no por su propia naturaleza excelente, sino solo para servir a algún fin. El que se adhiere a la religión solo para servir a algún fin no se adherirá a más de ella que lo que imagina que sirve a ese fin; pero el que se adhiere a la religión por su propia naturaleza excelente y amable se adhiere a todo lo que tiene esa naturaleza: el que abraza la religión por sí misma abraza la religión entera. Esto muestra también por qué los afectos de gracia harán que los hombres practiquen la religión con perseverancia y en todo tiempo. La religión puede variar mucho con el paso del tiempo, en muchos aspectos, en cuanto a su compatibilidad con el interés privado de los hombres; y por eso el que se conforma a ella solo por miras egoístas está expuesto, al cambiar los tiempos, a abandonarla; pero la naturaleza excelente de la religión, tal como es en sí misma, es invariable; es siempre la misma, en todo tiempo y a través de todos los cambios; nunca se altera en ningún aspecto.
La razón por la que los afectos de gracia desembocan en una práctica santa se desprende además de la clase de excelencia de las cosas divinas que, como se ha observado, es el fundamento de todos los afectos santos, a saber, «su excelencia moral, o la hermosura de su santidad». No es de extrañar que un amor a la santidad, por la santidad misma, incline a las personas a practicar la santidad, y a practicar todo lo que es santo. Puesto que la santidad es lo principal que despierta, atrae y gobierna todos los afectos de gracia, no es de extrañar que todos esos afectos tiendan a la santidad. Lo que los hombres aman, desean tenerlo, estar unidos a ello y poseerlo. La hermosura en que los hombres se deleitan, desean estar adornados con ella. Los actos en que los hombres se deleitan, necesariamente se inclinan a hacerlos.
Y lo que se ha observado de aquella enseñanza y guía divinas del Espíritu de Dios que hay en los afectos de gracia muestra la razón de esta tendencia de tales afectos a una práctica universalmente santa. Porque, como se ha observado, el Espíritu de Dios, en esta su divina enseñanza y guía, da al alma un gusto natural por la dulzura de lo que es santo, y de todo lo que es santo, en cuanto se presenta a la vista, y despierta un disgusto y una aversión por todo lo que no es santo.
Lo mismo se desprende también de lo que se ha observado sobre la naturaleza de aquel conocimiento espiritual que es el fundamento de todo afecto santo, en cuanto consiste en un sentido y una visión de aquella excelencia de las cosas divinas que es suprema y trascendente. Porque por ello estas cosas aparecen, por encima de todas las demás, dignas de ser escogidas y de que uno se adhiera a ellas. Por la visión de la gloria trascendente de Cristo, los verdaderos cristianos lo ven digno de ser seguido, y así son atraídos poderosamente en pos de él; lo ven digno de que lo dejen todo por él; por la visión de aquella amabilidad superlativa quedan del todo dispuestos a sujetarse a él, comprometidos a trabajar con fervor y actividad en su servicio, y hechos dispuestos a pasar por todas las dificultades por amor de él. Y es el descubrimiento de esta excelencia divina de Cristo lo que los hace constantes con él; porque produce una impresión tan profunda en su mente que no pueden olvidarlo; y lo seguirán por dondequiera que vaya, y es vano que alguien intente apartarlos de él.
La razón de esta tendencia práctica y de este resultado de los afectos de gracia se desprende además de lo que se ha observado de que tales afectos van «acompañados de una convicción completa del juicio acerca de la realidad y certeza de las cosas divinas». No es de extrañar que quienes nunca estuvieron plenamente convencidos de que haya alguna realidad en las cosas de la religión nunca se tomen el trabajo y la molestia de una práctica de la religión tan ferviente, universal y perseverante, a través de todas las dificultades, negaciones de sí mismos y sufrimientos, apoyándose en aquello de lo cual no están convencidos. Pero, por otra parte, los que están plenamente convencidos de la verdad cierta de esas cosas no pueden menos que ser gobernados por ellas en su práctica; porque las cosas reveladas en la palabra de Dios son tan grandes, y tan infinitamente más importantes que todas las demás, que es incompatible con la naturaleza humana que un hombre crea plenamente su verdad y no sea influido por ellas, por encima de todas las cosas, en su práctica.
Además, la razón de esta expresión y efecto de los afectos santos en la práctica se ve en lo que se ha observado de «un cambio de naturaleza que acompaña a tales afectos». Sin un cambio de naturaleza, la práctica de los hombres no cambiará de raíz. Mientras el árbol no sea hecho bueno, el fruto no será bueno. No se recogen uvas de los espinos, ni higos de los abrojos. La puerca puede ser lavada y parecer limpia por un tiempo, pero, sin un cambio de naturaleza, volverá a revolcarse en el cieno. La naturaleza es un principio de acción más poderoso que cualquier cosa que se le oponga: aunque pueda ser refrenada violentamente por un tiempo, al final vencerá lo que la refrena; es como la corriente de un río, que puede ser detenida un tiempo con una presa, pero si no se hace nada para secar la fuente, no estará detenida para siempre; tendrá un curso, sea por su antiguo cauce o por uno nuevo. La naturaleza es algo más constante y permanente que cualquiera de las cosas que son el fundamento de la reforma y la justicia de los hombres carnales. Cuando un hombre natural niega su concupiscencia, y vive una vida estricta y religiosa, y parece humilde, esforzado y ferviente en la religión, ello no es natural; es todo una fuerza contra la naturaleza, como cuando una piedra es lanzada violentamente hacia arriba; pero esa fuerza se irá gastando poco a poco, mientras la naturaleza permanece con toda su fuerza, y así prevalece de nuevo, y la piedra vuelve a caer. Mientras la naturaleza corrompida no sea mortificada, sino que el principio quede entero en el hombre, es vano esperar que no gobierne. Pero si la vieja naturaleza es de veras mortificada, y se infunde una naturaleza nueva y celestial, entonces bien puede esperarse que los hombres anden en novedad de vida, y continúen así hasta el fin de sus días.
La razón de este ejercicio práctico y efecto de los afectos santos puede verse también en parte por lo que se ha dicho de aquel espíritu de humildad que los acompaña. La humildad es aquello en que consiste en gran parte un espíritu de obediencia. Un espíritu orgulloso es un espíritu rebelde, pero un espíritu humilde es un espíritu dócil, sumiso y obediente. Vemos entre los hombres que el siervo de espíritu altivo no está dispuesto a ser sumiso y obediente en todo a la voluntad de su amo; pero no sucede así con el siervo de espíritu humilde.
Y aquel espíritu de cordero y de paloma del que se ha hablado, que acompaña a todos los afectos de gracia, cumple (como observa el apóstol, Romanos 13:8, 9, 10 y Gálatas 5:14) todos los deberes de la segunda tabla de la ley; en lo cual consiste en gran medida la práctica cristiana, y en lo cual consiste principalmente la práctica externa del cristianismo.
Y la razón por la que los afectos de gracia van acompañados de aquella obediencia estricta, universal y constante de la que se ha hablado se desprende además de lo que se ha observado de aquella ternura de espíritu que acompaña a los afectos de los verdaderos santos, y que causa en ellos un sentido tan rápido y vivo de dolor ante la presencia del mal moral, y tal temor de la apariencia del mal.
Y una gran razón por la que la práctica cristiana que fluye de los afectos de gracia es universal, constante y perseverante se ve en lo que se ha observado de esos mismos afectos de los que fluye esta práctica: que son universales y constantes, en toda clase de ejercicios santos, hacia todos los objetos, en todas las circunstancias y en todo tiempo, con una hermosa simetría y proporción.
Y buena parte de la razón por la que los afectos santos se expresan y manifiestan con tal fervor, actividad, empeño y perseverancia en la práctica santa, como se ha dicho, se ve en lo que se ha observado acerca del apetito espiritual y del anhelo de mayores logros en la religión, que acompaña siempre al verdadero afecto y que no decae, sino que aumenta a medida que esos afectos aumentan.
Así vemos cómo la tendencia de los afectos santos a una práctica cristiana como la que se ha explicado se desprende de cada una de las características del afecto santo de las que antes se ha hablado.
Y este punto puede ilustrarse y confirmarse aún más si se considera que las santas Escrituras sitúan abundantemente la sinceridad y la solidez en la religión en hacer una elección plena de Dios como nuestro único Señor y porción, dejándolo todo por él, y en una plena determinación de la voluntad a favor de Dios y de Cristo, después de calcular el costo; en que nuestro corazón se adhiera y se conforme a la religión de Jesucristo, con todo lo que le pertenece, abrazándola con todas sus dificultades, como aborreciendo nuestros más queridos goces terrenales, y aun nuestra propia vida, por Cristo, entregándonos a nosotros mismos, con todo lo que tenemos, entera y eternamente a Cristo, sin retener nada ni hacer reserva alguna; o, en una palabra, en el gran deber de la abnegación por Cristo; o en negarnos, es decir, por así decirlo, en desconocernos y renunciar a nosotros mismos por él, haciéndonos nada para que él lo sea todo. Véanse los textos a este propósito citados al margen.7474 Mateo 5:29, 30; cap. 6:24; cap. 8:19-22; cap. 4:18 al 22; cap. 9:37, 38, 39; cap. 13:44, 45, 46; cap. 16:24, 25, 26; cap. 18:8, 9; cap. 19:21, 27, 28, 29; cap. 10:42; cap. 12:33, 34; cap. 14:16-20, 25-33; cap. 16:13; Hechos 4:34, 35, con cap. 5:1-11; Romanos 6:3-8; Gálatas 2:20; cap. 6:14; Filipenses 3:7. Ahora bien, ciertamente, tener un corazón dispuesto a dejarlo todo por Cristo tiende a dejarlo todo de hecho por él, en la medida en que haya ocasión y nos llegue la prueba. Tener un corazón dispuesto a negarnos a nosotros mismos por Cristo tiende a negarnos de veras cuando Cristo y el interés propio entran en competencia. Entregarnos a nosotros mismos en nuestro corazón, con todo lo que tenemos, sin hacer allí reserva alguna, tiende a que nos conduzcamos universalmente como suyos, sujetos a su voluntad y consagrados a sus fines. Que nuestro corazón se adhiera enteramente a la religión de Jesús, con todo lo que le pertenece y con todas las dificultades que la acompañan, después de calcular deliberadamente el costo, tiende a una adhesión universal a ella de obra y de hecho, y a pasar efectivamente por todas las dificultades que encontramos en el camino de la religión, y así a perseverar con paciencia y constancia.
La tendencia de la gracia en el corazón a la práctica santa es muy directa, y la conexión, de lo más natural, estrecha y necesaria. La verdadera gracia no es una cosa inactiva; no hay nada en el cielo ni en la tierra de naturaleza más activa, porque es la vida misma, y la clase de vida más activa, a saber, la vida espiritual y divina. No es una cosa estéril; no hay nada en el universo que por su naturaleza tenga mayor tendencia al fruto. La piedad en el corazón guarda una relación tan directa con la práctica como la que guarda una fuente con un arroyo, o la naturaleza luminosa del sol con los rayos que despide, o la vida con la respiración, o con el latido del pulso, o con cualquier otro acto vital; o como la que guarda un hábito o principio de acción con la acción; porque la naturaleza y la noción mismas de la gracia consisten en que es un principio de acción o de práctica santa. La regeneración, que es aquella obra de Dios en la que se infunde la gracia, guarda una relación directa con la práctica, porque este es su fin mismo, con miras al cual se realiza toda la obra; todo está calculado y dispuesto, en este cambio poderoso y múltiple obrado en el alma, de modo que tienda directamente a este fin. Efesios 2:10: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras. Sí, es el fin mismo de la redención de Cristo: Tito 2:14: «se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras». Efesios 1:4: «según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor». Cap. 2:10: «Creados para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas». La práctica santa es tanto el fin de todo lo que Dios hace con sus santos como el fruto es el fin de todo lo que hace el labrador para el crecimiento de su campo o de su viña; tal como a menudo se representa el asunto en la Escritura: Mateo 3:10; capítulo 13:8, 23, 30, 38; capítulo 21:19, 33, 34; Lucas 13:6; Juan 15:1, 2, 4, 5, 6, 8; 1 Corintios 3:9; Hebreos 6:7, 8; Isaías 5:1-8; Cantares 8:11, 12; Isaías 27:2, 3.7575 «Profesar que se sabe mucho es fácil; pero sujetar tus afectos, luchar contra las concupiscencias, contrariar tu voluntad y a ti mismo en cada ocasión, esto es difícil. El Señor espera que en nuestra vida le seamos de servicio a él y útiles a los hombres. De lo que está dentro, ni el Señor ni nuestros hermanos sacan provecho alguno; pero la obediencia exterior que de allí fluye glorifica a Dios y hace bien a los hombres. El Señor quiere que esto se haga. ¿Qué otro fin tiene nuestro plantar y regar, sino que los árboles se llenen de savia? ¿Y cuál es el fin de esa savia, sino que los árboles den fruto? ¿Qué le importan al labrador las hojas y los árboles estériles?» Dr. Preston, Del proceder de la Iglesia. Y por tanto, todo en un verdadero cristiano está calculado para alcanzar este fin. Este fruto de la práctica santa es aquello a lo que tienden directamente toda gracia, todo descubrimiento y cada cosa particular que pertenece a la experiencia cristiana.
La conexión constante e indisoluble que hay en los verdaderos santos entre un principio y una profesión cristianos y el fruto de la práctica santa en su vida fue prefigurada antiguamente en la hechura del candelero de oro del templo. Está fuera de duda que aquel candelero de oro, con sus siete brazos y sus siete lámparas, era un tipo de la iglesia de Cristo. El Espíritu Santo mismo ha tenido a bien poner este asunto fuera de toda duda al representar a su iglesia por un candelero de oro semejante, con siete lámparas, en el capítulo cuarto de Zacarías, y al representar a las siete iglesias de Asia por siete candeleros de oro, en el primer capítulo del Apocalipsis. Aquel candelero de oro del templo estaba hecho por todas partes, en toda su estructura, con botones y flores: Éxodo 25:31 hasta el final, y capítulo 37:17-24. La palabra traducida «botón» significa en el original manzana o granada. Había un botón y una flor, un botón y una flor: dondequiera que había una flor, había con ella una manzana o granada; la flor y el fruto estaban constantemente unidos, sin falta. La flor contenía el principio del fruto y una apariencia hermosa y prometedora de él; y nunca era una apariencia engañosa: el principio o la muestra del fruto tenía siempre un fruto real que lo acompañaba o lo seguía. Así es en la iglesia de Cristo: hay el principio del fruto en la gracia en el corazón; hay una profesión amable, significada por las flores abiertas del candelero; y hay un fruto correspondiente, en la práctica santa, que acompaña constantemente a este principio y a esta profesión. Cada brazo del candelero de oro, compuesto así de manzanas y flores de oro, estaba coronado en su extremo por una lámpara ardiente y resplandeciente. Porque es por este medio como los santos resplandecen como luminares en el mundo: haciendo una profesión de religión hermosa y buena, y teniendo su profesión siempre unida a un fruto correspondiente en la práctica; conforme a aquello de nuestro Salvador, Mateo 5:15, 16: «Ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos». Una profesión hermosa y bella y unos frutos de oro que se acompañan mutuamente son los amables adornos de la verdadera iglesia de Cristo. Por eso hallamos que las manzanas y las flores no eran solo los adornos de los candeleros del templo, sino del templo mismo, que es un tipo de la iglesia, la cual, como nos dice el apóstol, «es el templo del Dios viviente». Véase 1 Reyes 6:18: «Y el cedro de la casa por dentro estaba labrado con botones y flores abiertas». Los adornos y la corona de las columnas, a la entrada del templo, eran del mismo género: eran lirios y granadas, o flores y frutos mezclados, 1 Reyes 7:18, 19. Así sucede con todos los que son «como columnas en el templo de Dios, que nunca más saldrán fuera», o nunca serán echados como intrusos; como sucede con todos los verdaderos santos: Apocalipsis 3:12: «Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá fuera».
Casi lo mismo parece significarse por los adornos del borde del efod, la vestidura de Aarón, el sumo sacerdote, que eran campanillas de oro y granadas.—Que estos bordes de la vestidura de Aarón representan a la iglesia, o a los santos (que son, por así decirlo, la vestidura de Cristo), es manifiesto; porque evidentemente se habla de ellos así en Salmos 133:1, 2: «¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras». Aquel efod de Aarón significaba lo mismo que la túnica sin costura de Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote. Así como la túnica de Cristo no tenía costura, sino que era tejida de arriba abajo de una sola pieza, así era el efod, Éxodo 39:22. Así como Dios cuidó en su providencia de que la túnica de Cristo no se rasgara, así Dios cuidó especialmente de que el efod no se rasgara, Éxodo 28:32, y cap. 39:23. Las campanillas de oro de este efod, por su materia preciosa y su sonido agradable, representan bien la buena profesión que hacen los santos; y las granadas, el fruto que llevan. Y así como en el borde del efod las campanillas y las granadas estaban constantemente unidas, como se observa una y otra vez —una campanilla de oro y una granada, una campanilla de oro y una granada, Éxodo 28:34, y cap. 39:26—, así es en los verdaderos santos: su buena profesión y su buen fruto se acompañan constantemente; el fruto que llevan en la vida responde siempre al sonido agradable de su profesión.
Además, eso mismo lo representa Cristo en la descripción de su esposa, Cantares 7:2: «Tu vientre, como montón de trigo cercado de lirios». Aquí de nuevo hay flores hermosas y buen fruto que se acompañan mutuamente. Los lirios eran flores bellas y hermosas, y el trigo era buen fruto.
Así como este fruto de la práctica cristiana se halla siempre en los verdaderos santos, según tienen oportunidad y prueba, así se halla solo en ellos; nadie sino los verdaderos cristianos vive una vida tan obediente, tan universalmente consagrada a su deber y entregada a la tarea del cristiano, como se ha explicado. Todos los hombres no santificados son obradores de iniquidad: son de su padre el diablo, y los deseos de su padre quieren cumplir. No hay hipócrita que lleve a término la tarea de la religión, que comience y acabe el recorrido: no soportarán las pruebas que Dios suele traer sobre los que profesan la religión, sino que se apartarán a sus caminos torcidos; no serán enteramente fieles a Cristo en su práctica, ni lo seguirán por dondequiera que vaya. Por mucho que avancen en la religión en algunos casos, y aunque por un tiempo parezcan extremadamente estrictos y poderosamente empeñados en el servicio de Dios, siguen siendo siervos del pecado; las cadenas de sus antiguos capataces no se han roto; sus concupiscencias tienen todavía un poder reinante en su corazón; y por eso ante estos amos volverán a inclinarse.7676 Ningún hombre no regenerado, por lejos que llegue y por mucho que haga, deja de vivir en algún pecado u otro, secreto o manifiesto, pequeño o grande. Judas llegó lejos, pero era avaro; Herodes llegó lejos, pero amaba a su Herodías. Cada perro tiene su perrera, cada cerdo su bazofia, y cada impío su concupiscencia.» Shepard, El converso sincero, 1.ª edición, p. 96. Daniel 12:10: «Muchos serán limpios, y emblanquecidos, y purificados; mas los impíos obrarán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá». Isaías 26:10: «Aunque se tenga piedad del impío, no aprenderá justicia; en tierra de rectitud hará iniquidad». Isaías 35:8: «Y habrá allí calzada y camino, y será llamado Camino de Santidad; no pasará por él inmundo. Oseas 14:9: «Los caminos del Señor son rectos, y los justos andarán por ellos; mas los rebeldes caerán en ellos». Job 27:8, 9, 10: «¿Cuál es la esperanza del hipócrita? ¿Se deleitará en el Omnipotente? ¿Invocará a Dios en todo tiempo?» Un hombre no santificado puede ocultar su pecado, y puede en muchas cosas, y por un tiempo, abstenerse de pecar; pero no se le llevará a renunciar definitivamente a su pecado y a darle carta de divorcio; el pecado le es demasiado querido para que esté dispuesto a ello: «El mal es dulce en su boca, y por eso lo oculta debajo de su lengua; lo retiene, y no lo deja, sino que lo guarda aún dentro de su boca», Job 20:12, 13. En esto consiste principalmente la estrechez de la puerta y lo angosto del camino que lleva a la vida, por cuya causa los hombres carnales no quieren entrar por ella, a saber, en que es un camino de negar del todo y renunciar definitivamente a toda impiedad, y así un camino de abnegación o de renuncia a sí mismo.
Muchos hombres naturales, bajo los medios que se emplean con ellos y bajo las contiendas de Dios con ellos para llevarlos a abandonar sus pecados, hacen con sus pecados lo que Faraón hizo con su orgullo y su codicia, que satisfacía manteniendo a los hijos de Israel en servidumbre, cuando Dios contendía con él para llevarlo a dejar ir al pueblo. Cuando la mano de Dios apretaba duramente a Faraón y a él lo agitaban temores de la ira futura de Dios, abrigaba algunos pensamientos de dejar ir al pueblo, y prometía que lo haría; pero una y otra vez quebrantaba sus promesas cuando veía que había respiro. Cuando Dios llenó Egipto de truenos y relámpagos, y el fuego corría por el suelo, entonces Faraón fue llevado a confesar su pecado con aparente humildad y a tomar una gran resolución de dejar ir al pueblo. Éxodo 9:27, 28: «Entonces Faraón envió a llamar a Moisés y a Aarón, y les dijo: He pecado esta vez; el Señor es justo, y yo y mi pueblo impíos. Orad al Señor (pues ya basta) para que cesen los truenos de Dios y el granizo; y yo os dejaré ir, y no os detendréis más». Así los pecadores son llevados a veces, por truenos y relámpagos y por los grandes terrores de la ley, a una aparente obra de humillación, y en apariencia a separarse de sus pecados; pero no son llevados más a fondo a una disposición de despedirlos de lo que Faraón lo fue a dejar ir al pueblo. Faraón, en la lucha que había entre su conciencia y sus concupiscencias, buscaba la manera de que Dios fuera servido y de disfrutar él, a la vez, de sus concupiscencias, satisfechas con la esclavitud del pueblo. Moisés insistía en que el Dios de Israel fuera servido y se le ofrecieran sacrificios; Faraón estaba dispuesto a consentir en ello, pero quería que se hiciera sin desprenderse del pueblo: «Andad, sacrificad a vuestro Dios en la tierra», dice, Éxodo 8:25. Así, muchos pecadores buscan la manera de servir a Dios y disfrutar también de sus concupiscencias. Moisés objetó contra la propuesta de Faraón que servir a Dios y seguir a la vez en Egipto bajo sus capataces no concordaba, y que eran cosas incompatibles entre sí (no hay modo de servir a Dios y seguir siendo al mismo tiempo esclavos de tales enemigos de Dios). Después de esto Faraón consintió en dejar ir al pueblo con tal de que no se fueran muy lejos: no estaba dispuesto a desprenderse de ellos definitivamente, y por eso los quería a su alcance. Así hacen muchos hipócritas respecto de sus pecados.—Más tarde Faraón consintió en dejar ir a los hombres, si dejaban a las mujeres y a los niños, Éxodo 10:8, 9, 10. Y luego, después de eso, cuando la mano de Dios pesaba aún más sobre él, consintió en que se fueran, aun las mujeres y los niños además de los hombres, ¡con tal de que dejaran atrás su ganado! Pero no estaba dispuesto a dejarlos ir con todo lo que tenían, Éxodo 10:24. Así sucede muchas veces con los pecadores: están dispuestos a desprenderse de algunos de sus pecados, pero no de todos; son llevados a dejar los actos de pecado más groseros, pero no a desprenderse de sus concupiscencias en sus satisfacciones menores. Mientras que nosotros debemos desprendernos de todos nuestros pecados, pequeños y grandes, y de todo lo que les pertenece: hombres, mujeres, niños y ganado; hay que dejarlos ir «con sus niños y con sus viejos, con sus hijos y con sus hijas, con sus ovejas y con sus vacas; no ha de quedar ni una uña», como dijo Moisés a Faraón respecto de los hijos de Israel. Al fin, llegado el extremo, Faraón consintió en dejar ir a todo el pueblo con todo lo que tenía; pero no se mantuvo firme en ese parecer: pronto se arrepintió y salió de nuevo en su persecución; y la razón fue que aquellas concupiscencias de orgullo y codicia que se satisfacían con el dominio de Faraón sobre el pueblo y con las ganancias de su servicio nunca fueron realmente mortificadas en él, sino solo violentamente refrenadas. Y así, culpable de apostasía después de su aparente sumisión a los mandamientos de Dios, fue destruido sin remedio. Así puede haber una separación forzada de los caminos de desobediencia a los mandamientos de Dios que parezca universal, en cuanto a lo que se ve por un breve tiempo; pero, como es mera fuerza, sin la mortificación del principio interior del pecado, no perseverarán en ella, sino que volverán como el perro a su vómito, y así traerán sobre sí una destrucción terrible y sin remedio. Hubo muchos falsos discípulos en tiempos de Cristo que lo siguieron por un tiempo; pero ninguno de ellos lo siguió hasta el fin, sino que, unos en una ocasión y otros en otra, volvieron atrás y ya no andaban con él.7777 «La gracia falsificada y común de las vírgenes insensatas, después de algún tiempo de gloriosa profesión, ciertamente se apagará y se consumirá del todo. Se consume al usarse, y al brillar, y al arder.—Los hombres que han sido más adelantados decaen: sus dones decaen, la vida decae. Así sucede después de algún tiempo de profesión; porque al principio más bien crece que decae y se marchita, pero después se hartan de ella, y se marchita y muere. El Espíritu de Dios viene sobre muchos hipócritas en medida abundante y copiosa de gracia que despierta: viene sobre ellos como vino sobre Balaam, y como sucede con las aguas desbordadas, que se extienden lejos, se hacen muy profundas y llenan muchos lugares vacíos. Aunque viene así sobre ellos, nunca reposa dentro para morar allí, para hacer de ello una morada eterna para sí.—Por eso decae poco a poco, hasta que al fin desaparece del todo. Como los estanques llenos de agua de lluvia, que les viene de fuera, y no de agua de manantial que brota dentro de ellos, se seca poco a poco hasta que quedan del todo secos.» Shepard, La parábola de las diez vírgenes, parte II, pp. 58, 59.
De lo dicho se desprende con claridad que la práctica cristiana, o una vida santa, es una señal grande y distintiva de la gracia verdadera y salvadora. Pero puedo ir más lejos y afirmar que es la principal de todas las señales de la gracia, tanto como evidencia de la sinceridad de los que profesan la fe ante los demás como también ante su propia conciencia.
Pero entonces es necesario que esto se tome rectamente, y que se entienda y se observe bien en qué sentido y de qué manera la práctica cristiana es la mayor señal de la gracia. Por tanto, para poner este asunto bajo una luz clara, procuraré probar en particular y con distinción que la práctica cristiana es la principal señal por la que los cristianos han de juzgar de la sinceridad de la piedad, tanto la suya propia como la de los demás; observando a la vez algunas cosas que es preciso notar en particular para entender rectamente este asunto.
1. Consideraré la práctica cristiana y la vida santa como manifestación y señal de la sinceridad de un cristiano profesante a los ojos de sus vecinos y hermanos.
Y que esta es la principal señal de la gracia en este respecto es muy evidente por la palabra de Dios. Cristo, que sabía mejor que nadie cómo darnos reglas para juzgar a los demás, ha repetido e inculcado que los conoceríamos por sus frutos: Mateo 7:16: «Por sus frutos los conoceréis». Y luego, después de argumentar el punto y dar razones claras, en los versículos siguientes, de por qué ha de ser necesariamente que los frutos de los hombres sean la principal evidencia de qué clase de hombres son, concluye repitiendo la afirmación, versículo 20: «Así que, por sus frutos los conoceréis». Otra vez, cap. 12:33: «O haced el árbol bueno, y su fruto bueno, o haced el árbol corrompido, y su fruto corrompido». Como si dijera: es cosa muy absurda que alguien suponga que el árbol es bueno y, sin embargo, el fruto malo, que el árbol es de una clase y el fruto de otra; porque la evidencia propia de la naturaleza del árbol es su fruto. Nada más puede pretenderse con aquella última cláusula del versículo, «porque por el fruto es conocido el árbol», sino que el árbol se conoce principalmente por su fruto, que esta es la marca principal y más propia por la que un árbol se distingue de otro. Así Lucas 6:44: «Cada árbol por su fruto es conocido». Cristo no dice en ninguna parte: Conoceréis el árbol por sus hojas o por sus flores, o conoceréis a los hombres por su conversación, o los conoceréis por el buen relato que hacen de sus experiencias, o los conoceréis por el modo y el aire de su hablar, y por el énfasis y el patetismo de su expresión, o por hablar con sentimiento, o por hacer gran alarde con abundancia de palabras, o por muchas lágrimas y expresiones afectuosas, o por los afectos que sentís en vuestro corazón hacia ellos; sino: por sus frutos los conoceréis; el árbol es conocido por su fruto; cada árbol es conocido por su propio fruto. Y así como esta es la evidencia que Cristo nos ha mandado mirar principalmente en los demás al juzgarlos, así es la evidencia que Cristo nos ha mandado principalmente dar a los demás, por la cual puedan juzgar de nosotros: Mateo 5:16: «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que otros, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos». Aquí Cristo nos manda manifestar nuestra piedad a los demás. La piedad es, por así decirlo, una luz que brilla en el alma. Cristo manda que esta luz no solo brille por dentro, sino que resplandezca hacia fuera delante de los hombres, para que la vean. Pero ¿de qué manera ha de ser esto? Es por nuestras buenas obras. Cristo no dice: para que otros, oyendo vuestras buenas obras, vuestro buen relato o vuestras expresiones patéticas; sino «para que otros, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos». Sin duda, cuando Cristo nos da una regla sobre cómo hacer que nuestra luz brille, para que otros tengan evidencia de ella, su regla es la mejor que puede hallarse. Y los apóstoles mencionan la práctica cristiana como el principal fundamento de su estima de las personas como verdaderos cristianos. Así el apóstol Pablo, en el capítulo 6 de Hebreos. Allí el apóstol, al principio del capítulo, habla de aquellos que tienen grandes iluminaciones comunes, que «fueron iluminados, y gustaron el don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y gustaron la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y después recayeron, y son como tierra estéril, que está próxima a ser maldecida, y cuyo fin es ser quemada»; y luego añade inmediatamente en el versículo 9 (expresando su caridad hacia los hebreos cristianos, como poseedores de aquella gracia salvadora que es mejor que todas estas iluminaciones comunes): «pero de vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que acompañan la salvación, aunque hablamos así». Y luego, en el versículo siguiente, les dice cuál era la razón por la que tenía tan buen concepto de ellos: no dice que fuera porque le habían dado un buen relato de una obra de Dios en sus almas y habían hablado muy experimentalmente, sino que era su obra y su trabajo de amor: «porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún». Y el mismo apóstol habla de un fiel servicio a Dios en la práctica como la prueba propia, ante otros, de que los hombres aman a Cristo sobre todas las cosas y prefieren su honra a su interés particular: Filipenses 2:21, 22: «Porque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús. Pero ya conocéis la prueba de él, que como hijo a padre ha servido conmigo en el evangelio». Así el apóstol Juan expresa lo mismo como fundamento de su buena opinión de Gayo, 3 Juan 3-6: «Pues mucho me regocijé cuando vinieron los hermanos y dieron testimonio de la verdad que hay en ti». Pero ¿cómo daban testimonio los hermanos de la verdad que había en Gayo? ¿Y cómo juzgaba el apóstol de la verdad que había en él? No fue porque atestiguaran que les había dado un buen relato de los pasos de sus experiencias, y había hablado como quien siente lo que dice, y tenía el lenguaje mismo de un cristiano, sino que atestiguaron que andaba en la verdad; como sigue: «así como tú andas en la verdad. No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad. Amado, fielmente haces todo lo que haces para con los hermanos y para con los extranjeros, los cuales han dado testimonio de tu amor en presencia de la iglesia». Así explica el apóstol de qué habían dado testimonio los hermanos cuando vinieron y atestiguaron su andar en la verdad. Y el apóstol parece, en este mismo lugar, dar a Gayo una regla sobre cómo debía juzgar a otros; en el versículo 10 menciona a un tal Diótrefes, que no se conducía bien y arrastraba a otros tras de sí; y luego, en el versículo 11, advierte a Gayo que se guarde de los tales y no los siga, y le da una regla por la que pueda conocerlos, exactamente conforme a aquella regla que Cristo había dado antes, «por sus frutos los conoceréis»; dice el apóstol: «amado, no sigas lo que es malo, sino lo que es bueno. El que hace el bien es de Dios; pero el que hace el mal no ha visto a Dios». Y quisiera observar además que el apóstol Santiago, comparando expresamente esa manera de mostrar a otros nuestra fe y nuestro cristianismo por nuestra práctica u obras con otras maneras de mostrar nuestra fe sin obras, o no por obras, prefiere clara y abundantemente la primera: Santiago 2:18: «Sí, alguno podrá decir: Tú tienes fe, y yo tengo obras; muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras». Una manifestación de nuestra fe sin obras, o de una manera distinta de las obras, es una manifestación de ella en palabras, por las cuales un hombre profesa fe. Como dice el apóstol en el versículo 14: «Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe?». Por tanto, he aquí dos maneras de manifestar a nuestro prójimo lo que hay en nuestro corazón: una por lo que decimos, y la otra por lo que hacemos. Pero el apóstol prefiere abundantemente la segunda como la mejor evidencia. Ahora bien, ciertamente todos los relatos que damos de nosotros mismos en palabras —decir que tenemos fe y que estamos convertidos, y contar cómo llegamos a tener fe, los pasos por los que fue obrada y los descubrimientos y experiencias que la acompañan— no son más que manifestar nuestra fe por lo que decimos; no es más que mostrar nuestra fe por nuestras palabras, lo cual el apóstol presenta como muy inferior a manifestarla por lo que hacemos y a mostrar nuestra fe por nuestras obras.
Y así como la Escritura enseña claramente que la práctica es la mejor evidencia de la sinceridad de los cristianos profesantes, así también lo enseña la razón. La razón muestra que los hechos de los hombres son intérpretes mejores y más fieles de su mente que sus palabras. El sentido común de toda la humanidad, en todas las épocas y naciones, le enseña a juzgar del corazón de los hombres principalmente por su práctica en otros asuntos; por ejemplo, si un hombre es un súbdito leal, un amante verdadero, un hijo obediente o un siervo fiel. Si un hombre profesa mucho amor y amistad a otro, la razón enseña a todos los hombres que tal profesión no es tan grande evidencia de que sea un amigo real y sincero como el que se muestre amigo con hechos: siendo fiel y constante con su amigo en la prosperidad y en la adversidad, dispuesto a emplearse a sí mismo, a negarse a sí mismo y a sufrir menoscabo en su interés personal para hacerle un favor. Un hombre sabio confiará en tales evidencias de la sinceridad de la amistad más que en mil profesiones fervientes, declaraciones solemnes y expresiones de amistad muy afectuosas en palabras. Y hay igual razón para que la práctica sea considerada también como la mejor evidencia de amistad hacia Cristo. La razón dice lo mismo que dijo Cristo en Juan 14:21: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama». Así, si vemos a un hombre que en el curso de su vida parece seguir e imitar a Cristo, y esforzarse y negarse mucho a sí mismo por la honra de Cristo y por promover su reino y su causa en el mundo, la razón enseña que esto es una evidencia de amor a Cristo más digna de confianza que si un hombre solo dice que tiene amor a Cristo, y cuenta las experiencias interiores que ha tenido de amor a él, qué fuerte amor sintió y cómo su corazón se derramó en amor en tal y tal momento, cuando quizá se ve muy poca imitación de Cristo en su conducta, y parece reacio a hacer algo grande por él o a salirse de su camino para promover su reino, sino que parece propenso a excusarse siempre que se le llama a negarse a sí mismo por Cristo. Así también, si un hombre, al declarar sus experiencias, cuenta cómo halló su corazón desprendido del mundo y vio su vanidad, de modo que todo le parecía nada en tal y tal ocasión, y profesa que lo entrega todo a Dios, y pone por testigos al cielo y a la tierra; pero, sin embargo, en su práctica persigue el mundo con violencia, y lo que obtiene lo guarda con avaricia, es sumamente reacio a desprenderse de mucho de ello para usos caritativos y piadosos, y le sale casi como la sangre de su corazón. Pero hay otro cristiano profesante que no dice gran cosa y, sin embargo, en su conducta parece dispuesto en todo momento a abandonar el mundo siempre que se interpone en el camino de su deber, y está pronto a desprenderse de él en cualquier momento para promover la religión y el bien de sus semejantes. La razón enseña que este último da, con mucho, la manifestación más creíble de un corazón desprendido del mundo. Y si un hombre parece andar humildemente delante de Dios y de los hombres, y tener una conducta que sabe a corazón quebrantado, mostrándose paciente y resignado ante Dios en la aflicción, y manso en su trato con los hombres, esto es mejor evidencia de humillación que si una persona solo cuenta cuán gran sentido tuvo de su propia indignidad, cómo fue llevada a postrarse en el polvo, y quedó del todo vaciada de sí misma, y se vio a sí misma como nada y toda inmunda y abominable, etc., etc., pero, sin embargo, actúa como si se tuviera por uno de los primeros y mejores santos, y por justo derecho la cabeza de todos los cristianos del pueblo, y es presuntuosa, obstinada e incapaz de soportar la menor contradicción u oposición; en tal caso podemos estar seguros de que la práctica de un hombre procede de un lugar más bajo de su corazón que su profesión. Así (por no mencionar más ejemplos), si un profesante del cristianismo manifiesta en su conducta un espíritu compasivo y tierno hacia otros en la calamidad, dispuesto a llevar con ellos sus cargas, a gastar sus bienes por ellos y a sufrir muchos inconvenientes en su interés terrenal para promover el bien de las almas y los cuerpos de otros, ¿no es esta una manifestación más creíble de un espíritu de amor a los hombres que el que un hombre solo cuente qué amor sintió hacia otros en ciertos momentos, cómo se compadeció de sus almas, cómo su alma estuvo con dolores de parto por ellos, y cómo sintió un amor y una compasión sinceros por sus enemigos, cuando en su conducta parece ser de un espíritu muy egoísta, cerrado y mezquino, todo para sí y nada para sus vecinos, y quizá envidioso y pendenciero? Las personas, en un arrebato de afecto, pueden creer que tienen un corazón dispuesto para grandes cosas, para hacer mucho y sufrir mucho, y así pueden profesarlo con mucho fervor y confianza, cuando en realidad su corazón está lejos de ello. Así, muchos, en sus arrebatos afectuosos, se han creído dispuestos a ser condenados eternamente para la gloria de Dios. Los afectos pasajeros producen palabras con facilidad; y las palabras son baratas; y la piedad se finge más fácilmente en palabras que en acciones. La práctica cristiana es cosa costosa y laboriosa. La abnegación que se exige de los cristianos, y la estrechez del camino que lleva a la vida, no consisten en palabras, sino en práctica. A los hipócritas se les puede llevar mucho más fácilmente a hablar como santos que a obrar como santos.
Así queda claro que la práctica cristiana es la mejor señal o manifestación de la verdadera piedad de un cristiano profesante a los ojos de sus vecinos.
Pero entonces deben observarse bien las cosas siguientes, para que este asunto se entienda rectamente.
Primero, debe observarse que, cuando la Escritura habla de la práctica cristiana como la mejor evidencia, ante los demás, de la sinceridad y la verdad de la gracia, no se excluye una profesión de cristianismo, sino que se supone. Las reglas mencionadas eran reglas dadas a los seguidores de Cristo para guiarlos en lo que habían de pensar de los cristianos profesantes y de aquellos que se ofrecían como miembros de su sociedad, por las cuales pudieran juzgar de la verdad de sus pretensiones y de la sinceridad de la profesión que hacían; y no para probar a los paganos, o a aquellos que no pretendían ser cristianos y con quienes los cristianos nada tenían que ver. Esto es tan claro como es posible en aquella gran regla que Cristo da en el capítulo 7 de Mateo: «Por sus frutos los conoceréis». Allí da una regla para juzgar a los que profesaban ser cristianos, más aún, a los que hacían una profesión muy elevada, falsos profetas, «que vienen con vestidos de ovejas», como dice el versículo 15. Así sucede también con aquello del apóstol Santiago, cap. 2:18: «muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras». Es evidente que ambas clases de personas, que se ofrecen a dar estas diversas evidencias de su fe, son profesantes de la fe: esto va implícito en que cada una de ellas se ofrezca a dar evidencias de la fe que profesaba. Y es evidente, por los versículos precedentes, que el apóstol habla de profesantes de la fe en Jesucristo. Así también es muy claro que el apóstol Juan, en aquellos pasajes de su tercera epístola que se han señalado, habla de cristianos profesantes. Aunque en estas reglas se presenta la práctica cristiana de los profesantes como la mayor y más distintiva señal de su sinceridad en su profesión, mucho más probatoria que la profesión misma, sin embargo, se presupone claramente una profesión de cristianismo: no es lo principal de la evidencia, ni nada distintivo en ella; pero es una cosa requerida y necesaria en ella. Así como el tener un cuerpo animal no es nada que distinga al hombre de las demás criaturas, ni es lo principal en la evidencia de la naturaleza humana, y, sin embargo, es una cosa requerida y necesaria en esa evidencia. De modo que, si algún hombre dijera claramente que no es cristiano y que no cree que Jesús sea el Hijo de Dios, o una persona enviada por Dios, estas reglas de Cristo y de sus apóstoles no nos obligan en absoluto a tenerlo por cristiano sincero, sean cuales fueren su práctica visible y sus virtudes. Y estas reglas no solo no tienen lugar respecto de un hombre que niega explícitamente el cristianismo y es un deísta declarado, judío, pagano o infiel manifiesto, sino tampoco respecto de un hombre que solo se abstiene de hacer profesión de cristianismo; porque estas reglas nos fueron dadas para juzgar únicamente de cristianos profesantes: los frutos han de ir unidos a las flores abiertas; las campanillas y las granadas van juntas.
Pero aquí surgirá naturalmente esta pregunta, a saber: ¿cuándo puede decirse que un hombre profesa el cristianismo, o qué profesión puede llamarse propiamente profesión de cristianismo?
Respondo: en dos cosas.
1. Para que pueda decirse propiamente que un hombre hace profesión de cristianismo, tiene que haber sin duda una profesión de todo lo que es necesario para que sea cristiano, o de todo cuanto pertenece a la esencia del cristianismo. Todo lo que es esencial en el cristianismo mismo, su profesión es esencial en la profesión del cristianismo. La profesión ha de ser de la cosa profesada. Que un hombre profese el cristianismo es que declare que lo tiene. Y, por tanto, cuanto pertenece a una cosa de tal modo que sea necesario para que se la llame verdaderamente esa cosa, tanto es esencial a la declaración de esa cosa para que se la llame verdaderamente declaración de esa cosa. Si tomamos solo una parte del cristianismo y dejamos fuera una parte que le es esencial, lo que tomamos no es cristianismo, porque falta algo que pertenece a su esencia. Así, si profesamos solo una parte y dejamos fuera una parte que es esencial, lo que profesamos no es cristianismo. Así, para hacer profesión de cristianismo, debemos profesar que creemos que Jesús es el Mesías, por esta razón: porque tal creencia es esencial al cristianismo. Y así debemos profesar, expresa o implícitamente, que Jesús satisfizo por nuestros pecados, y otras doctrinas esenciales del evangelio, porque la creencia de estas cosas también es esencial al cristianismo. Pero hay otras cosas tan esenciales a la religión como una creencia ortodoxa, que, por tanto, es igualmente necesario que profesemos para que pueda decirse con verdad que profesamos el cristianismo. Así, es esencial al cristianismo que nos arrepintamos de nuestros pecados, que estemos convencidos de nuestra propia pecaminosidad y que sintamos que nos hemos expuesto justamente a la ira de Dios, y que nuestro corazón renuncie a todo pecado, y que abracemos de todo corazón a Cristo como nuestro único Salvador; y que lo amemos sobre todas las cosas, y estemos dispuestos a dejarlo todo por su causa, y que nos entreguemos a nosotros mismos para ser entera y eternamente suyos, etc. Cosas como estas pertenecen a la esencia del cristianismo tanto como la creencia en cualquiera de las doctrinas del evangelio; y, por tanto, su profesión pertenece igualmente a una profesión cristiana. No es que, para ser cristianos profesantes, sea necesario que haya una profesión explícita de cada cosa particular que pertenece a la gracia o virtud cristiana; pero ciertamente tiene que haber una profesión, expresa o implícita, de lo que es de la esencia de la religión. Y en cuanto a las cosas que los cristianos deben expresar en su profesión, debemos guiarnos por los preceptos de la palabra de Dios o por los ejemplos bíblicos de profesiones públicas de religión que el pueblo de Dios ha hecho de tiempo en tiempo. Así, deben profesar su arrepentimiento del pecado; como antiguamente, cuando las personas eran iniciadas como profesantes, venían confesando sus pecados y manifestando su humillación por el pecado, Mateo 3:6. Y el bautismo con que eran bautizados se llamaba el bautismo de arrepentimiento, Marcos 1:4. Y Juan, cuando los había bautizado, los exhortaba a dar frutos dignos de arrepentimiento, Mateo 3:8, es decir, conformes a aquel arrepentimiento que habían profesado; animándolos con que, si así lo hacían, escaparían de la ira venidera y serían recogidos como trigo en el granero de Dios, Mateo 3:7, 8, 9, 10, 12. Así el apóstol Pedro dice a los judíos, Hechos 2:38: «Arrepentíos, y bautícese»; lo cual muestra que el arrepentimiento es una cualidad que ha de ser visible para el bautismo y que, por tanto, debe profesarse públicamente. Así, cuando los judíos que volvieron del cautiverio entraron públicamente en pacto, fue con confesión, o confesión pública, de arrepentimiento de sus pecados, Nehemías 9:2. Esta profesión de arrepentimiento debe incluir o implicar una profesión de convicción de que Dios sería justo en nuestra condenación: véase Nehemías 9:33, junto con el versículo 35 y el principio del capítulo siguiente. Deben profesar su fe en Jesucristo, y que abrazan a Cristo y confían en él como su Salvador con todo su corazón, y que acogen con gozo el evangelio de Cristo. Así Felipe, para bautizar al eunuco, requirió que profesara que creía de todo corazón; y los que fueron recibidos como cristianos visibles en aquel gran derramamiento del Espíritu que comenzó el día de Pentecostés aparecían recibiendo con gozo el evangelio: Hechos 2:41: «Así que, los que recibieron con gozo la palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas». Deben profesar que confían solo en la justicia y la fuerza de Cristo; y que están consagrados a él como su único Señor y Salvador, y que se regocijan en él como su única justicia y porción. Está predicho que todas las naciones serán llevadas a hacer públicamente esta profesión, Isaías 45:22 hasta el final: «Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más. Por mí mismo hice juramento, de mi boca salió palabra en justicia, y no será revocada: que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua. Ciertamente dirá uno: En el Señor tengo yo la justicia y la fuerza; a él vendrán, y todos los que contra él se enardecen serán avergonzados. En el Señor será justificada y se gloriará toda la descendencia de Israel». Deben profesar que se entregan enteramente a Cristo, y a Dios por medio de él; como los hijos de Israel cuando reconocieron públicamente su pacto con Dios: Deuteronomio 26:17: «Has declarado hoy que el Señor es tu Dios, y que andarás en sus caminos, y guardarás sus estatutos, sus mandamientos y sus decretos, y escucharás su voz». Deben profesar un corazón dispuesto a abrazar la religión con todas sus dificultades, y a andar en un camino de obediencia a Dios de manera universal y perseverante, Éxodo 19:8, y 24:3, 7; Deuteronomio 26:16, 17, 18; 2 Reyes 23:3; Nehemías 10:28, 29; Salmos 119:57, 106. Deben profesar que todo su corazón y toda su alma están en estos compromisos de ser del Señor y de servirle para siempre, 2 Crónicas 15:12, 13, 14. Que el pueblo de Dios jure a Dios, y jure por su nombre, o a su nombre, como podría traducirse (con lo cual parece significarse que se entregan solemnemente a él en pacto, y hacen voto de recibirlo como su Dios y de ser enteramente suyos, para obedecerle y servirle), se presenta como un deber que ha de cumplir todo el Israel visible de Dios, Deuteronomio 6:13, y 10:20; Salmos 63:11; Isaías 19:18, cap. 45:23, 24, comparado con Romanos 14:11 y Filipenses 2:10, 11; Isaías 48:1, 2, y 65:15, 16; Jeremías 4:2, y 5:7, y 12:16; Oseas 4:16, y 10:4. Por tanto, para que las personas tengan derecho a la plena estima y caridad de sus vecinos como profesantes sinceros del cristianismo, según aquellas reglas de Cristo y de sus apóstoles antes mencionadas, tiene que haber una vida visiblemente santa, junto con una profesión que exprese, o implique claramente, cosas como las que acabamos de mencionar. Hemos de conocerlos por sus frutos; es decir, hemos de conocer por sus frutos si son lo que profesan ser; no que hayamos de conocer por sus frutos que tienen en sí algo que ni siquiera pretenden tener.
Y además,
2. La profesión de estas cosas que se llama propiamente profesión cristiana, y que ha de ir unida a la práctica cristiana para que las personas tengan derecho al beneficio de aquellas reglas, tiene que hacerse (en cuanto a lo que aparece) con entendimiento; es decir, tienen que ser personas que parezcan haber sido instruidas en los principios de la religión hasta el punto de estar en una capacidad ordinaria de entender el verdadero alcance de lo que se expresa en su profesión. Porque los sonidos no son significaciones ni declaraciones de cosa alguna sino en la medida en que los hombres entienden el sentido de sus propios sonidos.
Pero para que las personas hagan una profesión propia del cristianismo, tal como la Escritura indica y tal como los seguidores de Cristo deben requerir para aceptar a los profesantes con plena caridad como miembros de su sociedad, no es necesario que den cuenta de los pasos y del método particulares por los que el Espíritu Santo, de manera perceptible para ellos, obró y llevó a cabo en su corazón aquellas grandes cosas esenciales del cristianismo. No hay en la Escritura rastro alguno de semejante costumbre de los apóstoles, o de los ministros y cristianos primitivos, de requerir tal relato para recibir y tratar a otros como sus hermanos cristianos a todos los efectos, ni de examinarlos primero acerca del método y orden particulares de sus experiencias. Les requerían una profesión de las cosas obradas; pero no se les requería ningún relato del modo en que fueron obradas. Ni hay en la Escritura la menor sombra de semejante costumbre en la iglesia de Dios desde Adán hasta la muerte del apóstol Juan.
Lejos estoy de decir que no sea necesario que las personas den algún tipo de relato de sus experiencias a sus hermanos. Porque que las personas profesen aquellas cosas en que consiste la esencia del cristianismo es lo mismo que profesar que experimentan esas cosas. Así, que las personas profesen solemnemente que, con plena convicción de su total pecaminosidad, miseria e impotencia, y de su estado completamente perdido en sí mismas, y de que merecen justamente el rechazo total de Dios y su ira eterna, y de la total insuficiencia de su propia justicia, o de cualquier cosa que haya en ellas, para satisfacer la justicia divina o recomendarlas al favor de Dios, dependen enteramente del Señor Jesucristo y de su satisfacción y justicia; que creen de todo corazón la verdad del evangelio de Cristo; y que, con plena convicción de su suficiencia y perfecta excelencia como Salvador, tal como se presenta en el evangelio, se adhieren a él con toda su alma y descansan en él como el refugio y reposo de sus almas y la fuente de su consuelo; que se arrepienten de sus pecados y renuncian por completo a todo pecado, y se entregan enteramente a Cristo, sometiéndose a él voluntariamente como a su Rey; que le dan su corazón y todo su ser, y están dispuestas y resueltas a tener a Dios por su porción total y eterna; y, confiando en sus promesas de un futuro gozo eterno de él en el cielo, a renunciar a todos los goces de este mundo vano, vendiéndolo todo por este gran tesoro y herencia futura, y a cumplir todo mandamiento de Dios, aun el más difícil y el que más exige negarse a sí mismo, y a consagrar toda su vida al servicio de Dios; y que, perdonando a los que las han ofendido y con una benevolencia general hacia la humanidad, su corazón está unido al pueblo de Jesucristo como a su propio pueblo, para adherirse a ellos y amarlos como a sus hermanos, y adorar y servir a Dios, y seguir a Cristo en unión y comunión con ellos, dispuestas y resueltas a cumplir todos los deberes que les corresponden como miembros de la misma familia de Dios y del cuerpo místico de Cristo: digo que, que las personas profesen solemnemente cosas como estas, como en la presencia de Dios, es lo mismo que profesar que son conscientes de tales cosas en su corazón, o que las experimentan.
Ni supongo que el que las personas den cuenta de su experiencia de ejercicios particulares de gracia, con sus tiempos y circunstancias, no ofrezca ventaja alguna a otros para formarse un juicio de su estado; ni que no convenga en algunos casos preguntarles acerca de ello, especialmente en casos de gran importancia, en que es particularmente deseable buscar toda la satisfacción posible acerca de la piedad de las personas, como en el caso de la ordenación o aprobación de un ministro. Puede ofrecer ventaja para formarse un juicio en varios aspectos; y, entre otros, en este: que por ese medio podemos quedar más satisfechos de que el profesante habla con honradez y con entendimiento en lo que profesa, y de que no hace la profesión por mera formalidad.
Para que una profesión de cristianismo sea aceptada con algún fin, debe haber buena razón, por las circunstancias de la profesión, para pensar que el profesante no la hace por mero acomodo rutinario a una fórmula prescrita, usando palabras sin ningún sentido definido, o de una manera muy laxa y ambigua, como a menudo se suscriben las confesiones de fe, sino que el profesante significa con entendimiento y honradez aquello de lo que es consciente en su propio corazón; de lo contrario, su profesión no puede tener significado alguno, ni ha de tenerse en más cuenta que el sonido de las cosas inanimadas. Pero, en verdad (sea cual fuere la ventaja que un relato de ejercicios particulares pueda ofrecer para juzgar de esto), hay que reconocer que la mejor evidencia de ello es que el profesante haya sido previamente instruido a fondo por sus maestros y haya dado buena prueba de su conocimiento suficiente, junto con una práctica conforme a su profesión.
Ni dejo de suponer que, si una persona a quien se pregunta, entre otras cosas, acerca de pasajes, tiempos y circunstancias particulares de sus experiencias cristianas parece capaz de dar un relato definido del modo de su primera conversión, según un método que se ha observado con frecuencia en la conversión verdadera, de modo que las cosas parezcan seguirse unas a otras de manera perceptible y definida, en el orden del tiempo, conforme al orden de la naturaleza, esto es una circunstancia esclarecedora que, entre otras cosas, añade brillo a la evidencia que da a sus hermanos de la verdad de sus experiencias.
Pero lo que califico de no bíblico es insistir en un relato particular del método y de los pasos definidos por los que el Espíritu de Dios procedió de manera perceptible al llevar por primera vez el alma a un estado de salvación, como cosa requerida para recibir a un profesante con plena caridad como verdadero cristiano; o hacerlo de tal modo que, a falta de tal relato, se desatiendan otras cosas, muchísimo más importantes y esenciales, en la evidencia que las personas dan a sus vecinos de su cristianismo.
Segundo, para que entendamos rectamente cómo la práctica cristiana es la mayor evidencia que otros pueden tener de la sinceridad de un cristiano profesante, es necesario tener presente lo que se dijo antes al mostrar qué es la práctica cristiana, y considerar hasta qué punto puede ser visible a otros. El mero hecho de que un profesante del cristianismo sea lo que comúnmente se llama un hombre honrado y un hombre moral (es decir, que no tengamos ninguna transgresión o iniquidad especial que imputarle que pudiera manchar su reputación) no es gran evidencia de la sinceridad de su profesión. Esto no es hacer que su luz alumbre delante de los hombres. Esto no es aquella obra y trabajo de amor mostrado hacia el nombre de Cristo que dio al apóstol tal persuasión de la sinceridad de los hebreos profesantes, Hebreos 6:9, 10. Puede ser que no veamos en un hombre nada que impida que sea un hombre bueno; puede que no aparezca nada en su vida y conducta incompatible con que sea piadoso y, sin embargo, puede que tampoco haya ninguna gran evidencia positiva de que lo sea. Pero puede haber una gran apariencia positiva de santidad en la conducta visible de los hombres. Su vida puede parecer una vida de servicio a Dios: pueden parecer seguir el ejemplo de Jesucristo y ajustarse en gran medida a aquellas excelentes reglas de los capítulos 5, 6 y 7 de Mateo, del 12 de Romanos y de muchas otras partes del Nuevo Testamento; puede haber una gran apariencia de que son universales en su obediencia a los mandamientos de Cristo y a las reglas del evangelio. Pueden parecer universales en el cumplimiento de los deberes de la primera tabla, manifestando el temor y el amor de Dios; y también universales en el cumplimiento de las reglas del amor a los hombres, del amor a los santos y del amor a los enemigos: reglas de mansedumbre y de perdón, reglas de misericordia y de caridad, y de no mirar solo por lo nuestro sino también por lo de los demás; reglas de hacer bien a las almas y a los cuerpos de los hombres, a personas particulares y al público; reglas de templanza y mortificación, y de una conducta humilde; reglas de refrenar la lengua y de emplearla para glorificar a Dios y bendecir a los hombres, mostrando que en su lengua está la ley de clemencia. Pueden parecer andar como cristianos en todo lugar y en todo tiempo: en la casa de Dios, en sus familias y entre sus vecinos, en el día de reposo y todos los días, en los negocios y en la conversación, con amigos y enemigos, con superiores, inferiores e iguales. Las personas, en su andar visible, pueden parecer muy fervientemente empeñadas en el servicio de Dios y de la humanidad, trabajar y emplearse mucho en esta obra del cristiano, y ser muy constantes y firmes en ella, en todas las circunstancias y tentaciones. Puede haber grandes manifestaciones de un espíritu dispuesto a negarse a sí mismo y a sufrir por Dios y por Cristo, por la causa de la religión y por el bien de sus hermanos. Puede haber en el andar de un hombre grandes apariencias de una disposición a abandonar cualquier cosa antes que abandonar a Cristo, y a hacer que todo ceda ante su honra. Puede haber en la conducta de un hombre grandes manifestaciones de que tal religión es su elemento y de que pone en ella el deleite y la felicidad de su vida; y su conducta puede ser tal que lleve consigo un dulce olor de gracias cristianas y de disposiciones celestiales dondequiera que va. Y cuando así sucede en los profesantes del cristianismo, he aquí una evidencia para otros de su sinceridad en su profesión, con la cual no son dignas de compararse todas las demás manifestaciones.
Hay sin duda una gran variedad en los grados de evidencia que los profesantes exhiben de su sinceridad en su vida y práctica, como hay variedad en la claridad y la limpieza de los relatos que las personas dan del modo y método de sus experiencias; pero indudablemente una manifestación como la descrita de un espíritu cristiano en la práctica supera con mucho al relato más claro y brillante de pasos y pasajes particulares de experiencia que jamás se haya contado. Y, en general, una manifestación de la sinceridad de una profesión cristiana en la práctica es mucho mejor que un relato de experiencias. Pero, con todo,
En tercer lugar, debe notarse, conforme a lo que antes se observó, que ninguna manifestación externa ni apariencia exterior, cualquiera que sea, de las que son visibles al mundo, es evidencia infalible de gracia. Estas manifestaciones que se han mencionado son las mejores que los hombres pueden tener; y son tales que obligan a los cristianos a recibir plenamente como santos a quienes profesan la fe, y a amarlos y regocijarse en ellos como hijos de Dios, y bastan para darles acerca de ellos una satisfacción tan grande como jamás se necesite para guiarlos en su conducta, o para cualquier fin que haya de cumplirse en este mundo. Pero nada de lo que aparece ante ellos en su prójimo puede bastar para engendrar una certeza absoluta acerca del estado de su alma: porque no ven su corazón, ni pueden ver toda su conducta externa, pues mucha de ella ocurre en secreto y está escondida a los ojos del mundo; y es imposible determinar con certeza hasta dónde puede llegar un hombre, movido por otros principios, en muchas apariencias externas e imitaciones de la gracia. Aunque, sin duda, si los demás pudieran ver tanto de lo que pertenece a la práctica de los hombres como pueden ver de ella sus propias conciencias, podría ser una evidencia infalible de su estado, como se verá por lo que sigue.
Habiendo considerado así la práctica cristiana como la mejor evidencia, ante los demás, de la sinceridad de los que profesan la fe, paso ahora,
2. A observar que la Escritura habla también de la práctica cristiana como evidencia distintiva y segura de gracia para la propia conciencia de cada persona. Esto es muy claro en 1 Juan 2:3: «Y en esto sabemos que nosotros le hemos conocido, si guardamos sus mandamientos». Y del testimonio de nuestra conciencia respecto de nuestras buenas obras se habla como de aquello que puede darnos seguridad de nuestra propia piedad, 1 Juan 3:18, 19: «Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y en verdad. Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él». Y el apóstol Pablo, en Hebreos 6, habla de la obra y el trabajo de amor de los cristianos hebreos como aquello que, por un lado, le daba a él la persuasión de que tenían algo por encima de las más altas iluminaciones comunes, y, por otro, como la evidencia que tendía a darles a ellos la más alta seguridad de esperanza acerca de sí mismos, versículo 9 y siguientes: «Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación, aunque hablamos así. Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndolos aún. Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certidumbre de la esperanza». Así el apóstol encarga a los gálatas que examinen su conducta o práctica, para que tengan de qué gloriarse en sí mismos acerca de su propio estado feliz, Gálatas 6:4: «Así que cada uno examine su propia obra, y entonces tendrá motivo de gloriarse solo respecto de sí mismo, y no en otro». Y el salmista dice, Salmo 119:6: «Entonces no sería yo avergonzado, cuando atendiese a todos tus mandamientos»; es decir, entonces tendré confianza, y estaré seguro y firme en mi esperanza. Y en aquella palabra de nuestro Salvador, Mateo 7:19, 20: «Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis». Aunque Cristo da esto, en primer lugar, como regla por la cual hemos de juzgar a otros, en las palabras que siguen inmediatamente muestra con claridad que la entiende también como regla por la cual hemos de juzgarnos a nosotros mismos: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, etc.—Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad. Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.—Y cualquiera que me oye estas palabras, y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena». Más adelante tendré ocasión de mencionar otros textos que muestran lo mismo.
Pero, para mayor claridad en este asunto, quisiera, primero, mostrar cómo ha de entenderse la práctica cristiana, el hacer buenas obras o el guardar los mandamientos de Cristo, cuando la Escritura la presenta como señal segura para nuestra propia conciencia de que somos verdaderos cristianos. Y, en segundo lugar, probaré que esta es la principal de todas las evidencias que los hombres pueden tener de su propia piedad sincera.
Primero, quisiera mostrar cómo ha de entenderse la práctica cristiana, o el guardar los mandamientos de Cristo, cuando la Escritura la presenta como evidencia segura para nuestra propia conciencia de que somos cristianos sinceros.
Y aquí observaría que no podemos suponer razonablemente que, cuando la Escritura habla en este caso de buenas obras, de buen fruto y de guardar los mandamientos de Cristo, se refiera meramente a lo externo, o al movimiento y la acción del cuerpo sin incluir ninguna otra cosa, sin atender a ningún propósito o intención del agente, ni a ningún acto de su entendimiento o de su voluntad. Porque, si se consideran así las acciones de los hombres, no son buenas obras ni actos de obediencia más de lo que lo son los movimientos regulares de un reloj; ni se las considera acciones del hombre, ni acciones humanas en absoluto. Las acciones del cuerpo, tomadas así, no son actos de obediencia ni de desobediencia, como tampoco lo son los movimientos del cuerpo en una convulsión. Pero la obediencia y el fruto de que se habla son la obediencia y el fruto del hombre; y, por tanto, no solo los actos del cuerpo, sino la obediencia del alma, que consiste en los actos y la práctica del alma. No es que yo suponga que, cuando la Escritura habla en este caso de obras, fruto y práctica de gracia, estén incluidas en estas expresiones toda la piedad interior y la santidad del corazón, tanto el principio como el ejercicio, tanto el espíritu como la práctica: porque entonces, al darse estas cosas como señales de un principio de gracia en el corazón, la misma cosa se daría como señal de sí misma, y no habría distinción entre la raíz y el fruto. Sino que se entiende solo el ejercicio de gracia y el acto santo del alma, y este se da como señal del principio santo y del buen estado. Tampoco se entiende cualquier clase de ejercicio interior de la gracia, sino el ejercicio práctico, aquel ejercicio del alma y despliegue de la santidad interior que hay en un acto de obediencia; o aquel despliegue de la mente y acto de gracia que desemboca y termina en lo que llaman los actos imperados de la voluntad, en los cuales el alma dispone y ordena que algo se haga y se lleve a efecto en la práctica.
Aquí, para una comprensión más clara, observaría que hay dos clases de ejercicios de la gracia. 1. Están los que algunos llaman actos inmanentes, es decir, aquellos ejercicios de la gracia que permanecen dentro del alma, que comienzan y terminan allí, sin relación inmediata con algo que haya de hacerse exteriormente o llevarse a efecto en la práctica. Tales son los ejercicios de la gracia que los santos tienen a menudo en la contemplación, cuando el ejercicio que hay en el corazón no procede directamente a nada, ni termina en nada, más allá de los pensamientos de la mente, por mucho que tiendan a la práctica (como tienden todos los ejercicios de la gracia) de un modo más remoto. 2. Hay otra clase de actos de la gracia que se llaman más estrictamente ejercicios prácticos o efectivos, porque atañen de inmediato a algo que ha de hacerse. Son los despliegues de la gracia en los actos imperativos de la voluntad, que dirigen las acciones externas. Como cuando un santo da un vaso de agua fría a un discípulo, en el ejercicio de la gracia de la caridad y movido por él; o soporta voluntariamente la persecución en el camino de su deber, movido inmediatamente por el ejercicio de un amor supremo a Cristo. Aquí está el despliegue de la gracia que produce su efecto en acciones externas. Estos ejercicios de la gracia son prácticos y productores de buenas obras, no solo en el sentido de que son de naturaleza productiva (pues así lo son todos los ejercicios de la verdadera gracia), sino en que son los actos mismos que producen. Este es propiamente el ejercicio de la gracia en el acto de la voluntad; y esta es propiamente la práctica del alma. Y el alma no es el agente inmediato de ninguna otra práctica sino de esta; los movimientos del cuerpo se siguen de las leyes de unión entre el alma y el cuerpo, que Dios, y no el alma, ha fijado y mantiene. El acto del alma y el ejercicio de la gracia que se despliega en la realización de una buena obra es la buena obra misma, en cuanto el alma tiene parte en ella, o en cuanto es la buena obra del alma. Las determinaciones de la voluntad son, en verdad, nuestras acciones mismas, en cuanto son propiamente nuestras, como observa el Dr. Doddridge.7878 Scripture Doctrine of Salvation, Sermón I, p. 11 En esta práctica del alma se incluyen el propósito y la intención del alma, que es el agente. Porque no solo no tendríamos por actos de obediencia a Cristo en una estatua los movimientos de esa estatua que hiciera justicia o repartiera limosnas mediante un mecanismo de relojería, sino que tampoco nadie llamaría obediencia a Cristo a las acciones voluntarias de un hombre, exterior y materialmente conformes a un mandamiento de Cristo, si nunca hubiera oído hablar de Cristo ni de ninguno de sus mandamientos, o no hubiera pensado en sus mandamientos en lo que hacía. Si los actos de obediencia y el buen fruto de que se habla se consideran, no como meros movimientos del cuerpo, sino como actos del alma, debe tomarse en cuenta todo el ejercicio del espíritu de la mente en la acción, con el fin por el que se obra y la referencia que el alma tiene entonces a Dios, etc.; de lo contrario, no son actos de negación de nosotros mismos, ni de obediencia a Dios, ni servicio hecho a él, sino otra cosa. Ejercicios efectivos de la gracia como estos que acabo de describir los han experimentado en alto grado muchos de los mártires. Y todos los verdaderos santos viven una vida de tales actos de gracia, así como todos viven una vida de obras de gracia, de las cuales estos despliegues operativos de la gracia son la vida y el alma. Y esta es la obediencia y el fruto que Dios mira principalmente, pues mira al alma más que al cuerpo, en la medida en que el alma, en la constitución de la naturaleza humana, es la parte superior. Al mirar Dios la obediencia y la práctica del hombre, mira la práctica del alma; porque el alma es el hombre a los ojos de Dios, «porque el Señor no mira lo que el hombre mira; pues el Señor mira el corazón».
Y así es como han de entenderse la obediencia, las buenas obras y los buenos frutos cuando se dan en la Escritura como evidencia segura para nuestra propia conciencia de un verdadero principio de gracia: es decir, como algo que incluye la obediencia y la práctica del alma, en cuanto preceden a las acciones del cuerpo y las gobiernan. Cuando la práctica se da en la Escritura como la principal evidencia ante los demás de nuestro verdadero cristianismo, se quiere decir aquello de nuestra práctica que es visible para ellos, a saber, nuestras acciones externas; pero cuando la práctica se da como evidencia segura de nuestro cristianismo real para nuestra propia conciencia, se quiere decir aquello de nuestra práctica que es visible para nuestra propia conciencia; lo cual no es solo el movimiento de nuestro cuerpo, sino el despliegue del alma que dirige y ordena ese movimiento, y que está más directa e inmediatamente bajo la mirada de nuestra propia conciencia que el acto del cuerpo. Y que esta es la intención de la Escritura no solo lo muestran la naturaleza y la razón de la cosa, sino que es claro por la Escritura misma. Así, es evidente que cuando Cristo, al concluir su sermón del monte, habla de hacer o practicar aquellas palabras suyas como la gran señal de que los que profesan son verdaderos discípulos, sin lo cual los compara a un hombre que edificó su casa sobre la arena, y con lo cual, a un hombre que edificó su casa sobre la roca, se refiere no solo a la conducta exterior, sino al ejercicio interior de la mente en esa conducta; como es evidente si observamos cuáles son aquellas palabras suyas precedentes a las que se refiere cuando habla de que las hagamos o practiquemos; y hallaremos que son como estas: «Bienaventurados los pobres en espíritu; bienaventurados los que lloran; bienaventurados los mansos; bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia; bienaventurados los misericordiosos; bienaventurados los de limpio corazón; cualquiera que se enoje contra su hermano sin causa, etc.; cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, etc.; amad a vuestros enemigos; no os afanéis por vuestra vida», y otras de semejante naturaleza, que implican ejercicios interiores: y cuando Cristo dice, Juan 14:21, «El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ese es el que me ama», se refiere evidentemente de modo especial a aquel mandamiento repetido varias veces en el mismo discurso (al que llama, por excelencia, su mandamiento): que se amaran unos a otros como él los había amado (véase cap. 13:34, y cap. 15:10, 12, 13, 14). Pero este mandamiento atañe principalmente a un ejercicio de la mente o del corazón, aunque se despliegue en la práctica. Así, cuando el apóstol Juan dice, 1 Juan 2:3, «Y en esto sabemos que nosotros le hemos conocido, si guardamos sus mandamientos», se refiere claramente, de modo principal, al mismo mandamiento, como se ve por lo que sigue, vers. 7-11, y por la 2.ª Epístola, vers. 5, 6; y cuando se nos dice en la Escritura que en el día postrero los hombres serán juzgados según sus obras, y que todos recibirán según lo que hayan hecho en el cuerpo, no ha de entenderse solo de los actos externos; porque, si así fuera, ¿por qué se habla tan a menudo de Dios como el que escudriña los corazones y prueba los riñones, «para dar a cada uno según sus obras»? Como en Apocalipsis 2:23: «Y todas las iglesias sabrán que yo soy el que escudriña los riñones y los corazones; y daré a cada uno de vosotros según sus obras». Jeremías 17:9, 10: «Yo, el Señor, que escudriño el corazón, que pruebo los riñones, para dar a cada uno según sus caminos, según el fruto de sus obras». Pero si por sus caminos y el fruto de sus obras se entienden solo las acciones de su cuerpo, ¿qué necesidad hay de escudriñar el corazón y los riñones para conocerlas? Ezequías, en su enfermedad, alega su práctica como evidencia de su derecho al favor de Dios, incluyendo en ella no solo sus acciones externas, sino lo que había en su corazón: Isaías 38:3: «Oh Señor, te ruego que te acuerdes ahora de que he andado delante de ti en verdad y con corazón íntegro».
Aunque en esta gran evidencia de sinceridad que nos da la Escritura lo interior es de la mayor importancia, también lo exterior está incluido y comprendido en ella, en cuanto va unido al despliegue práctico de la gracia en la voluntad, que dirige y ordena las acciones del cuerpo. Y con esto quedan eficazmente cortadas todas las pretensiones de evidencias de piedad que pueda tener cualquier hombre que vive exteriormente en la maldad; porque la gran evidencia está en aquel ejercicio y práctica interior del alma que consiste en los actos de la voluntad que ordenan los actos externos. Pero es sabido que estos actos imperativos de la voluntad no van por un camino y las acciones de los órganos corporales por otro: porque la ley inalterable de la naturaleza es que han de estar unidos mientras el alma y el cuerpo estén unidos y los órganos no estén tan destruidos que sean incapaces de los movimientos que el alma ordena. Así, sería ridículo que un hombre alegara que el acto imperativo de su voluntad era ir al culto público, mientras sus pies lo llevan a una taberna o a un prostíbulo; o que el acto imperativo de su voluntad era dar a un pobre mendigo cierta moneda que tenía en la mano, mientras su mano, en ese mismo instante, la retenía y la apretaba con fuerza.
En segundo lugar, paso a mostrar que la práctica cristiana, tomada en el sentido que se ha explicado, es la principal de todas las evidencias de una sinceridad salvadora en la religión para la conciencia de quienes la profesan; muy preferible al método de las primeras convicciones, iluminaciones y consuelos en la conversión, o a cualesquiera descubrimientos o ejercicios inmanentes de la gracia que comienzan y terminan en la contemplación.7979 «¡Mira a Juan, el discípulo amado de Cristo y su compañero íntimo! Había recibido la unción para conocer al que es verdadero, y sabía que lo conocía, 1 Juan 2:3. Pero ¿cómo lo sabía? Podía estar engañado (pues es extraño ver lo que hace una fantasía melancólica, y sus efectos, así como se tiene a los hombres honrados por cortos de entendimiento y por quienes nunca vieron las profundidades de los secretos de Dios); ¿cuál es su prueba final? “Porque guardamos sus mandamientos”». Shepard, La parábola de las diez vírgenes, Parte I, p. 131. La evidencia de esto aparece por los siguientes argumentos.
ARGUMENTO I.—La razón muestra claramente que aquellas cosas que ponen a prueba a qué se adherirán y qué preferirán realmente los hombres en su práctica, cuando se los deja seguir su propia elección e inclinaciones, son la prueba propia de lo que realmente prefieren en su corazón. La sinceridad en la religión, como ya se ha observado, consiste en poner a Dios en el lugar más alto del corazón, en escogerlo antes que las demás cosas, en tener un corazón dispuesto a venderlo todo por Cristo, etc. Pero las acciones de un hombre son la prueba propia de lo que su corazón prefiere. Por ejemplo, cuando sucede que Dios y otras cosas llegan a competir entre sí, y Dios se pone, por así decirlo, delante del hombre a un lado, y su interés o placer mundano al otro (como sucede a menudo en el curso de la vida de un hombre), su conducta en tal caso, al adherirse realmente a lo uno y abandonar lo otro, es la prueba propia de cuál prefiere. La sinceridad consiste en abandonarlo todo por Cristo en el corazón; pero abandonarlo todo por Cristo en el corazón es exactamente lo mismo que tener un corazón dispuesto a abandonarlo todo por Cristo; y ciertamente la prueba propia de si un hombre tiene un corazón dispuesto a abandonarlo todo por Cristo es verse realmente puesto en ese trance, que Cristo y otras cosas entren en competencia, de modo que tenga que adherirse real o prácticamente a lo uno y abandonar lo otro. Abandonarlo todo por Cristo en el corazón es lo mismo que tener un corazón dispuesto a abandonarlo todo por Cristo cuando se es llamado a ello; pero la prueba más alta, para nosotros mismos y para los demás, de que tenemos un corazón dispuesto a abandonarlo todo por Cristo cuando somos llamados a ello es hacerlo realmente cuando somos llamados a ello, o en la medida en que somos llamados a ello. Seguir a Cristo en el corazón es tener un corazón dispuesto a seguirlo. Negarnos a nosotros mismos en el corazón por Cristo es lo mismo que tener un corazón dispuesto a negarnos a nosotros mismos por él de hecho. La prueba principal y más propia de que un hombre tiene corazón para algo, respecto de lo cual es libre de seguir sus propias inclinaciones, y de hacerlo o no hacerlo como le plazca, es que lo haga. Cuando un hombre es libre de hablar o de guardar silencio, la evidencia más propia de que tiene corazón para hablar es que hable. Cuando un hombre es libre de caminar o de quedarse sentado, la prueba propia de que tiene corazón para caminar es que camine. La piedad no consiste en un corazón que se propone hacer la voluntad de Dios, sino en un corazón que la hace. Los hijos de Israel en el desierto tenían lo primero; de ellos leemos, Deuteronomio 5:27, 28, 29: «Acércate tú, y oye todas las cosas que dijere el Señor nuestro Dios; y tú nos dirás todo lo que el Señor nuestro Dios te dijere, y nosotros oiremos y haremos. Y oyó el Señor la voz de vuestras palabras, cuando me hablabais; y me dijo el Señor: He oído la voz de las palabras de este pueblo, que ellos te han hablado; bien está todo lo que han dicho. ¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen, y guardasen todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre!». El pueblo manifestó que tenía un corazón que se proponía guardar los mandamientos de Dios, y que era muy pronto en esos propósitos; pero Dios manifiesta que esto distaba mucho de ser lo que él deseaba, aquello en que consiste la verdadera piedad, a saber, un corazón que los guarde realmente.
Es, por tanto, sumamente absurdo, y aun ridículo, que alguien pretenda tener un buen corazón mientras vive una vida perversa, o no da en su práctica el fruto de una santidad universal. Porque queda probado de hecho que tales hombres no aman a Dios sobre todas las cosas. Es necio disputar contra los hechos evidentes y la experiencia. Los hombres que viven en caminos de pecado, y sin embargo se lisonjean de que irán al cielo, o esperan ser recibidos en el más allá como personas santas sin una práctica santa, obran como si esperaran hacer de su Juez un necio. Esto está implícito en lo que dice el apóstol (hablando de que los hombres hagan buenas obras y vivan una vida santa, mostrando así la evidencia de su derecho a la vida eterna), Gálatas 6:7: «No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará». Como si dijera: «No se engañen con la expectativa de segar vida eterna en el más allá, si no siembran para el Espíritu aquí; es vano pensar que Dios se dejará burlar por ustedes, que se dejará embaucar y confundir con sombras en lugar de sustancias, y con vanas pretensiones en lugar del buen fruto que él espera, cuando lo contrario de lo que ustedes pretenden aparece claramente en su vida, delante de su rostro». De esta manera se usa a veces en la Escritura la palabra burlar. Así Dalila dice a Sansón: «he aquí, tú me has burlado, y me has dicho mentiras». Jueces 16:10, 13; es decir: «Me has confundido, como si quisieras hacer de mí una necia, como si se me pudiera despachar fácilmente con cualquier vana pretensión en lugar de la verdad». Así se dice que Lot, cuando dijo a sus yernos que Dios iba a destruir aquel lugar, «pareció a sus yernos como que se burlaba», Génesis 19:14; es decir, les pareció como uno que quería hacer juego de ellos, como si fueran tan crédulos y necios que hicieran caso de tales espantajos. Pero el gran Juez, cuyos ojos son como llama de fuego, no será burlado ni confundido con pretensiones de ninguna clase sin una vida santa. Si en su nombre los hombres han profetizado y hecho milagros, y han tenido fe, de modo que pudieran trasladar montes y echar fuera demonios, y por altos que hayan sido sus afectos religiosos, por grandes que hayan sido sus semejanzas con la gracia, y aunque su escondite haya sido tan oscuro y profundo que ninguna habilidad ni búsqueda humana pudiera descubrirlos, con todo, si son obradores o practicantes de maldad, no pueden ocultar su hipocresía a su Juez: Job 34:22, no hay tinieblas ni sombra de muerte donde se escondan los que hacen maldad». ¿Consentiría un príncipe sabio en dejarse engañar y burlar por un súbdito que pretendiera ser leal, y dijera a su príncipe que le tenía un afecto entero, y que en tal y tal ocasión lo había experimentado, y había sentido sus afectos obrar fuertemente hacia él, y viniera esperando ser aceptado y recompensado por su príncipe como uno de sus mejores amigos por esa razón, aunque viviera en rebelión contra él, siguiendo a algún pretendiente a su corona, y de tiempo en tiempo incitando a la sedición contra él? ¿O consentiría un amo en dejarse embaucar y engañar por un siervo que pretendiera tener en su corazón grandes experiencias de amor y honra hacia él, y un gran sentido de su dignidad y de su bondad para con él, cuando al mismo tiempo se negaba a obedecerle y no había manera de obtener de él servicio alguno?
ARGUMENTO II.—Así como la razón muestra que aquellas cosas que ocurren en el curso de la vida y ponen a prueba si los hombres preferirán a Dios a otras cosas en la práctica son la prueba propia de la rectitud y sinceridad de su corazón, así también la Escritura las presenta como la prueba propia de la sinceridad de los que profesan la fe. Allí hallamos que tales cosas se llaman con ese mismo nombre, pruebas o tentaciones (que, como antes observé, son palabras de igual significado). Las cosas que ponen a prueba si los hombres preferirán a Dios a otras cosas en la práctica son las dificultades de la religión, o aquellas cosas que ocurren y hacen que la práctica del deber sea difícil y contraria a otros principios distintos del amor de Dios; porque en ellas Dios y otras cosas se ponen juntamente delante de los hombres para su elección real y práctica; y se llega a esto: que no podemos aferrarnos a ambas cosas, sino que hay que abandonar la una o la otra. Y en toda la Escritura estas cosas se llaman con el nombre de pruebas o ensayos.8080 2 Corintios 8:2; Hebreos 11:36; 1 Pedro 1:7; cap. 4:12; Génesis 22:1; Deuteronomio 8:2, 16; cap. 13:3; Éxodo 15:25; cap. 16:4; Jueces 2:22; cap. 3:1, 4; Salmo 66:10, 11; Daniel 12:10; Apocalipsis 3:10; Job 23:10; Zacarías 13:9; Santiago 1:12; Apocalipsis 2:10; Lucas 8:13; Hechos 20:19; Santiago 1:2, 3; 1 Pedro 1:6. Y se llaman con este nombre porque por ellas los que profesan son probados y examinados en cuanto a qué clase de personas son, si son realmente lo que profesan y parecen ser; y porque en ellas la realidad de un amor supremo a Dios se somete a la prueba de la experiencia y de los hechos; son las pruebas propias en que se determina verdaderamente por experiencia si los hombres tienen o no una disposición cabal del corazón para aferrarse a Dios: Deuteronomio 8:2: «Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído el Señor tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, si habías de guardar o no sus mandamientos»; Jueces 2:21, 22: «Tampoco yo volveré más a arrojar de delante de ellos a ninguna de las naciones que dejó Josué cuando murió; para probar por medio de ellas a Israel, si guardarán el camino del Señor». Así también cap. 3:1, 4, y Éxodo 16:4.
La Escritura, cuando llama a estas dificultades de la religión con el nombre de tentaciones o pruebas, se explica a sí misma diciendo que con ello quiere decir la prueba o el ensayo de su fe: Santiago 1:2, 3: «Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas tentaciones, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia»; 1 Pedro 1:6, 7: «Aunque ahora por un poco de tiempo estáis afligidos en diversas tentaciones, para que la prueba de vuestra fe, mucho más preciosa que el oro», etc. Así el apóstol Pablo habla de aquel costoso deber de desprendernos de nuestros bienes en favor de los pobres como la prueba de la sinceridad del amor de los cristianos: 2 Corintios 8:8. Y las dificultades de la religión se representan a menudo en la Escritura como la prueba de los que profesan la fe, del mismo modo que el horno es la prueba propia del oro y de la plata: Salmo 66:10, 11: «Porque tú nos probaste, oh Dios; nos refinaste como se refina la plata. Nos metiste en la red; pusiste aflicción sobre nuestros lomos». Zacarías 13:9: «Y meteré en el fuego a la tercera parte, y los refinaré como se refina la plata, y los probaré como se prueba el oro». Lo que tiene el color y la apariencia del oro se pone en el horno para probar si es lo que parece ser, oro verdadero o no. Así las dificultades de la religión se llaman pruebas, porque prueban a los que tienen la profesión y la apariencia de santos, para ver si son lo que parecen ser, verdaderos santos.
Si ponemos el oro verdadero en el horno, hallaremos su gran valor y preciosidad: así la verdad y el valor inestimable de las virtudes de un verdadero cristiano se manifiestan cuando está bajo estas pruebas: 1 Pedro 1:7: «Para que la prueba de vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual perece, sea hallada en alabanza, honra y gloria». El oro verdadero y puro saldrá del horno con todo su peso; así los verdaderos santos, cuando son probados, salen como oro, Job 23:10. Cristo distingue la gracia verdadera de la falsificada por esto: que es oro afinado en fuego, Apocalipsis 3:17, 18. De modo que es evidente que en la Escritura estas cosas se llaman pruebas principalmente en cuanto prueban o examinan la sinceridad de los que profesan la fe. Y, por lo que ahora se ha observado, es evidente que son la prueba o el examen más propio de su sinceridad, puesto que el sentido mismo de la palabra prueba, tal como se usa ordinariamente en la Escritura, es la dificultad que sale al paso del deber del que profesa, como prueba o ensayo de su sinceridad. Si prueba de la sinceridad es el nombre propio de estas dificultades de la religión, entonces, sin duda, estas dificultades de la religión son propia y eminentemente la prueba de la sinceridad; pues sin duda son eminentemente aquello con que las llama el Espíritu Santo: Dios da a las cosas su nombre según lo que es eminentemente su naturaleza. Y, si es así, que estas cosas son la prueba, el examen o el ensayo propio y eminente de la sinceridad de los que profesan, entonces ciertamente el resultado de la prueba o ensayo (es decir, la conducta o práctica de las personas bajo tales pruebas) es la evidencia propia y eminente de su sinceridad; pues se llaman pruebas o exámenes solo en relación con el resultado, y porque el efecto es eminentemente la prueba o evidencia. Y esta es la prueba y evidencia más propia para la conciencia de quienes son sometidos a estas pruebas. Porque cuando se dice que Dios, por medio de estas cosas, prueba a los hombres y los examina, para ver lo que hay en su corazón, y si guardarán o no sus mandamientos, no hemos de entender que es para su propia información, o para obtener él mismo evidencia de su sinceridad (pues no necesita pruebas para informarse), sino principalmente para convencerlos a ellos y presentar evidencia a su conciencia.8181 «Estoy persuadido, como lo está Calvino, de que todas las diversas pruebas de los hombres sirven para mostrarles a ellos mismos, y al mundo, que no son sino falsificaciones; y para que los santos se conozcan mejor a sí mismos, Romanos 5:5. La tribulación produce prueba, y esperanza, Proverbios 17:3. Si quieres saber si dará el peso, la prueba te lo dirá. Shepard, La parábola de las diez vírgenes, Parte I, p. 191.
Así, cuando se dice que Dios probó a Israel con las dificultades que encontraron en el desierto, y con las dificultades que encontraron de parte de sus enemigos en Canaán, para saber lo que había en su corazón, si guardarían o no sus mandamientos, debe entenderse que era para descubrirlos a sí mismos, a fin de que conocieran lo que había en su propio corazón. Así, cuando Dios tentó o probó a Abraham con aquel difícil mandamiento de ofrecer a su hijo, no fue para quedar él satisfecho de si Abraham temía a Dios o no, sino para la mayor satisfacción y consuelo del propio Abraham, y para una manifestación más clara del favor de Dios hacia él. Cuando Abraham se mostró fiel bajo esta prueba, Dios le dice: «Ya conozco que temes a Dios, pues no me rehusaste tu hijo, tu único». Lo cual implica claramente que en este ejercicio práctico de la gracia de Abraham bajo esta prueba había una evidencia más clara de la verdad de su gracia que la que jamás hubo antes, y la mayor evidencia para la conciencia de Abraham; porque Dios mismo se la da a Abraham como tal, para su consuelo y regocijo, y le habla de ella como de lo que podía ser la mayor evidencia para su conciencia de que era recto a los ojos de su Juez. Lo cual prueba lo que digo: que la práctica santa bajo las pruebas es la evidencia más alta de la sinceridad de los que profesan la fe para su propia conciencia. Y hallamos que Cristo, una y otra vez, siguió el mismo método para convencer la conciencia de quienes pretendían ser sus amigos, y mostrarles lo que eran. Este fue el método que siguió con el joven rico, Mateo 19:16 y siguientes. Este parecía mostrar un gran respeto a Cristo: vino arrodillándose ante él y lo llamó Maestro bueno, e hizo una gran profesión de obediencia a los mandamientos; pero Cristo lo probó mandándole que fuera y vendiera todo lo que tenía, y lo diera a los pobres, y viniera, tomara su cruz y lo siguiera, diciéndole que entonces tendría tesoro en el cielo. Así probó a otro de quien leemos, Mateo 8:20. Este hizo una gran profesión de respeto a Cristo: le dice: Señor, te seguiré adondequiera que vayas. Cristo pone de inmediato su amistad a prueba, diciéndole que las zorras tenían guaridas, y las aves del cielo nidos, pero que el Hijo del Hombre no tenía dónde recostar la cabeza. Y así suele Cristo todavía probar en su providencia a los que se profesan discípulos en general. Así la semilla sembrada en toda clase de terreno, en pedregales, entre espinos y en buena tierra, que en todos parece igual cuando brota por primera vez, es sin embargo probada, y la diferencia se hace manifiesta, por el calor abrasador del sol.
Siendo, pues, estas las cosas de que Dios se sirve para probarnos, el camino más seguro para que juzguemos rectamente de nosotros mismos es, sin duda, probarnos por esas mismas cosas. Estas pruebas suyas no son para informarle a él, sino a nosotros; por tanto, debemos recibir de ahí nuestra información. El camino más seguro para conocer nuestro oro es mirarlo y examinarlo en el horno de Dios, donde él lo prueba con ese fin, para que veamos lo que es. Si queremos saber si un edificio está firme o no, hemos de mirarlo cuando sopla el viento. Si queremos saber si lo que aparece en forma de trigo tiene la verdadera sustancia del trigo, o es solo paja, hemos de observarlo cuando se avienta. Si queremos saber si un bastón es fuerte, o es una caña podrida y quebrada, hemos de observarlo cuando uno se apoya en él y descarga peso sobre él. Si queremos pesarnos con justicia, hemos de pesarnos en la balanza de Dios, de la que él se sirve para pesarnos.8282 El Dr. Sibbes, en su obra La caña cascada, dice: «Cuando la voluntad de Cristo entra en competencia con alguna pérdida o ganancia mundana, si aun entonces, en ese caso particular, el corazón se inclina ante Cristo, es una señal verdadera. Porque la prueba más verdadera del poder de la gracia está en aquellos casos particulares que nos tocan más de cerca, pues allí nuestra corrupción se levanta con más fuerza. Cuando Cristo apretó de cerca al joven del evangelio, perdió en él un discípulo». Estas pruebas, en el curso de nuestra práctica, son, por así decirlo, la balanza en que se pesan nuestros corazones, o en que se pesan Cristo y el mundo, o Cristo y sus competidores, en cuanto a la estima y consideración que tienen en nuestro corazón, o se ponen en platillos opuestos, con lo cual hay ocasión de ver cuál pesa más. Cuando un hombre es llevado a una encrucijada de caminos, uno de los cuales conduce a Cristo, y el otro al objeto de sus concupiscencias, para ver por cuál irá, o es llevado y como puesto entre Cristo y el mundo, Cristo a la mano derecha y el mundo a la izquierda, de modo que, si va hacia uno, tiene que dejar el otro, para ver hacia cuál se inclina más su corazón, o cuál pesa más en su corazón, esto es exactamente lo mismo que poner a Cristo y al mundo en dos platillos opuestos; y su ir hacia el uno y dejar el otro es exactamente lo mismo que el bajar de un platillo y el subir del otro. La práctica de un hombre, por tanto, bajo las pruebas de la providencia de Dios, es la evidencia propia de la inclinación predominante de su corazón, tanto como el movimiento de la balanza, con pesos diferentes en platillos opuestos, es el ensayo propio de cuál es el peso mayor.
ARGUMENTO III.—Otro argumento de que la práctica santa, en el sentido que se ha explicado, es la clase más alta de evidencia de la verdad de la gracia para la conciencia de los cristianos, es que en la práctica la gracia, según el lenguaje de la Escritura, se dice que es perfeccionada o acabada. Así dice el apóstol Santiago, Santiago 2:22: «¿Ves que la fe obraba juntamente con sus obras, y que la fe fue perfeccionada por las obras» (o acabada, como propiamente significa la palabra en el original)?». Así también se dice que el amor de Dios es perfeccionado, o acabado, en el guardar sus mandamientos. 1 Juan 2:4, 5: «El que dice: Yo le he conocido, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y no hay verdad en él; pero el que guarda su palabra, en este verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado». El mandamiento de Cristo al que se refiere especialmente el apóstol cuando habla aquí de guardar sus mandamientos es (como antes observé) aquel gran mandamiento suyo que atañe a las obras de amor hacia nuestros hermanos, como se ve por los versículos siguientes. Además, se dice que el amor de Dios es perfeccionado en el mismo sentido en el capítulo 4:12: «Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros». Aquí, sin duda, el apóstol sigue refiriéndose al amarnos unos a otros del modo que había explicado en el capítulo anterior, cuando hablaba del amarnos unos a otros como señal del amor de Dios, versículos 17, 18: «Pero el que tiene bienes de este mundo, y cierra contra él sus entrañas, etc., ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra (o en la obra) y en verdad». Amando así en la obra, dice el apóstol, «el amor de Dios se ha perfeccionado en nosotros». Se dice que la gracia es perfeccionada o acabada en la práctica santa, porque en ella es llevada a su efecto propio y a aquel ejercicio que es el fin del principio; en ella se alcanzan la tendencia y el propósito de la gracia, y su operación queda completada y coronada. Así como el árbol se perfecciona en el fruto: no se perfecciona cuando la semilla es plantada en la tierra; no se perfecciona en la primera vivificación de la semilla, cuando echa raíz y brote; ni se perfecciona cuando sale de la tierra; ni se perfecciona cuando echa hojas; ni tampoco cuando echa flores; pero, cuando ha dado buen fruto maduro, entonces se perfecciona, en ello alcanza su fin, el propósito del árbol queda acabado: todo lo que pertenece al árbol se completa y es llevado a su efecto propio en el fruto. Así es la gracia en sus ejercicios prácticos. Se dice que la gracia es perfeccionada o acabada en su obra o fruto, de la misma manera que se dice del pecado, Santiago 1:15: «Cuando la concupiscencia ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte». Aquí hay tres pasos: primero, el pecado en su principio o hábito, en la existencia de la concupiscencia en el corazón; luego, su concepción, que consiste en sus ejercicios inmanentes en la mente; y por último, el fruto concebido, dado a luz efectivamente en la obra y práctica perversa. Y a esto llama el apóstol el acabamiento o perfeccionamiento del pecado: porque la palabra, en el original, es la misma que se traduce perfeccionado en los lugares antes mencionados.
Ahora bien, ciertamente, si es así, si de esta manera la gracia se perfecciona en su fruto, si estos ejercicios prácticos de la gracia son aquellos ejercicios en que la gracia es llevada a su efecto y fin propio, y los ejercicios en que todo lo que pertenece a su propósito, tendencia y operación queda completado y coronado, entonces estos ejercicios deben ser las más altas evidencias de la gracia, por encima de todos los demás ejercicios. Ciertamente, la naturaleza y la tendencia propias de todo principio deben manifestarse mejor y más plenamente en sus ejercicios más perfectos, o en aquellos ejercicios en que su naturaleza se despliega del modo más completo, y su tendencia se cumple y se corona más plenamente en su efecto y fin propio. Si queremos ver la naturaleza propia de cualquier cosa, sea la que sea, y verla en su plena distinción de las demás cosas, mirémosla en su acabamiento. El apóstol Santiago dice que por las obras la fe se perfecciona; y presenta esto como argumento para probar que las obras son la principal evidencia de la fe, por la cual se justifica la sinceridad de los que profesan la fe, Santiago 2. Y el apóstol Juan, después de habernos dicho una y otra vez que el amor se perfecciona en el guardar los mandamientos de Cristo, observa, 1 Juan 4:18, que el perfecto amor echa fuera el temor; refiriéndose (al menos en parte) al amor perfeccionado en este sentido; conforme a lo que había dicho en el capítulo anterior: que, amando de hecho, o en la obra, conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones, versículos 18, 19.
ARGUMENTO IV.—Otra cosa que hace evidente que la práctica santa es la principal evidencia de que debemos servirnos al juzgar de nuestra propia sinceridad y de la de los demás es que en la Escritura se insiste en esta evidencia por encima de todas las demás. Un conocimiento corriente de la Escritura, junto con un poco de atención y observación, bastará para mostrar a cualquiera que en toda la Escritura, desde el principio del Génesis hasta el fin del Apocalipsis, se insiste en esto como nota de verdadera piedad diez veces más que en cualquier otra cosa. Y en el Nuevo Testamento, donde Cristo y sus apóstoles establecen expresamente, y con propósito declarado, señales de verdadera piedad, se insiste casi exclusivamente en esto. Puede observarse que Cristo y sus apóstoles no solo dicen a menudo, al tratar las grandes doctrinas de la religión, cosas que muestran cuál debe ser la naturaleza de la verdadera piedad, o de las cuales pueden inferirse por justa consecuencia su naturaleza y sus señales, y a menudo mencionan de paso muchas cosas que pertenecen a la piedad; sino que también, a menudo y de propósito, dan señales y marcas para la prueba de los que profesan la fe, llevándolos a probarse a sí mismos por las señales que dan, e introduciendo lo que dicen con expresiones como estas: «En esto sabréis que conocéis a Dios: en esto se manifiestan los hijos de Dios y los hijos del diablo: el que tiene esto edifica sobre buen fundamento; el que no lo tiene edifica sobre la arena: en esto aseguraremos nuestros corazones: ese es el que ama a Cristo», etc. Pero no puedo hallar ningún lugar en que Cristo o sus apóstoles den de esta manera señales de piedad (aunque los lugares son muchos) en que no sea la práctica cristiana casi lo único en que se insiste. Es verdad que en muchos de estos lugares se habla del amor a los hermanos como señal de piedad; y, como antes he observado, no hay ningún afecto o disposición virtuosa de que se hable expresamente tan a menudo como señal de verdadera gracia como del amor que nos tenemos unos a otros: pero entonces las Escrituras se explican a sí mismas, dando a entender que se refieren principalmente a este amor en cuanto ejercido y expresado en la práctica, o en obras de amor. Así lo hace el apóstol Juan, quien, por encima de todos los demás, insiste en el amor a los hermanos como señal de piedad, y que se explica a sí mismo del modo más expreso en 1 Juan 3:14 y siguientes: «Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano permanece en muerte. Pero el que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él sus entrañas de compasión, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra (es decir, en obras de amor) y en verdad. Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él». De modo que, cuando la Escritura insiste tanto en que nos amemos unos a otros como gran señal de piedad, no hemos de entender por ello tanto las operaciones inmanentes del afecto que los hombres sienten unos hacia otros, como el practicar el alma todos los deberes de la segunda tabla de la ley; todos los cuales, como el Nuevo Testamento nos dice una y otra vez, están comprendidos en un verdadero amor de unos a otros, Romanos 13:8 y 10, Gálatas 5:14, Mateo 22:39, 40. De modo que, en realidad, no hay ningún lugar en el Nuevo Testamento cuyo propósito declarado sea dar señales de piedad en que la práctica santa y el guardar los mandamientos de Cristo no sean la marca escogida entre todas las demás para insistir en ella. Lo cual es un argumento invencible de que es la principal de todas las evidencias de piedad: a menos que supongamos que, cuando Cristo y sus apóstoles se dedicaron de propósito a esta tarea de dar señales por las cuales los cristianos profesantes de todas las épocas pudieran determinar su estado, no supieron escoger las señales tan bien como nosotros podríamos haberlas escogido por ellos. Pero, si hacemos de la palabra de Cristo nuestra regla, entonces, sin duda, aquellas marcas que Cristo y sus apóstoles establecieron principalmente y nos dieron para que nos probáramos por ellas, esas mismas marcas debemos recibir especialmente y usar principalmente en la prueba de nosotros mismos.8383 «Es una regla segura», dice el Dr. Preston, «que, aquello en que las Escrituras emplean muchas palabras, nosotros debemos emplear muchos pensamientos; y lo que el Espíritu Santo más urge, nosotros debemos estimarlo más». Church’s Carriage. Y, sin duda, aquellas cosas en que Cristo y sus apóstoles insistieron principalmente en las reglas que dieron son las mismas en que los ministros deben insistir principalmente en las reglas que dan. Insistir mucho en aquellas cosas en que la Escritura insiste poco, e insistir muy poco en aquellas en que la Escritura insiste mucho, es cosa peligrosa; porque es salirse del camino de Dios, y es juzgarnos a nosotros mismos y guiar a otros de una manera ajena a la Escritura. Dios sabía qué manera de conducir y guiar las almas era la más segura y la mejor para ellas: insistió tanto en algunas cosas porque sabía que era necesario que se insistiera en ellas; y dejó más en paz otras cosas, como Dios sabio, porque sabía que no era lo mejor para nosotros cargar tanto allí el peso de la prueba. Así como el día de reposo fue hecho por causa del hombre, así las Escrituras fueron hechas por causa del hombre; y están, por una sabiduría infinita, adecuadas a nuestro uso y provecho. Por tanto, debemos hacer de ellas nuestra guía en todas las cosas, en nuestros pensamientos acerca de la religión y de nosotros mismos. Y que nosotros hagamos grande lo que la Escritura hace pequeño, y pequeño lo que la Escritura hace grande, tiende a darnos una idea monstruosa de la religión; y (al menos de modo indirecto y gradual) a apartarnos por completo de la regla recta y de una recta opinión de nosotros mismos, y a afianzar el engaño y la hipocresía.
ARGUMENTO V.—La palabra de Dios habla claramente de la práctica cristiana como la principal evidencia de la verdad de la gracia, no solo para los demás, sino para la propia conciencia de los hombres. No solo se habla de ella e insiste en ella más que en otras señales, sino que en muchos lugares donde se habla de ella se la presenta como la principal de todas las evidencias. Esto es claro por el modo de expresarse una y otra vez. Si Dios hablara ahora desde el cielo para resolver nuestras dudas acerca de las señales de piedad, y diera alguna señal particular para que por ella todos pudieran saber si eran sinceramente piadosos o no, con expresiones tan enfáticas como estas acerca del hombre que tiene tal cualidad o marca: «ese es el hombre que es verdadero santo, ese es precisamente el hombre, por esto puedes conocerlo, esta es la cosa por la cual se manifiesta quiénes son santos y quiénes pecadores, hombres como estos son santos de verdad», ¿no lo tendríamos por cosa fuera de toda duda que esto se daba como nota especial y eminentemente distintiva de la verdadera piedad? Pues este es precisamente el caso respecto de la señal de gracia de que hablo; Dios se ha expresado una y otra vez en su palabra de esta misma manera acerca de la práctica cristiana, como en Juan 14: «El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ese es el que me ama». Esto lo da aquí Cristo a los discípulos, no tanto para guiarlos al juzgar de otros, como para que se lo aplicaran a sí mismos para su propio consuelo después de su partida, como se ve por cada palabra del contexto. Y, de paso, quisiera observar que no solo es notable el énfasis con que Cristo se expresa, sino también el que insista tanto en el asunto y lo repita, como lo hace en el contexto: versículo 15: «Si me amáis, guardad mis mandamientos». Versículo 23: «El que me ama, mi palabra guardará». Y versículo 24: «El que no me ama, no guarda mis palabras». Y en el capítulo siguiente, una y otra vez: versículo 2: «Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará». Versículo 8: «En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos». Versículo 14: «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando». Tenemos esta marca establecida de nuevo con el mismo énfasis en Juan 8:31: «Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos». Y otra vez en 1 Juan 2:3: «Y en esto sabemos que nosotros le hemos conocido, si guardamos sus mandamientos». Y en el versículo 5: «El que guarda su palabra, en este verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él». Y en el capítulo 3:18, 19: «Amemos de obra y en verdad; en esto conocemos que somos de la verdad». La expresión que se traduce «en esto» habría sido algo más enfática si se hubiera vertido más literalmente del original: «por esto mismo conocemos».—¡Y con cuánta evidencia se habla de la práctica santa como la gran nota de distinción entre los hijos de Dios y los hijos del diablo, en el versículo 10 del mismo capítulo! «En esto se manifiestan los hijos de Dios y los hijos del diablo». Habla de una práctica santa y de una práctica perversa, como puede verse en todo el contexto; como en el versículo 3: «Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro». Versículos 6-10: «Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él también es justo; el que practica el pecado es del diablo.—Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado.—Todo aquel que no hace justicia no es de Dios». Así tenemos el mismo énfasis en 2 Juan 6: «Y este es el amor, que andemos según sus mandamientos»; es decir (como debemos entenderlo), esta es la evidencia propia del amor. Así 1 Juan 5:3: «Este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos». Así el apóstol Santiago, hablando de las evidencias propias de la religión verdadera y pura, dice, Santiago 1:27: «La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo». Tenemos expresiones igualmente enfáticas usadas acerca de lo mismo en el Antiguo Testamento, Job 28:28: «Y dijo al hombre: He aquí que el temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse del mal, la inteligencia». Jeremías 22:15, 16: «¿No comió y bebió tu padre, e hizo juicio y justicia? Él juzgó la causa del afligido y del menesteroso: ¿no es esto conocerme a mí?, dice el Señor». Salmo 34:11 y siguientes: «Venid, hijos, oídme; el temor del Señor os enseñaré.—Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño; apártate del mal, y haz el bien; busca la paz, y síguela». Salmo 15, al principio: «¿Quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo? El que anda en integridad», etc. Salmo 24:3, 4: «¿Quién subirá al monte del Señor? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón», etc. Salmo 119:1: «Bienaventurados los perfectos de camino, los que andan en la ley del Señor». Versículo 6: «Entonces no sería yo avergonzado, cuando atendiese a todos tus mandamientos». Proverbios 8:13: «El temor del Señor es aborrecer el mal».
Así, la Escritura nunca usa expresiones tan enfáticas acerca de ninguna otra señal de hipocresía y de falta de sinceridad del corazón como acerca de una práctica no santa. Así Gálatas 6:7: «No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará». 1 Corintios 6:9, 10: «No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, etc., heredarán el reino de Dios». Efesios 5:5, 6: «Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, etc., tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios. Nadie os engañe con palabras vanas». 1 Juan 3:7, 8: «Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él también es justo; el que practica el pecado es del diablo». Capítulo 2:4: «El que dice: Yo le he conocido, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y no hay verdad en él». Y capítulo 1:6: «Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad». Santiago 1:26: «Si alguno entre vosotros parece ser religioso, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana». Capítulo 3:14, 15: «Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad. Esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica». Salmo 125:5: «Mas a los que se apartan tras sus perversidades, el Señor los llevará con los que hacen iniquidad». Isaías 35:8: «Y habrá allí calzada y camino, y será llamado Camino de Santidad; no pasará por él inmundo». Apocalipsis 21:27: «No entrará en ella de ningún modo cosa alguna que hace abominación o mentira». Y en muchos lugares: «Apartaos de mí, no os conozco, hacedores de maldad».
ARGUMENTO VI.—Otra cosa que pone de manifiesto que la práctica santa es la principal de todas las señales de la sinceridad de los profesantes, no solo ante el mundo, sino ante su propia conciencia, es que esta es la gran evidencia de la que se hará uso en lo venidero ante el tribunal de Dios; conforme a la cual se regirá su juicio y quedará determinado de manera inalterable el estado de todo el que profesa la religión. En el juicio futuro habrá un examen público de los profesantes, y en ese juicio se hará uso de evidencias. Porque el futuro juicio de Dios sobre los hombres, con vistas a su retribución eterna, no consistirá en que él examine, averigüe y forme en su propia mente un juicio sobre el estado del corazón de los hombres; sino que será un juicio declarativo; y su fin no será que Dios se forme un juicio dentro de sí mismo, sino la manifestación de su juicio, y de la justicia de este, a la propia conciencia de los hombres y al mundo. Y por eso el día del juicio es llamado el día de la manifestación del justo juicio de Dios, Romanos 2:5. Y el fin del futuro examen y juicio de Dios sobre los hombres, en cuanto a la parte que a cada uno en particular le toca en el juicio, será especialmente la clara manifestación del justo juicio de Dios respecto de él, ante su propia conciencia; como se ve claramente por Mateo 18:31 hasta el final; cap. 20:8-15; cap. 22:11, 12, 13; cap. 25:19-30, y del versículo 35 hasta el final; Lucas 19:16-23. Y por eso, aunque Dios no necesita medio alguno para hacerse evidente a sí mismo la verdad, en su futuro juicio de los hombres se hará uso, sin embargo, de evidencias. Y sin duda las evidencias que se usarán en ese examen serán las más adecuadas para servir a los fines del juicio; a saber, la manifestación del justo juicio de Dios, no solo ante el mundo, sino ante la propia conciencia de los hombres. Ahora bien, las Escrituras nos enseñan abundantemente que las grandes evidencias de las que el Juez se servirá en el examen, para estos fines, y conforme a las cuales se regirá el juicio de cada uno y se pronunciará la sentencia irrevocable, serán las obras de los hombres, o su práctica, aquí en este mundo: Apocalipsis 20:12, «Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante de Dios; y los libros fueron abiertos;—y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras». Así el versículo 13, «Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el infierno entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras». 2 Corintios 5:10, «Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba lo hecho por medio del cuerpo, sea bueno o sea malo». Así, la práctica de los hombres es la única evidencia por la que Cristo presenta regido el juicio futuro, en la descripción más detallada del día del juicio que tenemos en la Santa Biblia, al final de Mateo 25. Véanse también Romanos 2:6, 13; Jeremías 17:10; Job 34:11; Proverbios 24:12; Jeremías 32:19; Apocalipsis 22:12; Mateo 16:27; Apocalipsis 2:23; Ezequiel 33:20; 1 Pedro 1:17. El Juez, en el día del juicio, no se pondrá (para convencer la conciencia de los hombres y para manifestarlos ante el mundo) a examinarlos en cuanto al método de sus experiencias, ni hará que cada uno cuente la historia de la manera de su conversión; sino que se sacarán a la luz sus obras, como evidencias de lo que es; lo que ha hecho en tinieblas y en la luz: Eclesiastés 12:14, «Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala». En el examen al que serán sometidos los profesantes en el juicio futuro, Dios hará uso, para manifestarlos ante sí mismos y ante el mundo, de las mismas evidencias de las que se sirve para manifestarlos aquí en las tentaciones o pruebas de su providencia; a saber, su práctica, en los casos en que Cristo y otras cosas entran en competencia real e inmediata. En el día del juicio, Dios, para la manifestación de su justo juicio, pesará a los profesantes en una balanza visible. Y la balanza será la misma en que ahora pesa a los hombres, la cual ya se ha descrito.
De aquí podemos inferir sin duda alguna que las obras de los hombres (tomadas en el sentido que se ha explicado) son las evidencias más altas por las que deben examinarse a sí mismos. Ciertamente, aquello de lo que nuestro Juez supremo se servirá principalmente para juzgarnos, cuando comparezcamos ante él, es aquello de lo que nosotros deberíamos servirnos principalmente para juzgarnos a nosotros mismos.8484 «Aquello que Dios hace regla de su propio juicio, como aquello por lo cual juzga a todo hombre, es una regla segura por la cual cada uno puede juzgarse a sí mismo. Aquello por lo cual seremos juzgados en el día postrero es una regla segura que aplicarnos a nosotros mismos en el presente. Ahora bien, por nuestra obediencia y nuestras obras nos juzga él. “El cual pagará a cada uno conforme a sus obras”». Dr. Preston, Church’s Carriage. Si no se hubiera revelado de qué manera y por qué evidencia procederá el Juez con nosotros en lo venidero, ¡qué natural sería que uno dijera: «Oh, si supiera qué señal buscará Dios principalmente, y en cuál insistirá, en el último y decisivo juicio, cuál espera que puedan presentar todos los que entonces hayan de ser aceptados por él, y conforme a la cual se pronunciará la sentencia; para saber qué señal o evidencia debo mirar y buscar especialmente ahora, como quien quiere estar seguro de no fallar entonces»! Y puesto que Dios ha revelado tan clara y abundantemente cuál es esa señal o evidencia, sin duda, si obramos con sabiduría, la tendremos por cosa de la mayor importancia.
Ahora bien, por todo lo dicho, creo que queda abundantemente manifiesto que la práctica cristiana es la evidencia más propia de la sinceridad de gracia de los profesantes, para ellos mismos y para otros; y la principal de todas las marcas de la gracia, la señal de las señales y la evidencia de las evidencias, la que sella y corona todas las demás señales.—Preferiría tener el testimonio de mi conciencia de que tengo de mi parte una palabra de mi Juez supremo como esta, Juan 14:21, «El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ese es el que me ama»; antes que el juicio y la más plena aprobación de todos los teólogos sabios, sanos y experimentados que han vivido en estos mil años, tras el más exacto y riguroso examen de mis experiencias en cuanto a la manera de mi conversión. No es que no haya otras buenas evidencias de un estado de gracia aparte de esta. Puede haber otros ejercicios de la gracia además de estos ejercicios eficaces, que los santos pueden tener en la contemplación y que pueden serles muy satisfactorios; pero, con todo, esta es la evidencia principal y más propia. Puede haber varias buenas evidencias de que un árbol es una higuera; pero la evidencia más alta y más propia de ello es que efectivamente da higos. Es posible que un hombre tenga una buena seguridad de su estado de gracia en su primera conversión, antes de haber tenido ocasión de obtener seguridad por esta gran evidencia de la que hablo.—Si un hombre oye que se le ofrece un gran tesoro en un lugar distante, con la condición de que lo estime tanto como para estar dispuesto a dejar lo que posee en su casa y emprender un viaje en su busca, por encima de las rocas y montañas que hay en el camino, hasta el lugar donde se encuentra; es posible que ese hombre esté bien seguro de que valora el tesoro en el grado mencionado tan pronto como se le hace la oferta: puede sentir dentro de sí, fuera de toda duda, la disposición a ir en busca del tesoro; pero, con todo, esto no impide que su obrar efectivo para conseguirlo sea la evidencia más alta y más propia de su disposición, no solo para otros, sino para él mismo. Pero entonces, como evidencia para él mismo, sus acciones externas y los movimientos de su cuerpo en el viaje no se consideran solos, con exclusión de la acción de su mente y de la conciencia, dentro de sí, de aquello que lo mueve y del fin por el que va; de otro modo, su movimiento corporal no sería para él evidencia alguna de que estima el tesoro. De esta manera es la práctica cristiana la evidencia más propia de una estima salvadora de la perla de gran precio y del tesoro escondido en el campo.
La práctica cristiana es la señal de las señales en este sentido: que es la gran evidencia que confirma y corona todas las demás señales de piedad. No hay ni una sola gracia del Espíritu de Dios de cuya verdad no sea la práctica cristiana la evidencia más propia. Así como sucede con los miembros de nuestro cuerpo y con todos nuestros utensilios, cuya solidez y bondad se prueban propiamente en el uso, así sucede con nuestras gracias (que nos son dadas para ser usadas en la práctica, tanto como nuestras manos y pies, o las herramientas con que trabajamos, o las armas con que luchamos): su prueba y comprobación propias están en su ejercicio en la práctica. La mayoría de las cosas que usamos nos son de servicio, y así se prueba su utilidad, bajo alguna presión, tensión, sacudida o choque. Así sucede con un arco, una espada, un hacha, una sierra, una cuerda, una cadena, un bastón, un pie, un diente, etc. Y las que son tan débiles que no soportan la tensión o la presión a que necesitamos someterlas no sirven para nada. Así sucede con todas las virtudes del alma. Su prueba y comprobación propias están en ser ejercitadas bajo las tentaciones y pruebas a las que Dios nos somete en el curso de su providencia, y en ser puestas a un servicio que exige mucho de los principios de la naturaleza.
La práctica es la prueba propia del conocimiento verdadero y salvador de Dios; como se ve por aquello del apóstol ya mencionado: «En esto sabemos que nosotros lo conocemos, si guardamos sus mandamientos». En vano profesamos conocer a Dios si con los hechos lo negamos, Tito 1:16. Y si conocemos a Dios, pero no lo glorificamos como a Dios, nuestro conocimiento solo nos condenará y no nos salvará, Romanos 1:21. La gran nota del conocimiento que salva y hace bienaventurado es que es práctico: Juan 13:17, «Si sabéis estas cosas, bienaventurados sois si las hacéis». Job 28:28, «El apartarse del mal es la inteligencia».
La práctica santa es la evidencia propia del arrepentimiento. Cuando los judíos profesaban arrepentimiento, cuando acudían a Juan confesando sus pecados mientras él predicaba el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados, él les señaló el camino recto para obtener y mostrar evidencias propias de la verdad de su arrepentimiento, cuando les dijo: «Haced frutos dignos de arrepentimiento», Mateo 3:8. Lo cual concordaba con la práctica del apóstol Pablo; véase Hechos 26:20. Una y otra vez se promete perdón y misericordia a quien tiene esta evidencia del verdadero arrepentimiento: que abandona su pecado, Proverbios 28:13, e Isaías 55:7, y muchos otros lugares.
La práctica santa es la evidencia propia de una fe salvadora. Es evidente que el apóstol Santiago habla de las obras como de aquello que justifica eminentemente la fe, o (lo que es lo mismo) justifica a los que profesan la fe, y vindica y manifiesta la sinceridad de su profesión, no solo ante el mundo, sino ante su propia conciencia; como se ve por el ejemplo que da de Abraham, Santiago 2:21-24. Y en los versículos 20 y 26 habla de la naturaleza práctica y operante de la fe como de su vida y su alma misma; de la misma manera que la naturaleza y sustancia activa que hay en el cuerpo de un hombre es la vida y el alma de este. Y si es así, sin duda la práctica es la evidencia propia de la vida y el alma de la fe verdadera, por la cual esta se distingue de una fe muerta. Porque sin duda la práctica es la evidencia más propia de una naturaleza práctica, y la operación la evidencia más propia de una naturaleza operante.
La práctica es la mejor evidencia de una creencia salvadora en la verdad. De que un cristiano profesante ande en la verdad se habla como de la evidencia propia de que la verdad está en él, 3 Juan 3: «Mucho me regocijé cuando vinieron los hermanos y dieron testimonio de la verdad que hay en ti, así como tú andas en la verdad».
La práctica es la evidencia más propia de un verdadero venir a Cristo, y de aceptarlo y unirse a él. Un venir a Cristo verdadero y salvador es (como Cristo enseña a menudo) un venir de tal manera que se deja todo por él. Y, como se observó antes, dejarlo todo por Cristo en el corazón es lo mismo que tener un corazón dispuesto a dejarlo todo efectivamente; pero la evidencia propia de tener un corazón dispuesto a dejarlo todo efectivamente es, en verdad, dejarlo todo efectivamente en la medida en que uno es llamado a ello. Si un príncipe pretende a una mujer de un país lejano, pidiéndole que deje a su propio pueblo y la casa de su padre y venga a él para ser su esposa, la evidencia propia de que su corazón consiente a la pretensión del rey es que efectivamente deje a su propio pueblo y la casa de su padre y vaya a él.—Por esto su consentimiento a la pretensión del rey se perfecciona, en el mismo sentido en que el apóstol Santiago dice que por las obras la fe se perfecciona.8585 «Nuestro tomar a Cristo de veras se ve en nuestras acciones y obras: Isaías 1:19, “Si quisiereis y oyereis, comeréis el bien de la tierra”. Es decir, si queréis consentir en tomar a JEHOVÁ por vuestro Señor y Rey: si dais vuestro consentimiento, ahí está lo primero; pero eso no basta, sino si además obedecéis. El consentimiento que consiste en el acto interior de la mente, su verdad se verá en vuestra obediencia, en los actos de vuestra vida. “Si quisiereis y oyereis, comeréis el bien de la tierra”; es decir, tomaréis de todo lo que él tiene cuanto os convenga; porque entonces estáis desposados con él de verdad, y tenéis parte en todos sus bienes». Dr. Preston, Church’s Carriage. Cristo nos promete la vida eterna con la condición de que vengamos a él; pero es un venir como aquel al que encaminó al joven que vino a preguntar qué debía hacer para tener la vida eterna: Cristo le mandó ir y vender todo lo que tenía, y venir a él, y seguirle. Si en su corazón hubiera consentido a la propuesta, y así hubiera venido a Cristo en su corazón, la evidencia propia de ello habría sido hacerlo; y con ello su venir a Cristo se habría perfeccionado. Cuando Cristo llamó a Leví el publicano, estando este sentado al banco de los tributos y en medio de sus ganancias mundanas, la adhesión del corazón de Leví a esta invitación de su Salvador a venir a él se manifestó, y se perfeccionó, en que efectivamente se levantó, lo dejó todo y le siguió, Lucas 5:27, 28. Cristo y otras cosas se nos ponen delante a la vez, para que nos aferremos concretamente a lo uno y dejemos lo otro; en tal caso, aferrarse a Cristo en la práctica es aceptar a Cristo en la práctica; tanto como el que un mendigo extienda la mano y tome un don que se le ofrece es su aceptación práctica del don. Sí, ese acto del alma que consiste en aferrarse a Cristo en la práctica es en sí mismo el venir más perfecto del alma a Cristo.
La práctica es la evidencia más propia de la confianza en Cristo para la salvación. La significación propia de la palabra confiar, según su uso más ordinario, tanto en el habla común como en las Santas Escrituras, es el ánimo y aliento que cobra la mente de una persona para correr algún riesgo en la práctica, o en algo que hace fiándose de la suficiencia y fidelidad de otro. Y, por tanto, la evidencia propia de su confianza es el riesgo que corre en lo que hace. No puede decirse con propiedad que corre riesgo alguno, apoyándose en algo, quien nada hace en virtud de ese apoyo, o cuya práctica no es distinta de la que sería si no tuviera tal apoyo. Que un hombre corra un riesgo apoyándose en otro es que haga, en virtud de ese apoyo, algo por lo cual parece exponerse, y que no haría si no fuera por ese apoyo. Y, por tanto, es al afrontar las dificultades y los aparentes peligros de la práctica cristiana, apoyándose en la suficiencia y fidelidad de Cristo para otorgar la vida eterna, cuando se dice que las personas se arriesgan a sí mismas en Cristo y confían en él para la felicidad y la vida. Se apoyan en promesas como aquella de Mateo 10:39, «El que pierde su vida por causa de mí, la hallará». Y así se desprenden de todo, y lo arriesgan todo, apoyándose en la suficiencia y la verdad de Cristo. Y esta es la noción bíblica de confiar en Cristo, en el ejercicio de una fe salvadora en él. Así Abraham, el padre de los creyentes, confió en Cristo, y por la fe dejó su propia tierra, apoyándose en el pacto de gracia que Dios estableció con él, Hebreos 11:8, 9. Así también, «Por la fe Moisés rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado», Hebreos 11:23, etc. Así, por la fe, otros se expusieron a ser apedreados y aserrados, o muertos a espada; «experimentaron vituperios y azotes, prisiones y cárceles, y anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados». Y en este sentido el apóstol Pablo, por la fe, confió en Cristo y se encomendó a él, arriesgándose a sí mismo y todo cuanto tenía, apoyándose en el poder y la fidelidad de su Redentor, en medio de grandes persecuciones y sufriendo la pérdida de todas las cosas: 2 Timoteo 1:12, «Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy persuadido de que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día».
Si a un hombre le llegara la noticia, de parte del rey de una isla lejana, de que este se proponía hacerlo su heredero, y si, al recibir la noticia, deja inmediatamente su tierra natal y sus amigos, y todo cuanto tiene en el mundo, para ir a aquel país, apoyándose en lo que ha oído, entonces puede decirse que se arriesga a sí mismo, y todo cuanto tiene en el mundo, en ello. Pero si solo se queda sentado y espera el beneficio prometido, complaciéndose interiormente con el pensamiento de él, no puede decirse con propiedad que se arriesga en ello; no corre ningún riesgo en el asunto; no hace nada distinto de lo que haría si no hubiera recibido tal noticia, nada por lo cual quedara expuesto a sufrir algo en caso de que todo fallara. Así, el que, fiándose de lo que oye de un mundo futuro, y apoyándose en el anuncio del evangelio acerca de la vida y la inmortalidad, lo deja todo, o al menos lo hace en la medida en que haya ocasión, haciendo que todo ceda enteramente ante su interés eterno, ese, y solo ese, puede decirse con propiedad que se arriesga a sí mismo sobre el anuncio del evangelio. Y esta es la evidencia propia de una verdadera confianza en Cristo para la salvación.
La práctica es la evidencia propia de un amor de gracia, tanto a Dios como a los hombres. Los textos que enseñan claramente esto se han mencionado ya tantas veces que es innecesario repetirlos.
La práctica es la evidencia propia de la humildad. Aquella expresión y manifestación de la humildad de corazón de la que Dios habla como su gran expresión, y en la que él insiste, es la que debemos considerar como su expresión y manifestación propia; y esta es andar humildemente. Miqueas 6:8, «Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide de ti el Señor: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte para andar con tu Dios».
Esta es también la evidencia propia del verdadero temor de Dios: Proverbios 8:13, «El temor del Señor es aborrecer el mal». Salmo 34:11, etc., «Venid, hijos, oídme; el temor del Señor os enseñaré. Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño; apártate del mal, y haz el bien; busca la paz, y síguela». Proverbios 3:7, «Teme al Señor, y apártate del mal». Proverbios 16:6, «Con el temor del Señor los hombres se apartan del mal». Job 1:8, «¿No has considerado a mi siervo Job—varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?». Cap. 2:3, «¿No has considerado a mi siervo Job—varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal? Y todavía retiene su integridad, aun cuando tú me incitaste contra él». Salmo 36:1, «La iniquidad del impío me dice al corazón: No hay temor de Dios delante de sus ojos».
Así, la práctica, en devolver conforme a los beneficios recibidos, es la evidencia propia de la verdadera gratitud. Salmo 116:12, «¿Qué pagaré al Señor por todos sus beneficios para conmigo?». 2 Crónicas 32:25, «Mas Ezequías no correspondió conforme al beneficio que le había sido hecho». El pagar nuestros votos a Dios y ordenar rectamente nuestra conducta parecen presentarse como la expresión y evidencia propia de la verdadera gratitud en el Salmo 50, vers. 14: «Sacrifica a Dios alabanza, y paga tus votos al Altísimo». Versículo 23, etc.; El que sacrifica alabanza me honrará; y al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios».
Así, la evidencia propia de los deseos y anhelos de gracia, y lo que los distingue de los que son falsos y vanos, es que no son deseos ociosos y meras veleidades como los de Balaam, sino que son eficaces en la práctica para mover a las personas a buscar con empeño y a fondo las cosas que anhelan. Salmo 27:4, «Una cosa he demandado al Señor, esta buscaré». Salmo 63:1, 2, «Oh Dios, tú eres mi Dios; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas, para ver tu poder y tu gloria». Versículo 8, «Mi alma te sigue de cerca». Cantares 1:4, «Atráeme; en pos de ti correremos».
La práctica es la evidencia propia de una esperanza de gracia: 1 Juan 3:3, «Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro». La perseverancia paciente en hacer el bien, a través de las dificultades y pruebas de la carrera cristiana, se menciona a menudo como la expresión y el fruto propios de la esperanza cristiana. 1 Tesalonicenses 1:3, «Acordándonos sin cesar de la obra de vuestra fe, del trabajo de vuestro amor y de la constancia de vuestra esperanza». 1 Pedro 1:13, 14, «Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad hasta el fin la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado, como hijos obedientes», etc. Salmo 119:166, «Señor, tu salvación he esperado, y tus mandamientos he puesto por obra». Salmo 78:7, «A fin de que pongan en Dios su esperanza, y no se olviden de las obras de Dios, sino que guarden sus mandamientos».
Una práctica gozosa de nuestro deber, y el hacer la voluntad de Dios, es la evidencia propia de un gozo verdaderamente santo. Isaías 64:5, «Sales al encuentro del que se alegra y hace justicia». Salmo 119:111, 112, «Por heredad he tomado tus testimonios para siempre, porque son el gozo de mi corazón. Mi corazón incliné a cumplir tus estatutos de continuo, hasta el fin». Versículo 14, «Me he gozado en el camino de tus testimonios más que de toda riqueza». 1 Corintios 13:6, «El amor no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad». 2 Corintios 8:2, «La abundancia de su gozo abundó en riquezas de su generosidad.
La práctica es también la evidencia propia de la fortaleza cristiana. La prueba de un buen soldado no está en el rincón de la chimenea, sino en el campo de batalla, 1 Corintios 9:25, 26, 2 Timoteo 2:3, 4, 6.
Y así como el fruto de la práctica santa es la principal evidencia de la verdad de la gracia, así el grado en que las experiencias influyen en la práctica de una persona es la evidencia más segura del grado de lo que hay de espiritual y divino en sus experiencias. Cualesquiera que sean las pretensiones que hagan las personas de grandes descubrimientos, de gran amor y de grandes gozos, no se les ha de conceder más valor que el de la influencia que tienen en su práctica. No es que no deba tenerse en cuenta el temperamento natural. Pero esto no impide que el grado de la gracia se mida justamente por el grado de su efecto en la práctica. Porque el efecto de la gracia es tan grande, y el cambio tan notable, en un temperamento natural muy malo como en otro. Aunque una persona de tal temperamento no se comportará tan bien, con el mismo grado de gracia, como otra, la diferencia respecto de lo que era antes de la conversión puede ser igual de grande; porque una persona de buen temperamento natural no se comportaba de aquel modo antes de la conversión.
Así he procurado exponer la evidencia que hay de que la práctica cristiana es la principal de todas las señales de la gracia salvadora. Y, antes de concluir este discurso, quisiera decir brevemente algo en respuesta a dos objeciones que quizá algunos podrían plantear contra lo que se ha dicho sobre este punto.
Objeción I.—Algunos quizá estén prontos a decir que esto parece contrario a esa opinión tan aceptada entre la gente piadosa: que los profesantes deben juzgar su estado principalmente por su experiencia interior, y que las experiencias espirituales son las principales evidencias de la gracia verdadera.
Respondo: sin duda es una opinión verdadera, y con justicia muy aceptada entre la gente piadosa, que los profesantes deben juzgar su estado principalmente por su experiencia. Pero es un gran error pensar que lo que se ha dicho sea en modo alguno contrario a esa opinión. Que la principal señal de la gracia para la conciencia de los cristianos sea la práctica cristiana, en el sentido que se ha explicado y conforme a lo que se ha mostrado ser la verdadera noción de la práctica cristiana, no es en absoluto incompatible con que la experiencia cristiana sea la principal evidencia de la gracia. La práctica cristiana o santa es práctica espiritual; y esta no es el movimiento de un cuerpo que no sabe cómo, ni cuándo, ni por qué se mueve: sino que la práctica espiritual en el hombre es la práctica de un espíritu y un cuerpo conjuntamente, o la práctica de un espíritu que anima, gobierna y pone en acción un cuerpo al que está unido y sobre el cual el Creador le ha dado poder. Y, por tanto, lo principal en esta práctica santa es la acción santa de la mente, que dirige y gobierna los movimientos del cuerpo. Y los movimientos del cuerpo han de considerarse como pertenecientes a la práctica cristiana solo secundariamente, y en cuanto dependen de los actos del alma y se siguen de ellos. Los ejercicios de la gracia que los cristianos hallan dentro de sí, o de los que son conscientes en su interior, son lo que experimentan dentro de sí; y en esto, por tanto, consiste la experiencia cristiana: y esta experiencia cristiana consiste tanto en esos ejercicios operantes de la gracia en la voluntad, que tienen que ver inmediatamente con el gobierno de la conducta del cuerpo, como en otros ejercicios. Estos ejercicios interiores no son menos parte de la experiencia cristiana por el hecho de que una conducta exterior esté inmediatamente unida a ellos. Un acto fuerte de amor a Dios no es menos parte de la experiencia espiritual por ser el acto que produce y efectúa inmediatamente alguna acción exterior abnegada y costosa, que redunda mucho en honra y gloria de Dios.
Hablar de la experiencia y la práctica cristianas como si fueran dos cosas propia y enteramente distintas es hacer una distinción sin consideración ni razón. Ciertamente, no toda experiencia cristiana se llama con propiedad práctica, pero toda práctica cristiana es con propiedad experiencia. Y la distinción que se hace entre ellas no solo es irrazonable, sino contraria a la Escritura. La práctica santa es una clase o parte de la experiencia cristiana; y tanto la razón como la Escritura la presentan como la parte principal, la más importante y la más distintiva de ella. Así se presenta en Jeremías 22:15, 16: «¿No comió y bebió tu padre, e hizo juicio y justicia? Él juzgó la causa del afligido y del menesteroso—¿No es esto conocerme a mí?, dice el Señor». Nuestro trato íntimo con Dios pertenece sin duda al capítulo de la religión experimental: pero Dios lo presenta como consistente principalmente en la experiencia que hay en la práctica santa. Así también, los ejercicios de esas gracias del amor de Dios y del temor de Dios son parte de la religión experimental: pero la Escritura los presenta como consistentes principalmente en la práctica, en los textos antes mencionados: 1 Juan 5:3, «Este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos». 2 Juan 6, «Y este es el amor, que andemos según sus mandamientos». Salmo 34:11, etc., «Venid, hijos, y el temor del Señor os enseñaré: apártate del mal, y haz el bien». En experiencias como estas halló consuelo Ezequías, principalmente, en su lecho de enfermo, cuando dijo: «Te ruego, oh Señor, que te acuerdes de que he andado delante de ti en verdad y con corazón íntegro». Y en experiencias como estas insiste principalmente el salmista, en el Salmo 119 y en otros lugares.
En experiencias como estas insiste principalmente el apóstol Pablo cuando habla de sus experiencias en sus epístolas; como en Romanos 1:9, «Porque testigo me es Dios, a quien sirvo en mi espíritu en el evangelio de su Hijo». 2 Corintios 1:12, «Porque nuestra gloria es esta: el testimonio de nuestra conciencia, que—con la gracia de Dios, nos hemos conducido en el mundo». Cap. 4:13, «Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos». Cap. 5:7, «Por fe andamos, no por vista». Vers. 14, «El amor de Cristo nos constriñe». Cap. 6:4-7, «En todo nos recomendamos como ministros de Dios, en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias, en trabajos, en desvelos, en ayunos; en pureza, en ciencia, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor sincero; en poder de Dios». Gálatas 2:20, «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios». Filipenses 3:7, 8, «Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, y las tengo por basura, para ganar a Cristo». Colosenses 1:29, «Para lo cual también trabajo, luchando según la potencia de él, la cual actúa poderosamente en mí». 1 Tesalonicenses 2:2, «Tuvimos denuedo en nuestro Dios para anunciaros el evangelio de Dios en medio de gran oposición». Vers. 8, 9, 10, «Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no solo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias almas; porque habéis llegado a sernos muy queridos. Porque os acordáis, hermanos, de nuestro trabajo y fatiga; trabajando de noche y de día. Vosotros sois testigos, y Dios también, de cuán santa, justa e irreprensiblemente nos comportamos con vosotros». Y fue en experiencias como estas en las que este bendito apóstol se consoló principalmente, al considerarlas, cuando estaba a punto de ir al martirio: 2 Timoteo 4:6, 7, «Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe».
Y no solo reside en la práctica espiritual la parte más importante y distintiva de la experiencia cristiana; sino que tal es la naturaleza de esa clase de ejercicios de la gracia en que consiste la práctica espiritual, que nada se llama con tanta propiedad religión experimental. Porque la experiencia que hay en esos ejercicios de la gracia que se hallan y resultan eficaces en el punto mismo de la prueba, en la que Dios prueba a cuál nos aferraremos efectivamente, si a Cristo o a nuestras concupiscencias, es, como ya se ha mostrado, el experimento propio de la verdad y del poder de nuestra piedad; en el cual se halla por experiencia su poder victorioso y su eficacia para producir su efecto propio y alcanzar su fin. Esta es propiamente la experiencia cristiana, en la que los santos tienen ocasión de ver, por experiencia real y por la prueba, si tienen o no un corazón dispuesto a hacer la voluntad de Dios y a dejar otras cosas por Cristo. Así como se llama filosofía experimental a la que somete las opiniones y nociones a la prueba de los hechos, así se llama con propiedad religión experimental a la que somete los afectos y propósitos religiosos a una prueba semejante.
Hay una especie de práctica religiosa externa, sin experiencia interior alguna, de la que no se hace cuenta alguna a los ojos de Dios, sino que es tenida por cosa que no vale nada. Y hay lo que se llama experiencia y que carece de práctica, pues ni va acompañada ni seguida de una conducta cristiana; y esta es peor que nada. Muchas personas parecen tener nociones muy equivocadas de la experiencia cristiana y de la luz y los descubrimientos espirituales. Siempre que una persona halla dentro de sí un corazón dispuesto a tratar a Dios como Dios, en el momento en que pasa por la prueba, y halla su disposición eficaz en el experimento, esa es la experiencia más propia y más distintiva. Y tener en tal momento ese sentido de las cosas divinas, esa aprehensión de la verdad, importancia y excelencia de las cosas de la religión, que entonces domina y prevalece y gobierna su corazón y sus manos: esta es la luz espiritual más excelente, y estos son los descubrimientos más distintivos. La religión consiste en gran parte en el afecto santo; pero los ejercicios del afecto que más distinguen la religión verdadera son estos ejercicios prácticos. La amistad entre amigos terrenales consiste en gran parte en el afecto; pero, con todo, los ejercicios fuertes del afecto que efectivamente los llevan a pasar por el fuego y por el agua el uno por el otro son las evidencias más altas de una amistad verdadera.
No hay nada en lo dicho que sea contrario a lo que afirman algunos teólogos sólidos cuando dicen que no hay evidencias seguras de la gracia sino los actos de la gracia. Porque eso no impide que estos actos operantes y productivos, esos ejercicios de la gracia que son eficaces en la práctica, puedan ser las evidencias más altas, por encima de todas las demás clases de actos de la gracia. Ni impide que, cuando hay muchos de estos actos y ejercicios, que se suceden unos a otros de manera continuada, bajo diversas pruebas de toda clase, la evidencia se eleve aún más, pues un acto confirma a otro. Un hombre, al ver una vez a su vecino, puede tener buena evidencia de su presencia; pero al verlo día tras día, y tratar con él de continuo en diversas circunstancias, la evidencia queda establecida. Los discípulos, cuando vieron por primera vez a Cristo después de su resurrección, tuvieron buena evidencia de que estaba vivo; pero al tratar con él durante cuarenta días, y al presentarse él vivo ante ellos con muchas pruebas indubitables, tuvieron una evidencia aún más alta.8686 «Cuanto más se renuevan estos ejercicios visibles de la gracia, más seguro estarás. Cuanto más frecuentemente se renuevan estas actuaciones, más duradera y confirmada será tu seguridad. Un hombre que ha estado seguro de tales ejercicios visibles de la gracia puede, poco después, dudar de si no estaba equivocado. Pero cuando tales actuaciones se renuevan una y otra vez, se va asentando y afirmando más acerca de su buen estado. Si un hombre ve una cosa una vez, eso le da seguridad; pero si después teme haberse engañado, cuando vuelve a verla está más seguro de no haberse equivocado. Si un hombre lee tales pasajes en un libro, está seguro de que es así. Unos meses después, alguno puede tratar de convencerlo de que estaba equivocado, hasta el punto de hacerle dudar a él mismo; pero cuando mira y lo lee de nuevo, queda abundantemente confirmado. Cuanto más se multiplica la gracia de los hombres, más se multiplica su paz»: 2 Pedro 1:2, «Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús». Stoddard, Way to Know Sincerity and Hypocrisy.
El testimonio o sello del Espíritu de que leemos consiste sin duda en el efecto del Espíritu de Dios en el corazón, en la implantación y los ejercicios de la gracia allí, y así consiste en experiencia. Y también está fuera de duda que este sello del Espíritu es la clase más alta de evidencia de su adopción que los santos llegan a obtener. Pero en estos ejercicios de la gracia en la práctica, de los que se ha hablado, Dios da testimonio y pone su sello de la manera más conspicua, eminente y evidente. Se ha comprobado abundantemente como cierto en los hechos, por la experiencia de la iglesia cristiana, que Cristo suele dar por su Espíritu a sus santos las mayores y más gozosas evidencias de su filiación en esos ejercicios eficaces de la gracia bajo las pruebas, de los que se ha hablado; como se ve en la plena seguridad y los gozos inefables de muchos de los mártires. Conforme a aquello de 1 Pedro 4:14, «Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el Espíritu de gloria y de Dios reposa sobre vosotros». Y aquello de Romanos 5:2, 3, «Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios, y nos gloriamos en las tribulaciones». Y conforme a lo que el apóstol Pablo declara a menudo de lo que experimentó en sus pruebas. Y cuando el apóstol Pedro, en mi texto, habla del gozo inefable y glorioso que experimentaban los cristianos a quienes escribía, se refiere a lo que hallaban bajo la persecución, como se ve por el contexto. Este manifestarse Cristo como amigo y salvador de sus santos que se aferran a él bajo las pruebas parece haber sido representado antiguamente por su venida y manifestación a Sadrac, Mesac y Abed-nego en el horno. Y cuando el apóstol habla del testimonio del Espíritu, en Romanos 8:15, 16, 17, se refiere más inmediatamente a lo que los cristianos experimentaban en sus ejercicios de amor a Dios al sufrir persecución; como es claro por el contexto. En los versículos anteriores anima a los cristianos de Roma en sus sufrimientos, diciéndoles que, aunque su cuerpo esté muerto a causa del pecado, sin embargo serán resucitados a la vida. Pero es especialmente claro por el versículo que sigue inmediatamente, el versículo 18, «Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son dignas de compararse con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse». Así, el apóstol se refiere evidentemente a sus persecuciones en todo lo que dice hasta el final del capítulo. Así también, cuando el apóstol habla de las arras del Espíritu que Dios le había dado, en 2 Corintios 5:5, el contexto muestra claramente que se refiere a lo que le fue dado en sus grandes pruebas y sufrimientos. Y en aquella promesa de la piedrecita blanca y el nombre nuevo al que venciere, Apocalipsis 2:17, es evidente que Cristo tiene especialmente en vista un beneficio que los cristianos obtendrían venciendo en la prueba que pasaban en aquel día de persecución. Esto se ve por el versículo 13 y por muchos otros pasajes de esta epístola a las siete iglesias de Asia.
Objeción II.—Algunos quizá estén prontos también a objetar, contra lo que se ha dicho de que la práctica cristiana es la principal evidencia de la verdad de la gracia, que esta es una doctrina legal; y que hacer de la práctica una cosa de tan gran importancia en la religión engrandece las obras y tiende a llevar a los hombres a hacer demasiado caso de sus propias obras, en menoscabo de la gloria de la gracia gratuita, y no parece concordar bien con la gran doctrina evangélica de la justificación solo por la fe.
Pero esta objeción carece por completo de razón. ¿En qué es incompatible con la gratuidad de la gracia de Dios que la práctica santa sea una señal de la gracia de Dios? Lo que es incompatible con la gratuidad de ese favor es que nuestras obras sean el precio del favor de Dios, no que sean su señal. Sin duda, que el mendigo mire el dinero que tiene en las manos como señal de la bondad de quien se lo dio no es en modo alguno incompatible con la gratuidad de esa bondad. Lo que es incompatible con la bondad gratuita del dador es que tenga el dinero en las manos como precio de un beneficio. La noción de la gratuidad de la gracia de Dios para con los pecadores, tal como se revela y se enseña en el evangelio, no es que ninguna cualidad o acción santa y amable en nosotros haya de ser fruto, y por tanto señal, de esa gracia; sino que no es la dignidad o el atractivo de ninguna cualidad o acción nuestra lo que nos recomienda a esa gracia; que la bondad se muestra a los indignos y a los que no tienen atractivo; que hay gran excelencia en el beneficio otorgado y ninguna excelencia en el sujeto como precio de él; que la bondad sale y fluye de la plenitud de la naturaleza de Dios, la plenitud de la fuente del bien, sin que haya en el objeto atractivo alguno que la atraiga. Y esta es la noción de la justificación sin obras (tal como esta doctrina se enseña en la Escritura): que no es la dignidad o el atractivo de nuestras obras, ni de cosa alguna en nosotros, lo que es aceptado en modo alguno por Dios como contrapeso de la culpa del pecado, o como recomendación de los pecadores para que él los acepte como herederos de la vida. Así somos justificados solo por la justicia de Cristo, y no por nuestra justicia. Y cuando en este asunto se oponen las obras a la fe, y se dice que somos justificados por la fe y no por las obras, lo que se quiere decir es que no es la dignidad o el atractivo de nuestras obras, ni de cosa alguna en nosotros, lo que nos recomienda para tener parte en Cristo y en sus beneficios; sino que tenemos esta parte solo por la fe, o porque nuestra alma recibe a Cristo, o se adhiere y se une a él. Pero que la dignidad o el atractivo de nada que haya en nosotros nos recomiende y nos lleve a tener parte en Cristo no es argumento de que nada en nosotros sea señal de tener parte en Cristo.
Si las doctrinas de la gracia gratuita y de la justificación solo por la fe son incompatibles con la importancia de la práctica santa como señal de la gracia, entonces son igualmente incompatibles con la importancia de cualquier cosa que haya en nosotros como señal de la gracia, sea santidad alguna, o gracia alguna que haya en nosotros, o cualquiera de nuestras experiencias religiosas; porque es tan contrario a las doctrinas de la gracia gratuita y de la justificación solo por la fe que cualquiera de estas cosas sea la justicia por la que somos justificados, como que lo sea la práctica santa. Sucede con las obras santas lo mismo que con las cualidades santas: es incompatible con la gratuidad de la gracia del evangelio que se dé a los hombres un título a la salvación por el atractivo de cualquiera de sus cualidades santas, tanto como que se les dé por la santidad de sus obras. Es incompatible con la doctrina evangélica de la gracia gratuita que se dé parte en Cristo y en sus beneficios por el atractivo de la verdadera santidad de un hombre, por la amabilidad de su corazón renovado, santificado y celestial, por su amor a Dios y su semejanza con Dios, o por su experiencia de gozo en el Espíritu Santo, su vaciamiento de sí mismo, su espíritu dispuesto a exaltar a Cristo sobre todo y a darle toda la gloria, y su corazón consagrado a él; digo que es incompatible con la doctrina evangélica de la gracia gratuita que se dé un título a los beneficios de Cristo en atención al atractivo de cualquiera de estas cosas, o que cualquiera de ellas sea nuestra justicia en el asunto de la justificación. Y, sin embargo, esto no quita la importancia de estas cosas como evidencias de tener parte en Cristo. Exactamente así sucede con respecto a las acciones y obras santas. Hacer poco caso de las obras porque no somos justificados por las obras es, en efecto, lo mismo que hacer poco caso de toda la religión, de toda la gracia y santidad, sí, de la verdadera santidad evangélica, y de toda experiencia de gracia; porque todo queda incluido cuando la Escritura dice que no somos justificados por las obras; pues por obras, en este caso, se entiende toda nuestra propia justicia, religión o santidad, y todo lo que hay en nosotros, todo el bien que hacemos y todo el bien del que somos conscientes, todos los actos externos y todos los actos y ejercicios internos de la gracia, y todas las experiencias, y todas aquellas cosas santas y celestiales en que consisten la vida y el poder y la esencia misma de la religión, todas aquellas grandes cosas en que Cristo y sus apóstoles insistieron principalmente en su predicación, y que procuraron promover como de la mayor trascendencia en el corazón y la vida de los hombres, y todas las buenas disposiciones, ejercicios y cualidades de cualquier clase que sean; e incluso la fe misma, considerada como parte de nuestra santidad. Porque no somos justificados por ninguna de estas cosas; y si lo fuéramos, seríamos, en sentido bíblico, justificados por obras. Y, por tanto, si no es legal, ni contrario a la doctrina evangélica de la justificación sin obras, insistir en cualquiera de estas cosas como de gran importancia, como evidencias de tener parte en Cristo, tampoco lo es insistir así en la importancia de la práctica santa. Sería legal suponer que la práctica santa justifica llevándonos a un título a los beneficios de Cristo, como su precio, o recomendándonos a ellos por su valor o excelencia; pero no es legal suponer que la práctica santa justifica la sinceridad de un creyente, como su evidencia propia. El apóstol Santiago no consideró legal decir que Abraham nuestro padre fue justificado por las obras en este sentido. El Espíritu que inspiró la Escritura no consideró que la gran importancia y la necesidad absoluta de la práctica santa, en este respecto, fueran incompatibles con la gratuidad de la gracia; porque habitualmente enseña ambas cosas juntas; como en Apocalipsis 21:6, 7, donde Dios dice: «Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida»; y luego añade, en las palabras inmediatamente siguientes: «El que venciere heredará todas las cosas». Como si el portarse bien en la carrera y la milicia cristianas fuera la condición de la promesa. Así, en el capítulo siguiente, en los versículos 14 y 15, Cristo dice: «Bienaventurados los que guardan sus mandamientos, para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas en la ciudad»; y luego declara en el versículo 15 «cómo los que son de práctica perversa» serán excluidos; y, sin embargo, en los dos versículos inmediatamente siguientes, con gran solemnidad, hace una invitación a todos a venir y tomar del agua de la vida gratuitamente: «Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana. Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente». Así el capítulo 3:20, 21, «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo». Pero luego se añade en las palabras siguientes: «Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono». Y en aquella gran invitación de Cristo, al final de Mateo 11, «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar», Cristo añade en las palabras siguientes: «Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga»: como si tomar la carga del servicio de Cristo e imitar su ejemplo fueran necesarios para obtener el descanso prometido. Así, en aquella gran invitación a los pecadores a aceptar la gracia gratuita, Isaías 55, «A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed; sí, venid, comprad sin dinero y sin precio vino y leche», aun allí, en la continuación de la misma invitación, se habla del abandono que el pecador hace de su práctica perversa como necesario para obtener misericordia: versículo 7, «Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al Señor, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar». Así se exponen las riquezas de la gracia divina en la justificación de los pecadores junto con la necesidad de la práctica santa, Isaías 1:16, etc.: «Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda. Venid luego, dice el Señor, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana».
Y en aquella solemnísima invitación de la sabiduría, Proverbios 9, después de presentarse la gran provisión que se ha hecho, y cómo todo estaba preparado, la casa edificada, las bestias muertas, el vino mezclado y la mesa puesta, y enviados los mensajeros a invitar a los convidados, tenemos entonces la invitación gratuita, versículos 4, 5, 6: «Cualquiera que sea simple, venga acá; al falto de cordura (es decir, al que no tiene justicia) ella le dice: Venid, comed mi pan, y bebed del vino que yo he mezclado». Pero luego, en el mismo aliento, sigue: «Dejad las simplezas, y vivid; y andad por el camino de la inteligencia»; como si dejar el pecado y andar en el camino de la santidad fueran necesarios para alcanzar la vida. De modo que la gratuidad de la gracia y la necesidad de la práctica santa, que así se unen una y otra vez en la Escritura, no son incompatibles entre sí. Ni disminuye en nada la honra y la importancia de la fe que los ejercicios y efectos de la fe en la práctica se tengan por sus principales señales; como tampoco disminuye la importancia de la vida que la acción y el movimiento se tengan por las principales señales de ella.
De modo que en lo que se ha dicho de la importancia de la práctica santa como la señal principal de sinceridad no hay nada legal, nada que menoscabe la libertad y soberanía de la gracia del evangelio, nada que choque en lo más mínimo con la doctrina evangélica de la justificación solo por la fe, sin las obras de la ley, nada que tienda en lo más mínimo a disminuir la gloria del Mediador y nuestra dependencia de su justicia, nada que invada las prerrogativas especiales de la fe en el asunto de nuestra salvación, nada que en modo alguno reste gloria a Dios y a su misericordia, ni que exalte al hombre o disminuya su dependencia y obligación. De modo que, si algunos se oponen a una importancia de la práctica santa como la que se ha expuesto, ha de ser solo por una aversión insensata a las letras y al sonido de la palabra obras, cuando no hay razón alguna en el mundo que dar para ello que no pueda darse con igual fuerza para que tengan aversión a las palabras santidad, piedad, gracia, religión, experiencia, e incluso a la palabra fe misma; porque hacer de cualquiera de estas cosas una justicia es tan legal, y tan incompatible con el camino del nuevo pacto, como hacer una justicia de la práctica santa.
Es muy perjudicial para la religión que las personas hagan poco caso de aquellas cosas en que la Escritura más insiste, como de la mayor importancia en la evidencia de nuestra parte en Cristo, y que insistan poco en ellas, so pretexto de que dar peso a estas cosas es legal y propio del antiguo pacto; y que así descuiden los ejercicios y las operaciones eficaces de la gracia en la práctica, e insistan casi enteramente en los descubrimientos y en el método y la manera de los ejercicios inmanentes de la conciencia y de la gracia en la contemplación; confiando en una capacidad de hacer sutiles distinciones en estas materias, y en una facultad de discernimiento preciso en ellas, adquirida por la filosofía o la experiencia. Es en vano buscar señales mejores, o ulteriores, que las que las Escrituras han mencionado más expresamente, y en las que más frecuentemente han insistido, como señales de piedad. Los que pretenden una mayor exactitud en dar señales, o, por su experiencia extraordinaria o su penetración en la naturaleza de las cosas, dar marcas más distintivas, que escudriñen y descubran más a fondo al hipócrita, no hacen sino ser sutiles para oscurecer su propia mente y la de otros; sus refinamientos y sutiles discernimientos son, a los ojos de Dios, solo necedad refinada y engaño sagaz. Aquí son aplicables aquellas palabras de Agur, Proverbios 30:5, 6, «Toda palabra de Dios es pura; él es escudo a los que en él esperan. No añadas a sus palabras, para que no te reprenda, y seas hallado mentiroso». No hay que fiarse mucho de nuestro discernimiento respecto del corazón de los hombres. Podemos ver muy poco en la naturaleza del alma y en las profundidades del corazón del hombre. Son tantas las maneras en que los afectos de las personas pueden ser movidos sin ninguna influencia sobrenatural, los resortes naturales de los afectos son tan diversos y tan secretos, tantas cosas tienen a menudo una influencia conjunta sobre los afectos y la imaginación, y eso de maneras innumerables e inescrutables, el temperamento natural, la educación, las influencias comunes del Espíritu de Dios, un sorprendente concurso de circunstancias conmovedoras, una extraordinaria coincidencia de cosas en el curso de los pensamientos de los hombres, junto con el sutil manejo de espíritus malignos invisibles, que ninguna filosofía ni experiencia bastará jamás para guiarnos con seguridad por este laberinto y dédalo, si no seguimos de cerca el hilo que Dios nos ha dado en su palabra. Dios sabe sus propias razones por las que insiste en algunas cosas, y las presenta claramente como aquellas por las que debemos examinarnos, antes que otras. Puede ser porque sabe que estas cosas van acompañadas de menos perplejidad, y que estamos menos expuestos a ser engañados por ellas que por otras. Él conoce mejor que nadie nuestra naturaleza; y conoce la naturaleza y la manera de sus propias operaciones; y conoce mejor que nadie el camino de nuestra seguridad; sabe qué concesiones hacer a los diferentes estados de su iglesia, a los diferentes temperamentos de las personas particulares y a las variedades en la manera de sus propias operaciones; hasta qué punto la naturaleza puede parecerse a la gracia, y hasta qué punto la naturaleza puede mezclarse con la gracia; qué afectos pueden surgir de la imaginación, y hasta qué punto la imaginación puede mezclarse con la iluminación espiritual. Y, por tanto, nuestra sabiduría está en no quitarle su obra de las manos, sino en seguirle, y en poner el peso del juicio sobre nosotros mismos allí donde él nos ha indicado. Si hacemos otra cosa, no es de extrañar que quedemos desconcertados, confundidos y fatalmente engañados. Pero si nos hubiéramos acostumbrado a mirar principalmente aquellas cosas en que Cristo y sus apóstoles y profetas insistieron principalmente, y así, al juzgarnos a nosotros mismos y a otros, atendiéramos principalmente a los ejercicios y efectos prácticos de la gracia, sin descuidar otras cosas, ello traería múltiples y felices consecuencias: tendería sobre todo a convencer a los hipócritas engañados, y a prevenir el engaño de aquellos cuyo corazón nunca llegó a someterse por completo al camino estrecho y angosto que lleva a la vida; tendería a librarnos de innumerables perplejidades que surgen de los diversos esquemas incompatibles que hay acerca de los métodos y pasos de la experiencia; tendería en gran manera a impedir que los profesantes descuiden la rectitud de vida, y a promover su empeño y su fervor en su andar cristiano; y se pondría de moda que los hombres mostraran su cristianismo más por una conducta amable y distinguida que por una abundante y excesiva declaración de sus experiencias; y nos acostumbraríamos a parecer vivos en la religión más por estar vivos en el servicio de Dios y de nuestra generación que por la viveza y la soltura de nuestra lengua, y por hacer oficio de pregonar desde las azoteas, con la boca, los actos y ejercicios santos y eminentes de nuestro propio corazón; y los cristianos que son amigos íntimos hablarían entre sí de sus experiencias y consuelos de una manera más conforme a la humildad y la modestia cristianas, y más para provecho mutuo: sin que su lengua corriera por delante, sino más bien yendo detrás de sus manos y sus pies, según el prudente ejemplo del bendito apóstol, 2 Corintios 12:6; y se cortarían muchas ocasiones de orgullo espiritual; y así se cerraría una gran puerta al diablo; y se quitarían muchísimos de los principales tropiezos contra la religión experimental y poderosa; y la religión se declararía y manifestaría de tal manera que, en lugar de endurecer a los espectadores y fomentar en extremo la incredulidad y el ateísmo, tendería sobre todo a convencer a los hombres de que la religión es una realidad, y a despertarlos grandemente y ganarlos, convenciendo su conciencia de la importancia y excelencia de la religión. Así la luz de los profesantes alumbraría de tal modo delante de los hombres que otros, viendo sus buenas obras, glorificarían a su Padre que está en los cielos.
Capítulo 26 completado
XII. Los afectos de gracia y santos tienen su ejercicio y su fruto en la práctica cristiana