Capítulo 16 · 14 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
La oración y la dispensación del Espíritu Santo
¡Cómo necesita Dios, cómo necesita el mundo, cómo necesita la Iglesia el caudal de ese río poderoso, más bendito que el Nilo, más hondo, más ancho y más desbordante que la impetuosa corriente del Amazonas! Y sin embargo, ¡qué meros hilillos somos! Necesitamos —lo necesita la época, lo necesita la Iglesia— monumentos del gran poder de Dios, que hagan callar al enemigo y al vengador, dejen mudos a los adversarios de Dios, fortalezcan a los santos débiles y llenen a los fuertes de arrebatos de triunfo.
—Edward Bounds.
La dispensación del Espíritu Santo fue inaugurada por la oración. Lee estas palabras de Hechos 1:13—“Y entrados, subieron al aposento alto, donde moraban Pedro y Jacobo, y Juan y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Jacobo hijo de Alfeo, y Simón Zelotes, y Judas hermano de Jacobo. Todos estos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos.”
Esta fue la actitud que asumieron los discípulos después que Jesús hubo ascendido al cielo. Aquella reunión de oración inauguró la dispensación del Espíritu Santo, hacia la cual los profetas habían mirado con visión arrobada. Y a la oración, de un modo señalado, ha sido confiada esta dispensación, que tiene en su custodia la suerte del Evangelio.
Los varones apostólicos conocían bien el valor de la oración, y eran celosos de los oficios más sagrados que menoscababan su tiempo y sus fuerzas y les impedían “persistir en la oración y en el ministerio de la palabra”. Ponían la oración en primer lugar. La Palabra depende de la oración para que “corra libremente y sea glorificada”. Apóstoles que oran hacen apóstoles que predican. La oración da filo, entrada y peso a la Palabra. Los sermones concebidos por la oración y saturados de oración son sermones de peso. Los sermones pueden ser densos de pensamiento, resplandecer con las gemas del genio y del buen gusto, agradables y populares; pero si no tienen su origen y su vida en la oración, para los usos de Dios no son sino bagatelas, insulsas y muertas.
El Señor de la mies envía obreros, completos en número y perfectos en clase, en respuesta a la oración. No hace falta don de profeta para declarar que, si la Iglesia hubiera usado la fuerza de la oración hasta lo sumo, la luz del evangelio habría ceñido el mundo hace ya mucho tiempo.
El Evangelio de Dios siempre ha dependido más de la oración que de cualquier otra cosa para sus triunfos. Una Iglesia que ora es fuerte, aunque sea pobre en todo lo demás. Una Iglesia sin oración es débil, aunque sea rica en todo lo demás. Solo corazones que oran edificarán el Reino de Dios. Solo manos que oran pondrán la corona sobre la cabeza del Salvador.
El Espíritu Santo es el Sustituto y Representante divinamente nombrado del Cristo personal y humanado. ¡Cuánto es Él para nosotros! ¡Y cómo hemos de ser llenos de Él, vivir en Él, andar en Él y ser guiados por Él! ¡Cómo hemos de conservar y avivar hasta un fulgor más brillante y ardiente la santa llama! ¡Cuán cuidadosos debemos ser de no apagar jamás esa llama pura! ¡Cuán atentos, tiernos y amorosos debemos ser para no contristar su sensible y amante naturaleza! ¡Cuán atentos, mansos y obedientes, para no resistir jamás sus divinos impulsos, para oír siempre su voz y hacer siempre su divina voluntad! ¿Cómo puede hacerse todo esto sin mucha y continua oración?
La viuda importuna tenía una gran causa que ganar contra una desesperación impotente y sin esperanza, mas la ganó por la oración importuna. Nosotros tenemos este gran tesoro que preservar y acrecentar, y tenemos además una Persona divina a quien hospedar y ayudar. Solo podemos ser capacitados para cumplir nuestros deberes por medio de mucha y muy abundante oración.
La oración es el único elemento en el cual el Espíritu Santo puede vivir y obrar. La oración es la cadena de oro que dichosamente lo sujeta a su gozosa obra en nosotros.
Todo depende de que tengamos a este Segundo Cristo, y de que lo retengamos en la plenitud de su poder. Con los discípulos, Pentecostés se hizo por la oración. Con ellos, Pentecostés se prolongó al entregarse a la oración continua. La oración persistente e incansable es el precio que tendremos que pagar por nuestro Pentecostés: la oración instante y continua. Permanecer en el ejercicio y en el espíritu de la oración es la única garantía de que permaneceremos en el poder y la pureza de Pentecostés.
No solo la operación multiforme del Espíritu Santo en nosotros y por nosotros debe enseñarnos la necesidad de orar por Él, sino que su condición respecto de nuestra oración asume otra actitud: la actitud de dependencia mutua, de acción y reacción. Cuanto más oramos, más nos ayuda Él a orar, y mayor es la medida de sí mismo que nos da. No solo hemos de orar y apremiar y esperar su venida a nosotros, sino que, después de haberlo recibido en su plenitud, hemos de orar por una concesión aún más plena y mayor de sí mismo a nosotros. Hemos de orar por la más grande, siempre creciente y constante plenitud de capacidad. “Que seáis fortalecidos con poder por su Espíritu en el hombre interior”, como oró Pablo por la Iglesia de Éfeso, bautizada en el Espíritu. Se recordará que también oró que “habite Cristo en vuestros corazones por la fe”, arraigados y fundados en amor, alcanzando la anchura, la longitud, la profundidad y la altura de la más perfecta santidad, y midiendo hasta el inconmensurable amor de Cristo, siendo “llenos de toda la plenitud de Dios”.
En aquella maravillosa oración por aquellos cristianos, Pablo se entregó a orar a Dios, y por la oración procuró sondear las profundidades insondables y medir los propósitos ilimitados y los beneficios del plan de salvación de Dios para las almas inmortales, por la presencia y la obra del Espíritu Santo. Solo la oración importuna e invencible puede traernos al Espíritu Santo y asegurarnos estos resultados inefablemente gloriosos. “Epafras... siempre solícito por vosotros en oración, para que estéis firmes, perfectos y cabales en todo lo que Dios quiere.”
La Palabra de Dios provee para una religión poderosa y conscientemente experimentada en sus santos, en cuyos espíritus felices y resplandecientes Dios ha entrado como Morador, y cuyas vidas, afinadas al cielo, han sido concertadas en melodía por la mano misma de Dios.
Entonces resultará verdad: “El que cree en mí, de su vientre correrán ríos de agua viva.” He aquí una promesa acerca del morar y del fluir del Espíritu Santo en nosotros: vivificante, fecundante, irresistible, un caudal incesante del río de Dios en nosotros.
¡Cómo necesita Dios, cómo necesita el mundo, cómo necesita la Iglesia el caudal de este río poderoso, más bendito que el Nilo, más hondo, más ancho, más desbordante que la ancha e impetuosa corriente del Amazonas! Y sin embargo, ¡qué meros hilillos somos y tenemos!
¡Oh, que la Iglesia, por la infusión y el desbordamiento del Espíritu Santo, pudiera levantar por todas partes monumentos del poder del Espíritu Santo, que cautivaran la vista y a la vez ganaran el corazón! Necesitamos —lo necesita la época, lo necesita la Iglesia— monumentos del gran poder de Dios, que hagan callar al enemigo y al vengador, dejen mudos a los adversarios de Dios, fortalezcan a los santos débiles y llenen a los fuertes de arrebatos de triunfo.
Una mirada a algunas más de las promesas divinas acerca de esta cuestión vital nos mostraría cuánto necesitan ser llevadas a lo experimental y a lo real. “El que quisiere hacer su voluntad, conocerá de la doctrina si es de Dios, o si yo hablo de mí mismo.” ¡Cómo necesitamos una religión consciente, personal y vital, indecible en su gozo y llena de gloria! La necesidad es de una religión consciente, hecha tal por el Espíritu, que da testimonio de que somos hijos de Dios. Una religión del “yo sé” es la única religión poderosa, vital y avanzada. “Una cosa sé: que habiendo yo sido ciego, ahora veo.” Necesitamos hombres y mujeres, en estos días relajados, que puedan verificar en su conciencia interior la promesa antes mencionada de Cristo. Y sin embargo, ¡cuántos millares y millares de personas hay en todas nuestras iglesias que solo tienen una religión tenue, impalpable, de “eso espero”, “quizás”, “así lo confío”, toda ella dudosa, intangible e inestable!
Ciertamente hay una gran necesidad en estos días, en la Iglesia moderna: primero, de que los cristianos vean, busquen y obtengan el alto privilegio que hay en el Evangelio de una experiencia religiosa nacida del cielo, clara y feliz, engendrada por la presencia del Espíritu Santo, que dé una indudable seguridad del perdón de los pecados y de la adopción en la familia de Dios.
Y en segundo lugar, hay una necesidad, posterior a esta consciente realización del favor divino en el perdón de los pecados, y añadida a ella, de la recepción del Espíritu Santo en su plenitud, que purifique sus corazones por la fe, los perfeccione en amor, venza al mundo, y confiera un poder divino e interior sobre todo pecado, tanto interior como exterior, y dé denuedo para dar testimonio y capacite para un verdadero servicio religioso en la Iglesia y en el mundo.
Hay un agnosticismo terriblemente extendido en este punto, en la Iglesia, precisamente en este tiempo. Mucho tememos que una vasta mayoría de los miembros de nuestra Iglesia se hallan ahora en esta escuela de agnosticismo espiritual, y realmente estiman que es una virtud estar allí. La palabra de Dios no da aliento alguno a una religión sombría ni a una experiencia religiosa vaga. Nos llama definitivamente al reino del conocimiento. Corona la religión con la corona del “yo sé”. Nos hace pasar de las tinieblas del pecado, la duda y el recelo interior a la luz admirable, donde vemos claramente y conocemos plenamente nuestras relaciones personales con Dios.
Dos cosas pueden decirse aquí, al concluir esta parte de nuestro estudio sobre este tema: primera, que esta clase de religión bíblica, antes descrita, viene directamente por el oficio del Espíritu Santo tratando personalmente con cada alma; y segunda, que el Espíritu Santo, en todos sus oficios pertenecientes a la vida espiritual y a la experiencia religiosa, se obtiene por medio de la oración ferviente, definida y prevaleciente.
Impreso en los Estados Unidos de América
NEWELL DWIGHT HILLIS, D.D.
The Great Refusal
El Dr. Hillis nunca aborda tema alguno sin engalanarlo. La literatura, el arte, los asuntos del mundo son para él, todos, campos afines. En todos ellos se halla igualmente a sus anchas. Y aquí, al tratar de los grandes temas del Evangelio, nos da lo mejor de sí, aportando a su exposición sus espléndidos dones y sus maduras facultades.
R. A. TORREY, D.D.
How to Be Saved
Un notable volumen nuevo de discursos evangelísticos, del famoso predicador y maestro de la Biblia, marcados por todo su antiguo vigor y certeza. Es el proclamador de un Evangelio recto, en el cual no cabe nota alguna de duda ni de vacilación.
EDWARD M. BOUNDS
The Possibilities of Prayer
Una rica y excepcionalmente útil adición a los libros del Dr. Bounds.
“Muchos hallarán su entendimiento aclarado y su fe en las posibilidades de la oración fortalecida por una lectura atenta de este libro.”—Watchman-Examiner.
SADHU SUNDAR SINGH
At the Master’s Feet
Capítulos sencillos pero impresionantes sobre la Presencia de Dios, el Pecado, la Oración, el Servicio, la Cruz, el Cielo y el Infierno, por un hombre que ha probado ser un fiel evangelista cristiano. Toman la forma de un coloquio entre el Maestro y el Discípulo, expresado en forma parabólica y con imágenes orientales.
GEORGE WHITEFIELD RIDOUT
Amazing Grace
Un libro de conmovedores discursos evangélicos, por un hombre de larga experiencia en el campo evangelístico. Son mensajes claros y vibrantes, sencillamente expresados, que sirven, no obstante, de vehículo para la transmisión de un Evangelio de “gracia admirable”.
J.J. ROSS, D.D.
Pearls from Patmos
Introducción por el Rev. W. H. Griffith-Thomas.
Un estudio espiritual y devocional de los primeros capítulos del Libro del Apocalipsis.
El Dr. Ross trata del gran Apocalipsis según lo que él describe como el método “presentista”, esto es, ofrece una interpretación de su simbolismo que no se aplica ni al lejano porvenir ni al pasado histórico, sino a los días por los que ahora atravesamos.
RICHARD W. LEWIS, D.D.
A New Vision of Another Heaven
Consignado en forma de visión, el Dr. Lewis expone su concepción de las grandes cosas “que han de suceder en breve”. Toda la obra se funda en fundamentos escriturales, y nunca se le permite asumir un carácter fantástico ni insostenible.
SAMUEL HENRY KELLOGG, D.D., LL.D.
Are Premillennialists Right?
Con una memoria biográfica del autor por J. J. Lucas, D.D., Allahabad, India, y un prefacio por Henry S. Nesbitt, D.D., New Concord, Ohio. Una nueva edición de un libro publicado por primera vez hace casi una generación.
WILLIAM EVANS, Ph.D., D.D.
The Coming King
El Dr. Evans examina el testimonio de las Escrituras y de los Padres apostólicos, y repasa el orden de los acontecimientos.
“Apenas hay hoy un tema que exija mayor firmeza que la Segunda Venida de Cristo. Quienes deseen luz en la materia hallarán ayuda en este libro cuidadosamente preparado.”—Herald and Presbyter.
FRANCIS ASAWIGHT, D.D
The Kingdom of God
El Sr. Wight pone toda la enseñanza bíblica, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, en completa armonía, capacitando a un estudiante serio y buscador de la verdad para comprender el propósito y la naturaleza del Reino venidero.
The Returning Tide of Faith
The Congregationalist dice: “Modernista en temperamento y método, la creencia muy literal del obispo Talbot en la Encarnación, la Resurrección y el Nacimiento Virginal presta añadido interés a la amplitud e intensidad de su interpretación espiritual de estas cuestiones.”
Inspiration
El nuevo libro del Sr. Best “no toma partido” ni por los conservadores ni por los liberales. “Una de las más sensatas y equilibradas discusiones del tema de la inspiración de la Biblia, para que la lea el miembro medio de la iglesia, que hayamos visto hasta ahora.”—Herald of Gospel Liberty.
FREDERIC C. SPURR
Jesus Christ and the Modern Challenge
El Sr. Spurr acepta el reto de batalla que la incredulidad moderna ha lanzado, y con gran destreza de esgrima defiende la posesión inapreciable del creyente cristiano. La defensa de la fe se presenta, y se hace resaltar de modo irrefutable, como impenetrable a los asaltos de la incredulidad o la hostilidad de nuestros días.
JOHN J. LAWRENCE, D.D.
The Christian Credentials
Comenzando con un examen de la situación teológica actual, el Dr. Lawrence describe el carácter del Divino Fundador del cristianismo, discute el elemento divino en los orígenes cristianos, ordena los argumentos de las experiencias personales, aduce el testimonio de la historia, y concluye con un panorama del rumbo y la tendencia religiosos de la época.
RT. REV. JAMES E. FREEMAN, D.D.
“Aquí se reúnen unos noventa sermones breves, parte de una cosecha de una siembra generosa y constante de la mano, el corazón y la mente del Obispo de Washington, relacionados con las fases más prácticas de la religión.”—Christian Advocate.
HOBERT D. McKEEHAN, S.T.M. (Editor)
Sermones por el Canónigo E. W. Barnes, M.A. (Westminster); David J. Burrell, D.D.; S. Parkes Cadman, D.D.; Harry Emerson Fosdick, D.D.; George A. Gordon, D.D.; Newell Dwight Hillis, D.D.; John A. Hutton, D.D. (Glasgow); W. R. Inge, D.D. (Deán de San Pablo); Charles E. Jefferson, D.D.; John Kelman, D.D.; J. Fort Newton, D.D.; F. W. Norwood, D.D. (Londres), y Frederick F. Shannon, D.D.
SIDNEY M. BERRY, M.A.
The British Weekly dice: “Es un hombre para los jóvenes, de mirada audaz y optimista.... Se lanza al debate como un caballero que entra en batalla.”
Christian Century dice: “El secreto del éxito del Dr. Berry es que está en contacto vital con la vida tal como los hombres la viven hoy.”
MALCOLM J. McLEOD, D.D.
El Dr. McLeod se vale de acertadas ilustraciones tomadas de la vida cotidiana, de las fuentes de la literatura y de las experiencias de la humanidad.
“El Dr. McLeod tiene el don de hallar el corazón de los hombres y de las mujeres, y sabe cómo consolar a los que están en aflicción y ayudar a los angustiados.”—Baptist Standard.
RT. REV. CHARLES D. WILLIAMS, D.D.
The Gospel of Fellowship
La elección del obispo Williams como conferenciante de la Cátedra Cole fue notable, y el tema que escogió es eminentemente característico de él. La muerte, sin embargo, reclamó al obispo, y su curso de conferencias, que dejó terminado, fue dictado por Samuel S. Marquis, D.D.
ROBERT J. MacALPINE, M.A., D.D.
“No cabe duda de que estos discursos, aquí reunidos en forma permanente, traerán consuelo, aliento y fuerzas para seguir adelante a muchas almas descorazonadas y dudosas.”—Hartford Courant.