Capítulo 13 · 6 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Cristo, nuestro ejemplo en la oración
Señor Jesús, haz que conozca en mi experiencia diaria la gloria y la dulzura de tu nombre, y enséñame luego a usarlo en mi oración, para que sea yo, como Israel, un príncipe que prevalece con Dios. Tu nombre es mi pasaporte, y me asegura el acceso; tu nombre es mi alegato, y me asegura la respuesta; tu nombre es mi honra, y me asegura la gloria. ¡Bendito Nombre, miel eres en mi boca, música en mi oído, cielo en mi corazón, y todo en todo para mi ser!—C. H. Spurgeon
No quiero decir que toda oración que ofrecemos sea contestada exactamente como la deseamos. Si así fuera, significaría que estaríamos dictando a Dios, y la oración degeneraría en un mero sistema de mendicidad. Así como un padre terrenal sabe lo que más conviene al bienestar de sus hijos, así también Dios toma en cuenta las necesidades particulares de su familia humana, y las satisface de su maravilloso granero. Si nuestras peticiones concuerdan con su voluntad, y si al pedir buscamos su gloria, las respuestas vendrán de maneras que nos asombrarán y llenarán nuestro corazón de cánticos de acción de gracias. Dios es un Padre rico y generoso, y no se olvida de sus hijos, ni les niega cosa alguna que les fuera provechoso recibir.—J. Kennedy Maclean
El ejemplo de nuestro Señor en materia de oración es uno que sus seguidores bien harían en imitar. Cristo oró mucho y enseñó mucho acerca de la oración. Su vida y sus obras, tanto como su enseñanza, son ilustraciones de la naturaleza y la necesidad de la oración. Vivió y trabajó para responder a la oración. Pero la necesidad de la importunidad en la oración fue el punto que más recalcó en su enseñanza sobre la oración. Enseñó no sólo que los hombres deben orar, sino que deben perseverar en la oración.
Enseñó, por mandato y precepto, la idea de la energía y el fervor en el orar. Da a nuestros esfuerzos gradación y culminación. Hemos de pedir, pero al pedir debemos añadir el buscar, y el buscar debe pasar a toda la fuerza del esfuerzo en el llamar. El silencio de Dios ha de mover al alma suplicante a esforzarse. La negativa, en lugar de menguar o acobardar, ha de despertar sus energías latentes y encender de nuevo su más alto ardor.
En el Sermón del Monte, en el cual expone los deberes cardinales de su religión, no sólo da relieve a la oración en general y a la oración secreta en particular, sino que aparta una sección distinta y diferente para dar peso a la oración importuna. Para prevenir todo desaliento en el orar, sienta como principio básico el hecho de la gran disposición paternal de Dios: que la disposición de Dios para contestar nuestras oraciones excede a nuestra disposición para dar cosas buenas y necesarias a nuestros hijos, tanto como la capacidad, la bondad y la perfección de Dios exceden a nuestras flaquezas y a nuestra maldad. Como seguridad y estímulo adicional para la oración, Cristo da la más positiva y reiterada seguridad de que las oraciones serán contestadas. Declara: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá”. Y para dar doble certeza a la certeza, añade: “Porque cualquiera que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”.
¿Por qué nos descubre la amorosa prontitud del Padre para contestar las oraciones de sus hijos? ¿Por qué asevera tan enérgicamente que la oración será contestada? ¿Por qué repite seis veces esa positiva aseveración? ¿Por qué, en dos ocasiones distintas, recorre Cristo las mismas firmes promesas, con reiteraciones y más reiteraciones, en cuanto a la certeza de que la oración será contestada? Porque sabía que habría demora en muchas respuestas, demora que exigiría una presión importuna, y que, si nuestra fe no tuviera la más firme seguridad de la disposición de Dios para contestar, la demora la quebrantaría. Y que nuestra pereza espiritual se colaría, bajo el disfraz de la sumisión, y diría que no es la voluntad de Dios darnos lo que pedimos, y así dejaríamos de orar y perderíamos nuestra causa. Después que Cristo hubo puesto la disposición de Dios para contestar la oración bajo una luz muy clara y fuerte, insta luego a la importunidad, y a que toda oración no contestada, en lugar de menguar nuestra presión, sólo aumente la intensidad y la energía. Si el pedir no consigue, pase el pedir al estado y al espíritu asentados del buscar. Si el buscar no asegura la respuesta, pase el buscar al alegato más enérgico y clamoroso del llamar. Debemos perseverar hasta obtenerlo. Aquí no hay fracaso, si nuestra fe no se quiebra.
Como nuestro gran ejemplo en la oración, nuestro Señor pone el amor como condición primordial: un amor que ha purificado el corazón de todos los elementos de odio, venganza y mala voluntad. El amor es la condición suprema de la oración; una vida inspirada por el amor. El capítulo trece de la primera epístola a los Corintios es la ley de la oración tanto como la ley del amor. La ley del amor es la ley de la oración, y dominar este capítulo de la epístola de San Pablo es aprender la primera y más plena condición de la oración.
Cristo nos enseñó también a acercarnos al Padre en su nombre. Ése es nuestro pasaporte. Es en su nombre como hemos de dar a conocer nuestras peticiones. “De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago también él las hará; y mayores obras que éstas hará; porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidiereis en mi nombre, esto haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.”
¡Cuán amplio y comprensivo es aquel “todo lo que”! No hay límite para el poder de ese nombre. “Todo lo que pidiereis.” Ésa es la declaración divina, y abre ante todo hijo que ora una perspectiva de recursos y posibilidades infinitos.
Y ésa es nuestra herencia. Todo lo que Cristo tiene puede llegar a ser nuestro si obedecemos las condiciones. El único secreto es la oración. El lugar de la revelación y de la provisión, de la gracia y del poder, es el aposento de oración; y al encontrarnos allí con Dios, no sólo alcanzaremos nuestras victorias, sino que también creceremos a la semejanza de nuestro Señor y llegaremos a ser sus vivos testigos ante los hombres.
Sin oración, la vida cristiana, despojada de su dulzura y de su hermosura, se vuelve fría, formal y muerta; pero arraigada en el lugar secreto donde Dios se encuentra, camina y habla con los suyos, crece hasta ser tal testimonio de poder divino que todos los hombres sentirán su influjo y serán tocados por el calor de su amor. Así, semejantes a nuestro Señor y Maestro, seremos usados para la gloria de Dios y la salvación de nuestros semejantes.
Y ése, de seguro, es el propósito de toda oración verdadera y el fin de todo verdadero servicio.