Capítulo 9 · 2 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Testigos
Hechos 1:8 dice: “Mas recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, y en toda Judea, y en Samaria, y hasta lo último de la tierra.”
Mis queridos camaradas: ¿Os habéis cansado de este tema? Confío en que no. Por mi parte, desde mis primeros días hasta ahora, el tema de la santidad jamás ha perdido su hermosura. Hablar del poder de Cristo para limpiar el corazón, llenarlo de amor y guardarlo de caer, ha sido siempre uno de los mayores gozos de mi vida.
Y lo sigue siendo todavía.
Ciertamente, debemos darlo a conocer—no solo con nuestras palabras, sino con nuestras vidas—que Jesucristo vino no solo a perdonar el pecado, sino a limpiar el corazón y hacerlo puro. Pero quizá algunos de vosotros todavía dudáis. Tal vez os preguntéis si semejante vida es verdaderamente posible. Oigamos, pues, el testimonio de otros. Comenzamos con aquellos cuyas vidas están registradas en la Escritura. Enoc caminó con Dios trescientos años y le agradó. Noé fue llamado justo en su generación.
Job fue declarado recto, un hombre que confió en Dios aun en el sufrimiento. Abraham obedeció a Dios plenamente, aun cuando el costo fue grande. Isaías fue limpiado e inmediatamente se entregó al servicio de Dios. Zacarías y Elisabet fueron descritos como justos, andando irreprensibles delante de Dios.
Juan habló del amor perfecto. Pablo podía apelar a otros como testigos de la santidad de su vida.
Estos no son testimonios pequeños. Muestran lo que Dios es capaz de hacer. Y si miramos más allá de la Escritura, hallamos repetido el mismo testimonio. John Fletcher declaró que estaba muerto al pecado y que Cristo era su todo en todo. Otros han hablado de un momento en que el poder de Dios vino sobre ellos—no en juicio, sino en amor—llenándolos de una vida nueva. Otro testificó que había andado en esta libertad por muchos años, guardado por el poder de Dios. Estas no son imaginaciones.
Son experiencias reales. Y así, camaradas míos, os queda una decisión. Habéis oído que semejante vida es posible. Habéis visto que Dios es poderoso y fiel. Se os ha mostrado el camino.
¿Qué haréis?
Vuestro Señor está esperando para introduciros en esta vida de pureza y de amor.
No os demoréis.
Entrad—por la fe.
Y si al principio no lo lográis, no os deis por vencidos. Continuad. Buscad de nuevo. Confiad de nuevo. Porque la promesa permanece segura.