Pureza de Corazón ·Cómo conservarse puro

Capítulo 10 · 8 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Cómo conservarse puro

Santiago 1:12 dice: “Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando hubiere sido probado, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman.”

Mis queridos camaradas: Después de haber procurado mostraros lo deseable de esta experiencia, y de haberos instado a aceptarla, no puedo menos que sentir que unos pocos consejos acerca del mejor método de retener la bendición de la Santidad después de haberla alcanzado pueden seros de alguna utilidad. Fuera de toda duda, muchos hallan este sagrado tesoro de un Corazón Puro, y se regocijan en la confianza y el gozo que trae, y, después de una breve temporada, lo pierden de nuevo. Entran en el Santo Templo, y luego, por una razón u otra, lo abandonan. Luchan con lágrimas y oraciones hasta subir al Camino de la Santidad, y luego se desvían por alguna senda u otra, donde vuelven a ser presa de las dudas y los temores y los pecados del tiempo antiguo. Esto es una gran lástima.

Los que así obran son los principales perjudicados; pero, ¡ay! También se inflige un gran daño a otros por su infidelidad. Mas el fracaso de quienes obtienen la gracia sin conservar lo que han recibido no debe ser desaliento para vosotros que habéis entrado en esta santa senda, ni argumento contra vuestra perseverancia en ella.

Lo que tenéis que hacer, camaradas míos, es tomar la firme resolución en vuestro ánimo de que, habiendo hallado la Perla de Gran Precio, ningún enemigo os robará el tesoro. A este fin, mi primer consejo es: 1. Buscad hasta obtener en vuestro propio corazón la convicción firme de que la obra está hecha. No os contentéis con nada menos que la seguridad de que Dios ha limpiado real y verdaderamente vuestra alma del pecado.

No os permitáis descansar meramente en sentimientos agradables, ni en la esperanza de una futura revelación sobre el asunto. Continuad luchando, y orando, y creyendo, hasta que estéis satisfechos de que la obra está consumada.

Pero ¿preguntáis otra vez: “¿Cómo puedo saber si Dios ha limpiado mi alma del pecado?” Respondo: “¿Cómo descubristeis que Dios había perdonado vuestros pecados? ¿Cómo llegasteis a conocer ese hecho precioso? Porque ciertamente, un hecho precioso fue cuando fuisteis salvos. Supongo que, desde que esa dádiva de gracia fue vuestra, habéis cantado más de mil veces, o aún más, las palabras:” “Jamás olvidaré el día En que Jesús lavó mis pecados.”

“¿Cómo llegasteis a la seguridad personal de que erais salvos?”, pregunto, y respondéis que Dios lo habló a vuestro corazón. Pues bien, la seguridad de vuestra Santificación vendrá del mismo modo.

El Espíritu Santo producirá en vuestra alma una deliciosa persuasión de que todo el orgullo y la malicia, y la envidia y el egoísmo, han sido quitados, y de que Dios os ha llenado de paz y de amor.

Esta preciosa persuasión vendrá, sin duda, en formas distintas a distintas personas. A algunos se les presentará como el “Reposo de la Fe”, a otros como el “Bautismo de Fuego”, a otros como la “Plenitud del Amor”, y a otros como la Entronización de Cristo, que viene a reinar supremo en sus almas sobre un Reino interior, que es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.

Pero para todos por igual, cuando la obra es real y completa, habrá la convicción de que la sangre limpia y de que el corazón está puro. No os contentéis con nada menos que esto, y dejad al buen placer de Dios el dar o el retener algo más.

2. Estando satisfechos de que Dios ha purificado vuestro corazón, confesad el hecho. Debéis hacerlo si queréis retener la Bendición. Muchos de los hombres y mujeres más santos que el mundo ha conocido, bajo el influjo de una falsa modestia, o de la timidez, o de otros motivos, se han visto impedidos de declarar las maravillas que Dios ha hecho por ellos, y con ello han contristado al Espíritu Santo y han perdido la Bendición. Satanás os tentará a esconder vuestra luz debajo de un almud de la misma manera, pero debéis resistirle y confesar con denuedo ante todos los que os rodean la Salvación que Dios os ha dado.

Reconocedlo ante vosotros mismos. Decid una y otra vez a vuestro propio corazón: “Gloria, Gloria, Jesús me salva; Gloria, Gloria al Cordero”; Ahora la Sangre limpiadora me ha alcanzado, ¡Gloria, Gloria al Cordero!”

Reconocedlo ante vuestro Salvador. Decidle que confiáis en Él, y glorificadle por lo que ha hecho por vosotros. Confesadlo a vuestros camaradas en toda oportunidad razonable. Que se sepa en vuestra propia familia. No solo puede ayudaros grandemente el que los más cercanos y queridos a vosotros sepan lo que Dios ha hecho por vosotros, sino que puede resultar en gran bendición para ellos. Desde luego, cuidaréis de no exhibir nada que parezca un espíritu jactancioso, y de dar toda la gloria a Dios por todo cuanto os ha concedido disfrutar, y estoy seguro de que no haréis profesión alguna como si condenarais a aquellos camaradas que no han sido llevados a ver y poseer esta gran Salvación. El amor estará en todas vuestras palabras así como en vuestro corazón.

Pero debéis confesar el hecho de que Dios ha limpiado vuestro corazón, y de que, por su Espíritu, os capacita para vivir día tras día sin contristarle. Puede que, a veces, sea una cruz. Pero debéis tomarla, y al hacerlo, llegaréis a ser luz y poder y gozo para vuestros camaradas y amigos.

3. Para retener la Bendición, debéis esforzaros por vivir en el mismo espíritu de sumisión, obediencia y consagración a Dios con el cual entrasteis en su disfrute. Vuestra experiencia de cada día debe ser la que a menudo cantamos: “Aquí, pues, a Ti lo tuyo entrego, Moldea a tu voluntad tu barro pasivo, Mas déjame recibir tu sello Y obedecer todas tus palabras, Servir con sencillo corazón y mirada, Y para tu gloria vivir y morir.”

4. Para conservar esta experiencia, debéis continuar en el mismo espíritu de confianza que primero trajo la Bendición a vuestro corazón. No recibisteis el don de la Pureza por sentimientos, ni por conocimiento, ni por obras; no, ni por deseo ni por oración. Creísteis, y fuisteis salvos. Si hubierais dicho no quiero, o no puedo creer que Jesús limpia, a menos que sienta la obra hecha en mi corazón, no habríais podido regocijaros en su posesión. Confiasteis, y la obra fue hecha. Debéis avanzar en ese espíritu. Habrá horas en que todo parecerá duro y oscuro y desolado.

Esas serán horas en que tendréis que pelear la pelea de la fe, y aferraros al principio de vuestra confianza, os sintáis bien o mal, parezca vuestro corazón duro o tierno, de que la Sangre limpia. Retenedlo con firmeza.

5. Para conservar limpio el corazón, debéis resistir la tentación. Tendréis tentación; vendrá de diversas fuentes, pero especialmente del diablo, en tres direcciones particulares: -- (a) Procurará desviaros hacia viejos hábitos, ya dudosos en su naturaleza, ya positivamente malos.

Él conocerá vuestros puntos débiles. Poned allí doble guardia.

(b) Os sugerirá sus propios malos deseos y anhelos, y luego procurará persuadiros de que proceden de vuestro propio corazón. Os dirá: “¿Cómo podéis estar santificados y tener pensamientos tan pecaminosos como esos?” Desconoced sus viles producciones. Decidle que no son vuestras. Decidle que las aborrecéis.

Decidle que le pertenecen a él.

(c) Se esforzará por haceros pensar que habéis perdido la Bendición porque no siempre sentís como si la tuvierais. Pero habéis de vivir no por el sentimiento, sino por la fe.

6. Para conservar un corazón puro, debéis continuar cuidadosamente el uso de aquellos medios que Dios ha señalado para vuestra ayuda. La Pureza no os introduce en estado alguno que haga innecesario el uso de medios para su mantenimiento y su crecimiento.

7. Para conservar la Bendición: (a) Debéis orar, y os insto encarecidamente a orar a horas fijas y por períodos determinados.

(b) Debéis leer y estudiar vuestra Biblia.

(c) Leed aquellos libros y publicaciones que sean instructivos y alentadores sobre el tema de la Santidad.

(d) Velad así como oráis. Estad siempre en guardia.

8. Seguid luchando por las almas; no os dejéis desviar hacia una ocupación egoísta con vuestra propia experiencia, ni siquiera en promover la misma experiencia en otros camaradas. Creo que es propio que dediquéis una porción de vuestro tiempo y energía al deber de santificaros y de difundir una plena Salvación entre vuestros camaradas. Pero nada puede eximiros del deber de luchar por la Salvación de las almas moribundas que os rodean.

Solo me queda espacio para una palabra más. Es de profunda importancia. Con todo el énfasis de que soy capaz quisiera decir a todo lector de estas Cartas: si por cualquier causa perdierais la seguridad de que la sangre de Jesús os limpia; o si, cosa más melancólica todavía, perdierais la bendición de la Pureza, volad al instante a los pies de vuestro Salvador, confesad vuestro mal proceder, entregaos de nuevo al pleno servicio de vuestro Señor, y sumergíos una vez más en la Fuente abierta para el pecado y la inmundicia; y entonces, aprovechando la tristeza y el desengaño de vuestra caída, comenzad de nuevo a vivir la vida de fe en un Salvador purificador.

“Aunque mil huestes se empeñen, Y mil mundos, en sacudir mi alma, Tengo un escudo que aplacará su furia Y hará retroceder los ejércitos extraños: Grabado lleva un Cordero sangrante; Me atrevo a creer en el nombre de Jesús.

“Para rescatarme de las manos de Satanás, Para librarme de este mundo malo, Para purgar mis pecados y soltar mis ligaduras, Y salvarme de toda iniquidad, Mi Señor y Dios del cielo vino; Me atrevo a creer en el nombre de Jesús.”

--- FIN ---

Pureza de Corazón William Booth

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