Capítulo 3 · 1 min de lectura
La confesión
Otro elemento de la oración verdadera es la confesión. No quiero que mis amigos cristianos piensen que estoy hablando a los no salvos. Creo que nosotros, como cristianos, tenemos bastantes pecados que confesar.
Si vuelven a los registros de la Escritura, hallarán que los hombres que vivieron más cerca de Dios, y que tuvieron más poder con Él, fueron aquellos que confesaron sus pecados y sus faltas. Daniel, como hemos visto, confesó sus pecados y los de su pueblo. Y sin embargo, nada consta en contra de Daniel. Era uno de los mejores hombres que entonces había sobre la faz de la tierra, y con todo, su confesión de pecado es una de las más profundas y humildes que se conocen. Brooks, refiriéndose a la confesión de Daniel, dice: «En estas palabras tenéis siete circunstancias que Daniel emplea al confesar sus pecados y los del pueblo; y todas para acrecentarlos y agravarlos. Primero, ‹Hemos pecado›; segundo, ‹Hemos cometido iniquidad›; tercero, ‹Hemos hecho impíamente›; cuarto, ‹Nos hemos rebelado contra ti›; quinto, ‹Nos hemos apartado de tus preceptos›; sexto, ‹No hemos escuchado a tus siervos›; séptimo, ‹Ni a nuestros príncipes, ni a todo el pueblo de la tierra›. Estas siete agravantes que Daniel enumera en su confesión merecen nuestra más seria consideración».
Job era sin duda un hombre santo, un príncipe poderoso, y aun así tuvo que postrarse en el polvo y confesar sus pecados. Así lo hallarán a lo largo de toda la Escritura. Cuando Isaías vio la pureza y la santidad de Dios, se vio a sí mismo bajo su verdadera luz, y exclamó: «¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios».
Creo firmemente que la Iglesia de Dios tendrá que confesar sus propios pecados antes de que pueda haber ninguna gran obra de gracia. Tiene que haber una obra más profunda entre el pueblo creyente de Dios. A veces pienso que ya es hora de dejar de predicar a los impíos, y predicar a quienes profesan ser cristianos. Si tuviéramos un nivel de vida más elevado en la Iglesia de Dios, habría millares más acudiendo en tropel al Reino. Así fue en el pasado; cuando los hijos creyentes de Dios se apartaron de sus pecados y de sus ídolos, el temor de Dios cayó sobre los pueblos de alrededor. Tomen la historia de Israel, y hallarán que cuando apartaron de sí a sus dioses ajenos, Dios visitó a la nación, y sobrevino una poderosa obra de gracia.
Lo que necesitamos en estos días es un avivamiento verdadero y profundo en la Iglesia de Dios. Tengo poca simpatía con la idea de que Dios va a alcanzar a las masas por medio de una iglesia fría y formal. El juicio de Dios ha de comenzar por nosotros. Notarán que cuando Daniel recibió aquella maravillosa respuesta a la oración que se registra en el capítulo noveno, estaba confesando su pecado. Ese es uno de los mejores capítulos sobre la oración en toda la Biblia.
Leemos: «Aún hablaba yo, y oraba, y confesaba mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, y presentaba mi ruego delante de Jehová mi Dios por el monte santo de mi Dios; aún hablaba en oración, cuando el varón Gabriel, al cual había visto en visión al principio, volando con presteza, me tocó como a la hora del sacrificio de la tarde. Y me hizo entender, y habló conmigo, y dijo: Daniel, ahora he salido para hacerte entender el conocimiento y la inteligencia».
Así también, cuando Job confesaba su pecado, Dios volvió su cautividad y oyó su oración. Dios oirá nuestra oración y volverá nuestra cautividad cuando tomemos nuestro verdadero lugar delante de Él, y confesemos y abandonemos nuestras transgresiones. Fue cuando Isaías clamó delante del Señor: «Soy muerto», que vino la bendición; el carbón encendido fue tomado del altar y puesto sobre sus labios; y salió a escribir uno de los libros más maravillosos que el mundo jamás haya visto. ¡Qué bendición ha sido para la iglesia!
Fue cuando David dijo: «¡He pecado!», que Dios trató con él en misericordia. «Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado». Noten cómo David hizo una confesión muy semejante a la del hijo pródigo en el capítulo quince de Lucas: «Mis transgresiones reconozco, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos». No hay diferencia entre el rey y el mendigo cuando el Espíritu de Dios entra en el corazón y convence de pecado.
Richard Sibbes dice con gracia acerca de la confesión: «Este es el modo de dar gloria a Dios: cuando hemos abierto nuestras almas delante de Dios, y hemos alegado contra nosotros mismos tanto como el diablo pudiera alegar en ese sentido, pues pensemos qué alegaría el diablo contra nosotros a la hora de la muerte y en el día del juicio. Nos acusaría duramente de esto y de aquello; acusémonos nosotros mismos como él lo haría, y como en efecto lo hará dentro de poco. Cuanto más nos acusemos y nos juzguemos a nosotros mismos, y establezcamos un tribunal en nuestros corazones, ciertamente seguirá un alivio increíble. Jonás fue echado al mar, y hubo alivio en la nave; Acán fue apedreado, y la plaga se detuvo. Fuera Jonás, fuera Acán; y seguirá enseguida alivio y sosiego en el alma. La conciencia recibirá un alivio maravilloso.
»Necesariamente ha de ser así; porque cuando Dios es honrado, la conciencia es purificada. Dios es honrado por la confesión del pecado en todo sentido. Honra su omnisciencia, que Él todo lo ve; que ve nuestros pecados y escudriña nuestros corazones: nuestros secretos no le están ocultos. Honra su poder. ¿Qué nos hace confesar nuestros pecados, sino que tememos su poder, no sea que lo ejecute? ¿Y qué nos hace confesar nuestros pecados, sino que sabemos que hay misericordia con Él para que sea temido, y que hay perdón para el pecado? De otro modo no confesaríamos nuestros pecados. Con los hombres es: Confiesa, y ten ejecución; pero con Dios es: Confiesa, y ten misericordia. Es su propia declaración. Nunca deberíamos abrir nuestros pecados sino en busca de misericordia. Así se honra a Dios; y cuando Él es honrado, honra al alma con paz y tranquilidad interior».
El viejo Thomas Fuller dice: «El reconocimiento que el hombre hace de su debilidad es el único terreno donde Dios injerta la gracia de su ayuda».
La confesión implica humildad, y esta, a los ojos de Dios, es de gran precio.
Un agricultor fue con su hijo a un campo de trigo, para ver si estaba listo para la siega. «Mira, padre», exclamó el muchacho, «¡qué erguidos sostienen sus cabezas estos tallos! Deben de ser los mejores. Los que inclinan la cabeza hacia abajo, estoy seguro de que no pueden servir para mucho». El agricultor arrancó una espiga de cada clase y dijo: «Mira aquí, niño necio. Esta espiga que se mantenía tan erguida está vacía y casi no sirve para nada; mientras que esta que inclinaba su cabeza con tanta modestia está llena del más hermoso grano».
La franqueza es necesaria y poderosa, tanto ante Dios como ante los hombres. Necesitamos ser honestos y sinceros con nosotros mismos. Un soldado dijo en una reunión de avivamiento: «Compañeros soldados, no estoy exaltado; estoy convencido, eso es todo. Siento que debo ser cristiano; que debo decirlo, decírselo a ustedes, y pedirles que vengan conmigo; y ahora, si se hace un llamado a los pecadores que buscan a Cristo para que pasen al frente, yo por mi parte iré, no para hacer un espectáculo, pues no tengo nada que mostrar sino pecado. No voy porque lo desee; preferiría quedarme sentado; pero ir será decir la verdad. Debo ser cristiano, quiero ser cristiano; e ir al frente para orar es sencillamente decir la verdad al respecto». Más de veinte fueron con él.
Hablando de las palabras de Faraón: «Orad a Jehová para que quite de mí las ranas», dice el señor Spurgeon: «Un defecto fatal se manifiesta en esa oración. No contiene confesión de pecado. No dice: ‹Me he rebelado contra el Señor; rogad para que halle perdón›. Nada de eso; ama al pecado tanto como siempre. Una oración sin arrepentimiento es una oración sin aceptación. Si ninguna lágrima ha caído sobre ella, está marchita. Debes venir a Dios como pecador por medio de un Salvador, y por ningún otro camino. Quien viene a Dios como el fariseo, con: ‹Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres›, jamás se acerca en verdad a Dios; pero quien clama: ‹Dios, sé propicio a mí, pecador›, ha llegado a Dios por el camino que Dios mismo ha señalado. Tiene que haber confesión de pecado delante de Dios, o nuestra oración es defectuosa».
Si esta confesión de pecado es profunda entre los creyentes, lo será también entre los impíos. Jamás he sabido que falle. Estoy ahora ansioso de que Dios avive su obra en los corazones de sus hijos, para que veamos la excesiva pecaminosidad del pecado. Hay muchísimos padres y madres ansiosos por la conversión de sus hijos. He recibido hasta cincuenta mensajes de padres que se me acercan en una sola semana, preguntándose por qué sus hijos no se salvan, y pidiendo oración por ellos. Me atrevo a decir que, por regla general, la falla está en nuestra propia puerta. Puede haber algo en nuestra vida que se interponga en el camino. Puede ser que haya algún pecado secreto que retiene la bendición. David vivió en el terrible pecado en que había caído durante muchos meses antes de que Natán hiciera su aparición. Oremos a Dios que entre en nuestros corazones, y haga sentir su poder. Si es el ojo derecho, saquémoslo; si es la mano derecha, cortémosla; para que tengamos poder con Dios y con los hombres.
¿Por qué es que tantos de nuestros hijos se van desviando hacia las tabernas, y van deslizándose hacia la incredulidad, bajando hacia una tumba deshonrada? Parece haber muy poco poder en el cristianismo de nuestro tiempo. Muchos padres piadosos hallan que sus hijos se van descarriando. ¿Surgirá esto de algún pecado secreto que se aferra al corazón? Hay un pasaje de la Palabra de Dios que se cita a menudo, pero en noventa y nueve de cada cien casos quienes lo citan se detienen en el lugar equivocado. En el capítulo cincuenta y nueve de Isaías leemos: «He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír». Ahí se detienen. Por supuesto que la mano de Dios no se ha acortado, ni su oído se ha agravado; pero deberíamos leer el versículo siguiente: «Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír. Porque vuestras manos están contaminadas de sangre, y vuestros dedos de iniquidad; vuestros labios pronuncian mentira, habla maldad vuestra lengua». Como dice Mathew Henry: «Se debía a ellos mismos; ellos mismos se cerraron su propia luz, cerraron su propia puerta. Dios venía hacia ellos por el camino de la misericordia, y ellos lo estorbaron. Vuestras iniquidades os han apartado del bien.»
Tengan presente que si estamos mirando la iniquidad en nuestros corazones, o viviendo de una mera profesión vacía, no tenemos derecho a esperar que nuestras oraciones sean contestadas. No hay ni una sola promesa para nosotros. A veces tiemblo cuando oigo a la gente citar promesas, y decir que Dios está obligado a cumplírselas, cuando todo el tiempo hay algo en su propia vida que no están dispuestos a abandonar. Nos conviene escudriñar nuestros corazones, y averiguar por qué es que nuestras oraciones no son contestadas.
Ese es un pasaje muy solemne en Isaías:
«Príncipes de Sodoma, oíd la palabra de Jehová; escuchad la ley de nuestro Dios, pueblo de Gomorra. ¿Para qué me sirve, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Hastiado estoy de holocaustos de carneros y de sebo de animales gordos; no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas, ni de machos cabríos. ¿Quién demandó esto de vuestras manos, cuando vinieseis a presentaros delante de mí, a hollar mis atrios? No me traigáis más vana ofrenda; el incienso me es abominación; luna nueva y día de reposo, el convocar asambleas, no lo puedo sufrir; es iniquidad vuestra convocación de fiestas».
«¡Vuestra convocación de fiestas!»: piensen en eso. Si Dios no recibe nuestros servicios de corazón, no querrá nada de ellos; le es abominación.
«Vuestras lunas nuevas y vuestras fiestas solemnes las tiene aborrecidas mi alma; me son gravosas; cansado estoy de soportarlas. Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos. Lavaos, y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, oíd en derecho al huérfano, amparad a la viuda. Venid luego, dirá Jehová, y estemos a cuenta; aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana».
Otra vez leemos en Proverbios: «El que aparta su oído para no oír la ley, su oración también es abominable». ¡Piensen en eso! Puede que a algunos les impacte pensar que nuestras oraciones son abominación para Dios, y sin embargo, si alguien vive en pecado conocido, esto es lo que dice acerca de él la Palabra de Dios. Si no estamos dispuestos a apartarnos del pecado y obedecer la ley de Dios, no tenemos derecho a esperar que Él conteste nuestras oraciones. El pecado no confesado es pecado no perdonado, y el pecado no perdonado es lo más oscuro y sucio de esta tierra maldita por el pecado. No se puede hallar un caso en la Biblia donde un hombre haya sido honesto en tratar con el pecado, y Dios no haya sido honesto con él y lo haya bendecido. La oración del humilde y del contrito de corazón es un deleite para Dios. No hay sonido que se eleve de esta tierra maldita por el pecado tan dulce a su oído como la oración del hombre que anda con rectitud.
Permítanme llamar la atención sobre aquella oración de David, en la que dice: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno». Quisiera que todos mis lectores memorizaran estos versículos. Si todos hiciéramos honestamente esta oración una vez cada día, habría un buen cambio en nuestras vidas. «Examíname a MÍ»: no a mi vecino. Es tan fácil orar por otras personas, pero tan difícil llegar hasta nosotros mismos. Temo que quienes estamos ocupados en la obra del Señor corremos con frecuencia el peligro de descuidar nuestra propia viña. En este salmo, David llegó hasta sí mismo. Hay una diferencia entre que Dios me examine a mí y que yo me examine a mí mismo. Puedo examinar mi corazón, y declararlo del todo correcto, pero cuando Dios me examina como con una vela encendida, saldrán a la luz muchas cosas que quizá yo desconocía por completo.
«Pruébame.» David fue probado cuando cayó al apartar su vista del Dios de su padre Abraham. «Conoce mis pensamientos.» Dios mira los pensamientos. ¿Son puros nuestros pensamientos? ¿Tenemos en nuestros corazones pensamientos contra Dios o contra su pueblo, contra alguien en el mundo? Si los tenemos, no estamos bien delante de Dios. ¡Oh, que Dios nos examine a todos! No conozco mejor oración que podamos hacer que esta oración de David. Una de las cosas más solemnes de la historia bíblica es que cuando hombres santos, mejores hombres que nosotros, fueron probados y tentados, se halló que eran tan débiles como el agua apartados de Dios.
Aseguremos de estar en lo correcto. Isaac Ambrose, en su obra sobre «Autoexamen», tiene estas palabras tan sustanciosas: «De vez en cuando propongamos a nuestros corazones estas dos preguntas: 1. ‹Corazón, ¿cómo estás?›: pocas palabras, pero una pregunta muy seria. Ya saben que esta es la primera pregunta y el primer saludo que nos hacemos unos a otros: ¿Cómo está usted? Quisiera que a Dios habláramos así a veces a nuestros corazones: ‹Corazón, ¿cómo estás? ¿Cómo va contigo, respecto de tu estado espiritual?› 2. ‹Corazón, ¿qué harás?›, o «Corazón, ¿qué piensas que será de ti y de mí?», como dijo cierto romano moribundo: «Alma pobre, miserable, desdichada, ¿adónde vamos tú y yo, y qué será de ti cuando tú y yo nos separemos?»
»Esto mismo propone Moisés a Israel, aunque en otros términos: «¡Oh, que ellos consideraran su postrimería!»; y ojalá pusiéramos constantemente esta pregunta a nuestros corazones, para considerarla y debatirla. «Meditad en vuestro corazón», dijo David; es decir, debatid el asunto entre vosotros y vuestros corazones hasta el máximo. Que vuestros corazones sean puestos de tal modo a prueba al comunicarse con ellos, que puedan decir lo que hay en su fondo. Meditad, es decir, sostened una seria comunicación e inteligencia y familiaridad clara con vuestros propios corazones».
Fue la confesión de un teólogo, consciente de su descuido, y en especial de la dificultad de este deber: «He vivido», dijo, «cuarenta años y algo más, y he llevado mi corazón en el pecho todo este tiempo, y sin embargo mi corazón y yo somos tan extraños, y estamos tan del todo desconocidos el uno al otro, como si jamás nos hubiéramos acercado. Es más, no conozco mi corazón; he olvidado mi corazón. ¡Ay, ay, que pudiera dolerme hasta lo más hondo del corazón, de que mi pobre corazón y yo hayamos estado tan desconocidos entre nosotros! Hemos caído en una época ateniense, gastando nuestro tiempo en nada más que en contar o escuchar novedades. ¿Cómo van las cosas aquí? ¿Cómo allá? ¿Cómo en un lugar? ¿Cómo en otro? Pero ¿quién es el que se interesa por preguntar: ¿Cómo están las cosas con mi pobre corazón? Pesad tan solo en la balanza de una consideración seria cuánto tiempo hemos dedicado a este deber, y cuánto a otra cosa; y de las muchas decenas y cientos de horas o días que debemos a nuestros corazones en este deber, ¿podemos anotar cincuenta? O donde debería haber habido cincuenta vasijas llenas de este deber, ¿podemos hallar veinte, o diez? ¡Oh, los días, los meses, los años que dedicamos al pecado, a la vanidad, a los negocios de este mundo, mientras no dedicamos ni un minuto a conversar con nuestros propios corazones acerca de su condición!»
Si hay algo en nuestras vidas que esté mal, pidamos a Dios que nos lo muestre. ¿Hemos sido egoístas? ¿Hemos estado más celosos de nuestra propia reputación que del honor de Dios? Elías pensaba que era muy celoso del honor de Dios; pero resultó que, al final, era su propio honor: el yo estaba de veras en el fondo de todo. Una de las cosas más tristes, creo yo, que Cristo tuvo que enfrentar en sus discípulos fue precisamente esto: había una lucha constante entre ellos sobre quién sería el mayor, en lugar de que cada uno tomara el lugar más humilde y se tuviera a sí mismo por el menor.
Se nos dice, en prueba de esto, que «vino a Capernaum; y estando en casa, les preguntó: ¿Qué disputabais entre vosotros en el camino? Mas ellos callaron; porque en el camino habían disputado entre sí, quién había de ser el mayor. Entonces se sentó, y llamó a los doce, y les dijo: Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos. Y tomó a un niño, y lo puso en medio de ellos; y tomándolo en sus brazos, les dijo: El que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí, sino al que me envió».
Poco después «vinieron a él Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, diciendo: Maestro, querríamos que nos hagas lo que pidiéremos. Él les dijo: ¿Qué queréis que os haga? Ellos le dijeron: Danos que en tu gloria nos sentemos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda. Mas Jesús les dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Y ellos dijeron: Podemos. Y Jesús les dijo: A la verdad, del vaso que yo bebo, beberéis; y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero que os sentéis a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado. Y cuando los diez lo oyeron, comenzaron a enojarse contra Jacobo y contra Juan. Mas Jesús, llamándolos, les dijo: Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y sus grandes ejercen sobre ellos potestad. Pero no será así entre vosotros; antes el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor; y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. Porque el Hijo del Hombre tampoco vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos».
Estas últimas palabras fueron pronunciadas en el tercer año de su ministerio. Tres años habían estado los discípulos con él; habían escuchado las palabras que salían de sus labios; y sin embargo no habían aprendido esta lección de humildad. Lo más humillante que ocurrió entre los doce escogidos sucedió en la noche de la traición de nuestro Señor, cuando Judas lo vendió, y Pedro lo negó. Si hubo algún lugar donde debiera haber estado ausente este tipo de pensamientos, era en la mesa de la Cena. Y sin embargo hallamos que, cuando Cristo instituyó aquel bendito memorial, había un debate entre sus discípulos sobre quién sería el mayor. ¡Piensen en eso!: justo bajo la Cruz, cuando el Maestro estaba «muy triste, hasta la muerte»; ya probando la amargura del Calvario, y los horrores de aquella hora oscura se cernían sobre su alma.
Creo que si Dios nos escudriña, hallaremos muchas cosas en nuestras vidas que confesar. Si somos probados y examinados por la ley de Dios, habrá muchísimas cosas que tendrán que cambiar. Pregunto otra vez: ¿Somos egoístas o celosos? ¿Estamos dispuestos a oír que otros son usados por Dios más que nosotros? ¿Están nuestros amigos metodistas dispuestos a oír de un gran avivamiento de la obra de Dios entre los bautistas? ¿Se alegrarían sus almas de oír que tales esfuerzos son bendecidos? ¿Están los bautistas dispuestos a oír de un reavivamiento de la obra de Dios entre los metodistas, congregacionalistas u otras iglesias? Si estamos llenos de sentimientos estrechos, partidistas y sectarios, habrá muchas cosas que dejar a un lado. Oremos a Dios que nos escudriñe, y nos pruebe, y vea si hay en nosotros algún camino malo. Si estos hombres santos y buenos sintieron que eran defectuosos, ¿no deberíamos nosotros temblar, y procurar averiguar si hay algo en nuestras vidas de lo que Dios quisiera que nos desprendiéramos?
Una vez más, llamo su atención a la oración de David contenida en el salmo cincuenta y uno. Un amigo mío me contó hace algunos años que repetía esta oración como propia cada semana. Creo que sería bueno que ofreciéramos con frecuencia estas peticiones; que suban derecho desde nuestros corazones. Si hemos sido orgullosos, o irritables, o faltos de paciencia, ¿no lo confesaremos de inmediato? ¿No es hora ya de que comencemos en casa, y enderecemos nuestras vidas? ¡Vean qué pronto comenzará entonces el impío a preguntar por el camino de la vida! Que quienes somos padres pongamos en orden nuestras propias casas, y nos llenemos del Espíritu de Cristo; entonces no pasará mucho tiempo antes de que nuestros hijos pregunten qué deben hacer para obtener ese mismo Espíritu. Creo que hoy, por su tibieza y formalismo, la Iglesia cristiana está haciendo más incrédulos que todos los libros que jamás escribieron los incrédulos. No temo tanto a las conferencias de los incrédulos como al formalismo frío y muerto en la iglesia profesante de nuestro tiempo. Una sola reunión de oración como la que tuvieron los discípulos el día de Pentecostés, conmovería a toda la fraternidad incrédula.
Lo que necesitamos es asirnos de Dios en oración. No van a alcanzar a las masas con grandes sermones. Necesitamos «mover el Brazo que mueve al mundo». Para hacer eso, debemos estar claros y en regla delante de Dios. «Pues si nuestro corazón nos reprende, mayor es Dios que nuestro corazón, y él sabe todas las cosas. Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios; y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él».
Confesión
«No, no desesperando,
vengo a ti;
no, no desconfiando,
doblo aquí la rodilla;
el pecado ha pasado sobre mí,
mas esta sigue siendo mi súplica:
Jesús ha muerto.
»Ay, mi iniquidad
carmesí ha sido;
infinito, infinito,
pecado sobre pecado;
pecado de no amarte,
pecado de no confiar en ti.
Infinito pecado.
»Señor, te confieso
con tristeza mi pecado;
todo lo que soy, te digo,
todo lo que he sido.
Purga tú mi pecado,
lava tú mi alma hoy;
¡Señor, hazme limpio!»
— Dr. H. Bonar.