La oración y los hombres que oran ·Pablo y sus peticiones de oración (continuación)

Capítulo 17 · 12 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Pablo y sus peticiones de oración (continuación)

Enunciamos la ley de la oración como sigue: La oración de un cristiano es un acuerdo conjunto de la voluntad y su gabinete —las emociones, la conciencia, el intelecto—, obrando en armonía a fuego blanco, mientras el cuerpo coopera bajo ciertas condiciones higiénicas para hacer que la oración se sostenga el tiempo suficiente a alto voltaje, a fin de asegurar resultados tremendos, sobrenaturales y ultraterrenos.—Rev. Homer W. Hodge

Llegamos a la petición de Pablo hecha a la Iglesia de Éfeso, que se halla en la última parte de Efes. 6 de la Epístola a aquellos cristianos:

“Orando en todo tiempo con toda deprecación y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos;

“Y por mí, para que me sea dada palabra en el abrir de mi boca con confianza, para hacer notorio el misterio del Evangelio,

“Por el cual soy embajador en cadenas; que resueltamente hable de él, como debo hablar”.

Por esta Iglesia él había trabajado y orado de noche y de día, con muchas vigilias y lágrimas y mucha humildad. Al trazar un vívido cuadro del soldado cristiano, con sus enemigos acosándolo, les dio este encargo de orar especialmente por él.

A estos cristianos efesios les dio una declaración abarcadora de la necesidad, la naturaleza y los beneficios especiales de la oración. Había de ser urgente, cubriendo todos los tiempos y abarcando toda clase de lugares. La súplica debía dar intensidad, el Espíritu Santo debía ser invocado, la vigilancia y la perseverancia debían añadirse, y toda la familia de los santos quedaba comprendida.

La fuerza de su petición de oración se centraba en él, para que pudiera hablar con fuerza, fluidez, franqueza y valor. Pablo no dependía de sus dones naturales, sino de aquellos que le venían en respuesta a la oración. Temía ser un cobarde, un orador insulso y seco, o un tartamudo vacilante, e instaba a estos creyentes a orar para que tuviera valor, no sólo para hablar con claridad, sino libre y plenamente.

Deseaba que oraran para que tuviera denuedo. Ninguna cualidad parece más importante para el predicador que la del denuedo. Es aquella cualidad positiva que no calcula las consecuencias, sino que con libertad y plenitud sale al encuentro de la crisis, enfrenta un peligro presente, y cumple sin amilanarse un deber presente. Fue una de las marcadas características de los predicadores apostólicos y de la predicación apostólica. Eran hombres de denuedo, eran predicadores de denuedo. La referencia a la manifestación de este principio por ellos es casi el registro de sus pruebas. Es el elogio de su fe.

Hay muchas cadenas que esclavizan al predicador. Su misma ternura lo hace débil. Sus apegos al pueblo tienden a traerlo a servidumbre. Su trato personal, sus obligaciones para con su pueblo, su amor por ellos, todo tiende a coartar su libertad y a refrenar sus declaraciones desde el púlpito. ¡Qué gran necesidad de estar orando continuamente por denuedo para hablar con valor como debe hablar!

A los profetas de antaño se les encargó no temer los rostros de los hombres. Sin amilanarse ante el ceño de los hombres, habían de declarar la verdad de Dios sin disculpa, timidez, vacilación ni componenda. El calor y la libertad de la convicción y de la sinceridad, la intrepidez de una fe vigorosa, y sobre todo el poder del Espíritu Santo, son todos maravillosos auxiliadores y elementos del denuedo. ¡Cómo debería esto ser codiciado y buscado con todo fervor por los ministros del Evangelio en este día!

La mansedumbre y la humildad son altas virtudes de primera importancia en el predicador, pero estas cualidades no militan en absoluto contra el denuedo. Este denuedo no es la libertad de las expresiones apasionadas. No es reprensión ni temeridad. Habla la verdad en amor. El denuedo no es rudeza. La aspereza deshonra el denuedo. Es tan gentil como una madre con su bebé, pero tan intrépido como un león puesto delante de un enemigo. El temor, en la forma leve e inocente de la timidez, o en la forma criminal de la cobardía, no tiene lugar en el verdadero ministerio. El denuedo humilde pero santo es de la primerísima importancia.

¿Qué oculta, misteriosa y poderosa fuerza puede añadir valor a la predicación apostólica, y dar declaraciones más intrépidas a los labios apostólicos? Hay una sola respuesta, y es que la oración puede realizar la hazaña.

¿Qué fuerza puede así afectar y dominar el mal, de modo que los resultados mismos del mal se conviertan en bien? Tenemos la respuesta de nuevo en las palabras de Pablo, en relación con las oraciones hechas por él:

“El cual nos libró de tan grande muerte, y nos libra; en el cual esperamos que aun nos librará; ayudándonos también vosotros con oración por nosotros. ¿Qué, pues? Que no obstante, en todas maneras, o por pretexto o por verdad, es anunciado Cristo; y en esto me gozo, y aun me gozaré”.

Podemos ver cómo las promesas de Dios se hacen reales y personales por la oración. “Todas las cosas obran juntamente para bien a los que aman a Dios”. He aquí una promesa enjoyada. Pablo amaba a Dios, pero no dejó la promesa sola, como cosa lógica, para que obrara sus benditos resultados. Por eso escribió a los corintios, como hemos visto antes: “Estoy en tribulación. Confío en Dios que me librará. Ayudándonos también vosotros con oración”. Ayudándome por la oración, ayudáis a Dios a hacer la promesa fuerte y rica en su cumplimiento.

Las peticiones de oración de Pablo abarcaban “súplica por todos los santos”, pero especialmente por denuedo apostólico para sí mismo. ¡Cuánto necesitaba este denuedo, así como todos los verdaderos predicadores, llamados de Dios, lo necesitan! La oración había de abrir puertas para las labores apostólicas, pero al mismo tiempo había de abrir los labios apostólicos para pronunciar valiente y verazmente el mensaje apostólico.

Oídlo hablar a la Iglesia de Colosas:

“Orando también juntamente por nosotros, que el Señor nos abra la puerta de la palabra, para hablar el misterio de Cristo, por el cual aun estoy preso;

“Para que lo manifieste como me conviene hablar”.

¡Cuán apropiada tal petición para ser hecha por un predicador de hoy a su congregación! ¡Cuán grande la necesidad de aquellas cosas por parte del predicador de hoy que Pablo deseaba para sí mismo!

Como en la petición a los efesios, Pablo quiere que se le dé una “puerta de la palabra”, para poder predicar con la libertad del Espíritu, ser librado de verse estrecho en el pensamiento o coartado en la expresión. Además, desea la capacidad de manifestar en los términos más claros, sin confusión de pensamiento, y con fuerza de expresión, el Evangelio “como le conviene hablar”, y tal como todo predicador debería hablar. ¡Dichoso el predicador que ministra a un pueblo que ora así por él!

¡Y más dichoso todavía si en su interior siente, al enfrentar su responsable tarea y comprender cuánto necesita estas cosas para predicar con claridad, fuerza y eficacia, que ha instado a su pueblo a orar por él!

La oración transmuta las cruces, las pruebas y las oposiciones en bendiciones, y hace que obren juntamente para bien. “Estas cosas se me tornarán en salud por vuestras oraciones”, dice Pablo. Justo como las mismas cosas hoy en la vida del predicador se transmutan al final en graciosas bendiciones, “ayudándonos también vosotros con oración”. La oración santa ayudó poderosamente a la predicación apostólica y rescató a los hombres apostólicos de muchos penosos aprietos. Así también, esa misma oración en estos días producirá resultados semejantes en la predicación fiel hecha por ministros valientes e intrépidos. La oración por el predicador aprovecha tanto como aprovecha la oración por parte del predicador. Dos cosas son siempre factores en la vida y la obra de un verdadero predicador: primero, cuando ora constante, ferviente y persistentemente por aquellos a quienes predica; y segundo, cuando aquellos a quienes ministra oran por su predicador. Dichoso el predicador así situado. Bendita aquella congregación así favorecida.

A la Iglesia de Tesalónica envía Pablo esta apremiante petición, puntual, clara y enérgica:

“Finalmente, hermanos, orad por nosotros, que la palabra del Señor corra y sea glorificada, así como entre vosotros;

“Y que seamos librados de hombres importunos y malos”.

Tiene en mente una pista de carreras, en la que el corredor se esfuerza por alcanzar la meta. Hay estorbos en el camino de su éxito que deben quitarse, para que el corredor finalmente triunfe y obtenga el premio. La “Palabra del Señor” es este corredor, tal como la predica Pablo. Esta Palabra es personificada, y hay serios impedimentos que embarazan la carrera de la Palabra. Debe tener “libre curso”. Todo lo que estorba y se opone a su carrera debe ser quitado de su camino. Estos impedimentos en el camino de la Palabra del Señor que “corre y es glorificada” se hallan en el predicador mismo, en la Iglesia a quien ministra, y en los pecadores que lo rodean. La Palabra corre y es glorificada cuando tiene acceso sin obstáculos a las mentes y los corazones de aquellos a quienes se predica, cuando los pecadores son convencidos de pecado, cuando consideran seriamente las demandas de la Palabra de Dios sobre ellos, y cuando son inducidos a orar por sí mismos, pidiendo misericordia perdonadora. Es glorificada cuando los santos son instruidos en la experiencia religiosa, corregidos de errores de doctrina y de equivocaciones en la práctica, y cuando son llevados a buscar cosas más altas y a orar por experiencias más profundas en la vida divina.

Fijaos bien. No es cuando el predicador es glorificado por el maravilloso éxito obrado por la Palabra. No es cuando el pueblo lo alaba en exceso, y hace mucho de él por sus maravillosos sermones, su gran elocuencia y sus notables dones. El predicador se mantiene en un segundo plano en toda esta obra de glorificación, aunque él sea el primero en cuanto a ser el objeto de toda esta oración.

La oración ha de hacer todas estas cosas. Por eso Pablo insta, ruega, insiste: “Orad por nosotros”. Y no es tanto oración por Pablo personalmente en su vida cristiana y experiencia religiosa. Todo esto necesitaba mucha oración. Era en realidad por él oficialmente, oración por él en el oficio y la obra de un ministro del Evangelio. Su lengua debía ser desatada en la predicación, su boca destapada, y su mente puesta en libertad. La oración debía ayudar en su vida religiosa, no tanto porque ayudara a “ocuparse en su propia salvación”, sino más bien porque el recto vivir daría fuerza a la Palabra del Señor, y lo guardaría de ser un estorbo a la Palabra que predicaba. Y así como desea que no haya en él mismo estorbo que frustrara su propia predicación, así quiere que todos los estorbos sean quitados de las iglesias a quienes ministra, para que el pueblo de la Iglesia no se interponga en el camino ni entorpezca la Palabra mientras corre por la pista intentando alcanzar la meta, esto es, las mentes y los corazones del pueblo. Además, desea que los estorbos en los no salvos sean apartados para que la Palabra de Dios, tal como él la predica, llegue a sus corazones y sea glorificada en su salvación.

Con todo esto ante sí, Pablo envía esta apremiante petición a estos creyentes de Tesalónica: “Orad por nosotros”, porque la oración de los verdaderos cristianos ayudaría grandemente a la carrera de la Palabra del Señor.

Sabio aquel predicador que tiene ojos para ver estas cosas, y que comprende que su éxito depende en gran medida de esta clase de oración de parte de su pueblo por él. ¡Cuánto necesitamos ahora iglesias que, teniendo al predicador en mente y la Palabra predicada en sus corazones, oren por él para que “la Palabra del Señor corra y sea glorificada”!

Otro punto en esta petición vale la pena notar: “Que seamos librados de hombres importunos y malos”. Tales hombres son estorbos en el camino de la Palabra del Señor. Pocos predicadores hay que no sean hostigados por ellos y necesiten ser librados de ellos. La oración ayuda a traer tal liberación a los predicadores de los “hombres importunos y malos”. Pablo era molestado por tales caracteres, y por esta misma razón instaba la oración por él, para hallar liberación de ellos.

Resumiéndolo todo, hallamos que Pablo siente que el éxito de la Palabra, su libertad y su amplitud, están ligados a las oraciones de ellos, y que el que no oraran restringiría su influencia y su gloria. Su liberación de los hombres importunos y malos, así como su seguridad, afirma él, dependen de algún modo de las oraciones de ellos. Estas oraciones, a la vez que le ayudaban grandemente a predicar, protegerían al mismo tiempo su persona de los crueles propósitos de los hombres malos e importunos.

En Hebreos 13:9, Pablo abre así su corazón a aquellos cristianos hebreos, pidiéndoles que oren por él:

“Orad por nosotros; porque confiamos que tenemos buena conciencia, deseando conducirnos bien en todo”.

En esta petición de oración, la conciencia interior de Pablo de su integridad de corazón y su testimonio interno de su honradez personal salen a la luz y son una verdad básica de su carácter cristiano. Ningún motivo de reproche halla en sí mismo. “Orad por nosotros”. Vuestras oraciones por nosotros hallarán en mí honrada integridad y honrada ejecución y honrada administración de todos los resultados de la oración.

La petición pretende mover a los santos a orar con más fervor, a más devoción en la oración, y a más urgencia en la oración. La oración debía afectar su visita a ellos, la apresuraría y ampliaría sus resultados beneficiosos.

Pablo está en los términos más cordiales y libres con Filemón. Está ansioso y espera visitarlo en algún día futuro, y concierta la cita. Da por sentado que Filemón está orando, pues como este hombre se había convertido bajo su ministerio, se supone que ha aprendido la paulina lección de la oración. Supone también que la oración abrirá el camino para su visita, quitará los estorbos y los reunirá graciosamente. Por eso pide a Filemón que le prepare alojamiento, añadiendo: “Espero que por vuestras oraciones os he de ser concedido”. Pablo tenía la idea de que sus movimientos eran estorbados o ayudados por las oraciones de sus hermanos.

La oración y los hombres que oran E. M. Bounds

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