Capítulo 5 · 6 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
La oración, lo esencial por excelencia
Tú conoces el valor de la oración: es preciosa más allá de todo precio. Nunca, nunca la descuides.—Sir Thomas Buxton
La oración es lo primero, lo segundo y lo tercero que un ministro necesita. Ora, pues, querido hermano: ora, ora, ora.—Edward Payson
LA oración, en la vida del predicador, en su estudio, en su púlpito, ha de ser una fuerza notoria que todo lo impregna y un ingrediente que todo lo colorea. No ha de desempeñar un papel secundario, ni ser un mero barniz. A él le es dado estar con su Señor «toda la noche en oración». El predicador, para adiestrarse en la oración abnegada, tiene el encargo de mirar a su Maestro, quien, «levantándose muy de mañana, aun muy de noche, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba». El estudio del predicador debiera ser un aposento secreto, un Betel, un altar, una visión y una escalera, para que todo pensamiento ascendiera al cielo antes de dirigirse a los hombres; para que cada parte del sermón quedara perfumada por el aire del cielo y hecha solemne, porque Dios estaba en el estudio.
Así como la locomotora no se mueve hasta que se enciende el fuego, así también la predicación, con toda su maquinaria, perfección y pulimento, queda en punto muerto, en cuanto a resultados espirituales, hasta que la oración ha encendido y creado el vapor. La textura, la finura y la fuerza del sermón no son sino basura, a menos que el impulso poderoso de la oración esté en él, lo atraviese y lo respalde. El predicador ha de poner a Dios en el sermón por medio de la oración. El predicador ha de mover a Dios hacia el pueblo, por medio de la oración, antes de poder mover al pueblo hacia Dios con sus palabras. El predicador ha de haber tenido audiencia y acceso franco a Dios antes de poder tener acceso al pueblo. Un camino abierto a Dios para el predicador es la más segura prenda de un camino abierto hacia el pueblo.
Es necesario decir una y otra vez que la oración, como mero hábito, como acto cumplido por rutina o de manera profesional, es cosa muerta y podrida. Tal oración no tiene relación alguna con la oración que reclamamos. Insistimos en la verdadera oración, la que ocupa e inflama todo elemento elevado del ser del predicador: la oración que nace de una unión vital con Cristo y de la plenitud del Espíritu Santo, que brota de las hondas y desbordantes fuentes de la tierna compasión, de una solicitud imperecedera por el bien eterno del hombre; de un celo que consume por la gloria de Dios; de una convicción cabal de lo difícil y delicado de la obra del predicador y de la imperiosa necesidad de la ayuda más poderosa de Dios. La oración fundada en estas convicciones solemnes y profundas es la única oración verdadera. La predicación respaldada por semejante oración es la única predicación que siembra las semillas de la vida eterna en los corazones humanos y edifica a los hombres para el cielo.
Es cierto que puede haber predicación popular, predicación agradable, predicación cautivadora, predicación de mucha fuerza intelectual, literaria y cerebral, con su medida y su forma de bien, con poca o ninguna oración; pero la predicación que alcanza el fin que Dios busca en la predicación ha de nacer de la oración, desde el texto hasta el exordio, ser pronunciada con la energía y el espíritu de la oración, y ser seguida, hecha germinar y mantenida en vigor vital en los corazones de los oyentes por las oraciones del predicador, mucho después de pasada la ocasión.
Podemos excusar de muchas maneras la pobreza espiritual de nuestra predicación, pero el verdadero secreto se hallará en la falta de oración urgente por la presencia de Dios en el poder del Espíritu Santo. Hay predicadores innumerables capaces de pronunciar sermones magistrales en su género; pero sus efectos son efímeros y no entran en absoluto como factor en las regiones del espíritu donde se libra la temible guerra entre Dios y Satanás, entre el cielo y el infierno, porque la oración no los ha hecho poderosamente militantes ni espiritualmente victoriosos.
Los predicadores que obtienen poderosos resultados para Dios son los hombres que han prevalecido en sus ruegos con Dios antes de aventurarse a rogar a los hombres. Los predicadores más poderosos en sus aposentos secretos con Dios son los más poderosos en sus púlpitos con los hombres.
Los predicadores son gente humana, y están expuestos —y a menudo arrastrados— por las fuertes corrientes de lo humano. Orar es trabajo espiritual; y a la naturaleza humana no le gusta el trabajo espiritual que exige esfuerzo. La naturaleza humana quiere navegar al cielo con brisa favorable, con la mar llena y en calma. La oración es trabajo que humilla. Abate el intelecto y el orgullo, crucifica la vanagloria y suscribe nuestra bancarrota espiritual, y todo esto es duro de soportar para la carne y la sangre. Es más fácil no orar que soportarlo. Así llegamos a uno de los males clamorosos de estos tiempos, quizá de todos los tiempos: poca o ninguna oración. De estos dos males, tal vez la poca oración sea peor que ninguna oración. La poca oración es una especie de simulacro, un paliativo para la conciencia, una farsa y un engaño.
El escaso valor que damos a la oración se ve claro por el poco tiempo que le dedicamos. El tiempo que el predicador medio dedica a la oración apenas cuenta en la suma del cómputo diario. No pocas veces la única oración del predicador es la que hace junto a su cama, en camisón, listo para acostarse y pronto en la cama, con, tal vez, el añadido de unos cuantos retazos apresurados de oración antes de vestirse por la mañana. ¡Cuán débil, vana y escasa es tal oración comparada con el tiempo y la energía que dedicaron a orar los hombres santos, dentro y fuera de la Biblia! ¡Cuán pobre y mezquina es nuestra oración insignificante e infantil junto a los hábitos de los verdaderos hombres de Dios de todas las épocas! A los hombres que consideran la oración su ocupación principal y le dedican tiempo conforme a esta alta estima de su importancia, a ellos confía Dios las llaves de su reino, y por ellos obra sus maravillas espirituales en este mundo. La gran oración es la señal y el sello de los grandes líderes de Dios y la garantía de las fuerzas conquistadoras con que Dios coronará sus labores.
El predicador está comisionado tanto para orar como para predicar. Su misión queda incompleta si no hace bien ambas cosas. El predicador puede hablar con toda la elocuencia de los hombres y de los ángeles; pero, a menos que sepa orar con una fe que atraiga a todo el cielo en su ayuda, su predicación será «como metal que resuena, o címbalo que retiñe» para los fines permanentes de honrar a Dios y salvar almas.