Capítulo 1 · 5 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
El ministerio de la oración
“La oración debiera ser el aliento de nuestro respirar, el pensamiento de nuestro pensar, el alma de nuestro sentir y la vida de nuestro vivir, el sonido de nuestro oír y el crecimiento de nuestro crecer.” La oración, en su magnitud, es longitud sin fin, anchura sin límites, altura sin cima y profundidad sin fondo. Ilimitable en su anchura, inagotable en su altura, insondable en sus profundidades e infinita en su extensión.
— Homer W. Hodge
El ministerio de la oración ha sido la distinción peculiar de todos los santos de Dios. Este ha sido el secreto de su poder. La energía y el alma de su obra ha sido el aposento secreto. Siendo tan grande la necesidad de ayuda fuera del hombre, y tan grande su incapacidad natural para juzgar siempre con bondad, justicia y verdad, y para practicar la Regla de Oro, Cristo nos manda orar para capacitar al hombre a obrar en todas estas cosas conforme a la voluntad divina. Por la oración se alcanza la capacidad de sentir la ley del amor, de hablar conforme a la ley del amor y de hacer todo en armonía con la ley del amor.
Dios puede ayudarnos. Dios es Padre. Necesitamos las buenas dádivas de Dios para ayudarnos a “hacer justicia, amar misericordia y andar humildemente delante de Dios.” Necesitamos el auxilio divino para obrar fraternal, sabia y noblemente, y para juzgar con verdad y caridad. La ayuda de Dios para hacer todas estas cosas a la manera de Dios se alcanza por la oración. “Pedid, y recibiréis; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.”
En el maravilloso caudal de gracias y deberes cristianos que resulta de entregarnos por entero a Dios, registrado en el capítulo doce de Romanos, hallamos las palabras: “constantes en la oración,” precedidas de “gozosos en la esperanza, sufridos en la tribulación,” y seguidas de “comunicando a las necesidades de los santos, siguiendo la hospitalidad.” Escribe así Pablo como si estas ricas y raras gracias y estos deberes abnegados —tan dulces, luminosos, generosos y desinteresados— tuvieran por centro y fuente la capacidad de orar.
Esta es la misma palabra que se usa de la oración de los discípulos que abrió paso a Pentecostés con todas sus ricas y gloriosas bendiciones del Espíritu Santo. En Colosenses, Pablo pone de nuevo la palabra al servicio de la oración: “Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias.” La palabra, en su trasfondo y en su raíz, significa ser fuerte, la capacidad de mantenerse y perseverar con firmeza, de asirse recia y firmemente, de prestar atención constante.
En los Hechos, capítulo seis, se traduce: “nos entregaremos de continuo a la oración.” Hay en ella constancia, valor, perseverancia que no desfallece. Significa prestar tan señalada atención y tan hondo interés a una cosa que la vuelva conspicua y dominante.
Esto exige más que “perseverar.” La oración ha de ser incesante, sin intermisión, asidua, sin merma del deseo, ni en el espíritu ni en el acto; el espíritu y la vida siempre en actitud de oración. Puede que las rodillas no siempre estén dobladas, ni los labios siempre articulen palabras de oración, pero el espíritu está siempre en el acto y en el trato de la oración.
No debiera haber un ajuste de la vida o del espíritu para las horas del aposento. El espíritu del aposento debiera regir y ordenar dulcemente todos los tiempos y ocasiones. Nuestras actividades y labores debieran realizarse con el mismo espíritu que anima nuestra devoción y que hace sagrado el tiempo del aposento. “Sin intermisión, incesantemente, con asiduidad”: así se describe una opulencia, una energía, una fuerza y una plenitud de esfuerzo incesantes e infatigables, semejantes al pleno, inagotable y espontáneo fluir de un manantial artesiano. Toca al hombre de Dios que así entiende la oración, en cualquier punto y en cualquier momento, y verás brotar de él una plena corriente de oración.
Mas todos estos incontables beneficios, de los cuales el Espíritu Santo se nos hace portador, remontan en su disposición y en sus resultados a la oración. No sobre un breve trámite y un mero cumplimiento de oración está condicionada la venida del Espíritu Santo y de su gran gracia, sino sobre una oración encendida en fuego por un deseo inextinguible, con tal sentido de necesidad que no puede ser negado, con una resolución fija que no suelta su presa y que jamás desfallecerá hasta ganar el mayor bien y obtener la mejor y última bendición que Dios tiene reservada para nosotros.
El Primer Cristo, Jesús, nuestro gran Sumo Sacerdote —bendito y adorado sea para siempre su Nombre— fue un Consolador lleno de gracia, un Guía fiel, un Maestro dotado, un Abogado intrépido, un Amigo consagrado y un Intercesor todopoderoso. El otro, “otro Consolador,” el Espíritu Santo, entra en todas estas benditas relaciones de comunión, autoridad y auxilio, con toda la ternura, dulzura, plenitud y eficacia del Primer Cristo.
¿Fue el Primer Cristo el Cristo de la oración? ¿Ofreció acaso ruegos y súplicas, con gran clamor y lágrimas, a Dios? ¿Buscó el silencio, la soledad y las tinieblas para orar sin ser oído ni visto sino por el cielo, en su agonía luchadora, por el hombre y ante Dios? ¿No vive acaso para siempre, entronizado en lo alto a la diestra del Padre, para interceder allí por nosotros?
Entonces, ¡cuán verdaderamente representa el otro Cristo, el otro Consolador, el Espíritu Santo, a Jesucristo como el Cristo de la oración! Este otro Cristo, el Consolador, se planta no en la soledad del monte ni en lo profundo de la noche, sino en el frío y la noche del corazón humano, para despertarlo a la lucha y enseñarle la necesidad y la forma de la oración. ¡Cómo pone el Consolador divino, el Espíritu de verdad, en el corazón humano la carga de la todopoderosa necesidad de la tierra, y hace que los labios humanos den voz a sus mudos e inefables gemidos!
¡Qué poderoso Cristo de la oración es el Espíritu Santo! ¡Cómo apaga en el corazón toda llama sino la llama del deseo celestial! ¡Cómo aquieta, como a un niño destetado, toda la propia voluntad, hasta que en la voluntad, en la mente, en el corazón y por la boca oramos solo como Él ora! “Intercediendo por los santos conforme a la voluntad de Dios.”